Bienvenido a la Hermandad del Valle

    Búsqueda


    Menú
· Altar Mayor
· El Risco de la Nava
· El Brocal
· Cuestiones sobre la
Memoria

· Notas sobre el
Valle de los Caídos

Altar Mayor T
Altar Mayor Nº - 139 (18)
Wednesday, 16 March a las 13:36:43

Altar Mayor artículos REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 139  - Extraordinario -  enero / febrero de 2011

 

JOSÉ LUIS RODRÍGUEZ ZAPATERO, PRESIDENTE Y TEÓLOGO
Antonio Martínez Belchi*



 
 
Cuando el periodista José García Abad comunicó a algunos de sus amigos que estaba escribiendo un libro (El Maquiavelo de León, La Esfera de los Libros) sobre José Luis Rodríguez Zapatero, más de uno se mostró sorprendido ante la idea de que un personaje de tan poco calado ofreciera materia suficiente para llenar no ya doscientas páginas, sino aun muchas menos. García Abad no se mostró entonces de acuerdo con esta opinión; y no sólo porque incluso la persona en apariencia más anodina, si se penetra en los intersticios y recovecos de su vida, puede convertirse en el protagonista de una novela apasionante –¡es tan insondable el abismo de cualquier alma humana, tan extraordinario el curso secreto de cualquier vida!–. No sólo por eso, decimos: es que, como señala con acierto el señor Abad, nuestro presidente no es un político cualquiera. Es, por el contrario –al menos para el buen estudioso de la fauna humana–, un personaje de extraordinario interés.

Véase, si no, lo sucedido en fechas recientes, cuando, tras un acto político en Ponferrada, Zapatero decide por sorpresa un profundo cambio de gobierno, un giro radical en la composición de su gabinete, con la en absoluto disimulada intención de plantar cara a Rajoy –pese a la crisis y los funestos augurios de las encuestas– e intentar ganar las elecciones de 2012. Cualquier otro político, abrumado por la situación, agobiado por el peso de unas drásticas medidas de recorte del gasto, por un retroceso sin precedentes en las prestaciones del Estado del Bienestar, por haber tenido que adoptar –y, además, como socialista– unas políticas neoliberales dictadas por los mercados y por los expertos del FMI; cualquier otro político, decimos, tras haber tenido que hacer lo que siempre dijo que nunca haría, se resignaría a la idea de que las elecciones del 2012 son imposibles de ganar para el PSOE. «Cualquier otro político», sí; pero recordemos que Zapatero no es «cualquier otro político». Zapatero es, en la visión que él tiene de sí mismo, alguien único e irrepetible, un personaje de resonancias casi mesiánicas. Zapatero siente que él lo puede todo; que, en el terreno político, no hay nada que no pueda lograr si realmente se lo propone. Y, en consecuencia, no piensa limitarse a agotar la legislatura, ni resignarse a una derrota casi inevitable. No: como tituló al día siguiente Público, diario acérrimamente adicto a nuestro presidente, «Zapatero va a por todas».

En el momento en que se redactan las presentes líneas (últimos días de octubre de 2010), está por ver si la sorprendente decisión de Zapatero va a producir un efecto apreciable en los sondeos sobre intención de voto; pero ya está claro que el líder del PSOE rha conseguido que muchos votantes de izquierda vuelvan a creer en él. «Zapatero ha rectificado», piensan bastantes: al dar cabida en el gobierno a pesos pesados de nuestra reciente historia política –Ramón Jáuregui, Rosa Aguilar–, al convertir a Rubalcaba en un super-ministro casi plenipotenciario, al efectuar, en fin, una remodelación de su gabinete que dota a éste de una innegable potencia frente al carácter insustancial y cosmético de sus gobiernos anteriores, Zapatero habría girado el timón de su nave «en la buena dirección». Tras arrumbar a las viejas glorias del felipismo, ahora recurre a gente de aquellas épocas, y dotada de verdadera talla política para integrar su guardia pretoriana, su equipo de máxima confianza. Así piensa, por ejemplo, y en las páginas de El País alguien como Antonio Elorza, un inteligente observador de nuestra escena política, desde hace tiempo bastante crítico con Zapatero, pero que considera que, si nuestro presidente logra antes de la primavera del 2012 el fin de ETA, puede ganar las elecciones. Elorza querría, como quieren otros muchos, votar al PSOE. La presencia de Zapatero se había convertido en un obstáculo para ello; ahora, en cambio, no son pocos los que –«ha rectificado, por fin ha rectificado»– vuelven a creer en él.

