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Altar Mayor Nº - 140 (04)
Thursday, 19 May a las 13:53:56

Altar Mayor artículos REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 140  - marzo / abril de 2011

 

LA ROMANIZACIÓN DEL CRISTIANISMO. Un evento metapolítico
Primo Siena
*



 
 
1. El cristianismo de las catacumbas

El Cristianismo, nacido en Palestina con la predicación de Jesús, se difundió en Roma, alrededor del año 42, con la llegada en la capital del imperio del apóstol Simón, denominado Pedro por el mismo Jesús.

Pedro había emigrado desde Jerusalén cuando Herodes Antipas, gobernador de Palestina, para congraciarse con el emperador Calígula, entre los años 41 y 43 había desatado una oleada persecutoria en contra de los hebreos seguidores de Jesús de Nazareth.

Durante la persecución Pedro fue encarcelado, pero evadiendo de la prisión al poco tiempo, en modo milagroso. En aquella circunstancia el apóstol Santiago fue martirizado; Juan el evangelista y los apóstoles Tomás y Bartolomé fueron obligados a abandonar Jerusalén, encontrando, el primero, refugio en Éfeso (Asia Menor) y los otros dos respectivamente en Partia y Arabia.

Pablo de Tarso, hebreo y antiguo perseguidor de los seguidores de Jesús de Nazareth, fue buscado por los jefes de la Sinagoga como traidor y hereje, luego de su milagrosa conversión acaecida durante un viaje hacia Damasco. Tuvo que buscar refugio primero en el desierto arábico y sucesivamente en Antioquia donde pondrá el centro operativo de su acción misionera entre los Gentiles. El apóstol Jaime el Menor será lapidado en Judea entre el año 62 y el 63 d.C.

Max Weber ha observado al respecto: «La exacerbación profunda de las relaciones entre judaísmo y cristianismo fue provocada, en los primeros siglos, no por los cristianos, sino más bien por los judíos. Los hebreos utilizaron la posición precaria de los cristianos, desprotegidos hacia la obligación de rendir culto al emperador romano, para azuzar en contra de ellos la fuerza del Estado. Por eso, los hebreos fueron considerados entonces por los cristianos como los principales responsables de la persecución que ellos sufrieron».

A su llegada en Roma, Pedro es acogido por una comunidad pequeña pero viva y bien organizada, a la que él otorga una fisonomía definitiva estructurada en forma ministerial. Salvo un ocasional regreso a Jerusalén para el primer Concilio Apostólico del año 50, él vive preferentemente en la capital del imperio como su primer obispo hasta el día de su martirio, acaecido en julio del 64, durante la persecución anticristiana de Nerón. Es sepultado en el mismo lugar donde se edificará después la basílica de San Pedro.

Según una opinión largamente difundida y comúnmente aceptada, se cree que las comunidades cristianas primitivas hayan sufrido una permanente, brutal persecución a lo largo los primeros tres siglos de la difusión del cristianismo en los territorios del imperio romano. Lo que no deja de parecer algo paradójico, cuando las leyes romanas toleraban y hasta permitían la libertad de culto y Roma acogía todas las divinidades de los pueblos conquistados.

Pero al respecto, toda generalización es incorrecta, como se deduce de las acuciosas investigaciones históricas recientes, entre las cuales se destaca la obra de la italiana Marta Sordi, catedrática de la Universidad Católica de Milán.

Cierta historiografía nos ha acostumbrado a considerar la conducta del imperio romano hacia los cristianos de una manera unívoca, según una actitud cuando no persecutoria, decididamente hostil. En efecto la postura de la autoridad imperial en relación al cristianismo fue alterna, según la política de las dinastías imperiales o los humores de los emperadores que se sucedieron en el poder. Considerado inicialmente como una variación del judaísmo, el cristianismo asumió luego un perfil teológico original diferenciándose notablemente de la comunidad israelita, considerada en Roma con general desconfianza a causa del estado de recurrente agitación política de la Palestina hebrea.

La primera persecución de las autoridades romanas en contra de los cristianos empieza después del año 62 d.C. en aplicación de un senatus consultus del 35 d.C. que rechazaba una propuesta del emperador Tiberio (14-37 d.C.) de otorgar licitud al culto de Cristo; en cambio el Senado proclamó al cristianismo como una superstitio ilicita; esto es: algo ajeno a la concepción religiosa de los romanos, puesto que –según ellos– la religión debía tener un sentido cívico y social expresado mediante un culto público en el ámbito de la Civitas.

Tal persecución es desatada por el emperador Nerón, quien para desviar la hostilidad popular hacia su persona, el año 64 acusa a los cristianos de ser los criminales incendiarios de Roma (v. Tácito, An. XV,44). Padecen el martirio millares de cristianos destrozados de manera horrible. El mismo año Pedro es crucificado en la colina del Vaticano. Sucesivamente el apóstol Pablo viene decapitado cual ciudadano romano por el hierro honorable de una espada (junio del año 67).

La muerte violenta de Nerón abrió pronto para la religión cristiana una época de relativa tolerancia que se manifestará durante los reinados de Galba (68-69), Otón (69), Vitelio (69), Vespasiano (69-79) fundador de la dinastía Flavia y Tito (79-81).

La persecución se reanuda con Domiciano (81-96), quien extiende a los cristianos la violenta represión en contra de los sectores estoicos de la oposición senatorial que rehusaba, a la par con los cristianos, de aceptar la pretensión del emperador de ser adorado cual dominus y deus.

