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Altar Mayor Nº - 139 (28)
Wednesday, 16 March a las 09:14:53

Altar Mayor artículos REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 139  - Extraordinario -  enero / febrero de 2011

 

¿ES LA SOCIEDAD ESPAÑOLA UNA SOCIEDAD CONTRADICTORIA?
José María Adán García*



 
 
España en pugna consigo misma

Españolito que vienes
al mundo, te guarde Dios.
Una de las dos Españas
ha de helarte el corazón.


El rotundo verso de Antonio Machado, expresa una realidad española. Nuestra sociedad, nuestro ser nacional, ha sido secularmente disonante.

También el poeta adivina nuestra contradicción íntima cuando sintiendo a España nos dice:

Veréis llanuras bélicas y páramos de asceta
–no fue por estos campos el bíblico jardín–.
Son tierras para el águila, un trozo de planeta
por donde cruza errante la sombra de Caín.

Efectivamente si observamos nuestra historia patria, parece como si el odio y la violencia bíblica entre Caín y Abel, se hubiera perpetuado en nuestra convivencia.

Íberos contra celtas; celtíberos contra Roma; cartagineses contra romanos –que hasta en el colegio se utilizaba como émulos oponentes en el saber–; godos contra hispano-romanos y entre sí; cristianos contra moros, cristianos contra cristianos; españoles contra aztecas, mayas, incas; españoles católicos contra protestantes –nuestros tercios en Europa–; Austrias contra Borbones; españoles peninsulares contra criollos y mestizos; liberales contra carlistas (tres guerras civiles); rojos contra azules.

Se puede afirmar que ha habido dos Españas y que la sociedad española ha sido recalcitrantemente contradictoria y disonante.

No podemos ignorar que detrás de esos enfrentamientos había dos formas completas y profundas de entender la vida y la convivencia social.

En un principio fue la libertad y la independencia frente al imperio –lo que suponía un cambio radical de creencias y de manera de vivir–. Luego fue nada menos que el catolicismo y el islamismo, dos modelos espirituales y materiales radicalmente distintos, cuyas diferencias aún perduran, y la reconquista de la patria perdida. Más tarde la ortodoxia contra la herejía, el dogma católico, apostólico, romano contra el libre pensamiento. El imperio y la evangelización, contra el indigenismo. Más recientemente el centralismo borbónico contra los derechos y libertades forales de los antiguos reinos. Ya en la modernidad Dios, Patria, Fueros y Rey contra los liberales de la libertad, igualdad y fraternidad. Finalmente el Frente Popular intentando implantar en España una república marxista, contra los que propugnaban un estado nacional sindicalista.

Ahora el terrorismo separatista contra el Estado. El único país europeo donde esta situación persiste.

Pensar que esta dicotomía, tantos siglos existente no ha dejado ninguna huella, no condiciona y motiva las conciencias, el estilo de vida y la actitud política, de bastantes españoles, sería una utopía difícil de mantener.

Nuestra última guerra civil dejó en una y otra parte, tantos jirones trágicos que todavía los viven muchas familias españolas. Políticos irresponsables están removiendo con fines de clientelismo político y de revancha.

La guerra civil fue un antídoto

Una cuestión distinta y sin duda importante es analizar si la actual sociedad española sigue siendo contradictoria y disonante; en qué medida, sobre qué diferencias concretas y si éstas pueden aún influir o determinar el rumbo de nuestra convivencia.

El impacto de la guerra civil y el desarrollismo económico social de los cuarenta años de franquismo, parecía que había cambiado ese trágico destino de enfrentamiento entre los españoles.

El franquismo, que algunos pseudo historiadores quieren centrar en la represión de la postguerra, no puede considerarse como un todo homogéneo. Cuarenta años y el cambio de circunstancias condicionantes internas y externas, hace que realmente tengamos que hablar de varios franquismos.

Es evidente que los años de la sangrienta guerra civil, como en todas las guerras civiles, se cometieron graves tropelías en ambos bandos. También es cierto que durante los primeros años de la postguerra existió una represión sobre los vencidos. Sin embargo hay que considerar que bastantes de las víctimas no eran si no consecuencia judicial de los innumerables crímenes cometidos, aplicando leyes vigentes con anterioridad semejantes a las de cualquier país civilizado.

