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Altar Mayor Nº - 141 (11)
Thursday, 19 May a las 15:38:56

Altar Mayor artículos REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 141  - mayo / junio de 2011

 

ESPAÑA Y EL HOMBRE QUIJOTIZADO DE MIGUEL DE UNAMUNO
Moisés Simancas Tejedor
*



 
 
I

A modo de introducción, conviene señalar que, con anterioridad a este ensayo, Unamuno se había ocupado de Don Quijote en los artículos «Quijotismo» (1895) y «La vida es sueño» (1898), así como en «El fondo del quijotismo» y «La causa del quijotismo» (Los lunes del Imparcial, 22 de diciembre de 1902 y 12 de enero de 1903, respectivamente).

Asimismo, por el prólogo de Unamuno a la segunda edición, sabemos que la Vida de Don Quijote y Sancho apareció en 1905, aunque la coincidencia con el tercer centenario de la publicación del Quijote fue fortuita; a la par que el autor cita dos ensayos de referencia para enmarcar su obra: «Sobre la lectura e interpretación del Quijote» (La España moderna, abril de 1905) y «El sepulcro de Don Quijote» (La España moderna, febrero de 1906).

La Vida de Don Quijote y Sancho no pretende, según Unamuno, descubrir el sentido que Cervantes le diera, ni realizar un erudito estudio histórico; sino que, como afirma en el prólogo a la segunda edición (1913), «es una personal y libre exégesis del Quijote», justificada en parte por la creencia de que «los personajes de ficción tienen dentro de la mente del autor que los finge una vida propia, con cierta autonomía, y obedecen a una íntima lógica de que no es del todo consciente ni dicho autor mismo»; y en parte también, por una concepción de la realidad histórica según la cual –sostiene Unamuno en el prólogo a la tercera edición (1928)– «Don Quijote y Sancho son –no es sólo que lo fueron– tan independientes de la ficción poética de Cervantes como lo es de la mía aquel Augusto Pérez de mi novela Niebla, al que creí haber dado vida para darle después muerte, contra lo que él, y con razón, protestaba».

En «El sepulcro de Don Quijote», que precederá a la segunda y sucesivas ediciones de la Vida de Don Quijote y Sancho, Unamuno, en un tono irracionalista, propone desencadenar una «locura colectiva» sobre las muchedumbres ordenadas, en forma de «cruzada» para «rescatar el sepulcro de Don Quijote» del poder de la razón:

Y vuelta a lo mismo, a tu pregunta, a tu preocupación: ¿qué locura colectiva podríamos imbuir en estas pobres muchedumbres?, ¿Qué delirio?

[...]

Pues bien, sí; creo que se puede intentar la santa cruzada de ir a rescatar el sepulcro de Don Quijote del poder de los bachilleres, curas, barberos, duques y canónigos que lo tienen ocupado. Creo que se puede intentar la santa cruzada de ir a rescatar el sepulcro del Caballero de la Locura del poder de los hidalgos de la Razón.

Defenderán, es natural, su usurpación y tratarán de probar con muchas y muy estudiadas razones que la guardia y custodia del sepulcro les corresponde. Lo guardan para que el Caballero no resucite.

A estas razones hay que contestar con insultos, con pedradas, con gritos de pasión, con botes de lanza. No hay que razonar con ellos. Si tratas de razonar frente a sus razones, estás perdido.

Para esta «misión» de rescate de la «patria», reservada a un «escuadrón» de hombres solitarios y libres, se precisaría heroísmo, lucha, pasión y fe:

Mira, amigo, si quieres cumplir con tu misión y servir a tu patria, es preciso que te hagas odioso a los muchachos sensibles que no ven el universo sino a través de los ojos de su novia. O algo peor aún. Que tus palabras sean estridentes y agrias a sus oídos.

El escuadrón no ha de detenerse sino de noche junto al bosque o al abrigo de la montaña. Levantará allí sus tiendas, se lavarán los cruzados sus pies, cenarán lo que sus mujeres les hayan preparado, engendrarán luego un hijo en ellas, les darán un beso y se dormirán para recomenzar la marcha al siguiente día. Y cuando alguno se muera le dejarán a la vera del camino, amortajado a su armadura, a merced de los cuervos. Quede para los muertos el cuidado de enterrar a sus muertos.

