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Altar Mayor Nº - 139 (09)
Thursday, 17 March a las 09:02:37

Altar Mayor artículos REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 139  - Extraordinario -  enero / febrero de 2011

 

DISONANCIA Y MALESTAR SOCIAL
Luis Buceta Facorro*



 
 
La disonancia implica falta o rotura del equilibrio. El ser humano, ese ente tan difícil de comprender, por algunos de nuestros ministros, necesita un equilibrio fisiológico y psicológico, que se lleva a cabo en un proceso vital en el cual nunca se alcanza el equilibrio perfecto y definitivo, sino que nuestra personalidad constituye un equilibrio con continuos desequilibrios o un desequilibrio permanentemente equilibrado. Mientras mantenemos este juego continuo de equilibrio-desequilibrio-equilibrio estamos en el desarrollo y proceso vital normal. Es decir, que el desequilibrio, sea cual sea su intensidad, es tan normal como la armonía equilibrada, siempre que la vayamos recuperando después de nuestras tensiones desequilibrantes. Hay, pues, trastornos que son propios del desarrollo vital y que, incluso, son imprescindibles para nuestro desarrollo positivo y de maduración. Sin embargo, si el desequilibrio es de una cierta persistencia e intensidad, de forma que no restablecemos nuestro equilibrio, surge en el caso del equilibro fisiológico, la enfermedad y si se trata del equilibrio psíquico, los trastornos o enfermedad psíquica, según sea la intensidad.

La cuestión es si, al igual que el individuo, la sociedad, el cuerpo social, necesita un equilibrio y si puede sufrir desequilibrios que rompan la armonía que debiera haber. Parece que los grandes pensadores, de una u otra forma, han defendido que la sociedad ha de tener un cierto orden y estructura que le da estabilidad y equilibrio, pero que, al igual que en los humanos, esa estabilidad es desequilibrada de forma que se producen conflictos prácticamente permanentes, que de una parte rompen la armonía deseada, pero de otra son factores de desarrollo y cambio positivo a veces, negativo en otras. Cualquier cambio puede ser positivo pero también puede dar lugar a conflictos. El cuerpo social no es armónico e idéntico si no que hay, pues está formado por personas, un más o menos intenso contraste de creencias, valores y formas de vida o interpretaciones de la vida. Si de una sociedad concreta vamos aumentando el círculo a otras sociedades hasta llegar al mundo entero, entonces los conflictos se multiplican porque el contraste de creencias, valores y formas de vida es mayor, cuando no contradictorios entre sí. Esta situación se ha hecho realidad inequívoca y patente con la globalización que implica contacto y comunicación inmediata y permanente que ha universalizado los acontecimientos produciendo fenómenos de causa y efecto, hasta ahora desconocidos o mitigados. Ante la idea de una convivencia en paz y armonía las situaciones contradictorias son tan patentes e importantes que producen asombro y malestar generalizado. Ya hay que decir que como todo fenómeno social, la globalización puede producir, también, bienestar, alegría y satisfacción generalizada ante acontecimientos que en tiempo real son percibidos en todo el mundo, por millones de personas.

Pero, en este momento, estamos en las contradicciones, que justifican el objeto de estudio de una sociedad contradictoria, sociedad disonante. Ya nuestro Diccionario de la Lengua Española (DEL), nos señala como «contradictoria»: «cualquiera de dos proposiciones, de las cuales una afirma lo que la otra niega y no puede ser a un mismo tiempo verdaderas y aún mismo tiempo falsas» por lo que habrá «contradicción» cuando una proposición o aserción contiene cosas contradictorias. Es evidente que en una situación contradictoria hay un choque entre dos realidades, lo cual produce discordancia en la mente de los individuos que lo constatan. Socialmente se producen continuamente estas contradicciones que, incluso, a veces, son difíciles de entender. Cuando en los países que han alcanzado el llamado estado de bienestar, quedan amplias capas sociales excluidas de la media de ese bienestar y, algunos totalmente al margen en un índice real de pobreza, estamos ante una situación contradictoria que chirría intensamente. En algunos estudios se nos dice que en España hay ocho millones de pobres, que representa la quinta parte de la población, evidenciándonos que esto está en franca contradicción con las afirmaciones de que somos un país con un alto bienestar. Sin embargo, las contradicciones tienen distintas intensidades, porque la pobreza de España y de las naciones desarrolladas no es comparable a la que sufren millones de personas permanentemente en el mundo. Recientemente la tragedia de Haití ha vuelto a poner a los ojos del mundo, pero especialmente de Occidente, no la pobreza sino la miseria de un país que está dentro del área Occidental, sin que durante años hayamos hecho otra cosa que mirar hacia otro lado, sin hacer nada por remediar esa situación. Llama la atención, desde la perspectiva ética y de la psicología social, la contradicción que representa que las personas que viven en países desarrollados, con niveles de vida muy superiores a los de sus padres y, no digamos de sus abuelos, puedan estar, permanentemente, manifestando malestar, dentro de su evidente y privilegiada opulencia. Parecería que ese dicho traducido en canción «siempre queremos más», se cumple personal y socialmente, de forma que en sus apetencias el ser humano fuera un ser desbocado, sin límites en sus apetencias, y, por consiguientemente nunca satisfecho y feliz con lo que tiene.

