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Altar Mayor Nº - 139 (01)
Thursday, 17 March a las 22:11:26

Altar Mayor artículos REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 139  - Extraordinario -  enero / febrero de 2011

 

PRESENTACIÓN
Emilio Álvarez Frías



 
 
Si el individuo que somos todos fuera capaz de encaramarse a un otero y desde allí contemplar, con serenidad, mente limpia y valorativa, la sociedad en la que estamos inmersos, probablemente se sentiría confundido, pues lo que apreciaría a sus pies, casi con toda seguridad, sería un mundo desconcertado, desordenado, disconforme, sin unidad de acción, disonante, contradictorio, aunque sería distinto lo que en su imaginario estaría grabado. Tal vez vería que, en esa sociedad, tan inmejorable considerarían una idea como su contraria; o cómo un líder político puede mantener hoy con firmeza una idea aunque mañana con igual tesón defenderá la contraria; o apreciaría que lo que durante siglos, él mismo, el individuo que lo precedió, fue dibujando palabra a palabra, letra a letra, era derribado por los bárbaros para contraponer un opuesto absolutamente distinto, contrario a la excelencia lograda a través de esa depuración.

Esa disonancia viene de la mano de no considerar hoy al bien desde los mismos parámetros que ayer, ya que en estos momentos la belleza se encuentra asociada a lo más vulgar; la verdad es cuestión de gustos, modas, apreciaciones, inclinaciones, deseos o intenciones personales; la fe en algo permanente y eterno anda a la deriva porque en ella no se encuentra sentido al haber abandonado la idea de la trascendencia para sustituirla por un culto desmesurado a la inmanencia; la religión, en la que el hombre centra todo su sentido de la espiritualidad desde hace seis mil años, en un principio a través de una mística sencilla y primitiva, más depurada posteriormente con el paso del tiempo hasta llegar a las religiones del Libro, la ha ido abandonando y ha dejado de creer en un ser superior creador del universo y de la vida, para enrolarse en la «religión», entre otras, del socialismo que promete la felicidad en todo y para todos.

Tarea complicada ésta con la que se han enfrentado las «Conversaciones en el Valle» en su XVII edición.

¿Es nueva esta actitud de la Sociedad? En absoluto, de ninguna forma. El movimiento de la historia es constante, las ideas surgen y desaparecen con cierta periodicidad, y aunque prácticamente siempre son las mismas, no son presentadas de igual forma, sino tratadas con distintos planteamientos pues el continuo vagar produce modificaciones constantes. Y la historia es una permanente evolución de acuerdo con la técnica, la ciencia, el conocimiento y la propia descripción de los conceptos. Ejemplo claro lo tenemos en las matizaciones y precisiones con que la teología va puntualizando los textos bíblicos al llegar a la conclusión de que las palabras de Jesús de Nazaret no son piezas inamovibles de oratoria, sino mensajes que han de ser valorados y actualizados en cada momento de la historia del hombre, pues la sociedad de cada tiempo es distinta de la de épocas pasadas, la mentalidad del hombre evoluciona constantemente y, además las estructuras mentales de los individuos occidentales son distintas de las de los individuos orientales, y a su vez las del mundo negro de las dos anteriores, y así podríamos desgranar una amplia gama de receptores del evangelio a los cuales hay que acomodarlo para su comprensión.

La peripecia existencial del hombre es una permanente ecuación de infinitas incógnitas, pues cada ser humano aporta las suyas en función de la propia libertad de que es portador, de sus condiciones vitales, etc. De esta forma es absurdo buscar la unidad absoluta de pensamiento y acción del hombre, si bien no hay que descartar el intento de crear arquetipos comunes que le permitan vivir en hermandad con otros seres para, en conjunto, y ayudándose unos a otros, conseguir metas de convivencia, de experiencias, de conocimientos, evitando lo más posible las disonancias y contradicciones de los grupos y de los hombres en su individualidad. Algo, ésto, que se corresponde con los primeros tanteos del hombre en la antigüedad más remota, cuando iniciaba su andadura.

