Bienvenido a la Hermandad del Valle

    Búsqueda


    Menú
· Altar Mayor
· El Risco de la Nava
· El Brocal
· Cuestiones sobre la
Memoria

· Notas sobre el
Valle de los Caídos

Altar Mayor T
Altar Mayor Nº - 139 (13)
Wednesday, 16 March a las 19:18:01

Altar Mayor artículos REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 139  - Extraordinario -  enero / febrero de 2011

 

EL TRILEMA ESPAÑOL
Alfredo Amestoy*



 
 
Entre todas las «desvalorizaciones», «incorrecciones políticas e intelectuales» y «relativismos» que nos invaden, si hay algo que «va de retro» es la escatología –en su vertiente religiosa; no en la otra, claro está– y todo cuanto se relaciona con los Novísimos y las Postrimerías.

No es que no haya respuesta para el «y… después, ¿qué?», sino que no hay pregunta. La propia pregunta ha sido erradicada por inconveniente. Y, lo que es peor, por anacrónica. Pertenece a las preocupaciones del pasado. Y el pasado está también «en vías de extinción».

A pesar de la obsesión por la «memoria histórica», no hay pueblo que en menos tiempo haya roto en mayor grado con su pasado. Hay que reconocer que los «nuevos españoles», como quería Antonio Machado, van «ligeros de equipaje». ¡Menudo peso se han quitado de encima!

Si, de acuerdo con el nuevo programa de estudios, nuestros jóvenes diplomáticos ya sólo deben conocer la historia de España a partir del siglo XVIII, resulta que desde Indíbil y Mandonio a Fernando VI no ha existido este país y el Marqués de la Ensenada está tan lejos como antes Don Pelayo.

Si ésta va a ser la España de los diplomáticos, que van a ignorar qué pasó en Breda y cuál fue el comportamiento de Spínola ante los vencidos en la Rendición, imaginemos qué sabrán de sus antecedentes otros universitarios o los pobres bachilleres.

Admitamos que los «valores», incluso los permanentes, tienen mucho de aleatorios y su cotización, como en la Bolsa, puede fluctuar. Pero los «factores» son inmutables ya que incluso su desorden «no altera el producto».

Nuestros «factores» son, junto a la Colonización, en América y la Contrarreforma, en Europa, el Renacimiento, el Barroco, el Neoclasicismo, la Ilustración, el Romanticismo, la propia victoria sobre el comunismo… Una España sin Siglo de Oro, sin místicos o sin un contexto imperial, es incomprensible. La historia, ni la geografía, como el tiempo o el espacio, no se deben «desintegrar». A veces, ni siquiera se puede; porque todo está cohesionado. Cuando se realiza indebidamente el resultado es que todo se vuelve «incoherente», que es lo que ahora ocurre.

Que el fenómeno sea global no es pretexto para que contemporicemos con el caso español. Nuestro problema es mayor porque este problema nos afecta sólo a media docena de países del mundo. Más del noventa por ciento de las naciones o no tienen pasado cultural o lo tienen tan lejano, como los actuales egipcios, peruanos, mejicanos, incluso los propios griegos. El nuestro, satisfactorio o no, ha sido ininterrumpido, bastante lineal y «coherente»; muy poco «contradictorio».

Sin haber atravesado el rubicón francés del racionalismo, ni haber sufrido una revolución como la francesa –lo ocurrido en l936 no fue una revolución social truncada, como quieren algunos, fue una guerra civil–. Y en esto nos asemejamos a los Estados Unidos de América: en que hemos tenido guerras civiles, no revoluciones burguesas; aunque de ambas guerras civiles nacieron grandes clases medias.

Sin embargo sí tuvimos Ilustración y nuestro Feijoo respondería a lo que cincuenta años más tarde fueron otros ilustrados en Europa.

El fraile Feijoo, «ilustrado» varios lustros antes que Rousseau, se enfrentó a las contradicciones y a las paradojas y las contempló con «ojos españoles».

