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Altar Mayor Nº - 139 (05)
Thursday, 17 March a las 20:16:24

Altar Mayor artículos REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 139  - Extraordinario -  enero / febrero de 2011

 

DISONACIA RELIGIOSA EN LA SOCIEDAD ACTUAL
Constantino Quelle Parra*

 
 
Me van a permitir, antes de comenzar esta «conversación en el valle», que les sugiera, en mi humilde condición de teólogo, que en lugar de situarnos en el Valle, aunque sea para el Valle, iniciemos este monólogo previo en la montaña. Y ello porque la teología siempre se ha expuesto desde el monte, sea éste el Sinaí, el del Carmelo, el monte de las bienaventuranzas, el Tabor o el monte de los olivos. En cualquiera creo que desde allí/aquí el aire es más puro, especialmente si de lo que se trata, tal como me ha sugerido el buen amigo Emilio, es de otear un tema tan complejo y susceptible de crítica contra el que lo exponga como es el de la disonancia religiosa en la sociedad actual.

Consciente de la dificultad, aclaro a priori que vengo a exponer disonancias y no armonías, que es lo que genera el amor que emana del Evangelio. Dichas distorsiones o disonancias de la religión (con palabras del Papa en su reciente visita a Inglaterra) surgen cuando se presta una atención insuficiente al papel purificador y vertebrador de la razón respecto a la religión. Se trata de un proceso en doble sentido. Sin la ayuda correctora de la religión, la razón puede ser también presa de distorsiones, como cuando es manipulada por las ideologías o se aplica de forma parcial en detrimento de la consideración plena de la dignidad de la persona humana. Esta premisa previa, hemos de tenerla siempre presente en el tema que nos ocupa.
Preguntémonos previamente ¿qué es una disonancia? Según el diccionario de la Real Academia Española es un sonido desagradable. Falta de la conformidad o proporción que naturalmente debe tener algo.

Recuerdo cuando de joven estaba en el conservatorio que explicaban la disonancia como un intervalo definido por las reglas de la armonía como «desagradable» al oído.

En psicología, El concepto de disonancia cognitiva, hace referencia a la tensión o desarmonía interna del sistema de ideas, creencias, emociones y actitudes o cogniciones, que percibe una persona al mantener al mismo tiempo dos pensamientos que están en conflicto, o por un comportamiento que entra en conflicto con las creencias. Es decir, el término se refiere a la percepción de incompatibilidad de dos actitudes simultáneas.

Este concepto fue formulado por primera vez en 1957 por el psicólogo estadounidense, de origen ruso, León Festinger, en su obra A theory of cognitive dissonance. La teoría de Festinger plantea que al producirse esa incongruencia o disonancia de manera muy apreciable, la persona se ve automáticamente motivada para esforzarse en generar ideas y creencias nuevas para reducir la tensión hasta conseguir que el conjunto de sus ideas y actitudes encajen entre sí, constituyendo una cierta coherencia interna.

La manera en que se produce la reducción de la disonancia puede tomar distintos caminos o formas. Una muy notable es un cambio de actitud o de ideas ante la realidad. Este cambio provoca una reducción de la disonancia. La motivación para la reducción de la disonancia se debe a la tensión psicológica que un individuo tiene que soportar cuando su sistema cognitivo presenta una gran disonancia o incoherencia interna. Por ejemplo, una persona con valores y creencias religiosas y morales inculcadas desde su infancia, puede verse involucrado en acciones que él mismo rechazaría (guerras, muertes, torturas...), por lo que se ve motivado a introducir valores superiores que justificarían su actitud: la defensa de la Patria, el evitar males mayores, etc.

Las disonancias siempre generan crisis; hablando de crisis y recordando a un ilustre creyente y además político como Jaime Mayor Oreja, las disonancias son el pan nuestro de cada día, ya que, como le oí decir en una conferencia dirigida a profesores de religión en este mismo año, no estamos pasando una crisis, estamos atravesando «La Crisis». De ahí que las disonancias actuales se produzcan de forma muy estridente y, siguiendo a Festinger, deberán generar ideas nuevas. Estas ideas nuevas provocarán cambios en las sociedades. Desde esta perspectiva podemos observar, retomando el campo de la teología, lo positivo del cambio si se produce como trascendencia de la tradición. La religión, por tanto, y a priori, debiera provocar disonancias en la sociedad.

Por otra parte aclaro que entendiendo por cognoscitivo aquello que se es capaz de conocer o comprender, de ahí que si existe disonancia todos los valores en los que se ha basado dicho conocimiento y comprensión de la realidad, se vienen abajo. Por tanto, las cogniciones son nuestras ideas, pensamientos, creencias, actitudes y conductas. En definitiva las perspectivas de universo que nos vienen dadas y sobre las que basamos todos los universos conceptuales en los que comprendemos y aprehendemos la realidad.

