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Altar Mayor Nº - 141 (08)
Thursday, 19 May a las 16:01:04

Altar Mayor artículos REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 141  - mayo / junio de 2011

 

EL COMPROMISO DE VOTAR
Luis Buceta Facorro*



 
Siempre me ha llamado la atención la incapacidad que los humanos tenemos para aceptar a los demás. Con respecto a los españoles es evidente que tenemos un individualismo tan acervado que nos es difícil la coincidencia con otras personas y es posible que éste sea el motivo de la inexistencia de grupos sociales consistentes y fuertes, pues parece que en cuando surge una causa que consideramos noble y tratamos de buscar apoyos, el grupo inicial por cuestiones personales de aceptación o rechazo, en éste caso de rechazo, se convierte en pequeños grupos, que debilitan por su división. Sin embargo, todo el conocimiento psicosocial nos dice que la fortaleza de un grupo está en la cohesión entre sus miembros lo que implica una aceptación entre ellos. Es cierto que cuando compartimos con otras personas algo en común, máxime si es un objetivo de carácter social o político, amen de las diferencias en las formas en llegar a ese objetivo con eficacia que, lógicamente, han de producir diferencias de criterio, se produce siempre, cuando las personas interaccionan entre sí una corriente de más o menos simpatía con respecto a los otros e, incluso, en casos extremos, una corriente de antipatía manifiesta. Esto no debía ser causa de ruptura, pero, sin embargo, en muchos casos lo es.

Un grupo social es un conjunto de personas con un objetivo común y parece lógico que lo importante es el objetivo y las personas debemos estar al servicio de ese objetivo. Desgraciadamente, hay personas que piensan que ellos son lo fundamental de tal manera que sin ellos el objetivo no se alcanzará. Han subordinado el objetivo a su persona o personas y de esa forma se trastoca el orden de las cosas pasando a ser lo importante las personas y lo accesorio el objetivo, cuando las personas son el instrumento pero no el fin. Esto nos lleva a que los miembros de un grupo han de aceptarse entre ellos para conseguir cohesión, fortaleza, que les conducirá al objetivo propuesto. No sólo sucede, sino que es necesario suceda que haya diferencias y distintos puntos de vista dentro del grupo, pero esto, que es riqueza y fortaleza para el grupo, es interpretado, por algunos, generalmente una minoría que quiere imponer su criterio, como negativo para la vida del grupo. Así surgen las tendencias autoritarias, en las que unos quieren imponer sus ideas, exigiendo a los demás que las acepten. Sin embargo, el camino no es ese. Los grupos con vitalidad son aquellos en que se cumplen especialmente la condición de apertura para tomar decisiones, donde libre y sinceramente, se exponen todos los puntos de vista y propuestas y, con su formula, previamente aceptada, llegar a una decisión, tomada la cual es aceptada por todos los miembros y todos se ponen a trabajar en la dirección acordada. A unos le gustará más lo acordado y a otros menos, pero acordado, y mientras no se vuelva a plantear la cuestión, todos los miembros trabajan en una sola dirección. A esto hoy se le llama grupo democrático, pero en definitiva es un grupo abierto y participativo. El tener sentido de grupo es fundamental para el éxito del mismo.

Nunca vamos a estar todos de acuerdo en todo, lo cual sería la muerte del pensamiento y de la libertad personal. Siempre habrá diferencias de interpretación, de gustos y de deseos. Incluso en los grupos más elementales como son desde una pareja de enamorados a una relación familiar, hay y tiene que haber diferencias entre los miembros, pero éstas son accesorias o colaterales, como ahora se dice, con respecto al objetivo central que es el sentirse y querer estar unidos. La amalgama de ese estar unidos para una convivencia es el amor, que supone aceptación profunda y no simplemente estar juntos. Es la aceptación sentida del grupo que formamos y su objetivo, en este caso de convivencia compartiendo ilusiones, deseos, esperanzas y múltiples alegrías, que nos ayudan a compartir y superar las penas y dificultades. Y todo ello aceptándonos mutuamente las diferencias de personalidad de cada uno ante las circunstancias de cada momento. Se me puede objetar, y es cierto, que hay personalidades que chocan radicalmente y que eso puede producir una ruptura en la convivencia común. Salvo excepciones, que las hay, y evidentes, puede que la causa es que se tomarán decisiones sin sentido de la responsabilidad y con desconocimiento de lo que significa el compromiso de una pareja, de una familia, o grupo social. 