Para plantear el tema con la mayor precisión hemos acudido a tres personalidades que nos han situado ante la realidad con el fin de que sus reflexiones nos ayuden al análisis de esas disonancias y nos pongan en el camino de poder ahormar nuestro propio criterio, sacar las conclusiones pertinentes y poder actuar después para, junto con otros, intentar hallar los puntos de encuentro necesarios a fin de conseguir lo que en el fondo más ha de interesarnos: tomar el camino por el que discurrir de la forma más correcta al encuentro del futuro definitivo al que hemos de pasar cuando alcacemos la meta del acá.

A través de las exhortaciones de los comunicantes que nos han puesto en el camino de ver, las incógnitas han crecido pues el tema es sumamente complejo. Sabemos, y está claro, que no es asunto nuevo esto de la disonancia en la sociedad ni la discordancia ente los valores que por ella rondan; siempre los hubo y cabe sospechar que nunca tendrán fin, pues ese libre albedrío, al que antes hemos hecho mención, nos sitúa en la encrucijada de la diversidad de caminos por los que la mente y el pensamiento del hombre puede discurrir en su infinita variedad de oportunidades.

Sabemos, también, que la mente de los individuos no ejerce sus posibilidades libremente si no se siente estimulada por las ideas y pensamientos surgidos de otros individuos de condiciones especiales, creadores de conceptos nuevos, de matizaciones diversas de esos conceptos, de planteamientos de reformas profundas en la individualidad de los hombres o en las comunidades que los agrupan. Y no ignoramos que existen otras mentes, quizá no muy desarrolladas, quizá nacidas a la vida activa con ideas fijas no elaboradas, posiblemente con sentido del dominio sobre los demás, con pretensiones de líderes incuestionables que han de proyectar hegemonía e influencia sobre las masas, que se imponen increíblemente y destrozan todas las normas de convivencia, todos los principios elaborados durante siglos, todos los cánones de cultura creados día a día por seres realmente privilegiados, todos los principios de la belleza, de las buenas formas, del estilo de vida, del arte, etc.

Naturalmente, ello conduce a la aparición de la disonancia entre el ayer y el hoy, al rechinar de dientes entre lo que unos u otros consideran como bueno o aprecian como malo, a las opiniones contradictorias sobre lo que es aconsejable hacer, cómo estructurarse, cómo montar la sociabilidad, cómo entenderse para que transcurra ordenadamente el tiempo de cada quien y el de todos juntos.

Esta disonancia en la que discurre nuestro ajetreado vivir ha contribuido definitivamente el hecho conocido como modernidad, que rompió muchos esquemas, que conturbó las ideas, que produjo individuos que trajeron novedades disonantes en los planteamientos del hombre y la sociedad, pero que, sin agotarse, dio paso al tiempo conocido como postmodernidad en el que la ruptura de todo orden fue ampliamente conseguido con la aquiescencia o cobardía de aquellos que seguían propugnando los valores clásicos actualizados, sin que tuvieran el valor de plantar cara por miedo a perder privilegios y regalías.

Resultó fácil fomentar la teoría del consenso para llegar a ninguna determinación seria pero dejando con ello abiertas de par en par las puertas para que entrara todo tipo de creaciones rupturistas que deshilvanaran el tejido en el que aparecían inscritas las normas y creencias anteriores; y de la mano de la liberalidad en entender la religión surgió todo un rosario de variantes desde lo laico al laicismo, a la increencia, para arribar a la apostasía incluso, sin otras justificaciones que simples opiniones absurdas, lanzadas sin fundamento por los analfabetos y los ladinos, sin valorar las aportaciones de la religión a la historia, a la cultura, al arte, a la vida de cada día, con el desarrollo de un odio desmedido aplicado de forma distinta hacia el cristianismo más que hacia otras religiones, sectas, planteamientos filosóficos o teosóficos, movimientos espirituales, etc.; con unos argumentos precarios y ambiguos sobre la teoría del derecho a elegir que deben tener las personas, que se escapa de la libertad responsable que las asiste, y así ha de tenerse derecho a elegir el aborto sin considerarlo como la muerte de un ser racional vivo –al tiempo que se hacen mascaradas necias y estúpidas de varones y mujeres arrancándose una prenda de piel hasta quedar desnudos con el fin de llamar la atención sobre la necesaria defensa de los animales–; o se propugna la eutanasia de las personas mientras un veterinario se niega a llevar al cielo de las «mascotas» a un animal que sufre dolencias –que las tienen como nosotros– en sus últimos días de existencia.

