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Altar Mayor Nº - 140 (01)
Thursday, 19 May a las 14:19:38

Altar Mayor artículos REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 140  - marzo / abril de 2011

 

DE POLÍTICOS
Emilio Álvarez Frías



 
Vaya por delante, para no ofender, que siento un gran respeto por los políticos que ponen al servicio de la Nación, de la Patria, de sus semejantes, todo el caudal de sus conocimientos y experiencia. Incluso algunos se dejan la vida a tiras, y por su vocación de servicio a la sociedad abandonan su profesión probablemente bien remunerada; la historia nos da ejemplos claros y concretos, con nombres y apellidos, de quienes, incluso, entregan la vida por aquello en lo que creen y por intentar llevar adelante ese espíritu de servicio, manteniendo por encima de cualquier cuestión los valores fundamentales que le guían en todo su quehacer.

Políticos, los mencionados, que no tienen nada de parecido con la legión de arribistas que desde la transición opositan, sin mérito alguno, a los escaños de los órganos de representación con el ansia de medrar, prosperar rápidamente, adquirir una notoriedad que no merecen, y encontrar una cómoda forma de vivir sin que les agobien las responsabilidades ni los vaivenes de la economía.

Por ello no es extraño que nos cause asombro y perplejidad lo que a estos últimos les escuchamos en sus intervenciones públicas o apreciamos en sus comportamientos personales, pues cada día resulta más difícil esconder las tropelías, ocultar las ilegalidades, disimular los desmanes, disfrazar los excesos, vestir los abusos y engañar al pueblo llano y dicen que soberano.

En primer lugar nos preocupamos por las actitudes de las gentes de la izquierda que toma las instituciones como su cortijo personal y no se mide en ninguno de sus actos. Pero, además, dañan las maneras vulgares de las que hacen gala tapando sus carencias con insultos, descalificaciones a sus oponentes, con una mendacidad especialmente grave. Claro que, como decía un amigo hace años, todavía no se les ha caído el pelo de la dehesa, ni siquiera el paso por la Universidad, quienes han accedido a sus aulas, les ha dado un ligero barniz de estilo. Quizá sea porque tengan que mostrarse así ante su electorado para que entiendan su mensaje, probablemente porque les sale del cuerpo, o puede que sea su natural forma de ser y expresarse. Sin duda ha de tener un origen, pues, igual que cualquier enfermedad que nos aqueje proviene de alguna causa endógena, de algún tropiezo externo, de una infección vírica…, esto de la falta de educación y estilo en la izquierda ha de tener una causa.

Por supuesto que esas actitudes, y esos comportamientos, los despliegan en diferentes frentes. Por ejemplo, ellos no se equivocan si no que todo lo negativo proviene de la oposición por no colaborar, porque en tiempos pretéritos, cuando estuvieron en el poder, lo hicieron fatal y ahora ellos están pagando las consecuencias de ese mal hacer. y son unos cínicos destacados en la «champions league», pues cambian de criterio según les apetece en función de sus intereses y modifican sus acciones y decisiones sin rubor alguno, como si las promesas anteriores o las determinaciones tomadas no se hubieran producido. y, naturalmente, con un descaro inefable, hoy, rolando el sol por el cenit, aseguran que es de día, aunque mañana, con notable desparpajo, pueden jurar por sus progenitores A y B que es de noche; o que los hechos de la Historia han tenido lugar de forma absolutamente distinta, y aun contraria, a como se desarrollaron; o que los asesinos fueron unas víctimas, o que los asesinados no existieron sino que es la mala fe de unas gentes que no se enteraron de por qué sus familiares aparecieron un amanecer junto a las tapias de un cementerio; o que las iglesias no fueron quemadas sino que ardieron por una vela mal apagada; o que los pantanos y centrales eléctricas estuvieron siempre donde se encuentran;… Y son unos manipuladores porque todas esas mentiras las van introduciendo con habilidad (mérito que hay que reconocerles) en una sociedad inerte que no quiere meterse en líos y admite lo que la digan con tal de seguir disfrutando del espejismo de la cantada sociedad del bienestar; manipulando perversamente a la juventud al mostrarla sólo aquello que les interesa mediante el manejo de los recursos a su disposición para fabricar las imágenes de todo tipo que han de inocular en las mentes tiernas e inmaduras que absorben todo lo que se las ofrece, fundamentalmente si es de su gusto y no le produce ninguna inquietud; y es claro que son perversos porque bajo la promesa de que sus postulados dan más libertad a los individuos mediante la oferta que suponen las leyes y disposiciones de todo tipo que infectan, contaminan, emponzoñan, corrompen, pervierten y envilecen la sociedad, apartándola de lo que es el destino del hombre (varón y mujer), que si bien es disfrutar durante el paso por esta vida, también es hacerlo con mesura pues ese discurrir es la preparación para trascender. Y son, para no hacerlo demasiado largo, abyectos, porque, como nos dice el diccionario de María Moliner (el de la RAE es muy mesurado y no quiere complicaciones), cometen actos de falsedad o traición, cobardía o bajeza, siendo inmorales, despreciables, mezquinos, rastreros, ruines y viles, sin olvidar actos tales como prevaricación y abuso de poder, beneficiarse de los bienes públicos, incumpliendo sus promesas o juramentos, si es que alguno se ha inclinado por esta forma de mostrar su compromiso en el cumplimiento de su deber…

