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Altar Mayor Nº - 139 (34)
Wednesday, 16 March a las 08:34:50

Altar Mayor artículos REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 139  - Extraordinario -  enero / febrero de 2011

 

HIPOCRESÍA HISTÓRICA
César Alcalá*



 
 
El título de este artículo es hipocresía histórica. A algunos tal vez les sorprenda y otros quizás piensen que no es políticamente correcto. Lo cierto es que vivimos en un periodo de hipocresía por lo que respecta a la mal llamada memoria histórica. Un término acuñado por el presidente Rodríguez Zapatero. Hay mucha hipocresía ante ciertos acontecimientos que sucedieron en nuestro país hace más de setenta años. El primero sería tener que hacer una ley para recordar. Y eso que parece una tontería tiene mucha importancia. Una ley no debe hacernos recordar. El recuerdo es una particularidad o una virtud del ser humano. Un político no puede legislar qué se ha de recordar, cómo se ha de hacer y de qué manera.

Nos encontramos ante una ley de la memoria histórica y en Catalunya algo que han titulado Memorial democràtic. Un fabuloso edificio de la Via Laietana barcelonesa alberga esto que sólo sirve para enriquecer a unos pocos. A aquellos parásitos que siempre sobreviven gracias a las subvenciones. Hay un tema fundamental para empezar a hablar sobre la hipocresía histórica. La ley podríamos llegarla a suscribir, tanto la española como la catalana. No así cómo se han puesto en práctica. Y es que el problema radica en las personas que se ha puesto al frente de todo este engendro del recuerdo. La ley de la memoria histórica es un insulto a la inteligencia. Y nos explicaremos. Un político catalán, como el señor Saura, no puede estar al frente de este memorial. Y decimos que es un insulto a la inteligencia por no decir que es un sectario. El señor Saura aún considera que hay muertos de primera y de segunda. Los muertos son muertos, tanto de un bando como de otro. Miles de familias sufrieron, durante muchos años, la pérdida de sus seres queridos. Sólo el sectarismo del señor Saura se puede permitir la osadía de calificar a los muertos. Lo mismo podríamos decir del señor Rodríguez Zapatero, cuya única preocupación es que su abuelo fue fusilado por los llamados franquistas. Con personajes como estos difícilmente se puede hacer memoria histórica. Tampoco se puede catalogar a unos de muy malos y a otros de muy buenos. Esto es sectarismo y, si se quiere hacer, no hace falta una ley. Llevan demasiados años con esta historia y lo único que les importa es demostrar que los llamados rojos fueron los auténticos mártires de la guerra civil. Por eso nos reafirmamos: estos personajillos insultan nuestra inteligencia.

Los estudios históricos han de contar la verdad sobre los hechos ocurridos. Olvidémonos de sectarismos. La historiografía la deben hacer las universidades. Cuando finalizó la guerra aparecieron toda una serie de libros que explicaban la guerra desde el bando ganador. En ese momento también se fue sectario. Después vinieron los ingleses a explicarnos lo que nadie quería estudiar o saber. Tras la muerte de Franco los llamados historiadores progresistas volvieron a ser sectarios y explicaron la guerra del bando perdedor.

Han pasado más de setenta años desde la finalización de la guerra civil y ha llegado el momento de explicarla sin sectarismos, sin miedos y diciendo la verdad. Debemos dar a conocer la vida cotidiana. Explicarle a la gente las miserias que se vivieron. Que la vida estaba marcada por el hambre, el desempleo, la represión, los bombardeos, los refugiados, por la muerte, por la tristeza... Es decir, hemos de dar a conocer una realidad que muchas veces se ha olvidado. Ha llegado el momento de hacer un punto y aparte. Vivimos en una democracia y como demócratas tenemos que poder explicar las cosas tal y como sucedieron, sin que la sangre empiece a hervir y sin que nadie se rasgue las vestiduras.

