Bienvenido a la Hermandad del Valle

    Búsqueda


    Menú
· Altar Mayor
· El Risco de la Nava
· El Brocal
· Cuestiones sobre la
Memoria

· Notas sobre el
Valle de los Caídos

Altar Mayor T
Altar Mayor Nº - 139 (20)
Wednesday, 16 March a las 12:35:40

Altar Mayor artículos REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 139  - Extraordinario -  enero / febrero de 2011

 

¿ES VIABLE UNA CULTURA ATEA?
Julio A. Gonzalo*



 
 
Según Voltaire (1694-1778) la religión –él se refería al Cristianismo– es buena para las criadas y para los sastres, no para la «elite», para las personas educadas. Una sociedad sin religión sería una sociedad sin moral y una sociedad sin moral no tardaría en descomponerse.

Sin embargo eso no es lo que sostienen los «libre pensadores» de hoy, herederos de Marx, de Darwin –sobre todo de éste– y de Nietzsche. Antes de ocuparnos de algunos de esos «apologistas» contemporáneos del ateísmo, permítasenos notar que a lo largo del siglo XX hubo intentos notables de establecer culturas y sociedades básicamente ateas, como lo fue –fugazmente– el Nazismo alemán –de clara inspiración Darwiniana y Nietzscheana– y, en mucho mayor medida, el Marxismo-Leninismo ruso. El primero se saldó con más de diez millones de víctimas –en sólo diez años–, y el segundo con más de treinta millones –sin contar las víctimas de la Revolución Cultural China y sus secuelas– en los meses que van de Octubre de 1917 a Agosto de 1991.

Admitir la existencia de un Dios Creador y dador de vida ha sido siempre, y es, algo connatural al hombre: somos conscientes de que no nos hemos hecho a nosotros mismos. La vida, la salud –buena o mala–, la inteligencia –mucha o poca–, la libertad... son atributos naturales recibidos.

En todas las sociedades humanas desde la más remota antigüedad (Grecia, Roma, Egipto, Babilonia, India) hasta las sociedades modernas, en parte post-cristianas o neo-paganas, de Europa y América, el hombre ha buscado respuesta a los interrogantes que su propia existencia le plantea –y a las del mundo que le rodea– en las diversas religiones (religare = atar), o bien en parareligiones, como la astrología o el espiritismo. También, minoritariamente, ha habido siempre agnósticos y ateos.

Pero, aunque ya venía preparándose desde muy atrás, en estos comienzos del tercer milenio, se está produciendo la irrupción en escena –libros, revistas, películas– de un ateísmo beligerante, insultante, blasfemo, que se caracteriza por el odio descarado. Odio a Dios y odio a los que en Él creemos. Ese odio a Dios viene acompañado frecuentemente, bien de una exaltación desenfrenada del hombre, hasta ponerlo a la par con un Dios Cósmico naturalista y panteísta (con él que se quiere sustituir al Dio Padre de la religión cristiana), o de una denigración sistemática del hombre como mamífero depredador y destructor de la Naturaleza, que, según los más beligerantes, merece ser masivamente abortado en aras de un medio ambiente mejor, para que el planeta Tierra recobre su prístina pureza.

¿No delata ese odio a Dios algo podrido, envenenado, enloquecido? Ciertamente, ese ateísmo enloquecido no es el único ateísmo que se da hoy en esta sociedad paganizada. Pero es el que está ganando protagonismo rápidamente, de una manera tan prepotente que, al parecer, se cree ya ganada, definitivamente, la partida.

Entre el ateísmo beligerante, el ateísmo más o menos respetuoso y el mero agnosticismo, que se confiesa incapaz –con motivo o sin él– de elevarse hasta el Creador a partir del orden racional discernible en la Creación, hay muchas variedades de ateos:

1. El nuevo ateo beligerante, insultante y blasfemo como Richard Dawking, Daniel Dennet, Sam Harris y Christofer Hitchens, herederos de Marx, Darwin y Nietzsche, pero de categoría muy inferior. Oscilan entre el odio y el desprecio a Dios. Como dijo G. K. Chesterton en The Poet and the Lunatics (New York: Dodd, Mead and Co, 1929): «...hay algo mucho peor que el Ateísmo; es el Satanismo», es decir, por la pretensión de Ser como Dios.

