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Altar Mayor Nº - 139 (30)
Wednesday, 16 March a las 09:00:54

Altar Mayor artículos REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 139  - Extraordinario -  enero / febrero de 2011

 

LOS LADRILLOS DE LA CONTRADICCIÓN, EL HOMBRE LEVE
Gustavo Morales



 
Una vez más me pide Emilio Álvarez Frías una perspectiva bajo el título «Sociedad contradictoria, sociedad disonante». Para ello miro el panorama actual y me pregunto ¿qué esperanzas y motivaciones pueden ofrecerse a los españoles para la construcción de una sociedad armónica?, ¿cuáles son las tareas y objetivos capaces de ilusionar a cuantos están llamados a vivir en el futuro? A cuantos militan en el bien ser: este es el momento histórico, de crisis, de cambio. Está en auge el desencanto de la sociedad frente a la democracia tutelada por los bancos y los partidos, una sociedad desvertebrada en sus valores tradicionales relevados por un paradigma moral chirriante. Una civilización, la occidental, que defiende más los derechos de sus nuevos enemigos, bajo el manto de la multiculturalidad, que su existencia, su coherencia interna. ¿Puede alguien creer con sinceridad que estamos en el mejor de los mundos posibles? ¿No ha demostrado la crisis que nos asola la mentira financiera en que se basa el capitalismo? Ante este panorama tenebroso se refuerza una institución básica y secular, la familia. El mantenimiento de millones de parados hoy descansa en la solidaridad familiar.

El sistema demoliberal evidencia los errores que antaño disculpaban ante las amenazas expansionistas del hombre del saco rojo. Los gobernantes occidentales admitían: «Esto es malo pero lo que hay detrás del muro es peor». Cayó el muro. Pero el sistema que sufrimos, ese que no era bueno sino menos malo que el otro, sigue sin mejorar, aspira sencillamente a perpetuarse. Tal es el sentido de la nefasta tesis de Fukoyama, El fin de la Historia.

En España la pobreza crece y dicen combatirla con acuerdos para destruir las pensiones, la sanidad pública, la vivienda, la educación, la seguridad social... Todo en nombre del dios que domina y controla, dios absolutista y celoso: el mercado presuntamente libre, quien ejerce una presión casi irresistible sobre todas las actividades para justificarlas en los únicos términos que reconoce: convertirse en una propuesta de negocios, privatizar beneficios de las multinacionales y socializar pérdidas de los bancos. Su modo de vida se sustenta sobre el trabajo mal remunerado, el que lleva el estigma de la inferioridad social cuando el dinero es la medida del valor. Nos rebelamos contra la producción deshumanizada y su maridaje político, no sólo por su injusticia, sino porque sabemos que éstas debilitaban el espíritu de confianza en uno mismo tanto de las personas como de las naciones.

Comentaremos dos de los problemas dominantes de una sociedad en quiebra y sin repuesto en el horizonte, ambos son frutos de la irresponsabilidad y la cobardía moral.

Providencialismo irresponsable

En estos tiempos difíciles, una de las grandes tentaciones del hombre para retornar a la armonía es el providencialismo irresponsable: depositar en un «señor que se nos puede morir» todas las esperanzas, todas las responsabilidades, todos nuestros miedos. Esperar demasiado, transmutar a un hombre en milagrero, la decepción si no construye cuanto esperamos de él. Llevar al límite la confianza, el «Dios proveerá». Si esto con Dios es una irresponsabilidad ¿no lo es más con un jefe? La fe absoluta en una verdad es un pensamiento reconfortante. Ilumina toda la vida y es una respuesta total que inhibe la responsabilidad de la libertad, hablan de ello en El miedo a la libertad. En parte, también puede percibirse como un modo de ejercerla, optando. Unos a esto lo llaman convicciones y otros, fanatismo. El baremo es la similitud y acercamiento entre las propias ideas y las ajenas.