En una guerra no hay buenos ni malos. Tampoco ganadores ni perdedores. En una guerra y más en una civil, todo el mundo es perdedor. Decíamos que no hay buenos ni malos. Evidentemente había personas que hicieron mucho daño. Pero era una parte exigua. La gran mayoría eran personas comunes. Aquellos que hicieron daño también lo hubieran hecho en otras circunstancias. La guerra sólo fue una excusa para ellos.
Pero claro, todo esto no se puede producir mientras un señor como el conseller Saura y un presidente del gobierno insulten la inteligencia de los historiadores y de los españoles. Saura es miembro de un partido que asesinó a Andreu Nin, dirigente del POUM. Setenta años después de su muerte es un insulto que no se haya investigado quién dio la orden de asesinarlo y menos que no se quiera saber dónde está enterrado. No digo que el señor Saura tenga que pedir perdón por lo que hizo su partido setenta años atrás. Es libre de hacer lo que quiera. Ahora bien, cuando el señor Saura exige a la Iglesia Católica que pida perdón, que ciertas formaciones o personas pidan perdón por lo que hicieron durante la guerra civil, entonces nosotros le tenemos que exigir que él, en representación del PSUC, que pida disculpas no sólo por la muerte de Andreu Nin, sino por las muchas personas que fueron torturadas o perdieron la vida en las checas instaladas en Barcelona y que estaban al mando de los comunistas.

Ya hemos dicho al principio que no seríamos políticamente correctos. La verdad es que consideramos lamentable que no se deje a los profesionales trabajar y que se aprueben leyes, se inauguren centros con un único objetivo: que unos pocos vivan de las subvenciones. Ni Saura, ni muchos de los que se llenan la boca con la ley de la memoria histórica, quieren saber la verdad. Su única intención es cobrar a final de mes y continuar con el sectarismo.

La hipocresía es la característica básica de una ley que está de moda en España. Así se ha de llamar la ley de la memoria histórica. Tiempo atrás salió a la luz pública la aparición de una fosa en Alcalá de Henares. Allí, presuntamente, estaría enterrado el líder del POUM Andreu Nin. Algunos comentaron que finalmente se sabría la verdad. Ha pasado el tiempo y nunca más nadie ha hablado de esa fosa. No existe. No se quiere descubrir la verdad. Es mejor tapar una parte de la historia y sólo hablar de la otra. Esto es hipocresía. Cuando los políticos hacen de historiadores poco se puede esperar. Estos utilizan los datos a su gusto y les sirven para demostrar lo que es indemostrable. La historia no les importa. La finalidad es la utilización malvada de unos hechos en beneficio propio.

Pero la hipocresía va mucho más allá. Se ha dicho, hasta la saciedad, que Franco y otros generales dieron un golpe de estado para derrocar la República. Esta afirmación, no sólo expresada por ciertos políticos, sino también por reconocidos historiadores, ha calado en la sociedad española y se ha tergiversado la realidad. ¿Cuál es esta?

La República era el mal menor en España. Todos los que participaron en la guerra civil vivieron la monarquía de Alfonso XIII. Su reinado fue uno de los períodos más nefastos de la historia de España. Nadie, en su sano juicio, pretendía restablecer la monarquía. Ahora bien, tampoco mantener una corrupta República. Estaba demasiado prostituida. El golpe de estado o levantamiento militar del 18 de julio 1936 tenía que servir para cambiar los políticos existentes y mantener la República. Es decir, querían limpiar la corrupción existente en la sociedad española. Este fue el motivo del levantamiento.

No todos los militares estuvieron a favor. Muchos se levantaron en armas porque les habían prometido cargos en diferentes gobiernos civiles. Los generales Rojo, Batet, o Campins permanecieron fieles. Lo que ya no es tan conocido es el hecho que Franco no estaba de acuerdo con la sublevación militar. El 23 de junio de 1936 escribió a Santiago Casares Quiroga, Jefe del Gobierno de la República, en estos términos:

Es tan grave el estado de inquietud que en el ánimo de la oficialidad parecen producir las últimas medidas militares, que faltaría a la lealtad debida si no le hiciese presentes mis inquietudes […] Faltan a la verdad los que presentan al Ejército como desafecto a la República […] Los escritos que clandestinamente aparecen con las iniciales UME y UMR son síntomas evidentes de su existencia y anunciadores de futuras luchas civiles […] Aún estando a muchas millas de la Península, no dejan de venir hasta aquí, por diversos medios, noticias que revelan que tal estado de cosas existe igualmente, tal vez, en mayor grado, en las guarniciones peninsulares, incluyendo todas las fuerzas militares de orden público.