He acudido a estos grupos que son los más elementales de la sociedad, para mostrar que existen y existirán diferencias entre las personas, pero que esto no sólo no tiene que romper la convivencia, sino que la enriquece. Pero en ello han salido dos conceptos en los que no puedo entrar, pero que son clave para la permanencia y eficacia de todos los grupos sociales: responsabilidad y compromiso. Realmente ambos conceptos se imbrican entre sí: sin responsabilidad no hay compromiso y el compromiso implica responsabilidad. Una decisión acarrea compromiso si afecta inequívocamente al comportamiento posterior. En la vida social el compromiso también se produce por una situación en nuestros grupos sociales, a los que no hemos accedido por decisiones, sino que nos encontramos inmersos en ellos. Esto no implica que nuestras decisiones o situaciones necesariamente sean irrevocables, sino que tienen claras exigencias y consecuencias en el desarrollo posterior de los acontecimientos mientras la persona mantenga esa decisión o permanezca en esos grupos sociales. El compromiso implica y lleva consigo la obligación de actuar responsablemente, conscientes de nuestra responsabilidad y en caso de no hacerlo debemos responder del cargo u obligación moral y material. Nuestro diccionario de la Lengua dice que responder es «estar uno obligado u obligarse a la pena y resarcimiento correspondiente al daño causado o a la culpa cometida». En este sentido amplio esa pena o culpa puede ser estrictamente interior, un sentimiento por no haber cumplido con la obligación contraída. El compromiso está acompañado de la obligación de actuar responsablemente.

Tengo para mí que educar es formar en el sentido de la responsabilidad personal, especialmente ante uno mismo, no por las consecuencias u opiniones externas. La capacidad de autolimitarnos y dosificarnos en las apetencias y deseos supone sentido de la responsabilidad personal como elemento interior de nuestra personalidad. La pena exterior o las consecuencias externas, individual y socialmente puede ser un freno, pero el verdadero freno ha de estar en nuestro «yo», en lo que Freud denominó el «súper yo», que implica nuestra conciencia responsable. Comprendo que esto no es lo «políticamente correcto» que hoy se lleva, pero es hora de que digamos de una vez que la gran mayoría de lo «políticamente correcto» es un craso error y resulta totalmente incorrecto e inadecuado.

Pareciera que el compromiso tiene diferentes intensidades y efectivamente puede tenerlas pero ello dependerá de la decisión tomada y del grado de responsabilidad en la que la hayamos tomado. Parecería, también, que cuanto más cercanos estén aquellos a los que afecta la decisión, más intenso será el compromiso contraído. Sería como una serie de círculos concéntricos en cuyo centro estaría la pareja humana como célula inicial de la convivencia y, después, sucesivamente, la familia, los amigos, el grupo religioso, los diversos grupos sociales a los que pertenecemos, el grupo de trabajo; el municipio, la región, la nación, Europa, en nuestro caso, occidente y, por ultimo la humanidad, el mundo entero. Desde un punto de vista político-social, reitero que el compromiso será más intenso cuanto menor sea el grupo y si bien es verdad que la interacción más profunda se da en los grupos pequeños y las consecuencias, en nuestra vida intima, son más inmediatas y directas, lo es, también, que el compromiso es un hecho subjetivo y consiguientemente el sentimiento de responsabilidad. Esto explica que, a veces, con más frecuencia de la deseada, aunque tienen características distintas y son compatibles entre sí, el compromiso con el trabajo prevalezca en deterioro innecesario del compromiso con la familia. Otra cosa es que hay compromisos que, en circunstancias dadas, prevalezcan responsablemente sobre otros también sentidos y admitidos. Ejemplo es el cumplimiento del deber con la nación, en casos excepcionales como una guerra o una catástrofe natural como las que nos trasmiten las noticias todos los días. En estos días tenemos tragedias como las de Libia y Japón. En definitiva a efectos del grado de compromiso y de responsabilidad hay que tener en cuenta la subjetividad de la decisión. Claro es que inmediatamente estamos también ante el grado de libertad con que hayamos tomado la decisión: a mayor libertad mayor responsabilidad, a menos libertad menos responsabilidad.