Aquí se manifiesta aquella convergencia entre romanismo, estoicismo y cristianismo considerada por María Sordi «naturaliter estoica», pero «de un estoicismo todo moral y político y no filosófico» en el cual la antigua alma romana se manifestaba –según observó puntualmente Tertuliano– «naturaliter cristiana».

Durante esa persecución hubo mártires cristianos en Asia Menor, mientras que san Juan fue desterrado en la isla de Patmos, donde escribió el Apocalipsis. En Roma fueron ajusticiados estoicos y cristianos al mismo tiempo; entre ellos, por una sospecha imprecisa y débil (ex tenuisima suspicione), fue martirizado un primo del mismo emperador, el cónsul Flavio Clemente, junto a su sobrina Flavia Domitilla considerada cristiana y al cónsul Acilio Glabrio.

La hostilidad hacia la religión cristiana aflora nuevamente durante la dinastía de los Antoninos (96-193), en los períodos de Trajano, Antonino Pío y Marco Aurelio.

Trajano (98-117) en un rescrito dirigido a Plinio el Joven, gobernador de Bitinia –quien le había puesto el interrogante de cómo tratar a los cristianos denunciados por ciudadanos privados– afirmó: el ser cristiano es un hecho delictivo que merece el castigo de muerte cuando el acusado admite públicamente su condición de cristiano, puesto que, según disposiciones anteriores, «no es licito ser cristiano». Pero –agregaba el emperador– «no hay que buscarlos para perseguirlos».

El reinado de Adriano (117-138) marca para los cristianos una pausa de tolerancia y, según algunos observadores, hasta de simpatía. El emperador Adriano, de cultura helenizante, se esforzó por dar una interpretación más equitativa a las normas sobre los cultos religiosos, como aparece en la respuesta que él envió al procónsul de Asia, Minucio Fundano.

Antonino Pío (138-161), emperador profundamente devoto a los dioses romanos, propuso la pietas como ideal de su gobierno; cumplió siempre con sus deberes de pontifex maximus en el culto público, destacándose como un restaurador de la tradición religiosa de Roma considerada superior a todas las religiones extranjeras, especialmente las orientales. Los efectos negativos de la política religiosa de Antonino Pío sobre los cristianos no acabaron pero en una masiva represión sangrienta.

Con Marco Aurelio (161-180), quien asoció Lucio Vero (161-169) a su gobierno, rebrota una persecución cruenta mediante la praxis de procesar a los cristiano denunciados no por individuos privados, sino por la iniciativa pública de los magistrados imperiales.

Pero en las postrimerías del reinado del emperador filósofo, en los escritos de los apologistas cristianos Meliton de Sardes y Atenágoras de Atenas, se asoma la posibilidad de una coexistencia pacífica entre el cristianismo y el imperio romano.

El cristianismo vive una relativa calma entre los años 180 y 193, cuando asciende al imperio Septimio Severo (193-211); quien inicialmente parece benevolente con los cristianos, tanto que en el 196 se celebran diversos sínodos de obispos cristianos para definir la fecha de la pascua. En el año 197 Tertuliano escribe su Liber Apologeticus. Pero en 202, el emperador emana un edicto para prohibir, bajo pena grave, toda actividad de proselitismo tanto de los hebreos como de los cristianos. El cambio de actitud de Septimio Severo, fue probablemente influido por la difusión dentro del cristianismo de la corriente ontanista, que en su expresión más radical se presentaba como contraría al orden estatal y era especialmente activa en Asia Menor y en Galia. Se desató, entonces, una nueva persecución cruenta en varias partes del imperio, especialmente en Alejandría, Cartago, Capadocia, Antioquia.

La tolerancia religiosa regresó con Caracalla (211-217) –quien dictó una amnistía para los deportados, incluyendo a los cristianos– y con Alejandro Severo (222-235) cuya madre, Julia Mamea, tuvo declarada simpatía por el cristianismo.

Pero con la llegada al poder de Maximino Tracio (235-238) se ordenó la eliminación física de los jefes de la iglesia cristiana, culpables de enseñar al Evangelio.

Por el contrario, Felipe el Árabe (244-249) manifestó abierta benevolencia hacia el cristianismo, al punto de ser considerado un cristiano oculto.

El emperador Trajano Decio (249-251), con un decreto persecutorio, constriñó a todos los ciudadanos del imperio a ofrecer un sacrificio público a los dioses para obtener un certificado obligatorio (libellum) que demostrara haberlo hecho. Para salvarse, muchos cristianos, por su debilidad definidos lapsi, incluidos algunos obispos, se doblegaron al edicto imperial; pero muchos más enfrentaron con heroísmo la persecución manteniéndose públicamente en su fe.

Con Valeriano (253-260), la persecución se volvió general según una planificación establecida que prohibía al clero cristiano, de los obispos a los diáconos, todo acto de culto publicó (pero no de culto privado) y decretaba la pena capital para aquellos clérigos superiores que no hubiesen obedecido. Los laicos cristianos de alto rango que no sacrificaban a los dioses fueron degradados de sus funciones y privados de sus bienes; cuando el castigo no les inducía al arrepentimiento, padecían la muerte. Pero la gran mayoría de los cristianos, clérigos y laicos, resistió impávida conservando su fe.

El emperador Galieno (259-268) ordenó el cese de la persecución ordenada por su padre Valeriano y publicó un edicto para devolver a la iglesia cristiana los lugares de culto antes expropiados, anunciándolo con estas palabras dirigidas a Dionisio, Pina, Demetrio y a los demás obispos: «He mandado que el beneficio de mi don se extienda por todo el mundo».