¿Qué pretendía Franco delatando a sus compañeros? Tal vez el reconocimiento, por parte de la República, del servicio prestado pero, Casares Quiroga hizo oídos sordos. Como escribe Cabanellas:

Dentro de la República, anarquizada si se quiere, para enderezarla mediante un régimen de fuerza como gobernante providencial, Francisco Franco tenía algo que hacer […] Pero lo que ni Francisco Franco ni nadie podía pensar es que Santiago Casares Quiroga no diera respuesta alguna, no aceptara el velado ofrecimiento que se le hacía […] Una vez más, Casares Quiroga, ante la carta que le dirige Franco, tiene en sus manos la solución de la grave crisis planteada y la deja escapar […] Cuando Francisco Franco ve que sus servicios no son requeridos y que su llamada de atención cae en el más profundo de los abismos, acepta el papel que se le ofrece por aquellos que él ha denunciado en su carta de junio de 1936.

A muchos políticos sólo les interesan los represaliados por el franquismo. Los partidos de izquierda reivindican aquellos que fueron perseguidos una vez acabada la guerra civil. Por un efecto amnésico se olvidan de aquellos que fueron represaliados durante la guerra civil. Quizá porque ellos mismos son culpables de estas muertes y este tema no les interesa. Para ser coherentes y para que nadie nos pueda tildar de sectarios, nos centraremos en los asesinados durante la guerra civil en Cataluña.

Durante ésta fueron asesinadas muchas personas de derechas católicas y sacerdotes, pero también miembros de las organizaciones que estaban en el poder. Los datos no mienten. Son estos. Fueron represaliados 3 miembros de Acció Catalana Republicana, 35 de la CNT-FAI, 2 de Estat Català, 90 de ERC, 2 anarquistas, 11 de las Juventudes Libertarias, 4 del PSUC, 13 de UGT, 1 del PSOE, y 3 del POUM.
A todos estos, que sepamos, no les han dedicado honores. ¿Por qué ERC no rinde homenaje a sus represaliados? Es sencillo. Eran personas que no estaban de acuerdo con los postulados de este momento y por eso fueron eliminados. Traidores a los ideales no merecen el reconocimiento de los actuales dirigentes independentistas.

En el Parlamento de Cataluña también estaba representada la Lliga Catalana de Francesc Cambó. Muchos de sus miembros consiguieron huir de España antes de ser represaliados. Antes de existir ERC ya gobernaba Cataluña la Lliga. Prat de la Riba o Puig i Cadafalch eran miembros de este partido. Las bases de Manresa son obra de la Liga. Todo eso no les sirvió de nada. Eran desafectos al nuevo régimen por los anarquistas y ERC. De la Lliga fueron represaliados: Agustí Riera i Pau; Francesc Salvans i Armengol, Lluís Pinyol i Agulló, Joan Rovira i Roure, Josep Codolà i Gualdo. Habían sido elegidos democráticamente por el pueblo catalán. Tenían tanto derecho como los demás a formar parte del Parlamento. ¿Por qué no les ha rendido un homenaje?

La legalidad parlamentaria no les amparó. Dicen que la II República estaba legalmente instituida porque la gente la votó. Que era legal y que un grupo de golpistas la derribaron. Sobre el particular abría mucho que decir. Ahora bien, estos miembros de la Lliga también habían sido elegidos democráticamente. Si aceptamos que el 18 de julio de 1936 hubo un golpe de estado, también debe aceptarse que la Lliga era un partido democrático con un ancho seguimiento popular. Si reivindicamos la República, ¿por qué nos olvidamos de la Lliga? Es muy fácil: forma parte del sectarismo y de la hipocresía histórica. Hechos como este insultan nuestra inteligencia.

A Joan Rovira i Roure, miembro de la Liga, lo detuvieron el 18 de agosto de 1936 y lo encarcelaron en la prisión de Lérida. Fue juzgado el 27 de agosto a pesar de su inmunidad parlamentaria. El juicio fue sumarísimo y se le negó la posibilidad de defenderse. Fue condenado a muerte por haber permitido la Cabalgata de Reyes cuando era alcalde de Lérida en el mes de enero de 1936. Este fue su único crimen. Ese mismo día lo fusilaron en el cementerio de esta ciudad. Enterrado en una fosa común, perdonó a sus verdugos.

