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Altar Mayor Nº - 140 (16)
Thursday, 19 May a las 11:04:44

Altar Mayor artículos REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 140.-  marzo - abril de 2011

 

LIBROS



El fracaso de una utopía. De Stalin a Mao
Editorial Áltera. Barcelona 2010. 365 páginas
Fernando Paz
 
Una descriptiva a la vez que enjundiosa historia de los crímenes comunistas a través de las cimas del terror rojo: la Unión Soviética, la China maoísta y Camboya. En la primera, la de mayor duración desde 1917 hasta 1991, en la segunda la de mayor número de víctimas, sobrepasando cuantitativamente lo que parecía imposible de superar desde el triunfo bolchevique, y en la tercera la del mayor exterminio proporcional de población alguna en el mundo.

Sin embargo el secretario general del Partido Comunista de España ha afirmado que «los comunistas no tienen que pedir perdón por nada». En la esclarecedora y extraordinaria nota previa de la obra, que rebasa con mucho el mero carácter de nota por la exposición de reflexivas consideraciones, entre otras podía destacarse una fundamental al menos en la Ex–paña de hoy. La relativa a la deserción por cobardía de aquellos que deberían haber puesto freno a los desmanes de esa manipulación respecto a los crímenes del comunismo en la actual falsificación histórica de colosales dimensiones desde un triple frente político-mediático-judicial.

Nota en la que afirma una verdad sin prejuicios, la de recordar que los comunistas tienen razón cuando se niegan a ser comparados con los nacional socialistas alemanes, y es porque el porcentaje de crímenes es entre diez y quince veces superior al de estos. Que envolvieran dichos crímenes, afirma certeramente el autor, en los consabidos buenos propósitos milenaristas no les exime de su responsabilidad, sino que aún la agudiza, porque añade al delito la mentira.

La parte más extensa de esta interesante obra, entre lo más esclarecedor que se haya escrito sobre el particular en España, va dedicada a la URSS, con una pormenorizada disección de lo que fue la vida en el reino de Lenin, fundador y exegeta del terror. Aún siendo repetitivo hay que insistir en ese papel pionero de Lenin a quien corresponde la primacía en su puesta en funcionamiento, aunque Stalin lo perfeccionaría y ampliaría en magnitudes muy superiores.

La descripción del terror no simplemente estaliniano sino inherente al sistema mismo se presenta de forma nítida y prístina. También hay que reiterar que el mismo espíritu de exterminio de los enemigos de clase, de destrucción de una sociedad y el lastre sobre generaciones no era privativo de Stalin y de su crueldad. Similares proyectos albergaban los Bujarin, Radek, Kamenev, Zinoviev, Rakovski, Piatakov... Era una característica intrínseca del sistema.

Apretada y enjundiosa síntesis la realizada por el autor no sólo sobre el terror, sino las consideraciones sociológicas sobre la sociedad soviética, de ahí un valor añadido más a la enjundiosa obra. La vida privada y los niños en la URSS, la religión y el sexo, abundan respecto a lo anteriormente expuesto.

En lo relativo al terror, la purga del Ejército Rojo, la violencia sobre el campesinado, la aplicación sistemática de la tortura constituyen una descripción de la aplicación científica del mismo; terror no fruto de situaciones pasionales y esporádicas, sino obediente a una aplicación fría y racional del mismo. La obra adquiere su carácter más trágico y estremecedor en las terribles descripciones sobre el canibalismo originado por las colosales hambrunas, canibalismo que llega al extremo de practicarse de padres con niños. Y los presos del gulag sobreviviendo con la ingestión de la carne de presos muertos. Hoy en la Rusia actual, donde existe mayor libertad en lo informativo que en algunos países occidentales, se reconoce la verdad de tales aberraciones. Frente a la negación durante decenios de su existencia, no ya por los partidos comunistas, sino por tantos colaboracionistas, conscientes unos y estúpidos y necios tantos otros.

El autor pone de manifiesto un buen conocimiento del interior de la nomenklatura estaliniana, de sus intimidades, particularidades, cobardías y servilismo hacia Stalin, lo que se pone de relieve en el capítulo «Tras las murallas del Kremlin».

En la parte dedicada a China adquiere un relieve especial, único, la figura de Mao Tse-tung, Mao Zedong en la nueva grafía, a quien le cabe el horror de haber superado a su admirado Stalin en el número de muertes causadas por el sistema comunista.

Fernando Paz, en esta parte de la obra, menos extensa que la dedicada a la Unión Soviética, pero no por ello menos interesante, describe de modo certero los antecedentes y la historia de quien posee la cifra más elevada en la historia de los crímenes del comunismo.

Lo artero de la personalidad de Mao se pone de relieve en la campaña de las Cien Flores, el engaño de los intelectuales que una vez más creyeron en la sinceridad del pensamiento maoísta, que proclamaba que cien escuelas del pensamiento contiendan, mientras «el gran timonel», como relata Paz, decía: «Un día el castigo caerá sobre ellos», manifestando a su círculo íntimo que estaba largando el sedal para pescar un pez bien gordo.

Donde alcanza el paroxismo el régimen maoísta, relegando a Stalin a un segundo puesto en la cifra de los crímenes del comunismo, lo representa «El gran salto adelante», 1958-1961, produciendo la mayor hambruna de la historia, con la repetición pero aún en mayor escala del canibalismo y del canibalismo familiar, de la Ucrania de los años 30. El número total de víctimas del período maoísta del gran salto adelante puede ascender a treinta y ocho millones de personas.

Hoy en la actual China, aunque con cierta y excesiva circunspección se comentan los «errores» de Mao, del que se reconoce oficialmente que tuvo un treinta por ciento de errores, pero se exponen cada vez con mayor intensidad los crímenes y desastres, especialmente de la Revolución Cultural, que supuso para China el mayor desastre de su milenaria historia. Así se reconoce incluso en ámbitos cada vez menos privados por funcionarios y diplomáticos del régimen chino.