Una fe que, sin embargo, es signo inequívoco de que Zapatero ha conseguido engañar de nuevo a millones de españoles, como lo ha venido haciendo desde su llegada al poder en marzo de 2004: en efecto, Zapatero ha recurrido repentinamente a una táctica mendaz que ya desde muy pronto intuyó en él Jordi Pujol, uno de nuestros políticos de más pura raza en las últimas décadas. Porque lo realmente asombroso es que, con el extraordinario cambio de gobierno decidido en octubre de 2010, Zapatero no ha rectificado nada, sino que se ha mantenido estrictamente fiel a sí mismo. Una verdad decisiva que la gran mayoría de analistas políticos, y no digamos ya el grueso de la ciudadanía, no parecen haber alcanzado a entender.

Y es que, si se quiere comprender la acción de un gobernante, como la de cualquier persona en general dentro de los diferentes aspectos de su vida, es imprescindible preguntarse en qué cree, a qué le debe una fidelidad absoluta. En efecto: si conozco la lealtad más sagrada de una persona, lo que considera intocable, su más básica filosofía de vida, el centro secreto del que emanan sus decisiones y sus actos, entonces estaré en condiciones de interpretar con mucho mayor acierto su conducta externa. Por supuesto, no se trata de arrogarse una visión absoluta, que –lo sabemos– sólo pertenece a Dios. Sólo Dios puede juzgar a un alma en su más insondable intimidad. No juzguéis y no seréis juzgados, nos avisa el Evangelio. Ahora bien: hecha esta esencial salvedad, resulta legítimo inquirir sobre esa filosofía de fondo, que luego explica numerosos actos, gestos y decisiones en la vida de una persona. Por supuesto, Rodríguez Zapatero la tiene también, y sólo conociéndola es posible comprender el significado profundo del cambio de gobierno recientemente decidido por nuestro presidente, que se encuentra en estrecha relación con otros muchos aspectos de su acción política.

Dicho brevemente: con la nueva remodelación ministerial, Zapatero ha vuelto a hacer lo que siempre ha hecho desde sus tiempos de joven secretario provincial de los socialistas leoneses. En realidad, su estrategia es siempre la misma: utilizar a quien le conviene en cada momento como peón de su particular juego político, al servicio exclusivo de sus propios intereses: no de los intereses del país, ni siquiera realmente de los del PSOE, sino exclusivamente de los suyos, los de José Luis Rodríguez Zapatero. Y lo realmente extraordinario es que Zapatero actúa de este modo en aplicación del que, como se ha subrayado en numerosas ocasiones a lo largo de los últimos años, es el primer mandamiento de su catecismo político, el dogma fundamental de su teología laica: «Se os ha dicho: La verdad os hará libres. Pero yo, Zapatero, profeta de una nueva y más bella religión, os digo que es justo al revés: No es la verdad la que nos hace libres, sino la libertad la que nos hace verdaderos».

