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Altar Mayor Nº - 140 (03)
Thursday, 19 May a las 14:01:21

Altar Mayor artículos REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 140  - marzo / abril de 2011

 

TRABAJO Y VIDA DE MARIA DE MAEZTU
José Mª García de Tuñón Aza*



 
Como su hermano Ramiro, nació en la ciudad de Vitoria. Era hija de cubano, Manuel Maeztu, y de una anglofrancesa, Juana Whitney; pero su ascendencia, por parte de padre, era española. Su abuelo, Francisco Maeztu Eraso, había nacido en Alcamadre (Logroño), marchando muy joven a Cuba donde consiguió una alta posición social. Allí conoció a una cubana, Ana Rodríguez, con la que contrajo matrimonio, del que nació el padre de María en la localidad de Cienfuegos. Más tarde fue enviado a París donde conoció a Juana Whitney Done, una escocesa católica, hija de un diplomático de Gran Bretaña con la que nunca llegó a casarse, al menos ninguno de sus biógrafos recoge este dato. La nueva pareja se instaló en España, en Vitoria concretamente, donde nació Ramiro que fue inscrito como «hijo natural», lo mismo que Ángela, y también sus hermanos: Miguel, María, que nace el 18 de julio de 1881, y Gustavo que vino al mundo en 1887. De todos ellos, para Salvador de Madariaga que los conoció bien, dijo pasando el tiempo: «…tengo para mí que la cabeza mejor organizada era la de María».

Al fallecimiento de su padre la familia se traslada a vivir a Bilbao dejando Vitoria, «militarista y levítica» donde a la madre se la conocía por la inglesita porque era menuda. Era también, culta, enérgica y emprendedora, que dejó, sin duda, una huella imborrable en la personalidad de sus hijos sobre los que ejerció en todo momento una vigilante protección. Indalecio Prieto que la conoció, dejó escrito: «¡Qué heroísmo el suyo! ¡Que maravillosa energía! Más ayudó ella a sus hijos, inclusive cuando ya podían ganarse la vida, que los hijos la ayudaron a ella. ¡Qué espíritu de sacrificio materno!». En Bilbao funda la academia anglo-francesa ayudada, principalmente, por su hija mayor, Ángela, y que a su hija María le iba a proporcionar un primer contacto con la docencia a la que habría de dedicar, en adelante, su vida.

Aparte de la ayuda que le prestaba a su madre, no tarda en obtener por oposición una colocación de maestra en Santander, pero pasa poco tiempo en esa ciudad porque consigue ser trasladada a Bilbao a finales de 1902. La aplicación de nuevos métodos de enseñanza, la implantación de las clases al aire libre, la fundación de cantinas y colonias escolares hizo decir a su madre, Juana Whitney, que su hija realizó «los prodigios más gloriosos de su carrera de maestra». Le ofrecen el traslado a otras escuelas dentro de la capital vizcaína, pero siempre rechaza la oferta porque ella lo que quiere es estar al lado de las niñas pobres del barrio de Las Cortes, uno de los más controvertidos por sus luchas obreras habidas entorno a la minería y otros sectores. Al mismo tiempo, María va adquiriendo cierta relevancia en determinados círculos de la intelectualidad bilbaína al mismo tiempo que es blanco de ciertos ambientes más tradicionales. Su hermano Ramiro en una carta a Ortega y Gasset –de quien María llegaría a ser alumna–, fechada el 14 de julio de 1908, le dice: «Una hermanita mía que es maestra en la escuela más pobre de Bilbao, está llevan a cabo una revolución pedagógica en todo el norte de España, odiada y anatematizada por los jesuitas, bendecida por los socialistas y los republicanos, colocada en el punto heroico de la lucha».