Ante la obra de Mao resulta forzoso preguntarse el porqué del terror y la miseria, el sufrimiento y la muerte del pueblo chino. El gran depredador fue un luchador incansable y tenaz en la consecución de la utopía, de la utopía fracasada. La popular escritora china Jung Chung, le retrata muy acertadamente al describirle como quien había comprendido la índole de instintos humanos cual la envidia y el rencor y había sabido explotarlos para conseguir sus propios fines. Para nuestra opinión presenta similitudes con Stalin al despertar el odio entre las personas, presentando además una característica peculiar, la instauración del imperio de la ignorancia, animando a la destrucción de las clases cultivadas, su antipatía a la educación, junto a su megalomanía al despreciar las grandes figuras de la cultura china, cultura que nunca comprendió como la arquitectura, el arte, la música y de la historia china. Entre los escasísimos personajes admirados por Mao, figuraba el emperador Shih-Huang ti (Qin shi), antecesor de Mao en la crueldad y la destrucción de la cultura clásica.

Al tratar de Camboya se ofrece una especial particularidad, simbiosis entre comunismo extremadamente fanático y locura; con consecuencias terribles para la población camboyana, constituyendo una trágica marca porcentual en las tragedias de la humanidad. Aproximadamente un tercio de la población de Camboya, en un país de unos siete millones de habitantes, fue exterminado por esa simbiosis de locura y fanatismo por el criminal Pol Pot –quien murió sin haber sido juzgado–, y sus secuaces los jemeres rojos. El exterminio brutal alcanzó proporciones inauditas inmersas además en la más terrible crueldad, expuestas con toda claridad en la obra. Se asesinaba a la gente por llevar gafas, a golpes de palos en la cabeza por ahorrar balas, y también por ahorrar gas-oil en las máquinas excavadoras, se les arrojaba en las fosas cubriéndolos de tierra con palas y azadones a las víctimas, a menudo aún vivas.

Este, por ahora, último libro del joven historiador Fernando Paz Cristóbal, El fracaso de una utopía. De Stalin a Mao, confirma la reconocida trayectoria del autor tratando de forma clara, precisa, sencilla, pero que a la vez denota el considerable esfuerzo de investigación del estudioso al tratar un tema del más alto interés de modo antitético con los prejuicios.

Las masas aceptan los prejuicios por pereza, o porque se resisten a realizar el esfuerzo de informarse y de pensar. Véase, en una pequeña muestra, esos jóvenes y no tan jóvenes que llevan en sus camisetas la imagen de un asesino como «Ché» Guevara. Pero también las minorías caen en prejuicios acerca de materias que no son de su especialidad o que no han podido o no han querido meditar. Mas de todos los prejuicios colectivos quizá sea el marxismo-leninismo el que ha resultado más traumático para la Humanidad.

Ángel Maestro
 




Aquí hubo una Guerra (Otra Memoria Histórica, Otra Antología).
Enrique de Aguinaga
Plataforma 2003, Madrid, 2010, 338 pags.
 
Con los años creemos que ya nada puede asombrarnos, que casi todo lo hemos visto y aquello que nuevo pueda aparecernos, nunca podrá superar lo que ya conocemos. Pues no es así, por lo menos en lo que a mí se refiere, pues asombro y profundo asombro, me ha producido el libro de Enrique De Aguinaga, Aquí Hubo una Guerra, que se presenta como «Otra Memoria Histórica. Otra Antología», como reza el subtitulo.

Por una parte está su originalidad, pues se analiza el largo periodo de su vida, que va desde 1936, principio de la Guerra Civil, hasta nuestros días, mediante mil ciento cincuenta y cuatro testimonios de los más variados personajes, de distintas ideologías y profesiones, representantes de esas dos Españas que con tanto ahínco unos pretenden superar y otros, por el contrario, azuzar.

No es como pareciera, por lo dicho, un libro de citas, pero sí, con un hilo conductor de la trayectoria vital del autor, un testimonio histórico y una tesis profunda, avalada y sustentada en esos más de mil testimonios, minuciosamente contrastados y reflejados con exactitud en el momento y lugar en que fueron hechos. Los textos producto de una larga, paciente y heterogénea colección están enlazados por reflexiones y memorias personales, en un discurso lineal y autobiográfico, de modo que el conjunto da cuenta del proceso mental de quien, siendo joven joseantoniano en la inmediata postguerra, es hoy, por ley del tiempo, un anciano que contempla el curso ideológico de su vida y de la sociedad en que vive, revisando las palabras que le afectaron en cada tiempo. Con esta explicación el propio autor nos define la trayectoria del libro, pero hay inmediatamente que señalar, que aunque muchos joseantonianos podemos reflejarnos en él, no está hecho para recuerdo o nostalgias de los que de ahí proceden y han vivido ese periplo vital, sino, con un intento de eliminar al máximo la subjetividad, para conseguir la posible objetividad. Es de una honradez intelectual tal, que puede servir y verse en él reflejado, cualquier español que haya vivido dentro del proceso de los cuarenta años de Franco y siga viviendo en este periodo de la Transición.

Niño de la guerra, miembro del Frente de Juventudes, falangista, joséantoniano convicto y confeso, periodista, catedrático en la Facultad de Ciencias de la Información de Madrid, hoy jubilado emérito y anciano, que no viejo, con todas sus facultades mentales en pleno rendimiento, Enrique de Aguinaga es un testigo y protagonista excepcional de estos más de setenta y cinco años de postguerra civil. Y esto porque como señala, en el libro, Roman Pí: «La guerra no esta cancelada […] hace falta un siglo para que un hecho de esa magnitud traspase la frontera que separa la vida de la historia».

Se estudia, desde una perspectiva inédita, el proceso del régimen de Franco, con la inicial ilusión joseantoniana, hasta como se diluye y aminora a la Falange, hasta quedar en Movimiento Nacional, malogrando, en gran parte, la síntesis y la conciliación propugnada. Como señaló el periódico Ya: «(La Falange) ha prestado positivos servicios, es evidente; pero también que los ha prestado a costa de su despersonalización, unas veces por tener que cubrir lo ajeno, bueno o malo, que no le correspondía, y otras, por tener que dejar fuera lo propio, lo que le hubiera gustado abrigar». En este sentido, es impresionante el capítulo dedicado al diario Arriba, con los informes inéditos de Ismael Herraiz y el posterior de Sabino Alonso Fueyo, ambos directores del periódico, los cuales «tienen pasajes inconcebibles desde el tópico histórico, pero plenamente concordantes con el proceso político en que se inscribe».

