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Altar Mayor Nº - 139 (36)
Wednesday, 16 March a las 08:20:17

Altar Mayor artículos REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 139  - Extraordinario -  enero / febrero de 2011

 

EL ATEÍSMO Y SU PRINCIPAL ALIADO: EL PROGRESISMO
Hugo Alberto Verdera*



 
 
1. Introducción para «despistados»

El tema que vamos a desarrollar, entronca esencialmente con los resultados prácticos del accionar concreto del «progresismo» en el interior del Cuerpo Místico, con el ethos propio que los caracteriza, entendido como el carácter común de comportamiento o forma de vida que adopta un grupo de individuos que pertenecen a una misma sociedad, en nuestro caso concreto, como señalamos, de la Iglesia Católica.

Claro está que el «progresismo católico», que no es progreso auténtico ni catolicismo auténtico, es la resultante de un proceso histórico que alcanza gravedad suma en el siglo XX, pero como proceso histórico tiene raíces y/o concausas claramente visibles y definidas y condenadas por el más auténtico Magisterio de la Iglesia. De este modo, el «progresismo católico» se conforma como una continuidad del «modernismo teológico», que «se entiende una corriente de pensamiento promovida por algunos pensadores católicos de fines del siglo XIX y comienzos del XX, y resurgida con fuerza –el neomodernismo– después del Concilio Vaticano II, con el fin de conciliar la fe con algunos principios de la filosofía que ha dado en llamarse a sí misma “filosofía moderna” y con ciertas teorías de la crítica histórica; corriente de pensamiento que dio lugar a una crisis religiosa –la crisis actual de la Iglesia se debe en gran parte al neomodernismo– y fue objeto de importantes actos del magisterio de san Pío X: precisamente la encíclica Pascendi (1907) consagró este uso del término, al sistematizar el movimiento modernista y determinar el sentido de su condena».

Por lo tanto, por si hay algún «despistado», «modernismo teológico católico», «progresismo católico», «neocatolicismo», son expresiones claramente equivalentes. Pero hay algo más: como han sido condenados por el Magisterio por los funestos frutos que lograron, como veremos, con esa astucia de los hijos de las tinieblas (y no con la sagacidad de los hijos de la luz), se cambian de nombre, a fin de permanecer dentro de la Iglesia, para ejercer un práctico «fariseísmo», que como tal, busca negar la realidad de la auténtica misióndel Redentor. Y han adoptado dos nuevos nombres, «liberacionistas», es decir partidarios de la «teología de la liberación», y cuando Juan Pablo II y su Prefecto de la Sagrada Congregación, el entonces Cardenal Joseph Alois Ratzinger condenaron sus tesis constitutivas, deciden hoy día llamarse partidarios de la «teología de los excluidos». Ya esta actitud por sí sola los califica.

Por eso la afirmación de San Pío X en la Encíclica Pascendi, de que «hoy no es menester ya ir a buscar los fabricantes de errores entre los enemigos declarados: se ocultan, y ello es objeto de grandísimo dolor y angustia, en el seno y gremio mismo de la Iglesia, siendo enemigos tanto más perjudiciales cuanto lo son menos declarados», tiene una plena vigencia. Pero además, San Pío X no se limita a denunciar unos errores; realiza un análisis de todo el movimiento modernista, evidenciando que sus raíces constitutivas, llevan a una actitud desde la cual se había llegado o se podía llegar a esos errores; y demostrando que detrás de la diversidad de formas y manifestaciones, su unitario sentido y destino era claro e inevitable: «por cuantos caminos el modernismo conduce al ateísmo, y a suprimir toda religión. El primer paso lo dio el protestantismo; el segundo corresponde al modernismo; muy pronto hará su aparición el ateísmo». Y con claridad meridiana, ratifica el Santo Padre:«Hablamos, venerables hermanos, de un gran número de católicos seglares y, lo que es aún más deplorable, hasta de sacerdotes, los cuales, so pretexto de amor a la Iglesia, faltos en absoluto de conocimientos serios en filosofía y teología, e impregnados, por lo contrario, hasta la médula de los huesos, con venenosos errores bebidos en los escritos de los adversarios del catolicismo, se presentan, con desprecio de toda modestia, como restauradores de la Iglesia, y en apretada falange asaltan con audacia todo cuanto hay de más sagrado en la obra de Jesucristo, sin respetar ni aun la propia persona del divino Redentor, que con sacrílega temeridad rebajan a la categoría de puro y simple hombre».

Despejado este tema del pretendido «despiste» de los «progresistas católicos», en plena concordancia con la Cátedra de Pedro, vamos ahora a analizar al «progresismo católico», reiterando que no es progreso auténtico ni catolicismo auténtico.

2. El progresismo católico, auténtica traición a Cristo y a su Iglesia

En primer lugar, estas desviaciones teológicas con sus consecuencias pastorales, no pertenecen al pasado reciente, sino que están vigentes, a pesar de las reiteradas condenas. Debemos analizar, pues, en qué consiste su peculiaridad, sus fundamentos y las consecuencias sociales, para vislumbrar el futuro desde los «signos de los tiempos».

