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Altar mayor Nº - 139 (11)
Thursday, 17 March a las 08:53:20

Altar Mayor artículos REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 139  - Extraordinario -  enero / febrero de 2011

 

SOCIEDAD, RELIGIÓN, Y EDUCACIÓN PARA LA CIUDADANÍA
Isaías Díez del Río
*



El objetivo de la educación es la virtud y el deseo de convertirse en un buen ciudadano
Platón
 
El resultado más elevado de la educación es la tolerancia
Helen Keller


 
Es admirable una sociedad en la que su Presidente puede decir con toda naturalidad, como lo más normal, lo que Barack Obama pronunció en el ya famoso «Desayuno Nacional de la Oración» (Jueves. Febrero 5.2009). Es admirable, por el grado de armonía y convivencia ciudadanas que la acogida de aquellas palabras entre sus ciudadanos denota. ¿Por qué esa situación no se da en Europa, y, menos todavía, concretamente en España? ¿No tendrá esto algo que ver con la desarmónica relación existente en los países de este continente –fruto de históricos desencuentros–  entre sociedad y religión? ¿Puede, en alguna medida, la educación remediar esta situación? Esperemos que  la aclaración de los términos que intervienen en el debate, como es el propósito de estas líneas, depare algo de claridad al tema suscitado.
 
 


1. Individuo y sociedad

El término «sociedad» conlleva una gran carga semántica, lo que significa que tiene muchas y muy variadas acepciones. Puede aplicarse el término incluyo al reino animal. Aquí, por supuesto, limitamos su empleo sólo por referencia a las sociedades o comunidades humanas, aquellas, en concreto, cuyos miembros tienen conciencia, y conciencia de poseer una identidad común. Lo que en sociología se entiende por «sociedad global».

El hombre, como naturaleza, nace; el hombre, como persona, se hace. Es decir, el «homo socialis» es un ser cultural. Se hace en relación con sus semejantes (sociedad) y en base a lo que recibe o hereda de sus antepasados (cultura). Por eso, precisamente, Aristóteles pudo definir al hombre como un «animal político», un miembro de la polis, de la ciudad, es decir, un ser social.

El individuo sólo existe en cuanto está en relación con los demás, se comunica con ellos y participa de su existencia. Los conceptos de individuo y sociedad son, por eso, inseparables. En realidad, individuo y sociedad son coextensivos, esto es, son realidades simultáneas e interdependientes. La interrelación entre individuo y sociedad es continua, y el contenido y las formas de esa relación marcan la dinámica de la realidad social.

De la relación entre distintos «animales sociales» nació el grupo, tanto el primario, como el secundario. Por eso, en un sentido muy genérico y muy vago, una sociedad es un «conjunto de seres humanos que conviven ordenadamente y se relacionan entre sí». Para garantizar la persistencia del grupo y fomentar su cohesión, se hizo necesaria la regulación de las relaciones interpersonales. La regulación de la vida social generó la sociedad, como estructura y sistema social.

Los hombres, decimos, tienden por naturaleza, a vivir en sociedad. Siendo el hombre causa y efecto, al mismo tiempo, de la sociedad, de él depende el establecer la configuración de su sociedad en base y conformidad a los fines que pretende conseguir viviendo en sociedad.

Las distintas formas que adopta la vida colectiva dependen, en última instancia, del diferente sistema de valores y de normas que posee cada sociedad. Los factores axiológicos son los que, en realidad, marcan la configuración básica de la realidad social. Teniendo en cuenta que los valores emanan y se sustentan, en última instancia, de la cosmovisión o visión de la realidad que impera en una sociedad, la forma que adopta la vida social de una colectividad viene definida fundamentalmente por su cultura o instancia que depara el elemento cosmovisional. Entre las instancias que proveen el elemento cosmovisional a una sociedad, suele sobresalir la religión.

Esta dependencia de la sociedad respecto de la cultura que la anima y conforma, se comprende mucho mejor si se parte de lo que es una cultura: «un conjunto trabado de maneras de pensar, de sentir y de obrar más o menos formalizadas, que, aprendidas y compartidas por una pluralidad de personas, sirven, de un modo objetivo y simbólico a la vez, para constituir a esas personas en una colectividad particular y distinta» (Guy Rocher).