Cabe preguntarse cuál hubiera sido la represión roja en el supuesto de haber ganado la contienda. A la vista de sus actuaciones antes y durante la guerra y las represalias efectuadas en los países en los que, al final de la II Guerra Mundial, accedió al poder, los frentes populares dirigidos por el Partido Comunista, mucho más evidente y por criterios selectivos de las víctimas, de eliminación de clases y estamentos (clero, militares, empresarios, militantes de partidos de derechas…), independientemente de que hubieran tenido o no cualquier tipo de actividad pública.

Cierto es también que, superada esa etapa, un sentimiento colectivo de no más guerras civiles, de recíproco perdón y olvido de la gente normal y especialmente de las nuevas generaciones, hizo que el antagonismo de la guerra se fuera olvidando.

En los campamentos del Frente de Juventudes y del SEU convivían, como camaradas, muchachos cuyos padres habían estado en trincheras distintas. Se enseñaba –lo había dicho José Antonio– que igual de dignos eran los que habían muerto por un ideal en una u otra zona, sustituyendo muy pronto lo de «caídos por Dios y por España» por «todos los caídos por una España mejor».

Esto unido al «afán» de paz y al desarrollo que nos llevó a ser la novena potencia industrial del mundo; los primeros en turismo; la creación de la Seguridad Social, el pleno empleo, etc., hizo que en 1975, por primera vez en la historia de España, y durante 40 años (que se ha prolongado 35 años más), viviéramos en paz y sin aparentes dicotomías. Solo las mantenían pequeños grupos, y algunos recalcitrantes de ambas partes.

La transición consiguió la concordia

Esto permitió que los reformistas azules, pues procedían mayoritariamente de las filas innovadoras y críticas del propio régimen (Suárez, Martín Villa, Eduardo Navarro, Ortí Bordás, Oreja, Gaby Cisneros, Belén Landáburu, Rosón, Fernando Suárez, Pérez Olea, Noel Zapico y otros muchos entre los que me encontraba), pudieran transitar de un estado unitario y autoritario –pero dictatorial a partir de los 50– en una democracia participativa, semejante a la de los demás países de nuestro entorno.

Esto que se ha llamado transición, se hizo sin traumas y con posibilidades abiertas a todas las ideas y a todos los grupos. Todos los que participamos en ese proceso, éramos conscientes de que había que superar de una vez los enfrentamientos históricos y los deseos de revancha de unos y otros.

Que había de ser capaces de construir juntos una convivencia integradora, en la que todos tuviéramos cabida y no se volvieran a repetir la tragedia constante de nuestros ancestros insolidarios.

En ello coincidimos los «reformistas azules», como también la oposición. Entre ellos de forma clara Santiago Carrillo, Dolores Ibarruri y el PC. Algo más reticentemente pero también en definitiva Felipe González, Alfonso Guerra y el PSOE e incluso algunos representantes históricos de las regiones como Tarradellas.

Ambos, los reformistas del propio régimen y la oposición, tuvimos que renunciar a slogans históricos y a posibles rendiciones de cuentas. Ambos tuvimos que neutralizar a sus particulares inmovilistas, que los había en la derecha y en la izquierda. Finalmente ambos adaptaron su postura al proceso de reforma, aunque algunos por razones de historia personal o generacional tenían sus razones profundas, a las que con espíritu de concordia y sin promover ningún obstáculo real supieron renunciar.

Esa renuncia se hizo con patriotismo, generosidad y altura de miras con el objetivo de conseguir una convivencia libre y democrática. No significó el olvido, ni la anulación de la ideología de nadie. Se trató de llevar la historia y la ideología de cada cual a su campo de la historiografía y la libre opinión, practicada respetando las de los otros. De no aprovechar la democracia, para intentar imponerlas a los demás o ahogar la expresión de los que no piensan igual.

Eso se consiguió. Durante veinticinco años en España ha habido alternancia en el poder –básico en una democracia– y libertad de opinión. Un Estado de derecho, que ha respetado la igualdad de los ciudadanos ante la ley y el ejercicio de los derechos y libertades de las personas y los pueblos.