Pablo VI, en la que fue su primera Encíclica, dada en 1964, sostuvo con claridad la vigencia de la esencia «modernista»en el interior mismo del Cuerpo de Cristo. Decía Pablo VI, que «así, por ejemplo, el fenómeno modernista –que todavía aflora en diversas tentativas de expresiones heterogéneas y extrañas a la auténtica realidad de la religión católica, ¿no fue precisamente un episodio semejante de predominio de las tendencias psicológico-culturales propias del mundo profano sobre la fiel y genuina expresión de la doctrina y de la norma de la Iglesia de Cristo?».

El «progresismo-liberacionismo católico», actual presentación del «modernismo», se convierte en el intento de un auténtico vaciamiento de los contenidos propios de la auténtica y tradicional Teología católica. Intento que tiene por basamento único la negación lisa y llana, a través de la dialéctica, de la noción de «trascendencia». Y ese intento «pseudoteológico» pasa, precisamente, por la búsqueda de la «secularización» plena y esencial de la «genuina expresión de la doctrina y de la norma de la Iglesia de Cristo».

Anteriormente, Pío XII, señalaba que «no ha habido nunca, ni hay, ni habrá jamás en la Iglesia un magisterio legítimo sustraído a la autoridad, guía y vigilancia del Magisterio Sagrado [...] El simple hecho de rechazar esa sumisión es ya un argumento convincente y un criterio seguro de que no es el Espíritu de Dios y de Cristo quien guía al que así habla y obra». En el Concilio Vaticano II se ha repetido esta doctrina, por lo demás constante en el Magisterio, insistiéndose en la ineludible necesidad de que la Teología debe discurrir a la luz de la fe y bajo la guía del Magisterio de la Iglesia, exigiéndose una absoluta vinculación y dependencia del teólogo al Magisterio.

Ello se fundamenta, además, en una razón de lógica pura: tanto los teólogos como el Magisterio, tienen un idéntico fin, aunque funciones diversas y de rango distinto. Los dos (teólogos y Magisterio), tienen como fin común profundizar, exponer y defender el depósito doctrinal. Esta idéntica misión es de naturaleza distinta, y con absoluta vinculación y sumisión de la Teología al Magisterio.

Esto ha sido doctrina constante: por expresa voluntad de Jesucristo corresponde al Magisterio velar por la intangibilidad en la recepción y exacta presentación del depósito recibido. Al teólogo, que por definición está dedicado al estudio de la ciencia de Dios, le corresponde sumisión, obediencia y adhesión religiosa e interna a las declaraciones del Magisterio. Si no se da esa adhesión, cobran perfecta vigencia y actualidad las palabras precitadas de Pío XII y del Concilio Vaticano II.

De configurarse disparidad en la presentación y en las afirmaciones sobre temas doctrinales entre Magisterio y teólogos, la respuesta y solución es obvia: la opinión y las iniciativas de esos teólogos dejarían de ser un enfoque distinto, para convertirse en una negación de una doctrina que, por haber sido objeto de un tratamiento magisterial, ha dejado de ser cuestionable y posible objeto de interpretaciones personales.

¿Qué ha pasado dentro de la Teología católica, fundamentalmente en la época contemporánea? Se ha configurado una real inversión del concepto de la Teología, merced a la que podemos denominar asunción plena de las bases fundamentales de la Filosofía Moderna y el consecuente abandono de la Filosofía perenne. Esa asunción tiene como eje central lo que se ha llamado con precisión «giro antropológico», previamente adoptado en el ámbito propio de la Filosofía. Así, en las últimas décadas se han originado un conjunto sucesivo de «teologías»: teología «de la muerte de Dios», teología «de la esperanza», teología «política», teología «de la revolución» y, por último, teología «de la liberación», todas ellas caracterizadas por el común denominador de asumir paulatinamente los postulados inmanentistas.

De por sí, este rápido «sucederse» (y «superarse») de estas «teologías», aparece como demostrativo de la carencia de sólidas bases filosóficas en las que pretenden sustentarse, además de una evidente mala fe para pretender distanciar dialécticamente a la feligresía de sus legítimos pastores. Y esas bases filosóficas se resumen, precisamente, en su concepción radicalmente antropocéntrica, considerada como contrapuesta y, obviamente, «superadora» de la clásica concepción teocéntrica.

En ese inmanentismo filosófico radica, precisamente, el erróneo fundamento de las «nuevas teologías». Este «giro antropológico», que ha tenido funestas consecuencias, se ha conformado con un axioma filosófico: el objeto del conocimiento puede ser conocido por nosotros por el hecho de que es en la medida que ha sido producido por nosotros. Así, el antropocentrismo se configura para la Filosofía Moderna, y de esta base de lanzamiento pasa al campo teológico.

En la actualidad, el pensamiento «teológico liberacionista», a raíz de la plena adopción de estos postulados de base inmanentista, ha desembocado en una desnaturalizada temporalización de la Teología, cuyo último resultado tuvo que ser, necesariamente, el abandono de la propia misión teológica, a punto tal que resulta adecuado calificar al «liberacionismo» directamente como una «pseudo-teología».

En suma, nos encontramos ante teólogos que se llaman cristianos que, ante el mundo actual, caracterizado por un innegable proceso de secularización, pretenden hacerse «comprender» por él, mediante el intento de integración del ateísmo, precisamente en el corazón mismo, en la propia esencia del cristianismo. En otras palabras, nos encontramos ante el intento, dentro del mismo corpus católico, de concretar una aceptación del ateísmo por el cristianismo a través de una conciliación de pretendidas bases teológicas.

