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Altar Mayor Nº - 139 (45)
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Altar Mayor artículos REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 139  - Extraordinario -  enero / febrero de 2011

 

GOMÁ VERSUS SETIÉN
José Mª García de Tuñón Aza*



 
 
Cuando fue proclamada la República en España el 14 de abril de 1931, la Iglesia no la recibió del todo mal, incluso Roma recomendaba a los sacerdotes y a todos sus fieles que respetasen los poderes constituidos. Pero las cosas comenzaron a torcerse muy poco tiempo después, cuando en el mes de mayo siguiente las iglesias y conventos de varias ciudades de España fueron víctimas del fuego provocado por la barbarie de muchos que habían aplaudido la venida de la Segunda República porque creyeron que podía ser el principio del fin de la casa de Dios. Fue, entonces, el punto de partida de la confrontación entre la Iglesia y el nuevo Gobierno que acababa de formarse y que no tardó en expulsar de territorio español al cardenal Segura.

Por otra parte, el proyecto de la Constitución presentado a las Cortes por el Gobierno, en el mes de agosto siguiente, intentaba abrir un camino legítimo a la persecución contra la Iglesia. Ésta se había equivocado cuando creyó en la buena fe de la República. Lo dicen bien a las claras las palabras del arzobispo Gomá, un catalán que amó a España, cuando puntualizó: «Nos debemos reconocer con amargura nuestra equivocación al creer que […] la República se había purgado de las lacras y procedimientos que lo hicieron de infausto recuerdo en nuestra Patria». Él pensaba que la soberanía del Estado consentía la eliminación de Dios y de la religión. «Es Estado-Dios que intenta suplantar a Dios», decía también.

En el Consejo de Ministros del 22 de diciembre se examina si conviene o no nombrar embajador en el Vaticano, o se aplaza hasta saber cómo se pone la situación de los jesuitas, a los que quieren expulsar de España. Pero lo cierto es que hasta el 12 de enero de 1932, el Consejo no lee el proyecto del decreto disolviendo la Compañía de Jesús. El nuncio Tedeschini quería que se tratase con Roma antes de hacer nada, pero nadie le hizo caso y Azaña lleva el decreto a Alcalá-Zamora, presidente de la República, para que lo firme y que salga publicado en la Gaceta. De nuevo el arzobispo Gomá se revela contra las injusticias que estaba cometiendo la República y sale en defensa de los jesuitas: «Se ha creído en España, cuna de la Compañía, que, para curar tantos males como sufrimos, el remedio heroico, único, era disolver a los jesuitas y prescindir de su celo y de su fe y de sus vidas puras y sacrificadas en bien de la Iglesia y de la Patria…». Y así, poco a poco, la República seguía su camino de laicización total de España, hasta tal punto que el propio Azaña en una carta que le escribe a su cuñado Rivas Cherif, en marzo de 1936, le dice: «Hoy nos han quemado Yecla: 7 iglesias […]. El sábado, Logroño, el viernes Madrid 3 iglesias. El jueves y el miércoles, Vallecas…».

Por otro lado, varios sacerdotes fueron amenazados y obligados a salir de sus respectivas parroquias, en algunos casos de forma violenta. Fueron frecuentes los robos en las iglesias y profanaciones de cementerios y sepulturas, como la del obispo de Teruel, Antonio Ibáñez Galiano. Estos lamentables acontecimientos producen que el ya cardenal Gomá visite a Manuel Azaña, en ese momento presidente de Gobierno. El contacto que mantuvieron ambos fue muy cordial, pero la persecución contra la Iglesia siguió sin cesar. Todas las acciones revolucionarias y de propaganda demagógica fueron hábilmente desarrolladas por grupos como los anarquistas con su sindicato, la FAI; los socialistas más radicales de Largo Caballero, conocido como el Lenin español; y los comunistas, con ideología y métodos estalinistas. Por todo ello, el obispo Antonio Montero, también hacía esta pregunta: «¿Hará falta insistir en que, al margen de la propia guerra civil y con antelación a la misma, estaba minuciosamente previsto el programa de persecución a la Iglesia?». El 12 de mayo de 1936, Pío XI denunciaba el peligro del comunismo en todas sus formas y grados que en aquellos momentos amenazaba al mundo.

Cuando comenzó la guerra en España, el cardenal se encontraba en un rincón de Navarra, a pocos kilómetros de su capital y, por tanto, lejos de su diócesis, Toledo, que estaba en poder de los rojos quienes se dieron prisa para convertir el Palacio Arzobispal en su cuartel general. Mientras la defensa del Alcázar era la admiración del mundo entero, las calles de su capital y provincia se teñían de rojo con la sangre de 281 sacerdotes y religiosos asesinados que representaban más del 50% de su clero. Cuando Toledo fue conquistado el 28 de septiembre de 1936 el cardenal Gomá, antes de regresar a su diócesis, se dirige a sus feligreses y les envía –hasta a los que no están con él–, un fuerte abrazo. «Jesucristo nos manda amar a nuestros enemigos», les recuerda. A la vez que añade: «Es gloria porque si nuestros enemigos han sabido matar, nuestros sacerdotes han sabido morir».

