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Altar Mayor Nº - 139 (10)
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Altar Mayor artículos REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 139  - Extraordinario -  enero / febrero de 2011

 

HISPANOAMÉRICA ¿HABÍA PARTIDO MAL HACIA LA INDEPENDENCIA? Reflexión doscientos años después
Juan Velarde Fuertes*



 
 
¿Podemos estar tranquilos por lo que sucede en sus respectivos ámbitos económicos todos los que amamos a esa posible anfictionía de pueblos hispanos? Está repartida esencialmente entre Europa y América. El flanco asiático de Filipinas ha desaparecido al ser absorbido por el ámbito cultural norteamericano. Sin embargo, existen enlaces africanos que no se pueden ignorar. Además, se debe ampliar con los países con raíces lusitanas, gracias a la evidente fraternidad hispanoportuguesa. Efectivamente, en estos momentos contemplamos ciertos crecimientos en muchas de sus economías, pero, a largo plazo, ¿qué es lo que contemplamos? Es ésta una consideración que no puede dejar de hacerse cuando, en estos momentos, de México a Chile y Argentina, se celebran los fastos del segundo centenario del inicio de la separación de España.

Un contraste elemental es el PIB por habitante (PIB p.c.), comparado con el de España, la vieja metrópoli. Los últimos datos disponibles de esta magnitud, en paridad de compra (ppa) para el año 2008, muestran que, según el Banco Mundial, la media de esta magnitud en el mundo era de 16.375 dólares. Por encima estaban España, con 34.274 y Portugal con 22.012. Por debajo de la media, todo el ámbito iberoamericano y africano. El cuadro 1 muestra las cifras de todos estos países, de mayor a menor. Pero además existe otra diferencia que se observa en la segunda columna del cuadro, determinada por el coeficiente de Gini. Cuanto más alto es éste, mayor desigualdad en la distribución de la renta. Este coeficiente es, para España, de 34’7 según el «Informe sobre Desarrollo Humano 2009» del PNUD y para Portugal de 38’5.

 
Países
PIBpc(ppa)
Índice
de Gini
Países
PIBpc(ppa)
Índice
de Gini
Guinea Ecuatorial
18.004
s.d.
República Dominicana
4.393
50’0
Puerto Rico
15.951
s.d.
Perú
4.184
49’6
Venezuela
11.271
43’4
Ecuador
3.938
54’4
México
10.072
48’1
El Salvador
3.518
49’7
Uruguay
9.507
46’2
Cabo Verde
3.077
50’5
Chile
9.253
52’0
Guatemala
2.808
53’7
Argentina
8.055
50’0
Paraguay
2.537
53’2
Brasil
8.024
55’0
Honduras
1.778
55’3
Panamá
6.863
54’9
Bolivia
1.665
58’2
Costa Rica
6.403
47’2
Nicaragua
1.135
52’3
Cuba
5.512
s.d.
São Tomé y Príncipe
1.115
s.d.
Angola
5.504
58’6
Mozambique
404
47’1
Colombia
5.192
58’5
 
Cuadro 1



Pero estos países económicamente son dispares. Al contemplar lo sucedido, desde 1950 a 2008, Fernando Martín Mayoral, en su artículo «América Latina, ¿convergencia o divergencia?», publicado en Estudios de Economía Política, enero 2010, señala que «las desigualdades en “renta per capita” entre los países de América Latina han permanecido prácticamente constantes entre 1950 y 2008», y que «partiendo de una función de producción neoclásica y aplicando los tradicionales análisis de convergencia beta y convergencia sigma, se observa un lento proceso de aproximación de los países latinoamericanos hacia niveles de renta “per capita” comunes que parece finalizar en 1985. Desde ese momento, la velocidad de convergencia beta aumenta, al igual que la dispersión en la renta “per capita” entre los países analizados, mostrando un proceso de convergencia beta condicional hacia estados estacionarios diferenciados». ¿Aparece así más de un club, por convergencias dispares?

Naturalmente esto no impide que quizá, en algunos países, exista un dinamismo grande. Como señala Vicente J. Montes Gan, en su tesis doctoral, «Las fuerzas del desarrollo económico. Un enfoque institucional sobre la prosperidad de las naciones con especial repercusión a África Subsahariana» (Universidad Complutense de Madrid, Facultad de Derecho, 2010), éste se evidencia con avances notables, en el periodo 1996-2006, en Costa Rica, Chile, Uruguay, Brasil y Venezuela, pero en el resto, en ese periodo, no se observan mejoras relativas.