Nuestra visión de las disonancia, una vez aclarados los términos que estamos manejando, serán expuestos desde el lenguaje teológico. Y una premisa incuestionable de dicho lenguaje es que el individuo necesita apoyarse en la Fe para poder encontrar la consonancia entre sus cogniciones. Es decir, a partir de la Fe, debe surgir una coherencia entre las creencias del individuo y sus actitudes, pensamientos, ideas y conductas. Es de esta manera como pueden convivir coherentemente la religión y la sociedad (Concilio Vaticano II, con Pablo VI en la constitución pastoral, Gaudium et Spes, sobre la Iglesia en el mundo de hoy (7/12/65).

Ahora bien, hemos introducido un nuevo término: Fe. ¿Qué queremos decir cuando teológicamente expresamos la necesidad que tiene el creyente de apoyarse en la Fe?

¡Qué suerte! –solemos escuchar a nuestro alrededor–, tú tienes fe, por eso crees en Dios; yo no creo en Dios porque no tengo fe.


 

Las personas que piensan así dan por sentado que unas personas tienen fe y otras no. Lógicamente, y al margen de que confiesen creer o no en la trascendencia, culpan de su falta de fe a Dios. Y todo porque, con más frecuencia de lo que fuera deseable, hemos identificado la palabra católico con una concreta expresión de la fe y no con el significado que expresa la propia palabra, es decir, con la fe desvelada de la manera más universal posible, más humana, tan humana, que se expresa la divinidad desde la humanidad de un hombre llamado Jesús.

La fe desde esta expresión humana, evangélica, es un don que viene dado. Todo ser humano por el simple hecho de serlo tiene fe, nace con fe (de ahí que sea universal, es decir, católica). Gracias a ella puedo libremente escoger mis creencias. La fe parte de Dios al igual que la creencia parte del ser humano; con palabras del cardenal Carlos Amigo en la conferencia que dio el pasado mes ante la cofradía del Rosario y dominicos en Coruña: «El hombre no puede vivir sin creer»... y puede creer (añadimos nosotros), porque tiene fe. La fe es a la mística lo que las creencias es a las religiones. (La mística apareció hace aproximadamente unos 60.000 años en la historia de la humanidad, la religión hace apenas 6.000 años). Con razón se dice que este siglo o será místico o no habrá humanidad. Ello no significa que el hombre desaparezca, sino que el hombre, sin capacidad de trascenderse, perderá su capacidad humana.

Estamos viviendo una situación histórica en la que el hombre de fe pareciera no tener acceso a la razón, ya que fe y razón, al parecer, son incompatibles. La preocupación por esta realidad social llega hasta el Papa Benedicto XVI cuando afirma que es preciso «Promover un fecundo diálogo entre razón y fe». Créanme, sin fe no es posible usar humanamente la razón. Les remito a las obras de Woods Cómo la Iglesia construyó la civilización occidental, Madrid 2007 o la de Fernández Rañada, Los científicos y Dios, Oviedo 2002. (Escribí un artículo al respecto en la revista Altar Mayor).

No se trata de demostrar que fe y razón tienen que dialogar, se trata más bien de observar a través de la historia y de nuestro comportamiento antropológico, que es la fe la que provoca el pensamiento teológico, científico y por tanto humano.

«Dios ordenó todas las cosas por su medida, su número y su peso» (Sab 11,21). Frase que siempre repetía San Agustín. «Dios ha impuesto un orden sobre las grandezas de su sabiduría y existe desde el principio al fin de los siglos» (Eclo 41,21).

Les recuerdo la frase literal del doctor en física Stanley Jaki, galardonado como historiador de la ciencia «Sciencie and Creation»: «No es accidental que la ciencia naciera en un contexto cristiano, y no en un contexto árabe, babilónico, chino, egipcio, griego, hindú o maya donde la ciencia, según la conocemos, nació muerta».

Con palabras del profesor Rof Carballo. que fue eminente catedrático de medicina, endocrinólogo y miembro de la Real Academia Española: «La ciencia más audaz espolea a la fe más bien que a la duda».

La razón precisa de la fe; esa fue la tesis del ensayo citado y publicado en Altar Mayor. La historia del humanismo cristiano está jalonada por personajes que han hecho posible la ciencia actual, gracias a la fe; así, entre otros, Fulberto, discípulo de Gerberto de Aurillac (Papa Silvestre II) realizó importantes avances en la escuela de Chartres. Se cree que él fue su fundador y también su obispo. Posteriormente, la catedral que allí se hizo tenía en su fachada, en la cara occidental, esculpidas las siete artes liberales, a través de diversos personajes. Lema: «Es la razón la que nos hace hombres». Astronomía, aritmética, música, geometría (quadrivium) retórica, lógica, gramática (trivium). Este es el mejor testimonio de la preocupación de la Iglesia por conciliar fe y razón.