Dawkins dice, con exageración decididamente desmesurada, –en The God Delusion– que muchos ateos americanos no se atreven a admitir su condición a sus familias y, en algunos casos, ni siquiera a sí mismos. Y les exhorta a «salir del armario». Exactamente como en el caso del movimiento «gay», cuanta más gente sale, más fácil se hace salir. De hecho, aunque eso no lo diga Dawkins, el paralelismo entre los nuevos ateos beligerantes y los gays va mucho más allá de lo que parece a primera vista. El término en uso hasta hace poco en España, y en otras partes, para designar a los homosexuales no era gay. Era más bien otro: «invertido», que se aplica a una tendencia desordenada. Siempre ha habido y siempre habrá personas lejanas a la religión, más o menos agnósticas o indiferentes, pero el ateo beligerante, blasfemo, que hace causa de su odio a Dios (y digámoslo, también en muchos casos, odio a la Iglesia Católica) delata en ello una «inversión», una tendencia desordenada, algo que no es natural.

Dawkins, según su propia confesión, más que un ateo es un «anti-ateo». Cuando alguien le pregunta si es ateo, replica que su interlocutor «también lo es con respecto a Zeus, Apolo, Amon Ra». Lo cual es cierto, como nota Ann Barbeau-Gardiner (N.O.R., March 2007, p. 38), pero no por ello ese interlocutor explota en violentas descalificaciones ni en insultos a Zeus, o a Apolo, o a Amon Ra; lo que sí hace Dawkins con respecto al Dios personal de muchos millones de cristianos, judíos y musulmanes. Insulta a Juan Pablo II y lo tacha de politeísta, por haber canonizado tantos santos y santas nuevos, y por atribuir a la Virgen María su supervivencia personal, después de los disparos a quemarropa del turco Ali Agca. Y califica a la Madre Teresa de «hipocresía santurrona», por decir, en la ceremonia de aceptación del Premio Nobel, que el aborto es hoy el mayor «destructor de la paz».

Harris, en su libro God is not Great, usa el término «god» con minúsculas –cosa que no hace para designar a Júpiter, Isis o Buda– con objeto de demostrar su desprecio y hostilidad hacia Dios. Cuando dice que no habría Iglesias cristianas si los «mamíferos humanos» –esdecir, nosotros, todos nosotros– no hubiéramos temido «el mal tiempo, la oscuridad, las plagas, el eclipse y todas esas cosas que ahora son fácilmente explicables» no es con ello muy original, pero sí es decididamente petulante. Nos invita a todos a «adorar» la evolución como nuestro creador, que no es, según él, un «alguien», sino un proceso de mutaciones con bastantes más elementos de azar de lo que nuestra vanidad estaría dispuesta a admitir.

Dennet pasa revista en Religion as Natural Phenomenon a una serie de pseudo-teorías propuestas por diversos autores para explicar, según él, la existencia de la religión a lo largo de la historia humana. Una teoría afirma –con muy poca base experimental, por supuesto– que hay una porción del cerebro que responde a la religión, de la misma manera que hay otra que responde al azúcar. Otra, la llamada «teoría simbiótica», afirma que la religión funciona creando relaciones biológicas de inter-dependencia en el hombre que le da cabida: esta religión –según los proponentes de dicha teoría– puede ser benigna, mutuamente beneficiosa o parasítica. Por supuesto, la interdependencia producida por asociaciones promotoras del ateísmo, racismo, marxismo-leninismo, etc. sólo podría ser mutuamente beneficiosa. No faltaba más. La teoría de «selección sexual», según Dennet, sostiene que las excéntricas preferencias de las mujeres han obligado a los hombres a través de los siglos a mostrarse religiosos o respetuosos con la religión en orden a mejorar sus posibilidades de conquista con el sexo contrario. No me extrañaría nada que una chica guapa, religiosa y decente, que las hay, le haya dado «calabazas» al inventor de susodicha teoría. Y la «teoría monetaria» que sostiene que la religión da ventajas a las «elites» de la sociedad, ventajas que ayudan a formar una pirámide social en detrimento de los desinformados y de los empobrecidos. Curiosamente Dennet se queja de que no se haga más investigación (por supuesto con dinero del contribuyente) para desarrollar medios de protección de los niños contra la formación religiosa que sus padres quieren para ellos.