El objeto de estas sencillas reflexiones, además de que puedan servir para nuestra vida privada e íntima, que es donde está el mayor grado de libertad personal, es advertir o llamar la atención sobre un aspecto de la vida pública que considero negativo y perjudicial para la normal y pacífica convivencia. Estamos comprometidos con la vida y el quehacer de nuestro municipio, nuestra región o comunidades autónomas, como nosotros las llamamos y, según el sistema de ordenación política se presentan ante nosotros diversas posibilidades de participación y dentro de ellas, disponemos de la libertad para escoger o no algunas de estas posibilidades. En un sistema democrático, los cauces de participación directa son los partidos políticos y, por descontado, disponemos de plena libertad para pertenecer a un partido y comprometernos con él. De la misma forma, otra de las opciones es la elección, mediante votación, de los sujetos que van a encarnar las instituciones y, según el sistema, van a ser nuestros representantes y van a tomar las decisiones, de obligado cumplimiento, que, nos gusten o no, nos afectarán en los diversos ámbitos de nuestra vida. Somos libres de votar o no votar, como lo somos si votamos para hacerlo al partido político que queramos. Pero, aunque no votemos, las futuras decisiones de los políticos van a obligarnos a determinados comportamientos y limitaciones que nos atañen inexorablemente. Y aquí surge la cuestión que quiero plantear.

Aunque no sea producto de una decisión personal, estamos comprometidos con nuestras comunidades de vida, por el hecho de pertenecer de pleno derecho a ellas, consiguientemente tenemos una responsabilidad con respecto a ellas, pues de un buen gobierno va a depender nuestra vida personal y la convivencia en esa comunidad. La pertenencia a un grupo lleva consigo el compromiso en la vida del mismo. Entiendo, pues, que moralmente es necesario la participación al menos en ese mínimo que constituye el voto que se produce cada varios años, que constituye la ocasión de escoger a las personas y las ideas más idóneas. Llegado a este punto surge otra cuestión. Efectivamente no elegimos personas, pero como son aquéllas que presentan los partidos en sus listas, lo que realmente elegimos son partidos, y, claro está, que como grupos sociales que son tienen unas ideas, unos objetivos y formas de hacer, por lo que es difícil que individualmente se pueda estar totalmente de acuerdo con ellas. Unas cosas nos parecerán bien, otras pasables y otras mal, y según el número y calidad de cada una de estas categorías aceptaremos o rechazaremos el partido correspondiente. De lo que estoy seguro es que, salvo los miembros del partido, que siempre han de superar las deficiencias, aceptando el grupo como tal, el resto de los ciudadanos estamos más o menos de acuerdo, pues debemos asumir la responsabilidad de pensar por nosotros mismos y tomar las decisiones que consideremos más adecuadas. Lo que entiendo que moralmente no es adecuado, aunque somos libres de hacerlo, es soslayar nuestra responsabilidad de participar. Ya sé que se me va a objetar que no votar también es una forma de participar, pero se puede responder que es una forma de participar negativa, porque lleva consigo consecuencias en los actos posteriores. No estoy defendiendo ni «arrimando el ascua a ninguna sardina», sino llamando la atención con el evidente compromiso y la responsabilidad que lleva consigo. Inmediatamente surge una nueva cuestión. Bien, consciente de mi responsabilidad quiero participar pero no estoy de acuerdo plenamente con ningún partido político. Ese encaje total que podemos buscar, prácticamente, no existe, se está más o menos de acuerdo, por lo que se puede votar por aquél con el que estemos más de acuerdo y que entendemos que puede llegar a gobernar o a participar realmente en el gobierno de nuestra comunidad. No se trata, como con frecuencia se oye, de votar al menos malo. Aunque los actuales partidos tengan mucho que desear, se trata de valorar el que puede ser más positivo para nuestra concepción de la vida y la convivencia. Ante nuestras ideas y deseos, frente a nuestra ideología, prevalece el bien común. Debemos votar al partido que aquí y ahora favorecerá más y mejor el bien común. Aquí sí que la libertad es absoluta y con ello el ejercicio responsable de ella. Así asumimos nuestro compromiso y responsabilidad, lo contrario, el no participar, representa soslayarlas por omisión, aunque ello no nos exime de asumir nuestra responsabilidad, ni de sufrir las consecuencias posteriores.


* Luis Buceta Facorro es Doctor en Ciencias Políticas, Licenciado en Derecho, y Catedrático.

 
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