Viendo, en el colmo del absurdo, cómo se condena judicialmente a unos padres que desean educar y enseñar directamente a sus hijos porque consideran que los centros de enseñanza oficiales y obligatorios no los forman como ellos desean, no les imparten las materias que a su juicio debe aprender el niño en la cantidad y calidad deseada, y están en contra de las materias marginales con las que tratan de inculcarlos un sentido material de vida contrario a las propias creencias y una intencionalidad torcida para, de esa forma, asegurarse la fidelidad futura, pues quieren evitar lo que ya dijera Sócrates en el siglo V a.C.: «Los jóvenes de hoy aman el lujo, tienen manías y desprecian la autoridad. Responden a sus padres, cruzan las piernas y tiranizan a los maestros»; y esos padres advierten que la liberalidad con la que se enseña hoy día es muy proclive a esas tendencias actualizadas. Introduciendo en la sociedad y en las mentes unos paradigmas confusos, egoístas y prosaicos de una cultura mundial que iguala a todos los seres en la parte baja del escalafón del saber con el fin de hacerlos masa amorfa sin ideas propias, sin pensamientos diferenciados, ayunos de espiritualidad y de lo excelso, con lo que, al darles las migajas o la pasión por un deporte manipulado y controlado ya tienen bastante: «Hace ya mucho tiempo, de cuando no vendíamos nuestro voto a ningún hombre, hemos abandonado nuestros deberes; la gente que alguna vez llevó a cabo comando militar, alta oficina civil, legiones, todo ahora se limita a sí misma y ansiosamente espera por sólo dos cosas: pan y circo», nos decía en el siglo I Juvenal en su Sátira 10.77-81

Con los nuevos conceptos de las esencias, los hechos, las personas, se entra en la hipótesis especulativa de la ambivalencia, con la teoría del género, en la que igual se puede ser masculino que femenino que homosexual, según los deseos personales, al margen de la impronta de origen, eligiendo el sexo deseado, adquiriendo los comportamientos apetecidos, y por ello en la formación de los más jóvenes se ha de promocionar por igual el juego de niños y niñas, tanto en unos como en otras, con juguetes tradicionalmente reservados, prácticamente en exclusiva, a uno u otro sexo por inclinación natural.

En este desvarío no importa romper la estructura económica de un lugar, de un país, llevándolo a la pobreza, si ello conlleva mayores beneficios para el capitalismo duro y abyecto, haciendo uso de la deslocalización de los lugares de producción en busca de una mano de obra esclava y miserable, del trabajo de niños en edad escolar, al margen de todos los convenios establecidos en pro de los derechos humanos de los hombres, pues lo que interesa en producir más barato para obtener mayores beneficios.

Insensatamente y con inmensa ligereza se expande la idea de que el hombre (varón y mujer, hay que repetirlo constantemente para evitar equívocos y malas interpretaciones), el niño (como germen de vida) y todo ser viviente, es acreedor los más variados derechos, de todo tipo de bienes, siempre que estén incluidos en el programa de los progres que detentan el poder, pues si conciben la idea de que hay que prohibir fumar, en ese momento se quiebra la libertad de gozar con amplitud los derechos que se propugnan, como se quiebra ese derecho ante el hecho de ejercer la objeción de conciencia, o si se opina o se piensa de forma diferente al Gobierno, o si se considera que los llamados matrimonios homosexuales va contra natura, etc. Es decir, que los individuos pueden hacer uso de todos los derechos imaginables, por perversos que puedan llegar a ser, siempre que no figuren en el «índice» del ejercitante del poder de turno.

