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Altar Mayor Nº - 141 (13)
Thursday, 19 May a las 15:17:14

Altar Mayor artículos REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 141  - mayo / junio de 2011

 

UNA SAGA MOSCOVITA
Joaquín Albaicín*



 
 
No todos los días se topa uno con una novela y, nada más terminarla, siente ganas de volver a leerla. No es habitual, sobre todo si el manuscrito en cuestión alcanza casi las mil doscientas páginas sin aflojar la tensión narrativa. Una saga moscovita, pues a ella nos referimos, primera obra de Vasili Aksiónov que se publica en España desde la década de 1960, pertenece a la misma familia literaria que Un buen partido, de Vikram Seth, y quizá podríamos llamarla la hija natural –y harto entrada en carnes– de La guardia blanca, de Mijail Bulgakov, que la antecede en su salida a la luz en unos setenta años. Se sabe que Stalin, protagonista de fondo de esta bienvenida novela de Aksiónov, asistió bastantes veces a disfrutar desde un palco de Los días de los Turbin, la versión teatral de la de Bulgakov, quien, al revés que Aksiónov, hijo de padres condenados al gulag y partido al exilio norteamericano en 1981, cuando sus escritos fueron prohibidos y limitados al formato clandestino de samizdat, nunca fue autorizado a abandonar Rusia. En Una saga moscovita, Aksiónov –no podía ser de otro modo– ha distinguido a Bulgakov con un «cameo», lo mismo que a Isaak Bábel, Yevgeni Yevtushenko, Rostropovich, Pasternak, Valentina Serova, Ehrenburg, Ossip Mandelstahm y otras luminarias de las artes soviéticas.

El fondo de ambas novelas es similar, por cuanto las dos narran las vicisitudes de una familia perteneciente en los días del antiguo régimen a la burguesía y, por tanto, y pese a que el primogénito combatiera en la guerra civil del lado rojo, imbuida de muy débiles entusiasmos por la consolidación de la utopía comunista. Una utopía caracterizada en su vida cotidiana por el miedo: a escribir, a cantar, a enamorarse, a saludar en la escalera al vecino equivocado, a… Incluso a encender la luz en un momento inconveniente. Y una utopía que se prolongó durante siete pesadas décadas, de las que el narrador proyecta aquí su mirada sobre las tres primeras: las comprendidas entre la puesta en marcha de la Nueva Política Económica y el fallecimiento de Stalin.

Lo de la luz no es cosa baladí. En alguna ocasión hemos aludido al carácter artificial que parecería siempre distinguir a la luz que ilumina las sociedades utópicas, incluidos sus espacios abiertos (más adecuado sería subrayar que especialmente sus espacios abiertos). El proyecto utópico por excelencia de la civilización moderna, del que el Reich de los Mil Años no constituyó más que una imitación muy lograda, fue el experimento soviético, un parque temático alentado por dogmas y teoremas desatinados, a fuer de francamente estúpidos, como el de que la cantidad, a partir de cierto grado de acumulación, se tornaría calidad, o como el de que la Historia con mayúsculas exige que todas las energías humanas sean empleadas en la intensificación de la lucha de clases o el afianzamiento de la sociedad socialista. Una sociedad sin religión y, pues, subhumana, cuyas fronteras no se podían cruzar salvo dejando atrás a los seres queridos para disipar toda sospecha de una posible «deserción» a Occidente, en la que la palabra foxtrot estaba prohibida por «extranjerizante» y «cosmopolita», en la que imperaba –infantilismo satánico– la obsesión por los records deportivos, en la que una rima desafortunada o una lesión de tobillo a destiempo podían suponer semanas de terribles torturas aplicadas sin piedad por los ángeles caídos de los órganos de seguridad y, una vez ultimada la instrucción del «caso», la conducción a una celducha donde se administraba la extrema unción socialista: el tiro en la nuca. Una sociedad en la que las directrices de orden artístico debían ser impartidas por proletarios, en la que cualquier razonamiento, por banal que fuere, había de hacerse en base a esa espesa sopa de cebolla, con tanta grasa flotante en la superficie, que es el marxismo, y en la que la condena a «prisión sin derecho a correspondencia» significaba que el reo había sido ejecutado en secreto. Un mundo comprometido por razones éticas con el exterminio de todos los ciudadanos pertenecientes a las esferas instruidas de la sociedad precedente y cuyos timoneles habían de ser, por lógica, cafres, imbéciles o –en el mejor de los casos– ignorantes. Una sociedad, en fin, basada en la institucionalización del absurdo, la exaltación de lo cutre (cualquier cacharro podía ser proclamado un avance frente a la «ciencia capitalista»), la adoración de la mediocridad y la permanente catasterización o traslado al «cielo socialista» de genios y héroes nacidos de la inventiva de los órganos de propaganda del Partido: escritores que ni por asomo escribieron jamás una línea, obreros que batían inauditas marcas de productividad y que nunca existieron, traductores que no sabían una palabra de la lengua que supuestamente traducían, héroes de guerra que no empuñaron un arma ni olieron el frente ni en pintura...