Regresó así un largo período de tolerancia que durará hasta la gran persecución ordenada por Diocleciano (284-305). Quien, en los primeros veinte años de gobierno –siendo su co-emperador Maximiano (286-305)– demostró indiferencia hacia el problema religioso. Preocupado sucesivamente por la influencia negativa de los cultos mistéricos orientales que habían inundado el imperio, empezó con reprimir a los maniqueos, extendiendo luego la persecución a los cristianos. En poco más de un año publicó cuatros edictos imperiales en los que se ordenaba la destrucción de todos los lugares del culto cristiano, imponiendo prisión por el clero, además de la obligación para todas las poblaciones del imperio de sacrificar a las deidades paganas. Se trató de la última persecución anticristiana que alcanzó mucho rigor en Hispania y en las regiones orientales del imperio. En Roma se consumió el martirio de San Sebastián, Santa Inés y de los santos Cosme y Damián.

Durante casi tres siglos, a causa de la inicial desconfianza y de la sucesiva hostilidad degradada de vez en cuando en sangrientas y brutales persecuciones, los cristianos fueron impedidos de practicar públicamente su religión, siendo obligados a disfrazar sus reuniones, encubrir sus ceremonias religiosas y a ocultar sus muertos, pagando un alto tributo de sangre para conservar y propagar su fe.

Ese fue el largo período heroico del cristianismo de las catacumbas, donde algo nuevo y prodigioso estaba acaeciendo: allí no se bautizaban en la nueva fe sólo romanos paganos, allí se preparaba y disponía el bautismo de las antigua tradiciones del mundo pagano por el día en que Roma abandonaría los dioses falaces para reconocer en sus mitos el sello del Dios Ignoto, del Cristo venido sobre la tierra como el Salvador victorioso de la humanidad. Las catacumbas, refugios ocasionales de los primeros cristianos, fueron una obra providencial y anotará aún Mordini: «esta obra de amor y de dolor, de caridad y de sangre, fue cumplida en Roma que era ya universal, y por ende católica, antes todavía de ser cristiana».

2. Los cristianos y el imperio romano

La hostilidad que el cristianismo encontró en ese largo periodo, no se transformó en normas amparadas explícitamente en una prohibición jurídica, siendo ajena a la mentalidad del romano el recurrir al derecho para reprimir una religión extranjera. La represión del cristianismo, incluso en los períodos persecutorios más violentos, se manifestó con medidas policiales y de orden público, motivadas principalmente por el rechazo de los cristianos a practicar el culto divino a la maiestas imperial. En estas medidas policiales, el cristianismo era reputado como una superstitio; esto es: una corrupción del concepto religioso vigente en Roma, donde la religión presentaba un carácter social público enmarcado en una tradición nacional, mientras que el cristianismo primitivo –como hemos ya visto– era generalmente considerado en Roma un culto individual de carácter privado, con rasgos de fanatismo que se contraponían a la moderación y a la racionalidad del sentido religioso derivado de la antigua tradición romana.

Los cristianos, en cambio, desde un principio se preocuparon de manifestar su respeto hacia las autoridades del imperio: «Estamos sometidos a toda institución humana por amor del Señor» afirmaba Pedro desde Roma; y Pablo en su famosa Epístola a los Romanos (57 d.C.) recomendaba: «Toda persona debe someterse a las autoridades superiores, porque no hay autoridad si no de Dios; y aquellas que existen han sido ordenadas por Dios. Por lo tanto quien se rebela a la autoridad se opone al orden establecido por Dios. Los magistrados no son temidos por quienes obran bien, sino por aquellos que obran mal. ¿No quieres temer a la autoridad? ¡Obra bien y serás alabado!».

Esta epístola de San Pablo, considerada como su testamento espiritual, ha sido interpretada en clave escatológica: el destino de los cristianos es la ciudadanía celeste, siendo transitoria la presencia cristiana sobre la tierra. Pablo exhorta, por lo tanto, al respeto de las autoridades políticas terrenales porque en el orden cósmico el principio de autoridad proviene de Dios, quien ha otorgado el poder a las autoridades (exousiai) para la tarea específica de practicar el bien, pero no en el sentido teológico de la salvación eterna, sino simplemente en el sentido jurídico de acatar la ley para respetar el orden natural proveniente de Dios.

El resentimiento popular hostil a los cristianos, suscitado por los neronianos entre la población romana, estimuló a los intelectuales de la sociedad culta, más sensible hacia la conciencia nacional, a considerar el cristianismo como superstitio nova, prava y maléfica, términos que se usaban para definir toda novedad religiosa extranjera perversa (prava) y nociva (malefica) sólo por el hecho de ser ajena a la ancestral tradición religiosa romana. Ya en la época de Domiciano, la motivación esgrimida para perseguir a los cristianos era aquella de impiedad establecida en el Institutum Neronianum, cuyo fundamento básico era: Ut christiani non sint (esto es: «No está permitido ser cristiano»). Desobedecer a tal criterio –a pesar de que nunca se codificó como una ley escrita– significaba ponerse afuera de la comunidad cívica y religiosa de los romanos; es decir: ser impíos y merecedores del máximo rigor previsto por una culpa de tipo religioso, pero no político.