El catedrático de literatura española en la Universidad de Oviedo, Salamanca y otras, Federico de Onís, vio a María de Maeztu como una joven menuda y graciosa, fina y de espíritu delicado, después de haberla escuchado en una conferencia que dio en la Universidad ovetense, comentó: «Ha hecho una escapatoria de su escuela de párvulos en uno de los barrios más pobres de Bilbao, donde diariamente trabaja, con fe y amor, en la formación de hombres nuevos, para venir a esta escuela de difusión universitaria –entendiendo por Universidad, cultura– cuya puerta se abre a todos los que quieran aprender, y cuya cátedra es libre para todos los que quieran enseñar». En una segunda conferencia que tuvo lugar en el Centro Obrero de Oviedo sobre el feminismo, fue, según Federico de Onís, más cordial poniendo su alma como hasta hora nunca había visto a una mujer: «Mucho tendría que decir sobre las ideas que acerca del feminismo sostuvo y defendió María de Maeztu, con elocuencia vibrante y apasionada. Cada una de sus frases merece un extenso comentario. Pero en este artículo no me he propuesto más que hacer resaltar el hecho, y dar a conocer al público la labor de esta mujer ilustre, que está haciendo en Bilbao, silenciosamente, hombres valientes, sinceros, odiadores de la cobardía y de la mentira. ¿Y sabéis a qué costa? Ella lo dijo en la conferencia, no de sí misma, sino del maestro ideal: Es verdadero el dicho antiguo de que la letra con sangre entra, pero no ha de ser con la sangre del niño, sino del maestro».

Su principal biógrafa, Isabel Pérez-Villanueva Tovar, no tiene claro los estudios universitarios de María Maeztu, porque existen algunas contradicciones, según las fuentes. En una nota de su puño y letra depositada en el Archivo de Estudios e Investigaciones Científicas aparece como Doctora en Filosofía. Carmen de Zulueta apunta que es Licenciada en la Universidad de Salamanca y Doctora en la Universidad Central. Esta misma escritora recoge una entrevista publicada en 1930 en el periódico Excelsior de Méjico donde a la pregunta en qué Universidad había estudiado, contesta: «En una de las más viejas universidades de Europa, en Salamanca; desde allí me fui a Madrid donde me hice Doctora en Filosofía y Letras y en Pedagogía». Por su lado, la periodista Josefina Carabias, escribió: «en la primera década del siglo, María de Maeztu iniciaba sus estudios de Filosofía y Letras en la Universidad de Salamanca. En Salamanca vivió en casa de Miguel de Unamuno quien cada día la acompañaba hasta la puerta del aula. En 1909, acabada la carrera, se trasladó a Madrid para hacer el doctorado».

Sin embargo, de acuerdo con la información recogida en su expediente universitario, María sólo estudió dos cursos –1907-1908 y 1908-1909– en la Universidad de Salamanca, matriculándose como alumna no oficial en la Facultad de Filosofía y Letras, y, por tanto, sin abandonar sus obligaciones docentes en Bilbao. En junio de 1908, obtuvo la calificación de matrícula de honor en las materias de Lengua y Literatura Española, Historia de España y Lógica Fundamental; en la convocatoria de junio de 1909, superó con sobresaliente el examen de Historia Universal, y con matrícula de honor el de Teoría de la Literatura y de las Artes. Finalmente, en septiembre de ese año, concluía el segundo curso de Filosofía y Letras al aprobar, con nota de sobresaliente, la asignatura de Lengua y Literatura Latina. Por otro lado, el hecho de que en septiembre de 1909 se examinase de Derecho Natural, obteniendo matrícula de honor, y la existencia de una instancia cursada desde Bruselas en agosto de 1910 solicitando matrícula en Derecho Romano, ponen de manifiesto que María de Maeztu en ese momento pretendía estudiar la carrera de Derecho, algo que alarmó al Colegio de Abogados que acordó cerrarle las puertas en el caso de que llegara a terminar la carrera que, finalmente, nunca acabó. Por el contrario obtiene el título de Licenciada en la Facultad de Filosofía y Letras en 1915, año en que bajo su dirección y la participación de mujeres notables como María Goyri, Pilar Zubiarre, Concha Méndez y Ernestina de Champourcin, entre otras, funda la Residencia de Señoritas que había surgido de la Junta para la Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas inspirada en la Residencia de Estudiantes masculina y que jugó un papel de capital importancia en la formación de intelectuales como Victoria Kent, Carmen de Zulueta o Zenobia de Camprubí, quienes más tarde hablarían en sus obras autobiográficas de la importancia de este centro en su formación. Profesoras de la talla de María Goyri impartieron allí sus clases y escritoras hispanoamericanas como Gabriela Mistral y Victoria Ocampo pronunciaron conferencias, además de otras notables intelectuales y científicas extranjeras como la italiana María Montessori y la francesa Marie Curie.