Aunque no se identifiquen plenamente, pues el marco de la sociedad global es una totalidad más amplia y compleja, es tan estrecha la conexión existente entre sociedad y cultura, que «el sistema social sólo puede existir, como sistema normativo de interacciones y de roles, si la cultura le facilita los valores compartidos que modelan la cultura y confieren a ésta una significación comunicable. La cultura sólo existe si se crea y recrea incesantemente en y por la trama de la interacción y de la acción social, de las que es a un tiempo condición y consecuencia» (Ídem).

De lo dicho se concluye que, si existen diferentes culturas, también existen distintos tipos de sociedades. Aunque las diferentes tipologías de sociedades derivan de los diferentes factores o criterios de que se parte para su clasificación, todas las clasificaciones buscan dar con la unidad global que las define/identifica dentro de la posible multiplicidad de facetas diferentes que pueden distinguirse en esa unidad.

Lógicamente, esa unidad viene dada y constituida por los caracteres o elementos más significativos y sobresalientes. Ese vínculo común o principio totalizador, esa unidad en la variedad que configura a toda sociedad, viene ya pedido por la misma etimología. El término «sociedad» deriva del latín «societas», y éste, a su vez, del sanscrito «sacitas», que significa «unidad». ¿Qué es, entonces, una sociedad?

No es fácil encontrar una definición de sociedad capaz de aprehender toda su compleja y variopinta realidad. Con todo, en sentido amplio, una sociedad podría definirse como la «agrupación natural o pactada de personas, que constituye unidad distinta de cada cual de sus individuos, con el fin de cumplir, mediante la mutua cooperación, todos o alguno de los fines de la vida [...] La unidad de fin presupone la concordia de las inteligencias; la unidad de medios, la concordia de voluntades» (Espasa).

Los hombres, que son miembros de una sociedad, se sienten partícipes de un modo de vida común, de unos valores y de unos símbolos comunes. Debido a este común sentimiento, las relaciones que mantienen entre sí son de una intensidad muy superior a las relaciones que mantienen con quienes son ajenos a su sociedad. Esta «unidad de conciencia», este reconocimiento de una identidad común, esta «conciencia colectiva», que diría Durkheim, es condición indispensable para la existencia de una sociedad.

Este sentimiento de comunidad o autoconciencia colectiva convierte al individuo en un microcosmos o sociedad en miniatura, en el sentido de que las conductas de los individuos que integran una sociedad son una reproducción a escala individual de su sociedad. Sus acciones son el último eslabón en que desemboca la identidad de una sociedad en el escenario de la vida real. El hecho de que las nuevas generaciones emergentes lleven incorporada a sus vidas la impronta de la sociedad donde nacen, es tarea que corresponde fundamentalmente a la educación. Siempre ha sido así, desde los orígenes y fundamentos de la educación occidental en la paideia griega. Y sabido es que la paideia griega, como la posterior humanitas romana, se centraba sobre todo en los elementos de la formación que hacían del individuo una persona apta para el ejercicio de sus deberes cívicos.

2. Sociedad y religión

No es posible tratar de la estructura de una sociedad, olvidando a lareligión, que es siempre principal fuente de valores. Las sociedades globales son, de hecho, «ámbitos máximos de convivencia» (E. Martín López), permeados por la religión. Antes hemos dicho que la identidad de una sociedad emana de la cosmovisión que priva en el conjunto de esa colectividad. El componente estructural que, de hecho, depara el marco de orientación y marca el sentido a los miembros de una cultura y de una sociedad, es de naturaleza religiosa, lo que no significa se provenga de una religión instituida. En esta realidad, precisamente, se apoya la presencia y, a veces, la injerencia de la religión en el escenario sociopolítico y cultural de la sociedad. De ahí también la importancia de tenerla siempre en cuenta y no soslayarla, cuando se trata de la educación de los miembros de una sociedad. Dejarla de lado, como en el caso reciente de la nueva asignatura «educación para la ciudadanía» en los planes de la educación nacional, sólo ha conllevado y conlleva males para la paz y la convivencia social.