Francisco de Asís (1181-1226): Abandona las riquezas «hermano lobo», fue, de hecho, el primer ecologistas del mundo. Roger Bacon (1210-1294), franciscano, profesor en Oxford, eminente matemático y óptico, precursor del método científico moderno: «nada puede conocerse con certidumbre sin experimentación». Sus modos de saber: la autoridad, la razón y la experiencia (son el germen de los físicos franciscanos de los siglos XIV y XV de donde brotará la ciencia natural moderna).

Estos breves ejemplos muestran que la fe no está reñida con la razón, más es la fe la que nos lleva a creer en otro mundo posible y, como consecuencia, a crearlo.

A partir del siglo sexto a.C., en el llamado tiempo eje, se transforma la visión del mundo de los siglos anteriores; el judaísmo, primero, y el cristianismo después rompen el eterno retorno de la historia, y ésta comienza a verse como lineal: Dios no hace la historia, hace que la historia se haga, y desde el primer día de la creación el ser humano se siente partícipe de tal impronta (de ahí que sea imagen del creador, y por tanto, ha de seguir creando). Especialmente humanidad, por ello se afirma que este siglo o es religioso, es decir, humano, o el homínido seguirá, pero no así el crecimiento de la humanidad. Y es que el ser humano lo es cuando tiene capacidad para trascenderse y sólo se trasciende cuando se guía por la fe.

Hemos afirmado que es bueno que la religión provoque disonancias en la sociedad, lo que no es bueno es que existan disonancias religiosas en la sociedad.

Pongo un ejemplo: Hice un estudio que publiqué hace dos años sobre los Derechos Humanos, donde pretendí demostrar que, tras diversas vicisitudes, la Iglesia fue admitiendo los mismos hasta que con la llegada del Papa Juan XXIII era obligado su cumplimiento para todo el orbe, especialmente cristiano. Podemos decir que a partir de Encíclica Pacem in terris, encíclica sobre la paz entre todos los pueblos (11.IV.1963), la Iglesia había entrado plenamente en los DDHH. pero ello no quiere decir que los DDHH hubieran entrado con la misma plenitud en la Iglesia, y ello a pesar de que la formulación de su eticidad emanara del Evangelio y, como pretendí demostrar en el citado estudio, de la patrística de los primeros cinco siglos del cristianismo. Es decir, que de la misma forma que el magisterio de Papas ha entrado y asimilado los DDHH, los DDHH no han calado en el corazón de la Iglesia, lo que es bueno reconocer a priori (y trataremos de demostrarlo en esta exposición), ya que es bueno que la religión provoque disonancias en la sociedad y menos bueno que sean las disonancias religiosas las que provoquen a la sociedad.

Aclaremos la primera parte de este sintagma. La religión, si como afirmamos en un principio, pretende ser católica, es decir, universal, poco es que sea bueno que provoque disonancias en la sociedad, es que es necesario, caso contrario tendremos que afirmar con el Evangelio que la letra mata (y Jesús se refería a la letra de la Torá).

La religión que pretenda ser universal al estar guiada por la fe, necesariamente ha de provocar cambios en el ser humano. El Evangelio es la mejor prueba de esta verdad. Cosa distinta es que la sociedad no digiera dichos cambios y mate al mensajero. Juan, el llamado Bautista, es el mensajero de la «metanoia», es decir, del cambio. La sociedad, una vez establecida, pretende perdurar. Únicamente quien está dispuesto a cambiar puede entrar en el «Reino». Y en el Reino todo es novedad. El llamado precursor da paso al Jesús de la historia, y la historia de ese Jesús al que confesamos Hijo de Dios, nos introduce en un reino donde todo siempre es bueno y nuevo, es decir, evangelio. La buena nueva ha de encarnarse en el devenir de cada cristiano, donde la tradición sirve para ser superada en constante revelación.

Habéis oído decir, pues yo os digo Esta constante en la eticidad evangélica supone no permanecer supeditado a la ley, pues no se hizo el hombre para la el sábado.

Jesús con su experiencia de Dios provoca tal disonancia en la sociedad que le toca vivir, que cambia hasta el concepto del tiempo a partir de dicha experiencia. Tal es la impronta de la fe cuando el hombre se deja guiar por ella. Jesús cree que el Reino no se alcanza con el sacrificio, sino con el perdón. Es más, que el perdón ha sido previamente concedido por el abba. (Así se comprende la parábola del Hijo Pródigo). Y precisamente es en los desheredados de la sociedad de entonces, mujeres, niños, marginados, pobres, donde hay que descubrir el reino.

