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Altar Mayor Nº - 141 (07)
Thursday, 19 May a las 21:49:33

Altar Mayor artículos REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 141  - mayo / juniobrero de 2011

 

LA PATRIA IDEAL EN PÉREZ GALDÓS
Ricardo Martínez Cañas*



 
 
Galdós desarrolla expresamente su idea de la patria en Trafalgar, el primero de sus cuarenta y seis Episodios Nacionales. La presenta, pues, al iniciar su gran proyecto, en 1873, y parece proponerla como ideal imagen a la que tender desde la España real que se dispone a mostrar. Ya el título genérico de este grupo de obras, Episodios Nacionales, anuncia la «materia y finalidad patrióticas» que Galdós les atribuye en el primer capítulo de Amadeo I, publicado en 1910. Unafinalidadque se manifiesta además personalmente mantenida por Galdós el año 1909, en escrito leído en el mitin de constitución del bloque republicano-socialista (reproducido por Arturo Capdevila en El pensamiento vivo de Galdós), donde él mismo dice sentir un patriotismo ardiente desde la infancia.

Quizá no esté demás recordar, en cuanto a ese sentimiento, que Benito Pérez Galdós nació y creció en una familia de militares que participaron en la Guerra de la Independencia. Una presumible influencia a la que se une la de su personal e intensa vivencia de los hechos precursores y propios de la Revolución de 1868, referida por él mismo en sus Memorias, y la de sus profesores krausistas universitarios desde que, en 1862, vino a Madrid a estudiar Leyes. En todo caso, esta idea es objeto prioritario en sus desarrollos teóricos de conceptos tales como historia, patria y honor, que, según parece considerar Galdós, pueden contribuir especialmente a explicar y reorientar la perfectiva marcha histórica de que va a ocuparse.

Su referencia más amplia y conocida a la idea de la patria la desarrolla a través de Gabriel Araceli, protagonista de la primera serie de Episodios que, al recordar como supuesto narrador, ya octogenario, los diversos móviles de su comportamiento, afirma, en el capítulo I de Trafalgar: «sobre todos mis sentimientos domina uno, el […] amor santo de la Patria».Y, tras algunas fervorosas exclamaciones, concluye: «A este sentimiento consagré mi edad viril y a él consagro esta faena de mis últimos años, poniéndolo por genio tutelar o ángel custodio de mi existencia escrita, ya que lo fue de mi existencia real». Es decir, la faena histórica que afronta Gabriel/Galdós quiere dar vida escrita a la anterior vida real, y prestar con elloun servicio a la patria. Esa existencia escrita, esa Historia, nos ha de informar sobre qué es y cómo es la patria que produce el santo amor de Gabriel, pero también, y ello parece ser la fundamental finalidad del Galdós educador, cuál es el modo de perfeccionarla para que tienda a ser como se quiere que sea.

Situado ya en la cubierta del barco Santísima Trinidad, embargado por la emoción que le produjo la inminencia del combate de Trafalgar, «Por primera vez entonces[dice Gabriel/Galdós en el capítulo X de ese Episodio]percibí con completa claridad la idea de la Patria». Y acto seguido contrapone la visión que de la patria tenía el Gabriel anterior a aquella luminosa inspiración y los otros dos aspectos que entonces percibe y nosotros reproducimos a continuación para comentar en conjunto este texto principal:

Hasta entonces la Patria se me representaba en las personas que gobernaban la nación, tales como el Rey y su célebre Ministro [Godoy], a quienes no consideraba con igual respeto. Como yo no sabía mas Historia que la que aprendí en la Caleta [continúa Gabriel], para mí era de ley que debía uno entusiasmarse al oír que los españoles habían matado muchos moros primero, y gran pacotilla de ingleses y franceses después. Me representaba, pues, a mi país como muy valiente; pero el valor que yo concebía era tan parecido a la barbarie como un huevo a otro huevo. Con tales pensamientos, el patriotismo no era para mí más que el orgullo de pertenecer a aquella casta de matadores de moros.