No hay una lógica concordancia que representa «correspondencia o conformidad de una cosa con otra», (DEL), por lo que consecuentemente se produce «disonancia». Hay pues una evidente relación entre contradictoria y disonante. Relación que no es identificación, pues la contradicción se refiere a los hechos sociales y la disonancia se refiere a los efectos en las personas concretas. La disonancia es psicológica y personal, aunque puede tener una dimensión social cuando se produce en una amplia base de un grupo o de la sociedad en general. Aunque nuestro diccionario de la Lengua ya nos da una pista, la teoría de la disonancia cognoscitiva la formuló el profesor Festinger hacia 1957, y ha sido utilizada, con éxito, en la comprensión de las conductas individuales y sociales. Para ser consecuentes en nuestro estudio, partamos de nuestro diccionario, que entiende por «disonante» aquello «que no es regular o discrepa de aquello con que debiera ser conforme», término que deriva de «disonar» al que le da dos acepciones: 1/ Sonar desapaciblemente; faltar a la consonancia y armonía. 2/ Discrepar, carecer de conformidad y correspondencia algunas cosa o las partes de ellas entre sí cuando debieran tenerlas». Creo que hay una concordancia con el planteamiento psicosocial de Festinger, pues el punto central de su teoría consiste en afirmar que los seres humanos buscan un estado de armonía en sus cogniciones, que se manifiesta en una consistencia y congruencia entre sus actitudes, opiniones, conocimientos y valores, aclarando que el término cognición se refiere a «cualquier conocimiento, opinión o creencia sobre el medio, sobre uno mismo o sobre la conducta de uno» (Festinger, 1975; 16). Hay pues disonancia en una persona cuando percibe en su mente que coexisten dos elementos, dos concepciones, dos situaciones una de las cuales es opuesta a la otra. Estamos ante una contradicción que no es solo una disonancia lógica sino también psíquica y, como tal, totalmente subjetiva. La disonancia, pues, es el opuesto de la consonancia que implica que entre los elementos, concepciones o situaciones hay una relación lógica y, por consiguiente, concuerdan entre sí. El equilibrio psicológico viene determinado por las situaciones de consonancia, por lo que la disonancia rompe este equilibro que el sujeto necesariamente ha de tratar de restablecer.

La existencia de disonancia implica una situación psicológicamente incómoda, por lo que la persona trata de reducirla y lograr la consonancia. Hay un comportamiento hacia la reducción de la disonancia, pero también, además, la persona evita situaciones e informaciones que podrían, probablemente aumentarla. De aquí que los «orgullosos de ser de izquierdas» lean un determinado periódico y los «orgullosos de ser de derechas» lean otro distinto. Las personas quieren oír lo que afianza sus creencias y actitudes para así no romper su equilibrio psicológico. Esto explica, también, cómo cada grupo se cierra en sí mismo, recreándose siempre en torno al mismo y no abriéndose a otros grupos, ideas o creencias. Lo conocido da seguridad y consonancia mental, mientras que todo lo nuevo o contradictorio, puede producir disonancia. Normalmente todos los grupos tienden a ser exclusivos y excluyentes de forma que solo se admite a los que coinciden con sus normas, principios y objetivos. En cierta manera tienden a lo que podríamos llamar un «autismo social», lo que conduce a unas divisiones y compartimentos estancos en la sociedad, que no favorece una sociedad abierta y plural, en la que la comunicación sea fluida entre los grupos de todo tipo.