El culto al Dominus Imperator y a la Diosa Roma dispuesto por Domiciano y el esmero cortesano de su funcionarios en imponerlo, especialmente en la provincias orientales del Imperio, habían provocado la protesta solemne y vehemente contenida en el Apocalipsis del apóstol Juan hacia la nueva Babilonia identificada en aquella Roma dominada por las dos bestias, la que sale del mar y la que sale de la tierra: representación simbólica del carácter demoníaco del poder político.

El historiador italiano Giorgio Jossa, supone que «las improvisas calamidades y adversidades» mencionadas en una Carta de Clemente romano a los cristianos de Corinto constituyen una referencia indirecta a la represión sufrida en el tiempo de Domiciano. En esta carta, el autor, después de haber invocado de Dios paz y concordia, solicita obediencia hacia todos aquellos que «nos mandan y guían sobre la tierra», en el presupuesto que la autoridad y el mando fueron otorgados por Dios; actitud que induce al historiador italiano ya mencionado a entrever un tentativo de Clemente Romano (representante autorizado de la iglesia cristiana) de acreditar una evaluación positiva de la dinastía Flavia en razón de la sustancial tolerancia demostrada por ella, con la excepción de Domiciano, hacia el cristianismo.

En la misma carta, el autor exhorta a la comunidad de Corinto, angustiada por luchas y polémicas internas, a la armonía social (homonoia), poniendo como modelo la jerarquía las legiones romanas. Es interesante destacar que este documento, donde aparecen oraciones por los gobernantes imperiales, fue incluido en las colecciones del Nuevo Testamento de muchas iglesias antiguas.

Esta actitud no debe parecer extraña en el ámbito cristiano, puesto que en la defensa de la nueva fe, los apologistas cristianos del II° y III° siglo no manifiestan rasgo alguno de rebelión (stasis) al imperio y de oposición al emperador; ellos sólo arguyen una justificación del rechazo al culto imperial exponiendo el derecho de los cristianos de adorar a su Dios. Se trata de una defensa del cristianismo donde se ilustra al poder político romano la ventaja que ofrece el monoteísmo cristiano: un solo Dios omnipotente resultaba más poderoso y conveniente que una corte de dioses ocasionalmente borrachos y litigiosos entre sí.

Ya en el Apologeticum 24 de Tertuliano, se asoma la motivación fundamental que postula la posible conjunción de la Iglesia cristiana con el Imperio, en un encuentro providencial del monoteísmo con la monarquía imperial. Argumento, éste, que aflora además en el Dialogo con Trifón del apologista Justino (160 d.C.), donde el autor, hijo de un funcionario imperial en Efeso, cuenta su itinerario al cristianismo desde la filosofía griega.

Para Justino el cristianismo es la manifestación plena y visible del logos que se hace presente de modo misterioso en la humanidad ya antes de la encarnación de Cristo, esparciendo sus semillas no sólo entre los judíos, sino entre todos los hombres, incluidos los mejores filósofos y legisladores de Grecia y Roma.

Según Justino, el cristianismo es la culminación de un largo trayecto de la humanidad, iniciado tanto en el Antiguo Testamento como en la filosofía griega y en el derecho romano.

La adhesión a la fe cristiana no implica, entonces, la renegación de la tradición romana, puesto que, aclara Justino, nomos y logos, tradición y razón, pertenecen también al cristianismo.

Pero, siendo que en el mundo anterior al cristianismo Satanás había prevalecido, se hace necesaria la encarnación, la muerte y la resurrección de Cristo Jesús para restituir logos y nomos al reino de Dios.

En este marco teológico Justino reconoce al imperio romano una función específica de salvación. Puesto que los romanos son inocentes de la sangre de Cristo, Roma aparece como un instrumento de la voluntad de Dios; ésta se hace visible en la coincidencia entre la expansión del imperio y la encarnación de Jesús, hijo de Dios.

Una pugna intelectual con el filósofo cínico Crescencio, es causa del martirio de Justino; quien es ejecutado junto a seis compañeros, bajo la prefectura de Junio Rústico (165 d.C.).

En la vertiente opuesta, la opinión dominante de la cultura romana sobre los cristianos se encuentra en los escritos de Tácito (55-120), Plinio el Joven (61-114) y Suetonio (69-160). El primero reputa que la religión cristiana es una superstición exitiabilis (esto es: perniciosa, funesta); el segundo la define prava (perversa) y el tercero la califica de malefica. Suetonio, además, agrega como elemento negativo del cristianismo el ser un culto nuevo (superstitio nova). Tácito, a su vez, considera que los cristianos son hostiles a la convivencia humana y por consiguiente culpables de odium humani generis; esto es: practicar su religión en lugares no públicos, reservados y tal vez ocultos.

Es evidente, aquí, que Tácito olvidaba un hecho fundamental: la hostilidad hacia el cristianismo estaba impidiendo que el culto cristiano fuera practicado en público, mientras que las persecuciones obligaban a los cristianos a organizarse como una iglesia doméstica, a refugiarse en las catacumbas o a ocultarse en otros lugares.

Plinio, de su parte, en su famosa carta al emperador Trajano (112 d.C.) cuenta de haber averiguado en los interrogatorios que los cristianos se reunían en la madrugada de ciertos días para cantarle a Cristo come a un Dio (quasi dios), para tomar alimento común en forma inocente, obligándose además a no cometer delito alguno (robar, rapiñar, mentir, cometer adulterio). El procónsul de Bitinia admitía así, de modo indirecto, la inocencia de los cristianos.