Este intento «liberacionista» aparece así como la culminación de un largo proceso, iniciado por el «modernismo» y profundizado por el «progresismo».

Para los «liberacionistas», las bases filosóficas y religiosas sobre las que se estructuraba la Teología tradicional, han perdido su validez en la actual circunstancia histórica. Para ellos, la solución, para que el mensaje cristiano sea «creíble» hoy día, exige prescindir de la imagen de un Dios «trascendente», es decir, distinto del mundo. El cristianismo debe «independizarse» de la profesión de una fe en Dios y de los actos de culto, es decir, de la adoración dirigida a Dios. Así, el «liberacionismo» desemboca en un cristianismo «temporalizado», «convencional», que no es otra cosa que un «neohumanismo», cuyo paso final está bien próximo y definido: un «cristianismo ateo».

Señala agudamente Martín Brugarola que este intento se opone con lo más elemental de la fe cristiana, pues, «¿qué puede ser un cristianismo sin Dios? ¿No es una sinrazón pretender ser cristiano sin Dios? ¿Se puede lanzar una afirmación más sin sentido que la de un Jesucristo sin Dios? ¿Cómo es posible imaginar un Jesús sin Dios? ¿No contradice eso lo más elemental de lo que aparece en el Evangelio, de un Jesucristo tan íntimamente vinculado a Dios, a su Padre?».

Otra Prueba evidente la tenemos en la definición dada por el Papa Juan Pablo II, que en su Encíclica Fides et ratio expresaba terminantemente: «También en nuestro siglo el Magisterio ha vuelto sobre el tema en varias ocasiones llamando la atención contra la tentación racionalista. En este marco se deben situar las intervenciones del Papa san Pío X, que puso de relieve cómo en la base del modernismo se hallan aserciones filosóficas de orientación fenoménica, agnóstica e inmanentista. Tampoco se puede olvidar la importancia que tuvo el rechazo católico de la filosofía marxista y del comunismo ateo».

En apretada síntesis «el modernismo teológico» y sus sucesores se constituyen como una herejía interna, motivada en estos principios:

1        La pretensión de reducir la intervención de Dios en la vida social, siguiendo tendencias supuestamente humanitarias de la sociedad contemporánea.

2        Por lo tanto, la Iglesia actual no debe vivir la Fe desde su identidad en el tiempo presente, sino cambiar su identidad adaptándola al tiempo contemporáneo.

3        Se utiliza como metodología lo que denominan la «reinterpretación» de las Sagradas Escrituras de una forma no literal, y de considerar la Tradición como algo que puede cambiar en el tiempo.

4        Por lo tanto, no se transmite fielmente, de una generación a otra el Evangelio que Jesucristo dejó a todos los hombres de todos los tiempos, sino una cambiante adaptación al mundo.

De este modo «modernismo» tiene consecuencias en la Doctrina Social de la Iglesia, y pretende «innovar» en los planos de lo moral, lo jurídico y lo social.

Tras esos postulados básicos, el «progresismo católico», se presenta como una presunta actualización del modernismo, que en realidad constituye otra religión herética, que contradice la Fe y la Tradición, y que se encuentra dentro del catolicismo, con principios y finalidades distintas de la enseñanza de Jesucristo.

Su estrategia para afirmarse como católicos es afirmar: «¿Y con qué autoridad Usted va a decir que estoy fuera de la Iglesia, que la doctrina que sustento es una herejía?». O: «mi opinión vale tanto como la suya». Es decir, el relativismo religioso, intelectual filosófico, moral y científico son ejes centrales de su pensamiento. Y los cuestionamientos van dirigidos claramente al Magisterio de la Iglesia, y, en nombre de una supuesta «libertad de expresión», se dedican a «desmontar» dogma por dogma de la Iglesia, en su totalidad o parcialmente, como si todo fuese «opinable», haciéndose llamar «intelectuales católicos», «pensadores católicos», y hasta «teólogos católicos» si son sacerdotes o incluso obispos.

El «progresismo católico» es en realidad una religión, que tiene una cosmovisión propia distinta de la Católica, herética, sincretista, y hasta con su propio clero que realiza con otra interpretación interna los ritos de la Misa y los Sacramentos católicos. Pero lo hacen desde dentro de la Iglesia, utilizando farisaicamente la liturgia católica. Se trata de un «neofariseismo sincretista paganizante».

Vean como les encuadra perfectamente la condena de san Pío X. En el Decreto Lamentabili sine exitu, del 3-4 julio de 1907, publicado dos meses antes que la Encíclica Pascendi, se recogen 65 proposiciones tomadas en su mayoría de las obras de los principales modernistas (Loisy, Tyrrell y Le Roy), fueron condenadas las siguientes proposiciones modernistas:

1        «57. La Iglesia se manifiesta enemiga de los progresos en las ciencias naturales y teológicas». Aquí vemos específicamente la palabra «progreso», aplicada a las ciencias naturales e incluso a la Teología, constituyéndolo en particular una especie dentro del género del modernismo definido en todo el documento.

2        «58. La verdad no es más inmutable que el hombre mismo, y que con él, en él y por él evoluciona». O sea se justifica relativismo teológico, con una pretendida base antropológica, centrada en el «hombre autónomo».