Deshace, en este proceso, tópicos tan traídos y manidos por unos por ignorancia y por otros por interés ideológico, del encuadramiento de la Falange como movimiento fascista. Es hora de ir aclarando cuestiones para la historia que en su día, con más perspectiva, se ha de escribir. Este es, especialmente, el contenido de los capítulos «Soy Nacional-Sindicalista», «Entre la vigencia y la utopía» y «Dislocación», que los considero de una importancia histórica para sin hagiografías y con serena objetividad, estudiar la figura de José Antonio y el significado del contenido de su concepción y planteamiento. Y todo ello, como ya se ha dicho, con abundantes y llamativas opiniones de partidarios, detractores, pensadores, políticos, hombres todos de distintos campos del saber, protagonistas de la época o estudiosos posteriores de nuestra historia reciente.

Así se llega a la Transición con un examen de este fenómeno, realmente sorprendente e inesperado, tanto para los que desde fuera contemplaban al régimen español y su trayectoria y los que desde dentro no fuimos capaces de percibir la profundidad e intencionalidad de la misma. Y aquí comienza lo que he llamado tesis central del libro, mediante una indagación, realmente minuciosa y testimonial, del proceso que llega al «atado y bien atado», ahondando, de modo esclarecedor, en el significado del Régimen de Franco, y cómo precisamente se van dando los pasos, claros y terminantes, hasta llegar a la instauración de la Monarquía, en Juan Carlos, rey de todos los españoles. Son los últimos capítulos la culminación de este trabajo con matizaciones sobre este periodo de nuestra historia, que muy pocos han plasmado y fundamentado como lo hace Enrique de Aguinaga, para dejar patente que estamos viviendo una continuidad de aquel régimen, que se trasformó, pero no se rompió. Incluso, cómo Franco fue allanando el camino, con la certeza de que su sucesor, haría profundas reformas y tendría que gobernar de forma diferente. Hay aportaciones inéditas que, mediante minucioso rastreo, saca a la luz Aguinaga, mostrando su estupor ante cómo han pasado inadvertidas para periodistas, políticos e, incluso, historiadores. Se trata de una indagación en palabras del propio Franco, en discursos que van marcando los hitos del régimen, con la presentación de la Ley Orgánica (1966) o la proclamación de Juan Carlos como heredero a título de Rey (1966) y declaraciones a la prensa que, como he dicho, pasan inadvertidas a los ojos de todos nosotros. En definitiva, Franco, devuelve al pueblo español su soberanía y la responsabilidad del futuro: «Nunca se encontró un pueblo en mejores condiciones para entrar en el futuro. Tienen ustedes los medios. Lo demás está por hacer. De ustedes es ya toda la responsabilidad» (p. 278). Y afianza este futuro en la monarquía de Juan Carlos hecho fundamental del «atado y bien atado», y en la herencia que deja de «una clase media» como algo que él no encontró «al asumir el gobierno» (p. 295). La entrevista con el general Walters, enviado por el Presidente Nixon para indagar, del propio Franco, cuál va a ser el futuro de España, es una pieza maestra dentro de la tesis sostenida por este libro, que nos va asombrando y dejándonos anonadados, al ver cómo los que vivimos esa época, no fuimos capaces de ver lo que estaba sucediendo ante nuestros propios ojos.

He de terminar, aunque este libro, da para comentar y deducir muchas páginas más. Enrique de Aguinaga, además de su buen hacer, representa un ejemplo del espíritu de servicio al pueblo desde su profesión y la ejemplar actitud de trabajo y entrega, como prototipo de las generaciones, que desde un ideal joseantoniano, nos entregamos al progreso y desarrollo de España. La importancia de este libro se irá agrandando a medida que pasen los años, como una memoria histórica que habrá de tener en cuenta en futuros trabajos de investigación. Nos tiene que alegrar, pues, su aparición y estamos seguros que cuantos lo lean, tendrán un alimento para su mente lleno de satisfactorias sorpresas. Laus Deo.

Luis Buceta
 



Cuatro sermones sobre el Anticristo
El Buey Mudo, 2010
John Henry Newman
 
 
En 1845, siendo ya un dignatario y un orador prestigioso de la Iglesia Anglicana, y alarmado por la aguda fase de secularización en que daba muestras de hallarse la Inglaterra de sus tiempo, John Henry Newman (Londres, 1801-Birmingham, 1890) adelantó el paso para ingresar en las filas de la Iglesia Católica, donde alcanzó en 1879 el rango de cardenal y, en 1991, la beatificación. Los cuatro sermones que integran este volumen (El tiempo del Anticristo, La religión del Anticristo, La ciudad del Anticristo y La persecución del Anticristo) fueron escritos y dados a conocer desde el púlpito en los domingos de Adviento de 1835, es decir, una década antes de su aceptación de la obediencia a Roma.

Compuestos con un armazón argumental y una claridad expositiva impecables, su publicación nos ha sorprendido agradablemente en un tiempo en que los sacerdotes, en sus homilías, han dejado hace muchísimo de advertir contra la próxima llegada del Fin del Mundo y del reinado del Anticristo, e incluso de hacer la menor referencia a los mismos, pese a formar parte ambas cuestiones de la doctrina católica en vigor. De hecho, ya el magnífico estilo literario –que nos permite adivinar el oratorio– de Newman dice mucho acerca de la enorme distancia intelectual que media entre un sacerdote de la primera mitad del siglo XIX y uno de los albores del XXI. Tras leer a Newman, resulta, en verdad, difícil concluir que los sermones habitualmente escuchados hoy en las iglesias tengan algo que ver con la religión.

El libro no puede, por supuesto, ser leído haciéndose abstracción del contexto temporal en que fue escrito. Es precisamente ese marco el que explica unas referencias al Islam, el judaísmo y la Iglesia Nestoriana como manifestaciones anticrísticas… absolutamente carentes de fundamento. En cuanto al Islam, procede decir que, no sólo el combate contra el Anticristo en los Días Finales –tiempo en que los musulmanes esperan la Segunda Venida de Jesús– es subrayado por Mahoma como misión de todo creyente, sino que, en los medios académicos y religiosos de Occidente, el desconocimiento de la doctrina islámica ha sido durante siglos tan enorme (en particular, tras la disolución en 1314 de la Orden del Temple) que, por lo general, hasta bien entrado el siglo XX, el occidental medio albergaba la convicción de que se trataba de una herejía cristiana. Las afirmaciones en ese sentido de Newman resultan, por tanto, perfectamente comprensibles, aunque en absoluto asumibles por los conocedores del paño, que, gracias a Dios, ya son muchos.