También aquí, como a tantos otros respectos, Zapatero ha intentado engañarnos. En su discurso de investidura de 2004, declaraba: «El rumbo de mi vida ha estado marcado siempre por un credo, que quisiera expresar públicamente en un acto y en un día como éste. Ese ideario es breve: un ansia infinita de paz, el amor al bien y el mejoramiento social de los humildes». Como se sabe, Zapatero tomó estas palabras del testamento de uno de sus abuelos, y en un principio no fueron pocos los que, emocionados, creyeron que de verdad tal era el norte, guía y fin de un político distinto de los demás: idealista, bueno y honrado. Sin embargo, un estudio minucioso del personaje y de su trayectoria política revela una realidad muy distinta: Zapatero es un verdadero adicto a la religión del puro poder y descubrió desde muy joven que nada es tan útil para medrar en el mundo del poder como combinar una conveniente imagen de hombre dialogante y cercano con un interior frío, desconocido para casi todos los que le rodean y en el que sólo rige un principio, de eficacia devastadora: no considerarse atado por ninguna lealtad, no tener por sagrada la palabra dada, utilizar a las personas –militantes del partido, compañeros del aparato, votantes, etc.– en función de los intereses coyunturales, siempre al servicio de la supervivencia política personal, del éxito en las próximas elecciones.

Zapatero es, en efecto, el Maquiavelo de León; un Maquiavelo que, en su caso, exhibe, además, pretensiones teológicas. Una teología al revés, desde luego: nuestro presidente, inconsciente y audaz como es, no tiene empacho en enmendar la plana a Jesucristo y apuntar que éste se equivocaba: «No, Jesús: la verdad –ésa que dices que sólo tú eres– no nos hace libres, porque nos ata a unos cauces, a unos deberes, a unas lealtades, a una estructura objetiva del mundo. Yo, Zapatero, te enseñaré la auténtica y única verdad: la libertad es la fuente de la verdad, y no al revés». Libertad para decir una cosa y, cuando haga falta, justo la opuesta: en efecto, el principio de no contradicción parece no regir en el universo mental del actual líder del PSOE. Los sofistas lo enseñaban hace veinticinco siglos, y la regla sigue valiendo también para nuestros días: el hombre verdaderamente libre es el que no se sujeta más que a la libertad misma, es decir, a la conveniencia cambiante, al deseo de la propia voluntad. Sin parar en escrúpulos morales, en respetos humanos, en fidelidades a quienes se creían amigos o, al menos, correligionarios nuestros. La diosa Libertad todo lo justifica, todo lo purifica: utilizo políticamente a quien me resulta útil, y siento que, pese a tal tracición, mi conciencia conserva su inocencia, pues me encuentro por encima del bien y del mal. En su momento fueron Jesús Caldera o Jordi Sevilla; después, entre otros muchos, Manuel Chaves; últimamente, los propios Ramón Jáuregui o Rosa Aguilar, peones de una partida de ajedrez cuya lógica no comprenden. Sólo el Gran Jefe posee todas las claves; ellos se han limitado a caer en la trampa, a morder el apetecible cebo de entrar en el Gobierno. Aun en una situación como la actual, con un Zapatero que ejecuta políticas radicalmente contrarias a los principios de la izquierda, no han podido resistirse a la seducción de los flashes y del sillón ministerial.

Fueron muchos los que se rieron de la inefable Leire Pajín –incondicional del presidente y premiada por ello, pero inepta como Secretaria de Organización del PSOE, cargo que le venía grande y del que había que desalojarla, como se ha hecho– cuando dijo aquello del «acontecimiento planetario» al coincidir, a ambos lados del Atlántico, los liderazgos de Obama y Zapatero. Y, sin embargo, algo había de verdad en su torpe hipérbole: ambos tienen, en efecto, aire de mesías. Poco después de vencer en 2004, la revista Times llamó a Rodríguez Zapatero «el político zen»: un político que incomodaba a los socialistas de estilo clásico, pues daba la sensación de que no poseía una ideología realmente definida. Zapatero, en efecto, no está ligado a ningunos principios inamovibles, a ningún ideario sagrado cuyo abandono tenga que vivirse como un drama. Ahí está su gran secreto: no es fiel a nadie sino a sí mismo; o, dicho de otra manera, no le importa realmente nada ni nadie salvo él mismo. En el imaginario occidental contemporáneo, lo zen se asocia a lo gaseoso y nebular; a lo que, por carecer de forma propia, cambia de aspecto sin esfuerzo alguno, según las necesidades del momento. ¿Hacía falta, por cuestión de imagen, un gobierno paritario, unas ministras tan jóvenes como insustanciales? Pues se ponen: lo esencial es que sean fieles al líder a machamartillo. ¿Hace falta ahora un gobierno de fuerte perfil político? Pues se forma uno con tal idiosincrasia, y ya está. En uno y otro caso, no existe convicción alguna, visión de fondo alguna sobre lo que debe ser la labor de gobierno: el único criterio de Zapatero es el de la conveniencia coyuntural en función de los intereses del líder. Cuando llegue el momento, se les dará la patada a Ramón Jáuregui, a Rosa Aguilar y a Marcelino Iglesias, como se ha hecho con tantos otros. Habrán sido –repetimos– peones de lujo en una partida de ajedrez donde debe haber sólo un –y siempre el mismo– vencedor.

