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Altar Mayor Nº - 139 (31)
Wednesday, 16 March a las 08:53:48

Altar Mayor artículos REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 139  - Extraordinario -  enero / febrero de 2011

 

«¿DE QUÉ SIGLO ERA HITLER?»
Belén Navajas Josa*



 
Hace unos días un alumno levantó la mano durante la clase y preguntó de qué siglo era Hitler. No pude disimular mi sorpresa y dirigiéndome al resto de la clase repetí la pregunta. Afortunadamente, se oyeron muchas voces que decían «siglo XX».

–Muy bien, siglo XX. ¿Pueden precisar un poco más?

Entonces, ya más tímidamente, se oyó «años treinta», «Segunda Guerra Mundial»… Respiré esperanzada. Está claro que todos los profesores podríamos hacer una «antología del disparate». Creo que mi número uno corresponde a aquel alumno que en un examen escribió que Abraham fue crucificado y resucitó al tercer día… Tuve que leer tres o cuatro veces la frase y, por supuesto, me vi en la obligación de convocar al alumno a mi despacho para aclararle las ideas. Más allá de la anécdota, estos episodios me han llevado a reflexionar sobre el hecho –para mí insólito– de que alumnos universitarios puedan llegar a formular estas premisas. Por una parte supone un reto para el profesor y reafirma esa misión que tiene de despertar en los alumnos el deseo de la búsqueda de la verdad. Pero por otra podemos considerar como algo sintomático esa falta de educación –en el sentido cultural– y esa ausencia de curiosidad, podríamos llamarla, o de interés por aprender y conocer la historia del mundo que nos rodea y del que formamos parte.

Claro que hablando de falta de educación, también podríamos referirnos a su otro significado. A mis alumnos les hablo de usted. Considero que en la universidad es lo correcto. Me cuesta imponer este uso entre jóvenes que no están demasiado acostumbrados al empleo de este pronombre. Muchos de mis colegas ya no lo emplean, de modo que es una batalla que debo librar todos los años, normalmente con éxito. El empleo del usted no implica en absoluto alejarse del alumno. Es simplemente una cuestión de formas y de saber adaptarse a cada situación. Se trata del uso de la norma culta de una lengua. Hace unos días, hablaba por teléfono con varias compañías de alquiler de coches y en una de estas llamadas, la persona que me atendió se empeñó en llamarme de tú y por mi nombre de pila, a pesar de que yo hacía hincapié en el usted para dirigirme a ella. Finalmente, ante la inutilidad de mis intentos, opté por despedirme y colgar. Desde luego, no alquilé el coche con esta compañía, sino con otra en la que me dieron un trato correcto.

La ignorancia es peligrosa y, como dijo Platón en su obra Lisis, «tampoco lo quieren [saber] los que están llenos de ignorancia que son malos, porque ningún malo o necio busca el saber». Por supuesto, sin llamar malos, ni mucho menos, a los que eligen mantenerse en su ignorancia –Dios me libre de juzgar a nadie– sí es cierto que esa falta de de interés por la búsqueda del saber y de la verdad podría considerarse como uno de los males de nuestro tiempo, y de tantos otros. Si alguien tan sabio como el filósofo griego nos anima a reconocer nuestra ignorancia y a salir de ella, ¿no deberíamos intentar seguir su consejo?

Otro sabio de nuestro tiempo, el entonces cardenal Ratzinger, escribía en 2004 Sin Raíces, en compañía del que era en aquel momento presidente del Senado italiano, Marcello Pera. El libro reúne dos conferencias y unas cartas que intercambiaron los autores. Partiendo de posturas completamente diferentes –un católico y un agnóstico– ambos llegan curiosamente a la misma conclusión: la sociedad occidental está enferma y esa enfermedad se llama relativismo. Un análisis exhaustivo de las causas lleva a la propuesta de remedios que podrían sanarla. Es un relativismo que ha llevado a Occidente a renegar, incluso, de su identidad y de sus propias raíces. Un relativismo que ha impedido llegar a redactar una auténtica constitución europea, que finalmente se quedó en un simple tratado constitucional, al negarse muchos de sus autores a hablar de las raíces judeocristianas de Occidente. Negar este hecho es negar nuestra propia historia. Sería como decir que Europa no hunde también sus raíces en Grecia y Roma. Estaríamos negando lo evidente. Del mismo modo, basta echar un vistazo a nuestra historia, de manera objetiva y desapasionada, para cerciorarnos de que se está negando un hecho real, histórico y demostrable. El libro, breve pero de una enorme profundidad, invita a la reflexión. Reflexión sobre temas habituales en la historia del pensamiento como la dignidad del hombre, la libertad y los derechos humanos; temas actuales como el aborto, el laicismo y la política internacional; y temas más políticamente incorrectos –aunque no tendrían por qué serlo– como el islam, el fundamentalismo, el terrorismo internacional y la relación de Occidente con el islam –basada en una autocensura y un relativismo donde todo es correcto, negando la existencia de valores universales–. Bien, al negar esto último caemos en la contradicción, pues nos alejamos de las Ideas Perfectas que proclamaron los filósofos de la Grecia clásica.

No quiero ser pesimista. Es cierto que el relativismo nos invade, que nos hallamos en la cultura del todo vale y que hay muchas personas que desconocen qué es una escala de valores –y hay valores que son absolutos, por muy arrogante que pueda sonar hoy para algunos oídos–. Es cierto que hay una crisis de valores, frase que escuchamos repetida últimamente, pero no es la primera vez. De peores hemos salido. Sin embargo, también podemos percibir multitud de cosas buenas a nuestro alrededor. Una noticia reciente es una puerta abierta a la esperanza. Me refiero al rescate prodigioso de los treinta y tres mineros chilenos. A lo largo de varias semanas, hemos seguido con el corazón en vilo un rescate que parecía del todo imposible. Los periodistas nos han acercado con sus historias la grandeza del ser humano. Con sus miserias, sí, pero grandeza al fin y al cabo. Cómo fueron capaces de sobrevivir durante tantos días sepultados sin saber siquiera si se les buscaba o no, cómo se ha desarrollado el compañerismo y la solidaridad –aunque lógicamente habrán existido momentos de disputas y desánimo–. Independientemente de las debilidades de cada uno de ellos, que son las nuestras, los mineros han sido capaces de permanecer unidos, de no dejar morir la esperanza y de aferrarse a Dios, aquellos a quienes su fe les permitía hacerlo. Podríamos afirmar que ha prevalecido el Valor sobre el relativismo. Que en un Occidente enfermo, no todos sus miembros lo están y en las situaciones límite muchos hombres son capaces de dar lo mejor de sí mismos. Sabemos que no es ni mucho menos necesario llegar a tales límites para sacar la grandeza del ser humano. No hablamos de héroes, sino de seres humanos. No se trata de emular a Héctor y Aquiles, héroes en situaciones límite, luchando contra su destino trágico.

El destino del hombre, por el contrario, no es trágico. El hombre es un ser trascendente que, a lo largo de la historia, ha buscado respuestas a planteamientos y cuestiones similares, a pesar de la lejanía en el tiempo y el espacio. Les invito a ser políticamente incorrectos y a buscar la verdad. Así Platón no nos llamará necios.


* Belén Navajas JosaDoctora en Historia y Antropología de América. es

 
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