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Altar Mayor Nº - 139 (07)
Thursday, 17 March a las 09:12:11

Altar Mayor artículos REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 139  - Extraordinario -  enero / febrero de 2011

 

SOMOS EL PUEBLO DE LA PASCUA
José Delicado Baeza
*



 
 

Con la Cruz como signo del misterio pascual. Cristo se revela en la cruz, que es un patíbulo humillante. Lo anunciaba reiteradamente a sus discípulos, pero éstos no entendían e intentaban disuadirlo: «lejos de ti». Pero Jesús añadía al final que resucitaría al tercer día, y de esto se olvidaban. Nosotros, y ahora se inicia la Jornada Mundial de la Juventud por las diócesis, celebramos y veneramos la cruz como signo del «misterio pascual» de Jesucristo redentor; he aquí el sentido que expresa el himno de laudes del domingo II del año:

Somos el pueblo de la Pascua
Aleluya es nuestra canción,
Cristo nos trae la alegría;
levantemos el corazón.
El Señor ha vencido al mundo,
muerto en la cruz por nuestro amor,
resucitado de la muerte
y de la muerte vencedor.
Él ha venido a hacernos libres
con libertad de hijos de Dios,
Él desata nuestras cadenas;
alegraos en el Señor.
Sin conocerle, muchos siguen
rutas de desesperación,
no han escuchado la noticia
de Jesucristo Redentor.
Misioneros de la alegría,
de la esperanza y del amor,
mensajeros del Evangelio,
somos testigos del Señor.
Gloria a Dios Padre, que nos hizo,
gloria a Dios Hijo Salvador,
gloria al Espíritu divino:
tres Personas y un solo Dios. Amén.

La misión de la Iglesia en el nuevo milenio

Juan Pablo II señaló algunos compromisos ineludibles para el comienzo de este tercer milenio: «la confrontación con el secularismo y el diálogo con las grandes religiones» (Tertio millennio adveniente).

El primero se relaciona con la amplia problemática de la crisis de civilización que se manifiesta sobre todo en Occidente, desarrollado tecnológicamente pero empobrecido interiormente por su olvido y marginación de Dios. El norteamericano S. Huntington escribió un ensayo sobre el conflicto de civilizaciones. Se atreve a decir que la identidad de la civilización será cada vez más importante en el futuro, y que el mundo estará condicionado por la interacción entre siete u ocho grandes civilizaciones: la occidental, la confuciana, japonesa, islámica, hindú, eslavo-ortodoxa, iberoamericana y africana. El análisis del Papa en esta carta aludida sobre la proximidad del tercer milenio es más sencillo: el conflicto surge entre esa civilización que prescinde de la trascendencia y del amor, que no puede evitar su propia crisis, y la que se desarrolla a la luz de estos valores: «A la crisis de civilización hay que responder con la civilización del amor, fundada sobre valores universales de paz, solidaridad, justicia y libertad, que encuentran en Cristo su plena realización». Por eso invita también al diálogo interreligioso con las grandes religiones: Dios no puede ser un concepto que se utilice como arma arrojadiza contra nadie, sino la fuente por excelencia de la justicia, del amor y de la paz para todos. Tal como se revela en el Evangelio, que es buena noticia para todo el mundo.

El concilio Vaticano II ya advirtió que muchos en nuestro tiempo parecen temer que la vinculación entre la actividad humana y la religión podría disminuir la autonomía del hombre, de la sociedad y de la ciencia. No dejó de reconocer, sin embargo, que las cosas creadas y la misma sociedad gozan de propias leyes y valores, y que esto no es una novedad del progreso, sino que responde a la voluntad de Dios, «pues, por la propia naturaleza de la creación, todas las cosas están dotadas de consistencia, verdad y bondad propias y de un propio orden regulado, que el hombre debe respetar con el reconocimiento de la metodología particular de la ciencia y del arte». Hay que respetar, pues, los métodos y el campo propio de las diversas actividades humanas. Es la autonomía de las realidades temporales. Pero esa actividad autónoma, si ha de ser verdaderamente humana, no puede suponer una ruptura o independencia de Dios en el plano de las conciencias. Esa ruptura sería el llamado «secularismo»: la visión autonomista del hombre y del mundo que prescinde de la dimensión del misterio, lo descuida o lo niega. Es una suerte de inmanentismo que atrofia la integridad del hombre, lo contrario a su liberación y, terminando en ideologías estrechas e interesadas, fácilmente conduce a instituciones opresivas. Lo que estaba sucediendo en países comunistas, bajo otras formas que se han manifestado al caer el muro de Berlín.

