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Altar Mayor Nº - 139 (43)
Tuesday, 15 March a las 15:01:09

Altar Mayor artículos REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 139  - Extraordinario -  enero / febrero de 2011

 

LA SOCIEDAD ESPAÑOLA ¿EXISTE?
Javier Compás Montero de Espinosa*



 
La disonancia, en sentido figurado, es la diferencia o discrepancia entre dos cosas que deberían ser semejantes, o sea, que disonante es algo que contrasta fuertemente con aquello a lo que debería parecerse y, disonar es estar en desacuerdo o discordancia con los demás. La discordancia, referido a opiniones o personas, es cuando discrepan entre sí, y todo ello, y no quiero abundar más en este juego de palabras, nos lleva a lo discorde, que no está de acuerdo con algo o con alguien. Permítaseme una última definición, discordia: falta de acuerdo en opciones o forma de actuar.

¿Vivimos en una sociedad contradictoria?, ¿es la nuestra una sociedad disonante? Y, si es así ¿a quién contradice y con quién está en disonancia nuestra sociedad actual, o sea, a qué debería ser semejante y tal vez no lo sea? Ardua tarea la de responder a estas preguntas; probablemente deban de ser filósofos, sociólogos, politólogos e historiadores, los que nos pongan luz en tan delicadas cuestiones.

Habrá quien opine que nuestra sociedad española actual es la mejor posible en los tiempos que corren. Es habitual escuchar y leer sobre el vertiginoso cambio a mejor que ha experimentado nuestra sociedad en el largo camino recorrido en los últimos treinta y cinco años, pero, ¿cuál fue el kilómetro cero de ese camino?, ¿la muerte de Franco?, ¿la aprobación de la actual Constitución? No son pocas las voces que nos quieren hacer ver que hemos «progresado» de la mejor manera posible después del largo túnel de oscuridad que para muchos fue el régimen franquista, como si esos cuarenta años hubiesen sido un agrio paréntesis de nuestra historia donde el tiempo y la evolución se detuvieron: algunos incluso, nos quieren hacer ver que, por fin, hemos recuperado la senda gloriosa de la democracia y progreso que se truncó con el fin de la IIª Republica.

Pero los hechos son tozudos y las cosas no son tan simples, y, por supuesto, un régimen político más o menos totalitario, no tiene por qué significar un parón en la evolución científica, económica, industrial o incluso cultural de un país. ¿hubiese progresado más España en todos esos campos si la Guerra Civil hubiese tenido otro triunfador? Es probable, o, quizás no.

Pero dejémonos de divagaciones sobre lo que pudo ser o no ser y tratemos de analizar si la sociedad española actual responde a una concordancia o no con lo que debería ser; claro que, a lo peor éste es el problema, que no nos ponemos de acuerdo sobre lo que debería ser la sociedad española actual, más cuando incluso algunas de esas voces inmersas en la discordia, incluso ponen en duda, no ya lo que debe de ser nuestra sociedad, sino lo que debe ser España, incluso muchos, no nos engañemos, postulan que España no debe de ser.

Efectivamente, en un país donde su mismo presidente del gobierno declara que la identidad de España es discutible, todo lo demás carece de sentido, puesto que la premisa básica, o sea, una patria común que agrupe a todos los españoles, es un concepto discutido o discutible; siendo esto así, ¿qué sentido tendría hablar sobre sociedad española?

A este grado de surrealismo hemos llegado en este reino de la relatividad donde incluso se debate sobre el derecho a la vida de los más inocentes, los niños que crecen en el seno materno, donde se aparta a los padres de la decisión de asesinar o no a sus hijos, donde la libertad de unas va más allá del derecho a nacer de los seres humanos; es más, hasta el concepto ser humano es discutido desde las más altas instancias gubernamentales. Ese ministerio de la muerte no sólo aboga por el libre asesinato del no nacido, sino que quiere formar a los niños y jóvenes del país en la más desaforada laxitud que los tiempos han visto, en la práctica sexual, pues el sexo es para ellos, y así se lo quieren transmitir a nuestros hijos, un juego hedonista donde todos deben de satisfacer sus instintos animales a capricho, empujándolos a experimentar en todas las prácticas, por aberrantes que les parezcan a muchos, que la imaginación humana haya inventado, y todo ello sin tener en cuenta el derecho de los padres a educar a sus hijos en los conceptos morales y religiosos que crean más convenientes.

