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Altar Mayor Nº - 141 (15)
Thursday, 19 May a las 15:06:54

Altar Mayor artículos REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 141  - mayo / junio de 2011

 

HASTA EN EL ALPINISMO SE ACUSA EL CAMBIO 
César Pérez de Tudela*



 
 
Hace cincuenta años el alpinista alemán Toni Hiebeler, escritor de montaña, autor del célebre libro Combates por el Eiger, uno de los mejores de la amplia literatura alpina, director de la revista Alpinismus y jefe de la expedición que escaló el Eiger en primera invernal, escribió un valiente artículo, confesando que dejaba la montaña y el alpinismo porque ya no le gustaba, e incluso le daba miedo. Hiebeler siguió no obstante, como era de esperar, realizando actividades de montaña, hasta que falleció en un accidente de helicóptero que cayó sobrevolando los Alpes Julianos en 1984.

En aquellos lejanos años se practicaba un alpinismo clásico de reconocida dificultad, no tan extremo y a veces incluso tan poco comprensible como es el actual. Un alpinismo más variado y universal, no tan especializado, realizado en las muy diversas montañas del mundo, no como ahora, en el que siempre se va a los mismos escenarios: o el Himalaya, o las mismas «Siete cumbres»”, siempre las mismas. Todos en el idéntico camino, salvo claro está, extraordinarias excepciones que quedan sumidas en el anonimato.

Entonces el alpinismo de vanguardia, a lo largo de muchas décadas, permanecía inmutable y se reducía, nada más y nada menos, que a ir realizando en invierno las famosas y difíciles paredes y aristas alpinas, abriendo nuevos itinerarios y efectuando expediciones de exploración a los diferentes macizos andinos y de tantas otras zonas de la Tierra, incluyendo ya el Himalaya. De vez en cuando alguien deseoso de darse a conocer realizaba alguna escalada en solitario (Darbellay en el Eiger, Bonati en el Dru, o en el Lavaredo y otros magníficos representantes de la vanguardia de la época).

Pero he de decir, volviendo a rememorar a Toni Hiebeler, que cada vez entiendo menos el alpinismo de hoy.

Esta forma moderna de hacer alpinismo y escalada, en muchos de sus aspectos, no la comprendo. Es en muchos casos, más extrema, pero muy amparada en el «cobijo» de la técnica, que dirían los fenomenólogos de la Filosofía germánica.

Ahora sí que estoy declarando sin rubor que estos reconocimientos me identifican ya con una persona fuera de los cánones actuales.

Nuestro alpinismo, el de varias generaciones anteriores, era el clásico, el de antes, el de los guías alpinos con pantalón bávaro, y no el de las calzas y mallas estrechas que hacen parecer faunos a los alpinistas, ni el de los modernos y vulgares pantalones que ahora se llevan, y ni mucho menos el de los brazos y piernas desnudas.

Tampoco me gustan las cuerdas de ochenta y noventa metros, que pesan mucho y que obligan a realizar secciones o largos de cuerda muy largos, incomunicando a la cordada y sometiendo al primero a la inseguridad motivada por el creciente peso de las cuerdas, neutralizando así la seguridad que podría conferir el paso de estas por más puntos de seguro.

Y tampoco me gusta que se pueda decir que las escaladas de V grado, de la clásica escala «Welzenbach», que era internacional y valía para franceses, italianos, americanos, japoneses o españoles, eran fáciles, porque a mi discreto juicio siguen siendo difíciles o muy difíciles.

Los alpinistas universales de entonces

No me interesa tampoco que un alpinista corra todo lo que pueda, para subir en menos tiempo que nadie, sin mochila y sin recursos ante un cambio de tiempo, una montaña que ya ha subido docenas de veces, siguiendo la cómoda huella abierta por otros, en uno de los mejores días del año para declararse el campeón, batiendo todos los poco significativos records de sus predecesores.

Tampoco entiendo este exceso de especialización que limita nuestro horizonte y nuestra conciencia.

Antes casi todos éramos alpinistas mucho más universales.

Hacíamos preciosas y difíciles escaladas de roca en el verano, junto a ascensiones por los pasillos nevados o helados, de las grandes montañas de los Pirineos, Gredos o los Picos de Europa y de los Alpes. También recorríamos encima de los esquís las montañas nevadas.

Otros días nos ocupábamos de enseñar, sin ánimo de lucro, pero con afecto, a los nuevos aprendices de alpinistas que se inscribían en los cursillos de los clubs o de la vieja Escuela Nacional de Alta Montaña de la que éramos instructores o profesores.

En el otoño, al regreso de las escaladas, cantábamos los versos de los poetas para olvidar el cansancio frente al fuego del refugio. Participábamos en algunos campeonatos de esquí, aunque lo más frecuente era realizar travesías para llegar al destino todos juntos, ayudando a los más lentos o menos hábiles.