No, no, de ninguna manera: contra lo que pueden pensar Antonio Elorza y otros hombres de izquierdas de su generación, Zapatero no ha rectificado. Zapatero no rectifica: como mucho, aparca temas en su agenda política, si le parece que no es el tiempo adecuado para sacarlos al primer plano (como hace ahora con la Ley de Libertad Religiosa). Su norma es siempre la misma: una libertad absoluta respecto a los principios y lealtades que lastran a quienes no han penetrado en los más secretos santuarios y arcanos del poder. Cuando negociaba imprudentemente con ETA e impulsaba el Estatuto de Cataluña, Mingote dibujó en ABC una patera cargada de inmigrantes en medio del mar, y a un Zapatero que, contemplándola, decía: «Por lo menos ellos saben a dónde van». Zapatero, en efecto, no sabe «a dónde va»; pero es justamente esa falta de rumbo lo que le permite cambiar las coordenadas de la navegación con una facilidad pasmosa. Cuando en mayo pasado decidió efectuar el mayor recorte de gasto social de la Democracia, la ministra Elena Salgado dijo que sólo quienes no le conocen pensaban que le temblaría la mano. Y, en efecto, Zapatero fue abrupto y brutal en el anuncio de los recortes: nada de paños calientes, nada de pedagogías progresivas, nada de preparar el terreno, nada de remordimientos ni de exámenes de conciencia: ¿tendré yo, José Luis Rodríguez Zapatero, alguna parte de responsabilidad en la situación límite a la que ha llegado España; soportaré el desgarro existencial de aplicar unas medidas diametralmente opuesta al ADN político de la izquierda? Nuestro presidente no se formula tales preguntas. Venía un trago difícil, pero era inevitable. El peso lo iban a soportar las clases medias y populares; en cuanto a las altas, un retoque cosmético, puramente testimonial, en los tramos del IRPF, para quedar bien de cara a la galería, mientras los verdaderos ricos siguen disfrutando de su olimpo fiscal; también de cara a la galería, suprimimos ministerios –Vivienda, Igualdad–, mientras las correspondientes ministras se integran discretamente en otros departamentos como Secretarias de Estado. A efectos de maniobrabilidad política, no hay nada como carecer de principios. Se crearon Vivienda e Igualdad a efectos propagandísticos y de imagen; y se suprimen ahora exactamente por la misma razón. Dicho de otra manera: Zapatero en estado puro, en su más cumplida sazón.