¿Está en peligro la concordia lograda?

A partir del año 2000, grupos sectarios, que no han sabido conservar el espíritu de la transición, han querido recobrar el espíritu de revancha que habíamos felizmente superado.

Tratan de replantear la transición, como si ésta no hubiera existido. La acusan de ilegítima porque fue hecha desde el propio poder; porque no se dio el protagonismo debido al «Frente Popular», que además de no representar a la mayoría, vinculaba la nueva etapa con la II República. Según ellos, no se hizo justicia con los «represaliados», que debían de suplantar a los franquistas e incluso a sus herederos de las nuevas generaciones que nada tuvieron que ver con la guerra.

Esta posición parte de graves falacias y partía de una pretensión antidemocrática, pues pretendía un «Gobierno de Concentración Nacional», constituido solo por las fuerzas anti-franquistas sin una previa elección democrática y sin garantía de someterse a un proceso electoral libre e igual para todas las fuerzas políticas.

La República –como está generalmente reconocido incluso por sus protagonistas más eminentes (Azaña, Prieto, Alcalá Zamora, Negrin y por los historiadores más conspicuos como Ricardo de la Cierva, Luis Suárez, Cesar Vidal, Pío Moa…– no se la cargó Franco si no las luchas internas entre los republicanos y los comunistas (asalto del Estado por el Frente Popular). Por lo tanto, no puede existir continuidad con algo que ellos mismos suprimieron y cuyos resultados fueron catastróficos para España.

Tampoco la realidad histórica, permite figurar –sería una ficción– que el franquismo no ha existido. Ha ocupado cuarenta años de nuestra historia reciente, con sus luces y sus sombras. Es evidente que España cambió de piel y que muchas realidades actuales se fundamentan en sus resultados (el sistema hídrico, las infraestructuras básicas, la Seguridad Social, las bases de la industrialización…). La historia no se puede barrer como si estuviera escrita con tiza sobre una pizarra.

Por otra parte es una constante universal que actualmente los grandes cambios históricos se realizan desde el poder y no desde la oposición. Así ha ocurrido en Rusia, en la que Kruschev, Gorbachov, y hasta Yeltsin eran altos dirigentes del PC y así está sucediendo en China, sin necesidad de reunir a más ejemplos.

Además la transición se hizo de acuerdo con todas las formaciones políticas desde el Rey hasta Carrillo y Dolores Ibarruri, Felipe González, Tarradellas…

A mayor abundamiento, se llevó a cabo mediante un referéndum nacional sobre la Ley de Reforma Política, en el que hubo quien propugnó libremente el no y la abstencion. Fue ganado en el mayor plebiscito de la historia de España, como ocurrió después con la Constitución.

Las víctimas –en aquel entonces muy pocas– fueron indultadas en su totalidad, regresaron los exiliados y muchos fueron repuestos en sus puestos, concedidas pensiones e incluso ascensos.
Consiguió el apoyo expreso de la enorme mayoría del pueblo español. A nivel internacional, para gran número de historiadores y analistas la transición, con sus defectos que los tiene sobre todo en su desarrollo posterior, ha sido ejemplarmente positiva.

Lo que parece realmente peligroso y retrógrado es que ahora, treinta y cinco años después, personajes revanchistas y sin duda con poco conocimiento de la historia y de la política y con escaso sentido del Estado, quieran volver al cainismo de los años 30.

Quieren impedir la alternancia democrática de los partidos en el poder, lo que se está intentando con el pacto de Tinell.

Quieren imponer su modelo de convivencia invadiendo incluso la libertad individual (la de los niños al recibir educación para la ciudadanía; la de los padres de educar a sus hijos en sus propias creencias, la de los católicos –que somos mayoría– imponiéndonos el laicismo obligatorio)… La de los castellano hablantes aceptando la imposición obligatoria de otras lenguas regionales.

Quieren dominar y ocupar los poderes del Estado, legislativo, ejecutivo y judicial en cuya independencia y separación se fundamenta el Estado de Derecho.

Quieren revivir con la revisión parcial y falta de memoria histórica –solo de la izquierda– los odios que ya en los años 50 estaban superados.