Hay más ateos beligerantes que han salido a la palestra, recientemente, pero no merece la pena ahondar más en ello. El ateísmo beligerante fomenta la indolencia, el aburrimiento y, en última instancia, el suicidio. ¿Ha recibido suficiente atención el hecho de que, estadísticamente, desde hace ya bastante tiempo, el auge del ateísmo viene acompañado por el aumento del número de suicidios, especialmente en jóvenes? Creo que no pero no estaría de más dedicársela.

2. El ateo teórico reprocha al creyente que sus «dogmas» no cambian, mientras que el conocimiento humano, el conocimiento científico en general, está en continuo crecimiento. Según el ateo teórico, los creyentes estamos condenados a dedicar nuestros esfuerzos continuados a encajar los nuevos acontecimientos en los antiguos moldes, moldes que los nuevos descubrimientos científicos han dejado pequeños. Según C. S. Lewis, esta sensación desasosiega considerablemente al observador que contempla la polémica desde fuera, mucho más que cualquiera de las discrepancias entre tal o cual doctrina concreta y tal o cual nueva teoría científica. Se pueden responder adecuadamente docenas de las «dificultades» aisladas sin alterar esa sensación perversa de que, a la larga, hay muy poco que hacer. Para el ateo teórico, que, en la mayoría de los casos, no ha entrado a fondo en el «meollo» de las cuestiones fundamentales, está claro que, si nuestros antecesores hubieran tenido a sus disposición y hubieran sabido lo que nosotros sabemos hoy del universo y del hombre, ellos no habrían aceptado el Cristianismo, ni la creencia en un Dios Creador, como de hecho lo aceptaron. Creen ellos que, por mucho que se corrija y se remiende, no hay sistema que se declare inmutable y pueda ajustarse al mismo tiempo a la marcha acelerada de los tiempos, en cuanto a progreso científico se refiere.

Conviene hacer algunas consideraciones previas. Por ejemplo, como algunos intelectuales creyentes han observado, la ciencia contemporánea se ha desmarcado del materialismo clásico en determinadas cuestiones importantes. Si hay algo que está claro en la física moderna es que la naturaleza no es eterna. La vida de una estrella, como el sol, podrá durar miles de millones de años, pero no es eterna. En circunstancias muy concretas, la energía pura de una radiación electromagnética puede dar lugar a la creación de una pareja de partículas materiales –hablando más propiamente, una partícula, que sigue su curso, y una anti-partícula, que se aniquilará pronto con otra partícula de la misma masa, dando lugar a pura radiación–. El universo tuvo un comienzo, el Big Bang, y tendrá un fin. Por cierto, el primer proponente del Big Bang, que en 1926 propuso como origen un huevo cósmico primitivo, especulando acertadamente a partir de las soluciones posibles de las ecuaciones cósmicas relativistas de Einstein, fue un sacerdote católico belga, que antes había sido artillero en la primera guerra mundial: el P. Georges Lemâitre (1894-1966). Tanto Einstein como Eddington elogiaron encarecidamente por aquella misma época los trabajos del P. Lemâitre.

Los grandes sistemas materialistas del pasado sostenían la eternidad de la materia y, por tanto, su existencia por sí misma. El Profesor Whittaker ya dijo hace más de medio siglo, en sus Ridell Lectures: «Nunca fue posible oponerse seriamente al dogma de la Creación excepto manteniendo –a toda costa– que el mundo ha existido desde la eternidad en un estado más o menos como el presente». Esa base fundamental del materialismo ha quedado hoy fuera de juego.