Se requiere una nueva imaginación de la caridad. Es la cara que enfoca la otra carta apostólica al comenzar el nuevo milenio: Novo millennio ineunte. «Se trata de continuar una tradición de caridad que ya ha tenido muchísimas manifestaciones en los dos milenios pasados, pero que hoy requiere mayor creatividad. Es la hora de una nueva “imaginación de la caridad”, que promueva no tanto y no sólo la eficacia de las ayudas prestadas, sino la capacidad de hacerse cercanos y solidarios con quien sufre, para que el gesto de ayuda sea sentido no como limosna humillante, sino como un compartir fraterno. Por eso tenemos que actuar de tal manera que los pobres en cada comunidad cristiana, se sientan como “en su casa”. ¿No sería este estilo la más grande y eficaz presentación de la buena nueva del Reino?».

Pero hoy no podemos evadirnos del horizonte de la «globalización», que también nos apremia a todos. El mundo de las antiguas y nuevas pobrezas: millones y millones de personas afectadas por esta situación. El hambre, las enfermedades, la carencia de cultura y de trabajo; los drásticos e hirientes desequilibrios económicos entre regiones y países, el desequilibrio ecológico, los problemas de la paz en eternos conflictos bélicos que eliminan seres humanos como si fuesen especies biológicas despreciables, el vilipendio de los derechos humanos fundamentales de niños, ancianos y de toda clase de pobres (no encogerse de hombros ante el aborto promovido por leyes cruentas como si fuera un derecho en países que se tienen como civilizados, como sucede en el nuestro); el paro obrero creciente que afecta a las nuevas generaciones y a numerosas familias, la fragilidad del mismo matrimonio, el deterioro progresivo de la naturaleza, etc.

Todo esto tiene que realizarse con el protagonismo de los laicos, en virtud de su propia vocación cristiana y de su dignidad humana, según las enseñanzas propuestas por la doctrina social de la Iglesia. «El mensaje cristiano no aparta a los hombres de la tarea de la construcción del mundo, ni les impulsa a despreocuparse del bien de sus semejantes, sino que les obliga más a llevar esto como un deber», insiste el Vaticano II.

El pluralismo disonante de las sociedades modernas: la Cruz salvadora

En ella está la salvación unida en el amor a la misma resurrección de Cristo. El Siervo perseguido de Isaías, como consecuencia de su misión, le afecta especialmente a Jesús, que acepta su muerte ofreciendo su vida en sacrificio expiatorio por los pecados del mundo. La solidaridad en el castigo y en la obediencia es el núcleo de la descripción del Siervo de Yahvé que en el Antiguo Testamento alcanza su más alta cumbre por manifestar la más extraordinaria intervención de Dios salvador. Jesús tiene conciencia de ser el paciente «Siervo de Yahvé», que tiene que dar su vida por la redención de los hombres. Las causas inmediatas de los sufrimientos y de su muerte proceden de los hombres, pero Él sabe que no es voluntad de los hombres el fruto de su entrega salvadora, sino del Padre que le da a beber el cáliz de su dolor para que su entrega sea salvadora. Y Él obedece y se entrega por amor. «Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras», escribe san Pablo (1Cor 15, 3), que recibe la tradición positiva de la finalidad de esa muerte como sacrificio ofrecido por «nuestros pecados», cuando habla de la Eucaristía en estos términos (1Cor 11, 23-26), y como Cordero pascual inmolado por nosotros (1Cor 5, 7; Ef 5, 2); sacrificio expiatorio, de «propiciación por su propia sangre» (Rm 3, 23-25).