Este diputado en el Parlamento no ha merecido el reconocimiento de la clase política catalana. La memoria histórica no es para él. No les interesa dar a conocer las injusticias que ellos cometieron. Sólo importan las víctimas del franquismo. Esto se llama hipocresía. Y el caso de Joan Rovira no es único. Si de verdad quisieran hacer memoria histórica debería poner en el Parlamento de Cataluña una placa en homenaje a todos los diputados muertos durante la guerra civil.

Gracias a un reciente libro –El precio de la traición– el presidente Josep Tarradellas ha vuelto a saltar a la palestra. En él se explica que los 200.000 francos que se pagaron para liberar 172 maristas le fueron entregados a él que, en aquella época, era consejero de finanzas. Los utilizó para comprar armamento. Una parte sustanciosa se ingresó en una cuenta suiza. Después de la guerra ese dinero le serviría para reorganizar ERC. A pesar del pago 46 maristas fueron asesinados. Tanto Companys como Tarradellas supieron de estos asesinatos y, para lavar sus conciencias, salvaron el resto.

Respecto a Tarradellas hay otra historia y tiene que ver con el corazón del presidente Macià. Cuando murió éste se le extirpó el corazón y se decidió conservarlo como si de una reliquia se tratara. Simbólicamente ese era el corazón de Cataluña. En enero de 1939 se lo llevó Tarradellas a Francia. Fue depositado en una caja de seguridad en Tours. En 1977, al volver del exilio, le trajo en secreto. En septiembre de 1979 se lo entregó a los descendientes de Macià y estos lo enterraron en el cementerio de Montjuïch junto al cuerpo. La curiosidad de la historia es que, cuando abrieron la tumba ahí estaba el auténtico corazón de Macià. El encargado de irlo a buscar no obedeció la orden recibida. Cogió un corazón cualquiera, lo depositó dentro de una urna con formol y se lo entregó a Tarradellas.

Este hecho es significativo. El corazón de Macià representaba Cataluña, por eso se tenía que conservar y perpetuar. Ahora bien, ¿por qué siendo militar y español evolucionó hacia el independentismo?

El cambio se produjo en 1915. Ese año el Congreso se negó a aceptar su propuesta de modernizar la armada española adquiriendo más submarinos y torpederos. En aquella época era diputado de Solidaritat Catalana. El teniente coronel del ejército español no aceptó la negativa del Congreso y decidió renunciar a su acta parlamentaria. A partir de ese momento comenzó su cambio ideológico. Una rabieta desencadenó en la creación de Estado Catalán y posteriormente a ERC. Dicho de otro modo, el independentismo catalán es fruto de una negativa parlamentaria y no producto de unos derechos históricos perdidos en 1714. La hipocresía de los nacionalistas llega hasta estos límites.

En el mes de febrero de 1936, tras la victoria del Frente Popular, el Komintern de Moscú decretó la inmediata ejecución de un plan revolucionario para España y su financiación. Entre los planes establecidos por el Komintern estaba la eliminación de los militares y políticos que pudieran impedir la implantación de un régimen comunista en España.

En consecuencia, el Komintern quiso establecer lo que ellos llamaban terror rojo en España, como ya se había instaurado en Rusia el año 1917. El terror masivo del stalinismo sería el desarrollo a gran escala de los procedimientos de éste y de la checa. Ambos creados por Lenin. En el caso del terror soviético hay que decir que fue brutal desde un principio, y que éste formó parte indispensable del comunismo. Por definición el terror rojo es esencialmente comunista. Esto es, forma parte de su naturaleza.

Por su parte los anarquistas tenían otro plan preestablecido. Los anarquistas lo pusieron en marcha meses antes de estallar la guerra. Lo tenían todo minuciosamente controlado. El lema era establecer en Cataluña un poder anarcosindicalista. Al frente estaría Buenaventura Durruti. El poder de la Generalidad de Cataluña estaba supeditado al de la CNT-FAI. De momento, esto es, durante los primeros meses de la guerra, Companys les serviría para llevar a buen puerto su plan. Una vez conseguido, tal vez, Companys sería víctima de sus amigos anarquistas. Ya lo dijo Durruti. Para llevar a cabo todo este plan sólo necesitaba una fosa en un cementerio.

