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Altar Mayor Nº - 139 (41)
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Altar Mayor artículos REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 139  - Extraordinario -  enero / febrero de 2011

 

PODER, DINERO, LIBERTAD...
Fr. Emilio Alonso de Prado*



 
 
Hace unas semanas se estrenó en nuestras pantallas la cinta cinematográfica «Wall Street, el dinero nunca duerme». En ella su director, Oliver Stone nos muestra ese desgarrador panorama de la sociedad actual, enfrascada en el culto al poder y al dinero. Allí se nos muestra en algunas referencias ocasionales, la profunda crisis que padecemos en lo tocante a la economía en nuestros días y, sobre todo, en los países de Occidente. El cine, una vez más, actúa de testigo más o menos molesto, más o menos auténtico, de las carencias vivenciales de la sociedad de nuestros días, es decir, del uso del dinero.

El capitalismo empieza a tener mala prensa. Las alusiones, cada vez más habituales de que «ya las cosas no volverán a ser como antes», y de que «una nueva era está naciendo en lo económico» permiten presagiar el hecho de que algo se mueve, de que la austeridad que hoy en día se nos propone no es fruto de un capricho pasajero de nuestros hombres rectores en los valores de lo económico, de que ha habido excesivo uso y abuso del valor del dinero y que hay que pararse y encauzar la sociedad por unos nuevos parámetros en los que el realismo y la justicia marquen con una mayor impronta y brillen por su presencia en esta locura del poder del llamado «vil metal» que hoy en día se ha traducido en mil fórmulas derivadas del oro y del dinero y que ahora no vamos a analizar, puesto que no es este el objetivo de estas líneas ni nos daría tiempo al análisis de la situación.

Hay un hecho bastante significativo en el episodio evangélico de las tentaciones de Jesús en el Monte de la Cuarentena al principio de su vida apostólica. Y es el hecho de que en una de las tentaciones que padece bajo la sugerencia del demonio consiste en mostrarle todas las riquezas y glorias de este mundo, todo el esplendor de los tesoros y del caudal de todas las propiedades terrenas mientras le dice: «todo esto tendrás, si, postrado, me adoraras»... Venía a decirle poco más o menos, lo siguiente: el poder omnímodo de las riquezas y del poder derivado de las mismas, llegará a ti con la peculiaridad de que tú también podrás tener la posibilidad de mandar y ordenar a los otros, de que los otros lleguen a hacer lo que tú mismo les ordenes y mandes porque tú dispones del poder omnímodo que yo, como Príncipe de este mundo, te voy a entregar.

Yo creo que la sociedad no ha calibrado suficientemente la prerrogativa del poder. El mucho poder engendra la soberbia y la altanería, provoca la injusticia y las desigualdades sociales cuando se abusa del poder. Ahí están los ejemplos de los dictadorzuelos de nuestros días para poderlo comprobar de una manera fehaciente. Por supuesto que la ley es necesaria, que esa ordenación de la razón dada al que rige los destinos de la comunidad o de la institución para que todo marche racionalmente es imprescindible a fin de que las cosas marchen, a fin de que todo siga su curso. Pero nadie negará que en el poder hay un uso pero también hay un abuso.

Y este abuso, esta degeneración que viene a crear la corruptela, la corrupción, no tienen nada que ver con la estructura que los seres humanos se han dado en un marco de leyes, de normas, de reglamentos, de directrices para lograr el buen funcionamiento del estamento social. En efecto, hay poderes legislativos, judiciales, ejecutivos, perfectamente enquistados y por medio de los cuales la sociedad marcha y se desenvuelve el progreso, el vivir y la existencia de lo cotidiano... pero también existe ese poder doméstico o subordinado del que se suele hablar muy poco y que constituye el nervio y el fundamento de nuestro vivir diario. Es aquello que intentamos conseguir, aquello que nos interesa. Aquí incluimos al poder de la cultura, de la educación, de la información, incluimos también al poder de lo doméstico en la familia y en las instituciones de lo cual nos servimos habitualmente y sin apenas darle importancia. No cabe duda de que todo esto influye en el vivir y en la existencia diarias, esos poderes engendran alegrías o penas en su ejercicio, son causa de un realismo que llegamos a calibrar cuando las cosas nos van bien o nos van mal.