Pero (en) el momento que precedió al combate comprendí [explica]todo lo que aquella divina palabra significaba, […]. Me representé a mi país como una inmensa tierra poblada de gentes, todos fraternalmente unidos; me representé la sociedad dividida en familias, en las cuales había esposas que mantener, hijos que educar, hacienda que conservar, honra que defender; me hice cargo de un pacto establecido entre tantos seres para ayudarse y sostenerse contra un ataque de fuera, y comprendí que por todos habían sido hechos aquellos barcos para defender a la Patria, es decir, el terreno en que ponían sus plantas, el surco regado con su sudor, la casa donde vivían sus ancianos padres, el huerto donde jugaban sus hijos, la colonia descubierta y conquistada por sus ascendientes, el puerto donde amarraban su embarcación fatigada del largo viaje, el almacén donde depositaban sus riquezas; la iglesia, sarcófago de sus mayores, habitáculo de sus santos y arca de suscreencias; la plaza, recinto de sus alegres pasatiempos; el hogar doméstico, cuyos antiguos muebles, transmitidos de generación en generación, parecen el símbolo de la perpetuidad de las naciones; la cocina, en cuyas paredes ahumadas parece que no se extingue nunca el eco de los cuentos con que las abuelas amansan la travesura e inquietud de los nietos; la calle, donde se ven desfilar caras amigas; el campo, el mar, el cielo; todo cuanto desde el nacer se asocia a nuestra existencia, desde el pesebre de un animal querido hasta el trono de reyes patriarcales; todos los objetos en que vive prolongándose nuestra alma, como si el propio cuerpo no le bastara.

Yo creía también [añade Gabriel] que las cuestiones que España tenía con Francia o con Inglaterra eran siempre porque alguna de estas naciones quería quitarnos algo, en lo cual no iba del todo descaminado. Parecíame, por tanto, tan legítima la defensa como brutal la agresión, y como había oído decir que la justicia triunfaba siempre, no dudaba de la victoria. Mirando nuestras banderas […] me acordé de Cádiz, de Vejer; me acordé de todos los españoles, a quienes consideraba asomados a una gran azotea, contemplándonos con ansiedad; y todas estas ideas y sensaciones llevaron finalmente mi espíritu hasta Dios, a quien dirigí una oración que no era Padre-nuestro ni Ave-María, sino algo nuevo que a mí se me ocurrió entonces.

Es notable que en la primera y tercera partes de este texto se emplean nombres propios, se habla de patrias concretas: España, Francia Inglaterra, etc. En la segunda, por el contrario, sólo se utilizan nombres comunes. Es un texto aplicable a cualquiera de las patrias que comparten los valores humanos integrados en este concepto. Integra valores relativos a la patria con nombres como nacionalidad, tierra, gentes, pacto, creencias, reyes, calles, caras amigas, familias, hijos, abuelas, cocinas…, sin determinar a qué patria corresponden, aunque la expresión mi país que Gabriel utiliza, suemoción y la situación de continuidad entre la primera y tercera partes hacen notar que él piensa en España.

Señalemos también que el rechazo de Galdós hacia la idea de la patria limitada al rey y a sus ministros, cabezas visibles de un cuerpo social anónimo que sólo figura en las batallas, y que en el caso de España no pasaba de ser una casta de valientes matadores de moros, está implícita en su general rechazo a la historia entonces habitual. En ella, tras condenar lo que de realidad hubiera en ese bárbaro valor que antes producía su orgullo patrio, se asocian las ideas de patria e Historia explicando que tan limitada visión de Gabriel resultaba DE que éste no sabía más Historia que la que aprendió en la Caleta.

La idea de patria que incluye el segundo apartado es algo distinto y mucho mayor. Todos esos elementos que en él se enumeran forman una especie de cuestionario de lo que Galdós suele interrogar a la Historia para conocer y mostrar cada patria concreta. Según puede verse en nuestro artículo sobre El concepto de Historia en Pérez Galdós, su plasmación novelesca y su proyección educativa (publicado en el Cuaderno I, año 1996, del Boletín de la Real Academia de la Historia), Galdós reitera en su primer Episodio de cada serie –además de en otros lugares– que la Historia, como la patria y la sociedad a que corresponda, debe ser estudiada en su totalidad natural, como se da en la vida. Así, por ejemplo, en el capítulo VI de El equipaje del rey José dice: «Si en la Historia no hubiera más que batallas; si sus únicos actores fueran las personas célebres, ¡cuán pequeña sería! Está en el vivir lento y casi siempre doloroso de la sociedad, en lo que hacen todos y en lo que hace cada uno». Está especialmente, añade, en «la vida interna», que había permanecido «obscura, olvidada, sepultada», mientras la historia oficial solía ocuparse de las grandes batallas y de los empalagosos cuentos de reyes y dinastías, que agitan al mundo con sus riñas y sus casamientos, excluyendo de ella a «otros grandes actores del drama de la vida».