Días antes de iniciarse la guerra civil los anarquistas comenzaron a expoliar las iglesias. Se cuenta que las turbas incontroladas destruyeron todo el patrimonio eclesiástico. No es cierto. Todo aquel patrimonio lo tenían escondido en un almacén del Poblenou de Barcelona. ¿Por qué? Los anarcosindicalistas tenían un plan, pero no dinero. Con la venta de todo este patrimonio conseguirían dinero y podrían comprar armas. Cuando Companys abrió los cuarteles y se apoderaron de las armas ya no necesitaron vender nada.

Para llevar a la práctica este plan tenían que eliminar a todas aquellas personas que podemos definir como molestas. Es evidente que los primeros eran los sacerdotes. Aquí las patrullas de control tenían carta blanca. Si no querían llevarlos a los centros de detención y posteriormente asesinarlos en la Arrabassada o en cualquier cementerio barcelonés, lo podían hacer y no hacía falta que pidieran autorización. Después estaban los otros partidos políticos contrarios a los anarcosindicalistas. Entre ellos los carlistas, los miembros de la Liga, los de Falange, los de la CEDA... Todos estaban sentenciados a muerte por el simple hecho de no creer en los principios por ellos establecidos.

Y con éstas llegó la guerra civil, los asesinatos, las persecuciones y todos los acontecimientos que en mayor o menor medida por todos son conocidos.

Respecto a la represión es importante recordar unas palabras que pronunció Juan Peiró, líder anarcosindicalista catalán, cuando supo que habían fusilado al hoy beato José Samsó. Estaba en el salón de comisiones del Ayuntamiento de Mataró con otra persona y le dijo:

¡Veis! Así no se lleva adelante un movimiento revolucionario. Esto no es una revolución; es un conjunto de asesinatos. Y pensar que algunos me acusaran a mí de esta muerte. ¡Y era una buena persona!.

La historia nos demuestra que, a pesar de todo, había personas que no pensaban como nos han hecho creer. Ahora bien, estas opiniones se las reservaban, pues podían acabar con un tiro en la cabeza.

Esto es memoria histórica. A muchos no les gusta recordar que hubo personajes en contra de los postulados preestablecidos. Y no les gusta por culpa del sectarismo intrínseco que han heredado. Ahí radica la hipocresía de muchos que pretenden aleccionarnos sobre nuestra reciente historia.

Ni políticos, ni intelectuales, ni historiadores, ni universidades pueden atribuirse el monopolio de la memoria histórica. Con respecto a la guerra civil hay un hecho que es sustancial y que se olvida. Aún hoy en día son pocas las personas que pueden compartir una mesa con naturalidad y dialogar civilizadamente sobre este tema que, si bien ya forma parte de la historia, aún no ha sido superada por nuestra sociedad. Cuando hablamos de la guerra civil estamos haciendo historia y sólo historia. La profesionalidad de los interlocutores ha de estar por encima de cualquier otra consideración ideológica. A muchos nos hubiera gustado que todos estos hechos jamás hubieran ocurrido. Ahora bien, la guerra es la que es y no la que nos hubiera gustado. Es decir, no podemos ni debemos tergiversarla a nuestro antojo. No hay que socializarla en buenos y malos. Hay que hacer un examen de conciencia, ser neutral, y explicar los hechos tal como ocurrieron y no como nos hubiera gustado que pasaran.

Toda esta controversia existente con relación a la guerra civil española es debido a su carácter barroco. Esta afirmación sorprenderá a más de uno, pero el adjetivo está intrínsecamente ligado a la guerra civil. Cuando hablamos de Barroco no sólo lo estamos haciendo de un período artístico que transcurrió de 1600 a 1750. No sólo hablamos de arquitectura, escultura, pintura, literatura, o música. Estamos hablando de una condición inherente en nuestra sociedad. El escritor y pensador catalán Eugenio d’Ors escribió:

El barroco no es un estilo histórico, sino un estilo de cultura, una permanente manifestación de vida humana, es una constante histórica, un eón, un noúmeno, no un fenómeno. Barroco es el elemento caótico del cosmos, el grito de la naturaleza desordenada, el movimiento de las pasiones. El espíritu barroco no sabe lo que quiere, se ríe de las exigencias del espíritu de contradicción. Comparado el eón clásico con el barroco, el clásico es al Barroco lo que la razón es a la vida, la diastasa al alimento. El clasicismo es el mundo de las formas que pesan, el barroco, el de las formas que vuelan.