Es fácil descargarnos de responsabilidades con la certeza de que alguien que se preocupa porque el trabajo se haga, y se haga pronto y bien, saber que él acabará tomando las riendas del asunto. Improvisar chapuzas, sabiendo que él no nos va a dejar tirados sin el providencialista anunciado. Olvidarnos de nuestro deber de preparar el futuro porque ya se preocupará otro por nosotros y si no hay nadie que lo sustituya no abandonará. Esperamos demasiado. Nos descargamos demasiado. Bien confiar en el buen hacer de los jefes, mal por el exceso de confianza. Hay cargas que no son sólo de uno, y si de verdad pensamos que sólo una persona puede hacer todo eso, que no es tarea de todos el seguir tirando de este rebelde carro, habría que plantearse si no estamos cayendo en la tentación de otro «ismo» irresponsable. En España se han llamado «El Deseado», el «Lenin Español», el «Caudillo», el Rey, el líder… A la postre, simple miedo a la libertad que tenemos para decidir, dejando en manos de otros la educación de nuestros hijos, la dirección de nuestras ciudades, el futuro de nuestro partido, todo nuestro destino. No cedamos ante el providencialismo, no creamos que la Historia lleve a parte alguna distinta de la voluntad humana. Ni Marx ni Fukuyama atinan. Es necesario el trabajo, con sus aciertos y errores, para demostrar que la utopía, nuestro sueño, es factible.

Los beneficiarios del sistema se agarran, como a un clavo ardiendo, a sus guías porque son incapaces de ejercer el libre albedrío. Comienzan creyendo, leyendo, suponiendo que su líder histórico lo dijo todo sobre todas las cosas. Acaban saliendo en televisión, con periodistas elegidos entre el rebaño más próximo al pesebre de turno, diciendo vaguedades y frases de tarjetas de felicitación prefabricadas: Amar significa no decir nunca lo siento. Si comparamos las intervenciones televisivas en esas entrevistas vienen a decir siempre lo mismo unos y otros: nada.

Son hombrecillos sin talento que sestean arropados de sueldos oficiales, reduciendo la tragedia del paro a estadísticas. Es un mundo caracterizado por el miedo, la pereza intelectual, el cinismo, donde la parte se impone como superior al todo. Donde no se busca la unidad y se fomentan las divisiones. Quien coloca un simple instrumento –el Estado– por encima del fin –la comunidad– difícilmente puede erigirse en dispensador de criterios morales. Menos todavía quien sustituye el Estado por el Partido, el totalitarismo moderno, el racismo de ideas, la xenofobia ante el pensamiento no sometido, incluso aplicado a la amistad tal es su monocromía discordante.

Ellos, los de la creencia absoluta en la bondad del liberalismo político y del mercado como fin de la Historia, son los fanáticos aunque no sean conscientes de serlo, precisamente porque desde sus propios parámetros es «como hay que ser». Su fanatismo lo componen ideas peregrinas y, en mayor medida, creencias desatinadas, la fe inconmovible en verdades mutables que no tienen empacho en rechazar cuanto le rodea: «la realidad es pasajera», afirman ante los tozudos hechos que niegan sus doctrinas. El problema es cuando el propio escepticismo de las ideas se convierte en otro fanatismo. La crítica al fanatismo, real o presunto, suele proceder desde las filas de otro integrismo no menos fundamentalista que aquel a quien critica. Se sienten el centro del mundo y consideran el resto de los lugares donde se actúa de otra manera como una periferia molesta. Son los del mal menor, son los hombres livianos, los ladrillos de la sociedad suicida, disonante.

El hombre liviano

En estos últimos tiempos, cuando el orgullo del hombre es burlado por las fuerzas de la naturaleza, el culto al cuerpo ha puesto de moda ciertos productos livianos, ligeros: el tabaco, algunas bebidas o ciertos alimentos. La forma es la expresión material de la ideología. Y este culto al cuerpo es uno de los síntomas exteriores de la ideología dominante.

De forma paralela, el psiquiatra Enrique Rojas destacó la gestación de un tipo de hombre que calificaba como «hombre Light». En torno a esa cuestión, un grupo de personas azules nos preguntamos, en la residencia Pignatelli, Zaragoza, por su perfil y su definición. Se trata de un hombre relativamente informado –es decir, indigestado de noticias pasajeras y manipuladas–, pero con parca educación humanista, convencido del pragmatismo, por una parte, y adherido a bastantes tópicos, por otra. Todo le interesa por aquello de la aldea global, pero a nivel superficial y sin profundizar, acepta las trivialidades que le ofrecen los medios de comunicación. La sobredosis de información y el escaso criterio para discriminar le incapacita, en muchos casos, para hacer la síntesis de aquello que percibe y, en consecuencia, deviene en un sujeto trivial, ligero, frívolo, que lo acepta todo porque carece de unos criterios sólidos en su conducta leve, volátil, banal, permisiva. Ha visto tantos cambios, tan rápidos y en un tiempo tan corto, que ya no sabe a qué atenerse o, lo que es lo mismo, hace suyas las afirmaciones del todo vale, dado que vive en el cambio permanente. Va a la deriva, sin ideas claras, cercado en un mundo colmado de información que le distrae y se convierte en un hombre superficial y consentidor por su vacío moral.

