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Altar Mayor Nº - 140 (08)
Thursday, 19 May a las 12:18:38

Altar Mayor artículos REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 140  - marzo / abril de 2011

 

HAGÁMOSLE UNA AYUDA SEMEJANTE A ÉL
Jacques Maritain*



 
1. Con el fin de descansar un poco de mis problemas filosóficos me puse, desde hace algún tiempo a soñar y a meditar el Génesis; y me parece que un fragmento de mis reflexiones, que tiene que ver con la creación del hombre y de la mujer y con el «hagamos a Adán una ayuda semejante a él», tal como a mi parecer sería preciso entenderlo, podría ser tal vez de algún interés. Empiezo, sin embargo por algunas observaciones previas. Primero, la perspectiva de mis reflexiones es la de la lectura del texto hecha por un cristiano cualquiera en la búsqueda de inteligibilidad, así no fuese este un viejo filósofo un poco delirante.

Enseguida, el «género literario» de lo que leemos sobre la creación de Eva formada de la costilla de Adán y, en general, sobre el Paraíso Terrenal, es el lenguaje del mito, donde, como Olivier Lacombe lo ha admirablemente mostrado, es preciso ver una obra de la imaginación creadora, de la imaginación vivificada por el intelecto agente en el supra-consciente del espíritu, a través de la cual la humildad ha sido enriquecida con tantos venerables arquetipos y tan grandes y proféticas verdades, propuestas bajo un modo inverificable y mezcladas de errores. El mito que nos ocupará aquí remonta, sin duda, a edades y remembranzas muy antiguas, pero ha sido purificado por la revelación divina. Lo que nos es presentado bajo una imaginería que no hay que tomar al pie de la letra, y con detalles descriptivos que se desprenden de esta misma imaginería, es un contenido esencial de una importancia mayor, un contenido de verdades divinamente relevadas, ofrecido de manera oculta y que se nos descubre, o más bien (pero no es lo que me interesa en este momento), que se pide a la Iglesia el descubrirnos, como ella lo ha hecho ya en particular en el Concilio de Trento. En síntesis, se trata de un mito verdadero. Esto, lo sabemos por la fe; sabemos que la Biblia nos transmite, a través de instrumentos humanos, la palabra de Dios que revela cualquiera que puedan ser los condicionamientos sicológicos o socioculturales de estos instrumentos humanos, la palabra de Dios de verdad está allí. Es un absurdo imaginar que un cristiano en busca de inteligibilidad (de comprender) debería leer la Biblia como si fuese uno de esos hermanos incrédulos que buscan con las luces de su sola razón si y cómo la Biblia puede conducirlo a la fe. Un cristiano no podría leer la Biblia, para tratar de comprender, sino como hombre que tiene la fe, así como un pájaro vuela con sus alas y no trata de imitar a un cuadrúpedo. El sabe de antemano que allí donde la Biblia utiliza un lenguaje mítico, como en el Génesis, lo que está en cuestión es un mito que dice verdad, por más difícil que pueda ser disfrazar lo que a la vez es ofrecido y se oculta bajo su imaginería.

2. Vuelvo ahora a mi tema. Hay, como ustedes saben, dos relatos de la creación y, especialmente de la creación del hombre. Se le atribuye a uno un origen sacerdotal, y al otro un origen yavista. Es una información interesante, pero ¿qué luz me da? Las personas que creen dar cuenta de un texto explicando de qué fuente proviene y cómo ha sido redactado, eluden, a mi parecer, la cuestión de fondo. Es lo que el texto dice lo que me importa. Que este venga de una fuente sacerdotal o de una fuente yavista, puedo ciertamente sacar de ahí precisiones complementarias bastante útiles. Pero por ahora, me da lo mismo, desde el momento en que el autor principal, el Espíritu Santo, ha querido que esto se encuentre en el Libro sagrado. Leamos, entonces, los dos relatos de la creación del hombre. El primero (Génesis 1, 26-27): «Dios dijo: “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza, y que él domine sobre los peces del mar, las aves del cielo, las bestias, todas las bestias salvajes y todos los animales que trepan sobre la tierra”. Dios creó al hombre a su imagen, a la imagen de Dios El lo creó, hombre y mujer El los creó».