Las definiciones adversas hacia el cristianismo de Plinio el Joven, Tácito y Suetonio atestiguan un cambio con respeto a la época de la Dinastía Flavia, cuando la actitud anticristiana de Domiciano había encontrado un consenso escaso entre la opinión pública.

Pero, al mismo tiempo, la carta de Plinio a Trajano y el rescrito del emperador nos atestiguan que no existía hasta aquel momento una ley general de proscripción de la religión cristiana en los territorios del imperio romano. En contra de los cristianos se podía utilizar sólo lo ius coërcitionis, atribuido como poder policial a los gobernadores romanos de las provincias.

En efecto los gobernadores imperiales hicieron largo uso de la discrecionalidad en aplicar sus facultades en materia de jurisdicción criminal durante los procesos abiertos en contra de los cristianos acusados ante los tribunales romanos. Esto resulta en un trozo de Ad Scapulam de Tertuliano, documento donde se cita la conducta de varios gobernadores africanos como distinta de aquella del procónsul Scapula, quien había tenido una rigurosa actitud represiva hacia la religión cristiana.

Como bien nos aclara Marta Sordi en la obra I cristiani e l'impero romano, que hemos citado, los emperadores romanos estaban convencidos de que el cristianismo no constituía un peligro político. El único delito de los cristianos consistía en rehusar el culto hacia los dioses paganos del imperio, lo que los exponía a la acusación de ateísmo y de otras culpas consideradas tenebrosas o infames, como los flagitia citados por Tácito, no siendo el cristianismo reputado culto lícito hasta la época de Galieno, como –en cambio– lo era el judaísmo desde los tiempo de César.

Considerando que, después de Nerón y Domiciano, el culto imperial ya no era impuesto, la acusación de no practicarlo elevada en contra de los cristianos constituía un pretexto patente para acusarlos de deslealtad hacia el imperio y justificar así la persecución de ellos. Además el ser cristiano fue siempre considerado una culpa individual (superstitio illicita) de carácter religioso, pero el cristianismo nunca fue mencionado por las autoridades imperiales como iglesia, lo que habría comportado su condena como collegium illicitum.

Se dio entonces una curiosa situación: mientras que los paganos intransigentes presionaban a las autoridades imperiales para obtener un mayor rigor hacia los seguidores del cristianismo, los cristianos mismos, relevaban la contradicción insita en la actitud hacia ellos y mediante escritos dirigidos a los emperadores, reiteraban la lealtad del cristianismo hacia el imperio.

Tal situación continuó hasta la llegada al poder de Marco Aurelio; quien confundiendo el entero cristianismo con la herejía montanista, que había asimilado el espíritu rebelde del judaísmo del I° y II° siglo, estimulando actitudes en contra del imperio y de la sociedad romana en busca del martirio, lo indujeron a levantar la prohibición de perseguir de oficio a los cristianos, emitida por Trajano, permitiendo la búsqueda oficial de los «sacrílegos», como entonces ellos eran considerados.

El rigor de Marco Aurelio se atenuó en los últimos años de su gobierno. Influido por la reacción de los apologistas cristianos Melitón, Atenágoras y Apolinares, el emperador pidió a los cristianos respaldar la lealtad profesada hacia el imperio con una colaboración abierta, abandonando la clandestinidad que nunca fue una libre elección de ellos, sino una necesitad causada por las persecuciones. Esto acaecerá bajo el reinado de su hijo Cómodo, cuando la iglesia cristiana sale a luz pública pidiendo la propiedad de sus cementerios y de los lugares de culto y reunión, puestos hasta entonces bajo la protección de la propiedad privada.

Devenida religio licita bajo el gobierno de Galieno, los cristianos eminentes, comprometidos en cargos de la administración imperial o del ejercito, están explícitamente exonerados de rendir culto a los dioses paganos; el cristianismo goza entonces de cuarenta años de paz, interrumpidos improvisamente por la persecución feroz de Diocleciano; persecución que fue detenida en Occidente después de la dimisión del co-emperador Maximiano y suspendida en el resto del imperio por el emperador Galerio. Seis días antes de morir por un cáncer en la garganta, este emperador emanaba desde Sárdica (311 d.C.) un airado Edicto donde deploraba la obstinada locura de los cristianos en rehusar a la religión de la antigua Roma; reconocida además la inutilidad de las persecuciones en contra de ellos, que en lugar de amedrentarlos los habían fortalecidos, declaraba tolerado públicamente su culto y los exhortaba a rezar a su Dios por la salud del emperador.

La iglesia cristiana, obligada por largo tiempo a la penumbra de las catacumbas, sale definitivamente victoriosa a la luz de las catedrales, bautizando en el sol de la Verdad la antigua celebración del Natalis Solis Invicti como la fiesta solemne de la Natividad de Jesús, fijada el día 25 de diciembre.

Estaba concluyéndose, así, la larga y contradictoria relación entre el imperio romano y el cristianismo después de más de dos siglos, durante los cuales la clase dirigente romana había intentado, por las buenas y por las malas, de absorber a los cristianos en el tejido social de la civitas romana. Sin embargo, el resultado conclusivo había sido aquel de una gradual pero radical transformación de la civitas misma en un sentido cristiano. Tal trasformación culmina con la ascensión al poder de Constantino que inicia un intenso proceso de romanización del cristianismo asumido como religión universal (católica) del imperio.

