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Altar Mayor Nº - 139 (26)
Wednesday, 16 March a las 10:58:45

Altar Mayor artículos REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 139  - Extraordinario -  enero / febrero de 2011

 

EL PICARO Y EL CABALLERO
Manuel Parra Celaya*



 
 
Hay épocas en que el grupo social entero parece movido por una gran sed de propia infamia.
Eugenio d'Ors
El epos de los destinos
 
1. La frase que da paso a estas líneas está referida a la Castilla del siglo XV, antes de que Isabel la Católica tomara las riendas con mano enérgica y diera entrada –en la visión de don Eugenio– a las figuras de la Milicia (Gonzalo Fernández de Córdoba), del Viaje (Cristóbal Colón) y de la Fe (Cisneros); y, con los años, superadas la propia Castilla y la propia España, diera paso a Europa en la figura de su nieto.

Claro que desde esa etapa histórica ha llovido mucho; y también ha llovido, aunque no tanto, desde que nuestro Xenius escribiera ese aserto, como buen visionario que era. Como dicen en las películas, puede objetarse que todo parecido con la realidad –léase «actualidad»– es pura coincidencia.

Pero –también lo dijo el Maestro catalán– existen en la historia de la humanidad una serie de constantes, que se van repitiendo. Acaso en nuestro momento hayan vuelto a ser relevantes las diversas formas de infamia: corrupción económica y moral, predominio de una oligarquía disfrazada de aristocracia, ausencia de alas en lo planetario, tergiversación de cualquier idea noble, menosprecio de la fe, ambición y medro como metas vitales... De forma que las comparaciones históricas resultan irresistibles.

2. Asistimos a la evidencia del predominio de lo que vamos a llamar moral del pícaro. Ya sabemos por nuestros clásicos que éste es la contrafigura del héroe, del caballero; la única preocupación del pícaro es medrar, ya sea por necesidad –en cuyo caso lo compadecemos y disculpamos, por ejemplo, los cuernos consentidos de Lázaro de Tormes–, ya sea por obsesión de lucro, evitando a todo trance la vía del esfuerzo; en este segundo caso, sobra la compasión y se echa en falta la justicia. Lo cierto en que en nuestra sociedad parece existir «gran sed de la propia infamia». Y regodeo de ello, para más inri.

Corre por ahí una interpretación algo simplista de lo que está ocurriendo; esa versión nos puede hacer creer que existe una clase política, aupada como elite, corrompida y corruptora en todos los aspectos, como un parásito instalado sobre una sociedad sana, que sólo necesita, como Lázaro, un «levántate y anda» para sacudirse de encima a quienes la llevan por derroteros ignominiosos. Esta opinión no resiste un mínimo análisis profundo, pero campa por sus respetos, quizás como herencia del mito romántico de la bondad innata de los pueblos.

Porque, en primer lugar, ¿de dónde ha surgido esa clase política? De la propia sociedad. Y ¿cómo puede surgir algo negativo de un cuerpo sano? ¿Nos basta, para explicarlo, el dicho de que el poder corrompe por naturaleza?

Otra pregunta, acaso de muy difícil contestación, es desde cuándo tiene lugar esa «usurpación». Un nuevo simplismo nos puede llevar a centrarnos en el terreno exclusivo de la política y fijar fechas históricas; sin embargo, no puede acusarse, por lo menos en términos absolutos, al actual régimen de todos los males y al anterior de todas las bondades; algo por el estilo se está haciendo, pero al revés, claro, sin que una inteligencia mínima pueda aceptarlo. Posiblemente el origen esté más lejos, aunque se haya incrementado y acelerado por encontrar un caldo de cultivo excelente.

Una explicación apresurada e igualmente simplista puede ser la de la existencia entre bastidores de «fuerzas ocultas»; son las llamadas «teorías conspiratorias», ante las cuales se puede adoptar sin temor a equivocarse el dicho gallego sobre las «meigas»: «Yo no creo en ellas, pero haberlas haylas». En efecto, existen fuerzas no tan ocultas que se aprovechan de un estado de cosas o, incluso, lo promueven por propio interés. Pero asignarles toda la responsabilidad implicaría concederles una inteligencia sobrehumana y al resto de la sociedad una estupidez generalizada.

Como se ve, el tema es complejo y hay que enfocarlo desde varias perspectivas, confrontar ideas, establecer un diagnóstico y proponer los caminos para la terapia.

3. Vamos a preguntarnos, en primer lugar, qué elementos componen esa moral del pícaro en la sociedad española actual. Podemos agruparlos en cinco grandes áreas.

La primera es la del predominio de lo material y, en concreto, de lo económico, sobre toda otra dimensión. Las aspiraciones personales y colectivas se centran en el tener, en el poseer, sin importar demasiado los medios para conseguirlo. Este rasgo es acaso común a todas las sociedades del Sistema Capitalista, pero aquí ha adoptado una especial virulencia; los genes de Guzmán de Alfarache o de los componentes de la Cofradía del Patio de Monipodio se han transmitido a los españolitos actuales, carentes de otros resortes personales y nacionales; por consiguiente, imperan, como pez en el agua, en el marco de la Globalización y, muy incrementados, en el particular de nuestra Aldeanización.