La segunda narración (Génesis 2, 7, 18, 21, 23): «Entonces Yavhé Dios modeló al hombre con la arcilla del suelo e insufló en sus narices un soplo de vida, y el hombre se convirtió en un ser viviente». Y más adelante: «Yavhé dijo “No es bueno que el hombre esté solo: hagámosle una ayuda semejante a él”». (El Padre Mamie sugiere que, según el hebreo, sería mejor decir: Voy a hacerle una ayuda que sea como su «frente a frente». Y más allá, después de haber hecho comparecer los animales de la tierra, todos evidentemente impropios para cumplir tal oficio: «Entonces Yavhé Dios hizo caer al hombre en un profundo sueño; él se durmió, tomó una de sus costillas y cerró la carne en su lugar. Luego, de la costilla que sacó del hombre, Yavhé Dios dio forma a una mujer y la llevó ante el hombre. Entonces este exclamó: “Entonces, ella es hueso de mis huesos y carne de mi carne. Será llamada mujer (ishsha en hebreo), ya que fue sacada del hombre (ish en hebreo)”».

Y bien ¿cómo comprender estas dos narraciones? La primera se relaciona a la unidad de la naturaleza humana y a la igualdad de naturaleza y de dignidad del hombre y de la mujer, cuya dualidad («hombre y mujer los creó») es sinónimo del Hombre (con mayúscula) y, lo constituye en su plenitud ontológica «Dios creó el hombre a su imagen, a imagen de Dios él lo creó». La otra narración se refiere a la relación entre el hombre y la mujer: Eva fue formada de la costilla de Adán.

Este último mito significa, en mi opinión, dos cosas: por una parte, la mujer es hecha para ser la compañera y la ayuda (2, 18) del hombre. Por otra parte, según una observación de Raissa; que ella hacía sonriendo y que es de importancia mayor (esta observación nos muestra como es preciso leer en la perspectiva mítica –y gracias a un destello poético– un texto escrito en lenguaje mítico), Eva no fue sacada, como Adán, directamente del barro de la tierra sino que de una materia más elaborada y más refinada, de una carne ya viva y humana, lo que quiere decir que ella recibió en herencia las cualidades más finas y más preciadas para la raza humana. En cambio, las que fueron asignadas al hombre son a la vez más poderosa y más dirigidas a la acción que es precise conducir a buen término, tanto en el campo del mundo como en el del pensamiento. Estas cualidades son adecuadas, por consiguiente, para asegurarle por derecho de naturaleza la autoridad en la comunidad familiar –digo autoridad, no dominación de amo a esclavo–. En otros términos, esta justa autoridad es la que respeta los derechos y las libertades de aquellos sobre los que se ejerce, y que es indispensable a toda vida social. Vir est caput mulieris; es esto una ley natural (que, lo anoto entre paréntesis, debe hacernos mirar como anormales las civilizaciones matriarcales y, que condena también la ilusión de los que, a nombre de la igualdad de naturaleza entre el hombre y la mujer, quisieran que en la Iglesia el sacerdocio sea conferido a las mujeres como a los hombres).

De acuerdo, entonces, al propósito de la función de autoridad que corresponde por derecho al hombre. Queda, sin embargo el hecho que abusando de todo esto, durante siglos el hombre se ha imaginado que era superior a la mujer en razón a sus funciones de autoridad que le fueron asignadas por derecho. Es un error de primera magnitud: las funciones de autoridad en la comunidad son del todo necesarias y suponen cualidades particulares y particularmente importantes, pero en sí no son ni las más altas ni las más finas, y no indican, sino a los ojos de un orgullo estúpido, ninguna superioridad natural. El orgullo del cual yo hablo ha reinado con una fuerza inaudita en toda la antigüedad pagana y, también en la antigüedad cristiana.

3. Hagamos aquí un paréntesis filosófico-teológico: Aristóteles dio una forma doctamente filosófica a tal mentalidad considerando a la mujer como un hombre trunco (véase el De generatione animalium), capítulo 3, donde dice que, femina est mas occasionatus, la mujer es un hombre en relación al cual la naturaleza falló ocasionalmente). He ahí algo que define claramente la cuestión, tan claramente que Santo Tomás creyó deber adoptar esta aserción de Aristóteles, y nos explica, basándose en concepciones pseudo-científicas de su época, que la femina est aliquid deficiens et occasionatum, que la mujer es algo deficiente y que ha sido producida sólo ocasionalmente, no sin duda en relación a la naturaleza universal que exige la mujer en vistas a la perpetuación de la especie, sino en relación a la naturaleza particular, es decir a ciertas condiciones particulares que impiden accidentalmente que el acto generador alcance perfectamente su fin (cf. Ia, 92, 1, ad 1). De ahí se desprende que, a decir verdad, sólo el hombre responde perfectamente a la definición de la naturaleza humana (cuya diferencia específica consiste en estar provisto de inteligencia y de razón), ya que está ordenado ad nobilius opus vitae, quod est intelligere (mismo artículo), mientras que la mujer lo está para engendrar la prole. Y además: naturalites in homine magis abundat discretio rationis (92, 1. ad 2).