Esta muerte no le era debida a Él, justo e inocente, sino a nosotros, que somos pecadores, pero Jesús es quien nos representa en nuestra condición de tales, para que su justicia llegue a nuestros corazones, purificándolos de sus intenciones perversas y malas obras. Entre un grito («Dios mío, Dios mío, ¿por qué?») y una lanzada al costado de Cristo, se levanta el sol del día de la Nueva Alianza, bajo la imagen de un corazón traspasado que revela el sentido de la salvación cristiana: el amor de Dios. ¿Puede haber un fundamento más firme e imperecedero para esta fe, que ha de convertirse en una confianza inquebrantable en Él? La lanza del soldado abre el costado y el corazón entregado en un sacrificio permanente por la salvación del mundo. Todo esto sucedió para que se cumpliera la Escritura: «Mirarán al que atravesaron» (Jn 19, 37). Pero no se trata de una mera invitación a contemplar, sino a beber para introducirse en la intimidad de Cristo en profunda comunión con Él. Para ello hay que avivar los deseos y tener sed como Él mismo manifiesta en la cruz, sed de redención y de nuestra propia conversión al amor de Dios y del fruto de la salvación o liberación para todos, sed del agua que es el Espíritu, que brota también de su corazón. Ya lo había dicho: «Si alguno tiene sed, que venga a mí, y beba el que cree en mí, como dice la Escritura: de su seno correrán ríos de agua viva. Esto lo decía refiriéndose al Espíritu que iban a recibir los que creyeran en Él» (Jn 7, 37-39). Así responde el amor, corazón a corazón; Jesús nos entrega el suyo de manera que está reclamando nuestra respuesta, incluso dando la sensación de que llama y espera con paciencia hasta que le abramos el corazón: «Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo» (Ap 3, 20).

¿Cómo? Escuchando su Palabra y alimentándonos de ella para vivir en comunión, de tal manera que es Él quien vive en nosotros, como dice san Pablo, si aceptamos su cruz: «Vivo, pero no yo, sino que es Cristo quien vive en mí; la vida que vivo al presente en la carne, la vivo en el Hijo de Dios que me amó y se entregó a sí mismo por mí» (Gal 2, 20). Cristo nos hizo esta revelación para que nuestra vida sea fecunda: «El que permanece en mí como yo en él, ese da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada» (se trata de una mutua inmanencia, para la cual siempre tendremos su corazón abierto) (Jn 15, 5).

Y para ello no hay que pensar en personas particularmente piadosas por su especial vocación. Es fruto de la fe al alcance de todos los que abran sinceramente el corazón. Por ejemplo, Francisco Mauriac, Premio Nobel de Literatura de 1952, escribió una sencilla Vida de Jesús que tuvo una gran difusión, y en el prólogo de una nueva edición de este libro, dice: «¿Voy a confesarlo? Si no hubiese conocido a Cristo, Dios hubiera sido para mí una palabra desprovista de sentido. Excepto por una gracia muy particular, el Ser infinito me hubiese resultado inimaginable e impensable. El Dios de los filósofos y de los sabios no hubiera tenido cabida alguna en mi vida moral. Es preciso que Dios se sumergiera en la humanidad y que en un momento preciso de la historia, en un punto determinado del globo, un ser humano, hecho carne y sangre, hubiese pronunciado ciertas frases, ejecutando determinados ademanes para que yo me hincara de rodillas. Si Cristo no hubiese dicho “Nuestro Padre”..., yo nunca hubiera alcanzado el sentimiento de esta filiación: esta invocación nunca hubiera asomado desde mi corazón a mis labios».