Pero hemos caído ahora en sus perturbadores redes. La paradoja, que infesta nuestra política y nuestra vida cotidiana, es contaminante porque es una proposición, en apariencia verdadera, que nos conduce a una contradicción lógica; de ahí su perversidad. ¿Por qué? Porque se ofrece una cadena de razonamientos aislados, aparentemente correctos, pero que terminan en contradicciones.

Son falacias, más disimuladas que esos sofismas en los que pronto descubrimos que son conclusiones de un silogismo falseado.

La mentira precisa del disimulo. Y el disimulo –aquí la premisa no es falsa– lo practica perfectamente el simulador.
Posiblemente aquí se encuentra el quid de nuestra cuestión.

Simular y fingir es patrimonio de un numeroso colectivo existente en España.

Al llamarle colectivo ya incurro en una imprecisión puesto que no se trata de un grupo ni de una comunidad, y que si algún día fue un congregado, agregado, ahora disgregado y disperso en la sociedad española, nunca del todo integrado, no deja de alterar la convivencia española con su particular manera de entender la Historia. Vamos a llamar Historia a todo: a la religión, a la política, a la economía, a la cultura, incluso a la gastronomía.

No hace mucho he aventurado que en la actualidad pueden estimarse en varios millones los descendientes de aquellos millares (más de un centenar de millares) de judíos que antes de abandonar España –y sus bienes–, prefirieron la conversión para así no ser expulsados y continuar entre nosotros. Hasta hoy.

Estas conversiones, fingidas en su gran mayoría, han obligado a estos españoles al aprendizaje y al continuo ejercicio de la simulación para esconder su origen, cuando no las prácticas religiosas o las relaciones sociales con otros españoles de origen hebreo.

Este hábito de fingir y simular para ocultar su condición se tradujo en hábitos engañosos que los cristianos hicieron suyos con ingenuidad y candor. Sirvan de ejemplo, la matanza del cerdo en la calle para demostrar que en esa casa se come tocino, o el «rosario de la aurora» para desvelar a aquellos vecinos cristianos que, si no querían taza, iban  a tomar taza y media. Se ha observado que plegarias y canciones del «rosario de la aurora» tienen inconfundibles resonancias de salmodias sefarditas. El culto a la simulación ha podido afectar a nuestra forma de actuar y, naturalmente, al idioma y a su uso y aplicación en la diplomacia y en la política. Y, si así fuera, qué decir de su penetración en la política económica, siempre sujeta a definiciones e interpretaciones ambiguas y contradictorias para esconder con un lenguaje críptico turbios propósitos y aviesas intenciones.

El talento que la raza hebrea derrocha en todo tipo de transacciones, sean éstas políticas o financieras, ha hecho que el sionismo, con o sin la masonería, controlen gobiernos, bancos y medios de comunicación. También en España, donde se da la peculiaridad de la ocultación, justificada por una supuesta, y obsoleta, persecución, que no tiene mucho sentido puesto que las «conversiones» datan de hace cinco siglos y esa querencia victimista, y la incorregible manía persecutoria, podrían haberse superado en España a través de casi veinte generaciones.
Admitido que en este punto sí coincidieron Castro y Sánchez Albornoz, y que, a la presencia y al sustrato de esta raza debemos la mayoría de nuestras virtudes –¡Oh, la mística de Teresa y de Juan!–, pero también casi todos nuestros defectos.

Y no vamos a invocar un trastorno de identidad, disociativo, pero sí una cierta esquizofrenia origen de una contradictoria doble personalidad que favorece la simulación y la mentir.

Si ello impregna nuestra política y nuestra economía, en momentos críticos como el actual, la ética desaparece y la situación se torna preocupante.

Esta cuestión vuelve a surgir y aunque nosotros preferimos mantenerla, recogida, enrollada como estaba en las sacristías el tapiz con el los nombres de los conversos, la célebre «manta» de «¡cuidado, eh, que tiro de la manta!»; mientras a nosotros parece que el árbol nos impide ver el bosque, los extranjeros la observan con claridad.