La influencia del factor religioso en una sociedad global viene determinada por las funciones o disfunciones que la religión puede y suele ejercer dentro de un determinado sistema sociocultural. Aquí hay que rectificar la creencia asumida de que la religión es, como en su día dijo Marx, el «opio» del pueblo, porque puede ser todo lo contrario, es decir, en ocasiones puede ser la espoleta de la revolución. De hecho, entre sus funciones o disfunciones, podrían señalarse:

·         ser fermento generador o destructor de cultura, y, por tanto, instrumento de control cultural y social;
·         ser fuente de cohesión o disgregación social
·         ser agencia moralizadora o desmoralizadora de la sociedad;
·         ser instancia mitopoiética de la sociedad;
·         ser agente legitimador o desligitimador del orden social y del poder político;
·         ser factor impulsor o retardatario del cambio social.

Si esas son las funciones o disfunciones que la religión puede desarrollar en el conjunto de una sociedad, las realidades económicas, políticas y socioculturales que predominan en una determinada sociedad, a su vez, también influyen poderosamente en el hecho religioso. Nunca hay que olvidar que éste, para poder existir y subsistir, siempre tiene que estar situado en un determinado contexto histórico y cultural, que le condiciona sustancialmente su modo de ser y, sobre todo, de expresarse.

Esta influencia del entorno socioeconómico y políticocultural sobre el hecho religioso se aprecia especialmente en nuestros días. El fenómeno en la actualidad más general en occidente de la influencia de esos factores señalados sobre la religión es, quizás, el fenómeno del pluralismo religioso. La progresiva aparición en occidente de distintas cosmovisiones culturales y religiosas al compás de la secularización, efecto ésta del proceso de la modernidad, ha ido generando en la sociedad occidental muchos marcos de orientación y objetos de devoción diferentes de los que venía tradicionalmente ofertando la religión. La aparición de este fenómeno ha obligado a la religión a resituarse en la sociedad, adoptando nuevas y diferentes configuraciones de las que venía manteniendo por tradición. Porque, hay que tener siempre en cuenta que la religión, con la secularización, no desaparece, se transforma. Entre las consecuencias socialmente más significativas y notorias de la secularización y del pluralismo, hay que señalar:

·         Paso del monolitismo religioso (una sola fe), al pluralismo religioso (muchas creencias);
·         La separación de poderes civil y religioso;
·         paso del «confesionalismo» (concordancia entre ley religiosa y ley civil), al aconfesionalismo o laicismo (separación y discordancia entre ley civil y ley religiosa);
·         El indiferentismo religioso, como resultado de tanta oferta religiosa en el mercado;
·         La tolerancia religiosa, como garantía para la convivencia social;
·         La competencia religiosa en el mercado espiritual, bajo la inexorable ley de la oferta y la demanda.
·         la personalización de la religión con la formación de una religión a la carta.

Descendiendo en nuestro empeño al campo concreto que nos afecta, este proceso del cambio o tránsito de un estado de cristiandad, en el que la religión definía toda la realidad, como era el caso de España antes del cambio, a un estado de aguda secularización, después del cambio, con los efectos o fenómenos que acabamos de describir, se ha producido en España de una manera súbita. Este hecho, al coincidir con el derrumbamiento simultáneo de los demás órdenes de la realidad, ha contribuido a la producción de una situación de anomía o desconcierto moral en la sociedad, que ha sido y es preciso remediar/curar.

3. Educación para la ciudadanía

En otras naciones europeas se ha llegado a una situación religiosa secularizada como resultado de siglos de evolución. En España, en cambio, ha sido resultado de un salto, pues ha sido el producto de una auténtica revolución desencadenada en tan solo un par de décadas. Todo ha acontecido a partir de la ya histórica «Transición». Con la desaparición del régimen franquista, se desmoronó todo el sistema/orden político, social, cultural, moral y religioso hasta entonces vigente, provocando en la sociedad un estado de anomía generalizada. Y la anomía sólo se cura con su contrario, que, si existiera el término, se llamaría la nomía. Se entiende por anomía (etimológicamente sin norma), término introducido en sociología por Émile Durkheim, la falta de normas que puedan orientar el comportamiento de los individuos. La nomía, por el contrario, sería la existencia en la sociedad de normas que pueden orientar las conductas de los individuos.