En relación con el presagio de la llegada del Anticristo que, a entender de Newman, supondría la reapertura de sinagogas, es asimismo conveniente subrayar que las iglesias han tendido demasiado a menudo a olvidar que Jesús nunca fue cristiano, sino judío, siendo el judaísmo la única religión por él practicada, así como la única practicada por los Apóstoles y, durante mucho tiempo, por los discípulos de éstos, pues nunca –que sepamos– en vida de Jesús formaron parte de su círculo los judíos más o menos helenizados de la Diáspora. De cualquier modo, la atribución por Newman a los judíos de la condición de futuros conversos al falso culto del Hijo de Iniquidad, no deja de ser equivalente a la otorgada por los judíos a musulmanes y cristianos, y por los musulmanes a cristianos y judíos. Entiéndase, pues, dirigido a todos ellos, y no sólo al ejército cristiano, este reproche nuestro.

En cuanto a la Iglesia Nestoriana (llamada en realidad Iglesia Asiria de Oriente, y cuyas autoridades siempre han precisado que Nestorio no fue su fundador, sino, simplemente, uno de los suyos), su misma historia –siempre, claro, que se la conozca– torna risible cualquier asociación de la misma a los planes del Anticristo. En el documento suscrito en 1994 por las máximas autoridades de la Iglesia Católica y la Iglesia Asiria de Oriente –entonces, Juan Pablo II y Mar Dinkha IV– se refiere de modo expreso que el desentendimiento entre ambas Iglesias tuvo su raíz no en obstáculos doctrinales, sino en confusiones de orden semántico motivadas por el desconocimiento del idioma del otro. El nestorianismo, en fin, no es sino el cristianismo tal y como, durante dos milenios, ha sido entendido en las tierras donde predicó Jesús y por los hombres de su mismo medio cultural.

Hechas estas salvedades, necesarias en tiempos de ateísmo generalizado pero, paradójicamente, también de suma susceptibilidad religiosa, debe decirse que los sermones de Newman, hilados a partir de las revelaciones de Apocalipsis y Daniel y las reflexiones de los Padres de la Iglesia, sorprenden por su lucidez e, incluso, su cierta dosis de clarividencia en el análisis de lo que ya en su tiempo se nos estaba viniendo encima. Acierta, a nuestro modesto entender, en su identificación de la Revolución Francesa de 1789 como precursora del reinado del Hijo de Iniquidad, así como en su apreciación de que «de tiempo en tiempo, aparecen signos que, aunque no nos habilitan para determinar el día, pues esto permanece oculto, nos indican que éste se acerca». Nos congratulamos porque se hiciera eco de las especulaciones de la época acerca de si los descubrimientos de las ciencias físicas no podrían entenderse, al menos en cierta medida, como parte de los «milagros» del Anticristo. Y consideramos de notable interés su sugerencia de que las predicciones apocalípticas relativas a Roma podrían, quizá, hallar cumplimiento, «en alguna otra gran ciudad a la cual no podamos al presente aplicarlas, o a todas las grandes ciudades del mundo en su conjunto, y al espíritu que impera en ellas».

Destacamos este párrafo particularmente elocuente: «¿Acaso no existe en este mismo momento un especial empeño en casi todo el mundo en prescindir de la religión […] más visible y formidablemente en aquellas regiones más civilizadas y poderosas? ¿No existe acaso un consenso creciente de que una nación no tiene nada que ver con la religión, de que se trata de algo concerniente sólo a la conciencia individual? […] ¿No existe un movimiento vigoroso y unificado en todos los países destinado a privar a la Iglesia de Cristo de su poder y posición? ¿No existe un empeño febril y permanente por deshacerse de la necesidad de la religión en los asuntos públicos?». Obviamente, por «religión» entendía Newman exclusivamente el cristianismo anglicano, sin percibir que la persecución iba –y va– dirigida contra todas las religiones sin excepción, pues, como él mismo precisó, «en el presente estado de cosas […] el gran objetivo es aparentemente el desembarazarse de lo sobrenatural», y ello al margen de las vestiduras con que cada tradición espiritual se revista. Estamos, sí, de acuerdo con él en que: «Sin duda, existe actualmente una confederación del mal que recluta sus tropas en todas partes del mundo […] preparando el camino para una Apostasía general». ¿Qué juicios habrían suscitado en Newman, de haber vivido lo bastante como para asistir a sus maniobras, allanadores de caminos como el Concilio Vaticano II, Pablo VI, Freud, el Reverendo Moon o Lenin?

Joaquín Albaicín



 
Ce qu’on ne vous a jamais dit sur la guerre d’Espagne
L’Atelier Fol’Fer présente. Collection Xénophon. La Chaussée d’Ivry. 214 pages
Christophe Dolbeau
 
 
Nombreux sont encore les dupes et les niais qui tiennent la IIe République espagnole pour un paisible État de droit, gouverné par une gauche libérale, progressiste, bienveillante et démocratique, et la droite nationale pour un ramassis de réactionnaires obtus, bigots et haineux. Ressassé sans relâche depuis 70 ans par une armée de menteurs professionnels, ce cliché trompeur a la vie dure. Oubliés les incendies d’églises et de couvents, les confiscations de biens, les grèves permanentes, les mutineries, les émeutes, les pillages, les meurtres et les attentats! Oubliée la cohorte de médiocres et de malfaisants, de terroristes, de tricoteuses et de maçons, qui s’empare du pouvoir et proclame à tous vents qu’elle veut faire au plus vite de l’Espagne une «démocratie populaire.

