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Altar Mayor Nº - 139 (33)
Wednesday, 16 March a las 08:45:43

Altar Mayor artículos REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 139  - Extraordinario -  enero / febrero de 2011

 

ESPAÑA, LA EX-ESPAÑA
Ángel Maestro Martínez*




 
Hace ya muchos años, en 1936, un lúcido editorial de la revista de pensamiento Acción Española, decía que España era una encina sofocada por la yedra, que poco a poco asfixiaba el otrora fuerte y recio tronco.

Afortunadamente los ideales impulsados por esa publicación encontraron eco y acogida en fuerzas diversas, pero que se unieron para salvar a España del caos y la degradación que el sistema partitocrático aceleraba.

En aquellos años el marxismo-leninismo era el destino que parecía irremediable de la vieja y noble nación.

El proceso histórico inevitable, que desde Lutero conducía a Rousseau, y como consecuencia lógica llevaba a Marx, y luego a Lenin, fue interrumpido en España en el último momento, cuando la suerte parecía ya estar echada.

Hoy España no es esa encina medio asfixiada por la yedra parásita, sino que parece haber perdido su razón de ser, y convertirse por obra de varios factores coadyuvantes en Ex-España.

Parece que la España variada y rica en sus diferentes regiones aglutinadas en un todo que es la Patria común fuera a sufrir una repetición histórica similar a algunos casos históricos, donde la disgregación y la renuncia al proyecto sugestivo de vida en común, lleve a la disolución.

¿Se repetirá en España la suerte del Imperio Austro-Húngaro?

Este, modelo que fue de armonía entre pueblos tan diferentes cual alemanes, húngaros, checoeslovacos, bohemios, ucranios, galitzianos, etc., fue convertido por causa de la derrota en la Primera Guerra Mundial en un saldo de países y nacionalidades, destinadas a la discordia y la lucha entre ellas, cuyas consecuencias vemos hoy en la Europa Central.

No sólo derrota, sino la actuación basada en el «mundialismo», a la vez interesado y utópico –pues simbiosis fue de los dos modelos– del nefasto ignaro presidente W. Wilson (quien llegaba a confundir a Galitzia con Galicia y poco parecido parece existir entre los habitantes de la Ucrania subcarpática y los gallegos) y del «coronel» House, fue la causa de los trágicos tratados de Saint Germain y Trianon, más feroces aun que el de Versalles. 

La Europa que era «salvada» del Kaiser, empezaba a perder su identidad, pérdida acelerada en la Segunda Guerra Mundial convertida al mesianismo yanqui. Quien bajo su faz democrática y liberadora esconde una tiranía posiblemente mayor que la de los otros totalitarismos confesos, pues no sólo controló físicamente a los individuos, sino a las conciencias.

La sacralización de la democracia, considerada como fin de la historia, en vez de un sistema político más, con sus virtudes y con sus desventajas.

«Hablar de si la democracia es buena o mala es como si me preguntara por la aspirina. Pues mire usted, para el dolor de cabeza es formidable, pero peligrosa para la úlcera de estómago. ¿La tomaría usted? Si me duele la cabeza sí». Así se manifestaba irónicamente el gran intelectual Gonzalo Fernández de la Mora.

El sistema partitocrático es el bien absoluto, y la voz o pluma que ose discrepar del mismo es objeto de demonización, y el que así discrepe es arrojado a las tinieblas exteriores.

Pero si el Imperio Austro Húngaro fue deshecho por una derrota, al igual que otros sistemas en la historia, en España no se produjo ninguna derrota militar ante un enemigo que, lógicamente, hubiera desmontado el sistema existente para instalar otro adverso.

Simplemente se ha producido una inversión de la victoria: Los derrotados han pasado a ser los vencedores.

Veamos, siquiera, algunas de las consecuencias:

La España actual constituye el paradigma del sistema patriótico donde no existe mecanismo de control sobre los miembros de la clase política.

España está controlada por una dictadura eficaz: por cinco o seis mil personas de los diferentes partidos. Altos cargos nacionales, diputados, senadores, gobernantes y parlamentarios autonómicos que, revestidos de los ropajes democráticos, hacen que nada sea posible fuera del sistema. Es un espacio geográfico donde conviven, a su pesar, taifas antagónicas, dictatorialmente controlados sus habitantes por un sistema implacable. Cuando la concepción democrática está acabada sufre de un agotamiento interno, en la que se hace realidad la frase de V. V. Rozanov, citada por A. I. Soljenitsyn: «La democracia es una forma mediante la cual una minoría bien organizada domina a una mayoría desorganizada».

El cambio profundo y radical es el de la creación de otra España, no sólo distinta, sino incluso antagónica en las costumbres, en las maneras, y en el comportamiento de esta sociedad y sus componentes.

Así, el individualismo preconizado a ultranza como rasgo característico hispano ha sido sustituido por la masificación total y casi ausente de originalidad, que más asemeja a un típico habitante de los Estados Unidos.

Dos instituciones, una espiritual y otra terrenal, la Iglesia y las Fuerza Armadas, se han visto afectadas gravísimamente por la permisividad que ha alterado factores sustanciales de ellas mismas. Relativo a la Iglesia Católica podemos ver las voces de asombro que algunos obispos dan neciamente ante la descristianización innegable de la sociedad española.

Se escandalizan de los espectáculos sexuales en la televisión pública, o ante la apología de la blasfemia y del menosprecio cuando no el insulto a los tradicionales aspectos religiosos del antes católico pueblo español. Pero habría que preguntarles: ¿no era esa situación de total libertad la que ellos añoraban y consideraban que urgentemente debía ser aplicada?