Y para finalizar, aconsejaba Unamuno:

Tú no perteneces al cotarro, sino al batallón de los libres cruzados. ¿Por qué te asomas a las tapias del cotarro a oír lo que en él se cacarea? ¡No, amigo, no! Cuando pases junto al cotarro tápate los oídos, lanza tu palabra y sigue adelante, camino del sepulcro. Y que en esa palabra vibren toda tu sed, toda tu hambre, toda tu morriña, todo tu amor.

                                                                                           II

Entrando ya en la Vida de Don Quijote y Sancho, Unamuno distingue entre la vida que pasa y la obra que queda, proporcionando la fama, que no es sino hambre de inmortalidad:

¿Qué era eso de la honra de que andaba entonces tan llena nuestra España? ¿Qué es sino un ensancharse en espacio y prolongarse en tiempo la personalidad? ¿Qué es sino darnos a la tradición para vivir en ella y así no morir del todo? Podrá ello parecer egoísta, [...] pero ni los cuerpos pueden menos de caer a la tierra, pues tal es su ley, ni las almas menos de obrar por la ley de gravitación espiritual, por ley de amor propio y deseo de honra. Dicen los físicos que la ley de la caída es la ley de atracción mutua, atrayéndose una a otra la piedra que cae sobre la tierra y la tierra que sobre aquélla cae, en razón inversa a su masa, y así entre Dios y el hombre es mutua la atracción. Y si Él nos tira a Sí con infinito tirón, también nosotros tiramos de Él. Su cielo padece fuerza. Y Él es para nosotros, ante todo y sobre todo, el eterno productor de inmortalidad.

Y establece paralelismos entre Ignacio de Loyola (1491-1556), fundador de la Compañía de Jesús («milicia de Cristo»-fe creadora-vida santa-gloria eterna, celestial) y Don Quijote de La Mancha (caballero andante-locura redentora-vida heroica-gloria temporal, terrena):

Toda vida heroica o santa corrió siempre en pos de la gloria, temporal o eterna, terrena o celestial. No creáis a quienes os digan que buscan el bien por el bien mismo, sin esperanza de recompensa; de ser ello verdad, serían sus almas como cuerpos sin peso, puramente aparenciales. Para conservar y acrecentar la especie humana se nos dio el instinto y sentimiento del amor entre mujer y hombre; para enriquecerla con grandes obras se nos dio la ambición de gloria. Lo sobrehumano de la perfección toca en lo inhumano, y en ello se hunde.

Así, por encima incluso del instinto de conservación, tiene el hombre un instinto de perpetuación, que no es sino ansia de inmortalidad; y en el caso de Don Quijote el amor a la mujer (Aldonza Lorenzo), que le hubiera permitido perpetuarse engendrando hijos, se sublimó en el amor a la gloria (Dulcinea) y las creaciones espirituales.

Unamuno nos presenta a Don Quijote como la encarnación del héroe: fe creadora del ideal y conquista del reino espiritual («yo sé quién soy»), voluntad de obrar y misión («yo sé quién quiero ser»), ambición de gloria (amor propio) y locura redentora (amor al prójimo):

Don Quijote discurría con la voluntad, y al decir «yo sé quién soy», no dijo sino «¡yo sé quién quiero ser!». Y es el quicio de la vida humana toda: sabe el hombre lo que quiere ser. Te debe importar poco lo que eres, lo cardinal para ti es lo que quieras ser. El ser que eres no es más que un ser caduco y perecedero, que come de la tierra y al que la tierra se lo comerá un día; el que quieres ser es tu idea en Dios, Conciencia del Universo: es la divina idea de que eres manifestación en el tiempo y el espacio. Y tu impulso querencioso hacia ese que quieres ser no es sino la morriña que te arrastra a tu hogar divino. Sólo es hombre hecho y derecho el hombre cuando quiere ser más que hombre.

A la vez que establece una dialéctica entre Don Quijote (el héroe) y Sancho (el coro): Don Quijote necesita de Sancho para aprender amar al prójimo, y Sancho precisa de Don Quijote para cambiar la codicia de riquezas en ambición de gloria y redimirse del reino material a través de la conquista del reino espiritual, como en el episodio de los molinos de viento:

Tenía razón el Caballero: el miedo y sólo el miedo le hacía a Sancho y nos hace a los demás simples mortales ver molinos de viento en los desaforados gigantes que siembran el mal por la tierra. Aquellos molinos molían pan, y de ese pan comían hombres endurecidos por la ceguera. Hoy no se nos aparecen ya como molinos, sino como locomotoras, dínamos, turbinas, buques de vapor, automóviles, telégrafos con hilos o sin ellos, ametralladoras y herramientas de ovariotomía, pero conspiran al mismo daño. El miedo y sólo el miedo sanchopancesco nos inspira el culto y veneración al vapor y la electricidad; el miedo y sólo el miedo sanchopancesco nos hace caer de hinojos ante los desaforados gigantes de la mecánica y la química implorando de ellos misericordia. Y al fin rendirá el género humano su espíritu agotado de cansancio y de hastío al pie de una colosal fábrica de elixir de larga vida. Y el molido Don Quijote vivirá, porque buscó la salud dentro de sí y se atrevió a arremeter a los molinos.