El carácter subjetivo de la disonancia implica que su magnitud o intensidad para cada persona dependerá de la importancia que para ella tengan los elementos disonantes. La importancia es un concepto subjetivo, por lo que aquello que a unos le produce disonancia a otros no se la produzca o lo haga con una intensidad menor. Cuanto mayor sea la magnitud sentida de los elementos o situaciones disonantes mayor será el desequilibrio y la tensión interior que produzca en las personas. Hay otras variables que influyen en la intensidad de la disonancia tales como el compromiso y la libertad con respecto a la situación creada. Una decisión acarrea compromiso si afecta inequívocamente al comportamiento posterior. Esto no implica que la decisión sea irrevocable, sino que tiene claras consecuencias en el desarrollo posterior de los acontecimientos mientras la persona mantenga esa decisión. Por consiguiente la intensidad sentida por la disonancia aumenta en función del mayor grado de compromiso y de su libertad o voluntariedad con respecto a la situación o solución adoptada. En todas las decisiones tomadas durante nuestra vida, en las que existen diferentes alternativas la magnitud de la posible disonancia posterior, está en relación creciente con la importancia general de la decisión y del atractivo relativo de las alternativas no elegidas. Esto sirve desde la compra de coche, un piso, una televisión, etc., hasta decisiones más serias como el matrimonio o la opción por un puesto de trabajo.

En el momento actual se ha producido en occidente, afectándonos a España y Europa, una disonancia a través de esta crisis que supone el choque entre las expectativas y promesas, así como la realidad de un nivel alcanzado y la presencia de una situación que quiebra esa realidad y da al traste con la esperanza de alcanzar mayores cotas de bienestar y satisfacción. La auténtica tragedia es la de los parados que habiendo alcanzado un nivel de vida muy gratificante con el trabajo que tenían, repentinamente se encuentran que tienen que dejar de disfrutar de esa situación y volver a la de simple supervivencia, cuando no de pobreza. La intensidad de la disonancia producida por este choque es sumamente intensa y conduce inevitablemente, a una situación de malestar y tensión psicológica grave. Y cuando esta disonancia afecta a más de cuatro millones de españoles, indudablemente estamos ante una disonancia colectiva, que conduce, inexorablemente, a una situación de malestar social. El malestar social que haya producido la crisis actual tendrá una magnitud para las diferentes personas, pero socialmente podemos señalar algunas diferencias. La intensidad de malestar en su máximo grado será, como hemos dicho, en los parados que ven desaparecer, ante ellos, las bonanzas del estado de bienestar. Le seguirá en intensidad la disonancia que produce en los que trabajan ante la posibilidad real de que ellos puedan perder su puesto de trabajo. Y por último, los que menor intensidad debiera tener son los que tienen garantizado su sueldo o pensión, es decir, funcionarios y pensionistas. Aunque a estos últimos le hayan congelado sus pensiones y a los funcionarios le hayan bajado los sueldos, es evidente que tienen la seguridad de unos ingresos pero verán afectado su nivel de vida, teniendo que renunciar a bienes y servicios de los que antes disfrutaban. Por lo tanto también estos sentirán un malestar intenso, aunque psicológicamente hablando, debe ser menor y, por consiguiente, afectarles menos a su consonancia. Cosa que el parado tiene rota de una forma brutal.