¿Es que acaso no defendían una especie de Iglesia entregada a la racionalidad y al temporalismo en vez de la Iglesia del misterio y de la mística?

La Iglesia postconciliar, y esto es innegable, trajo, posiblemente a su pesar, el caos en la liturgia, en las normas, en las conciencias, provocando con ello la ausencia creciente de los jóvenes, a los que creía atraer con concesiones absurdas.

Y consideraciones parecidas podrían aplicarse a los militares. No comprendieron las contradicciones existentes entre la sociedad permisiva casi total y la existencia misma de la jerarquía y la disciplina como elementos fundamentales de las Fuerzas Armadas.

¿De qué se asombran? ¿Es que al igual que los eclesiásticos pensaban que la cosa no iba con ellos? Que fuese bienvenida la partitocracia, la permisividad, pero que afectase a los demás, a sus postulados básicos no les afectaría. Si no existe valor superior a esa idolatrada libertad y esa intocable permisividad, ¿en virtud de qué va a exigirse contra toda lógica que un joven efectúe un servicio militar en contradicción total con sus postulados? ¿Y si los eclesiásticos, al menos en gran parte olvidan la espiritualidad y ponen su acento en los problemas temporales y en tratar de los convenios colectivos, o de la deuda externa latinoamericana, nunca hispanoamericana ¡faltaría más!, en nombre de qué pueden hablar en contra de las relaciones sexuales prematrimoniales o del control de la natalidad?

Se habla de que España está compuesta por naciones, lo que es una falacia histórica; por ejemplo al hablar de Cataluña y de las provincias Vascongadas cuando Cataluña fue un condado independiente de los reyes de Aragón. Y en el caso de las Vascongadas, las tres provincias no constituyeron nunca un conjunto histórico. El señor de Vizcaya, era vasallo de Castilla y lo que es la actual Álava, de influencia netamente también castellana, y la hoy Guipuzcoa no tuvo ningún destino común con Vizcaya.

Pero la técnica gramsciana –a veces sin saberlo, sin haber leído nunca al político sardo– hace que muchas personas hablen hoy de «Euskadi», ridícula invención lingüística de Sabino Arana, a fines del siglo XIX, válida sólo para Vizcaya; personas bien intencionadas repiten lo de «País Vasco», conjunto histórico inexistente, ya que nunca ha habido un país vasco. Ha habido reinos de León, de Asturias, de Navarra, porque en un tiempo constituyeron un conjunto vertebrado después en una España, ya prerromana en sus orígenes, pero «país vasco» es un absurdo comparable a decir país moscovita, o país mendocino.

Se han creado «estaditos», con sus parlamentos, sus jefes de gobierno, ministros, sus altos cargos de la administración, y en algunos de estos estaditos se han creado policías, embriones de futuros ejércitos «federales». Lo español será un mero símbolo. Se han creado fronteras artificiales en nombre de la diversidad, separando en vez de unir.

Pero existe una figura decisiva, a la que algunos ingenuos quieren recurrir ante la disolución, y es la del monarca simbólico Juan Carlos I. Como acertadamente se ha dicho, será pedir agua al que ha desatado el incendio.

El monarca ha sido quien ha yugulado eficazmente desde arriba toda posibilidad de reacción de fuerzas; con la fidelidad al «jefe de las Fuerzas Armadas».

El actual monarca, aun siendo el paradigma del cero maurrasiano, goza de una impunidad en el tratamiento informativo. La figura del jefe del Estado se trata con tal precaución y cuidado, que parece que hablásemos de las tinieblas exteriores.

El monarca, al que se le da un ardite de la cultura, en sus discursos repite sin cesar, igual sea en Moscú que en Kuala Lumpur, unos cuantos conceptos siempre fijos: «libertad», «justicia social», «democracia», «derechos del hombre», «paz», «progreso», «desarrollo», «bienestar», «diálogo», «tolerancia», «apertura», «fraternidad», «solidaridad», «humanismo». Abstracciones vagas e imprecisas, meras resultantes en las que todo el mundo coincide. Cualquier combinación imaginable posee el mismo sentido o vacuidad que las demás.

El Rey Católico de España, firma leyes ampliatorias del aborto, permite la disolución del país, en un paso que hoy parece inexorable, y eso sí, manifiesta únicamente la adoración hacia la nueva divinidad: la democracia. Ésta es el absoluto, no admite discrepancias.

La España de hoy es una nación imitativa ayuna de creatividad en casi todos los aspectos, complacida en su propia mediocridad, llevada a unos reinos de Taifas donde la política de campanario rige la vida en común.

El monstruoso Leviatán no sólo casi ha asfixiado a aquellos que defienden la libertad, silenciando sus voces. Ha arrojado sobre ellos la calumnia abrumadora, y transcendida esta etapa y conseguido sus propósitos han logrado lo más eficaz: el desconocimiento y el silencio. Nada puede expresarse, ni existir tan siquiera, fuera del sistema.

La sociedad española actual se muestra hastiada de las circunstancias y los males que la aquejan, pero ignora y no se pregunta cuáles son las causas profundas que originan tales males. Levanta tronos a las premisas y cadalsos a las consecuencias.

España, que constituye a la vez una extraña simbiosis de carnaval y de patio de Monipodio.


 Ángel Maestro Martínez es politólogo, sociólogo y periodista.

 
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