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Altar Mayor Nº - 139 (25)
Wednesday, 16 March a las 11:02:28

Altar Mayor artículos

UNA SOCIEDAD ¿CONTRADICTORIA Y DISONANTE?
L. Fernando de la Sota
 
 
Este año la Hermandad del Valle nos propone que hagamos una reflexión sobre este tema de la sociedad contradictoria y sociedad disonante, y que aportemos nuestra opinión al respecto.

Y dado que urge el hacerlo lo antes posible para que pueda incluirse en el número extraordinario de Altar Mayor de primeros de año, que aún no se hayan celebrado todavía las conversaciones que sobre este tema están convocadas, y por lo tanto, sin conocer las opiniones de los diversos ponentes, complica un poco las cosas.

Pero en fin, así, con pocas pistas y dando por descontado que nos estamos refiriendo a la sociedad española en particular, porque en el mundo existen otros muchos modelos de sociedad cada una con sus propias y diferentes características, globalizar el tema sería excesivo e inútil, por lo que empiezo por decir que estoy de acuerdo con el segundo calificativo de sociedad, pero no así con el del primero. Me explico:

Si por disonante se entiende, que en esta nuestra sociedad actual, hay cosas que chirrían, que desafinan, que contrastan con lo que venía siendo habitual, en definitiva que carecen de armonía, estoy de acuerdo, aunque más tarde vuelva sobre el tema. Pero en lo que discrepo es en lo de contradictoria. No me parece adecuado ese calificativo, es más, creo que es todo lo contrario. No digo que no lo parezca a primera vista, pero eso sería a mi juicio, una percepción ligera y poco rigurosa. A mí me parece perfectamente coherente y sobre todo consecuente.

Se entiende como persona contradictoria, aquella que hace lo contrario de lo que piensa o lo que dice, o que experimenta cambios bruscos de comportamiento, haciendo o defendiendo hoy, cosas diferentes o antagónicas de las que hacia o defendía ayer.

Por poner un ejemplo, este gobierno actual es un claro ejemplo de contradicción.

Pero referido a la sociedad, ésta podría considerarse contradictoria si su comportamiento mayoritario experimentara los mismos cambios de actitud. Si unas veces se mostrara conservadora y en otras progresista, o unas veces escrupulosamente moral o religiosa y otras laicista o atea, o que en unas ocasiones presentara signos de elevado patriotismo para pasar a otros de indolente espíritu nacional.

Pero no parece ser éste nuestro caso.

Creo, por un lado, que no podemos afirmar, hoy en día, como un descubrimiento, que nuestra sociedad es contradictoria, porque todas las sociedades tienen y han tenido contradicciones a lo largo de los siglos. Siempre ha habido en ellas actitudes y posiciones enfrentadas y contradictorias en todos los terrenos, en lo cultural, en lo religioso y en lo generacional, y desigualdades, entre ricos y pobres, poderosos y humildes, instruidos y analfabetos, norte y sur, etc. y por lo tanto la nuestra, no podía ser una excepción.

Y por otro, porque a mi juicio y en este caso, no hay contradicción en lo que nos ocurre, en lo que nos preocupa y escandaliza. Los cambios, los desajustes, los movimientos en el terreno de lo social, lo religioso, lo familiar o en lo político, que a veces parecen auténticos terremotos, y que dada su intensidad así se pueden en muchos casos considerar, no son sino el fruto, la consecuencia natural y lógica, de todo un proceso ya largo en el tiempo, que ha ido desarrollándose ante nosotros y que, o nos hemos negado a ver, o lo hemos consentido cuando no apoyado.

Nuestro universo cultural, fruto de siglos de convivencia en el que hemos ido ahormando formas de entender la vida, de relacionarnos, estableciendo normas y límites a esa convivencia, basada en unos valores que nos permitieran distinguir lo justo de lo injusto, lo deseable, lo tolerable o lo inaceptable, unas veces a través de leyes escritas y otras simplemente aceptadas de forma natural y tradicional, ha sido sustituido por otro universo, por otro sistema, plagado de símbolos, de normas y de valores prefabricados radicalmente contrarios.

Pero los hemos ido asimilando y asumiendo en un proceso que nos ha ido convirtiendo en seres desmemoriados y desraizados; y sin memoria y sin raíces, nuestra sociedad es fácilmente maleable y degradable.

¿Podemos considerar contradictorio que en pleno siglo veintiuno, con todas las facilidades de los medios informáticos y audiovisuales, nuestros estudiantes estén a la cola de Europa en conocimiento y en preparación; que haya una tasa enorme de abandono de estudios y que nuestros jóvenes lleguen a la Universidad, si es que llegan, en condiciones precarias, y que además sus comportamientos en general, sean claramente asociales cuando no en numeroso casos delictivos?

Creo que no. Durante años hemos venido sufriendo un tipo de educación cada vez menos exigente, con mayores facilidades para pasar de curso, y en lugar de inculcar en nuestros hijos la exigencia del trabajo bien hecho, del esfuerzo y de la responsabilidad, en muchas ocasiones hemos fomentado la chapuza, el salir del paso para aprobar como sea, porque el caso era pasar de curso, renunciando a la excelencia.