Para muchos, la enorme inmensidad del universo, y su aparente hostilidad a la vida humana, cuentan bastante más que su origen, como observa C. S. Lewis. Y, de hecho, muchos piensan que la inmensidad del universo es un descubrimiento moderno, cuando ello no es cierto. Tolomeo sabía tan bien como lo sabe hoy un astrónomo de la NASA que analiza los datos recibidos por el telescopio espacial Hubble, que el tamaño de la Tierra es ínfimo comparado con el del Sol. Y el tamaño aparente de la estrella típica más cercana a nosotros, comparado con el del Sol, mucho más despreciable. De hecho, San Agustín y los grandes teólogos medievales lo sabían. Y también Copérnico. La pregunta es ésta: ¿porqué la insignificancia espacial de la Tierra, conocida desde siglos, ha podido convertirse hoy en un argumento contra Dios Creador? No hay una respuesta clara, salvo la inconcebible pasividad de los creyentes.

Otra cuestión que las minuciosas observaciones de la ciencia moderna está empezando a poner seriamente en tela de juicio, es la pretensión de que el «árbol de la vida» –es decir, la gran variedad de seres vivos, desde el protozoo a la ballena, o al hombre– es consecuencia exclusiva de mutaciones al azar seguidas de «selección natural» al azar, a través de sucesivas generaciones. La genética, cuyas leyes fundamentales fueron descubiertas por Gregor Mendel (1822-1884), un fraile agustino austriaco contemporáneo de Darwin, y cuya base bioquímica fue determinada mediante la difractometría de rayos X por los descubridores de la estructura del DNA, Watson –ateo, según él mismo–, y Crick –agnóstico–, ha permitido manipular la vida de una forma realmente inconcebible hasta hace muy poco. El concepto de mutación gradual al azar, sin embargo, está muy lejos de explicar la elegante y sofisticada maquinaria molecular que constituye el entramado de la vida desde los organismos unicelulares a las plantas y animales más complejos. En concreto, en los últimos cuatro mil millones de años transcurridos desde que las condiciones en nuestro planeta empezaron a ser favorables por primera vez para que pudiera haber vida en él, es decir, unas veinte veces más del tiempo transcurridos (unos doscientos millones de años) hasta que aparecieran los primeros indicios de vida detectados en fósiles contemporáneos, ha habido tiempo suficiente como para que se pudiera generar al azar (si es que fue al azar) vida, no una, ni dos, ni tres, sino veinte veces. Sin embargo, es sabido que todos los seres vivos conocidos, de los más simples a los más complejos, están compuestos de aminoácidos de un solo tipo: levógiros (l), nunca dextrógiros (d). Experimentos realizados en el laboratorio, como el de Urey-Miller, dan invariablemente resultados con mezclas racémicas de aminoácidos (l) y (d) al cincuenta por ciento. Si la aparición de vida en la Tierra –y su subsiguiente evolución– fue estrictamente al azar, ¿por qué no aparecen en los seres vivos actuales aminoácidos (i) y (d) en la misma proporción? Un cálculo sencillo nos permite evaluar la pequeñísima probabilidad de que un hecho como éste (la total ausencia de aminoácidos (d) en los seres vivos actuales), sea consecuencia del puro azar:





No es cero, pero se le acerca mucho. Y se trata sólo de un aspecto relativamente secundario del proceso de ramificación del árbol de la vida, que el evolucionismo puramente al azar, hasta ahora, no ha sido capaz de explicar.

El ateo teórico ve en la religión un intento primitivo, provisional e insignificante de explicación del universo, de la vida y el hombre. Pero ¿está en lo cierto? Ni la explicación economicista de Marx, ni la estrictamente zoológica de Darwin, ni la voluntarista a ultranza de Nietzsche llevan a ninguna parte.

3. El ateo práctico. Como dice el Concilio Vaticano II (No. 2124), una forma hoy frecuente de ateísmo, es el materialismo práctico, que considera al hombre un fin en sí mismo, artífice de su propia historia, y ve a la religión como un obstáculo. El ateo práctico quiere prescindir de Dios. No le interesa. Y le resulta fácil descalificar a los creyentes por no vivir plenamente de acuerdo con las exigencias de su fe. No tiene en cuenta que vivir de acuerdo con la ley de Dios, inscrita en la conciencia del hombre y confirmada en la revelación, ha sido difícil siempre para el hombre de todos los tiempos, según testimonio fehaciente de la historia. El ateo práctico considera que el reconocimiento de un Dios Creador y Señor del Universo recorta y merma su autonomía. Pero el reconocimiento de Dios, no se opone en modo alguno a la dignidad humana, sino todo lo contrario. Precisamente dicha dignidad humana se funda y se hace trascendente en Dios.