Cuando María de Maeztu fue a vivir a Madrid para ampliar sus estudios se instaló en el edificio de la calle Goya 6, donde también residía la familia Ortega Munilla y con la que llegaría a tener muy buena relación. Ramiro Maeztu, que está en Londres, recibe una carta de Ortega que le escribe el 10 de agosto de 1910 dándole cuenta de estar pasando por una depresión y le habla de su hermana María: «María no tiene ningún defecto grave y es la mujer más capaz de intelecto y corazón que conozco… ¡Pobre, cómo la han hecho sufrir en la escuela! Creo que no debe volver a ella pero que necesita vivir en Madrid, en suma, fuera de Bilbao. Si pudiera pasar junto a mí este año que entra pienso que acabaría de pertrecharse para escribir, que –ya sé que piensa usted todo lo contrario– considero su misión radical. Su acción en Bilbao representa un lujo que no puede permitirse nuestra raza». Con la persona que más intimó María fue con Rafaela Ortega y Gasset quien, más tarde, la ayudaría mucho en la dirección de la Residencia la cual debía ser «ni convento ni collège». El hijo de Ortega, del mismo nombre, siempre la recuerda en las largas sobremesas de la noche exponiendo a su padre los problemas que se le planteaban. Sus padres les dejaban asistir a esas discusiones hasta que la madre les arrastraba, no sin dificultad, a la cama pasadas las doce de la noche. María siempre dio muestras de tener un gran cariño por su hermano Ramiro, «pero le preocupaba la evolución mística y ultra que éste iba teniendo». José Ortega hijo siempre la recordó con cariño y reconoció que «la Residencia de Señoritas fue una gran creación suya donde se formaron muchas maestras y licenciadas que luego iban a mejorar el nivel pedagógico del país. Naturalmente, empezada la Guerra Civil, el Gobierno republicano no le permitió seguir en su dirección y, terminada la guerra, el franquismo la convirtió en una residencia religiosa teresiana».

A partir de 1910 toda mujer que quisiera matricularse en la enseñanza universitaria oficial podía hacerlo libremente, sin previa consulta a la superioridad. Fue el liberal Julio Burell y Cuéllar, ministro de Instrucción Pública durante el reinado de Alfonso XIII, quien favoreció su entrada en la universidad y, según palabras de María de Maeztu: «Fue él quien recordó las casi olvidadas leyes de Alfonso el Sabio, que admitía a las mujeres en las universidades; así, él habló, más que de decretar y más que de conceder, de reconocer los derechos de la mujer».

Sin duda alguna, María de Maeztu fue una figura central en la educación de las mujeres, y como consecuencia, en 1918, fue nombrada directora de la sección primaria del Instituto Escuela y en 1919, invitada por algunas universidades norteamericanas, pronuncia varias conferencias en aquel país dando a conocer a la mujer española donde «sólo se sabía que tocaba las castañuelas, que bailaba danzas sensuales, que vestía a toda hora con mantillas de encaje o de madroños, que las flores eran su única gala, que se pasaba la vida entre la iglesia y las plazas de toros, y que en la liga llevaba siempre un puñal dispuesto para clavárselo en el corazón al que le fuera infiel..». Más tarde representa en Londres a España en el primer Congreso de la Federación de las Mujeres Universitarias. En 1923, es invitada por el Gobierno español para tomar parte en el Congreso de Educación que se celebra en California, al mismo tiempo que es pensionada durante tres meses para estudiar la organización de los internados en los EE.UU. En 1926 en Uruguay y Argentina da una serie de conferencias donde lleva la misión de mostrar la cultura española. Horas antes de embarcar, María declaraba: «Voy a dar una serie de conferencias en Buenos Aires y Montevideo sobre problemas actuales de educación, trataré de los temas de psicología de la infancia y de la juventud…». Durante su estancia en Buenos Aires, en una entrevista que mantuvo con el periodista Fernan Cid, éste dejó escrito: «…en España tienen ustedes mucho que hacer, y de ustedes se espera lo mejor. Finalmente, la nostalgia de la Patria ausente, sobre todo de su paisaje, es terrible para quienes la abandonamos pasados los veinte años. Ustedes deben continuar su obra en España, y aquí dejar sus discípulos; es decir, lo mejor de su labor. La Argentina, país generoso, se lo agradece de todo corazón».