Mas, ¿y quién habla de deberes? ¿Es que los individuos sólo tienen derechos? ¿Acaso están exentos de deberes? ¿No debe existir al menos una compensación entre unos y otros? ¿Puede subsistir una sociedad sin que los individuos que la conforman, al tiempo de contar con derechos no deben reconocer la contraprestación de unos deberes? Es la contradicción o la disonancia del confuso mundo de hoy. Ofrecer derechos da prestigio, atrae amigos, los votantes aumentan, la sociedad se encuentra muy a gusto reclamando por todo; el niño puede insultar al profesor y acudir al defensor del menor mientras el profesor no le puede poner un correctivo; o puede enfrentarse y pegar a sus padres sin que estos tomen medidas enérgicas porque pueden ir a la cárcel; o el inmigrante que no contribuye a la Seguridad Social puede reclamar más que el nativo que lleva toda la vida cotizando, por temor a que planteen la existencia de trato xenófobo; o los piquetes informativos de una huelga pueden actuar violenta y salvajemente sin que luego los tribunales los condenen a las penas en las que pueden haber incurrido de acuerdo con las leyes, etc. Al poder no le interesa hablar de obligaciones: va imponiendo las que le interesan dentro de ese maquiavelismo de hacer indirectamente lo que en cada momento le conviene.

Como podemos darnos cuenta de que, desde que empezó la crisis económica (que no era crisis según el poder, sino desajustes, aumentado por la falta de patriotismo de la oposición), todo ha sido una continua contradicción, una disonancia espectacular escuchada en todo el ámbito de la economía mundial, un viraje continuo, un tomar medidas cada día sin querer asumir las que realmente eran precisas y recomendadas por los economista de aquí y de los principales foros internacionales. Y seguimos en la soberbia de los incapaces, de los ignaros, de los incompetentes, de los indocumentados sin ver otro horizonte que la puesta permanente del sol sin conseguir vislumbrar los más sutiles rayos del astro naciente.

No teniendo en cuenta de dónde es preciso ahorrar, de cómo han de contribuir todos los españoles por igual en cubrir las necesidades del estado, de la forma en que han de ser distribuidos los caudales para que todas las tierras de España puedan ir adquiriendo una armonía en la riqueza… Ese es un punto en el que se da la contradicción más dolorosa: los miembros del Parlamento, por ejemplo, no contribuyen a las arcas de Hacienda con el porcentaje que les correspondería de acuerdo con sus ingresos, como el resto de los españoles; mantenemos unos partidos políticos que gastan desmedidamente del dinero que tanto cuesta ganar a los que dejan su esfuerzo en el trabajo; subvencionando pródigamente a unos sindicatos que deberían sufragar sus gastos como los de cualquier sociedad o asociación: de las cuotas de sus socios o de aportaciones conseguidas por el esfuerzo de sus dirigentes o servicios prestados; padeciendo unas Comunidades Autónomas que tienen un agujero en la mano por donde se les va el dinero en las cosas más baladíes; sosteniendo una dotación inconmensurable de personal en todas las administraciones de la Nación;…

Siendo preciso hacer mención a que gastamos dinero en la formación de los universitarios en la intención de que adquieran un saber importante en su especialización (olvidando los muchos que la mala formación con la que acuden a esos centros de la excelencia no pueden hacer otra cosa que ir trampeando las asignaturas hasta conseguir un título que luego quizá no podrán ejercer por insuficientes conocimientos) para luego dejarlos marchar al extranjero a ejercer los conocimientos adquiridos, a investigar en centros donde les ofrecen esa posibilidad, porque aquí, a pesar de la tan manida proclamación de la necesidad del I+D+i, no se ha tomado con seriedad esta imperiosa exigencia de los países que quieren situarse en cabeza entre los del mundo.