Aunque aquí la libertad personal no juega como variable de la magnitud de la disonancia, sí están jugando las promesas hechas y la creación de la idea de un progreso y bienestar indefinido. Es el error de las continuas promesas del Estado de bienestar, creando un clima de que todo se puede alcanzar o, peor; que todo se nos va a dar y proporcionar para nuestro regalo y satisfacción, cada vez en mayor cantidad y calidad. Es la demagogia política de los votos haciendo promesas que halagan, sin la contrapartida de la exigencia del esfuerzo para alcanzar las metas prometidas. Eso, cuando no se falta a la verdad sabiendo que son objetivos inalcanzables, cuando menos, a corto y medio plazo. En el caso de España se refuerza la intensidad del desorden producido por la disonancia cuando todos aquellos que están en una situación de necesidad, de paro o de pobreza contemplan a su alrededor la presencia de vidas opulentas, regaladas de todo, con ostentación y frivolidad permanente y, aún, es mayor la magnitud de la disonancia y su malestar e indignación, cuando se le hace patente el despilfarro, la corrupción y el cinismo de los hombres públicos que precisamente fueron elegidos o designados para resolver estas carencias y buscar formula que proporcionen esas posibilidades deseadas. Esta disonancia produce rabia, indignación y, sobre todo, resentimiento en las personas que la sufren, a lo que se añade la sensación de impotencia al sentir que no pueden hacer nada y su vida se desenvuelve ante la indiferencia y las buenas palabras de los políticos que tanto prometen en las campañas electorales, pero que, ahora, no sufren la crisis ni tienen un comportamiento de solidaridad ejemplar. Hemos creado una estructura política y administrativa que se preocupa y ocupa, en el mejor de los casos, de los grandes problemas macroeconómicos y sociales y olvida, con demasiada frecuencia, los problemas concretos de las personas concretas. Acabo de oír como colofón de una reunión de cinco horas de los que gobiernan para promover puestos de trabajo la brillante frase: «Nos mueve el paro y nos conmueve el dolor de los parados». Si esa es la solución que han encontrado que Dios nos coja confesados pues flaca queda toda esperanza en el futuro.

El crear la idea de que hay una entidad, en este caso «el Estado» que nos va a proporcionar todos los elementos de bienestar conduce a que las personas se liberen de responsabilidad y de toda culpa de esa situación personal, exonerándonos de compromisos sociales y colectivos. No se ha exigido el esfuerzo y compromiso en el servicio a la vida colectiva, se ha creado una sociedad hedonista donde cada uno consigue el mayor bienestar posible, alcanzando aquellos elementos imprescindibles para «una vida abastecida de cuanto conduce a pasarlo bien y con tranquilidad» (DEL). Hemos desarrollado el tener, sin desarrollar el ser, y hemos promovido la frivolización y la banalización del consumo y la moda, por lo que se desarrollan unas personalidades que se reconocen en sus mercancías y llegan a percibir a «los otros» individuos también como mercancías. El individualismo egoísta, y la indiferencia y la insolidaridad es el resultado final. Sin que podamos entrar en este apasionante tema, sin embargo son muchas las voces que dicen que esta crisis no es solo económica sino también de valores y actitudes.

Las últimas huelgas y revueltas en Francia contra las drásticas medidas del gobierno, han manifestado y así lo expresaban en sus gritos y pancartas, que no quieren perder el estado de bienestar y no están dispuestos a bajar de nivel de vida. La disonancia ante esta crisis es, con mayor o menor intensidad, propia de todos los países desarrollados, donde se había logrado el mayor nivel de vida hasta ahora alcanzado. No es la sociedad mejor posible, pero sí es la mejor alcanzada, para la gran mayoría de las personas que la componen. En España, desgraciadamente, por la irresponsabilidad y sectarismo ideológico del gobierno socialista, en su versión radical y revanchista, hemos de sufrir otra disonancia que agrava, en una parte de la sociedad significativa, la angustia, inseguridad y desazón que produce al momento presente. Me refiero al enfrentamiento radical entre pasado y presente, al no haber querido ni sabido asumir la propia historia e intentado una ruptura, mediante la distorsión o el rechazo generalizado e indiscriminado, especialmente, de la historia reciente, sin afrontar un estudio objetivo y sereno. Se ha presentado este pasado como la encarnación de todos los males sin mezcla de bien alguno, que oprimía e imposibilitaba el desarrollo humano y social. Se trataba de una estructura política y social que encarnaba y fomentaba la injusticia, el olvido de los menos favorecidos, evitando el desarrollo y el progreso. El pueblo español se presenta como un pueblo al que se le negaba el acceso al conocimiento, la cultura, al pensamiento, al trabajo digno y al desarrollo personal. Cuando nuestra reciente historia se ha presentado así, nadie, de los que tenían medios, posibilidades e incluso obligación de hacerlo, ha defendido los aspectos positivos, con lo que por omisión y silencio vergonzante, en bastantes casos, crearon el ambiente generalizado, la disonancia en las mentes, según la cual todo lo anterior que ellos habían vivido era la expresión de lo vituperable, negativo y rechazable, y, por el contrario, lo actual es el bien deseable, liberador, progresista y ardorosamente esperado. En España, donde se ha realizado una ejemplar transición política, sin solución de continuidad, se ha llevado a cabo una ruptura psicológica y mental, profunda y radical, a través de la técnica de la espiral del silencio y de la acción de unos políticos más empeñados en ajustar cuentas que en saldarlas definitivamente. Ejemplo patente es la condena, rechazo y destrucción, a lo talibán, de todo vestigio, de lo realizado y de lo que representa, que se plasma en la Ley de Memoria Histórica, digna de ser analizada con serenidad y objetividad. Recordaré aquí lo que el profesor Adolfo Muñoz Alonso (1973, nos enseñó; al señalar que la Ley tiene que ser «expresión de los hombres para los que se promulga y no expresividad impositiva del Estado sobre los ciudadanos a los que se dirige». Muñoz Alonso, 1973; 322).