Esta idea de la mujer como hombre truncado, y de la masculinidad como cumbre de la naturaleza humana, es contraria a la razón filosófica, la que, por lo mismo que proclama la unidad de la naturaleza humana, cuyo valor en cuanto a lo que constituye la diferencia específica humana, entre los dos «vis a vis» que se hacen frente, en esta naturaleza y, que poseen cada uno: la personalidad humana. Esa idea es también contraria al texto del Génesis que, en el primer relato de la creación del hombre nos dice que, creando al hombre Dios lo hizo macho en un ser humano y hembra en el otro. Pero la noción de la naturaleza humana como culminando en la masculinidad, por aberrante que sea, no ha cesado de ejercer su poder en nuestro inconsciente, aun si la noción correcta es evidentemente la de la naturaleza humana como repartida entre masculinidad y feminidad, conservando en una y en otra el mismo valor y dignidad.

Lejos pues, de aceptar la idea que mulier naturaliter est minoris virtutis et dignitatis quam vir (Ia, 92,1, obj. 2), y de creer que lo que testifica la diferencia específica del ser humano (las actividades del alma espiritual, que por lo demás no son solamente las que tocan al discernimiento racional), abunda naturalmente en el hombre más que en la mujer, es preciso decir que el hombre y la mujer son iguales en valor y dignidad humanas, pero compartiendo diferentemente las cualidades de esta naturaleza, de tal manera que lo que uno tiene de más compensa lo que el otro tiene de menos, y que el ser humano no está consumado sino que en el hombre y la mujer tomados en conjunto.

Yo afirmo, por mi parte, que en esta repartición de las cualidades que caracterizan a las actividades del alma intelectiva y que hacen la nobleza de nuestra naturaleza, es la parte que toca a la mujer la que comporta las cualidades más agudas, las más activadoras del dinamismo de la vida y del espíritu, y las más preciosas para el hombre. Decir esto no es de ninguna manera atribuir a la mujer una superioridad de naturaleza sobre el hombre, lo que sería cometer en beneficio suyo, el mismo error que se ha cometido por tanto tiempo en provecho del hombre. La ventaja que reconozco a la mujer es en efecto raramente pagada por el tributo –mucho más pesado que el del hombre– que la naturaleza le impone en lo que concierne a la propagación de la especie.

Agreguemos que es otro error capital el buscar en el sexo, que tenemos en común con los otros animales, con las bestias, el fundamento primero de donde derivan y por donde se explican, todos los otros caracteres diferenciales que distinguen estos dos seres humanos, que son el hombre y la mujer; dicho de otro modo, que confieren a un individuo humano la propiedad de su naturaleza individual –en sus profundidades más recónditas– en virtud de la cual el ser-hombre es su ser, y a tal otro individuo humano la propiedad de su naturaleza individual –en sus profundidades más recónditas– en virtud de la cual el ser-mujer es su ser. El sexo no funda sino la diferencia animal, por muy importante y evidente que esto sea; pero no funda las diferencias propiamente humanas entre el hombre y la mujer. El sexo y la función de reproducción son de efecto para la especie y para la perpetuación de la especie, y en este sentido son parásitos de la persona.