Este mismo año, después de aceptar la Dictadura de Primo de Rivera –aceptación a la que no era ajeno su hermano Ramiro–, María contribuyó a la fundación en España del Lyceum Club –con el principal objetivo de defender los intereses morales y materiales de la mujer– que se constituyó según el modelo internacional, con secciones de Literatura, Ciencias, Artes Plásticas, Social, Música. Sus presidentas de honor fueron la reina Victoria Eugenia y la duquesa de Alba. Los cargos directivos los desempeñaron María de Maeztu, presidenta; como vicepresidenta Victoria Kent; Zenobia Camprubí, secretaria, labor que más tarde continuó Ernestina de Champourcín, y como tesorera Amalia Galágarra. Este nuevo cargo la obliga a tener que cumplir nuevos compromisos como oradora y que, una vez más, vuelva a cruzar el Atlántico a finales de 1929, dentro del marco de las relaciones con los países hispanoamericanos; en esta ocasión, impartirá conferencias en Cuba y después en Méjico.

En septiembre de 1931, el conde de Yebes invita a cenar a María de Maeztu. Había otros invitados, entre ellos Carlos Morla Lynch, diplomático chileno destinado en Madrid, que va a ser quien nos hablará de María de Maeztu: «Una mujer de calidad excepcional –dice–, en extremo culta y de una actividad asombrosa. Estudió en la escuela de Marburg al mismo tiempo que el ilustre Ortega y Gasset. Su actuación en la Residencia de Señoritases sencillamente prodigiosa y no cabe duda de que ninguna mujer ha hecho lo que ella por la cultura femenina en España. Notable conferenciante, pedagoga magnífica, organizadora insuperable, no se le ha tributado aún, a mi juicio, el panegírico que a su obra corresponde. Ya vendrá su hora. Así lo esperamos». Y Carlos Morla, sigue diciendo: «Rubia de estatura menuda, nerviosa, vibrante, se expresa con una locuacidad tal, que, a veces, es casi imposible seguirla. Es inconcebible la cantidad de cosas que hilvana en tan breve período. Es una tarabilla, pero llena de criterio y de buen sentido: una tarabilla que sabe lo que dice. Sin el menor aspecto varonil no tiene, sin embargo, tiempo para ser femenina. Viste de cualquier manera, sin ninguna coquetería, y es inexistente en ella todo espíritu de conquista. Lleva puesto un abrigo de carácter indeterminado y un sombrero en la nuca, siempre el mismo, al cual Federico le ha dedicado, con cariño, una copla inofensiva con acompañamiento de guitarra: El sombrero de María. Dicen que es de moda llevarlo así pero, en ella, diríase que se le va a caer… o que ya se le ha caído».

En el mes de octubre siguiente la escritora argentina Victoria Ocampo, primera mujer miembro de la Academia Argentina de las Letras, es invitada por María de Maeztu a dar una conferencia en la Residencia. Acude mucha gente a escucharla, entre otros, Ortega y Gasset, Marañón, Pérez de Ayala, quien sentía por ella «verdadera devoción», Eugenio Montes y Pedro Salinas. La conferencia versa sobre las impresiones que le ha producido el barrio de los negros de Nueva York: «Su descripción es sincera, pintoresca; pero un poco opaca y pasiva, exenta de dinamismo; es demasiado femenina ella para traducir la fuerza ingente y el violento colorido de esa atmósfera tormentosa en que germina y se revuelve –con fragores y estrépitos de hoguera– una aglomeración racial acorralada dentro de una metrópoli gigantesca». María de Maeztu invita a Federico García Lorca y en el mes de marzo de 1932 da una conferencia sobre el libro que trae escrito de América: Poeta en Nueva York. El público asistente lo recibe con una salva de aplausos disponiéndose a escucharle con toda la atención que se merece el poeta granadino. «No sólo son magníficos los poemas que nos lee con una fuerza de evocación prodigiosa, que a un tiempo exalta y agobia –relata Carlos Morla–, sino también lo que nos dice después de la lectura de ellos».  