3        «63. La Iglesia se muestra incapacitada para defender con eficacia la moral evangélica al adherirse obstinadamente a doctrinas inmutables que no pueden estar en armonía con el progreso moderno».

4        «64. El progreso de las ciencias está exigiendo una modificación de los conceptos acerca de Dios, de la Creación, de la Redención, de la persona del Verbo Encarnado y de la Redención».

Vemos como el «progreso» reaparece también en las anteriores formulaciones condenadas, entendido como una auténtica «claudicación», ante la filosofía moderna y los sistemas en ellas fundados, liberalismo, neoliberalismo, marxismo, neomarxismo, y en rápida concreción, el llamado «nuevo orden mundial», con su religión sincretista, la «new age», que condensa todas estas pretensiones del «progresismo» que persiste en llamarse «católico».

Estamos, pues ante una traición perversa, en efecto, con artes arteras y llenas de perfidia, que se esfuerza por aniquilar las energías vitales de la Iglesia, desde su mismo interior. Y la infiltración es extensa, ya que, consciente o inconscientemente, muchos sacerdotes «respiran en atmósfera progresista», y lo revelan en sus abusos litúrgicos, en su moral personal de circunstancias, en su rechazo a la autoridad jerárquica, llevando así a confusión a la feligresía. Todo ello ha influido en la constitución, paulatina y progresiva, de un laicado «religiosamente ignorante» por falta de verdadera formación doctrinal. Así, un «sentimentalismo desacralizador» ha invadido nuestros templos, y prácticamente, y crean que no exagero, en mi Buenos Aires querido, no existen homilías, sino exhortaciones socio-reivindicativas, humanitarias en el sentido profano moderno, cuando no directamente errores teológicos graves. Como nos enseñaba, en mi ya lejana juventud, mi querido Padre Castellani: «no hay homilías buenas o malas; hay homilía o no hay homilía».Por ende, podemos agregar que un grave drama actual es la falta de homilías, es decir, la falta de la correcta enseñanza de la Palabra de Dios.

Los errores de estos «pensadores», que «van tras las novedades que la investigación de las supremas razones de las cosas ofrece» son más graves cuando aplican tal criterio a «la Ciencia Sagrada o a la interpretación de la Sagrada Escritura, o de los más importantes misterios de la Fe». Se trata de «escritores católicos que traspasan los límites puestos por los Santos Padres y por la Iglesia misma» deformando los dogmas «en nombre de la crítica histórica». No hacen otra cosa que corromper la pureza de la Fe de los creyentes.

Donde se manifiesta en toda su perversidad, es en el intento concretado, desgraciadamente, de convergencia cristiano marxista. Daré solamente un resumen de la condena radical de Juan Pablo II a través de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe. En 1985 Juan Pablo II convocó un Sínodo Extraordinario de los Obispos para reflexionar sobre el Concilio Vaticano II, y urgir a los fieles en su conocimiento y aplicación. Sobresale, sin lugar a dudas, su preocupación por desenmascarar una corriente de pensamiento que se denomina Teología de la Liberación.

En agosto de 1984 el Santo Padre Juan Pablo II aprobó una Instrucción de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe que pretende: «atraer la atención de los pastores, de los teólogos y de todos los fieles, sobre las desviaciones y los riesgos de desviación, ruinosos para la fe y para la vida cristiana, que implican ciertas formas de la teología de la liberación que recurre, de modo insuficientemente crítico, a conceptos tomados de diversas corrientes del pensamiento marxista». Se trata, por tanto, de toda una «corriente de pensamiento que, bajo el nombre de “teología de la liberación” propone una interpretación innovadora del contenido de la fe y de la existencia cristiana que se aparta gravemente de la fe de la Iglesia, aún más, que constituye la negación práctica de la misma».

La llamada «teología de la liberación» asume el análisis marxista de la realidad y sus principios: a) materialismo histórico: que señala que las causas de los acontecimientos históricos son exclusivamente económicas y la historia es la historia de la lucha de clases, y b) la praxis: la verdad no es, sino se hace; lo que importa es la ortopraxis. Estos principios de corte marxista los aplican a la interpretación del Evangelio y la práctica pastoral con lo que logran desfigurar nuestra fe. Para la «Teología de la liberación».

1.      Jesucristo: es considerado no como verdadero Dios Encarnado que, con su Muerte y Resurrección, nos ha redimido, sino como un símbolo de la humanidad que lucha por la liberación de los «opresores» y que muere en defensa de los pobres;

2.      La Iglesia: debe tomar parte en la lucha pues la «neutralidad» es imposible ya que equivale a estar con los poderosos. De ahí que debe tener una «opción preferencial por los pobres» y constituirse en «Iglesia del pueblo» que nace del pueblo, y que reconoce la jerarquía sacramental que es «clase dominante» y por tanto debe ser combatida (Puebla, nn. 262- 263).

3.      La fe es reducida a «fidelidad a la historia»; la esperanza a «confianza en el futuro»; la caridad a la «opción por los pobres».

4.      Los sacramentos: son «celebraciones del pueblo que lucha por la liberación»: se indoctrina en este sentido al pueblo por medio de«homilías», cambios en la liturgia, etc., para que «tomen conciencia de clase» y se les anima a la lucha contra la «clase dominante». Curiosamente, así la Iglesia viene a ser –según estos «teólogos»– respecto a los pobres, lo que el partido comunista pretende ser respecto al proletariado.