Gerald Brenan, inglés gran conocedor de nuestra historia, estudioso de los místicos, me hablaba de los «marranos» y desaprobaba su conversión, poniendo como ejemplo a los judíos ingleses sin traumas ni complejos. Sin ir más lejos, Disraeli, del que recordaba su confesión: «me gusta la religión católica porque es inamovible», y en este descubrimiento se basan las numerosas conversiones al catolicismo como se están produciendo ahora en la Inglaterra de Isabel II.

Graham Green estaba de acuerdo con Disraeli, y el norteamericano Paul Bowles con Brenan, respecto a los judíos en España.

Bowles, de cuyo nacimiento se celebra ahora el centenario en su Tánger, no natal pero si vital y mortal, con actos a los que he tenido la oportunidad de asistir, viajó por España, quizás más que el propio Brenan. No por la España del XVIII o del XIX como Ford, Irving, o Mérimée, sino por la España de finales del siglo XX que muchos hemos conocido.

La definición, resumen y corolario de la España de Bowles está recogida en su obra más famosa, El cielo protector, y tanto llamó la atención a Bertoluzzi que se destaca en la versión cinematográfica de la novela:

«España es un país lleno de soldados, de curas y de judios». Para añadir después –y está hablando de la España de Franco–, que «los judíos gobiernan el país». «Entre bastidores, desde luego. Como en todas partes. Solo que en España son muy listos. No reconocerán que son judíos. En Córdoba –y esto le demostrará lo astutos y embusteros que son–, en Córdoba pasé por la Judería, donde está la sinagoga. (El barrio) está atestado de judíos. Pero ¿cree usted que alguno lo reconoce?».

Cuenta que todos le decían que eran católicos, «católicos romanos».

«¡Católicos! Supongo que creen que eso les hace superiores. Fue tan divertido, todos eran judíos. Bastaba mirarlos. Conozco a los judíos. He tenido demasiadas experiencias execrables con ellos como para no conocerlos».

Por supuesto, Bowles tenía razones para conocerlos tanto. La mayoría de los escritores y artistas norteamericanos que fueron en aquella época a Tánger eran judíos. Y su propia mujer, Jane Auer, era judía, perteneciente a una destacada familia de hebreos norteamericanos. 

Wall Street y los Medios de Comunicación son la ordenada y la abcisa en el actuación coordenada y coordinada por el poder sionista y de la masonería. Ya se acepta que en España el Gran Oriente rige nuestros destinos, incluido nuestro «destino en lo universal».

A quién puede extrañar que se produzca una disonancia continua entre las ideas que se exponen y la forma de actuar, más aún si se reconoce que es desde las altas instancias desde donde se cultiva la contradicción creando, para así controlarlo todo a la perfección, es antes, todos los movimientos contraculturales y, ahora, los nuevos agitprop de los ecologistas y de los «antisistema».

¿Qué cabe hacer ante este contubernio que, más que cohabitación, es una gran «cama redonda»? Porque no sólo es un triángulo; es un trilema.

El trilema consistiría estas tres opciones: en depurar a parte de la población y volver a lo de la «pureza de sangre». O en hacernos todos masones y sionistas; difícil, puesto que «no todos los judíos son sionistas, pero todos los sionistas son judíos». O en irse a vivir a otro lugar menos complicado.

Pero este es un trilema. Y ya se sabe que un trilema es un problema que admite tres soluciones… y las tres son inaceptables.

«Ser o no ser», no era una cuestión tan difícil de resolver. Era un simple… dilema.


* Alfredo Amestoy es periodista y escritor

 
    Opciones
· Versión Imprimible
· Enviar a un Amigo
    Otros enlaces
· God
· God
· Más Acerca de Altar Mayor artículos


Noticia más leída sobre Altar Mayor artículos:
Altar Mayor Nº - 132 (6)