También por aquellos años llamaban a María de Maeztu a dar conferencias en distintas capitales de España. En Gijón, por ejemplo, pronuncia una en el mes de diciembre de ese mismo año. Fue en el teatro Dindurra donde disertó sobre el tema La mujer y la política, que un periódico de la provincia la resumía en estos términos:

Destaca la conferenciante la labor de cincuenta años, desarrollada unas veces con apasionamiento y otras con serenidad científica, para conseguir que la mujer ingrese en la cultura, en las tareas y en los afanes de orden científico, artístico, moral y político, que son en conjunto la cultura superior. La lucha es casi exclusiva de las mujeres de la clase media, a la que pertenecen la mayor parte de las que han alcanzado la libertad por el trabajo y dan el mayor contingente a la campaña feminista de todo el mundo.
[…]

Sobre el uso que la mujer hará de sus derechos ciudadanos, si se inclinará a la derecha o a la izquierda, estima la conferenciante que el voto de la mujer no influirá en España en los acontecimientos, pues la mujer española está suficientemente capacitada para ejercer los derechos ciudadanos, y termina diciendo que no hay que temer esas conquistas femeninas.

Con la llegada de la República el Lyceum, presidido por María de Maeztu, y en el que Carmen Baroja dirigía la sección de Arte, dejó de ser para algunas de las mujeres que lo frecuentaban un lugar agradable como lo había sido al principio, según nos cuenta el hijo de aquella, Julio Caro Baroja: «Empezó a estar dominado por las mujeres de algunos políticos republicanos y socialistas. Varias de las fundadoras se espantaron y dejaron de ir. La dama roja no suele ser, en verdad, un ser demasiado ameno: es casi tan aburrida como su enemiga acérrima la señora de derechas. Pero, además, al Lyceum concurrían las mujeres de ciertos escritores y políticos de izquierda que eran de origen extranjero y que tenían una antipatía peculiar a la mujer española, que concebían según un patrón, propio de la pequeña burguesía seudo revolucionaria de los países de origen: Suiza, Holanda, etc. Estas mujeres no eran demasiado simpáticas, según lo que yo he alcanzado a saber…». En cualquier caso, las conexiones del Lyceum con la Residencia de Señoritas en donde ambos centros María de Maeztu demostraba su interés en apoyar la cultura en la mujer, tanto desde el punto de vista, social y cultural, era evidente. Algunas damas estuvieron vinculadas, de una manera u otra, tanto al Lyceum como a la Residencia.

En 1932, María de Maeztu accede a la enseñanza universitaria al ser nombra auxiliar de la Sección de Pedagogía de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Central. En esta permaneció hasta que en 1936 recibe el encargo de la cátedra de Pedagogía a ser nombrado Luis Zulueta, titular de la misma, embajador ante la Santa Sede. Cuando este mismo año estalla la Guerra Civil española, María se encontraba en la localidad francesa de Biarritz donde solía pasar algunos días cuando su trabajo se lo permitía. De su estancia en Francia en ese tiempo da cuenta ella misma en una carta que le escribe al periodista Josep Pla que fecha en Nueva York el 17 de abril de 1937: «Yo estaba en Francia cuando estalló el Movimiento y fui a reintegrarme a mi puesto en la Residencia de Madrid. Allí viví nueve semanas la revolución comunista hasta que me destituyeron de mi cargo y conseguí salir». En septiembre de 1936 la situación de María era ya muy complicada; la exclusión de su trabajo y el encarcelamiento de su hermano Ramiro, al que visitaría por última vez en octubre, hace que tome la determinación de ausentarse de España. Ese mismo mes se traslada a Biarritz, pasando por la España nacional, y después de permanecer unos días en la localidad francesa marchó a los EE.UU. para impartir clases. En este país permanece algún tiempo hasta que es invitada por su amiga la escritora argentina Victoria Ocampo fundadora en 1931 de la Revista Sur. La misma Victoria contaría que observó a María llegar a Buenos Aires sana y salva, pero desecha y llorosa, aunque «a los pocos meses la vi hacer pie de nuevo en la vida, interesarse en cosas y gentes, esbozar proyectos, a pesar de haber perdido aquello que más le importaba, material y espiritualmente» .