Légitime réflexe d’auto-défense de l’Espagne éternelle, le soulèvement national n’est pas sans soutien à l’étranger où les bonnes volontés se mobilisent en grand nombre. En France, la droite nationale fait activement campagne pour les insurgés et quelques centaines de militants vont même faire le coup de feu de l’autre côté des Pyrénées. D’autres pays, dont l’Irlande, dépêchent eux aussi des volontaires qui apportent une contribution symbolique à cette nouvelle Croisade. Cet engagement n’a rien d’infamant, bien au contraire, et il est plus que temps d’en parler : nous nous y employons également dans ce petit livre.

Il y a 70 ans, l’Espagne, au prix d’une guerre terrible et de sacrifices immenses, s’arrachait aux griffes d’un gang de «cruels imbéciles», de «crétins criminels» et de «scélérats» (selon les termes mêmes de deux Pères de la République, Pérez de Ayala et le Dr Marañon). Ce sursaut est tout à son honneur, il est juste d’y rendre hommage et nous espérons y contribuer un tant soit peu par ce modeste ouvrage.

R.
 
Confusión y verdad. Raíces históricas de la crisis en la Iglesia en el siglo XX
Editorial: El buey mudo 
Philip Trower
 
 
Difícilmente se puede encontrar, en la bibliografía en español, un trabajo como el que el periodista y escritor británico Philip Trower ha realizado para explicar qué es lo que a la Iglesia católica le ha ocurrido en el siglo XX. La editorial El buey mudo, y en esta ocasión el director de la colección de Religión, don Pablo Cervera, han tenido el acierto de acercarnos a uno de los esfuerzos divulgativos más destacados, y más influyentes en ciertos ámbitos del catolicismo anglosajón, que se han realizado en los últimos años para explicar muchas de las causas que están en el trasfondo de las hermenéuticas del Concilio Vaticano II.

Difícilmente se podrá negar que el más fino y certero análisis de lo que ha pasado en la Iglesia después del Concilio Vaticano II lo ha hecho Benedicto XVI. Lo que no parece muy claro es que se haya producido un acompañamiento de análisis que profundicen en el método de las hermenéuticas interpretativas del Concilio. No teníamos, ni tenemos, una propuesta de reflexión en el nivel divulgativo más allá de los ciclones periodísticos que están pervirtiendo la percepción de la realidad eclesial y que, sistemáticamente, son generados por un disenso que se encuentra en los medios y que no resiste la confrontación en los ámbitos académicos.

De ahí el singular valor que tiene esta novedad editorial. Una novedad doble, porque este volumen son dos libros en la edición originaria. La editorial ha decidido que, bajo el título Confusión y verdad, se publique el que da nombre al libro en español, y un segundo que se titulaba La Iglesia y la fe.

Hay que añadir que, además, hay dos posibilidades de lectura del libro. Una sólo del texto principal y otra de éste y de las abundantes notas, que en no pocas ocasiones ponen la sal y la pimienta. Lo que es innegable es que el autor detecta bien las cuestiones que están en el trasfondo de la situación actual de la Iglesia y de la crisis que ha provocado la hermenéutica de la discontinuidad.

Debemos agradecer al autor que, casi desde el principio, no encubra sus filias y sus fobias, con lo que muy pronto sabemos a qué atenernos.

Quizá uno de los valores de este trabajo es que ha tenido la valentía de decir, con la libertad de los hijos de Dios y con el necesario respeto y la obligada caridad, lo que habitualmente nadie se atreve. Pero este ejercicio siempre es arriesgado y en alguna ocasión traspasa algunos límites. Del solo hecho de intentar explicar lo que denomina como reforma de la Iglesia y rebelión en la Iglesia, las eclesiologías subyacentes y las ideas también subyacentes a esas eclesiologías, los autores, los movimientos de personas y de instituciones, los filósofos y pensadores que han influido en la construcción y en la reconstrucción de la Iglesia, los errores y los aciertos y las tareas pendientes, se deduce un trabajo que en unos momentos se hace con brocha fina y en otros con brocha más gorda. Pero el cuadro final es muy atractivo.

Un último apunte: la fe, al autor, no sólo se le presupone, se palpa.

José Francisco Serrano Oceja


 
Bernardo Aza (Apuntes de una biografía)
L. Torres, S.L. Oviedo, 2010. 536 páginas.
José Mª García de Tuñón Aza
 
 
El 21 de agosto de 1936 era asesinado en Madrid Bernardo Aza, cuyo único pecado fue haber sido diputado de la CEDA. nacido en la localidad asturiana de Pola de Lena en 1887, a la muerte de su padre tuvo que dejar sus estudios de ingeniero Industrial en Bilbao y ponerse a trabajar por ser el mayor de nueve hermanos, y los únicos ingresos que entraban en aquella casa eran los que aportaba el padre. Poco a poco fue organizando su vida y la de su familia a base de mucho sacrificio, llegando a terminar la carrera de Derecho en la Universidad de Oviedo a la vez que entraba en el mundo de los negocios, llegando a convertirse en un destacado empresario minero. Resuelta su situación económica y la de su familia, entró en la política donde obtuvo el acta de diputado provincial en la dictadura de Primo de Rivera, y, después, en las elecciones de 1933 y 1936, el acta de diputado nacional con el partido de Gil Robles.

García de Tuñón recoge de su biografiado, principalmente, el sentido social que en aquellos años algunos diarios asturianos ya destacaban: «Apoyó a la clase obrera subvencionando escuelas, ateneos y círculos sociales». En otro momento, la prensa se hace eco del viaje que pagó a varios mineros para que visitaran una magna Exposición que se celebraba en Barcelona. Tiempo más tarde, un periódico del Movimiento recordaba que cuando en los años treinta fue reconocido el derecho de los trabajadores a disfrutar de vacaciones retribuidas, Bernardo Aza, sin tener en cuenta la clase de servicio prestado por los trabajadores en su empresa, envió a todo su personal a un hotel, cerca de León –para cambiar de aires que tanto bien les hacía a los mineros–, con todos los gastos pagados y entregándoles, además, una cantidad «para mejor solaz del reglamentado descanso». Fundó también una sociedad de recursos a obreros enfermos. Para su aprobación, dice el autor de la biografía, acompañó los estatutos que iban firmados por varios trabadores y por él mismo, destacando el artículo 6º que, entre otras cosas, decía: «El socorro primordial que la Mutualidad se propone asegurar a sus asociados es un socorro pecuniario que supla, en parte, el jornal de que se vean privados por causa de enfermedad, y un servicio médico farmacéutico gratuito».