El ateo práctico no es consciente de que, en una perspectiva histórica equilibrada, es indiscutible que la ciencia contemporánea se ha desarrollado y ha llegado a la madurez solo en una ocasión, y ello ha tenido lugar a partir de la Europa Medieval Cristiana y con una base religiosa monoteísta indiscutible: el mundo está bien hecho y la inteligencia humana también, creados ambos de la nada y en el tiempo por un Dios bueno, inteligente y todo poderoso: ver, por ejemplo, el libro de S. L. Jaki, The road of science and the ways to God (Chicago University Press: Chicago, 1978).

La Iglesia Católica, fundada, según los Evangelios, por el Cristo, Dios hecho hombre, se extendió rápidamente por todo el mundo –hasta Finisterre, hasta las Isla Británicas, hasta Persia y Etiopía–. Como decía san Agustín de Hipona, con milagros o sin milagros, y si fue sin milagros, éste sería el mayor de todos. Y según la Iglesia Católica, Dios tiene unos atributos propios que son los siguientes: es Uno, Verdadero, Viviente, Omnipotente, Eterno, Inmenso, Incomprensible (no confinado al espacio y al tiempo). Infinito, único, Espíritu Puro, Simple, No cambia, es Transcendente, es Feliz en sí mismo, Sublime...

Y Dios creó libremente de la nada y en el tiempo, porque así lo quiso y cuando quiso.

Ante la pregunta, «¿Por qué existe algo y no nada?», hay un número limitado de respuestas posibles: la respuesta atea –una negación y, por tanto, poco satisfactoria: «de la nada, nada»–, la respuesta panteísta –que identifica a Dios con la Naturaleza, sin más: un monismo panenteísta que, entre otras cosas, deja sin base a la libertad humana–, la respuesta dualista –hay un dios del bien y un dios del mal–, y una respuesta monoteísta –Dios creador de lo Visible y lo Invisible– que alcanza su expresión más elevada en el Dios de Abraham, de Isaac, de Jacob..., el Dios de Jesucristo, muerto crucificado y resucitado,... el Dios Trinitario de la Revelación.

San Pablo, el apóstol de los gentiles, dice con rotundidad en su epístola a los Romanos: «Porque los atributos invisibles de Dios se hacen visibles por la creación del mundo, al ser percibidos por la inteligencía en sus obras: su eterna potencia como su divinidad hasta el punto de hacerles inexcusables» (Rom, 1-20).

4. El agnóstico, que prefiere no pronunciarse sobre la existencia de Dios, no atreviéndose a afirmarla claramente, se queda en una posición próxima a la del ateo práctico.

Hay también lo que podríamos llamar «ateos nostálgicos» que, conocedores de las extraordinarias e innegables aportaciones de la religión en general y el Cristianismo en particular a nuestra civilización occidental, no comparten las descalificaciones del ateísmo militante contra la religión, y reconocen, en determinados casos, que a ellos les gustaría ser creyentes. Pero no se deciden.

La respuesta monoteísta que, a partir de la realidad de un universo inteligente a nuestro alrededor, y un alma inmortal que trasciende la pura animalidad instintiva en nuestro interior, reconoce la necesidad de Dios, encuentra su más elevada expresión en el Dios del Evangelio y del Nuevo Testamento. Más de dos siglos de ataques racionalistas no han podido desdibujar del todo las claras afirmaciones universales católicas. Ver por ejemplo John A. Hardon, S. J. The Catholic Catechism (Garden City, New York, Doubleday & Co., 1975).