Su permanencia en Argentina será definitiva, rechazando otras ofertas que venían de EE.UU. En el país sudamericano colabora en algunos periódicos e imparte cursos y conferencias. En su decisión de instalarse en Hispanoamérica parecen prevalecer motivos ligados a sus convicciones ideológicas, reflejo de la obra de Ramiro de Maeztu Defensa de la Hispanidad: «Cuando llegué a Nueva York –dice–, mis alumnas me recibieron con ese entusiasmo propio de los pueblos jóvenes y quisieron que permaneciera en Columbia toda la vida. Pero entendí que mi puesto no estaba allí, sino en nuestra América, en la América hispana, a la que debía llevar el mensaje que un día mi hermano Ramiro había puesto en mis manos». Esto escribía en 1945 y también añadía: «He puesto mi palabra y mi pluma al servicio de España. He dado centenares de conferencias en todas las provincias de la nación argentina, en Chile y en el Uruguay; he publicado tres libros y he colaborado en todas las tareas hispanas en las que he creído que mi labor podía ser útil».

Según su biógrafa Pérez-Villanueva, a pesar de las comodidades que tenía en Buenos Aires, a pesar del halago de la sociedad de esa capital, que la tenía en gran estima, y del homenaje que le rendía la Universidad abriéndole todas las puertas con la mayor solemnidad, ella recordaba siempre a España y a la vida española, su vida. La nostalgia y la soledad son los sentimientos que, de acuerdo con su correspondencia durante esos años, parecen dominarla: «Estoy muy triste, con una nostalgia infinita de España», le escribe a Ortega y Gasset. Su deseo de volver a España se hace más acuciante porque no se encuentra bien de salud y le angustia morir lejos de su patria: «Me moriré aquí, Margarita –le dice a su amiga la escritora Margarita de Mayo en 1941–. Ya este año me hallaron los médicos una lesión en el corazón –era la espina que ellos no saben ver– y el último electrocardiograma ha sido completamente favorable pero… ya no siento el corazón».

En 1943 se publica su obra más conocida: Antología-Siglo XX. Prosistas españoles. Semblanzas y comentarios, que se ocupa de los escritores: Miguel de Unamuno, Ramiro de Maeztu, Ortega y Gasset, Ramón Menéndez Pidal, Federico de Onís, Valle Inclán, Pío Baroja, Gabriel Miró, Pérez de Ayala, Eugenio D’Ors, y Azorín a quien dedica el libro: «Agradecida como española, al descubrimiento que ha hecho de la España olvidada». Personalmente a todos los había conocido y compartido con ellos las taras intelectuales. «Al frente de las páginas de cada escritor va un breve comentario sobre su obra. No es una crítica literaria; no pretendo hacerla. No emito juicio favorable ni adverso. Se trata de comprender, no de juzgar. Siguiendo la norma clásica de Sainte-Beuve, busco al hombre en el autor, me dirijo no a la obra, sino a la persona, y trato de hacer su presentación a los lectores jóvenes que lean estas páginas. No escribo, describo; más aún, trazo una silueta, un breve perfil de cada uno de estos hombres a quienes conocí en mi juventud y con quien me sentí unida en aquellos años de mocedad en la empresa romántica de construir una nueva España».

Después de finalizada la Guerra Civil, María no vuelva a España hasta finales de 1944 que aprovecha para regularizar su situación administrativa. El Ministerio de Educación Nacional acuerda el año siguiente nombrarla profesora numeraria de Pedagogía en la Escuela Normal de Ávila, con carácter provisional, hasta que en su día por el turno reglamentario se le adjudique la plaza definitiva. Pero María, en su condición de profesora en la Escuela Normal de Ávila, regresó a Hispanoamérica, primero en comisión de servicio cultural de la embajada de España en Chile y, después, en la embajada de Buenos Aires. No volvería a su patria hasta principios de de 1947 cuando la Universidad Central inauguró la Cátedra Ramiro de Maeztu como homenaje al hombre que había sido asesinado en 1936, durante la Guerra Civil, en la zona republicana. Al acto asistieron varios ministros que resaltaron la figura de Ramiro de Maeztu; a continuación cogió la palabra María de Maeztu que pronunció un brillante discurso, tomando como base momentos o etapas de la vida de su hermano, y que un periódico contó a sus lectores con estas palabras:

El primero de estos momentos es en Bilbao en 1898 cuando Maeztu escribe su primer libro, Hacia otra España. Pertenece al grupo de la juventud rebelde que no se conforma con la España que los políticos y oradores han ido tejiendo a lo largo del siglo XIX. Aludió después a las ideas que entonces comenzaron a brotar en su mente como en viva contienda, Europa y España. Ambas se presentaban como dos mundos cerrados, sin posible comunicación ni enlace, cosas que buscó entonces el joven escritor, aunque luego, al correr de los años –refiriéndose a su libro Hacia otra España–, él mismo dijera: «Todas sus páginas merecen ser quemadas», pero el título expresa el ideal del 98 y el de ahora.

En la segunda etapa, María de Maeztu presentó a su hermano Ramiro, en Londres, en 1906, cuando se encuentra buscando la forma de iniciar un nuevo camino, porque la labor negativa y destructora que había realizado anteriormente no le satisfacía y divisaba ya en la próxima futura etapa de la Historia otro camino para España. Aludió a los artículos y ensayos que por entonces escribió su hermano en Londres, y después de relatar algunos otros pasajes de la vida del gran escritor durante la guerra mundial, pasó a la tercera etapa, que es cuando Ramiro de Maeztu fue nombrado embajador de España en Buenos Aires en el año de 1927. Con palabras cariñosas y brillantes, con evocadoras imágenes, María de Maeztu describió las impresiones de su hermano en el Nuevo continente, en donde a menudo, a cada momento, iba descubriendo las huellas de la vieja España, de la España de los conquistadores. Vio también lo que España había dejado de hacer desde la hora de la independencia; cómo España había traicionado su misión al volver la espalda a la América hispana. Pero advirtió que la solución de España era la de volver a encontrarse a sí misma en la comunidad fraterna de los pueblos libres que nacieron de la cultura hispana y se incorporaron a la historia el día que aprendieron a hablar y escribir en la lengua de Cervantes. Habló después de la palabra hispanidad, que no inventó su hermano. Palabra que, aunque luego ha sufrido una desfiguración en su verdadero sentido, quiere decir comunidad de los pueblos libres de origen hispano, comunidad que ha de realizarse en el reino del espíritu porque la Paria no está formada por el territorio que los hombres habitan, sino por el espíritu que lo enlaza en la conciencia universal. Pasó después a referirse el cuarto de los momentos cuando Ramiro de Maeztu se encontraba en la cárcel de Ventas en 1936. Habló de la entrevista que con él tuvo y relató después los últimos momentos de su vida, cuando tranquilo y sereno dijo a los milicianos que lo llevaban: «Vosotros no sabéis por qué me matáis. Yo sí sé por qué muero». Después de aludir a la impresión que la muerte del ilustre escritor produjo en Cancillerías de Europa y América, añadió: «Ramiro no ha muerto; está aquí, entre nosotros hoy, más presente que nunca. Ramiro no ha muerto, ha entrado en el camino de los siglos y espera, sereno, el juicio de los hombres».

En la segunda parte de su conferencia, María de Maeztu hizo un análisis de la obra La crisis del humanismo, que su hermano publicó en el año 1916, algunas de cuyas ideas centrales habían sido publicadas en artículos el año anterior en la revista inglesa The New Age. Resaltó las ideas directrices de la obra citada, significando la igualdad de criterio con Una nueva Edad Media, de Berdiaeff; La decadencia de occidente, de Spengler, y La crisis de la civilización, de Belloc, haciendo constar que el libro de Ramiro de Maeztu fue escrito antes que los otros. Analizó luego, con cuidado y detalladamente las principales ideas vertidas por su hermano en La crisis del Humanismo, citando con gran erudición frases de algunos clásicos y famosos filósofos, con quienes coincidía Ramiro de Maeztu en muchas de sus apreciaciones, y terminó con el siguiente párrafo escrito por su hermano: «Toda la vida es esencialmente una tragedia, la tragedia de la muerte y la resurrección. En las horas de paz nos olvidamos de este misterio. Pero la guerra es el cristal de aumento que nos hace ver lo que estaba borroso, oscuro, indeciso. Los hombres que mueren en el campo de batalla mueren para que su país viva: afirman la vida en el gran misterio de la muerte y resurrección».