Con todo y con esto, sus enemigos no tuvieron ninguna piedad y lo asesinaron. Pero no sólo se conformaron con quitarle la vida sino que quitaron su nombre del callejero de Mieres, concejo donde vivía y por el que tanto había trabajado desde su escaño en las Cortes, como también a nivel particular. Gobernaban los socialistas en ese Ayuntamiento cuyo alcalde era el médico Vital Álvarez-Buylla, de la burguesía asturiana, y del que ahora el Hospital de aquella localidad lleva su nombre sin que se sepa qué méritos hizo para recibir tal distinción. Pero la reacción de esta clase política es así de cruel y para nada tuvieron en cuenta los méritos que otros, que no piensan igual que ellos, hicieron.

San Román
 


 
Sereno ante el peligro. La aventura histórica de la Guardia Civil
EDAF, 2010
Lorenzo Silva
 
 
Lorenzo Silva, autor de una celebrada serie de novelas detectivescas cuyo protagonista principal es un suboficial de la Benemérita, se ha lanzado en esta obra a divulgar la historia de este cuerpo militar, tan ligado a la historia de los últimos ciento sesenta años de nuestra Nación, desde su fundación en 1844 por el Duque de Ahumada. Lo hace advirtiendo que no tiene antecedentes personales o familiares con la Institución, salvo la breve pertenencia al mismo de un tío abuelo, pero dedica la obra a «los uniformados de su familia». Con ello admite, en sus propias palabras, su aprecio a «la dignidad y disciplina que impone el uniforme» a los que lo visten como signo profesional.

El resultado es una obra amena, sin pretensiones históricas, que cede a los historiadores en los que se ha basado fundamentalmente y cita, en la que describe las vicisitudes superadas por los integrantes de este cuerpo de Seguridad a lo largo de ese siglo y medio, hasta conseguir el prestigio alcanzado ente la Sociedad española, sin que haya faltado reconocimiento extranjero. La obra es exhaustiva, pues cubre tanto la permanente y eficaz represión del bandolerismo como su participación en las pugnas derivadas de la desastrosa barahúnda política del siglo XIX y primer tercio del XX, como las guerras exteriores, la guerra civil, la lucha contra el Maquis, la ETA, el 23 F e Iraq. Se destaca la gran capacidad del Cuerpo para mantener su prestigio incluso ante sus adversarios, irremediablemente convertidos en partidarios cuando entran en contacto, como ha siso el caso de los políticos de izquierdas que han llegado al poder. Entre esos convertidos cabe destacar al propio Franco que, tras un periodo de disgusto por la división del Cuerpo durante el Alzamiento –culpable posiblemente de la guerra, pues la lealtad al gobierno en plazas decisivas, como Barcelona y Madrid, propició el fracaso de los alzados en esas plazas decisivas– pasó a admirarse públicamente de la calidad lograda por el mismo, hasta el punto de constituir a base de guardias civiles su guardia personal más cercana.

El autor no puede sustraerse a las influencias de su tiempo, por lo que incide en las inexactitudes históricas de achacar a los «pistoleros fascistas» el clima de violencia de la preguerra, o admitir la práctica habitual de la tortura en los interrogatorios a la ETA –curiosamente, y por el contrario, exonera claramente a la Guardia Civil de esa tacha al tratar del famoso crimen de Cuenca–. Y comete una injusticia grave cuando afirma que la incorporación masiva de sargentos provisionales al Cuerpo, tras la guerra civil «rebajó el índice de alfabetismo» del mismo. Pero el tratamiento global es muy encomiable. La Guardia Civil es un logro en cuyo aprecio coinciden todos los españoles, incluso sus enemigos. Cita una frase de un detenido de la ETA que le dice a su captor «si yo fuera español me haría txacurra, como tu». Y una frase de José Antonio diciendo que «la Guardia Civil no es mejor ni peor, es perfecta».

E. Hermana
 

 
LA ORDEN DE CABALLERÍA y LIBRO DE LA ORDEN DE CABALLERÍA
Edición de Javier Martín Lalanda
Editorial Siruela, 2009
Anónimo / Ramón Llull
 
 
El fracaso de Orson Welles, que en veinte años no consiguió concitar los apoyos logísticos necesarios para culminar su película sobre Don Quijote, o el posterior –y por partida doble– de Terry Gilliam, cuyas naves quedaron encalladas entre Navarra y Madrid sin que nadie haya podido todavía reflotarlas, constituyen la perfecta metáfora de lo poco que tienen en común la caballería y el mundo moderno. Si el caballero se desvivía por socorrer a viudas y huérfanos, el triunfador moderno vive de esquilmar a las primeras y, si puede, violar a los segundos y colgar luego sus fotos desnudos en la Red. Si el caballero defendía la fe, el triunfador moderno la pisotea y escarnia en nombre de la felicidad y el progreso. Si el caballero aspiraba a restaurar las condiciones edénicas propias de la Edad de Oro, el triunfador moderno no persigue sino la eliminación de su recuerdo.

Resulta llamativo, por tanto, que los preceptos contenidos en estas dos obras escritas en el siglo XIII por mano anónima (pues no está nada claro que muchos de los escritos atribuidos al beato mallorquín Ramón Llull se deban realmente a su pluma) suenen a nuestros oídos tan lejanos y, al tiempo… tan familiares y oportunos. Y es que, en un mundo gobernado y adoctrinado por villanos, urge que no se pierda del todo en el vacío la voz del caballero (preferiblemente, andante).

Conocíamos ya a Javier Martín Lalanda en su calidad de comentarista y traductor tanto de la Carta del Preste Juan y de La comunidad secreta (una obra sobre las tradiciones referentes a las hadas y demás elementales recopiladas en Escocia en el siglo XVII) como por su traslado al castellano de uno de los títulos emblemáticos del catálogo de Siruela: la biografía de Aleister Crowley debida a John Symonds. El primero de los dos tratados incluidos en este volumen, atribuido a Hugo de Tabaría (o de Tiberíades), es un poema en francés antiguo en el que el caballero cautivo explica a Saladino los fundamentos de la caballería cristiana. En la segunda, un anciano caballero, que desde hace años vive retirado en el bosque, alecciona a un escudero que aspira a ser ordenado sobre los orígenes de la caballería, sus objetivos y sus rituales.