Observemos que esta democratización galdosiana de la atención histórica no sólo se extiende a todos los hombres, sino también a los hechos cotidianos, a la vida interna, y parejamente a la idea de la patria. Ésta debe integrar en la imagen de su ser, y de su cotidiano vivir, a todos los actores del drama de la vida con los hechos, extraordinarios o no, que les son propios, como se dan en la realidad vivida. Es la imagen que evocan esas sencillas cosas antes enumeradas en el segundo apartado, que están en la base de ese pacto establecido sobre su tierra por todas esas gentes que la pueblan y trabajan, para ayudarse a garantizar el conjunto.

Por otra parte, junto a esa democratización en el disfrute, defensa y garantía de todo ese conjunto de bienes, creencias y valores, en la idea de la patria señala Galdós el valor de lo afectivo y solidario. La muestra como un ámbito ideal, logrado o no, de lo paternal, acogedor y amable. Un ámbito en cuya defensa y comportamientos internos se atiende, más que al poder ordenador y coactivo del Estado, al compromiso voluntario y al deber de solidaridad; a ese estar todos fraternalmente unidos, ese voluntario ayudarse y sostenerse mutuamente, ese amor a los padres, familiares, vecinos y lugares, esa armonía con cuanto nos rodea, cual si fuera una prolongación de nuestro propio ser. Se muestra como un ámbito propicio a que cada individuo alcance su desarrollo pleno, su realización. Hecho éste que enriquece a su vez al conjunto y a otras partes y los prepara para mayores perfecciones, en una especie de círculo virtuoso. Esta patria es, en suma, una aspiración, un ideal modelo al que tender. Especialmente desde esa España real tan desgarrada por enfrentamientos y guerras civiles, cuya imagen se disponía a mostrar Galdós en 1873.

Cabe destacar también que en esa idea de Gabriel/Galdós, inspirada ante aquella inminente batalla naval, no se muestra ningún afán belicista ni orgullo patriotero. Se condena en primer lugar, según hemos visto, el bárbaro orgullo de matadores de moros y de franceses e ingleses a que se refiere Gabriel en la primera parte de sus texto, y, en la segunda, su ideal imagen de la patria contiene un pacto hecho entre todos para ayudarse y sostenerse contra un ataque de fuera, no para atacar ni dominar. Y lo mismo hay que decir de su tercera parte, ya que la lucha española de aquel día no es de ataque, sino de tan legítima defensa como brutal era la agresión;  y  Gabriel confía en la victoria porque había oído decir que la justicia triunfa siempre,  no por ser más fuertes o valientes. España se muestra luchando para restablecer la Justicia en sus relaciones con otras patrias. De ahí que esta acción no sólo se somete al juicio de todos los españoles, que se suponen observando ansiosamente la batalla, sino también al de Dios, a quien Gabriel reza y ante quien parece buscarse la referencia última de todo bien hacer.

Resulta, pues, que el ideal de patria que Galdós muestra en su texto no sólo es aplicable a la vida interna, sino que se extiende también a sus relaciones con otras patrias. Ya esta actitud, previa a la batalla, se orienta en este sentido, pero cobra especial importancia, como ahora veremos, en lo dicho tras ella respecto a la conveniencia de que las distintas patrias colaborasen en lugar de hostilizarse.

Inicialmente se hace notar la contraposición y competición entre patrias cuando Gabriel, viendo a los ingleses «arriar la bandera» española y poner la suya en el vencido barco español Santísima Trinidad, dice, en el capítulo XI: «La idea de un orgullo abatido, de un ánimo esforzado que sucumbe ante fuerzas superiores, no puede encontrar imagen más perfecta para representarse a los ojos humanos», si bien los mil agujeros de aquel glorioso lienzo español atestiguaban la honra de sus defensores.

Pero tras ello se observa que Gabriel reflexiona y se da cuenta de que los ingleses no eran, como dice haber pensado siempre, «verdaderos piratas o salteadores de los mares, gentezuela aventurera que no constituía nación y que vivía del merodeo», sino que, viendo el orgullo, gozo y satisfacción que les causaba el «haber apresado el más grande y glorioso barco que hasta entonces surcó los mares, pensé [dice en el capítulo XII] que también ellos tendrían su patria querida, que ésta les habría confiado la defensa de su honor; me pareció que en aquella tierra, para mí misteriosa, que se llamaba Inglaterra, habían de existir, como en España, muchas gentes honradas, un rey paternal, y las madres, las hijas, las esposas, las hermanas de tan valientes marinos, los cuales, esperando con ansiedad su vuelta, rogarían a Dios que les concediera la victoria». Se abre así paso la idea de que los hombres de las diversas patrias compartimos ciertos sentimientos y valores cuya común defensa puede facilitar la colaboración para el logro del bienestar y perfeccionamiento humano.