5.      La escatología es sustituida por el «futuro de una sociedad sin clases» como la meta de la liberación en la que se habrá «hecho verdad» el amor cristiano a todos, la fraternidad universal.

Evidentemente se trata de un peligroso cúmulo de errores al ser una completa subversión del cristianismo.

Los errores pueden sintetizarse así:

1.      el error radical está en el mismo «principio hermenéutico» con el que se pretende interpretar el Evangelio para sacar de ahí una praxis: ese principio es el materialismo histórico, que niega la prioridad del ser sobre el hacer, y por tanto, de la verdad y el bien de la acción humana. Este principio es totalmente falso y no es demostrado ni demostrable;

2.      La lucha de clases no sólo es un error porque sea contrario a la caridad (puede haber una guerra justa, existe la legítima defensa, etc.), sino que es un error sobre todo porque se le concibe como algo necesario, ineludible y constitutivo de la historia negando la libertad de la persona y su capacidad para dirigir la historia mediante esa libertad y contando con la Providencia Divina;

3.      Además de negar verdades fundamentales (sobre Cristo, la Iglesia, los Sacramentos, etc.), en la práctica, conduce a someter a la Iglesia a una dirección política determinada, no sólo ajena a su misión sobrenatural, sino que desemboca en una situación humana deplorable, como en el socialismo real, en el que la persona no cuenta ni se le reconoce su dignidad de hijo de Dios.

Sin embargo, hay que tener en cuenta que, puede darse una verdadera Teología de la liberación, es decir, del pecado y de sus consecuencias (no sólo de sus consecuencias materiales).

«Una de las condiciones para el necesario enderezamiento teológico es la recuperación del valor de la enseñanza social de la Iglesia». «La enseñanza de la Iglesia en materia social aporta las grandes orientaciones éticas. Pero, para que ella pueda guiar directamente la acción, exige personalidades competentes, tanto desde el punto de vista científico y técnico como en el campo de las ciencias humanas o de la política. A los laicos, cuya misión propia es construir la sociedad, corresponde aquí el primer puesto».

La instrucción anunciaba «la intención de la Congregación de publicar un segundo documento, que pondría en evidencia los principales elementos de la doctrina cristiana sobre la libertad y la liberación». La Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, publicó con fecha 22 de marzo de 1986, una segunda Instrucción «Sobre la libertad cristiana y la liberación». «Entre ambos documentos –se lee en el segundo–, existe una relación orgánica. Deben leerse uno a la luz del otro».

Esta segunda Instrucción «se limita a indicar los principales aspectos teóricos y prácticos» acerca de la libertad y la liberación; conceptos íntimamente relacionados entre sí, que deben entenderse en su justo sentido, pues aquellas «desviaciones y los riesgos de desviación, ruinosos para la fe y para la vida cristiana» siguen vigentes y «lejos de estar superadas, las advertencias hechas parecen cada vez más oportunas y pertinentes».

Algunos de los exponentes de la «Teología de la Liberación» apoyándose en este segundo documento han pretendido hacer ver que la Iglesia «aprueba» la errónea «Teología de la Liberación» que ellos sustentan. Nada más lejos de la verdad. El segundo documento expone el verdadero concepto de la libertad: «la libertad no es la libertad de hacer cualquier cosa, sino que es la libertad para el Bien, en el cual solamente reside la Felicidad. De este modo el Bien es su objetivo. Por consiguiente el hombre se hace libre cuando llega al conocimiento de lo verdadero, y esto –prescindiendo de otras fuerzas– guía su voluntad». Explica, también, «la necesidad de una liberación del mal, del pecado».

El documento pone de manifiesto el papel que desde siempre ha hecho la Iglesia para ayudar al hombre: «La Iglesia tiene la firme voluntad de responder a las inquietudes del hombre contemporáneo, sometido a duras opresiones y ansioso de libertad. La gestión política y económica de la sociedad no entra directamente en su misión» (Const. past. Gaudiun et Spes, no. 42,2). «Pero el Señor Jesús le ha confiado la palabra de verdad capaz de iluminar las conciencias. El amor divino, que es su vida, la apremia ha hacerse realmente solidaria con todo hombre que sufre. Si sus miembros permanecen fieles a esta misión, el Espíritu Santo, fuente de libertad, habitará en ellos y producirán frutos de justicia y de paz en su ambiente familiar, profesional y social» (no.61).

Ante la evidencia de la condena, los «teólogos liberacionistas», persistieron en su gran mayoría, en su labor destructiva.

3. Persistencia en el error, signo de rechazo a la fidelidad a Pedro y su Cátedra

En las corrientes modernas, ya no se tiene en cuenta la Verdad como fin de la Filosofía, sino la «originalidad», el «pensamiento consecuente», el «pensamiento políticamente correcto» aunque contradiga el sentido común, y mientras más se contradiga el sentido común con un «pensamiento consecuente», más original será considerado, y por tanto más «racional» y «filosófico». y en ello han caído los «progresistas católicos», constituyéndose en una «quinta columna» de todos los enemigos de la Iglesia de Cristo, «quinta columna» que actúa pública y desvergonzadamente, aprovechando la flojedad en el ejercicio de la autoridad por parte de la Jerarquía, al desobedecerla con la mayor hipocresía y desvergüenza.