Podemos preguntarnos legítimamente si a España le conviene un presidente del Gobierno de tal naturaleza, más bien que el aburrido y previsible –pero seguro que mejor gestor– Rajoy; y la respuesta no es tan fácil como parece. Poco después del 14 de marzo de 2004, se le preguntó a Felipe González cuál era, en su opinión, la principal cualidad del nuevo presidente. Y contestó: «Que tiene suerte». La famosa baraka de Zapatero, que ha hecho que, hasta ahora, siempre haya caído de pie. Audaces fortuna iuvat, dice el aforismo latino. Nuestro presidente tiene ya su particular hoja de ruta para el próximo año y medio, con la primavera de 2012 señalada con lápiz rojo en su agenda. Hace apenas unos meses, parecía estar como esos boxeadores acorralados en un rincón del cuadrilátero, acosados por el rival, aguantando un chaparrón de golpes y a punto de doblar las rodillas y besar la lona; ahora, como Rocky contra Apolo Creed, contraataca con furia y despierta el entusiasmo de, al menos, algunos espectadores vociferantes. Porque en el vocabulario de Zapatero no existe el verbo «perder»: pueden perder los demás candidatos, incluso de su propio partido; el mismo Zapatero puede enviar a uno de sus peones directamente a la derrota, si ello conviene de algún modo a los intereses políticos del presidente; pero el propio Rodríguez Zapatero no puede perder. Para aceptar la derrota hace falta realismo, humildad, también madurez humana: hay tiempo de ganar y tiempo de perder, podríamos decir parafraseando al autor bíblico. Pero Zapatero es de los que sólo saben ganar, y de los que están dispuestos a cualquier pacto o cambalache, por contra natura u oneroso que sea, para conseguirlo. Su reciente acuerdo con el PNV es el último ejemplo de ello, dentro de una serie ya larga.

Repetimos la pregunta: ¿nos conviene un presidente como José Luis Rodríguez Zapatero? No, desde luego; pero –oh, paradoja– tampoco nos conviene simplemente que pierda. España necesita una catarsis colectiva que, por desgracia, tal vez sólo sea posible mediante una victoria socialista en 2012: victoria por la mínima, victoria afianzada mediante pactos leoninos que entreguen a los nacionalistas prácticamente todo lo que pidan; pero victoria que provoque en el ámbito de la derecha una convulsión gigantesca que desaloje a Rajoy de un liderazgo que no ejerce y para el que, en realidad, no se encuentra capacitado. Porque, si gana Rajoy sin hacer nada, echándose a dormir, como le recomienda Arriola, su gurú, ya sabemos lo que podemos esperar: un presidente que se supone que medio arregla la economía –cosa muy dudosa, por cierto– mientras deja intactos los avances sociales del gobierno progresista anterior, leyes del aborto y del matrimonio homosexual incluidas.

No, por supuesto, Zapatero no nos conviene ni un minuto más: es una calamidad como presidente, es un fiasco como persona, es un embaucador de tomo y lomo. A pesar de que Rajoy, como líder político, es una medianía, espero que Rodríguez Zapatero no vuelva a ser presidente en 2012. Ahora bien: me temo que, para vencerle, hace falta comprender la lógica última de su acción política, que reside en su teología de la libertad: Se os ha dicho…, pero yo, Zapatero, os digo… Zapatero, el nuevo Mesías, sabe que Cristo se equivocaba: la libertad dentro de la verdad pertenece a un mundo que ya está superado; la verdad como un mero producto de la libertad constituye una filosofía mucho más moderna. El mundo al revés, sí; pero un mundo al revés que es en gran parte el nuestro, y del que Zapatero aspira a convertirse en profeta. Cuando, en febrero de 2010, nuestro presidente viajo hasta Estados Unidos para participar en el Desayuno Nacional de Oración y hacerse la foto con Obama, no fueron pocos los que señalaron la incoherencia que supone que un laicista convencido acudiese a un acto de esta naturaleza. No comprendían, sin embargo, que Zapatero es, a su modo, un hombre religioso. Un hombre de fe testaruda… en sí mismo, en su suerte, en su baraka. Un consumado teólogo de la religión laica de la libertad. Una religión que no tolera ninguna otra a su lado y que no puede dejar de identificar al cristianismo como su mayor enemigo.

Por supuesto el problema de la libertad consiste en que, al final, tiende a convertirse en un monstruo: propensión a la que tampoco es inmune la particular visión de la libertad que propone nuestro lírico presidente, poeta frustrado (diciembre de 2009 en Copenhague: «la tierra no pertenece a nadie, salvo al viento». En virtud de su propia dinámica, una libertad que no se mueve en la atmósfera de la verdad propende a desarrollar una expansión infinita que todo lo engulle y fagocita. La libertad –abstracta– termina convirtiéndose en un ente caníbal que devora las libertades –concretas–. En el caso de Zapatero, el monstruo de la libertad insaciable que defiende, y que continuamente reclama la inmolación de nuevas víctimas, tiene claro su próximo objetivo: el Valle de los Caídos, la estrategia para desmantelar por etapas el cual y para convertirlo en una especie de Parque Temático de la Memoria Histórica, dirigido por Reig Tapia y Juan Eslava Galán, ya está diseñada. Aunque ello sea a costa de terminar de despertar unos fantasmas que creíamos definitivamente dormidos, y que, perturbados en su descanso, no sabemos hasta dónde podrían conducirnos.

