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Altar Mayor Nº - 139 (37)
Tuesday, 15 March a las 15:25:19

Altar Mayor artículos REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 139  - Extraordinario -  enero / febrero de 2011

 

RECUERDO DE UN REVOLUCIONARIO ESPAÑOL
Antonio Brea*



 
 
No es frecuente que un grupo de jóvenes de nuestros días decida consumir una tarde de fin de semana en rendir homenaje a un hombre nacido hace más de cien años y fallecido hace casi setenta y cinco, tras una corta vida de poco más de treinta. La única explicación posible de tan inusual fenómeno es que se trate de una figura excepcional.

Efectivamente, fue Ramiro Ledesma Ramos alguien fuera de lo corriente, elevado por sus realizaciones políticas y méritos intelectuales a un semioculto rincón del panteón de la fama, venerado, décadas después de su muerte, por minorías que permanecen fieles a su legado, a pesar de innumerables dificultades.

No estuvo Ramiro Ledesma predestinado, por su origen social, al reconocimiento de las generaciones futuras. Fue un sencillo hombre del pueblo, hijo y nieto de maestros rurales. El cuarto hijo de una familia de siete hermanos que hubo de sufragar sus estudios de Bachillerato y Universidad con un empleo como funcionario de Correos. Modesta ocupación con la que se ganó el pan hasta el fin de sus días.

Fue precisamente la consecución de su empleo como funcionario postal, a la temprana edad de dieciséis años, la que le condujo, desde las tierras zamoranas que presenciaron su niñez y adolescencia, a partir de aquel 23 de mayo de 1905 en el que nació en la localidad de Alfaraz, a la capital de España. Como madrileño adoptivo viviría, salvo breves períodos de ausencia, hasta su prematura muerte.

Estuvo marcada la primera juventud de Ramiro Ledesma por una triple vocación literaria, filosófica y científica. De la primera han llegado a nosotros como testimonios su novela El sello de la muerte, el ensayo El Quijote y nuestro tiempo y una serie de relatos y cuentos cortos. La segunda y la tercera le llevaron a la Universidad, donde obtuvo la Licenciatura en Filosofía e inició estudios, inacabados, de Ciencias Químicas y Exactas.

Paralelamente, su inquietud y valía intelectual le abrieron las puertas de dos sobresalientes publicaciones en la vida cultural española de la época: La Gaceta Literariay Revista de Occidente, dirigidas respectivamente por los geniales Ernesto Giménez Caballero y José Ortega y Gasset.

La temática de sus colaboraciones en ambas revistas, nos da idea de las preocupaciones del joven Ledesma. Figuras universales del Pensamiento de los últimos siglos, tales como Benedetto Croce, Charles Maurras, Eugenio d’Ors, Nicolás Maquiavelo, Immanuel Kant, Martin Heidegger, Miguel de Unamuno, Giambattista Vico, Sören Kierkegaard, Bertrand Russell y otros insignes autores son objeto de sus comentarios.

Al tiempo, Ledesma Ramos cultiva la amistad de gentes de la talla de Ramón Gómez de la Serna, Américo Castro, Ramón Menéndez Pidal, Luis Buñuel, Salvador Dalí o Agustín de Foxá entre otros, además de sus mentores José Ortega y Gasset y Ernesto Giménez Caballero. A todos ellos los frecuenta en las redacciones de La Gaceta Literariay la Revista de Occidente, en el Centro de Estudios Históricos, en el Ateneo de Madrid y en tertulias literarias como la de Pombo.

Como otros compañeros de generación, Ramiro Ledesma no tardó en adoptar un compromiso político. En la Europa que iniciaba la década de los años treinta del siglo pasado, la democracia liberal vivía horas bajas, agudizadas por una gravísima crisis económica de alcance mundial. En aquella coyuntura, las miradas de la juventud europea se dirigían a Moscú o Roma, como centros contrapuestos de las posibles alternativas a un sistema sociopolítico y económico decadente. Ramiro Ledesma apostó por Roma y lo demostró elocuentemente, en enero de 1930, al esgrimir un arma en medio de un banquete literario, para defender al escritor futurista italiano Bragaglia de los desaires de aquellos asistentes que estigmatizaban a tan ilustre invitado extranjero como fascista. En el fragor del incidente, proclamó por vez primera el joven intelectual zamorano el grito de «Arriba los valores hispanos».

Un año más tarde, en marzo de 1931, y en vísperas del derrumbe de la monarquía alfonsina y la posterior proclamación de la Segunda República, veía la luz el primer semanario político dirigido por Ramiro Ledesma. La Conquista del Estado nacía gracias a las aportaciones económicas e influencias de algunos de sus amigos.

Tuvo mucho de inconsistente y precipitado su lanzamiento, como prueba el que de los otros diez firmantes del manifiesto fundacional del semanario, tan sólo Ernesto Giménez Caballero, Juan Aparicio y Manuel Souto Vilas acompañan a Ledesma en aventuras políticas posteriores.

Los siete meses de existencia de La Conquista del Estado anduvieron jalonados, como toda la experiencia política de Ramiro Ledesma, por la acción constante de la censura, las prohibiciones y detenciones.