Y hemos inventado el político profesional. No vamos a entrar en matizaciones sobre qué es la política, porque nos perderíamos en un empeño que no es objeto de estas notas. Lo que intentamos tocar es el ejercicio de la política, es decir, al hombre que se ocupa del «ejercicio del poder» en definición clásica, o del juego o dialéctica amigo-enemigo que diría Carl Schmitt. Por eso habría que preguntarse con absoluta llaneza, ¿cómo debe ser un político? Y la respuesta parece apuntar que ha de ser algo parecido a una persona preparada, conocedora de alguna rama del saber, documentada sobre la práctica de la gobernabilidad, experimentado, etc. Pero, por el contrario, al menos en el panorama que tenemos delante, contradictoriamente nos encontramos con que el político al que entregamos el complejo mundo del «ejercicio del poder» está más bien deficientemente preparado, es arribista, sin un exceso de honestidad, aprovechado de los bienes públicos para medro personal, despreciando a quienes le conceden la representación, manipulador del pueblo, y buscador de una amplia holganza de vida para el resto de sus días. Produce rubor y hastío contemplar a «nuestros representantes» dirigiendo los asuntos del Estado en sus diferentes niveles.

En este pequeño catálogo de fotografías sobre lo contradictorio y disonante en nuestra sociedad, en nosotros mismos como personas, no hemos agotado las posibilidades, sino que hemos apuntado algunas de ellas para dar paso a los textos de quienes nos abrieron las entendederas para estimularnos a pensar más detenidamente sobre el particular. Textos que se complementan con otros igualmente interesantes y sugestivos de amigos que han colaborado en el intento de informarnos sobre variados aspectos de la vida por la que caminamos, a veces descuidadamente sin preocuparnos de lo que nos rodea, a veces irritados porque apercibimos las disonancias y nos surge el «no es esto no es esto» ya que no se cumple lo que esperábamos para nuestra nación.

Llegados aquí, no parece inútil que confirmemos que el propósito de las «Conversaciones en el Valle» no es otro que intentar el encuentro con la idea fundacional del Valle de los Caídos de buscar, por medios pacíficos y el estudio y análisis de las formas de convivencia entre los hombres, el medio para que nunca más los españoles tuvieran que encontrarse en trincheras opuestas. Y de entrada podemos hallar en nuestro propósito, como ejemplo de lo que pretendemos exponer en esta XVII edición, una evidente contradicción que disuena escandalosamente: las «Conversaciones en el Valle», paradójicamente, no se celebran en el lugar en el que nacieron, sino cobijadas en el Instituto CEU de Estudios Históricos, donde han encontrado ayuda y comprensión, pues por mor de la Ley de Memoria Histórica, en el recinto del Valle de los Caídos no se pueden celebrar reuniones para hablar de cuestiones relacionadas con el hombre y la sociedad, la forma de entenderse los individuos, y todo ello encaminado al perfeccionamiento de la convivencia en busca de la paz individual y colectiva.

Propósito que estaba en la intención de la Fundación del Valle, pues junto a crear un lugar de encuentro y reconciliación en la muerte de cuantos entregaron su vida en un enfrentamiento entre hermanos, los españoles, dejando a un lado las diferencias, se sentaran para estudiar conjuntamente los problemas con los que se encuentra el hombre individualmente y en sociedad. Y en esa intención nació el Centro de Estudios Sociales que funcionó desde la inauguración del Valle hasta el año 1982, momento en el que se produjo el cierre por un proceso de inanición durante los últimos años anteriores. No fue escaso el trabajo realizado durante los veinte años de actividad, y su obra aparece recogida en cincuenta y seis volúmenes que albergan temas relacionados con el trabajo, la economía, la sociedad, la empresa, la juventud, el hombre, el cooperativismo, la agricultura, los movimientos poblacionales, la familia, la integración de Europa, el urbanismo, la vivienda, los medios de comunicación, la educación, la fiscalidad, la moralidad pública, la justicia, el Estado, la Nación, y un completo repertorio de temas desarrollados por importantes personalidades de España y de fuera de nuestras fronteras.