Es en las personas y en las cualidades que las distinguen como tales donde encontramos lo que funda los caracteres diferenciales en cuestión: por un lado la autoridad y la prudencia, con el poder del «músculo», de la conceptualización racional y de la ejecución que le corresponde; del otro lado los recursos del amor con su inagotable capacidad inventiva, y el estímulo de sus impaciencias y de su Alertness; con la gratituidad de las inspiraciones del supraconsciente, la prontitud para ver y emocionarse, y esta incomparable joya de la naturaleza humana que es la intuitividad del espíritu (que corresponde a aquellas); además con una cierta debilidad del «músculo», de la conceptualización racional y de la ejecución que corresponde también con ello; pero también con más audacia y, a veces, con más fuerza de alma de lo que suele verse en el hombre. Todo esto no se fundamenta en el sexo ni en la función de engendrar, ni es explicable por ellos; se fundamenta en la repartición de las cualidades diferenciales propiamente humanas que –como bien lo indica el mito verdadero de Eva sacada de la costilla de Adán y de su carne humana– Dios dio en reparto desde su creación al hombre, y a la mujer, iguales (por la complementariedad de estas cualidades diferenciales) en una misma naturaleza y dignidad. Eva fue creada para ser la compañera y la inspiradora del hombre (que fue su inspiradora se lo ha podido apreciar a saciedad con el primer pecado). No deja de tener interés el notar, a modo de paréntesis, que el «hagámosle un “vis a vis” que lo ayude», faciamus ei adjutorium simile sibi (no olvidemos el simile sibi, tan vejatorio, a decir verdad, para una larga tradición de comentaristas veneradores de la masculinidad, y tan mal comprendido por ella) se encuentra consignado en la revelación divinamente hecha a un pueblo que vivía, sin embargo, en un régimen patriarcal.

4. Será preciso que me detenga aún un momento para tratar de precisar mi pensamiento, y lo que acabo de decir sobre el error que hay en buscar en el sexo el fundamento primero de donde derivan todas las otras diferencias que distinguen a estos dos seres humanos, y no simplemente animales, que son el hombre y la mujer. Esto me llevará a proponerles, en una digresión filosófica, nociones un poco más elaboradas, pero que me parecen bien necesarias para esclarecer nuestras ideas sobre una cuestión que hoy en día preocupa a todos los espíritus, y donde la voluntad más sincera no es suficiente para compensar la confusión intelectual. No pienso solamente en nuestros explicadores sicoanalistas, o en un esfuerzo (loable en sí mismo pero titubeante en relación a una falsa idea de la persona y de la libertad) como el de la señora de Beauvoir. Pienso también en un libro como el de la señora Yvonne Pellé-Douel, Etre femme, donde las mejores y más rectas intenciones son traicionadas por la aceptación (como de algo que va de sí) del error mismo que he señalado.

Primero que nada, sin embargo, conviene volver al texto del Génesis. Pienso que las dos narraciones de la creación del hombre deben ser tomadas en conjunto, y que ellas se refieren a dos verdades complementarias que es importante salvaguardar: la primera de estas narraciones tiene por objeto marcar la unidad de la naturaleza humana y la igualdad en naturaleza y en dignidad del hombre y de la mujer (desde el acto creador por el que el hombre apareció en la tierra, la naturaleza humana fue macho en uno y hembra en otro); la segunda narración, formulada en un lenguaje mítico –y dando, de acuerdo a las conveniencias de este lenguaje, la creación de Eva como posterior a la de Adán– tiene por objeto indicar la forma como Dios quiso e hizo que la mujer se diferencie del hombre. El cuidado con el cual el Libro Sagrado insiste sobre todo esto en los dos relatos en cuestión me parece muy significativo. Primera verdad: Eva y Adán, cuya dualidad («hombre y mujer él los creó») constituye al hombre en su plenitud ontológica («a imagen de Dios él lo creó»), fueron creados desde la aparición de humanidad sobre la tierra, como lo dice el primer relato –y como lo sugiere una sana filosofía de la evolución, la cual, a mi parecer, debe afirmar que en el instante en que en el embrión proveniente del acto generador de una pareja «homínea»– bajo una moción elevante, –excepcional y absolutamente única de Dios– se produce una disposición última que apela o exige el alma intelectual, entonces Dios ha creado e infundido tal alma en el embrión. Podemos suponer que en esta primera aparición del ser humano se trata, ya sea de dos gemelos, uno niño, el otro niña, salidos al mismo tiempo del seno de la madre «homínea» (es la hipótesis que prefiero), o bien de un niño primer nacido, luego de una niña nacida ensegundo lugar, que hayan sido así creados por Dios. Después de esto, veamos la otra verdad contenida en el segundo relato. Yo ya lo he señalado que el simbolismo de la historia de la costilla, significa que, teniendo la misma naturaleza específica que el hombre, la mujer está dotada de cualidades más finas, pero menos patentes.