Quieren extirpar –incluso en las fuerzas armadas– el sentido de la Patria, del honor, del servicio, es decir, los valores religiosos y patrióticos de la sociedad española.

Quieren implantar la «igualdad» –que todos queremos– pero que para ellos es solo un método de destruir el sentimiento de maternidad y de cohesión familiar.

Es decir volver a imponer «totalitariamente» un modelo partidista de ver la propia vida y de estructurar la sociedad. Suplantar el espíritu, abierto a todas las ideas, de la transición, para imponer el pensamiento único, incluso en el lenguaje y en los juguetes de los niños.

¿La sociedad civil participa en este intento disgregador?

Esta realidad política ¿vuelve a crear o a poner en relieve las tensiones de una sociedad contradictoria o disonante?

Contestar a esta pregunta nos lleva a una nueva reflexión.

Decir sin más, desde unas determinadas convicciones, que la realidad actual de la sociedad española es contradictoria, nos llevaría quizás a una conclusión demasiado rotunda.

Por otra parte creo que hay que distinguir entre la realidad política (partidos y algunos medios de comunicación social) y la realidad social.

En la realidad política es cierto que se está produciendo un proceso reaccionario de la izquierda anclada en el propósito de un sectarismo infantiloide, de regresar a los años 30. De reinstaurar el dogmatismo decimonónico de los fundadores del Marxismo.

Proudhon consideraba la iglesia, la familia, y la patria como «bete noir» a destruir; lo que reiteró Carlos Marx y sigue siendo consigna de los neo marxistas.

No tienen en cuenta el sentimiento mayoritario. La valoración de la familia según todas las encuestas y estudios sociológicos, como la institución más valorada incluso por las nuevas generaciones. La religión (el 87% de la población se declara católica). La Patria, quizás más afectada por la campaña de despatriotización (insumisos, objetores, antimilitarismo, pacifismo, independentismo…) pero que todavía motiva a grandes masas. Es evidente, que existe un enfrentamiento latente y una contradicción evidente entre la España oficial y la España real.

Sin embargo, ese enfrentamiento y esa contradicción, se haya amortiguada por el hedonismo, la ética del confort y del consumismo y por la presión de las dificultades vitales (trabajo, vivienda, educación…).

En el fondo esa ética y esa presión está cambiando la manifestación externa de las convicciones internas. Quizás incluso ya en algunos sectores amplios la esencia misma de las convicciones.

Habría que preguntarse seriamente:

¿Acaso la joven que aborta, no ha tenido que, violentándose, autoconvencerse que tiene derecho a hacerlo?

¿El drogadicto, no trata de convencerse a sí mismo de que tiene la libertad de consumir las drogas y que debiera legalizarse su comercialización?

¿El agnóstico, o lo más frecuente, el católico no practicante, no se llega a creer que las prácticas religiosas son costumbres retrógradas?

¿El que ante el servicio militar obligatorio alegaba objeción de conciencia, o lo más insolidario, pues se niega incluso a realizar servicios sociales sustitutivos, de la insumisión, no se autojustifican diciéndose que es pacifista y que los ejércitos debieran desaparecer?

¿Los que se integran en los partidos políticos con la creencia de que es un método normal de colocarse y hacer fortuna, no comprueban que otros muchos lo hacen así?

¿Los que ante los ejemplos de la clase dirigente, consideran que todo eso de los valores morales, religiosos, familiares, patrióticos, son dogmas creados por los poderosos para someterlos y explotarlos, no creen que la realidad les da la razón?

¿Cuánta gente –ante las dificultades agraviadas por la crisis– piensa que bastantes obstáculos tiene la vida, para encima asumir un estilo de servicio y sacrificio?

Todos los que piensan así en estos y otros muchos aspectos por un sentimiento de autojustificación, o de autodefensa que todos tenemos, tienen sus razones fundamentadas en realidades ciertas, que ante un proyecto regeneracionista no cabe ignorar.
En cierta manera vienen a apoyar de hecho el pensamiento único promovido desde el gobierno, que se aprovecha de unos ciudadanos inertes y sin referencias morales; pero que en el fondo son conscientes de que están siendo utilizados, manipulados para mantenerse en el poder e implantar sus dogmas..