Este es un caso flagrante de doble disonancia. De una parte estamos los que nos sentimos heridos y escarnecidos por esa sectario e injusto trato dado al pasado y la tergiversación de lo que es una historia con hechos objetivos, acertados unos y desacertados otros, evidentemente, como en toda obra humana, pero que hay que asumir, como todo el resto de la historia pasada y no tergiversarla ni retocarla para que sea lo contrario de lo que fue. De otra parte, al volver a revivir y convertir en polémica el pasado reciente, aunque han pasado más de setenta años, hay otra parte de españoles que sufren disonancia pensando que no se está consiguiendo el revanchismo adecuado y contundente ante los valores, ideas y creencias que defienden o representa la «otra» parte. Nuestra tragedia pasada había quedado, esto es el significado de la Transición, en la intimidad de las conciencias individuales y en manos de los historiadores; sin embargo, al darle una dimensión colectiva, desde la acción del Estado, ha vuelto a provocar dos disonancias contradictorias que, en vez de unir, inevitablemente producen separación y enfrentamiento. Hay sectarismo y agresividad por una de las partes y a así nos lo ha recordado Benedicto XVI en su última viaje a España: «El encuentro –¡no desencuentro!– entre fe y laicidad tienen un foco central, también, en la cultura española [...] En España, ha nacido una laicidad, un anticlericalismo, un secularismo fuerte y agresivo como lo vimos precisamente en los años treinta». Han roto el pacto tácito y el espíritu de la Transición que implicaba la reconciliación de las dos Españas en una de todos y para todos.

Precisamente en este sentido, reforzando la crisis de valores y actitudes, está la legislación laicista que trata de imponer a los españoles concepciones, formas y valoraciones ideológicas que van en contra de los principios y valores cristianos que son el fundamento de nuestra identidad y, que, indudablemente, para una mayoría significativa de españoles son contradictorios y producen disonancia en ellos. La «guerra» de los crucifijos, la nueva ley del aborto, el divorcio exprés, las nuevas normas del registro civil y los apellidos, el considerar matrimonio a la unión entre homosexuales, y un largo etc., que no podemos narrar aquí, pero que agrava la disonancia existente, hoy, en la sociedad española y el malestar, en gran parte innecesario.