Y ahora ¿qué decir del ei faciamus adjutorium simili sibi? ¿con qué fin? ¿Engendrar hijos y propagar la especie humana, y, a diferencia de los animales, seguir viviendo juntos (como lo destaca Santo Tomás) en cuanto hombre y mujer, en la vida doméstica, donde se ayudan y se confortan uno al otro? Sí, sin duda. Pero hay un fin bastante más alto, que los antiguos no han mencionado en este lugar, porque carecían de una clara noción, del tiempo y del progreso histórico: La humanidad fue hecha para progresar en la tierra, llevando a la vez en ella una vida temporal y cultural y, una vida espiritual cada vez más elevada; y para finalmente entrar en el reino de Dios y de la visión beatífica. He aquí el fin superior en vista al cual Eva fue hecha como ayuda y compañera de Adán. A este respecto la multiplicación de la especie humana a través de la generación es sólo un medio necesario. Es para asegurar mejor el progreso de la especie humana hacia este fin, que la naturaleza estuvo desde el origen dividida en dos tipos sub-específicos distintos que se complementan el uno al otro. Y es por esto, justamente, que era preciso que desde la creación de Eva las cualidades que distinguen feminidad y masculinidad fuesen diferentes y complementarias.

Hagamos un paréntesis. Si los primeros padres no hubieran pecado, el progreso de la humanidad –tal progreso es inimaginable para nosotros– se habría producido únicamente en la línea del bien. Al final, cuando los hombres, siempre dotados de la justicia original y preservados de la muerte, hubiesen poblado la tierra y crecido suficientemente en espiritualidad y en civilización, el mundo se habría encontrado dispuesto a la transfiguración por la que sería introducido en la gloria; y los hombres habrían entrado allí, en la visión de Dios, sin pasar por la muerte (salvo muerte a sí mismo).

Pero el pecado original nos puso en un régimen totalmente distinto, en el que el progreso de la humanidad se realiza a la vez en la línea del bien y en la línea del mal. Y ¡cómo abunda este último! Entonces será por medio de una catástrofe: el fin del mundo, y por la resurrección de los muertos, con la separación de los buenos y los malos, que se producirá la transfiguración final, y que los buenos entrarán en el reino de los cielos que Cristo Redentor adquirió para ellos.

Al final de los tiempos –como lo recordaba Olivier Lacombe– cuando Jesús vuelva, encontrará poca fe sobre la tierra. Ella habrá casi desaparecido del mundo y permanecerá siempre viva en la Iglesia, gracias quizás solamente a algunos pequeños rebaños, apenas más numerosos que los de la Iglesia primitiva, los que se alimentarán plenamente de la vida y de la fe del Cuerpo místico, y cuyos pastores tendrán, como los de la Iglesia primitiva, la firmeza en la verdad y el coraje heroico exigidos por su mandato (termino aquí el paréntesis).

5. Pasemos ahora a mis reflexiones filosóficas. He hablado hace unos instantes de dos tipos subespecíficos, masculino y femenino, que comparten la misma naturaleza humana. Para justificar esta palabra, recurriré a una analogía muy distante (de lo que aquí está en cuestión), la de las razas entre las cuales se divide la naturaleza humana; se trata efectivamente en este caso de tipos sub-específicos, que poseen todos igualmente la misma naturaleza humana. Pero las diversas razas provienen de una evolución que se llevó a cabo, sin duda, muy temprano en el tiempo, pero que, a pesar de todo, tuvo una cierta duración, y donde lo accidental ha sin duda jugado un cierto papel. Mientras que la distinción entre el tipo sub-específico masculino y el tipo sub-específico femenino está ligado a la creación misma del hombre y de la naturaleza humana.
En segundo lugar, me parece importante hacer notar que la diferencia de los sexos tiene una significación con sus repercusiones biológicas y morfológicas la que hace toda la diferencia entre el macho animal y la hembra animal, entre el ciervo y la cierva.

Dicho de otra forma, la tipicidad macho y hembra es en el animal una tipicidad sub-específica de orden puramente funcional. Por el contrario, si las observaciones precedentes son exactas, es preciso decir que en nosotros la función sexual, lejos de hacer toda la diferencia entre el hombre y la mujer, no es sino una de las propiedades de una tipicidad sub-específica de orden esencial la que, al derivar del alma espiritual, comprende toda la naturaleza, espiritual y corporal, de la persona humana masculina o femenina. La tipicidad masculina o femenina no es sino una simple tipicidad funcional o genital, es una tipicidad sub-específica de naturaleza (de naturaleza individual) ordenada al progreso temporal y espiritual de la especie humana hacia su fin, que implica una diferenciación en las cualidades del alma, y que comprende como una de sus propiedades –pero solamente como una de sus propiedades, por necesaria que sea– la función genital que concierne a la animalidad humana.