El hombre, decíamos, como pura naturaleza, nace; el hombre, en cambio, como persona, se hace. Es decir, el homo socialis es un ser cultural. La identidad de este ser-cultural se logra a través de los procesos de educación y de socialización. Por medio de estos procesos los nuevos miembros de una cultura, de un grupo, de una institución, aprenden los valores de esa cultura, ese grupo o esa institución; al aprenderlos, los interiorizan; y, como resultado de ese proceso, terminan configurando y sintonizando sus vidas con las expectativas sociales que tales valores generan. El resultado final de ese complejo proceso, en efecto, es que, como previamente decíamos, las conductas de los individuos que integran una sociedad son una reproducción a escala individual de esa sociedad.

La identidad de los individuos y de los grupos la forman básicamente, decíamos, los valores compartidos. Por lo que venimos diciendo, estos valores les advienen y adquieren por medio de la educación y socialización. Una comunidad global, como lo es la constituida por una colectividad nacional, precisa, por tanto, de la educación de sus miembros en los valores compartidos, para poder garantizar a la sociedad su continuidad en armonía y paz. Educación y socialización son, de hecho, los medios socialmente instituidos y, hasta ahora, universalmente reconocidos como los más adecuados, para crear y fomentar la convivencia y armonía cívicas. Consiguen estos resultados, al conseguir con su función aunar las conciencias de los ciudadanos en la vivencia de unos mismos valores. En este hecho se basa la educación para la ciudadanía.

Esta educación que, por cierto, existe en toda la Unión Europea, es en España más necesaria y urgente que en el resto de las naciones europeas, por el hecho de que la ruptura que supuso la Transición en su continuidad histórica, ha sumido a esta sociedad, durante bastante tiempo, en un estado de anomía, obligándola a realizar, para salir de ese estado, una renomización en todos los ámbitos de la realidad social. Esto significa que ha tenido que repensar su nuevo orden político, cultural, religioso, moral y social. En una situación social de incertidumbre y desconcierto valorativo, como consecuencia de la crisis de los valores heredados, es preciso consensuar entre los distintos agentes sociales los valores básicos en torno a los cuales ha de girar la educación de los nuevos ciudadanos, para que sintonicen sus vidas con esta nueva identidad nacional o sociedad global.

Lo discutible, por tanto, no es la necesidad y finalidad de esa asignatura de la «Educación para la ciudadanía», cuya única finalidad es la educación en los valores humanos, recomendada por el Consejo de Europa, sino la falta de consenso entre los agentes sociales sobre los contenidos concretos de esta materia y los medios para conseguirlos.

En un mundo globalizado, como el nuestro, se impone una educación cívica que posibilite conjugar en el grupo humano pluralidad y comunidad. Para tal fin, es evidente que, a nivel global, entre los valores de esta educación están los valores universales de los derechos humanos. Pero, el ser humano, además de ser ciudadano del mundo, es ciudadano de una comunidad concreta. Por eso, además de los valores universales, también hay otros valores particulares, que es necesario inculcar al aprendiz de hombre, para que el día de mañana sea un hombre cívico y cabal en su propia comunidad. Dentro de esos valores, puede haber algunos de carácter ideológico, que rocen lo moral y lo político. Y es en estos contenidos y en su programación donde suele aparecer la discordia con la religión. Pero, toda disonancia entre interlocutores, se suele corregir y arreglar con el diálogo, que busca la convergencia de las distintas mentalidades. El que el diálogo se dé o no, depende de la acogida que éste tenga entre los diferentes agentes sociales, que se consideran afectados por el asunto.