A fuer de brindarnos una espléndida traducción, Martín Lalanda se extiende en oportunos comentarios sobre instituciones como las de los adalides (ordenados por el rey mientras sus compañeros los levantaban con un escudo) y los almocadenes (que recibían su rango mientras se sostenían de pie, en equilibrio, sobre dos lanzas). O acerca de las raíces de la caballería, que, según las propias fuentes caballerescas, se remontaría a Zac 7, 9-10 y Ef 6, 11-17, y, según aventura Lalanda, a la mitología hindú sobre la muerte del dragón Vritra a manos de Indra y, en particular, a la del mismo dragón a manos de Mitra en las leyendas persas. Es, en efecto, el mundo de las sociedades guerreras que rendían culto a Mitra, cuyas filas rápidamente engrosaron los legionarios romanos, uno de los veneros en que conviene hundir los labios para indagar en los orígenes de la tradición de que terminaran por surgir Arturo, Rolando o El Cid. Sumamente apreciables son sus observaciones sobre la influencia en la obra de Llull del discurso de la Dama del Lago en el Lanzarote en prosa, así como las correspondencias que establece a propósito de los tres colores –negro, blanco y rojo– de la vestidura caballeresca y que, en nuestra modesta opinión, cabría extender hasta el mundo del hermetismo, por cuanto los antedichos colores son los mismos de las distintas etapas de la Gran Obra.

Es asimismo interesante el debate que propiciarían sus reflexiones acerca de si los acentos puestos por Llull en la necesidad de que el sacerdote ocupe en lugar preeminente en la investidura caballeresca supondrían una tergiversación del ritual. Toda vez que se subraya la obligatoriedad de que los reyes posean la dignidad caballeresca, y que éstos son coronados por la autoridad espiritual, y teniendo en cuenta la ausencia de fuentes escritas tan antiguas como quisiéramos, podría también tratarse de una rectificación necesaria, de un retorno a los orígenes de la institución en lucha contra su decadencia. Y pensamos, por ejemplo, en el dato de que almocadén parece inequívocamente proceder del vocablo árabe al moqqadem, que designa en árabe el rango de quien, en una cofradía sufí, transmite la iniciación y dirige los rituales (de donde cabe preguntarse si no habrá ahí vestigios de una ordenación caballeresca más vinculada que las otras al orden sacerdotal y una vía de investigación que podría arrojar luz sobre las palabras del Infante Don Juan Manuel, quien concebía la caballería como una orden «a manera de sacramento»).

Comentario aparte merece el jugoso ensayo de Martín Lalanda sobre San Jorge, incorporado como apéndice. Por razones cuyos trasfondos mejor es ni imaginar, voces de la Iglesia se alzan insistentemente desde hace años para apear del santoral católico tanto a San Jorge como a los Siete Durmientes, y sólo por ello habría ya razones dobles para aplaudir la aparición de este texto, en el que las conexiones trazadas hasta el mito persa son tan certeras como arduas de refutar.

Joaquín Albaicín




La Iglesia española contra Napoleón (La guerra ideológica)
Editorial Actas. Madrid 2010. 313 paginas.
Enrique Martínez Ruiz y Margarita Gil
 
Dentro de la rica historia de España, posiblemente la Guerra de la Independencia española sea uno de los episodios sobre los que existe más abundante bibliografía de todo tipo, habiéndose analizando los más diversos factores intervinientes en la misma.

Esta nueva obra que presenta Actas, de la que son autores el catedrático de Historia Enrique Martínez Ruiz y la doctora Margarita Gil, representa una nueva e interesante aportación que se suma a esa tan abundante bibliografía.

A través de las cinco partes en que se divide el libro, más la dedicada a fuentes y bibliografía, se pone de manifiesto el intenso trabajo y estudio de los autores, pues no sólo se analiza con detenimiento la defensa que hacen los eclesiásticos de Fernando VII al que consideran soberano legitimo (ignorando la ruindad del nefasto Borbón), y atacando con todos sus recursos a Napoleón y a su encarnación de heredero del mal, de un mal de tan enormes proporciones cual fue la revolución de 1789.

Sólida base para la correcta comprensión de la lucha de la Iglesia española contra Napoleón y los postulados de la revolución, la constituyen el análisis de la predicación y los predicadores de la Ilustración, remontándose en ese análisis a los sermones del siglo XVIII. Mas no sólo del siglo avanzado en sus ultimas décadas, sino llegando hasta la guerra de Sucesión, con sermones repletos de profetismo y sus admoniciones sobre los dos contendientes, con aplicaciones de ese profetismo dependientes del seguimiento a Felipe V o al archiduque Carlos, justificando en base al mismo la victoria o la derrota, pero observándose una pertinencia temática en el contenido de los mismos.

El estudio del reinado de Carlos IV, y la reaccion frente a las consecuencias derivadas de la revolución francesa tuvieron su natural y vital reflejo en los sermones en el cambio de siglo del XVIII al XIX, presentando la obra un interesante estudio sobre la presencia francesa y su impacto en la sociedad española, hasta el dos de mayo, no siempre desfavorable e incluso bien acogida por algunos eclesiásticos. Ejemplo el obispo de Logroño con el general Grouchy (siete años más tarde decisivo por su indecisión en la derrota de Waterloo).

También la sensación negativa, vistas sus consecuencias entre algunos ilustrados, cual la Historia de un filósofo desengañado o el triunfo del Evangelio, de autoría anónima, tras la que estaba Pablo de Olavide.

O la radicalmente en contra de las ideas revolucionarias del filosofo jesuita (con evidentes y comprobadas dotes proféticas) Lorenzo Hervas y Panduro, cuya obra sobre las causas de la revolución francesa adquirió gran difusión durante la guerra de la independencia.

Las argumentaciones de los prelados y predicadores contra la invasión de España por Napoleón, las medidas anticlericales de José I, y la guerra ideológica de los eclesiásticos defendiendo en un esfuerzo (digno de mejor causa en lo relativo al monarca, que no en las ideas tradicionales, que la que merecían Fernando VII y años después los Borbones) permanente la defensa de la religión.