Junto con la crítica al nuevo evangelio del progreso material y técnico, aparecen nuevas oposiciones entre lo sanchopancesco y el quijotismo: sentido común-mundo apariencial-positivismo-ciencia-inteligencia-concordancia lógica como criterio de verdad para la razón vs. locura-mundo sustancial-idealismo-fe-voluntad-vida como criterio de verdad; aunque el destino de estos opuestos sea aunarse y confundirse, haciéndose uno corazón y cabeza, o mejor, «quijotizado Sancho antes que sanchizado Don Quijote», pues «no es la ciencia sola, por alta y honda, la redentora de la vida».

Así, en lo que parece una inversión de la voluntad de poder en Nietzsche en forma de un «cristianismo quijotesco», dice Unamuno:

No es la inteligencia, sino la voluntad, lo que nos hace el mundo, y al viejo aforismo escolástico de nihil volitum quin praecognitum, nada se quiere sin haberlo antes conocido, hay que corregirlo con un nihil cognitum quin praevolitum, nada se conoce sin haberlo antes querido.

[...] Toda creencia que lleve a obras de vida es creencia de verdad, y lo es de mentira la que lleve a obras de muerte. La vida es el criterio de verdad, no la concordia lógica, que lo es sólo de la razón. Si mi fe me lleva a crear o aumentar vida, ¿para qué queréis más prueba de mi fe? Cuando las matemáticas matan, son mentira las matemáticas.

Por eso, el relato de la vida de Don Quijote fue y es una historia real y verdadera, pues se está realizando de continuo en cada uno de sus creyentes; lo que le lleva a Unamuno a afirmar la no distinción, desde la perspectiva de lo eterno, de los personajes históricos –de los que acaso sólo queda constancia ya en un archivo– y los de ficción –que mueven a obrar a los hombres o les consuelan la vida–:

Pero véngase acá el señor Licenciado, y dígame: ahora, al presente, y en el momento en que vuestra merced habla así, ¿dónde estaban y están en la tierra el Gran Capitán y Diego García de Paredes? Luego que un hombre se murió y pasó acaso a memoria de otros hombres, ¿en qué es más de una de esas ficciones poéticas de que abomináis? Vuestra merced debe saber por sus estudios lo de operari sequitur esse, el obrar se sigue al ser, y yo le añado que sólo existe lo que obra y existir es obrar, y si Don Quijote obra, en cuantos le conocen, obras de vida, es Don quijote mucho más histórico y real que tantos hombres, puros nombres que andan por esas crónicas que vos, señor Licenciado, tenéis por verdaderas.

De la mano de la distinción entre el hombre «sanchizado» y el hombre «quijotizado», surgen nuevas oposiciones: sentido común-rebaño-miedo al ridículo-mentira compartida-paz-cordura niveladora-interés vs. valor moral-héroe-ensayar lo absurdo-verdad individual-guerra-locura diferenciadora-poesía:

Sí, es lo que necesitamos: una guerra civil. Es menester afirmar que deben ser y son yelmos las bacías y que se arme sobre ello pendencia como la que se armó en la venta. Una nueva guerra civil, con unas o con otras armas.

[...] Lo repito: nuestra patria no tendrá agricultura, ni industria, ni comercio, ni habrá caminos que lleven a parte adonde merezca la pena irse mientras no descubramos nuestro cristianismo, el quijotesco. No tendremos vida exterior poderosa y espléndida y gloriosa y fuerte mientras no encendamos en el corazón de nuestro pueblo el fuego de las eternas inquietudes. No se puede ser rico viviendo de la mentira, y la mentira es el pan nuestro de cada día para nuestro espíritu.