La impronta de este mensaje remueve los cimientos de la sociedad y nos revela un futuro que va más allá de este mundo. Un mundo que se desvela en el más acá pero que lo trasciende. Un mundo que no acaba con la muerte porque la vida experimentada con este constante cambio es eternidad, es resurrección.

La religión que brota de la fe, como reclama el Evangelio, exige estar pendiente de los signos de los tiempos, pues es en ellos donde Dios se sigue revelando. Por tanto la religión si es católica ha de provocar como el Evangelio disonancias en cada época concreta, aunque a los provocadores les vaya la vida en ello. Los provocadores, los cristianos, son los del camino, jamás los de la meta. De ahí que quien crea haber llegado, simplemente es que no ha asimilado el lenguaje teológico que emana del Evangelio y que hay que reencarnar en cada humana experiencia.

La fe, como promotora de lo que nos hace genuinamente humanos, marca las pautas del hecho religioso. La creencia especialmente si se autodefine católica, reconoce antropológicamente hablando esta verdad. Pero, ¿qué sucede cuando no es así? ¿Qué ocurre cuando la creencia se superpone a la fe y la religión se autodefine como fin y no como medio, como meta y no como camino?

Lo que sucede es que las disonancias en lugar de provocarlas en la sociedad que se queda anclada en su cultura, las provoca en su propia esencia.

Ahora podemos explicar la segunda parte del sintagma que anunciamos, lo que entendemos por disonancias religiosas en la sociedad actual. La segunda parte del sintagma ocurre cuando en lugar de dejarnos guiar por eso que desde el lenguaje teológico llamamos fe, nos anclamos en la expresión de la misma que es la religión (la letra mata). Al anclarnos creemos salvaguardar la tradición, y la tradición únicamente se la salvaguarda cuando se la asume y se la asume, si es católica, cuando en el devenir de cada instante, se encarna como novedad, o dicho con otras palabras, cuando se encarna evangélicamente como buena nueva: ¡una tradición asumida para en el devenir de la sociedad ser trascendida!

Cuando esto no es así, la tradición se paraliza, y concretamente en el tema que nos ocupa, las consecuencias son nefastas. Sobre todo si, como sucede en la sociedad actual, la ciencia no es que se paralice, es que cambia cada día por los conocimientos adquiridos el día anterior. Es entonces cuando las disonancias no las produce la religión en la sociedad, como en el siglo primero de nuestra era, sino en su propia esencia, a la vez que es la sociedad la que provoca constantemente disonancias en la religión (disonancias, que mal que nos pese, aprovechan los listos, que no los inteligentes de este mundo).

Observemos estas disonancias religiosas, ya que para curar un problema humano, lo primero que se impone es caer en la cuenta de que tal problema existe.

Las disonancias religiosas tienen al menos dos características que conviene resaltar. La primera es la que se provoca por ignorancia a la hora de interpretar los hechos religiosos. La segunda es la que provoca la propia religión cuando, y como ha quedado expuesto, se ancla en el conocimiento adquirido y no lo trasciende.

Hay ignorancia a la hora de interpretar los hechos religiosos cuando en lugar de interpretarlos desde la visión teológica se interpretan desde la visión científica. La Biblia no informa de cómo es el mundo, sino cómo se aprehende la trascendencia dentro de las concretas perspectivas de universo en las que se expone dicha aprehensión, o si Vds. lo prefieren, dicha revelación. Y la revelación se expresa con diversos lenguajes que eran desconocidos y que la crítica histórica va descubriendo a través de la exégesis. Cuántos quebraderos de cabeza se hubiera evitado Galileo si al afirmar (sin dejar de ser creyente y defendiéndose especialmente de los teólogos aristotélicos), que la Biblia enseña a ir al cielo, y no cómo van loscielos, hubiera conocido los diversos lenguajes de los textos bíblicos, tal como los conoce la exégesis actual.

Las perspectivas de universos cambian; antes miraban el infinito de nuestro espacio, y veían algo firme, por ello se llamaba y se sigue llamando firmamento y allí Dios habitaba, porque era el lugar donde el humano no podía habitar. Y como el firmamento estaba arriba, subían al monte para acercarse más a Dios. Y rogaban abriese «el firme» para que cayeran las aguas y oían en el trueno y en el relámpago la voz de Dios.

La voz de Dios se escucha en el monte con Moisés, en el río Jordán con Jesús, en las moradas de un castillo con Santa Teresa o en la noche oscura con San Juan de la Cruz; las perspectivas cambian con el tiempo (la letra), lo que permanece es la voz de Dios, el Espíritu que la hizo y la sigue haciendo posible.