Ahora bien, este poder suele emplearse para algo, para conseguir determinados fines, para que los demás nos obedezcan o nos rechacen puesto que nuestras órdenes muchas veces dependen del estado anímico en que se encuentran nuestros superiores. El caso es que hoy en día se constata que muchas de las personas en condiciones de poder mandar a los demás, a sus subordinados, andan un poco en entredicho; profesores que padecen contestación o incluso agresión verbal o física por parte de sus alumnos, sacerdotes que han perdido muchísimas dotes y facultades de influir espiritualmente en los fieles, políticos que andan en ciertas condiciones de falta de credibilidad o incluso de escándalo al contemplar sus vidas descentradas. Todo esto relativiza una especie de prerrogativa que debería estar mucho más estimada por parte de una sociedad en la que desgraciadamente imperan los valores del tener, del poseer, del figurar por causa del mismo poder, del mismo dinero, etc.

En todo caso tenemos que liberarnos de las tentaciones, de la atracción diabólica hacia los bienes de acá abajo. El espíritu del Sermón de la Montaña nos habla de libertad, de la libertad de los hijos de Dios, de la felicidad que se encuentra en la pobreza, en la entrega hacia el otro, en el sufrimiento. La verdadera libertad se halla y se obtiene mediante la acción del Salvador: «Si el Hijo del Hombre os librare, seréis verdaderamente libres» (Jn 8,36). tenemos que ser liberados de la misma Ley mosaica por la acción de la Gracia y esta liberación implica y lleva consigo el ser liberados de nosotros mismos, de nuestras malas tendencias y acciones, de todas las malas inclinaciones que nos encadenan hacia el pecado, y solamente así iremos perfeccionando el desarrollo y el crecimiento de Cristo en nosotros. Es así como hay que entender la entraña última de toda clase de libertad humana, no como una mera indiferenciación ante el bien o ante el mal, sino como una victoria sobre el mal y, victoria que permite al hombre realizarse del todo y así consumar su naturaleza porque lo que llamamos nosotros los hombres «libertad», esa posibilidad de optar entre el bien y el mal, esa radical vacilación, es precisamente una deficiencia de albedrío, el signo de una libertad deficiente, lo que califica nuestra libertad no en cuanto libertad, sino en cuanto libertad nuestra, es decir libertad inmadura, libertad aun todavía herida. La libertad, en efecto, no es la facultad de hacer el mal como tampoco la inteligencia consiste en poder equivocarse. Cristo nos permite llegar así a la libertad increada por Dios para que podamos ser auténticamente nosotros mismos. Y es que andar sin ley constituye una auténtica utopía: el que se debate contra una obligación, suele caer en otra mucho más triste y férrea.

La ignorancia de este código de experiencias espirituales es un fiel reflejo de los males de nuestro tiempo. Hemos llegado a una situación verdaderamente maravillosa por los descubrimientos logrados en nuestros últimos años, pero aún no hemos logrado ni siquiera vislumbrar lo que constituye una opresión enorme para nosotros y una recesión de los valores espirituales. Y así vamos «tirando». Olvidamos que el hombre sería un ser libre si hiciese referencia a alguna verdad: «Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres» (Jn 8,32) pero no en esta anomia, en esta irreflexiva búsqueda de la verdad en pequeño, en migajas, sin haber descubierto la «obediencia del corazón». En resumen: hemos sido llamados a la libertad, a la libertad de los hijos de Dios, mas no al libertinaje.

Decía el célebre teólogo europeo P. Congar en tiempos del Concilio Vaticano II, que la Iglesia tenía bastante, mucho, de sinagoga porque siempre estamos fijándonos en ella al cometer ésta la más mínima falta, transgresión o irregularidad, mientras que somos extremadamente indulgentes para con nosotros mismos olvidando que también nosotros somos Iglesia. Y es que cuando se fija una norma, se construye una disciplina o se encuentra una regla precisa de conducta, surge el peligro de conformarse a esa misma regla.

Deberemos, pues, liberarnos del mal uso del poder, del mal uso del dinero. seguir a Jesucristo que es un Dios encarnado en una Verdad, en una Vida, en un Camino que nos lleva hacia el Padre en todas las facetas de nuestra vida, de nuestra existencia, siempre inclinada y propicia para dar mayor gloria a ese mismo Dios, encarnado en Jesucristo.


Fr. Emilio Alonso de Prado es Franciscano.

 
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