De ahí la necesidad de acoger la gracia de esa llamada que nos hace el Padre al enviarnos a su Hijo hecho carne y colaborar para que fructifique incesantemente en nuestro corazón frente a todas las vicisitudes en que nos podamos encontrar personalmente y en la sociedad y atmósfera cultural en que nos toque vivir, aunque sea dispersa y disonante en sus reclamos frecuentemente nocivos. Por ejemplo, J. Monod se oponía a la creencia cristiana en Dios creador, o simplemente en su existencia personal, que consideraba no-científica, por lo que tiene que explicar la totalidad del mundo como resultado del azar y la necesidad. F. Mauriac, después de oírle en conferencias que había pronunciado sobre este tema, dice que lo que este profesor quiere hacer es mucho más increíble que lo que nos enseña la revelación cristiana. Lo mismo se puede decir del nuevo libro, El Magnífico Diseño, de Stephen Hawking, que se apoya sólo en los números y en la investigación astronómica con la razón desnuda para decir: existe el universo y existimos nosotros, con una acusación espontánea: no es necesario invocar a Dios porque no existe. Y esta afirmación la ofrece como si fuese resultado de las investigaciones científicas, laboriosas y al parecer tan contundentes, que los científicos auténticos no la comparten. La razón apoyada en la fe en su Palabra hecha carne, nos recuerda «que el Señor ha vencido al mundo, muerto en la cruz por nuestro amor; resucitado de la muerte y de la muerte vencedor», y nos hace participar de la victoria de Cristo, respetando nuestra libertad: «Él ha venido a hacernos libres con libertad de hijos de Dios, Él desata nuestras cadenas; alegraos en el Señor», decimos en el himno de laudes aludido, pero sin olvidar lo que nos dice la experiencia de la cultura actual que nos envuelve: «Sin conocerle, muchos siguen rutas de desesperación, no han escuchado la noticia de Jesucristo Redentor».

Reflejos luminosos de la visita de Benedicto XVI al Reino Unido

El Papa ha querido conectar con los millares de oyentes que le escuchaban sinceramente, a corazón abierto, intentando iluminar ciertos puntos importantes que, aunque históricos, son muy actuales en nuestra civilización, con frecuencia desconcertada:

En primer lugar, haciendo memoria de santo Tomás Moro, «el gran erudito inglés y hombre de Estado, quien es admirado por creyentes y no creyentes por la integridad con la que fue fiel a su conciencia, incluso a costa de contrariar al soberano de quien era “buen servidor”, pues eligió servir primero a Dios. El dilema que afrontó Moro en aquellos tiempos difíciles, la perenne cuestión de la relación entre lo que se debe al César y lo que se debe a Dios, me ofrece la oportunidad de reflexionar brevemente con ustedes sobre el lugar apropiado de las creencias religiosas en el proceso político».

El hecho es que fue despojado de sus bienes, encarcelado y condenado a muerte por su fidelidad serena, exteriormente respetuosa con el monarca, pero firme según su conciencia cristiana. Fue condenado a muerte como traidor en 1534. Había escrito varias obras de gran mérito que denotan su vasta cultura y su espíritu de humanismo cristiano. Fue canonizado en 1935 y el papa Juan Pablo II lo ha nombrado patrono de los gobernantes y políticos. Ahora, el papa Benedicto XVI, recordando que la sociedad inglesa se ha configurado como una democracia pluralista que valora enormemente la libertad de expresión, la libertad de la afiliación política, etc. Como la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley, la Iglesia con la Doctrina Social tiene mucho en común en su preocupación primordial por la protección de la dignidad única de toda persona humana, creada a imagen y semejanza de Dios, y por eso recuerda siempre los deberes de la autoridad civil para la promoción del bien común. «Con todo –sigue diciendo–, las cuestiones fundamentales en juego en la causa de Tomás Moro continúan presentándose hoy en términos que varían según nuevas condiciones sociales. Cada generación, al tratar de progresar en el bien común, debe plantearse: ¿Qué exigencias pueden imponer los Gobiernos a los ciudadanos de manera razonable? Y ¿qué alcance pueden tener? ¿En nombre de qué autoridad pueden resolverse los dilemas morales? Estas cuestiones nos conducen directamente a la fundamentación ética de la vida civil. Si los principios éticos que sostienen el proceso democrático no se rigen por nada más sólido que el mero consenso social, entonces este proceso se presenta evidentemente frágil. Aquí reside el verdadero desafío para la democracia».

De ahí se desarrolla el discurso sobre «las lecciones a sacar de la crisis financiera», la referencia ética a esa cuestión de la razón y la fe complementarias, con el necesario papel de la Religión y la auténtica solidaridad, etc.

