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Altar Mayor Nº - 139 (08)
Thursday, 17 March a las 09:06:17

Altar Mayor artículos REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 139  - Extraordinario -  enero / febrero de 2011

 

DISONANCIAS DE ENTRETIEMPOS
Valentín Arteaga*



 
¿Por dónde deambulará, si continúa aún teniendo ilusión y capacidad para echarse al camino, cada día nuevo, la sociedad del pasado mañana? ¿La generación porvenir gozará de arrestos suficientes para rehacer y orientar este mundo del que ha de decirse que está, o lo parece, bastante descompuesto? La primera impresión que produce en cualquier observador la visión del mundo de hoy, de todos aquellos hombres y mujeres que van y vienen dando vueltas alrededor de tantos desencuentros y decepciones, es la de un mundo –una sociedad, una cultura cada vez más expansiva– totalmente exterior en el que se han divinizado, sin más y porque sí, el ruido y la desarmonía, el bullicio y los gritos destemplados a cualquier hora y en cualquier situación. En la sociedad presente el silencio se ha hecho añicos de un puñetazo –Usted, señor no proteste. ¿A qué biene tanta gazmoñería y tanto miramiento?–, y con el silencio, el sosiego y la tranquilidad reparadora, la interioridad, el equilibrio y la armonía, y tantas otras gloriosas sensaciones, bellísimas, profundas, inefables, van, cada vez más desapareciendo de modo imparable.

En el ser humano de las nuevas jornadas, basta una simple mirada entorno, ha muerto, o casi, la distinción, la originalidad creadora y la diferencia. Aventurero de nada, se diría que a duras penas le quedan todavía ganas para ir por la vida, como va, tan desmotivado y repetidor. Su ámbito es, descrito de algún modo, el de la noria de la monotonía y la rutina, en el que únicamente pueden coexistir la banalidad, la frivolidad y la contradicción. Incomoda consigo misma, sin expectativas, sin esperanza, sin sueños y sobretodo sin compañía projimal animante, la sociedad de hoy pareciera estar a punto de instalarse definitivamente en el individualismo excluyente.

Está ya más que dicho: Los jóvenes de hoy están sufriendo el síndrome de las muchedumbres solitarias. Todos juntos, eh, a correr lo más posible a ningún lugar. La atmosfera de la individualidad se va extendiendo por las ciudades, las calles, los lugares públicos, los medios de transporte, los sitios de trabajo y allá donde se encuentren reunidas tres o cuatro personas. Todo un decir, ¿sabe usted? Y se irá imponiendo, por ende, la apuesta por el sacrificio, el esfuerzo, la constancia y, ni que decir tiene, la fidelidad y la palabra empeñada. Para qué. La generación que está ahí, aguardando sin ningún entusiasmo ni esperanza alguna a ocupar los puestos de mando y de la gobernanza de los pueblos, viene con un muy efímero equipaje. Todos sus criterios y convicciones tienen fecha de caducidad: el amor, la relación, el matrimonio, y, por consiguiente –¿de qué nos habla usted?–, aquel gozo y el arte aquel, tan antiguos, de envejecer juntos declinando la hermosa alegría de vivir unidos, como soñaba el poeta, en el recinto amoroso de los pronombres. Da ahora la impresión de que pasado mañana serán impensables muchas experiencias, pongamos por caso, el arrimo afectuoso a la vida, y cuidarla con embeleso, o derrochar a manos llenas, temblorosas de emoción, delicadeza, atención, esmero, ternura con el niño, fruto del milagro que en el vientre de la madre parece un galope, como decía Luis Rosales. Cosas así, señor, son antiguallas.

A día de hoy se han de imponer nuevas formas de relación y de mirar la vida, de caminar bajo el sol y de cruzarse por la calle unos y otros. Quienes afirmen que el verdadero matrimonio es la relación estable, hecha solemnemente pública, toda una fiesta, ante la sociedad, y no otras clases de unión, se les va a echar de la tribu por heterodoxos. Habrase visto, oiga, qué insolencia y falta de maneras democráticas, anticuados, retrógrados, y mala gente que son; se va a ver usted, señor, como no esté de acuerdo con el pensamiento único que se lleva ahora. Y, sin embargo, vio Dios que todo era bueno. Y Adán, el primer hombre, gritó alborozado delante de su compañera que estrenaba el perfil del día: Esta sí que es carne de mi carne y huesos de mis huesos… Estas cosas, claro está, hoy no hay que mentarlas. Carecen de lugar en el pentagrama de la disonancia.

El pasado mañana, tal como sopla el aire, será cada vez más contradictorio y disonante. Lo que se demuestra con algunos posibles ejemplos: Los turistas nuevos seguirán entrando en los templos cristianos de las ciudades del arte con gorro y playeras como si fueran por la orilla del mar y cruzando ante los altares vociferando como el ferial de su aldea; o gustando un helado italiano sentado a horcajadas contemplando las pinturillas del Domenichino. También es posible que lleguen a prohibirse los libros de poesía y que dejen de sonar a fiesta las campanas de las catedrales.