El Nuevo Testamento deja claramente establecido que Cristo funda la Iglesia para la salvación de todos los hombres. Incluidos los ateos. Pero respeta su decisión libre, si algunos la rechazan de plano. Los antiguos Padres de la Iglesia –Ireneo, Orígenes, etc.– tienen la convicción máxima de que no se puede alcanzar la salvación fuera de la Iglesia. Pero junto a esta tradición, que insiste en la necesidad de pertenecer a la Iglesia, hay otra Tradición complementaria que nos presenta al «pagano» Cornelio, según los Hechos de los Apóstoles, como un hombre «recto y temeroso» de Dios, aún antes del bautismo. Gradualmente se fue haciendo claro que hombres rectos y temerosos de Dios –incluso desconocedores de Dios sin culpa suya, podría añadirse– tienen también abierto el camino a la salvación, también a través de Jesucristo, aunque no profesen la fe católica ni hayan sido bautizados. Ambrosio y Agustín ya habían allanado el camino para hacer estas consideraciones. Y en los siglos XII y XIII, al reafirmar la enseñanza constante de la necesidad de la Iglesia fundada por Jesucristo para la salvación, se concedía ya que una persona podía ser salvada sin recibir formalmente el sacramento del bautismo, por un bautismo de deseo, al menos implícito. Esto mismo fue definido algunos siglos después, en el Concilio de Trento. Según doctrina común repetida por el Concilio Vaticano II y por todos los Romanos Pontífices del pasado siglo y del actual, Dios quiere que todos se salven.

«Cristo solo es el único mediador de la salvación, el camino de la salvación. Él se nos presenta a nosotros en su Cuerpo, que es la Iglesia. Cuando Él insiste expresamente en la necesidad de la fe y del bautismo, ello significa que sería imposible para los hombres salvarse si rehusaran entrar y permanecer en la Iglesia Católica, a menos que fueran desconocedores de que su fundación por Dios a través de Jesucristo lo hizo necesario (Concilio Vaticano II, Constitución Dogmática de la Iglesia, II, 8).

Ciertamente, un agnóstico o ateo nostálgico que sea recto y fiel a su conciencia, siempre que haya hecho todo lo que esté en su mano para que sea una conciencia objetivamente bien informada, lo cual raramente ocurre, puede incorporarse a la Iglesia cuerpo Místico de Cristo por un bautismo implícito de deseo, usando terminología medieval, no por eso menos expresiva.

¿Podría decirse lo mismo de un ateo, movido por el odio a Dios, y por el odio a los creyentes?

En el fuero externo, no, según el Concilio Vaticano II. En el interno, según la sentencia clásica, ni la Iglesia entra. Ssólo Dios conoce todos los posibles atenuantes y eximentes. Y también los posibles agravantes.

Volviendo al principio: ¿Es viable una cultura atea?

Voces muy autorizadas vienen diciendo que no hace tiempo.

1        Fedor Dowstoyewski: «Si Dios no existe, todo está permitido».

2        Henri de Lubac: «...el hombre no puede organizar el mundo sin Dios ; sin Dios, sólo puede organizar el mundo contra el hombre...».

3        Etienne Gilson: «La existencia de Dios es demostrable. Se ha mantenido que no es una verdad racionalmente demostrable [...] Por el contrario, ha sido revelado por Dios al hombre que su existencia puede ser demostrada» (Rom 1,20).

4        Alexander Solzhenitsyn: «Hace más de medio siglo, cuando yo era todavía un niño, recuerdo oír a muchas personas mayores la siguiente explicación de los grandes desastres que habían caído sobre Rusia: 
Los hombres se han olvidado de Dios, eso es lo que ha pasado...”. Y si se me pregunta mi por la característica distintiva de todo el siglo XX [...] repetiría, de nuevo los hombres se han olvidado de Dios».

Es notorio que, precisamente, al comenzar el último tercio del siglo XX empieza a legalizarse el aborto –en Inglaterra, en Holanda, en los Estados Unidos– y, precisamente, por esas mismas fechas empieza a cobrar fuerza el ateísmo contemporáneo.


* Julio A. Gonzalo es doctor en Ciencias Físicas y Catedrático.

 
    Opciones
· Versión Imprimible
· Enviar a un Amigo
    Otros enlaces
· God
· God
· Más Acerca de Altar Mayor artículos


Noticia más leída sobre Altar Mayor artículos:
Altar Mayor Nº - 132 (6)