Mas vayamos también a los laureles que adorna a la derecha. Para no asustar demasiado, digamos que quiere presentarse como de nueva planta, que no es heredera de nada, que ha surgido por generación espontánea o por trasmutación de algún germen latente en la naturaleza, y que no hay nada que la contamine, ni bueno, ni malo, ni todo lo contrario. Pero ante este provenir de la nada, dada la imposibilidad demostrada, hemos de pensar que esta postura se inscribe dentro de la más pertinaz cobardía. No recuerda a sus progenitores (hecho compartido con la izquierda, salvo que pueda traer a la memoria la existencia de un abuelo represaliado, aunque lo fuera por traicionar su juramento ante la bandera y a los compañeros de empleo); ha olvidado la historia si es que la estudió, o escuchó en casa hechos de tiempo pasado; elude reconocer que años atrás hubo un progreso incuestionable e inocultable que permitió el que pudo producirse posteriormente; omite decir que es católico practicante –caso de que lo sea–; va poniendo pantallas protectoras para evitar les dañe lo que, adjetivado, puedan lanzarlos respecto a parte de su historia personal o familiar; se inscriben con los progresistas para votar determinadas leyes, aunque estén en oposición a su conciencia, con el fin de no desentonar demasiado…; tienen alergia a enfrentarse con la insidia con que los sacude la izquierda, probablemente por temor a no hallar eco en el pueblo soberano, quizá porque sus convicciones no son demasiado firmes; cuando está en el poder tolera mantener infiltrados que van poniendo arena en sus rodamientos para que se desgasten más de lo habitual; es flojo a pesar de tener más formación en el negocio de la política y en general en todos los aspectos del saber…

Y no perdamos el tiempo en intentar exponer los mimbres de que están hechos los retales de la izquierda montaraz, ni de los insidiosos nacionalistas a los que se presta demasiada atención por la falta de decisión de unos y otros de tomar en serio el problema.

En esta Patria que no tiene rumbo, entre estos piélagos han de hacer, los españoles insumisos y disidentes, la derrota de sus naves para encontrar el puerto en el que cobijarse resguardados de los ímpetus nada propicios de un oleaje que perturba constantemente la vida y la convivencia e impide la reflexión sobre qué hacer, pues su deseo es seguir navegando, no pararse, para lo que ha de encontrar la ruta más certera, valiéndose de las mejores mareas hasta alcanzar, en lo excelso, el encuentro con la trascendencia, de la forma que lo previera Antonio Machado: «Y cuando llegue el día del último viaje, / y esté al partir la nave que nunca ha de tornar, / me encontraréis a bordo ligero de equipaje, / casi desnudo, como los hijos de la mar».


 
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