La ignorancia religiosa provoca disonancias cuando, siguiendo con el caso Galileo, queremos comparar el creacionismo con el evolucionismo. Si ambos muestran sus teorías desde la ciencia, el hombre de fe simplemente debe observar. ¿Cuándo aparecen las disonancias? Las disonancias nacen cuando el creacionismo se quiere defender como venido de la mano de Dios y contra las afirmaciones de la inmensa mayoría de los científicos actuales. La Biblia, a través de su lenguaje teológico muestra, dentro de las perspectivas de universo, cómo en el instante que se hizo la luz en el homínido, nace el ser humano, y este ser humano que es Adán y Eva, realidad plural, se encontró con todo un universo abierto a la trascendencia; de ahí que el ser humano desde esta visión de la antropología, sea imagen del Creador.

De forma nemotécnica la Biblia sitúa los tres primeros días en el gran escenario del universo y los otros tres para ubicar a los actores de la magna obra de la creación… y al final la creación del ser humano (Adán y Eva). Dios descansa en el séptimo día. Un día que a diferencia de los otros seis está sin acabar (no amanece ni anochece, como en los seis primeros). La creación en la Biblia no está hecha, ¡se está haciendo! Continúa abierta al devenir de la humanidad. No es extraño que Pío XII, y posteriormente Juan Pablo II, confirmaran el asombroso parecido del relato del Génesis con la teoría de Stephen Hawking y el Big Bang (la gran explosión).

Fe y razón se complementan, pero cada uno tiene su propio espacio. El Papa no habría tenido que pedir perdón por el caso Galileo, si el poema de Josué se hubiera interpretado desde su propia perspectiva de universo y en el lenguaje poético que se pronunció. «Detente sol en Gabaón y tu luna en el valle de Ayyalón y el sol se detuvo y la luna se paró hasta que el pueblo se vengó de sus enemigos» (Jos 10, 12-14). Esta es la expresión poética de un gran día donde Israel venció al enemigo.

Ejemplos de disonancias religiosas por la ignorancia del lenguaje teológico existen para escribir varias tesis doctorales; no quiero dejar de resaltar la que ha producido el caso del Onán bíblico que narra el capítulo 38 del Génesis. (Er muere sin descendencia y según la ley del levirato, Onán ha de procurársela. ¿Cómo? Tomando a la esposa del difunto (su cuñada) como propia para darle al hermano muerto un hijo. Er no desea hacer tal cosa, dado que toda la herencia del clan pasaría a ser propiedad del nuevo hijo, es decir, del hermano y no suya). Este es el pecado de Onán, por ello Dios le castiga, y no por el mal llamado onanismo. La ignorancia teológica del texto y, como consecuencia, de la ley del levirato, ha convertido el robo de una herencia en un problema sexual en el que jamás pensó el autor bíblico.

Pasemos a las disonancias religiosas que se producen en la sociedad, debido a la parálisis de la religión. Créanme que como teólogo son las que más me preocupan. Aquellas que se producen desde el ámbito religioso al no «casar» sus afirmaciones con las que la ciencia y por tanto la razón va proponiendo cada día. Y sobre todo en estos momentos que nos tocan vivir en los que día a día la ciencia nos descubre como real lo que apenas unas horas antes era ciencia ficción. He apuntado el caso de Onán como disonancia por ignorancia, pero como profesor de moral bíblica y de bioética me sonrojo cuando por miedo a que algunos pisen el pedal del acelerador, otros no levantan el pié del freno.

Soy consciente que dentro de nuestra experiencia religiosa deben existir personas que sean los guardianes de la ortodoxia (pisan el freno) y personas que van abriendo caminos nuevos de expresión (pisan el acelerador); el Espíritu mantiene el equilibrio.

Tras el símil del coche, y retomando el caso de la sexualidad, podríamos dedicar todo un curso a las disonancias que provoca la religión. Me preocupa especialmente la prohibición de los anticonceptivos en general. Recuerden la teoría de Festinger: al producirse una incongruencia o disonancia de manera muy apreciable, la persona se ve automáticamente motivada para esforzarse en generar ideas y creencias nuevas; así se reduce la tensión hasta conseguir que el conjunto de ideas y actitudes encajen entre sí, y se constituye una cierta coherencia interna; pues bien, aquí es donde nace mi preocupación, la sociedad ante la prohibición de la Iglesia de cualquier uso de anticonceptivo, no ha creado ideas y creencias nuevas para reducir la tensión, simplemente lo que ha hecho es hacer caso omiso de lo prohibido, hasta el punto de que el uso del preservativo es, poco menos, que de obligado cumplimiento (se reparten hasta en los Institutos de Enseñanza Secundaria –al margen de la bandera política donde estén ubicados–, y el slogan «póntelo, pónselo» es de reconocido seguimiento en toda la humanidad).