No salen de modo diverso las comparaciones derivadas del Índice de Desarrollo Humano (IDH). De acuerdo con la proyección para 2007 del PNUD, el índice español fue ese año de 0’955 –igual a Austria y Dinamarca‑, y el portugués de 0’909. Los iberoamericanos se escalonan entre Chile 0’878 y Nicaragua 0’699. O bien el Indicador de Gobernanza preparado por Kauffmann y Kracy para el Banco Mundial en el periodo 2000-2009, ofrece las cifras de 1’09 para España y 1’18 para Portugal, mientras que en Iberoamérica se escalonan entre Chile, que con su 1’31 explica muchas cosas, y sólo tres positivos más ‑Costa Rica, 0’68; Panamá, 0’18 y Uruguay, 0’74‑ siendo el resto negativo, con un -0’99, Venezuela en cabeza.

Está abierta la polémica si esta situación es por herencia hispana, como sostienen C. North, W. Summerhill y B. R. Weingast, en Orden, desorden y cambio económico: Latinoamérica vs. Norteamérica (AEDEAN, 2002), o es por errores propios de los alzados e independizados, como comenzó a señalar Flórez Estrada en su Examen imparcial de las disensiones de la América con la España, de los medios de su recíproco interés y de la utilidad de los aliados de la España (Imprenta de R. Juigne, 17 Margaret Street-Cavendish Square, London 1811), o se desprende de D. Acemoglu, S. Johnson y J. Robinson, Colonial origins of comparative development: an empirical investigation (National Bureau of Economic Research, 2000). Por ejemplo, lo que sucedió en el terreno de la educación. En el artículo de Ewout Frankema. «The expansion of mass education in Twentieth Century Latin America: a global comparative perspective», aparecido en Revista de Historia Económica. Journal of Iberian and Latin America Economic History, invierno 2009, se muestra cómo la cuestión de la educación parecía estar en el primer plano de los caudillos de la independencia. San Martín, en 1822 señalaba que «la instrucción pública es la necesidad primaria de todos los pueblos. Cualquier gobierno que no la promueva es reo de un crimen que las generaciones posteriores tienen derecho a condenar, mientras abominan de su memoria». Y Bolívar ordenó la creación de unas Escuelas de formación de maestros en todas las capitales departamentales de Perú en 1825. Esto pareció incluso generalizarse. Pero este impulso hacia la cantidad no se unió con otro hacia la calidad. E. A. Hanushek y L. Woessmann en su «Working Papers Schooling, Cognotive Skills, and the Latin American Growth Puzzle» (National Bureau of Economic Research, 2009) muestran cómo la pobre calidad de la educación de masas de la región, creó un impacto negativo en el desarrollo, siendo «una de las razones principales de las pobres tasas de desarrollo en la etapa que sigue a 1960».

Como consecuencia, si la herencia recibida era mala en este sentido, a lo largo de dos siglos no se hizo ningún esfuerzo serio para remediarlo. Pero los hechos están ahí, y si la causa de la mala realidad actual es la herencia hispana, es evidente que España aprendió la dura lección de cómo esquivar el subdesarrollo, mas eso no sucedió en Iberoamérica, al menos hasta ahora.

René Dumont publicó, en los momentos en que culminaba el proceso independentista africano, un ensayo con un título que pareció a todos muy afortunado: L’Afrique noire, est mal partie? Pues bien; el único país hispano, Guinea Ecuatorial, que se separó sin trauma bélico alguno –para conocer ese proceso, consúltese el reciente libro de Pedro Ekong Andeme, El proceso de descolonización de Guinea Ecuatorial (2010)‑, he aquí que era el situado en cabeza como se contempla en el cuadro que se acompaña. Por lo tanto, hasta ahora, esos doscientos años de independencia no ofrecen en lo económico un fruto aceptable, y por ello es lícito preguntar: Iberoamérica, tal como montó su futuro político hace doscientos años, ¿había partido adecuadamente en lo económico? Más de una vez, alguno de esos países hispanos pareció que definitivamente levantaba el vuelo. ¿No merece la pena impulsar de nuevo, y para siempre, su salida colectiva del retraso? Esto es fundamental para España, porque si algo puede ser aún, a Hispanoamérica ha de deberse.


* Juan Velarde Fuertes es Catedrático. Secretario de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas.

 
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