Es notable que, junto al particular sentimiento patrio, junto al orgullo por ser los mejores y salir victoriosos, Gabriel/Galdós señala con simpatía el bien hacer en la delicada cortesía con que los oficiales ingleses trataban a los nuestros y éstos correspondían (cosa que en el buque Santa Ana dice echar de menos); y valora especialmente el humanitario empeño inglés por salvar a los heridos españoles y a sus barcos, pero a la vez señala también su simultáneo particularismo nacional diciendo y reiterando que «Los ingleses tenían gran empeño en ello [en salvar el barco], porque querían llevar por trofeo a Gibraltar el más grande navío hasta entonces construido» (Capítulos XII y XIII).

Esa dualidad de sentimientos se hace aún más notable porque Galdós llama la atención del lector sobre estas reflexiones filosóficas del joven Gabriel, anunciándolas como curiosas, para destacar que españoles e ingleses, que el día anterior se mataban en horrenda lucha, fraternizaban, amparándose unos a otros en el común peligro. Y viendo Gabriel como remaban juntos, con iguales muestras de terror o de esperanza y con el mismo «santo sentimiento de humanidad y caridad, que era el móvil de unos y otros», se pregunta: «¿Para qué son las guerras, Dios mío? ¿Por qué estos hombres no han de ser amigos en todas las ocasiones de la vida como lo son en las de peligro? Esto que veo, ¿no prueba que todos los hombres son hermanos?» (Cap. XIII). Y esta fraternización y actitud humanitaria, que resaltamos con cursivas, es igualmente destacada y loada por Galdós en el capítulo XVI al señalar, «en honor del pueblo de Cádiz, […] que jamás vecindario alguno ha tomado con tanto empeño el auxilio de los heridos, no distinguiendo entre nacionales y enemigos, antes bien equiparando a todos bajo el amplio pabellón de la caridad». Acto generoso que, a su vez, el inglés «Collingwood consignó en sus memorias». Y de nuevo se plantea Gabriel/Galdós: «¿No es triste considerar que sólo la desgracia hace a los hombres hermanos?».

Es decir, si los hombres son sustancialmente iguales, como mostraban entonces sus rostros y comportamientos, si tienen muchos valores comunes, si se muestran hermanados ante el peligro común, ¿por qué no habían de estarlo para colaborar en la común convivencia y progreso, en todos los aspectos del perfeccionamiento humano? Y Galdós pone la respuesta en el mismo Gabriel, cuya esperanza vacila al ver que «esto de que las islas [(las naciones)] han de querer quitarse unas a otras algún pedazo de tierra, lo echa todo a perder». Ello se debe, viene a explicarse, a la existencia de hombres muy malos, culpables de estas guerras y de sembrar el odio entre las naciones para mandar o hacerse ricos, y concluye esperanzado: «esto no puede durar: apuesto doble contra sencillo a que dentro de poco los hombres de unas y otras islas se han de convencer de que hacen un gran disparate armando tan terribles guerras, y llegará un día en que se abrazarán, conviniendo todos en no formar más que una sola familia». Pero Galdós, considerando al parecer que, como mostraba la Historia, aquello sí podía durar, que, si se resolvía, no sería dentro de poco, pone el siguiente comentario en boca del Gabriel que, ya octogenario, recuerda aquellas reflexiones: «Así pensaba yo. Después de esto he vivido setenta años, y no he visto llegar ese día»(Cap. XIII).

Estas reticencias del Gabriel octogenario respecto de sus esperanzadas ilusiones juveniles parecen corresponderse con las del propio Galdós respecto de algunas predicciones y planteamientos de sus coetáneos krausistas madrileños. Reticencias que, acentuadas y reflejadas luego en algunas otras obras, darán lugar a la dura crítica que, en 1878, le lanza Francisco Giner de los Ríos, en su Sobre La familia de León Roch, por el desacuerdo que con su krausismo mostraba en dicha obra Galdós, más atento que ellos a la influencia de las pasiones y de la Naturaleza en general sobre la conducta humana.