La ciencia a este respecto va, como es su obligación, con el pie puesto en el acelerador y la religión institucional, simplemente, ha parado el coche. La disonancia es tan fuerte que apenas se escucha, pero las consecuencias para los problemas del comportamiento humano, son enormes.

¿De dónde viene el parón que en el tema sexual tiene nuestra expresión religiosa? Para no remontarnos a la noche de los tiempos (aunque el caso de Onán sigue manteniéndose en el inconsciente colectivo), recordemos lo que se pensaba en el siglo XVII sobre el gameto llamado espermatozoide y su influencia en la concepción humana. El término espermatozoide era considerado, hace apenas 250 años aunque parezca ridículo, un hombre pequeñito: tal hombrecito era un homúnculo.

El término homúnculo fue posteriormente usado en la discusión de la concepción y el nacimiento. En 1694 Nicolás Hartsoeker descubrió «animalúnculos» en el esperma de humanos y otros animales. La escasa resolución de aquellos primeros microscopios hizo parecer que la cabeza del espermatozoide era un hombre completo en miniatura. A raíz de ahí se desataron las teorías que afirmaban que el esperma era de hecho un «hombre pequeño» (homúnculo) que se ponía dentro de una mujer para que creciese hasta ser un niño; éstos llegarían más tarde a ser conocidos como los espermistas. Se pensaba que ya desde Adán estaba enclaustrada toda la humanidad, y se iría transmitiendo a su descendencia. Esta teoría biológica permitía explicar de forma coherente muchos de los misterios de la concepción (por qué necesita de dos); la explicación paulina del pecado original encontraba en esta respuesta científica un apoyo de incalculable valor (hoy la teología prefiere explicar el origen del pecado original y no el «pecado original»)… Fue por aquel entonces, en 1672 cuando el holandés Reigner Graaf descubrió los óvulos. A partir de este evento, la mujer no es ya una tierra virgen donde el homúnculo crece, sino el cincuenta por ciento de ese nuevo ser que va a nacer. ¿Cómo habrían expresado los evangelistas la concepción virginal en los evangelios de la infancia (Mateo y Lucas) de conocer lo que hoy conocemos sobre la concepción humana? El misterio seguiría siendo el mismo, pero no les quepa la menor duda que su formulación sería distinta.

Hemos de ser conscientes que en el tema sexual existen unos temores atávicos que paralizan cualquier posible acercamiento con la bioética actual. ¿Puede comprenderse con lo expuesto hasta el momento por qué (con lenguaje bíblico) el onanismo masculino ha sido tan perseguido como olvidado el femenino y por qué la inseminación artificial es prohibida, eclesialmente hablando, si hay que conseguir el esperma fuera de la vagina femenina?

Si una de las grandes disonancias de la religión viene provocada por la forma de entender el sexo es porque hasta el Concilio Vaticano II el sexo era permitido para la procreación. Hoy el sexo en el ser humano no es para la procreación, ¡es para el amor! Consecuencia del amor, serán o no los hijos. ¡El sexo para la prole es de origen animal, el sexo para el amor es de origen humano!

Si la sexualidad ha provocado disonancias religiosas, qué decirles sobre las disonancias religiosas en nuestra sociedad debido a la forma en la que a veces se entiende el comportamiento humano.

Nuestra sociedad ha tenido y tiene (mal que le pese a alguno) una célula primaria de vital importancia. Esta célula es la familia. Al legislar sobre la familia, de hecho, se ha legislado sobre el matrimonio; pero dado que lo que une al matrimonio es el amor, finalmente sobre lo que se ha pretendido legislar es sobre el amor… ¡que es Dios! Ciertamente que, cuando el amor une, afirmamos con el evangelio: lo que Dios unió no lo separe el hombre (según Mt 19,1-9; y/o la mujer según Mc 10,12). Este dicho de Jesús hay que entenderlo dentro del contexto judaico y en el marco de las relaciones hombre/mujer.

¿Qué sucede cuando la defectibilidad de los seres humanos lleva a la disolución del amor que un día se prometió para siempre? La sociedad ha encontrado solución al dilema: divorcio. No así la religión. Y la consecuencia es una disonancia tal que muchas personas no entienden cómo parejas normalmente de relevada importancia, casadas por la Iglesia, pueden en un futuro volverse a casar. ¿Qué ha sucedido? Que, siguiendo a Leon Festinger se han generado ideas y creencias nuevas para reducir la tensión hasta conseguir que el conjunto de las actitudes encajen entre sí, constituyendo una cierta coherencia interna.