¡La URSS! Horas de cola para intentar entregar un paquete de ropa limpia al pariente «sin derecho a correspondencia», y horas de cola para obtener una barra de pan y un kilo de azúcar. Y en silencio, porque no se sabía quién podía ser el vecino de cola ni si un chiste podía suponer terminar estabulado en uno de los muchos vagones que cada día partían hacia la Siberia donde el gobierno del pueblo mantenía «alojados» a unos treinta millones de enemigos del mismo.

Todo empezaba con la pérdida del puesto de trabajo después de un breve período en el que el elegido para el traslado percibía que en su entorno laboral, vecinal y social comenzaba a hacérsele el vacío. Se trataba de una técnica de amedrentación de calculada crueldad, destinada a inflingir un progresivo desgaste del temple de ánimo y en virtud de la cual el afectado por la misma comprendía que había sido señalado como enemigo del pueblo y en cualquier momento podía recibir una visita no deseada y sentir la caída del filo del hacha sobre su cuello. Por lo general, si el cónyuge no había sido incluido en los planes de depuración, no tardaba en ser abordado por una pareja de agentes de los órganos de seguridad del Estado animándole a divorciarse y llevarse a los niños. A veces, cuando al fin los temidos funcionarios tocaban a la puerta, hacía tiempo que el enemigo del pueblo no cruzaba dos palabras con nadie.

Es curioso cómo a menudo las víctimas, esperando el momento, se consolaban repasando discursos de Stalin y ensayos de Marx, pensando que todo se reducía a un «lamentable error», sin darse cuenta de que ellas mismas eran, a ojos del socialismo, el «lamentable error», cuya eliminación del censo de ciudadanos libres (o vivos) era exigida por la propia lógica de un sistema que, en palabras de Mounier, se alimentaba «amenazando a la persona con los propios mecanismos que destina a liberarlos».

Uno de los personajes de Aksiónov percibe ya en las primeras páginas de la novela a los efectivos de Ejército Rojo como soldados de Gog y Magog, imagen perfectamente congruente con la personalidad de Lavrenti Beria, el todopoderoso jefe de la policía secreta socialista, que recorría las calles de Moscú raptando a jóvenes destinadas a ser violadas y –si inmediatamente después no desaparecían «sin derecho a correspondencia»– encanalladas para siempre en el despacho desde el que el lúbrico fauno velaba por el bienestar del proletariado mundial (¿acaso no fue ya Marx un empedernido desvirgador de mucamas?). Era inevitable que Aksiónov le concediera un papel estelar en su novela.

Un buen –y desdichado– día, el protagonista de ficción de la misma, el doctor Boris Nikitovich Gradov, pide a su sirvienta los Evangelios, que ésta guarda escondidos, y abre el Apocalipsis:

Boris Nikitovich leía y releía el capítulo decimotercero y se preguntaba qué misterio se ocultaba ahí y si todos aquellos misterios y profecías tenían que ver con lo que estaba ocurriendo en el siglo XX, ya que después de la primera bestia vino una segunda, su heredera directa: «[…] Y seduce a los habitantes de la tierra diciéndoles que hagan una imagen en honor de la bestia»…

[…] Lo que está claro es que en nuestro tiempo han alcanzado el poder la bestia y los falsos profetas. En esencia, la sustitución de los valores cristianos por otros «nuevos» no es más que una diabólica ironía y falsas profecías. Incluso la cruz, símbolo de la fe cristiana, ha sido reemplazada por caricaturas retorcidas, deformadas, falseadas: la esvástica nazi y nuestro escarabajo, la hoz y el martillo. La sustitución lo toca todo: el Estado, la política, la economía, el arte, la ciencia, e incluso la más humana de todas las ciencias se ha puesto del revés, y el sentido de esta sustitución consiste únicamente en la sustitución misma, en la sonrisa irónica que vuelve hacia nosotros un universo sin vida.