No se arredró su fundador ante las dificultades, arriesgándose, en coincidencia con la aparición de los últimos números del semanario, a la creación de una organización política: las Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalista (JONS). En pocos meses, el espíritu del manifiesto fundacional de La Conquista del Estado había germinado en un movimiento político, el Nacionalsindicalismo, tan influyente en las décadas posteriores de la vida de España, como insuficientemente comprendido.

En poco más de dos años, y gracias a la indomable voluntad de su fundador, el movimiento nacionalsindicalista se dotó de símbolos y consignas que alcanzarían una popularidad inusitada en años posteriores: el yugo y las flechas, la bandera roja y negra y los lemas España Una, Grande, Libre y Por la Patria, el Pan y la Justicia. Al tiempo, se extendió por los distintos rincones de la geografía nacional, atrayendo a sus filas a personalidades como Onésimo Redondo y protagonizando episodios épicos como la provocadora conferencia de Ramiro Ledesma en el Ateneo de Madrid, ataviado con camisa negra y corbata roja, o el asalto a las oficinas de los autodenominados Amigos de la Unión Soviética. También momentos trágicos como el asesinato de José Ruiz de la Hermosa, el primer caído nacionalsindicalista.

El ejemplo de Ledesma animó a otros patriotas a alzar la bandera de un ideal social y nacional. A fines de 1933, José Antonio Primo de Rivera fundó Falange Española. Apenas dos años mayor que Ledesma y dotado como aquel de una sólida formación académica e intelectual, su posición social los separaba. En contraste con los orígenes populares y modesta vida de Ledesma, José Antonio Primo de Rivera disfrutaba de la cómoda existencia de un aristócrata hijo de un jefe de gobierno.

Ello no impidió que ambos personajes hubieran colaborado meses antes en la elaboración del único número del semanario El Fascio, ni que en febrero de 1934 suscribieran un acuerdo de fusión entre sus organizaciones. Nace así la Falange Española de las JONS, el embrión del partido único durante casi cuarenta años de vida española.

Sin embargo, la colaboración entre José Antonio Primo de Rivera y Ramiro Ledesma tuvo un carácter efímero. En enero de 1935, Ledesma y un reducido grupo de antiguos dirigentes jonsistas anuncian en la prensa madrileña la ruptura con Primo de Rivera y su intención de reorganizar las JONS fuera de la disciplina falangista. Con el transcurrir de los meses, las suspicacias de Ledesma hacia sus aliados se habían convertido en insalvables diferencias, acentuadas desde la sustitución del triunvirato inicial, del que formaba parte el propio Ledesma, por una jefatura única en la persona de José Antonio Primo de Rivera.

La escisión protagonizada por Ledesma fue un rotundo fracaso. Agrupados en torno a un semanario que apenas tuvo dos meses de vida, La Patria Libre, los disidentes fueron incapaces de atraer a una fracción significativa de la militancia nacionalsindicalista, volcada con su nuevo jefe, José Antonio Primo de Rivera.

Como consecuencia de la fallida aventura, Ramiro Ledesma pierde a partir de ese momento cualquier protagonismo en la vida política española. No obstante, el fracaso político coincide con la publicación de las dos obras cumbre de su pensamiento, el Discurso a las Juventudes de España y ¿Fascismo en España? El primero, el más brillante texto doctrinal del nacionalsindicalismo de los primeros años. El segundo, el primer análisis histórico de los momentos fundacionales del movimiento nacionalsindicalista. Dos obras fundamentales, en suma, para comprender la historia política de la España de la Segunda República, la Guerra Civil y el Régimen de Franco.

El 18 de julio de 1936, el estallido de la Guerra Civil sorprende a Ramiro Ledesma en Madrid. Unos días antes había aparecido el primer y único número de su último proyecto periodístico, un nuevo semanario, Nuestra Revolución, en el que no hay alusiones al Nacionalsindicalismo.

Es imposible determinar cuál hubiera sido la orientación que hubiera adoptado esta empresa de no haber abortado el conflicto civil su temprana existencia. Más, teniendo en cuenta las palabras con las que había cerrado Ledesma su ensayo ¿Fascismo en España?:

Diríamos, para terminar, que a Ramiro Ledesma y a sus camaradas les viene mejor la camisa roja de Garibaldi que la camisa negra de Mussolini.

A las dos semanas de comenzada la guerra, Ramiro Ledesma es detenido como miles de madrileños, víctimas del régimen de terror implantado en la capital de España por las milicias socialistas, comunistas y anarquistas.

En la madrugada del 28 al 29 de octubre de 1936, sería asesinado por sus captores en el cementerio de Aravaca, junto a otro insigne intelectual español, con el que compartió nombre de pila: Ramiro de Maeztu, autor de Defensa de la Hispanidad, el más bello homenaje escrito a la misión histórica de España.

Dicen que José Ortega y Gasset comentó al conocer el asesinato de su discípulo:

No han matado a un hombre, han matado una inteligencia.

No pudo haber mejor epitafio para el joven que sacrificó una brillante carrera intelectual para inmolar su vida combatiendo por la redención espiritual y material de su Patria.


*Antonio Brea es Profesor de Enseñanza Secundaria. Mensaje de saludo a los asistentes a los Encuentros Autónomos celebrados en Sevilla, el 22 de octubre de 2010.

 
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