Papá Estado se erige en educador de los «ciudadanos», se declara a los padres no aptos para encauzar la vida de sus hijos, sobre todo, cuando esos criterios no están de acuerdo, son disonantes, con la sociedad que ellos han decidido que es la mejor para todos. Esto es totalitarismo de libro, el Estado se convierte en la nueva religión, apartando y orillando las otras religiones y creencias, se declara el laicismo, entendido según el criterio de la minoría que gobierna, nueva religión para todos, argumentando la legitimidad emanada de las urnas.

Y para esa educación no hacen falta colegios, por eso estos se convierten en meros contenedores de niños donde, procurando no contradecirlos demasiado, se les enseñan ciertas reglas básicas, las cuatro letras que decían los antiguos, pero procurando no «traumatizar» a las criaturitas con materias demasiado «severas», castigos, disciplina, sentido del deber, el esfuerzo y el trabajo, ocultándoles la competitividad que luego sufrirán en el mundo real y, en definitiva, pasándolos de curso más mal que bien, hasta una prudente edad donde se les lance, como corderos a un mundo de lobos, al paro y a la frustración, hasta que algunos se den cuenta de que el mundo de los caprichos satisfechos porque sí, el exigir derechos sin entregar nada a cambio, es una falacia irreal que llevará a muchos a la desesperación, cuando no a la violencia contra el «sistema», concepto gaseoso al que casi ninguno sabrá definir y que, en la mayoría de los casos no identificaran con ese Estado que los ha conducido a ese triste panorama, si no que culparán de su situación, que no será más que el afán de acopio de bienes materiales, a los enemigos que ese Estado les ha señalado, llámense fuerzas reaccionarias, capitalistas salvajes, extraños consorcios económicos internacionales o, concretando en entes más tangibles, los Estados Unidos y los partidos de derechas. Todo es una confabulación de intereses ocultos y extraños para que ellos, inocentes víctimas formadas en el progresismo social, no obtengan su merecido puesto laboral bien remunerado, vitalicio y lleno de ventajas sociales.

Lo curioso del caso es que ese mismo Estado que sobrevive con un discurso de la utopía, se nutre a sí mismo, precisamente, del sistema capitalista liberal, en el que vive cómodamente y con cuyas fuerzas está aliado para, dejándolas campar a su antojo y proporcionándole los medios legales necesarios, engordar ellos mismos su «aparato» de partido. Ni que decir tiene que la oposición política al partido gobernante vive cómodamente instalada en esta situación, mucho más, los pequeños partidos nacionalistas que, con su medida presión al Estado central, lo chantajean continuamente a cambio de acuerdos de supervivencia, que les enquista como cabezas de ratón en sus reinos de taifas cuales son las autonomías, que lastran la economía nacional y la lejana posibilidad de un proyecto verdadero de empeño común de prosperidad para el conjunto de todos los españoles.

Retomando el discurso de los colegios como entes poco necesarios para el adoctrinamiento social del Estado, éste traslada sus discursos a caminos más penetrantes, como son la televisión, la prensa adicta, la cultura apesebrada y la indolencia de unos «intelectuales» demasiado ocupados en su medro personal como para preocuparse por la educación de las masas o para protestar de los desafueros de los políticos. Si a ello añadimos una red clientelar enmarañada en una macroburocracia de funcionarios, un sistema de empresas institucionales paralelas a los organismos oficiales para dar cobijo a los militantes y una extensa red de dadivas y subvenciones, tenemos un perfecto sistema de control de las masas a las que se les lleva engañada en el trapo del «estado de bienestar» de una urna a otra cada cuatro años.

La verdadera «Educación para la Ciudadanía» no se imparte en las aulas, está en las noticias de los telediarios, en las series de ficción de televisión, en los programas de tele basura, en las revistas de colorines que deslumbran con sus fotos en cuché, en los impostados tertulianos que de todo saben y todo lo explican, en los sesudos documentales que manipulan la Historia al antojo de los que gobiernan, en el control de las cátedras universitarias, en la desactivación de la sociedad civil, en el miedo a «señalarse».