A la par que se establecen nuevos paralelismos entre Ignacio de Loyola y Teresa de Jesús (1515-1582), fundadora de la orden de las Carmelitas Descalzas, por un lado, y Don Quijote y Dulcinea, por otro: santos-locura de la cruz-fe viva que se alimenta de dudas-ansia de sobrevivir en el seno de Dios // héroes-locura caballeresca-vida que es lucha entre la razón y la voluntad-ansia de sobrevivir en la memoria de los hombres. Todo lo cual, le permite a Unamuno formular su cristianismo y quijotismo agónicos:

La fe de Sancho en Don Quijote no fue una fe muerta, es decir, engañosa, de esas que descansan en la ignorancia, no fue una fe de carbonero, ni menos fe de barbero, descansadora en ocho reales. Era, por el contrario, fe verdadera y viva, fe que se alimenta de dudas. Porque sólo los que dudan creen de verdad, y los que no dudan, ni sienten tentaciones contra su fe, no creen de verdad. La verdadera fe se mantiene de la duda; de dudas, que son su pábulo, se nutre y se conquista instante a instante, lo mismo que la verdadera vida se mantiene de la muerte y se renueva segundo a segundo, siendo una creación continua.

[...] Y mientras tu cabeza te decía que no, decíate tu corazón que sí, y tu voluntad te llevaba en contra de tu entendimiento y a favor de tu fe.

En mantener esa lucha entre el corazón y la cabeza, entre el sentimiento y la inteligencia, y en que aquél diga ¡sí! mientras ésta dice ¡no!, y ¡no! cuando la otra dice ¡sí!, en esto y no en ponernos de acuerdo consiste la fe fecunda y salvadora; para los Sanchos, por lo menos. Y aún para los Quijotes, porque veremos dudar a Don Quijote mismo.

Como ya se podía entrever en algún texto anterior, el quijotismo de Unamuno tiene una proyección religiosa y política: arremeter –como hiciera Don Quijote con el retablo de maese Pedro– contra la comedia litúrgica y la creencia rutinaria, y contra el retablo parlamentario:

Un retablo hay en la capital de mi patria y la de Don Quijote, donde se representa la libertad de Melisendra o la regeneración de España o la revolución desde arriba, y se mueven allí, por el Parlamento, las figurillas de pasta según les tira de los hilos maese Pedro. Y hace falta que entre en él un loco caballero andante, y sin hacer caso de voces derribe, descabece y estropee a cuantos allí manotean, y destruya y eche a perder la hacienda de maese Pedro.

Y abundando más en su rechazo de la máquina política, añade Unamuno:

La manera de expresarse colectivamente un pueblo es un a modo de rebuzno, aunque cada uno de los que lo componen use del lenguaje articulado para sus menesteres individuales, pues es sabido cuán a menudo ocurre que al juntarse hombres racionales o semirracionales siquiera, formen un pueblo asno.

Antes de dictar ordenamiento para regir al pueblo, oigamos su parecer –se dice–, consultémosle. Y es ello algo así como si un albéitar, en vez de escudriñar a un asno y tantearle y pulsarle y registrarle para descubrir de qué padece y dónde le duele y de qué remedio ha menester, le consulta y espera a que rebuzne para recetarle, arrogándose el papel de truchimán de rebuznos.

Si en el artículo «Muera Don Quijote» Unamuno, como reacción al Desastre, concluía que debía morir Don Quijote para que renaciera Alonso Quijano; ahora, frente a una España que parece deleitarse en la derrota, Don Miguel propone el «quijotismo» como tónico para la convalecencia:

Yo lancé contra ti, mi señor Don Quijote, aquel muera. Perdónamelo; perdónamelo porque lo lancé lleno de sana y buena, aunque equivocada, intención [...], y queriendo servirte, te ofendí acaso. [...]

Pégame tu locura, Don Quijote mío, pégamela por entero. [...] Ellos buscan el provecho de esta vida perecedera y se aduermen en la rutinera creencia de la otra; a mí, Don Quijote, déjame luchar conmigo mismo, ¡déjame sufrir! [...] ¡Alma de mi alma, corazón de mi vida, insaciable sed de eternidad e infinitud, sé mi pan de cada día!.