En nuestro caso, donde el diálogo entre los agentes sociales afectados se ha dado, se ha llegado a un consenso satisfactorio para las partes contendientes o en litigio. Allí donde el diálogo no se ha dado o recusado, la respuesta ha tenido que venir del Tribunal Supremo, que, con fecha 28.1.2009, ha declarado legitimada constitucionalmente la asignatura «educación para la ciudadanía», tal como ésta está aprobada oficialmente en el Real Decreto 1631/2006.

Según el Real Decreto citado, «La Educación para la Ciudadanía tiene como objetivo favorecer el desarrollo de personas libres e íntegras a través de la consolidación de la autoestima, la dignidad personal, la libertad y la responsabilidad y la formación de futuros ciudadanos con criterio propio, respetuosos, participativos y solidarios, que conozcan sus derechos, asuman sus deberes y desarrollen hábitos cívicos para que puedan ejercer la ciudadanía de forma eficaz y responsable». Según la visión, un tanto utópica y, tal vez, también interesada, de los defensores de la ley, «la nueva asignatura […] pone las bases de un futuro comportamiento cívico, democrático, patriótico de verdad, informado, responsable y participativo. Promueve el respeto y la ampliación de todos los derechos humanos y de toda minoría social; presenta el diálogo como única solución de los conflictos, la igualdad de géneros, la solidaridad sin fronteras, la paz en la justicia; combate la xenofobia y el racismo; describe objetivamente y ensalza la pluralidad política sin autoritarismos, así como la nacional, cultural y lingüística de los españoles; la laicidad del Estado y el valor de la religión, las reglas éticas entre partidos, el análisis científico de las ideologías y los deberes ecológicos; todo ello sin sectarismo ni dogmas doctrinales impuestos a los alumnos» (J. A. González Casanova, El País, 02/05/2007).

Es obvio que tal como son anunciados y enunciados estos altos y nobles objetivos generales que persigue la ley, la asignatura no ofrece motivos de objeción. Las objeciones nacen de algunos contenidos concretos que en su programación rozan el ámbito de la moral, área formativa ésta donde se siente especialmente concernida la religión; y, sobre todo, en la posibilidad hermenéutica –siempre inevitable– de quienes imparten los contenidos. Porque, como en el resto de asignaturas, también, y especialmente, en ésta, es el profesor, que imparte la materia, el principal agente de su recta o torcida interpretación. Teniendo, quizás, esto en cuenta, el Tribunal Supremo también se pronuncia sobre los contenidos y el profesor, precisando que la EpC no permite a las autoridades administrativas o escolares, ni a los profesores, imponer a los alumnos criterios morales o éticos que son objeto de discusión en la sociedad. Su contenido debe centrarse en la educación de principios y valores constitucionales.

En cuanto a los enunciados de la ley que rozan la ética o moral cristiana, objeto de discordia, hay que señalar que, sin negar las razones que los objetores a la ley aducen, la impresión que transmiten quienes hacen, en concreto, las objeciones, es que parecen desconocer o no tener muy en cuenta que actualmente España es una sociedad culturalmente plural y políticamente laica, donde el poder político tiene legitimidad para legislar al margen, aunque no en contra, de las creencias religiosas, siempre que esa legislación busque el bien común y se mantenga dentro de los límites marcados por la Constitución. ¿Bastará esta doctrina del Tribunal Supremo para acallar todas las quejas y, de ese modo, despejar el camino a esta nueva asignatura, de forma que su andadura pueda producir pronto los beneficios educativos que de ella se esperan? El tiempo lo dirá.

Lo que es indiscutible, por indudable, es que el futuro de una sociedad se fragua y modela en la educación. Por eso, sería admirable que las futuras generaciones de españoles, corrigiendo los defectos de sus predecesoras a través de una esmerada educación, pudieran llegar a un entendimiento tan compartido y armonioso, que en esa próxima sociedad futura pudiera respirarse ese aire de armónica y pacífica convivencia, que al comienzo de estas reflexiones evocábamos como prerrogativa de la sociedad americana.


* Isaías Díez del Río es agustino y licenciado en Lenguas Clásicas.

 
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