La actividad antinapoleónica de todo tipo, guerrera y también ideológica, de la Iglesia española encuentra en esta obra el análisis detallado y riguroso.

Ángel Maestro
 


El mito de la violencia religiosa
Editorial: Nuevoinicio 
William T. Cavanaugh
 
 
De nuevo, la editorial Nuevoinicio y, de nuevo, un libro del teólogo William T. Cavanaugh, a quien tuvimos la oportunidad de leer en Imaginación Teo-política. Ahora, nos encontramos con El mito de la violencia religiosa. Este libro es un paso más en la construcción de un puzzle teólogico-político de análisis y documentada crítica de los fundamentos de la modernidad, de comprensión de la tradición cristiana, de deslegitimación de los desarrollos de esa modernidad y de la secularización consecuente, de los falsos diálogos y de las trampas que la modernidad ha puesto a la propuesta cristiana, de las desviaciones y desplazamientos de la teología cristiana sometida a los engaños de la sociopolítica que nace de esa modernidad, de las falsas alianzas del cristianismo con un liberalismo que no es fácil de definir, de la destrucción conceptual del Estado ambicioso de la naturaleza de la Iglesia y de la dimensión trascendente del hombre. William T. Cavanaugh puede con la titánica misión de asentar las bases de una nueva forma de hacer teología, es decir, de pensar el cristianismo y el tiempo presente, desde un conocimiento más que acreditado del pensamiento clásico, especialmente en el eje Aristóteles-Santo Tomás de Aquino.

Este libro es uno de los desmantelamientos más serios que se han escrito últimamente de algunas de las repetidas paparruchas de la progresía cultural. Especies maléficas que, entre otros efectos, impiden desde una correcta comprensión del diálogo con el mundo islámico, hasta una deslegitimación de la teología del pluralismo religioso. No se puede negar que los dos capítulos centrales del libro, sobre la naturaleza de la religión –que debiera ser leído por los profesores de Teología fundamental– y el dedicado a las guerras de religión, ofrecen una arquitectura histórica y conceptual de primer orden. Una arquitectura que confirma la tesis de que «la pretensión moderna de que la religión causa más violencia que cualquier otra cosa depende de la existencia de una esfera de no-religión, de un ámbito secular. Como debiera ser obvio, no existió tal esfera secular hasta que fue inventada en la modernidad». ¿Por qué? Porque el mito de la violencia que produce la religión es uno de los mitos fundacionales que legitiman al Estado nación-liberal.

Sí, el mito de la violencia de una religión, por cierto, conceptuada como transhistórica y transcultural, que no existe, contribuye a construir un supuesto fanatismo de lo religioso en contraste con el sujeto secular, que es siempre racional y pacificador. El autor demuestra que la ideología y sus instituciones pueden ser tan absolutistas, disgregadoras e irracionales como las supuestamente religiosas. Una nota histórica: la transferencia de poder de la Iglesia al Estado no fue la solución a la violencia de los siglos XVI y XVII, sino causa de dichas guerras. En conclusión, «el mito de la violencia religiosa tiene tanto éxito porque, en tanto que deslegitima ciertos tipos de violencia, se usa para legitimar otros, por ejemplo, la violencia que se hace en nombre de los seculares ideales occidentales».

José Francisco Serrano Oceja (А y Ω)
 



La playa de los Alemanes
Ed. Jirones de Azul
Javier Compás
 
 
Eduardo Mendoza tiene en común con Fernando Sánchez Dragó, Juan Manuel de Prada y el joven Ignacio del Valle, haber escrito una exitosa novela con un coro de personajes entre los que destaca el joven José Antonio Primo de Rivera, fundador de Falange Española.

José Antonio, el César joven del que escribió Rafael García Serrano por aquello de que los que, como Carlomagno, mueren con tres décadas de calendas permanecen eternamente jóvenes, José Antonio digo, sirve de firme traza para un bastidor del brutal pintoresquismo de los años treinta patrios sobre el que se sostienen las tramas novelescas de Anthony Whitelands, Fernando Monreal, Pedro Luis de Gálvez o el teniente divisionario Arturo Andrade.

Ahora el flamante ganador del Premio Planeta comparte el gusto por la acuarela tal con Javier Compás o, para escribirlo con todos sus avíos, Javier Compás Montero de Espinosa, que el segundo de los apellidos no es cosa menor en el asunto que ventilan estas letras.

Con La Playa de los alemanes, este trianero renacentista –historiador, enólogo, empresario, agitador cultural y poeta de los que mueven a los pueblos– está provocando uno de los raros episodios editoriales en los que el boca a boca aúpa las ventas contrapronóstico de los escépticos.

Y si bien el cocktail de nazis, santas reliquias y órdenes de caballería convive con Occidente hasta el hartazgo por obra y gracia de Steven Spielberg, Harrison Ford y Sean Conery, en esta ocasión alcanza las proporciones de un perfecto Daikiri que convierte en garrafón las decenas de títulos que se ofrecen al lector con los mismos ingredientes.

Compás maneja el costumbrismo con soltura al recrear el barrio sevillano de San Vicente. Se emplea muy bien con la narrativa propia de un libro de viajes. Es habilidoso con la estructura del relato y, sobre todo, resuelve audazmente la trama esotérica que es donde habitualmente fracasa la pléyade de títulos en los que lo mismo vale la Lanza de Longinos que un Longines en la muñeca de un malvado miembro de la Thule.

La trama de Compás atrapa al lector o más bien lo seduce. Su escritura no es la de quien como Pérez Reverte, Montero González o el precitado Ignacio del Valle, se perpetra con la navaja antes que con la estilográfica. Nuestro autor parece haber escrito La Playa de los alemanes debajo de una trabajadera del Paso del Cristo del Cachorro mientras que su padre, le susurraba al oído la traza del bastidor. Así, escrita con la cadencia del compás abierto con el que los costaleros de los Cristos de Sevilla los hacen andar aun muertos entre los vivos, esta novela apunta certeramente a quien porta el verdadero Cáliz en que consagró el Cachorro de Triana.

José Manuel Cansino
 

 
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