3. La romanización del cristianismo, evento metapolítico

La tolerancia religiosa del edicto de Sárdica, otorgado a regañadientes por Galerio in articulo mortis a aquellos irreductibles cristianos, es enaltecida como libertad religiosa dos años después en el Edicto de Milán (313). Este fue emitido por Constantino «para dar a los cristianos y a todos los demás el poder de seguir la religión que uno quiera», como recita en latín el documento imperial: Ut daremos et christianis et omnibus liberam potestam sequendi religiones quam quisque voluisset.

«Así, pues –continua el Edicto–, hemos promulgado con saludable y rectísimo criterio esta nuestra voluntad, para que a ninguno se niegue en absoluto la licencia de seguir o elegir la observancia y religión cristiana. Antes bien sea lícito a cada uno dedicar su alma a aquella religión que estimare convenirle».

Marta Sordi destaca, al respecto, que el Edicto de Sárdica, firmado por Galerio, concede el perdón imperial a los cristianos a pesar de su obstinación en confesar a su religión, mientras que el Edicto de Milán emitido por Constantino resalta la libertad espiritual de todo ser humano, ensalzando el valor de la conciencia que profesa su fe religiosa.

Se trata de un vigoroso y hasta imprevisto salto adelante, debido a un misterioso y desconcertante evento que había precedido la victoria conseguida el 28 de octubre de 312 por Constantino sobre su oponente Maxencio en la batalla de Saxa Rubra, localidad en la ribera derecha del río Tiber, cerca de Puente Milvio.

Constantino, proclamado «Augusto» por las legiones romanas de Galia, después de la muerte de su padre (el «Augusto» Constancio Cloro) en el 306 d.C., debió enfrentarse a Maxencio quien reclamaba para sí el titulo imperial. La noche anterior a la batalla de Ponte Milvio, tuvo una visión reveladora. Como nos cuenta Eusebio de Cesarea, quien será después consejero eclesiástico del emperador, Constantino vio en sueño la cruz de Cristo resplandecer sobre el disco del sol, mientras que una voz misteriosa le prometía: In hoc signo vinces. Por eso, aseguran los historiadores, durante la batalla los legionarios constantinianos, ostentando sobre su lábaro y sus escudos una cruz con el monograma cristiano, desbarataron a las huestes adversarias y el mismo Maxencio murió ahogado en las aguas del Tíber.

Comentando su victoria a un gobernador de África, Constantino escribirá: «He aprendido que el Dios cristiano castiga aquellos que lo ofenden y premia quienes lo sirven».

El sueño, como también el apologista Lactancio refiere, indujo a Constantino, seguidor del culto solar como lo había sido su padre Constancio Cloro, a reconocer en el Sol, summus deus con muchos nombres, al Dios de los cristianos: un Dios omnisciente y omnipotente, Dios Único que superaba y sustituía al Olimpo de los dioses paganos. Constantino entonces buscó en Él la suprema salvación del imperio de Roma.

El hecho de que después del edicto de Milán, Constantino no haya renunciado formalmente a su cargo de Pontifex Maximus, que permitiera a sus legionarios continuar en los cultos paganos por ulteriores diez años, que hubiera grabado en sus moneda el monograma cristiano, pero manteniendo en la otra cara el símbolo del sol, que fuera bautizado poco antes de su muerte; todo eso ha inducido a varios comentaristas a deducir que su conducta hacia el cristianismo estaba inspirada por una aptitud de conveniencia política. Esto es: utilizar la religión cristiana para establecer una sola ley, un solo emperador, una sola religión uniformada en lo máximo posible, para todos los hombres libres del imperio. Pero los hechos consumidos desmienten la hipótesis de una hipocresía política constantiniana.

Constantino celebra su victoria sobre Maxencio ascendiendo al Capitolio, pero sustituye la ceremonia del triunfo con aquella del adventus, sin dar gracias al dios Júpiter Optimo y Máximo y compartiendo además la pública laetitia con el pueblo y el Senado. De aquel momento opera en él, por instinctu divinitatis, la gracia de la conversión cristiana, mientras que culmina un dúplice proceso por parte de los cristianos: la aceptación de la tradición política y militar de Roma y el contemporáneo rechazo de su tradición religiosa, como queda grabado en el arco triunfal elevado en su honor (315).

La práctica del buen gobierno transitaba así misteriosamente desde el nivel social a los espacios de una «metafísica de los principios», elevando la política a las cumbres de la metapolítica, concebida en la dimensión escatológica de «ciencia de los fines últimos».
En efecto, después de haber unificado en su persona el poder político supremo, en el año 325 Constantino convoca en Nicea un concilio cristiano ecuménico para enfrentar y resolver la cuestión teológica provocada por Ario, obispo de origen líbico, quien sostenía ser Cristo, segunda persona de la Trinidad divina, homooios (es decir: símil) y no homooúsion (esto es: consustancial) a Dios Padre.
El concilio de Nicea sanciona como herética la interpretación arriana de la doctrina trinitaria, confirmando la fe cristiana según el símbolo apostólico acogido en el Credo como todavía lo conocemos.

Al respecto, Marta Sordi observa con agudeza: la conversión de Constantino, antes que la del hombre tocado en el corazón, fue en primer lugar la conversión de un emperador que reconoció públicamente la fuerza del cristianismo proveniente de la verdad de su Dios; pero esto no avala algún cálculo político o militar suyo, siendo que en aquella época los cristianos eran todavía una minoría en todo el imperio, especialmente en Roma, y el poder cultural estaba en las manos de los paganos.