Constituyen sí, una dicotomía con los valores o principios históricos de la sociedad española, en contradicción con la mayoría que todavía los conservan.

La disyuntiva es difícil. ¿Puede esa dicotomía ser fundamento de nuevos enfrentamientos?

Es un verdadero disparate, desde la posición de un estadista que tenga sentido de lo que ha sido, lo que es y lo que debe ser España, fomentar esa dicotomía en vez de consolidar el espíritu de la transición y tratar de superar los enfrentamientos históricos.

De seguir en la actual posición desde el poder, especialmente si como es previsible pierden las próximas elecciones, los efectos negativos creados por esa política, condenarán al partido socialista, que trataría de mantenerlos desde la oposición, a una posición anticonstitucional. El Estatuto Catalán, las conversaciones con ETA y las movilizaciones sindicales subvencionadas, son un trágico e inadmisible precedente que podría reavivar el enfrentamiento entre las dos Españas.

Ante esta situación son necesarias actuaciones urgentes.

Hay que recobrar la concordia y la integración social

La primera, desplazar del poder a quien ha renovado la situación anti histórica de enfrentamiento de los años 30 y el intento de implantar un pensamiento único cambiando solo de método, siguiendo los criterios neomarxistas de la escuela de Frankfurt o de Gramsci.

Esto se puede hacer desde el PP ganando las elecciones por mayoría absoluta. Es una pena que la baja calidad ética y la ausencia de sentido nacional de algunos pocos de sus dirigentes, aminore esa posibilidad.
También se debe promover desde el propio partido socialista. Estoy seguro que en el mismo hay gentes que creen en la unidad de España, en sus valores, en la libertad y la democracia, en la separación e independencia de los poderes del Estado,… que son conscientes que hay que relevar el Zapaterismo y sus ministras «liberadas», militantes feministas, pacifistas, abortistas y generalmente indocumentadas.

La segunda actuación es aún más difícil. Se trata ni más ni menos, que de recuperar la esencia del «ser español». De hacer que volvamos a sentir «el orgullo de ser españoles como una de las pocas cosas serias que se puede ser en el mundo».

No se puede hacer desde la pura oposición a un sector de la sociedad, desde unos valores que ese sector ya no comparte.

¿Es qué acaso, un joven o una joven sin trabajo o con un trabajo aleatorio, puede adquirir el compromiso indisoluble del matrimonio y una prole y si no ha de permanecer célibe indefinidamente?

¿Es que después de las grandes guerras y sus trágicas consecuencias, cuando la información colectiva, pone sobre el tapete sus motivaciones profundas, de afanes expansionistas, ideologías totalitarias, intereses económicos… se puede sentir el mismo espíritu patriótico?

¿Es que con el pérfido ejemplo de los líderes y cuadros dirigentes de lo colectivo enriquecidos, generalmente con un tren de vida licencioso y en muchos casos corruptos, se puede pedir a los demás honestidad y austeridad? Y así tantas realidades ineludibles…

Para recuperar la honestidad y evitar el enfrentamiento, es necesario reconocer estas realidades. Tratar de superarlas con medidas efectivas. Emprender desde la Iglesia, el Estado, los partidos y la sociedad, un proceso profundo de regeneración, es decir la consecución de un hombre nuevo.

El gobierno está actuando en contra de esa reconstrucción. Al revés de otros estados europeos, como Alemania, Francia o Rusia, que promueven la recuperación y vigencia de la identificación ciudadana con la identidad nacional (sus medidas serían objeto de un estudio específico).

Hay que partir de un principio que para gran número de ciudadanos incluso de religiones no cristianas es la primera obligación de cualquier gobernante de una Nación. La verdad absoluta, existe. Está por encima de los partidos y los gobiernos. Esa verdad es una convicción personal y libre, que ningún partido o ningún gobierno puede condicionar o distorsionar o imponer. Es un patrimonio de la conciencia individual. El Estado ha de respetarla.

La Patria o Nación existe. No es un concepto relativo. Tiene una realidad histórica, geopolítica, cultural, sociológica y misional en su proyección universal. Cohesionarla, potenciarla y mantenerla es la principal obligación del gobernante.