Se puede decir por consiguiente, me parece, que hay en el ser humano una bipolaridad –orientada al progreso general, a lo largo de todo el tiempo, de la humanidad hacia su fin– en cuanto a la diferenciación entre el hombre y la mujer: hay un polo carnal, que interesa a la propagación de la especie, del lado de la animalidad humana y de una de sus funciones; y hay un polo espiritual ordenado a la constitución de la persona humana del lado del alma espiritual que es la forma substancial del ser humano: hablo del alma humana individualizada en un sentido o en otro, desde su creación, del hecho que Dios, creando cada alma, la destina a formar parte de tal o cual cuerpo. Lucho contra las palabras para poder designar esta complementariedad mutua en el seno mismo de la naturaleza humana; digamos, pidiendo prestado una metáfora a los químicos, quienes nos hablan del ácido tártrico dextrógiro o levógiro, que el alma de un hombre está desde su creación dextrógiramente individualizada, y que la de una mujer lo está levógiramente. Recordemos aquí que el alma humana no es individualizada por la materia (como lo es el alma sensitiva de los animales), sino, como acabo de hacerlo notar (y un mundo separa estas dos fórmulas) en orden a la materia y a un cuerpo determinado, ya sea macho o hembra (de donde se desprende que ella es masculina o femenina en virtud de la forma típica de su ser mismo). Es por lo que ella (el alma) guarda su individualidad femenina o masculina, después de la muerte; y en el universo de los resucitados, donde no habrá ni matrimonio ni generación, habrá siempre hombres y mujeres, cuyos caracteres diferenciales no tendrán nada que ver con alguna función de su cuerpo, la que habrá desaparecido, sino que dependerán de la tipicidad sub-específica de sus almas «dextrógenas» o «levógiramente» individualizadas, desde su creación, en orden a sus cuerpos, pero no individualizadas por él. Y en su vida gloriosa, la mujer (no ya más como esposa, pero sí según su ser-mujer) permanecerá para el hombre un vis a vis y una «ayuda», digamos mejor una compañera de actividad bienaventurada; de tal manera que la naturaleza humana se encontrará siempre ontológicamente plena por su mutua complementariedad. Los rasgos característicos de la feminidad permanecen seguramente allá en lo alto (en el cielo). Piénsese en la preocupación que la Virgen tiene de la tierra, en la especie de impaciencia que la empuja a aparecer a pobres niños para despertarnos un poco de nuestro torpor.
Todo esto quiere decir que Eva, creada para ayudar al hombre, no solamente para engendrar hijos, sino para hacer progresar en ellos dos la especie humana hacia su fin, fue también creada como ayudando al hombre a realizar con ella la entera plenitud ontológica de la naturaleza humana, dicho de otro modo, como siendo una persona cuyo ser-mujer es complementario del ser-hombre de Adán: lo que implica evidentemente que, de su parte Adán es una persona cuyo ser-hombre es complementario del ser-mujer de Eva, de manera a realizar con ella la entera plenitud ontológica de la naturaleza humana: «Dios creó al hombre a su imagen, a imagen suya Él lo creó, hombre y mujer Él los creó».

Hemos abordado así lo referente al polo espiritual de la diferenciación entre hombre y mujer. Diciendo polo espiritual, no quiero decir que las cualidades particulares de la mujer y las cualidades particulares del hombre, como las que acabo de mencionar, procedan todas de facultades puramente espirituales tales como el intelecto, pero todas son espirituales en su raíz, como proviniendo del alma espiritual informando la materia y poseyendo al mismo tiempo que las facultades del espíritu, potencias tales como los sentidos y la imaginación. En cuanto al polo carnal, ya he indicado que, en el caso de los animales, la sexualidad crea para el macho y la hembra una tipicidad de orden puramente funcional, lo que de ninguna manera es el caso para el hombre y la mujer, cuya tipicidad es de orden esencial o modal-esencial, y no comporta la función genital sino que como una de sus propiedades. Esto, evidentemente no impide que la sexualidad juegue un papel de lo más considerable en el ser humano y en la vida humana, ni que sea la fuente no solamente de los placeres sensibles naturalmente ligados a su acto, sino también de goces magníficamente humanos, como son los de la paternidad y de la maternidad. Tampoco impide aquello el que la sexualidad dé nacimiento a toda clase de tendencias y de activaciones preciosas para nuestra naturaleza y también de frustraciones, de complicaciones físicas y de miserias, las que proviniendo de su cuerpo afectan a toda la persona humana.