En la visión de Constantino, como se lee en el relato de Eusebio, «el Dios con muchos nombres» asume el nombre y el símbolo de Cristo. Esto explica, según Marta Sordi, por qué Constantino haya mantenido hasta el año 320 el símbolo del sol en sus monedas, habiendo percibido su conversión al Cristianismo no como la renegación de una religión falsa, la solar, sino como la superación cristiana de una religiosidad incompleta.

La motivación profunda de la conversión de Constantino es, entonces, de haberse convencido de que el Dios cristiano no sólo era el más fuerte, sino que era el Verdadero y Único.

Apoyándose en la ayuda divina del Dios único predicado por el cristianismo, Constantino restaura la pax deorum y restablece la alianza con la divinidad. Él contribuye, así, a definir la esfera de libertad de las conciencias y a conservar al mismo tiempo la religión como fundamento del Estado, según la antigua tradición romana; esto es: romanizar al cristianismo. Pero el acaecimiento fue posible porque siglos enteros de historia romana prepararon y nutrieron aquel misterioso y providencial evento, ya grabado en el arquitrabe de una antigua casa patricia, ubicada en el cerro Esquilino en la era de Augusto, donde se leía: «La Mens Divina ha escogido el lugar más propicio para que la Urbs extendiera su dominio a todo el Orbis».

El 26 de febrero de 1937, recordando aquella inscripción vista en sus años mozos, el cardenal de la iglesia católica Ildefonso Schuster, siendo arzobispo de Milán, así comentaba: «En los consejos arcanos de la Divina Mens –como decía el epigrafista del Esquilino– o mejor de la Divina Providencia como decimos nosotros los Cristianos, estaba dispuesto que la universalidad del Imperio romano fuera la condición o el clima histórico más propicio para la fundación de otro imperio espiritual, imperio de verdad y de bondad que en Roma misma tenía que suceder para ampliar aquel de Augusto. Todavía hoy en día, en virtud de la Iglesia Católica, el Imperio romano, después de dos mil años no ha terminado, porque la Divina Mens le aseguró en el tiempo y en el espacio los límites de la eternidad. Esto es el sentido preciso y religioso recogido en el título clásico de Ciudad Eterna atribuido a la Urbe Roma.

En ese mismo sentido, en la mitad del siglo pasado, un eminente romanista como Guido Manacorda afirmaba: «Si en el curso de la historia hay una concepción que amerita de ser definida precristiana, puesto que el catolicismo significa universalidad, esa es la romanitas».

El vocablo Romanitas es usado por primera vez –aclaraba aún Manacorda– por el apologista cristiano Tertuliano, quien en un librito del III° siglo d.C., escribía: «Romanitas omnia salus» (en la romanidad hay salvación para todos).

En la romanitas, enseñaba Manacorda, están resumidos tres elementos peculiares de la civilización: la dignitas, la gravitas y la maiestas. Mientras que los griegos presentaban al hombre nudo para distinguirlo de la divinidad, los romanos vestían a la persona con la toga para adornar la dignitas humana con la gravitas y la maiestas: virtudes, éstas que serán atestiguadas heroicamente por los cristianos de cara al martirio durante las persecuciones.

Otra característica precristiana de los romanos es su profundo sentido de la pietas dirigido en cuatro direcciones: hacia la familia (pietas erga parientes), hacia la patria (pietas erga patriam), hacia los muertos (pietas erga mortuos) y hacia los dioses (pietas erga deos).

El mito romano por excelencia, pues, es aquel del Pius Aeneas: el combatiente troyano que deja su patria destruida llevando consigo los «lares» familiares, el joven hijo y cargando el viejo padre; esto es: el mito del miles pacificus que puede aparecer algo contradictorio en un pueblo como el romano, considerado belicoso según cierta retórica historiográfica superficial, mientras que la investigación histórica seria va restituyendo al hombre romano su característica de vir pacificus, concepto muy lejano de aquel de «pacifista» como especialmente hoy este mismo vocablo es entendido.

En textos de Cicerón, Tito Livio, Suetonio, Floro encontramos la definición de la guerra como bellum iustum ac pium; esto es: el recurso a las armas debe ser autorizado no sólo por el derecho, sino que no puede prescindir de la voluntad divina. De aquí la preocupación romana «de poner, especialmente por motivos religiosos, obstáculos rituales al efectivo inicio de las hostilidades bélicas, para conceder a los adversarios limites razonables a su reflexión». Por eso, los actos de guerra empezaban sólo después de haber invocado el dios Júpiter y el curso de las hostilidades bélicas estaba puesto bajo la protección del dios Marte (dios agreste y no sólo dios de las armas), cuya facultad era la de restaurar el orden violado por la guerra.

Pero la religiosidad ancestral de la romanitas asignaba una especial atribución al dios Jano Quirino, indicado por Ovidio como la divinidad más antigua y eminente del Panteón romano. Jano era invocado en las plegarias antes que Júpiter, por ser considerado guardián del universo, dotado del poder de abrir y serrar todo, de escrutar en el mundo interior y en el exterior, puerta (ianua) de los dioses y de los hombres, del «Principio» y del «Fin», símbolo de la ambivalencia universal que contempla en conjunto el día y la noche, el pasado y el futuro, la guerra y la paz. De aquí su representación de Jano bifronte: una ambivalencia que guarda en sí misma el misterio de la unidad prodigiosa del axisis mundi.