España, un país sin pulso, necesita despertarse de su actual sopor, provocado por décadas de gobiernos indignos, tanto de derechas como de izquierdas. Tal vez sólo contemplar a un ejército de grúas gigantescas desmontando piedra a piedra la gran cruz del Valle de los Caídos –si es que tal cosa es técnicamente factible– o al menos el espectáculo de un ejército de comisarios políticos socialistas ejecutando en el lugar todo tipo de vergonzosas profanaciones, sea revulsivo suficiente para despertar a España de su letargo; aunque, tal como están las cosas, puede ser que ni siquiera con esto baste. En cualquier caso, resulta evidente que José Luis Rodríguez Zapatero se siente investido de una alta misión histórica: dar un impulso definitivo –tanto a nivel nacional como internacional– a la religión de la libertad sin verdad, y derribar los últimos bastiones de lo que él interpreta como la religión de la verdad sin libertad: pues ésta última es una religión opresiva en la que, como existe Dios, el hombre no puede ser libre. Por ello se impone destruir todo lo que signifique esencia, a realidad sagrada, a estructura objetiva de las cosas: por ejemplo, la ley del matrimonio homosexual, aprobada en 2005, no respondía a ninguna necesidad social, sino al programa ideológico que estamos comentando; y la aprobación de esta ley en España desencadenó luego un efecto dominó, provocando la promulgación de leyes análoga en otros países. Era de lo que se trataba: hasta entonces el matrimonio homosexual había significado una rareza holandesa, que los demás países miraban con incredulidad y escepticismo; pero que lo aprobase legalmente un país grande, importante y con solera como España… Ya sólo era cuestión de tiempo que otros muchos países, siguiendo el ejemplo español, comenzasen a hacer lo mismo. Y esto es lo que realmente pretendía Zapatero: iniciar un proceso que luego desbordase el ámbito meramente español y alcanzase resonancias planetarias. Por la misma razón impulsó desde 2006, junto al presidente turco Erdogan, el proyecto de la Alianza de Civilizaciones, actualmente aparcado en cierta medida ante la urgencia de las cuestiones económicas y la proximidad de los comicios nacionales. ¿Quién duda que el progresivo hermanamiento, la unión fraternal entre los pueblos, países y civilizaciones es un proceso que está en los planes queridos por Dios para el mundo? Hace pocos meses, Miguel Ángel Moratinos se congratulaba en el Parlamento de que Gustavo de Aristegui, máximo experto del PP en temas internacionales, después de criticar reiteradamente la Alianza de Civilizaciones, empezara a hablar de esta idea con respeto e incluso pareciese asumirla. «Alianza de Civilizaciones»: mal que nos pese, y aunque ello suponga reconocer algún mérito a Zapatero, existe algo grandioso y bello en la expresión. Un futuro de hermandad, un luminoso amanecer de entendimiento y paz donde ha existido secularmente, y todavía existe hoy, sobre todo desconfianza, enfrentamiento y violencia. Pero, después de tantos santos, maestros espirituales, filósofos y grandes hombres de Estado que han dedicado sus mejores esfuerzos al problema de la reconciliación entre los hombres, ¿resulta que va a ser José Luis Rodríguez Zapatero quien haya encontrado la clave? Eso estima él: la Alianza de Civilizaciones… no en torno a la verdad, no en torno al corazón que abraza todos los dolores del mundo y los anega de amor, sino en torno a una libertad sin contenido, es decir, en torno a la nada, única realidad que nos permite ser libres. Así piensa el teólogo Rodríguez Zapatero: ponerse de acuerdo sobre la verdad resulta muy complicado, pues todos tienen la suya y la creen más válida que las demás. Entonces, ¿qué fuego sagrado deberá arder en el centro del gran hermanamiento planetario, como eje vertebrador de una Alianza de Civilizaciones en la que intuimos connotaciones escatológicas? No la verdad, no el amor, no una ascesis de todos los egoísmos en aras del encuentro con los otros, no un examen de conciencia rigurosísimo en el que los hombres, desgarrados, reconocieran entre lágrimas que no aman como deberían; no todo esto, decimos, sino el dogma fundacional de la nueva religión de Zapatero, nuevo mesías del universo político: que no existe la verdad, sino sólo la libertad; que no es la verdad la que nos hará libres –¡Jesucristo ha hecho mucho daño!–, sino la libertad la que nos hará verdaderos. De modo que, según aquel al que no por casualidad Gustavo Bueno ha llamado «el iluminado de La Moncloa», la reconciliación entre los hombres sólo llegará cuando los hombres comprendan que tienen que unirse… en torno al altar de la libertad, un altar donde no se adora a ningún dios, sino a la libertad misma. El único problema, que Zapatero nunca conseguirá resolver, es que la libertad deificada desemboca en una monstruosa hipertrofia de la voluntad, como se observa en él mismo: borracha del principio filosófico de la libertad –«No debo lealtad a nada ni a nadie, salvo a mí mismo»–, la voluntad de Zapatero se expande hasta pretender abarcar los límites de todo el universo. Son muchos los que, conociendo de cerca a Zapatero, han observado que, contra la primera apariencia, no es una persona cálida, sino fría; una persona que se precia de cercana y dialogante, pero que en realidad no escucha a su interlocutor. Zapatero, el Maquiavelo de León, sólo escucha la voz de su daimon: «Recuerda, José Luis, que el poder prefiere a quienes saben mantenerse libres respecto a todo y respecto a todos… El precio es una soledad secreta, pero eso ya no importa a quien ha decidido que puede vivir sin amar realmente a nadie». En su libro, José García Abad recoge una frase terrible de una persona que no revela su identidad, pero que dice conocer bien a nuestro presidente: «El día que Zapatero caiga nadie va a llorar con él, te lo aseguro» (El Maquiavelo de León, pág. 38). Frase terrible, decimos, que es consecuencia de toda una filosofía de vida, aplicada por Zapatero desde su juventud: en aras del poder, todo sacrificio está justificado; incluido el de las amistades, el de las lealtades y, en último término, el de las personas.