El miedo, esa es su gran arma, y para mantenerlo no dudan en reavivar fantasmas del pasado, desenterrando cadáveres si hace falta, sacándolos de sus tumbas para volverlos a colocar en trincheras enfrentadas y, con ellos, a sus hijos, y a los hijos de sus hijos. Esos son los que mataron a tu abuelo, esos son los que metieron en la cárcel a tu padre, esos son los que quieren volver a someterte a ti, cree en mí que yo te doy la libertad, el progreso y la riqueza. Mientras tanto son millones los que no tienen donde ir a ganarse el pan cada mañana, miles de españoles para los que ese supuesto estado del bienestar es un espejismo donde habitan los otros.

Pero mientras los grandes problemas nacionales siguen sin resolver, se legislan las cosas pequeñas, cortinas de humo que distraen la atención de lo fundamental, creemos debate de lo absurdo para que no nos cuestionen nuestras verdaderas carencias.
Lo peor de todo es que no son pocas las voces que continuamente nos hablan de lo bien que está España, nunca habíamos tenido tantas autopistas, los trenes más rápidos, todo tan informatizado, tan cómodo, tan eficiente, tantas marcas donde elegir, tantos triunfos deportivos, tanta «libertad». Voces que, a cada generación que pasa, la califican como la más preparada de la Historia.

Paradójicamente, si hablas con los profesores de esos maravillosos jóvenes, muchos te contarán que se pasan su hora de clase intentando al menos que se callen los alumnos, eso si no tienen que lidiar con algún que otro mamporro de algún chico descontento o, simplemente, algo travieso, o, peor aún, con una agresión de sus padres. Jóvenes que acaban sus estudios sin saber cómo se llama el río que pasa por Zaragoza, o dónde está una montaña llamada Aneto, quién fue Felipe II, eso sin meternos en cuestiones internacionales o en temas de más calado, como la Guerra de los Treinta Años o Vivaldi.

Me llamó la atención lo que dijo el escritor recientemente agraciado con el Nobel de literatura, Mario Vargas Llosa, «el premio es un triunfo de la lengua española», él no dice castellano, dice español, lo cual escocerá no poco a los catetos nacionalistas. Una lengua común, una cultura que nos une a todos los pueblos hispanos, como decía Luis Rosales, ese gran poeta español, que tampoco conocerá la mayoría, cuyo centenario se celebra, con más pena que gloria, en 2010. Pero eso a los que abominan del término Hispanidad les sonará a discurso de rancio imperialismo españolista.

Recuerdo un profesor que me daba clases de Física en el Bachillerato, que nos decía que no sólo estudiáramos las materias de clase, que también nos formáramos como hombres cultos ya que, cuando llegáramos a la edad adulta, tendríamos que estar a la altura de las circunstancias para que en las reuniones de amigos pudiésemos debatir sobre cine, sobre literatura, teatro; pobre hombre, quizás no se imaginaba que tendríamos más que suficiente con leer el Marca.

La disonancia de la sociedad española no es ni más ni menos que la traición a sus propias raíces, la perdida de una identidad nacional común, el orgullo de pertenecer a una nación cargada de historia, buena o mala, pero que nos ha sido legada para mantenerla y engrandecerla, en un proyecto común que aunara voluntades para legar a nuestros hijos un lugar mejor que el que nosotros heredamos. Pero todo ello no se puede hacer desde el relativismo, hay que tener valores y luchar contra las células cancerigenas inoculadas en nuestra sociedad para socavarla desde sus raíces, que no son otras que las basadas en nuestra civilización europea de origen greco romano, enriquecida con el Humanismo Cristiano, basada en la inalienable dignidad de cada ser humano, integrado en la familia, como eje fundamental de una sociedad agrupada en unidad para un objetivo común.

Mientras tanto caminamos hacia la desintegración de nuestro solar familiar, adormilados en la posesión de riquezas, en la desertización del panorama cultural y, empleando términos contemporáneos, en una deplorable horterización de las masas, abocadas a la ignorancia, al hedonismo de lo cutre, al egoísmo y al aislamiento del individuo que, huérfano de valores, de familia y de patria común, cae en los engañosos espejitos materiales con los que nos quieren comprar nuestra voluntad.


* Francisco Javier Compás Montero de Espinosa es licenciado en Geografía e Historia (Arte), tertuliano y articulista, y como poeta ha sido ganador del Premio Villa de Tomares.

 
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