Por eso las puertas del templo de Jano, orientadas respectivamente hacia oriente y hacia occidente, mientras que estaban selladas en tiempos de paz, se abrían en caso de guerra indicando simbólicamente que las legiones de Roma marchaban en la justa dirección; es decir: que las armas actuaban no por arbitrio, sino por derecho.

La historia del mito nos aclara que los romanos importaron desde Grecia el culto de Istía, en Roma denominada Vesta; pero con esa diferencia: para los griegos Istía se limitaba a proteger el fuego domestico, en cambio en Roma el fuego domestico de Vesta abarcaba un sentido universal, extendiéndose de la «securitas domus» a la «aeternitas imperii». Si el fuego de Vesta se apaga, para el romano no se disgrega sólo la familia, se extingue la universalidad polifónica del imperio.

El voto de castidad virginal de las Vestales, tiene entonces un significado muy profundo en la sociedad patriarcal romana fundada sobre un solidísimo concepto de la familia. Por eso ellas, que asumían el apelativo de «Virgo Mater», renunciaban a la maternidad familiar para asumir la «maternitas imperii»; esto es: la maternidad del imperio, simbolizada en el privilegio de ser escoltadas por los «lictores».

Toda la liturgia ancestral de la romanitas parece preparar el camino para el mensaje providencial cristiano, incluso cuando el espacio religioso del imperio es invadido por cultos extranjeros, como es el caso del mitraísmo introducido en el espacio romano alrededor de los años 70 d.C., por los legionarios que servían en las fronteras orientales del Imperio.

El culto de Mitra, cuyas raíces remontaban en la prehistoria indoeuropea, estaba ampliamente difuso en las legiones romanas ya a finales del siglo II°.

El mitraísmo declaraba la inmortalidad del alma, un futuro juicio y la resurrección de los muertos, en sorprendente analogía con la creencia de los cristianos y que nos permite entender el hecho que hasta el apologista Tertuliano hubiera transitado al cristianismo desde el mitraísmo donde se había iniciado cuando joven. Su estructura jerarquizada atrajo luego al mitraísmo la simpatía de las autoridades imperiales, favoreciendo su fuerte expansión en Roma.

En su iconografía más notoria, Mitra está retratado en el acto de matar a un toro teniendo a su lado dos tedóforos: uno, Caute, con la antorcha levantada para simbolizar el aurora y el otro, Cautopate, con la antorcha dirigida hacia el suelo representando el ocaso. La figura central de Mitra simboliza además el Sol en su cenit.

El adepto de Mitra era iniciado como un soldado en permanente combate en contra del mal interior y exterior, entrenado al uso de armas cuales la abstinencia y la continencia para conservar la pureza de su espíritu. En el banquete, momento sagrado esencial de su liturgia, el sacerdote mitraíco distribuía pan y agua mezclada con haoma para sellar así la amistad entre Mitra, el Sol y los fieles.

A finales del siglo III° (año 274), se produjo un sincretismo entra los cultos solares de procedencia oriental y el mitraísmo, que se cristalizó en la religión del Sol Invictus, reconocida por el emperador Aureliano; quien estableció un cuerpo estatal de sacerdotes, cuya máxima autoridad llevaba el título de pontifex solis invicti: dignidad que sucesivamente será asumida por el mismo Constantino.

El cristianismo encontraba, entonces, en estos antecedentes religiosos un terreno fértil para su difusión, favorecida por la economía misteriosa de la gracia divina y aún nutrida por la sangre de sus mártires y el fervor de sus discípulos.

Cuando en la era de Constantino el Imperio se hermanó con la Iglesia, se completó el proceso metapolítico de la romanización del Cristianismo, nacido en los tiempos de Augusto y prefigurado en el episodio del centurión romano de Cafarnao; quien con humildad pide a Jesús su intervención para salvarle el hijo moribundo.

En sus tiempos precristianos, Roma había reunido en el Panteón los simulacros de todas las divinidades paganas de su imperio, intentando así una síntesis sincrética que, aún siendo copia falsa de la auténtica Divinidad, despejaba el camino a la religión del Dios verdadero.

Por eso Attilio Mordini se atrevió a sostener que la Roma de los Césares en realidad nunca fue un imperio, siendo sólo anhelito del imperio verdadero que será constituido sucesivamente por Carlos Magno; quien lo fundará sobre la verdad cristiana salida de las catacumbas, donde la fe de los mártires y de los confesores había preparado el reencuentro entre la tradición precristiana y el misterio theándrico del «Verbo hecho carne».

El Cristianismo victorioso se hizo una religión militante, cuyo espíritu quedó simbolizado en la figura deslumbrante del Cristo legionario grabada en un mosaico bizantino del siglo V°. Las antinomias entre «bárbaro y griego, gentil y judío» se resolvieron y disolvieron en la ecumenicidad romana; la concepción sagrada de la romanitas alcanzó su plenitud en el verbum del Mesías Jesús.

El centro de la Iglesia universal se estableció en Roma al lado del Capitolio, donde su roca (Capitolii immobile saxum) fue consagrada por la piedra bíblica; y el Imperio Romano se transformó en el gran monte que, según la visión profética de Daniel, había brotado de esa piedra.

La historia de Roma, considerada perfecta y ejemplar por el genio católico de Giambattista Vico, se elevó, así, hacia el sentido misterioso de la historia ideal eterna, que providencialmente rige los pueblos y las naciones de la tierra.
 


Primo SienaTomado de Arbil. es profesor, maestro de filósofos y Delegato en Chile delle Ministerio per gli Italiani del Mondo.

 
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