No quiero pasar por alto, aunque sea de pasada, sin dar a esta sociedad contradictoria y disonante un ámbito universal. En el mundo se están produciendo unas diferencias abismales, que van desde la carencia de los medios más elementales para el simple sobrevivir hasta la abundancia más escandalosa y estridente con un despilfarro y ostentación descarada. Esto plantea el problema de si realmente es lícito y moral el malestar social en las sociedades desarrolladas y en las que la abundancia es la norma general, frente a la situación de precariedad de las sociedades subdesarrolladas o en vías de desarrollo, para las cuales un tanto por ciento pequeño de lo que pueden las primeras constituiría una situación de bienestar que hoy les perece inalcanzable. Indudablemente, la conducta, las apetencias y el deseo ilimitado de bienes y servicios del mundo occidental desarrollado, no representan un modelo de conducta aceptable, frente a la situación de carencia y necesidad del resto del mundo, aunque también es cierto que hay que rechazar la ambición y el egoísmo ilimitado, en riqueza y poder, de los grupos dirigentes y familias poderosas que actúan en los países subdesarrollados o en vías de desarrollo, con la mayor irresponsabilidad e indiferencia, ante la pobreza y la miseria de las personas de las que son responsables. No todo es echar la culpa a «otros», ignorando conductas endógenas deleznables. Aún así, considero que el planteamiento sobre la relatividad y el contraste del bienestar y malestar individual y social, abre grandes interrogantes sobre la responsabilidad de las sociedades desarrolladas respecto a la solidaridad con los pueblos más necesitados. Estamos sufriendo la acción «planificada», afirma mi admirada profesora Blanca Muñoz, «de unas elites nacionales y transnacionales que no tienen patria, ni país, ni raíces. Su patria es el poder y el dinero», que utiliza «fraudes económicos y sus farsas mediáticas», para cubrir sus intereses minoritarios cuyos efectos objetivos son la devastación, la pobreza, la miseria espiritual y hasta la muerte.

Se ha escrito que después de esta crisis nada será igual, que hemos de ajustarnos a una vida más austera y olvidarnos de la grandeza pasada y hay que detener los ilimitados deseos y ambiciones desbordados. Hay que volver a conductas de austeridad, limitando nuestros objetivos a las posibilidades reales, dentro de unos valores naturales y universales que ninguna ideología puede destruir. Con lúcida visión, a la que nos tiene acostumbrados, José Mª Carrascal (ABC, 15-1-2010) sintetiza lo que ha pasado y pasa: «que vivimos en las nubes y hemos caído de ellas sin paracaídas. No Queríamos ver lo que realmente somos, como nuestro presidente no quería ver la crisis, pero la crisis nos ha dado de bruces con la realidad. Nos creíamos ricos, y no lo éramos. Presumíamos de haber sobrepasado a Italia, de estar en el grupo de cabeza, y estamos en el de cola. Debemos nuestro bienestar a la generosa ayuda europea, a unas medidas acertadas tomadas por algunos Gobiernos hace ya muchos años y a una coyuntura internacional que nos era casualmente favorable. Pero en vez de aprovecharla para corregir nuestras deficiencias para trabajar como es debido, para prepararnos para el mundo que se avecinaba, dejamos que siguieran siendo los otros quienes inventaran, que los trabajos más duros los hicieran los inmigrantes, mientras nosotros nos dedicábamos a gozar de nuestra recién adquirida modernidad y democracia, sin pensar nadie que ésta significa tanto responsabilidad como libertad. El resto lo hicieron unos políticos más interesados en la ideología que en la economía, en enriquecerse ellos que en enriquecer el país, en sus partidos que en la nación, en ajustar viejas cuentas que en saldarlas definitivamente.

En relación a la responsabilidad señalemos que según la Enciclopedia Internacional de las Ciencias Sociales (1973), hay tres clases de responsabilidades: moral, política y jurídica. Al considerar la responsabilidad moral, entiende que ésta «puede remitirse a la conciencia», pero también «puede tener una dimensión objetiva». La responsabilidad política «es más rígida que la moral, ya que juzga por los resultados y no por las intenciones. La responsabilidad política implica el recto uso del poder». Ahora bien, si la responsabilidad moral nos puede afectar a todos, en diferentes grados, la responsabilidad política corresponde a los políticos exclusivamente. Este es el caso que nos señala John Stuart Mill (1958): «Un gobierno debe ser juzgado por su acción sobre los hombres y su acción sobres las cosas; por lo que hace de los ciudadanos y por lo que hace con ellos; por su tendencia a beneficiar o a perjudicar a los hombres, y por la bondad o maldad de la labor que realiza para ellos y con ellos» (Mill, J.S., 1958; 28).

Bibliografía

MILL, J.S. (1958). Considerations on Representative Government, Nueva York, Liberal Arts.
MUÑOZ ALONSO, A. (1973). Filosofía a la Intemperie, Ed. Sala, Madrid.
FESTINGER, L. (1975). Teoría de la Disonancia Cognoscitiva, Instituto de Estudios Políticos, Madrid.


* Luis Buceta Facorro es Doctor en Ciencias Políticas, Licenciado en Derecho, y diplomado en Psicología. y Sociología. Catedrático.

 
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