Vamos a ver en qué queda todo esto. Puede que estalle una revolución silenciosa, quien sabe. Motivos hay para armarse de valor y, con paciencia y ternura, decir basta empezando por dar buen ejemplo. Es hora.

La antropología actual, preciso es subrayarlo, es una antropología contradictoria y disonante, una triste y desencantada antropología. Ante su atmósfera, contagiosa, parece llegado el tiempo de una reacción lúcida y decidida, la de echarse al camino y dirigirse valientemente al territorio de lo «nuevo». Armados, como es debido, de esperanza, que es la virtud andariega, y de no cansarse de cansarse y de seguir de continuo en plan de busca a pesar de todo. La esperanza es la virtud idónea para tiempos intermedios o época de crisis. Toda crisis, de cultura, de ética y de estética incluso, significa que está ahí, a las puertas, aunque durante un cierto tiempo se perciban pocas señales de su desarrollo, una época nueva, más atrayente y más luminosa que llegará sin duda hasta el lugar en que ahora estamos. La virtud, tan pequeña y sencilla, de la esperanza supone un plus de Providencia y nos proporciona, a la vez, un salvoconducto seguro hacia el mundo de lo nuevo, que es ese mundo que aparece iluminado por la Belleza, ese atisbo salvífico de Dios. Como sabemos, a lo largo de su existencia la humanidad ha tenido bastantes saltos cualitativos: del homo erectus, al homo favor, y de éste al homo sapiens. Ahora la clase de hombre que hace falta que llegue es la del homo ludens, el hombre que acude con zurrón de viajante, de rastreador de las huellas de Dios, lleno de porciones exquisitas de imponderable riquezas: el juego, la utopía, la imaginación creativa, la fantasía, el gozo, los sueños…

Lo que significa que frente a la generación que presiona por llegar y arramblar con ciudades y casas, puestas de sol, parques abiertos de par en par con columpios de niños, o novios que tejen los colores del crepúsculo con sus ademanes purísimos, hemos de acoger ilusionadamente a los videntes. La generación que presiona, muy perezosamente todavía, por hacerse con la vara de mando, no está en absoluto por los videntes, los soñadores y los poetas. Toda esa gente, señor, no se gana el pan que se come, y, además, sus palabras son heréticas, no pueden traer otra cosa que confusión. Hay que estar, no lo eche en olvido usted, a favor únicamente de lo reglado, la técnica, los esquemas de producción con exactitud y no fiarse de arrumacos poéticos ninguno, buen hombre.

Se requiere de todas todas rescatar la inocencia, o lo religioso primordial, si se prefiere. Esta caja de resonancias, tan frágil, que es el corazón humano, chirría horriblemente con tanta carencia de gratuidad y tanta escasez de confianza en ése que pasa por ahí, todo ser humano es un misterio y uno no sabe del todo los días en que Dios se disfraza de peregrino, emigrante o incluso de malaúva. La hora actual, por mucho que pregonen lo contrario ciertos profetas de malagüero, es, a Dios gracias, una ocasión de reajustes profundos. No basta lavarle la cara a la fachada de la rectoral, enjalbegar la espadaña de la ermita y que el cura cante por flamenco el Dominus vobiscum.

Ante el secularismo combativo y militante, la permisividad para todo y el relativismo que dogmatiza las verdades para qué, hacen falta reacciones profundamente firmes y decididas. Ha transcurrido ya excesivo tiempo de conformidad y de no decir ni palabra. ¿Qué hemos logrado? Más mediocridad, más creciente mala educación, muchísima falta de respeto a quien fuere y, a la postre, más aburrimiento y más tedio en todo cuanto debiera ponerse en marcha. Estamos cada vez más rodeados de deshumanismo: se tiran abajo los ideales, se miente, se roba, se mata, se contaminan los ríos, se envían al exilio los pájaros…

Habrá que decirnos ya han llegado las cosas a donde iban, y, como sugiriese y propusiera el otro, es el momento de escuchar que está sonando desde hace rato el despertador.

Que ¿qué hay que hacer? Pues, eso, señor, sacudirnos el sueño, ofrecer el día que empieza a la Providencia, echar un pie al suelo, lavarnos la cara y salir cuanto antes al aire libre con la profecía en los labios. Es urgente una nueva manera de presentarse como creyentes. Lo primero de todo con una espiritualidad de caridad que se define por la calidad humana, por su estilo de ser humilde, pequeño, menor. Nada de grandilocuencias y arrogancias. Muy modesto. Totalmente sencillo. Y, a la vez, muy Samaritano, dispuesto incondicionadamente a la reconstrucción de todo ser medio roto, aparentemente inservible, y su granito, por último, de buen humor.

Estamos llamados a transformar la disonancia en cantos de júbilo y bendición.


* Valentín Arteaga es Prepósito general de la Orden de Clérigos Regulares Teatinos.

 
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