¿Es la libertad la que nos hace verdaderos, como predica Zapatero, el nuevo mesías de nuestro tiempo? ¿Es la de la libertad la única religión todavía posible en la hora actual? No, en absoluto: la libertad separada de la verdad conduce a la tiranía y la esclavitud; en buena parte, el mundo occidental de nuestros días, así como nuestro país en particular, son el resultado de haber aplicado precisamente este concepto de libertad, que empieza volando con la delicadeza de una golondrina y termina vomitando fuego como un dragón. No necesitamos aprendices de brujo, teólogos laicos de la libertad como nuestro inefable presidente. Necesitamos, a todos los niveles y en todos los campos de la vida pública y privada, personas que amen profundamente la verdad y que descubran y ayuden a descubrir a los otros que, dentro de la verdad, existe todo un universo de libertad que muchos ni siquiera habían imaginado. Una libertad, por cierto, infinitamente más profunda, hermosa y auténtica que la que pueden ofrecernos todos los José Luis Rodríguez Zapateros del mundo.


* Antonio Martínez Belchí es licenciado en Derecho, profesor de Filosofía en Enseñanza Secundaria y articulista.

 
    Opciones
· Versión Imprimible
· Enviar a un Amigo
    Otros enlaces
· God
· God
· Más Acerca de Altar Mayor artículos


Noticia más leída sobre Altar Mayor artículos:
Altar Mayor Nº - 132 (6)