En el caso que nos ocupa se ha buscado la forma de declarar nulo el matrimonio realizado. Nulidad, sí, aunque se tengan varios hijos, pero divorcio no. Por tanto si el matrimonio previo es considerado nulo, existe la posibilidad de casarse nuevamente.

Como teólogo y creyente me pregunto si no estaría más acorde con la fe recibida seguir los pasos del Evangelio ¿Acaso ante problemas de convivencia matrimonial no encontraron soluciones las primeras comunidades cristianas?

Ciertamente que sí; ¿cómo es posible que veintiún siglos después nos sintamos incapacitados para encontrarlas?

La historia nos muestra que ante diversos problemas de convivencia en la pareja se encontraron soluciones en el pasado:

Privilegio mateano: En caso de «porneia» (Mt. 19,9) que no es fornicación sino consanguineidad, Mateo opta por romper el vínculo.

Privilegio Paulino: En caso de la conversión al cristianismo de uno de los cónyuges (1Cor 7), si no es posible la convivencia queda roto el vínculo, pues como dice el apóstol, «para vivir en paz os llamó el Señor». Creo que si hubiéramos sabido interpretar esta lógica respuesta de Pablo se podrían haber solventado infinitud de disonancias y sufrimientos a través de los siglos.

Privilegio Petrino: El llamado privilegio Petrino constituye una realidad sumamente compleja, tanto en orden a su naturaleza como en orden a su objeto específico.

Encuentra su origen en una serie de constituciones pontificias del siglo XVI: la Altitudo (1 de julio de 1537), la Romani Pontificis (2 de agosto de 1571) y la Populis (25 de enero de 1585). Hay quienes tienden a interpretarlo como si fuera una especie de ampliación del privilegio paulino –hipótesis que hoy suelen rechazar los canonistas– y quienes prefieren relacionarlo más bien con el poder más general conferido al sumo pontífice en el ejercicio de su potestad vicaria (Mt 16,18).

El terreno de aplicación de este privilegio es muy variado: va desde la dispensa respecto a las interpelaciones en caso de imposibilidad de hacerlas hasta la posibilidad de decidir, por parte del que se convierte a la fe, a qué persona escoger como cónyuge en el caso de un matrimonio poligámico preexistente. Lo que en definitiva está en la base del privilegio Petrino es el principio de que el matrimonio de los infieles no resulta absolutamente indisoluble frente a la potestad vicaria del papa, si no se consuma de nuevo tras el bautismo de los dos cónyuges. Así pues, la indisolubilidad radical del matrimonio aparece ligada al doble requisito del sacramento y de la consumación.

Este último requisito –el de la consumación– justifica también la posibilidad de disolución del matrimonio rato y no consumado, contraído válidamente por dos bautizados. Efectivamente, la disputa medieval sobre la esencia del matrimonio había desembocado en la contraposición entre los que pensaban que lo que hacía el matrimonio era solamente el consentimiento (escuela de París) y los que opinaban que el elemento decisivo era la cópula (escuela de Bolonia). Alejandro III y posteriormente Inocencio III, aunque sostenían que lo que determina la existencia del matrimonio es el consentimiento, afirmaron que el matrimonio rato y no consumado recaía en todo caso bajo la potestad y la jurisdicción de la Iglesia, la cual podía, por consiguiente, proceder a su disolución.

Hasta el siglo XVI hemos visto tres excepciones a la regla. Tres problemas, tres soluciones ¿Por qué, al respecto, existen tantas disonancias en nuestra creencia católica? ¿Por qué en la actualidad, y ante la imposibilidad de encontrar soluciones para nuestros matrimonios católicos, simplemente les dejamos que se tiren por la calle de en medio?

Repito las palabras de Pablo: «para vivir en paz nos llamó el Señor».

Disonancias religiosas en nuestra sociedad, muchas más de las que fueran deseables, especialmente en el campo de la bioética. No voy a señalarlas porque seguro que en la mente de todos Vds. hay más de una. Pido a Dios no tengamos que pedir perdón dentro de unos años. Recuerden en el siglo pasado al inicio de los trasplantes de órganos las disonancias que se organizaron (¿con qué miembros resucitaría el trasplantado?).

Comenté al comenzar esta exposición, a modo de ejemplo, que la Iglesia, a través del magisterio de Papas, había entrado en los DDHH, especialmente a partir de Juan XXIII, pero que los DDHH todavía no habían entrado en la Iglesia. Esto motiva varias importantes disonancias que como hijos de la Iglesia nos preocupan y por ello trabajamos para, dentro de lo posible, tratar de encontrar nuevas armonías.