Los temas que las «Conversaciones en el Valle» han desarrollado a lo largo de diecisiete ediciones, han sido los que en cada momentos parecieron más interesantes y tentadores por su actualidad. En 1994, cuando el porvenir de Europa era ciertamente tambaleante, se habló de Moral, ética y futuro de Europa;en 1995, ante un tiempo que se vislumbraba en cierta medida oscuro, se analizó La perspectiva ante el año 2000;en 1996 ya preocupaba más de lo habitual el ser de nuestra Patria y dedicamos las jornadas a tratar el tema España;en 1997 consideramos que era preciso reivindicar el comportamiento del hombre ante lo absoluto, y nos enfrentamos con La Verdad;en 1998 se estimó conveniente ver al hombre en su conjunto y su entorno, y dedicamos el tiempo al tema Hombre y Sociedad;en 1999 era tan evidente la degradación de nuestro entorno, dentro y fuera de nuestras fronteras, que estimamos importante adentrarnos en Cómo se regenera una sociedad;en 2000 no quisimos dejar para más adelante un hecho incuestionable en los últimos años, La revolución de Juan Pablo II,hecho que ha tenido importante trascendencia para Europa y el mundo; en 2001 en España se empezaba a ver con claridad tanto la necesidad de una población inmigrante como sus posibles inconvenientes, y por ello analizamos Los movimientos migratorios;en 2002 nuestro país, que estaba inscrito sin paliativos en el viejo Continente creador de la cultura occidental, nos impelió a tratar justamente el tema que aquejaba a Europa;en 2003 la globalización era un asunto que se dejaba sentir en la vida cotidiana de las personas y los pueblos, y por ello nos enfrascamos en el estudio de La cultura de la mundialización;en 2004, tiempo de compromisos, nos pusimos a la obra de intentar perfilar con mayor exactitud lo que representaba, ahora y en tiempos pasados, España en Europa; en 2005, en momentos en los que ya resultaba sumamente evidente la disociación de lo religioso con el hombre, pese a la necesidad que éste tiene de alimento espiritual, entramos al estudio de Iglesia y Sociedad;en 2006 era evidente la necesidad de enfrentarse con la cuestión El ser de España, pues se precisaba un posicionamiento respecto a España como Nación, como «unidad de destino», como lugar en el que una comunidad asentada desde siglos atrás hizo una Patria que consideramos ha de permanecer unida en el tiempo, ha de encontrar de nuevo el camino de su andadura en la Historia y ha de conseguir volver a unir a sus hombres en un destino común; en 2007, en la línea de los últimos años de situar al hombre en su entorno, consideramos preciso aclarar el tema de La laicidad, pues esta expresión se maneja de muy diferentes maneras, con interpretaciones variadas y confusas, arrimando cada quien el término a su redil con intenciones torcidas en no pocas ocasiones y significaciones ambiguas casi siempre; en 2008 consideramos preciso acercarnos de nuevo al lugar en el que nacimos, vivimos y esperamos entregar nuestra vida a Dios: España, analizando aquello que nos impide la armonía entre hermanos, la solidaridad entre territorios, la libertad a la que tienen derecho todos los españoles cualquiera sea el lugar en el que estén ubicados, para encontrar los errores que se hayan producido, buscar las causas que los han originado e intentar hallar las soluciones más adecuadas, y que englobamos en el rótulo genérico de La organización del Estado; en 2009 creímos necesario buscar las razones de por qué los españoles nos complacemos en resquebrar la convivencia entre unos y otros así como a dilucidar los motivos por los que el sistema democrático, tan ansiado desde la antigüedad, es tan difícil de encontrar en una forma que resulte útil y beneficioso para todos, sin abusar de sus bondades, empeño éste que nos indujo a estudiar lo que se encierra tras términos tan en uso como Democracia y convivencia; y el este último año, 2010, ante la preocupación que nos causaba las diferencias constantes y de antiguo que el hombre tiene consigo mismo y con los demás, lo que redunda en la sociedad, pensamos que no resultaría ocioso ahondar en un tema tan especial como Sociedad contradictoria, sociedad disonante, cuyas reflexiones aparecen en el presente número de Altar Mayor.

Como hemos de terminar, sean las últimas palabras para agradecer la generosidad del trabajo realizado por quienes intervinieron en la exposición pública de sus cavilaciones; así como también a quienes respondieron a nuestra llamada aportando importantes trabajos sobre el tema en cuestión. Y, cómo no, nuestro agradecimiento al Instituto CEU de Estudios Históricos que nos acogió con cariño.


 
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