Hagamos notar además que la persona humana, siendo la de un animal dotado de razón, y el alma humana siendo individualizada en orden a un cuerpo determinado, el sexo y la función de generación, con todo lo que le está ligado en el funcionamiento interno de la vida orgánica –sobre todo en la mujer, ya que se trata de la especie de complicidad que se establece entre ella y la naturaleza o, sobre todo, de la gestación, donde el niño está en el seno maternal como en un nido naturalmente sagrado– crean en la animalidad humana una especie de consonancia o de correspondencia armónica con lo que, en el fondo espiritual, y del lado del alma y de sus cualidades particulares, constituye la persona humana en el ser-hombre o en el ser-mujer.

Queda en pie que la idea reinante hoy en día –que reduce todo el problema al sólo carnal– que lleva a mirar el sexo y a la función genital como el fundamento primero de donde derivan y por donde se explican todos los demás caracteres diferenciales que distinguen al ser-hombre y el ser-mujer; esta idea es, espero haberlo mostrado, un error de base que vicia toda nuestra perspectiva sobre el ser humano. Ella lleva lógicamente a tanto como a explicar el genio de Mozart por las actividades bioquímicas de su bazo o de su hígado.

Termino esta digresión demasiado larga haciendo notar que todo lo que he dicho concierne únicamente a los miembros de la especie humana, personas constituidas a la vez por su alma y por sus cualidades particulares en la masculinidad y en la feminidad, y que obran en servicio de la especie por una cierta función de la carne. Esto no se encuentra ni en el mundo de los espíritus puros, donde cada persona angélica es una especie en sí misma, ni en el mundo de las bestias, donde cada individuo es solamente para la especie y su propagación.

6. Retomando ahora el hilo de nuestras primeras reflexiones, las que me fueron sugeridas por la lectura del Génesis, recuerdo que antes de comenzar mi digresión filosófica, había insistido en la relación de persona a persona entre Adán y Eva y noté que en virtud de la asignación de las cualidades diferenciales propiamente humanas que Dios dio en reparto desde su creación, al hombre y a la mujer, en una misma naturaleza y dignidad humanas. Eva fue creada para ser la compañera y la inspiradora del hombre y esto en relación a toda la obra común, a ambos en la tierra.

Eva es también, no lo olvido, la madre del género humano, pero es a nosotros a quienes esto interesa ante todo, más que a la persona de Adán (el cual es también nuestro padre). Y tampoco olvidemos que es después del pecado, y a título de castigo, que en el Génesis (3, 16), Dios dice a Eva: «Tu codicia te empujará hacia tu marido, y él dominará sobre ti». La dominación en cuestión, del hombre sobre la mujer, que es totalmente diferente (ella no va sin falta de orgullo por parte del hombre) de la autoridad de la cual he hablado en mis primeras consideraciones, y que durante largos siglos se ha traducido en sometimiento de la mujer (este sometimiento continúa hoy en día bajo otra forma y gracias a la idolatría bestial de la sexualidad que despersonaliza a la mujer y la lleva a tenerse ella misma por una carne destinada al placer del hombre, lo que es de suyo desesperante y hace que algunas se lancen en una especie de prostitución por odio a su cuerpo), la dominación de sometimiento, digo, del hombre sobre la mujer no tiene absolutamente nada que ver con la naturaleza propia de uno y de otro, sólo tiene que ver con las consecuencias del primer pecado.