La mujer en la Iglesia. La igualdad entre hombre y mujer se ha conseguido en nuestra sociedades democráticas (por favor, no hablo de la igualdad que pretenden algunos gobernantes, no hago política, pretendo hacer religión, a partir de la fe). Esta igualdad no ha llegado al corazón de la Iglesia. Ilustres y conocidas teólogas del orbe católico llevan trabajando al respecto para demostrar que con Cristo iban muchas mujeres (de hecho son ellas las primeras que aprehenden la resurrección), y que en las primeras comunidades cristianas la Iglesia no era el templo sino la casa, la Iglesia doméstica (Lucas comienza y acaba su evangelio en el Templo, así como Hechos de los Apóstoles comienza y acaba en un hogar).

Los trabajos de estas teólogas llegarán a dar su fruto porque no hay impedimento en los textos sagrados para que hombres y mujeres puedan ser consagrados por igual. Respetamos y aceptamos como católicos la actitud de Roma, pero las disonancias existen. De hecho, si entonces no aparecieron discípulas en los textos, fue porque la palabra no existía en el diccionario. Hoy hay pilotos de fórmula y de aviación que son mujeres, pero por no existir la palabra el substantivo pilota ¿tendrán el mismo error nuestros estudiosos del futuro?

¿Qué decir del celibato de los sacerdotes? Todos los días aparecen discrepancias en los medios de comunicación provenientes de los propios sacerdotes. Si debemos encontrar solución para los matrimonios católicos con problemas, igualmente hemos de encontrarla para los sacerdotes obligados a un celibato hasta la muerte. Aceptamos y respetamos como hijos de la Iglesia esta actitud, sin embargo, estimo que no tardaremos mucho en ver, en una primera fase, cómo los casados podrán entrar en el orden sacerdotal. El celibato podrá ser opcional, temporal. No existe ningún impedimento teológico para que así sea. Desde Pedro, el primer Papa, han existido hombres de Iglesia casados.

Antes de finalizar esta exposición permítanme indicar a modo de conclusión que dadas las características especiales que estamos viviendo en nuestra España, y lo aclaro para evitar confusiones y sin desdecirme de nada de lo expuesto que, a veces, y mal que nos pese, es necesario parar el coche.

Hoy, conviene recordarlo, nuestra religiosidad se encuentra fuertemente atacada por ciertos estamentos oficiales. Pretenden inventarse valores tratando de ridiculizar aquellos en los que se sustenta la sociedad. Decían los griegos que para educar a un niño hacía falta un pueblo. Ahora pretenden educar en valores desde una asignatura inventada y de obligado cumplimiento, para cargarse poco a poco la asignatura que enseñaba los valores de nuestros mayores como es la de religión, que no es de obligado cumplimiento.

Y todo en aras de una alianza de civilizaciones que lo único que pretende es poner nuestras creencias a la misma altura que las demás, para posteriormente, si ello fuera posible, hacerla desaparecer. Por ello, a la hora de concluir este monólogo y antes de iniciar el diálogo, quiero apuntar que estamos en un momento histórico en España donde existen disonancias políticas que, como creyentes, debemos denunciar. Sirva a modo de ejemplo lo sucedido el pasado mes de Julio con nuestro representante y Ministro de Exteriores el Sr. Moratinos (ministro dimitido hace escasos días): fue invitado por el gobernador de Badghis, Delban Jan Arman, a participar en una «jirga» (tradicional asamblea afgana que agrupa a los dirigentes tribales, religiosos y políticos): Nuestro ex ministro se pone el chapal (manto del poder) y el turbante en un acto público ante mujeres tapadas con burkas. Aquí se prohíbe el crucifijo en actos y lugares públicos o, como ha ocurrido recientemente, no se permite tocar el himno nacional a nuestras fuerzas armadas en el momento de elevar el santísimo. ¡Viva el diálogo intercultural!

Soy consciente que en ocasiones, para responder a estos y otros ataques, lo mejor es, no ya pisar el freno, conviene parar el coche y apearse. Pero estas realidades propias de nuestro devenir político, no deben obviar las exigencias de Cristo que reclaman, como recuerda Mateo en el capítulo 16 de su evangelio, intentar discernir las señales de los tiempos.

D. Emilio, al proponerme esta conferencia, me ha obligado a meditar sobre algunas de estas señales, y, desde ellas, he pretendido razonar junto a Vds. la importancia que tiene el detectar sus disonancias para, desde la fuerza que nos da la fe recibida, seguir caminando ni pausada ni aceleradamente, cada uno, y como proclama el evangelio, según los talentos recibidos.


* Constantino Quelle Parra es Teólogo.

 
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