Teniendo en cuenta las palabras de Eugenio d’Ors se puede afirmar que al Barroco pertenecen el luteranismo, la contrarreforma, el franciscanismo, pues tienen en común una especie de absolución de la naturaleza por el hombre. Sería en palabras de Ors: «la lucha entre Agustín y Pelagio es ya un episodio entre lo clásico y lo barroco». En este concepto podríamos incluir la guerra civil española. D’Ors ofrece dentro del género barroco veintidós especies distintas del mismo. Lo permanente es el espíritu barroco, lo accidental son estas especies, cada una de las cuales corresponde a un momento determinado de la cultura humana y forma los distintos estilos históricos. Desde el barocus macedonicus, pasando por el barocus alexandrinus, hasta llegar al actual barocus officinalis. La esencia del Barroco descrita por Eugenio d’Ors se le hace consistir en una manifestación de vida y de fuerza por parte de la naturaleza que reclama sus derechos frente a la razón.

La guerra civil española forma parte de la naturaleza desordenada y del movimiento de las pasiones. Desorden y pasión se yuxtaponen en todo su esplendor. Podemos afirmar, como Ors, que al hablar de la guerra civil estamos proclamando una manifestación de vida y de fuerzas por parte de la naturaleza que reclama sus derechos frente a la razón. Lo clásico es lo que vivimos hoy en día con algunas pinceladas de lo barroco. Y es dentro de este clasicismo que tenemos la obligación de estudiar un periodo que se nos presenta marcado por el desorden, la pasión y que, al no haberlo vivido, se nos hace difícil de asimilar.

La guerra civil española es, a todas luces, un conflicto bélico único. Esto marca la diferencia y de ahí las pasiones que levanta. El espíritu barroco estalló en toda su extensión. Cinco son los factores o hechos que la hacen única: campo de pruebas, bombardeos, los niños del exilio, refugiados, y el exilio de 1939. Estos hechos no sólo marcaron la guerra civil sino la evolución posterior de la sociedad española. Por eso es una guerra única y que puede ser considerada como la primera guerra contemporánea del siglo XX. A partir de ese momento las guerras cambiarían su concepción histórica y evolucionarían a como las conocemos hoy en día. Es más, como dijo Napoleón, una guerra entre europeos es una guerra civil. Así pues, Europa vivió dentro de este precepto desde 1936 a 1945.

La guerra es la forma de conflicto sociopolítico más grave entre dos o más grupos humanos. Es quizá la más vieja de las relaciones internacionales. Supone el enfrentamiento organizado de grupos humanos armados, con el propósito de controlar recursos naturales y humanos, o el desarme, sometimiento y en su caso destrucción del enemigo, y se producen por múltiples causas, entre las que suelen estar el mantenimiento, el cambio de relaciones de poder, o el dirimir disputas económicas o territoriales. Como dijo Winston Churchill: «la guerra es una invención de la mente humana, y la mente humana también puede inventar la paz». Algunos, como escribió Tom Clancy, han querido glorificar la guerra y ésta se ha convertido en algo pornográfico. La guerra no es un oficio de reyes, sino de personas humanas. Marcó la vida cotidiana de miles de españoles. Esto hay que tenerlo en cuenta. Hemos de dejar de hablar generalistamente de la guerra civil. Tratémosla como se merece, sin falsedades, y aproximémosla a los que realmente sufrieron sus consecuencias: la sociedad civil. Sólo así conseguiremos hacerla nuestra y tal vez se llegará a superar.

A manera de conclusión leamos lo escrito por el historiador Santiago Cucurella:

Los hechos de la guerra civil nos hacen reflexionar sobre la naturaleza de los humanos, capaces de asesinar por motivos inconfesables o, lo que es peor, por razones de carácter ideológico, a otras personas de su propia especie con una ligereza que hace horror. Lo que sucedió no tuvo lugar en un país lejano o hace muchos siglos, cuando la gente apenas tenía un grado más que las bestias. Pasó hace cuatro días aquí en nuestra casa...

Mientras no tengamos claro eso de nada servirán leyes como la ml llamada memoria histórica.


* César Alcalá es Historiador y escritor.

 
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