Ahora todo son prisas y carreras para ver quién llega antes y demostrar quién está más fuerte que los demás.

Se persigue el record para diferenciarnos o distanciarnos de nuestros compañeros. El ego se presenta cada vez con más fuerza, lo que nos impide saber quiénes somos, cerrándonos el camino para la reflexión ¿Ocultamos algo con ello?

Por otro lado todos seguimos los mismos caminos siempre abiertos, como si ya fuéramos incapaces de seguir caminos sin huellas, en los que antes aprendíamos a confesar nuestros errores.

Solo, sin cuerda y sin seguro

Son demasiado rebuscadas estas especializaciones, que significan sin duda un indiscutible esfuerzo y una gran preparación basadas en ejercicios atléticamente circenses, que sólo son, nada más y nada menos, que hechos deportivos, lo que entraña una importante práctica repetitiva unidireccional para lograr esa perfección, tanto en escalada deportiva, como en la escalada de rocas y de hielo, pruebas atléticas en la que ya no se ve la belleza de la escalada clásica, sino sólo exigentes ejercicios atléticos.

Otros, la mayoría, sólo ven lo que la moda impone: correr. El que no corre está fuera del momento. No hay club de montaña que no practique la carrera y las competiciones.

En una naturaleza digna de ser contemplada se corre cuesta arriba y cuesta abajo, sin tener casi oportunidad de poder mirar apenas el paisaje y sin saber para qué hay que correr tanto, pendientes del cronometro. Hay que ganar siempre.

Los formidables éxitos de ciertos escaladores-alpinistas actuales me parecen asombrosas insensateces. Se escala. Lo que se denomina: «en solo, y sin cuerda». Y por tanto sin seguro alguno por impresionantes precipicios, como los de la pared norte del Lavaredo, 600 metros absolutamente verticales. O como se hace en solitario la pared norte del Eiger en dos horas, algunos minutos y unos segundos más, cuando antes casi todas las cordadas dedicaban tres o cuatro días abriéndose camino y asegurando a los compañeros.

Esa urgencia. Ese entrenamiento que permite estos excesos, escalando una y otra vez la misma vía, dominando sus pasajes, tiene detrás muchas horas al día de entrenamiento, que significa repetir un gesto físico muy semejante.

Ahora toda la actividad se concentra en unos años de gran intensidad. Y este exceso impide cualquier otra dedicación para conocer otros ámbitos de actividad compensatoria, que en otros tiempos eran fundamentales para vivir en sociedad.

No alcanzo a penetrar en la especial psicología –que siempre es filosofía– de este modernismo idealista que muchos se empeñan en llamar deporte, que para mi consideración es el alpinismo.

Creo que hemos llevado el alpinismo, con sus especialidades y sus competiciones, a la enajenación, lo que contribuirá mucho a que los protagonistas de hoy no lleguen a perdurar en el ejercicio de estos durante muchos años.

Yo seguiré escalando con mis cuerdas de 40 metros, aunque tenga que improvisar reuniones, y hacer más rapeles, para no perder el hábito de saber buscar la propia seguridad, montando reuniones, y no siempre en anclajes fijos.

Insistiré en la filosofía de la cordada, ya casi perdida, y en el sentido fundamental de la orientación.

El Himalaya «ochomilista», ha traído nuevos métodos, como el de la lenta aclimatación, la ausencia de la cordada, las huellas que eliminan los misterios del camino, las cuerdas ya fijadas por los trabajadores de la montaña para hacer posible la ascensión de los caprichosos señoritos buscadores de hazañas.

Creo que ya soy un alpinista de otra época. Y la época marca y caracteriza a una generación. Me he quedado evidentemente atrás como un superviviente de la antigüedad, de los que no buscaban el record, sino la vivencia, esa categoría de la experiencia que nos convertía en hombres con filosofía para poder trasmitirla a los demás.

Se hacen escaladas asombrosas, pero no sé si esta aparente superación es real y si puede compensar tantos valores tradicionales que va dejando atrás.

Y ojalá pueda seguir escalando las preciosas vías clásicas, las difíciles rutas de IV y V grado, las más bellas y lógicas.

Y si encuentro a algún buen compañero que me ayude, repetiré alguna línea, como ahora se dice, de esas de VI grado, con mucho cuidado y una gran humildad propia del que ha sobrepasado su época, teniendo muy presente que el VI grado clásico tenía pasos «más allá de los cuáles estaba la caída» y era «el límite del equilibrio».

Así lo decíamos entonces, cuando mirábamos al fuego contando aventuras en los refugios de montaña, preparándonos para las también difíciles escaladas de la vida.


* César Pérez de Tudela es Explorador alpinista. De la Real Academia de Doctores de España.

 
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