En la realidad concreta de la vida eclesial, es decir, por sus consecuencias prácticas, se patentiza un doble efecto. En los Estados anticatólicos o escépticos a la religión, ven en el «progresismo católico» un aliado valioso para la «autodemolición de la Iglesia». Y simpatizan con sedicente «progresismo católico», porque lo ven claudicante y contribuyendo a la disolución de los mandatos de la Fe, y convierten al ser humano en servil del poder de turno (que incluso algún día será ejercido en persona por el Anticristo). Por tanto, este «progresismo católico» es una falsa doctrina en la que todo el contenido de la Fe Católica puede ser debatido en pie de igualdad con cualquier otra religión.

Y en los Estados tradicionalmente católicos, el «clericalismo progresista» se ha convertido en el principal instrumento de «descristianización» de las masas, siendo agentes efectivos de un falso «ecumenismo» que equipara la verdad con el error. Y ello lo realizan en nombre de «relecturas» del Evangelio, que terminan diluyendo y por último rechazando las exigencias éticas que la Buena Nueva implica necesariamente. De ahí, la disolución de los dogmas, del concepto de pecado, de la instrumentalización del llamado «pecado social», de la convergencia cristiano-marxista como interpretación actual de la liberación cristiana.

Esta triste realidad tuvo vigencia plena en nuestros pueblos hispano-americanos, con la aparición de grupos sacerdotales que terminaron integrando la subversión armada y llevando a muchos jóvenes, aprovechando su natural entusiasmo y adhesión a la justicia, a un «mesianismo temporalista», que pretendieron fundamentar a través de las «teologías latinoamericanas de la liberación», que, en realidad, no son latinoamericanas, pues tienen su origen en la teología protestante europea, que se infiltró en el «progresismo católico», y que dio lugar a las condenas de Juan Pablo II, a través de expresiones públicas y de documentos de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, a cargo de su Prefecto, el Cardenal Ratzinger.

Como consecuencia de esto, el Mandamiento de Amar a Dios (Trinitario) por sobre todas las cosas, se convierte en un sincretismo gracias a una reinterpretación, y hasta una negación al sostener el evolucionismo; al Mandamiento que dispone «No matar», el progresista católico opone el derecho al aborto o la eutanasia, o dejar en libertad y fuera de la cárcel a los asesinos sin que cumplan condena; al Mandamiento «No fornicar», el progresista católico opone el «sexo seguro», la promiscuidad, la masturbación, el matrimonio homosexual, la ideología de género. ¿Y puede sustentarse esto dentro del Catolicismo? Definitivamente, los progresistas «católicos» no son una «corriente de opinión» dentro de la Iglesia, sino que son herejes que pretenden estar dentro de ella. Y no hacen más que conducir su vida y la de la sociedad hacia la eterna condenación demoníaca. ¿Demonio e infierno? ¿Qué significará esto para un progresista «católico»?

En la política, el progresista «católico» sustenta la separación total y absoluta entre la Iglesia y el Estado, sin contemplar esferas de mutua colaboración donde el Estado debe reconocer lo Sobrenatural de la Iglesia, y por tanto su prioridad en la materia. Como cada progresista «católico» tiene su propia visión de la Iglesia, la anarquía en la materia campea, generando una sola opción: la imposición del Estado en todo, incluso sobre la familia, avasallando todas las esferas del ser humano. El progresismo «católico», en definitiva, conduce al totalitarismo, ya sea de un Estado nacional o de un Estado internacional o mundialista.

4. El progresismo católico, encarnación del fariseísmo cristiano

El error del «progresismo católico» se encarna en un «neofariseismo sincretista paganizante». Es el «gusano del fariseísmo» que hace ya muchos años nos advirtió nuestro querido Padre Castellani. Él perfiló con certeza la esencialidad del fariseísmo; advirtió que esa su esencia es claramente demoníaca; que significa el permanente peligro para la Iglesia de Cristo; que involucra la tentación de «carnalizar» a la Iglesia, buscando adulterar su fe y su misión salvífica. Advirtió, en suma, que el fariseísmo especifica e involucra el «pecado contra el Espíritu Santo». Con belleza y fineza literaria, con profundidad teológica y filosófica, Castellani caracterizó en su radical oposición del «Salud-dador» al fariseísmo, auténtica «Sinagoga Satanae». En sus obras, el Padre Castellani insiste machaconamente en esa radical oposición, y encarna el sentir y el pensar de Jesucristo, pues él también, en viviente «imitación de Cristo», padeció el fariseísmo y tuvo «tristeza» por los frutos amargos que produjeron y producen. Fue un auténtico «luchador» y en su vida y en sus obras testimonió a Jesucristo, sabiendo que tendría que enfrentar innumerables ataques y que debía sufrir y ser perseguido. Aquí radica otra de las claves de la penetrante captación del fariseísmo por parte de Castellani: el fariseísmo encarna esa corrupción de lo mejor, que es la religiosidad, «cosa que no tiene remedio, como la sal que pierde su salinez...». Es la «corrupción propia de la religión», es mutilar la esencia religiosa del hombre, adulterar la realidad ontológica creatural del hombre, negándole, en nombre de «lo religioso», su exigencia de trascendencia. Es decir, como afirma el Padre Castellani, «el fariseísmo es el gusano de la religión; y parece ser un gusano ineludible, pues no hay en este mundo fruta que no tenga gusano, ni institución sin su corrupción específica. Todo lo que es mortal muere, y antes de morir, decae». Y, «siendo la corrupción específica de la religión, ha existido y existirá siempre; y de vez en cuando demanda víctimas humanas, que Dios le concede, no se sabe por qué [...] En el principio de la Iglesia, el fariseísmo había plagado de tal manera la Sinagoga, que Jesucristo se dio como misión principal de su vida el combatirlo, y fue su víctima; en el fin de la Iglesia, el fariseísmo se volverá de nuevo tan espeso, que demandará para su remedio la segunda Venida de Cristo».