El quijotismo sería la genuina filosofía española, que antaño se realizó como una empresa de conquista exterior [espada y crucifijo, gloria (fe) y codicia (oro)]; y que hogaño debe consistir en la conquista interior de España, antes espiritual que material (valor para ensayar lo que parece imposible vs. miedo al ridículo; gravedad y sentido común, cobardía moral vs. ansia de inmortalidad, pasión y locura quijotesca); de la misma manera que Don Quijote, tras ser vencido por el Caballero de la Blanca Luna, tomó la resolución de hacerse pastor y hacer endechas a su amada Dulcinea:

Pueblo moribundo se ha llamado a tu pueblo, Don Quijote mío, por los que embriagados por el triunfo pasajero olvidan que la fortuna da más vueltas que la tierra, y que aquello mismo que nos hace menos aptos para el tipo de civilización que hoy priva en el mundo, acaso eso mismo nos haga más aptos para la civilización de mañana. [...] Hay que aspirar, de todos modos, a hacerse eternos y famosos no sólo en los presentes, sino en los venideros siglos; no puede subsistir como pueblo aquel pueblo cuyos pastores, su conciencia, no se lo representen con una misión histórica, con un ideal propio que realizar en la tierra. Estos pastores han de aspirar a cobrar fama pastoreándolo y cantando, y así, cobrando fama, llevarle a su destino. ¿Es que no hay en la Conciencia eterna e infinita una eterna idea de tu pueblo, Don Quijote mío? ¿Es que no hay una España celestial, de que esta España terrena no es sino trasunto y reflejo en los pobres siglos de los hombres? ¿Es que no hay un alma de España tan inmortal como el alma de cada uno de sus hijos?.

Y concluye preguntándose Unamuno:

¿Hay una filosofía española, mi Don Quijote? Sí, la tuya, la filosofía de Dulcinea, la de no morir, la de creer, la de crear la verdad. Y esta filosofía ni se aprende en cátedras ni se expone por lógica inductiva ni deductiva, ni surge de silogismos, ni de laboratorios, sino surge del corazón.

Bibliografía citada:

Cervantes, Miguel de: Don Quijote de la Mancha, Barcelona, Círculo de Lectores / Galaxia Gutenberg / Centro para la edición de los clásicos españoles, 2004, vol. I, pp. 1349. [Edición del Instituto Cervantes 1605-2005. Dirigida por Francisco Rico, con la colaboración de Joaquín Forradellas. Estudio preliminar de Fernando Lázaro Carreter].

Moraleja Juárez, Alfonso y Simancas Tejedor, Moisés: «Unamuno, Ledesma y Ortega: Visiones y espejismos de el Quijote», en Mora García, José Luis, Hermida de Blas, Fernando, Jiménez, Antonio y Agenjo Bullón, Xavier, eds.: Pensamiento español e iberoamericano. Una aproximación desde el siglo XXI: Actas de las VI y VII Jornadas de Hispanismo Filosófico, Madrid, Fundación Ignacio Larramendi-Asociación de Hispanismo Filosófico, 2007, pp. 247-269.

Simancas Tejedor, Moisés: «Ensayo de antropología filosófica en la novela Niebla de Miguel de Unamuno», Altar Mayor. Revista de la Hermandad del Valle de los Caídos, núm. 137, septiembre-octubre 2010, pp. 1260-1277.

Unamuno, Miguel de: «La vida es sueño. Reflexiones sobre la regeneración de España» (noviembre de 1898), en Obras escogidas. Ensayo, novela, teatro, poesía, Barcelona, Círculo de Lectores, 1987, pp. 40-48. [Prólogo y selección de José Luis Abellán].

Unamuno, Miguel de: «Plenitud de plenitudes y todo plenitud» (agosto de 1904), en Obras escogidas. Ensayo, novela, teatro, poesía, Barcelona, Círculo de Lectores, 1987, pp. 88-103. [Prólogo y selección de José Luis Abellán.]

Unamuno, Miguel de: Vida de Don Quijote y Sancho, Madrid, Alianza Editorial (Col. «El libro de bolsillo»/ «Biblioteca de autor/ Unamuno», núm. 0095), 2004, pp.317. [Completan este volumen el ensayo «El sepulcro de Don Quijote», publicado en La España moderna, en 1906; así como los prólogos a la segunda (1913) y tercera ediciones (1928). Introducción de Ricardo Gullón].


* Moisés Simancas Tejedor es doctor en Filosofía y Letras, profesor e investigador sobre Historia del pensamiento Español. Como complemento de este trabajo, ver Moraleja Juárez, Alfonso y SIMANCAS TEJEDOR, Moisés: «Unamuno, Ledesma y Ortega: Visiones y espejismos de el Quijote», en Mora García, José Luis, Hermida de Blas, Fernando, Jiménez, Antonio y Agenjo Bullón, Xavier, eds., Pensamiento español e iberoamericano. Una aproximación desde el siglo XXI: Actas de las VI y VII Jornadas de Hispanismo Filosófico, Madrid, Fundación Ignacio Larramendi-Asociación de Hispanismo Filosófico, 2007, pp. 247-269.

 
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