Siento tener que agregar que si Santo Tomás no dejó de condenar la dominación de la mujer –non debet a viro despici tanquam serviliter subjecta (Ia, 92, 3)– el error de base, sin embargo, que yo ataco y que ha jugado su papel en las tentativas de justificación de la dominación secular de la mujer (ver en la facultad de ayudar al hombre a engendrar el único privilegio propio de la mujer, y por consiguiente, el sexo y la función de reproducción como la característica a la cual se reduce en último término toda su feminidad), este error fue cometido por los Antiguos, y por nuestros venerados doctores en sintonía con la mentalidad de su tiempo pero desde su propia perspectiva opuesta al extremo («procreacionista», diría) a la del sexualismo egocéntrico de nuestros distribuidores de la droga filosófica seudo-freudiana. Esto concuerda por lo demás perfectamente con la concepción aristotélica de la mujer como hombre trunco. Se encuentra así en sus interpretaciones del Génesis aserciones más bien sorprendentes tales como la siguiente, a la cual Santo Tomás hizo eco en un Sed contra de la Ia, 98, 2. Si se dice en el Génesis que Dios hizo a la mujer como ayuda para el hombre semejante a él, una tal ayuda concierne únicamente a la obra de la generación, y a ninguna otra, «ya que (escuchemos bien esto), para cualquier otra obra el hombre habría podido ser ayudado más convenientemente por otro hombre que por la mujer». (Ver asimismo, q. 92, 1, donde Santo Tomás enseña categóricamente este espantoso dicendum quod). (Después de todo, el mismo Santo Tomás se encontraba muy convenientemente asistido en su convento por sus secretarias y por las hermanas conversas…). No hay una palabra en el texto del Génesis que se preste para sostener una tal aserción, que desconoce totalmente la evidente complementariedad del tipo femenino y del tipo masculino, y el hecho que sus cualidades diferenciales son las del alma espiritual, que informa (da forma) al cuerpo según esté individualizada en un sentido o en otro.

Santo Tomás, por lo demás, se ha cuidado de empujar hasta el extremo la aserción que me escandaliza, al punto que la corrige fuertemente haciendo notar en otro artículo (92, 3) que la obra de la generación no es la única que es preciso considerar, y que existen también (lo que por lo demás no va muy lejos) para el hombre y la mujer obras que hacer en común en la vida doméstica. Si no obstante se llevaren las cosas hasta el extremo en la perspectiva abierta por la idea que el único objeto en vista, al cual Eva fue hecha para completar al hombre es la procreación, se debería, con una seguridad masculina (de la que algunos bien-pensantes de la antigüedad no estaban exentos) no ver en la mujer sino a la hembra prolífera que ayuda a Adán a reproducirse a sí mismo, salvo fracasos accidentales en la obra de la generación, que produzcan una mujer en lugar de un hombre. Se comprende que yendo lógicamente a lo absurdo, algunos pedantes de la Edad Media (de esta edad en la que, sin embargo, el culto a la virgen rehabilitaba a la mujer, y en la que los trovadores la exaltaban) se hayan seriamente preguntado si la mujer tenía un alma, un alma espiritual como la de su marido. Después de todo ¿no habría bastado acaso con un alma simplemente animal, puesto que la mujer fue creada in adjutorium viri para servir a la reproducción?

Estas viejas historias no sirven ya sino para divertirnos, pero lo que provoca reflexiones melancólicas es la idea que el noble pensamiento mismo del Doctor Angélico no logró –en un campo como del que hablamos y en el que la presión del medio cultural pesa tan fuertemente sobre el espíritu– liberarse del todo del clima de la inteligentsia de su época, y de los prejuicios en ella reinantes. Esto manifiesta una de las servidumbres de nuestra naturaleza herida, una servidumbre a la que nadie escapa completamente. Sin un espíritu tan magníficamente libre como el de Santo Tomás no ha conseguido escapar a aquella servidumbre, en el punto particular que aquí nos ocupa (la feminidad y la interpretación del in adjutorium viri) cómo extrañarse de ver hoy en día a una multitud de espíritus serviles el hacer su primer deber el de adaptarse y, si son cristianos (y animados por algún celo pastoral), de adaptar el Evangelio y la fe cristiana a las exigencias incondicionales de una cultura de masa y de una mentalidad colectiva (¡perdón! «comunitaria») para la cual el gusto por la verdad metafísica o religiosa no es sino un viejo cachivache indigno del hombre moderno.

Queda en pie el que, para volver a mi propósito original (que se refiere a la lectura del Génesis por un cristiano cualquiera que busca comprender su fe), parece especialmente importante para el espíritu tratar de hacer esta lectura en una libertad tan cabal como sea posible respecto a todo prejuicio, cualquiera que sea, venga éste de las humanas tradiciones de los Antiguos (Jesús no fue para las tradiciones de los doctores de la ley) o de la fatuidad intelectual de nuestros queridos contemporáneos.


Jacques Maritain (1882-1973). Filósofo francés. Doctor «honoris Causa» en filosofía por las Universidades Pontificias. Tomado de Communio, n. 3, octubre-noviembre 1982.

 
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