Y respecto a los comportamientos, ¿no eran previsibles? Entre la falta de tiempo, la desgana para dedicar unas horas a nuestros hijos, y la excusa fácil de que la educación se la tenían que dar en la escuela, cuando es sabido que en la escuela podrán darles conocimientos, pero no educación, porque ésta les corresponde a los padres, siempre que estos, naturalmente, sean conscientes de sus responsabilidades, se han ido sedimentando los pilares de esta situación que ahora parece que nos sorprende y nos preocupa; cuando en muchos casos esta educación ha venido siendo viciada, por el afán de esos padres de querer estimular a sus hijos con el falso planteamiento de que en esta sociedad tan competitiva todo vale, que lo que importa es subir, prosperar, ganar dinero y posición aunque sea dando codazos, saltando o atropellando lo que haga falta en ese camino, sin que fueran necesarios, incluso porque resultaban perjudiciales, esos valores que dictan una recta conciencia. Una palabra por cierto, en absoluto desuso.

¿Y nos puede resultar contradictoria y escandalosa nuestra moral respecto a lo que dentro de esos valores tradicionales se exigía sobre las relaciones sexuales, el noviazgo, el matrimonio, etc. cuando hace ya mucho tiempo que esos conceptos han saltado por lo aires, dando los padres y las familias como bueno y normal, que las parejas mantengan esas relaciones desde casi la pubertad o la adolescencia y la única preocupación, tanto entre los jóvenes como en sus respectivas familias, hayan sido solo las consecuencias, para las  que se aconseja la prevención y en su caso el aborto? ¿Y es que no hace ya mucho que ha desaparecido el concepto de familia, tal y como se concebía hace unos años, y ahora solo quede un galimatías, no solo social, sino también jurídico, en el que existen diversos modelos de familia, con los correspondientes problemas personales, legales, hereditarios, etc., en lo que solo son uniones de hecho, incluso entre personas de igual sexo, dando carta de normalidad a todas estas situaciones en conversaciones, programas de radio o de televisión o en el cine, que se ven plácidamente en familia y que crean el ambiente necesario para esa normalización?

Sería hipócrita y además incierto negar que muchas de esas situaciones no se hayan dado en otras épocas. Las infidelidades, por ejemplo, ocultas o consentidas, que se han dado siempre, así como los amancebamientos, la pornografía y tantas otras cosas de parecida índole no son cosa de hoy, la diferencia es la consideración moral de esas conductas. Incluso sin entrar en materia religiosa, la sociedad y por supuesto los protagonistas, tenían conciencia, otra vez la palabreja, de que lo que hacían no estaba bien. Se seguía haciendo, y se procuraba disimular y disculpar, pero había sensación de culpa. Hoy no. Todo se ha hecho natural y como todo el mundo lo hace, forma ya parte de la nueva moral.

No pretendo en modo alguno dar una charla de moral, allá cada uno con su responsabilidad y con su conciencia –y van tres– pero, por favor, no nos escandalicemos ahora ni tratemos de descubrir mediterráneos.

Y si la contradicción se busca en lo político, parece que «los contradictores» son mas bien escasos. Es cierto que en las encuestas de opinión se viene manifestando cada vez con mayor intensidad la preocupación de los ciudadanos por la clase política que tenemos, y ojalá así se manifieste en las próximas elecciones, pero esos indicios no parece que traigan consigo un rechazo rotundo y mayoritario de la situación actual, salvo en lo económico, sino más bien una aquiescencia resignada, una aceptación inhibida y poco comprometida que no hace presumir actitudes gravemente contradictorias.

Reconozcamos y asumamos que hay una nueva sociedad que ha irrumpido con fuerza en España, cambiando modos, principios, valores y actitudes, que nos gusten o no, están ahí, en buena medida por nuestra culpa, por la de todos, no se la echemos solo a otros. El desarraigo familiar, la falta de moralidad, o mejor aún la amoralidad, los valores conculcados, el despego de la juventud hacia la Iglesia, su desgana patriótica, el afán del pelotazo económico, la corrupción, el escaso entusiasmo por la idea del servicio y sacrificio de gobernantes y gobernados, es producto de una larga tela de araña que se ha ido tejiendo a nuestro alrededor y que hemos ido tejiendo nosotros mismos con nuestras concesiones, nuestra apatía, nuestra falta de compromiso y nuestra pereza indolente y suicida. Esos polvos han traído estos lodos. Hemos dejado que todos hayan querido tocar sus instrumentos como les ha venido en gana, en una mal entendida libertad, cómoda y nihilista y así está resultando el concierto, disonante y por tanto con una total falta de armonía.

Naturalmente, y afortunadamente, no se puede generalizar, y hay una parte de la sociedad y de la juventud que no se ha dejado contaminar y que lucha a contrapelo contra estas situaciones, lo que hace que se abra una ventana a la esperanza.


 
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