5. Conclusiones: «Ubi Petrus, ibi Ecclesia, ibi Deus»

Es necesario enfatizar como necesidad urgentísima de la hora presente seguir con suma atención, con profundo respeto y con entusiasmo inteligente las enseñanzas del Romano Pontífice. Sabemos que no hay Iglesia sin el Papa, pues Cristo ha hecho de Pedro la roca sobre la que se alza para siempre el edificio espiritual de su Iglesia. Por eso mismo, es indispensable fortalecer el impulso interior de estar muy unidos al sucesor de san Pedro, de seguir con prontitud sus enseñanzas, de transmitirlas en nuestros medios de actuación concretos, de defenderlas con la íntima convicción de quien sabe: Ubi Petrus, ibi Ecclesia, ibi Deus: Donde está Pedro, está la Iglesia, está Dios. Es preciso realizar un esfuerzo de fe; de fe en Dios, fe en Cristo y fe también en Pedro. Por eso podemos decir: Ubi Petrus, ibi Christus, ubi Petrus ibi Ecclesia, Ubi Ecclesia Ibi Petrus. Donde está Pedro, está Cristo, donde está Pedro, está la Iglesia, Donde está la Iglesia, está Pedro.

El mundo globalizado en que actualmente vivimos, ofrece como fundamento filosófico a lo contradictorio como «racional», y por tanto la conciliación de los opuestos, hasta el absurdo de hacer compatible a Cristo con el mundo como fuente de pecado o con las tentaciones del desierto. Pretenden hacer compatible a la Iglesia con una Sodoma y Gomorra planetaria, complaciente con los vicios y las herejías en nombre de una mal entendida «libertad» que no es otra cosa que ofensa a Dios. Y a esto se resta importancia desde la tibieza, la falta de compromiso, la abulia, y la inspiración del Demonio. La Iglesia, para hacer esto, debe perder su característica de testigo fiel y veraz de Cristo, ensoberbecidos en una presunta riqueza material, aunque la realidad sea la de desdichados y miserables mendigos, ciegos a la Verdad y desnudos, y valentía a la mediocridad.

La situación actual nos demuestra la tremenda labor del sucesor de Pedro. La respuesta de no pocos cristianos y la reacción de algunos eclesiásticos centroeuropeos y americanos ante las obras de misericordia del corazón del Papa; ante su firme y segura teología, afincada en la más sana tradición; la desidia y la dejadez de no pocos católicos que evitan formarse y pretenden «actuar instintivamente», de acuerdo a «su propia conciencia»; el empeño de muchos católicos en conjugar su confesión de cristianos con el aborto, con la homosexualidad y con la negación de verdades de fe reveladas; las reacciones de quienes aprovechan el misterio del mal en la vida de un fundador para atacar a quienes viven en fidelidad el carisma del Reino de Cristo; la distancia o la desafección de quienes murmuran en privado y callan en público debiendo hablar con claridad; una dialéctica, como siempre nefasta, que sostiene que el progreso interno de la Iglesia se realiza desde la tesis a la antítesis; la división interna de quienes tiene la responsabilidad de ser signos de unidad, «que todos sean uno», y son causa de división; los conflictos y una intensa judicialización de las disputas dentro de la Iglesia; la aceptación de blasfemias públicas contra Nuestro Señor Jesucristo y su Santísima madre; la ruptura entre la fe que profesan y la vida ordinaria, entre libertad y verdad, entre fe y moral… son síntomas del caballo de Troya en la ciudad de Dios. Un cristianismo sin cruz, una Iglesia sin santos, no es ni cristianismo, ni Iglesia. Vivimos tiempos para retomar algunas de las grandes obras de reforma de la Iglesia, de auténtica, de verdadera reforma postconciliar.

En los años setenta se publicó un libro del filósofo Dietrich Von Hildebrand, El caballo de Troya en la ciudad de Dios, que concluye con un epílogo que de nuevo debiera ser meditado a la sombra de la cruz. Si como dice Hans Urs von Balthasar, «hay que erigir al hombre moderno (una entidad verdaderamente crítica) en la medida de lo que la Palabra de Dios ha de decir o no ha de decir», entonces se acabó la religión. Y recuerda que «Cristo no puede menos que ser escándalo para el mundo en todas las épocas de la historia, por el antagonismo esencial que existe entre el espíritu de Cristo y el espíritu del mundo. La verdadera renovación de la Iglesia, como hace notar Urs von Balthasar, consiste en eliminar lo que hay de falso en la Iglesia –los escándalos anticristianos–, a fin de poner de relieve el verdadero escándalo de la Iglesia, ese escándalo que está enraizado en su misión misma». El escándalo de la Cruz: ser transformados en Cristo y glorificar a Dios alcanzando la santidad.