La celebración de la misa en la catedral católica de Londres, dedicada a la Preciosísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo, insiste en el sacrificio de la Cruz que, con la efusión de la sangre de Cristo es la fuente de la vida de la Iglesia. La homilía insiste en la celebración eucarística desde las citas evangélicas y de las cartas apostólicas. Por eso subraya que fiel al mandato de Cristo de «hacer esto en memoria mía» (Lc 22, 19), la Iglesia en todo tiempo y lugar celebra la Eucaristía hasta que el Señor vuelva en su gloria, alegrándose de su presencia sacramental y aprovechando el poder de su sacrificio salvador para la redención del mundo. La realidad del sacrificio eucarístico ha estado siempre en el corazón de la fe católica.

La pasión por la verdad y la conversión, en la homilía del Papa ante la beatificación del cardenal Newman (18-9-2010). En ella destaca cuatro grandes lecciones del nuevo beato: Su conversión siendo joven, con la experiencia inmediata de la verdad de la Palabra de Dios. La enseñanza autorizada en la Iglesia de Dios, que garantizaba dando fuerza y paz a la fe y a la misma vida teologal y moral. La lucha contra la tentación de recibir la religión como un asunto puramente privado y subjetivo, abriendo poros al relativismo intelectual y moral, debilitando el conocimiento de Cristo para el ministerio de la evangelización y apartándose del camino que es Él mismo: «Camino, verdad y vida» (Jn 14, 6). De ahí surge la pasión por la verdad, para dar testimonio de ella: «La vida de Newman nos enseña también que la pasión por la verdad, la honestidad intelectual y la auténtica conversión son costosas. No podemos guardar para nosotros mismos la verdad que nos hace libres; hay que dar testimonio de ella, que pide ser escuchada, y al final su poder de convicción proviene de sí misma y de la elocuencia humana o de los argumentos que se expongan». Y por último, «Newman nos enseña que si hemos aceptado la verdad de Cristo y nos hemos comprometido con él, no puede haber separación entre lo que creemos y lo que vivimos. Cada uno de nuestros pensamientos palabras y obras deben buscar la gloria de Dios y la extensión de su Reino. Newman comprendió esto, y fue el gran valedor de la misión profética de los laicos cristianos».

Y finalmente se dirige a los jóvenes presentes en esta vigilia de oración, diciéndoles: «Queridos amigos: sólo Jesús conoce la “misión concreta” que piensa para vosotros. Dejad que su voz resuene en lo más profundo de vuestro corazón... Preguntadle al Señor lo que desea de vosotros. Pedid la generosidad de decir sí: No tengáis miedo a entregaros completamente a Jesús. El os dará la gracia que necesitáis para acoger su llamada. Permitidme terminar estas pocas palabras invitándoos vivamente a acompañarme el próximo año en Madrid en la Jornada Mundial de la Juventud. Siempre es una ocasión para crecer en el amor a Cristo y animaros a una gozosa vida de fe junto a miles de jóvenes. Espero ver a muchos de vosotros allí».

Antes había hablado también a los jóvenes en el atrio de la catedral católica de Londres. Entonces les había dicho: «Gracias por vuestra calurosa bienvenida. El corazón habla al corazón –cor ad cor loquitur–. Como sabéis, he elegido estas palabras tan queridas para el cardenal Newman como lema de mi visita. En estos momentos en que estamos juntos, deseo hablar con vosotros desde mi propio corazón, y os ruego que abráis los vuestros a lo que os digo [...] Hemos sido creados para conocer al Dios del amor, a Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo, y para encontrar nuestra plena realización en este amor divino que no conoce principio ni fin [...] Creados para amar y para ser amados».

De ahí, podríamos apelar a las dos estrofas finales del himno de laudes: «Misioneros de la alegría, de la esperanza y del amor, mensajeros del Evangelio, somos testigos del Señor. Gloria a Dios Padre, que nos hizo, gloria a Dios Hijo salvador, gloria al Espíritu divino: tres Personas y un solo Dios. Amén».


* José Delicado Baeza es Arzobispo emérito de Valladolid.

 
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