La realidad del sistema actual nos ofrece un panorama árido. Impera el utilitarismo: hace que un individuo tenga cierto reconocimiento social por el único hecho de ganar mucho dinero. «El consumo destructivo, el consumo por el consumo, se materializa en muchos hogares de la clase media», dice Amando de Miguel en Los españoles. Esto lleva al hedonismo: pasarlo bien a costa de lo que sea es el nuevo código de comportamiento, lo que apunta hacia la muerte de los ideales, el vacío de sentido y la búsqueda de una serie de sensaciones cada vez más nuevas y excitantes, multiplicación de los magos, brujos, curanderos y demás. Olvidando a Einstein: «No busques ser un hombre de éxito, busca ser un hombre de valores».

Su permisividad desbarata los mejores propósitos e ideales. Si acaso se refugia en una rebeldía pequeño-burguesa de moda, una postura admitida de transgresión de la norma, pero sin contenido rebelde real, sin finalidad. La ética permisiva sustituye a la moral, lo cual engendra un desconcierto generalizado basado en la absolutización de lo relativo, todo es relativo menos el propio relativismo. Brotan así unas reglas tuteladas por la subjetividad y por el consumismo que representa la fórmula posmoderna de la libertad. El hombre liviano, producto de su tiempo, está elaborado con los siguientes ingredientes: pensamiento débil, convicciones leves, sustituye los compromisos por la indiferencia y el relativismo. Su estrella polar es el pragmatismo; su norma de conducta, la aceptación social: lo que se lleva, lo que está de moda. Su ética se fundamenta en la estadística que sustituye a la conciencia; esteriliza su moral con la neutralidad, el deterioro del compromiso y la subjetividad. Si piensa algo disonante lo relega a la intimidad, sin atreverse a salir en público.

La nueva mentalidad trae la desorientación, actitudes con profundas interrogaciones e interrelaciones. Entre ellas destaca el nihilismo, la vacuidad fruto de la negación de toda creencia y todo principio. Con este escepticismo se multiplica el individualismo egoísta e insolidario, la falta de una conciencia comunitaria, de una conciencia de unidad entre las personas, los grupos, etc. El individualismo provoca un aislamiento despreocupado e insolidario que contraviene la identidad de la sociedad humana. Esta misma postura, en el marco de la comunidad nacional, imposibilita la construcción de ese proyecto sugestivo de vida en común del que hablaba Ortega. Esos factores personales, agravados por la falta de horizonte para independizarse y asumir sus vidas, lleva a muchos jóvenes a la automarginación, destacando el consumo de drogas y de alcohol con el sólo fin de desinhibirse y embrutecerse, sin búsqueda creativa, pura evasión, refugio en mundos ficticios huyendo de la realidad tenebrosa. Finalmente, llega al conformismo, el no querer salir de esos moldes estándar, no tener interés por evolucionar, bien por convencimiento o bien por inercia, adaptación social y postura acrítica. De ahí desciende al pasotismo, ya ni siquiera adopta un gesto de rebeldía ante un sistema no atrayente y no se integra en él resignadamente como hace el conformista, pero tampoco adopta una actitud de compromiso directo con la transformación social, encerrándose en las pandillas, con posturas violentas y agresivas, a través de las denominadas tribus urbanas. Con los años, deviene en el hombre-masa, consumista y alienado. Es un hombre alejado de la naturaleza a pesar de sus aparentes protestas ecológicas, ya asimiladas y utilizadas como productos comerciales por el consumo.

Es un hombre que da un sí a la vida y promueve el aborto y la eutanasia, que canta a lo natural y defiende matrimonios del mismo género. Es un hombre que defiende lo democrático y acepta de forma acrítica la dictadura de los partidos. Es un hombre que ignora que el camino de la unidad no es la separación, la ruta de la grandeza no es atomizar hasta lo minúsculo, la libertad está para comprometerla en favor de lo que creemos. Lo demás son disonantes cuentos de la pesada postmodernidad que hace esos hombres que son hombres. Lo dijo un poeta: «Yo no sé muchas cosas es verdad, digo tan sólo lo que he visto y he visto que los gritos de angustia del hombre los taponan con cuentos [...] y me sé todos los cuentos».


 
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