Al año siguiente, sin que su sueño de venir a residir de manera definitiva a España se llegara a cumplir, muere el 7 de enero de 1948, casi repentinamente, en un balneario de Mar de Plata. Con su muerte, el país hispano reconoció que esta mujer había dejado profundas huellas de sus enseñanzas como profesora de Filosofía, como pionera de los métodos modernos. Hasta el último momento desplegó una gran actividad en relación con su cátedra, sus conferencias y sus libros. Colaboró en el diario La Prensacon cierta asiduidad. Sus últimos artículos se titularon Pestalozzi, el fracasado genial, El romanticismo en la educación, y El infame don Juan Manuel. Su último gran trabajo fue un ensayo sobre la figura de su hermano Ramiro, como prólogo a una reedición de la crisis del humanismo.

La desaparición de esta ilustre pedagoga, miembro de una familia que ha entrado en la vida intelectual de Hispanoamérica, causó honda impresión en aquellas tierras, lo mismo que en España donde nada más llegar la noticia de su fallecimiento tuvieron lugar unos funerales en la iglesia de la Concepción de Madrid que fueron presididos por el ministro de Asuntos Exteriores, Alberto Martín Artajo. Estaba también presente en ese momento,  el hermano de la finada Miguel de Maeztu quien a los pocos días saldría hacia la Argentina para hacerse cargo del cadáver de su hermana. Al mismo tiempo, algunos de sus amigos la recordaban, como Pedro Laín Entralgo que le dedicó un largo artículo que daba comienzo en estos términos:

Creo que fue su voz de conferenciante, la primera voz que oí de María de Maeztu. Antes había visto su figura –talla menuda, gesto brioso, clara mirada de española inglesa– presidiendo alguno de los actos públicos de la Residencia que dirigía, o andando rápida, el recodo entre Fortuny y Miguel Ángel. Pocos años más tarde, escuché dos conferencias sobre Luis Vives: Luis Vives y el espíritu de su tiempo, Luis Vives y la psicología moderna. La petulancia crítica de los veinticinco años me llevó entonces a buscar en el oído la posible deficiencia. Ahora, menos petulante y mejor crítico, recuerdo sobre todo lo mucho que de bueno había en aquellas lecciones; y la excelente información, el orden lógico, un poquito viril, en la arquitectura del pensamiento, la limpia nobleza de los juicios estimativos, la pasión española. Sí, pasión española, hondo y trémolo amor a las cosas y a las obras de España había en aquella valoración histórica de Vives, tan próxima por su sentido y por su interior fuego a la entusiasta de Menéndez y Pelayo.

Y lo terminaba de esta manera:

Es, país de claras mujeres. Bien está que la mujer sea entrañablemente fiel a la callada misión del hogar. No menos bien –mejor, a veces– que la mujer, sin dejar de serlo, trascienda las lindes del fuego doméstico y participe a su modo en el común servicio al quehacer histórico. Estas que saben ser por igual leales a su feminidad y a la historia son las claras mujeres, el femíneo contrapunto de los claros varones en la polifonía de la operación humana. ¡Cuántas claras mujeres en la vida de España, desde que Castilla era niña! Entre ellas, está ya para siempre María de Maeztu que hasta su muerte supo creer, pensar y vivir.

El 9 de febrero de 1948, llegaron en tren los restos de la insigne profesora María de Maeztu a la localidad de Estella, después de haber hecho su último viaje en avión desde la capital argentina. El cadáver fue recibido por todas las autoridades locales y provinciales que lo acompañaron hasta su última morada en el panteón familiar de aquella localidad. María de Maeztu había querido morir en España, pero la muerte la arrebató en tierras lejanas, aunque ahora sus restos descansan para siempre en la España, que Laín Entralgo nos ha dejado escrito.


* José Mª García de Tuñón Aza es licenciado en Ciencias Económicas y escritor.

 
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