Desde estas convicciones básicas, sin las que nadie puede asumir coherentemente la dirección de una Nación, es imperativo realizar una acción política consecuente.

Respetar la libertad, sin interferencias ni intentos de invadir las conciencias personales, ni sus manifestaciones colectivas.

Potenciar el sentimiento identitario con la Nación, su historia, sus culturas, sus lenguas, sus tradiciones. No intentar mediatizarla con inmigraciones masivas (papeles para todos) o con falaces políticas multiculturales, objetivamente imposibles, como medio de difuminar la propia en una utopía sectaria.

Ese es el fundamento de la auténtica misión del Estado, para consolidar la convivencia nacional y evitar fracturas que se pueden producir y que desgraciadamente constituyen una constante histórica en España.

«La verdad os hará libres». Diría que las personas seriamos más felices, más libres y más consecuentes si llegamos a reconstruir dentro de cada uno de nosotros, una jerarquía de valores. Lo espiritual, la salvación en concordancia con nuestro destino. Lo colectivo, la certidumbre de que tenemos una raíz, que pertenecemos y debemos ser solidarios con el destino de la Patria a la que pertenecemos. La familia, la convivencia social, la justicia de las relaciones sociales.

Imperativo de regeneración de los valores

Para recuperar estos valores hace falta un cambio socio-cultural profundo, que ha de empezar por un «hombre nuevo», quizás por una profunda recristianización de los individuos y de la sociedad. Por un cambio social que haga posible el acceso al trabajo, potencie la constitución de la familia y su supervivencia. Por suplantar la dictadura del «pensamiento único» promoviendo el amor a la Patria, la responsabilidad y la ética personal.

«La verdad os hará libres». Es verdad. Cuando el ser humano llega a tener en su intimidad una jerarquía de valores, puede desde esa convicción superar las imposiciones de las circunstancias y del poder. Entonces se encuentra más seguro, más contento de sí mismo, en definitiva más libre y seguramente triunfa y se libera del gregarismo.

Esa convicción en unos valores verdaderos y permanentes son más firmes cuando tienen una base religiosa. Es entonces, cuando se cree en una verdad superior, que da sentido total a nuestras vidas, y cuando a su vez se implican otra serie de valores como la familia, la justicia, la ética de la propia conducta, e incluso el patriotismo como sentimiento solidario, con una comunidad histórica y su proyección universal.

Consideración final

Una última pregunta creo que me podrían hacer y que me hago a mi mismo.

¿La actual dicotomía está en camino de producir un nuevo enfrentamiento? ¿Otra vez una de las dos Españas ha de helarte el corazón?

Si sigue la acción de implantar el pensamiento único –ya no con la conquista violenta del poder, sino ocupando la sociedad y aherrojando al Estado– al final podríamos volver a nuestro tradicional enfrentamiento, una vez más conscientemente provocado.

Si se pierden las elecciones por los sectarios del neo-marxismo, una vez más es previsible una reacción en la calle, aunque con pocas probabilidades de éxito. Es necesario prever esa posibilidad en sus diversas posibles manifestaciones.

Sin embargo nos cabe una esperanza. Aparte de las dos deseables (suplantación por una mayoría absoluta o desde dentro del propio socialismo). La ética del confort y del consumismo, desemboca en el meninfotismo y el pasotismo. Todos los que por mil motivos han renunciado a los valores religiosos y nacionales, no están dispuestos a arriesgar nada para mantener su actitud. En el fondo de sus almas saben que su actitud implica una «renuncia» a sentimientos, creencias, y valores que son verdaderos y que merecen la pena. No están seguros de tener la verdad. En el fondo saben que su postura es acomodaticia. Además, al final, el pensamiento único es más negativo y limitativo que las libertades.

Por eso son susceptibles de acudir a una convocatoria, que les ofreciera además de la vuelta a unos valores compartidos, una acción justa de promoción individual, familiar y social. Es decir una nueva política a la vez nacional y social.


* José María Adán García es Abogado, Diplomado en Derecho Comunitario Europeo, Consejero Nacional y Procurador en Cortes por Valencia (1971-1977) y Gobernador civil de la Rioja (1976-1978).

 
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