Y eso han sido los «frutos del progresismo católico». Se ratifican plenamente la palabra de Jesús: «Guardaos bien de los falsos profetas que vienen a vosotros disfrazados de oveja, pero por dentro son lobos voraces»; «por sus frutos los conoceréis». Es el modo que Jesús nos dio para distinguir a los falsos profetas de los auténticos servidores de la Palabra de Dios, «por sus frutos». Y ello porque «las cosas de Dios tienen un sabor especial, hecho de rectitud natural y de inspiración divina. El que verdaderamente habla las cosas de Dios siembra fe, esperanza, caridad, paz, comprensión; por el contrario, el falso profeta en la Iglesia de Dios es el que por su predicación y su conducta o actuación siembra división, odio, resentimiento, orgullo, sensualidad. Pero el fruto más característica del falso profeta es apartar al pueblo de Dios del Magisterio de la Iglesia, a través de la cual resuena en el mundo la doctrina de Cristo. El fin de estos embaucadores está también señalado por el Señor: la perdición eterna».

Estos «malignos frutos» nos evidencian la de un movimiento de grandes dimensiones; que congrega a todas las fuerzas enemigas de la Iglesia de Cristo, externas e internas al propio Cuerpo Místico; es un movimiento de inspiración protestante, humanista, liberal; se ha hablado también de sinarquía, masonería; se consolidaron tendencias de convergencia hacia el marxismo como el «Movimiento cristianos para el socialismo» y el «Tercer Mundo Latinoamericano». Es, pues, un movimiento complejo que se presenta como católico pero que siempre ataca la doctrina tradicional de la Iglesia, llevando a la apostasía de la fe y de la religión, inclusive arrastrando a la muerte de nobles empeños a sacerdotes, religiosas y religiosos. Se han «asesinado vocaciones»; se ha instrumentalizado un Concilio Vaticano II «paralelo», llevando a la desobediencia y la falta de respeto al Episcopado, a la Jerarquía Eclesiástica y hasta el mismo Sucesor de Pedro. Frutos amargos, pero reales. Esta real apostasía ha elaborado un mensaje que cree original, y que la concreción plena del inmanentismo moderno. Ella «quiere que el hombre se trace sus caminos, prescindiendo de Dios. Pero esos caminos del hombre, no conducen al Monte de Dios». Dice un preclaro sacerdote: «En nuestros tiempos, hemos transitado caminos aberrantes. Caminos que no son la senda estrecha y la puertaangosta que conduce a la gloria. Hemos pedido al evolucionismo sustituir a la creación. Hemos pedido al naturalismo sustituir a lo sobrenatural. Hemos pedido a la historia sustituir la Teología, la ciencia de Dios. Hemos pedido al marxismo ponerse en lugar del reinado social de Jesucristo, y hemos permitido al humanismo liberal hacer caricatura burlesca del mismo Reino de Cristo».Estos son los «frutos del progresismo católico».

Quiero terminar, recordando unas magníficas palabras, expresadas por quien era Obispo de Málaga, Monseñor Manuel González, finalizando el Prólogo a la edición española del Libro El Cura de Ars, de Francisco Trochu, con el subtítulo de Sin cura no hay paz escribía:

«Los hombres de gobierno y de saber hablan, estudian, escriben, se congregan, se afanan con incansable ardor buscando la paz para los pueblos, et non est pax. En un rincón de Francia turbulento y sin paz, como las grandes ciudades y reinos del mundo, ha vivido unos cuantos años un Cura, y sólo con su acción y pasión de Cura la aldea turbulenta y los pueblos circunvecinos llegaron a encontrar la paz de sus conciencias, de sus famitas y la paz social y con ella hasta el bienestar material que sigue siempre a la destrucción de los vicios y al orden de la vida. Y no es ese caso único en la historia de la Iglesia.

»En donde quiera que mora un Cura bueno, la paz y la abundancia tarde o temprano vienen a morar bajo los techos de sus feligreses. Si san Pablo dijo que no había más salvación para el mundo y para las almas que la que se busca y viene por el nombre de Jesús, la historia autoriza para afirmar que no hay salvación para los pueblos, ni paz, ni orden, ni vida moral sin buenos Curas.

»Un buen Cura, lo he escrito muchas veces, es la mejor acción social de un pueblo. Y un Cura Santo, añado ahora, es el grito de Pío XI al mundo: “La paz de Cristo en el reino de Cristo”, trocado en hermosa realidad en los pueblos que tengan la dicha de tenerlo».

Palabras magníficas, inspiradas, que tendría que hacer carne en los «progresistas católicos» y que sirven de aliento a tantos sacerdotes, a tantos curas, que en silencio, con plena aceptación de su privilegiado estado, día a día trabajan realmente por la auténtica liberación de sus feligreses, que es la «liberación del pecado». Doy gracias a Dios todos los días por conocer tantos sacerdotes auténticamente católicos.



* Hugo Alberto Verdera es Abogado y Doctor en Derecho y Ciencias Sociales por la Universidad Nacional de Córdoba (República Argentina). Profesor de Filosofía y Teología en la Pontificia Universidad Católica Argentina «Santa María de los Buenos Aires».

 
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