La segunda es la seguridad de que no existe control, salvo el esporádico de las leyes, cuando los partidos pueden utilizarlo unos contra otros como armas defensivas y ofensivas. Una nota localista: la excepción suele ser Cataluña, donde el «pacto de silencio» tiene más valor que la «omertá» siciliana.

La única forma de establecer controles sería la existencia, de una moral ciudadana suficiente, de la que carecemos a diferencia, en términos generales, de otras sociedades europeas. Esta moral ciudadana no es la moral religiosa, pero está fundamentada en ella; en nuestro caso, respondería a criterios de la moral católica, pero el proceso de secularización primero y el de laicismo militante después han dado buena cuenta de ella. El relativismo de valores inculcado a mansalva hace mella desde que se tiene uso de razón... Hoy por hoy, ni siquiera se abre un asomo de esperanza de que aquí arraigue esa «ética universal» que propugna J. A. Marina.

La tercera es una consecuencia lógica de las anteriores: la insolidaridad a todos los niveles. Entre personas, pues al ancestral inidividualismo hispano se le ha añadido el egoísmo del afán de poseer; entre regiones, que adopta el apelativo de nacionalismo, y donde se puede contemplar con más nitidez que las castas rectoras u oligarquías hallan eco (llámese votos) en el ciudadano de a pie, quien, si estuviera en el lugar de algún componente de las «familias» dirigentes no dudaría en actuar de la misma forma. La insolidaridad se puede escenificar en el tema del agua, en el de la aportación al puchero común para aliviar deficiencias de los más pobres, en el de la aspiración a echar mano de la caja de la Seguridad Social... Todos ansían crearse su propio «corralito».

Fijémonos en la falta de reacción ciudadana ante escándalos sonados de tipo económico; si la llamamos clientelismo no estaremos lejos de la realidad.

La cuarta es la carencia de una moral nacional, aneja a la ciudadana. La deconstrucción del concepto de España ha calado, entre la indiferencia de una gran mayoría social y la rebeldía de una minoría incombustible. Por lo tanto, para el pícaro, de patriotismo ni hablemos... Entre otras razones, porque el patriotismo –la adhesión a un proyecto histórico– requiere cierto «compromiso» cronológico, cierta noción de pasado-presente-futuro como una continuidad, y la quinta área de rasgos que distinguen a nuestro pícaro es la de la a-cronía.

En efecto, si el pícaro clásico carecía de historia relevante o ésta no era conocida, al pícaro de hoy se le ha hurtado cualquier conocimiento historico; le bastan cuatro apuntes falsificados, en todo caso. Como está atento a otras cuestiones más perentorias para él, esto no le importa mucho y vive feliz en su presente, exclusivamente. Sólo, insistimos, en su presente, porque tampoco tiene ante sí ningún horizonte; ni trascendente en 1o religioso y espiritual ni en lo colectivo y social.

4. Vamos a preguntarnos por las causas de esta nueva picaresca. Son muy complejas, interrelacionadas y con límites borrosos entre sí. En un esfuerzo didáctico, las dividiremos en remotas y próximas.

Entre las remotas, una causa histórica puede hallarse en que España llevó a cabo su revolución industrial enla segunda mitad del siglo XX; ello representó un salto cuantitativo y, a la vez, cualitativo. Junto a la aparicio de la clase media, escasa hasta aquel momento, empezó a cobrar cuerpo la figura del arribista, elevada sobre el esfuerzo del pluriempleo y el ingreso humilde de la sociedad en el «mundo moderno». Las «familias dirigentes» fueron constituyéndose en oligarquía enquistada en puntos de poder efectivo en el fenecido régimen.

Con la transición, varios factores favorecieron no sólo a las mencionadas «familias», que siguieron siendo básicamente las mismas, sino a los «parvenues» de la democracia, y la mentalidad del pícaro se fue extendiendo a la sociedad entera. Las bonanzas económicas darían lugar a la «cultura del pelotazo» y a la especulación, mientras que la crisis moral precedía y preparaba el terreno para la crisis económica.

El franquismo tuvo otra responsabilidad histórica en cuanto a estos hechos: el español medio se había desatendido de la cosa publica, entre el paternalismo típico de las autocracias y la falta de cauces efectivos de participación. El nuevo régimen, más que educar en la participación democrática, lo hizo en la demagogia de lo que Ortega había llamado años atrás la «democracia morbosa», esto es, enferma: se aplicó al marchamo de democrático al pensamiento, a las artes, a la religión, a la educación, a la familia, a la judicatura, a la milicia, al espíritu... La consigna generalizada fue el «todo vale igual».