La luz de las utopías sociales es, decíamos, siempre artificial. Y no puede extrañar, toda vez que cuanto entendemos por real –la vida familiar, el amor, la vocación, la prosperidad, el esparcimiento, el arte…– no eran en la Unión Soviética sino un simulacro. Hasta los gulags fueron evidentemente concebidos como un sucedáneo del sotamundo. Y como un sucedáneo sarcástico, burlesco, de regodeo en la podredumbre a la que había sido condenado el original. Quien está familiarizado con todo lo concerniente al Fin de los Tiempos sabe que éstos se caracterizarán por la implantación de una versión paródica de la auténtica espiritualidad. En los estantes de las ferias de libros de segunda mano se encuentran aún los manuales de ateísmo científico elaborados y publicados por la Academia de Ciencias de la URSS, en los que se aleccionaba sobre la necesidad y las técnicas de reemplazo de los rituales y símbolos religiosos por otros –inspirados en la nueva fe comunista– que sólo aparentemente cumplieran idéntico papel y proporcionaran las mismas satisfacciones que los suprimidos.

Lo interesante es que, a medida que va uno adentrándose en las páginas de la novela, va llamando más y más poderosamente la atención la extraordinaria similitud constatable entre la moral familiar y sexual vigentes en la Unión Soviética y las imperantes en las sociedades occidentales de nuestros días, así como la coincidencia de ambos modelos en una sofocante omnipresencia de la burocracia, institución denunciada en su día por Julián Marías como de naturaleza satánica, por cuanto aspira a reemplazar –otra vez el simulacro– las funciones vigilantes de Dios. Esa intocabilidad y omnipresencia de la burocracia, así como la concepción de la familia como poco más que una sucesión arbitraria de encuentros y desencuentros de cama o en los locales del Partido, y del sexo como algo con la misma importancia que la compra de una chaqueta nueva, son, en efecto, rasgos característicos y obsesiones enfermizas típicos del funcionario zapaterista de rango medio, amamantado en su juventud con lecturas stalinistas después más o menos digeridas y recicladas. La obsesión por apuntalar y consolidar a tipos mediocres, resentidos y envidiosos en las capas superiores de la pirámide social hermana notoriamente, en sus raíces sociológicas, al stalinismo y el zapaterismo, cuyo paso por el poder ha empobrecido la mentalidad y rebajado la sensibilidad popular hasta cotas sólo comparables, quizá, a las del paso por el poder de Stalin. Añádase el incasable laborar de los funcionarios zapateristas en pro de la desaparición de cualquier atisbo de vida privada, coordinado con el celo de sus comunicadores en la proclamación como virtudes de las lacras morales y los disloques íntimos, así como con la renacida divinización de los artífices de proezas deportivas en detrimento de los artistas y filósofos (etimológicamente: «amigos de la Verdad»), para que el cuadro comparativo arroje a nuestras narices conclusiones de rotunda nitidez.

En este sentido, es de subrayar cómo, no por casualidad, al doctor Gradov le cuesta mucho –y muchos años– llegar hasta las valoraciones antedichas, fruto de sus reflexiones en torno al Apocalipsis. El lavado de cerebro fue de tales proporciones que, incluso cuando llevaban ya cumplidos largos años de «penitencia», muchos de los desgraciados condenados en base a delirantes acusaciones a pudrirse, trabajar como animales, enfermar, ser sodomizados y morir en los gulags dedicaban parte de su escaso tiempo «libre» a meditar y razonar acerca de lo magnánimo que se estaba mostrando con ellos el Estado socialista permitiéndoles reeducar su mentalidad retrógrada mientras eran útiles al triunfo de la revolución mundial empujando carretillas de uranio (esto se trata muy bien en dos obras de Solzhenytsin: Arhipiélago Gulag y El tercer círculo). De hecho, es sólo al final de la novela de Aksiónov cuando la poetisa Nina Gradova acierta a lamentarse por el tiempo perdido y la pasividad mostrada.

Obras como Todo Fluye, de Vasili Grossman, con su cabal y desoladora descripción de la eliminación de los kulaks o campesinos propietarios de una pequeña parcela, con su minucioso retrato de los mecanismos a los que el «buen ciudadano» recurre como profilaxis para limpiar su encenagada conciencia, o Saschenka, de Simon Sebag Montefiore, con las magníficas páginas dedicadas al almuerzo de los protagonistas con el padrecito Stalin, son lecturas preparatorias sumamente adecuadas para abordar la de Una saga moscovita, una novela que deja honda huella y atesora sobrados merecimientos para erigirse en una referencia fundamental sobre el siglo XX que hemos dejado atrás… y sobre el XXI que, a tenor de cómo anda el patio, es de temer que nos espera.


* Joaquín Albaicín es escritor, conferenciante y cronista de la vida artística, autor de –entre otras obras– En pos del Sol: los gitanos en la historia, el mito y la leyenda (Obelisco), La serpiente terrenal (Anagrama) y Diario de un paulista (El Europeo).

 
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