En el mes de diciembre viaja a Roma para comunicar al Papa los terribles momentos por los que estaba atravesando la Iglesia en España. Va buscando la luz y el aliento que el Santo Padre podía darle. Al mismo tiempo, este contacto le parecía muy oportuno para disipar informaciones que, por otros conductos, llegaban, de forma tendenciosa, al Vaticano. Por este motivo, dejó al cardenal secretario de Estado un amplio informe en el que apoya y respalda al Gobierno de Burgos. Por el contrario, dice que en los diversos partidos que forman el conglomerado marxista no hay un solo hombre que no repudie a la Iglesia. Pero cuando se refiere al nacionalismo vasco –«hoy aliado de los rojos», dice– admite que figuran católicos, pero le parece una aberración de orden político, nacida del ansia de lograr reivindicaciones de carácter regional, algo que no llega a comprender, por lo que termina diciendo: «Nadie deja de ver el alcance de tal locura». Claro que lo que no podía suponer el cardenal Gomá, es que muchos años después un tal obispo Setién, del que también nos ocuparemos, formaría parte de ese nacionalismo. De todas las gestiones que iba haciendo en Roma, daba cuenta de ellas a Burgos y muy pronto recogería sus frutos: «La bendición especial que el Papa momentos después mandaba por mi conducto al General Franco, como es de ver en el legajo correspondiente, era el sello de esta conducta a un tiempo fina y algo desconfiada del Vaticano». Todo ello le valió para que regresara a España con el nombramiento de Representante confidencial y oficioso de la Santa Sede ante el Gobierno nacional. Elección que notificó seguidamente a todos los obispos españoles.

Uno de los mayores servicios, si no el mayor, que el cardenal Gomá prestó a la causa de los nacionales, fue la publicación, al mundo entero, de la Carta colectiva, concebida no como una tesis sino simplemente como una exposición de los acontecimientos que se desarrollaban dentro de nuestra Patria y de la que la Iglesia no era culpable, pero que tampoco podía permanecer indiferente en la lucha porque se lo impedían su doctrina y su espíritu. El contenido de la misma era bastante extenso y aunque gran parte de lo que en ella se exponía no era nuevo sino que ya venía exteriorizándose a través de la gran mayoría de los obispos españoles, no por ello dejó de tener una enorme difusión a la vez que aceptación por parte de los obispos de todo el mundo. De ella, también se hicieron ediciones en los idiomas español, francés e inglés.

Contrasta el amor a España de este cardenal –a quien los católicos debemos una gran parte de que España no cayera en manos de los sin Dios–, con la postura que en su momento adoptó José María Setién, obispo de San Sebastián, que en la primavera de 1979, al cumplir los 51 años de edad, sustituyó a monseñor Jacinto Argaya. Pronto, muy pronto, comenzaron a verse las intenciones de este prelado cuando estando en el Hospital de San Sebastián, no fue capaz de visitar a una joven, Josune Vaillamudria, herida en un atentado de ETA en el que murió su hermana gemela. El mismo que al ser preguntado si tenía previsto visitar a Noela (nueve años, hija de un policía, herida en un atentado), contestó: «Si lo considera oportuno, el Obispado ya hará una nota». El mismo que prohibió que los féretros de los policías y guardias civiles, entraran en la iglesias de su diócesis cubiertos con la bandera de España. El mismo que no estuvo en ninguna manifestación por Miguel Ángel Blanco. El mismo que en 1997 declaró: «Para hablar con ETA no es imprescindible que deje de matar». Estas palabras desafortunadas por parte de un obispo, testigo de los cientos de asesinatos causados por la banda terrorista, tuvieron rápida respuesta por muchos católicos que quedaron atónicos ante lo que acababan de leer en el periódico El País que fue quien las publicó. Nadie salía de su asombro, no es posible que un obispo de la Iglesia haya querido decir esa barbaridad sobre los mil asesinados de ETA, aunque los obispos de Bilbao, Blázquez y Echenagusia, salieron, incomprensiblemente, en su defensa, asegurando que había faltado mesura para discutir serenamente sobres su «propuesta seria» de diálogo entre ETA y el Gobierno. También, inexplicablemente, salieron en su defensa el presidente y secretario del Episcopado, los obispos Yanes y Sánchez, respectivamente.

Sin embargo, un jesuita que desde hacía tiempo veía muy claro el pensamiento de Setién, fue «retirado» al santuario de Loyola por haberle criticado por medio de una carta remitida a un diario vasco. El jesuita Miguel María Sagués, pedía al obispo que revisara su conciencia, después de calificar de «muy curioso» que en sus escritos sobre la violencia «nunca nombre a HB, ni mucho menos denuncie su astuta maldad de cooperación con ETA, ni explique pastoralmente la gravedad de los diversos pecados de colaboración». Ríos de tinta corrieron después de aquellas declaraciones de Setién, nada afortunadas, que un católico normal jamás podría entender, con la excepción, al parecer, de los obispos culpables del descenso de la religiosidad en España, y del Partido Nacionalista Vasco que les servían de instrumento para impulsar su estrategia a favor de unas negociaciones con la banda armada, sin que previamente abandonaran su actividad terrorista. Por eso, para Javier Arzallus, presidente del PNV, Setién era el obispo de más altura ideológica de la Conferencia Episcopal.

Estas declaraciones alarmantes y tremendamente graves, por parte del obispo Setién, hacen que varios años después para la inmensa mayoría de españoles sigan siendo una contradicción con la postura que en su momento adoptó el cardenal Gomá que luchó por la unidad de España y en contra del marxismo internacional, mientras el prelado de San Sebastián manda dialogar con estos terroristas independistas que además se declaran marxistas leninistas con todo lo que eso iba a representar si un pedazo de España cayera en sus manos y que, en su momento, tuvo muy preocupado hasta el mismo Papa, Juan Pablo II.


* José Mª García de Tuñón Aza es licenciado en Ciencias Económicas y escritor.

 
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