También. en términos orteguiamos, el imperio de la masa, con su vulgaridad y egoísmo, se adueñó de la sociedad española. No se crearon minorías selectas, sino que se mantuvieron las oligarquías, y todos soñaron con formar parte de ellas por derecho propio.

Ya entre las causas próximas, hay que mencionar una aceleración tecnológica imparable, que sirvió entre otras cosas para contagiar de la moral picaresca por doquiera, la globalización y sus secuelas sociales y económicas y el vacío de la llamada Postmodernidad; relativismo y nihilismo acabaron de socavar y aventar los resortes morales y cívicos. Los vástagos de aquellas promociones recibían, entretanto, el impacto de leyes, estructuras y principios educativos cuyos resultados de mediocridad e incultura están a la vista. No debe extrañarnos la aparición impetuosa de la llamada generación «ni-ni» (ni estudiar ni trabajar).

Si en el mundo de las ideas y del espíritu predominaban los criterios de aquella «democracia morbosa», en el de la política la democracia –que hubiera podido dar lugar a la participación de todos y a la creación de minorías responsables– derivó en caricatura y consagró su papel de aupar la mediocridad social existente a la condición de «elegido», pues tan mediocre resultaba el elector como el salido victorioso de las urnas. Una sociedad de pícaros no podía menos que formalizar el ascenso de otros pícaros al escalafón político.

A todo ello hay que sumar la acción de ideologías, especialmente las de la llamada «nueva izquierda», empeñadas en deconstruir, a la manera gramsciana, todos los valores tradicionales. La sociedad mediocre y vulgar ha asumido gozosamente esta deconstrucción de su moral, de sus entendederas y, por supuesto, de su lenguaje.

5. ¿Es posible una regeneración global de la sociedad? Ante todo, habrá que convenir que es imprescindible, y sin esperar a tocar fondo, porque en ese caso nuncase puede estar seguro de emerger. Si es imprescindible, será posible; «en peores garitas he montado guardia», según el dicho popular, y no hace falta remontarse a la Castilla del siglo XV para comprobar que la voluntad, el esfuerzo y la fe hacen milagros...

El objetivo –antes social que político– podría centrarse en extender la moral del caballero para que llegase a predominar sobre la delpícaro. Si la nota esencial de ésta hemos convenido que es el egoísmo materialista, la de la primera debe ser el servicio. Ya lo propuso Maeztu, pero añadió que debía ir acompañada de los conceptos de jerarquía y hermandad.

Maeztu, Morente, Ors, Ortega, José Antonio... no nos faltan pensadores en la genealogía de la moral del caballero, pero quizás lo más importante sean las nuevas incorporaciones a la corriente regeneracionista.

El instrumento básico es la educación, entendida en el sentido más amplio, sin distinción de edades, de ámbitos y de momentos, que vaya creando una verdadera conciencia ciudadana como base. Nos puede parecer que, hoy en día, esta tarea pedagógica es obra titánica, casi imposible: ¿cómo competir con los contravalores que se difundena través de los medios de difusión y propaganda? ¿Cómo «convencer» a la sociedad de que sus parámetros están errados y deben transformarse radicalmente? ¿Cómo recrear un sistema político, económico y social, si a este sistema le interesa que siga este estado de cosas?

La educación pretendida, para ser eficaz, deberá centrarse en quienes tengan la posibilidad de convertirse en hombres-minoría, en aquéllos en los que se adviertan rasgos de esta cualidad, que sean susceptibles de abrazar la moral del caballero. La conciencia ciudadana y esta moral deben ir propagándose en pequeños círculos concéntricos cada vez más amplios.

Como dice un personaje de El Árbol de la Ciencia barojiano, no nos podemos empeñar en cambiar el mundo de un plumazo; hay que aplicar los esfuerzos en el pequeño espacio de nuestro alrededor y sobre el que podemos ejercer alguna influencia. Cada minoría tiene el deber de crear otras, de propagarse y multiplicarse, humilde y pacientemente.

«Del enemigo, el consejo», se ha dicho. A lo mejor conviene comenzar por desmontar los ídolos, de aplicar la duda sistemática a- los supuestos tabúes sociales convertidos en «dogmas», a esas «verdades indiscutibles», que pueden dejar de serlo en mentes que piensen y en corazones que sientan.

¿Son descartables otras vías, como la política estricta? En absoluto, pero, tal como están las cosas, siempre serán subsidiarias de la vía educativa.

Ojalá no sea nunca necesario otro de los aforismos orsianos; aquél que dice: «Ni un día sin propaganda, ni un año sin deliberación. Ni un siglo sin dictadura».

De acuerdo con lo del día y lo del año; menos con lo del siglo... Apliquemos, mejor, el de «hay que salvar a los pueblos contra sí mismos» mediante la «alegre y civil compañía».


* Manuel Parra Celaya es Doctor en Filosofía y Ciencias de la Educación (Pedagogía).

 
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