Ello no obstante, lo que Gabriel/Galdós dice en Trafalgar sobre la patria viene a coincidir en gran parte con lo dicho por los krausistas coetáneos. Su afinidad se nota inmediatamente al recordarlo y cotejarlo con el contenido del Ideal de la Humanidad para la vida que, traduciendo tres textos de C. Chr. F. Krause, publicó Julián Sanz del Río en 1860 –sólo dos años antes de que Galdós llegara a Madrid–, y reeditaron sus discípulos en 1871, cuando Galdós preparaba su Trafalgar.

El santo amor a la patria, la convivencia fraternal que en ella propugna Gabriel/Galdós, con su posible extensión a las relaciones con otras patrias, evocan lo dicho reiteradamente por Sanz del Río en su Ideal de la Humanidad sobre el histórico paso del Estado-familia al Estado-pueblo, sobre el amor patrio que el hombre bien sentido ha de profesar a esta «su segunda mayor familia», que, por ser «fuente inagotable de nuevos vínculos y de progreso humano», conviene ir completando, en sucesivas fases del perfeccionamiento humano, con sucesivas ampliaciones. Además, «El buen ciudadano honra y ama su patria como un coordenado y digno miembro del pueblo humano en la tierra; la cultura, las costumbres y la historia de su pueblo son preciosas a sus ojos, como parte no indiferente de la cultura, las costumbres y la historia de toda la humanidad»; y cada pueblo debe cumplir «su parte de concurso con los demás coordenados en la humanidad para el cumplimiento de las grandes obras históricas y la reunión definitiva de todos en un pueblo terreno» (Apartado X de su Introducción y Cap. IV, apartado 55).

Aun limitándonos, por razones de brevedad, a estos textos, cabe añadir, respecto a esa obligación de cada patria o pueblo de aportar su parte para las grandes obras históricas y su final reunión de todos, que Galdós, según hemos visto, no sólo señala en su Trafalgar que España lucha por la Justicia, que procura la conciliación humanitaria y colabora en el común salvamento, sino que reitera, como mérito de la patria española, que el navío español Santísima Trinidad era el mayor hasta entonces construido. Y en el capítulo XIII hace notar, como ejemplo de solidaridad humana para el común progreso, que en 1805 los ingleses, conocedores de Churruca por la fama de su valor y entendimiento, mostraron gran pena ante su cadáver, y que uno de ellos dijo: «Varones ilustres como éste, no debían estar expuestos a los azares de un combate, y sí conservados para los progresos de la ciencia de la navegación». Y todos juntos le rindieron homenaje y se mostraron en sus exequias «caballeros, magnánimos y generosos». Es decir, los ingleses honran al español por su aportación científica al común acervo humano; y Churruca, que es parte y motivo de honor de la patria española, lo es también para todos los hombres, que comparten con él su condición humana. La colaboración y meritorio aporte español al progreso científico de la Humanidad, se destaca y valora también por Galdós en la aplicación del vapor y el acorazado de hierro a la navegación. Estos progresos, que en 1805 habían parecido al joven Gabriel disparatadas ocurrencias del supuesto charlatán Malespina, se hicieron realidad pocos años después, según dice, «en nuestra gloriosa fragata Numancia», lo cual hace reflexionar al Gabriel octogenario, que desde entonces se promete no condenar «en absoluto ninguna utopía» (Cap. XV).

Las utopías, parece decir Galdós, atento siempre a las enseñanzas de la Historia, sólo son tales hasta que se hacen realidad. Esta realización de utopías, estas aportaciones al progreso humano, se van incorporando con la Historia a la imagen que cada patria se construye, como cada individuo, con sus actos. De ello resulta que cada patria, siendo substancialmente la misma, cambia en lo accidental su imagen con las circunstancias. La de España viene a resumirla Galdós en su antes aludido escrito del 5 de octubre de 1909, leído en el mitin de constitución del Bloque, cuando, dirigiéndose al emblemático león de la Patria, exclama: «Tú que fuiste siempre el emblema del valor, de la realeza, de la gloria militar y de la gloria artística; tú que fuiste el Cid, el Fuero Juzgo, la Reconquista, Cervantes, la espada y las letras, no olvides que en el giro de los tiempos has venido a ser la ciudadanía, los derechos del pueblo, el equilibrio de los poderes que constituyen la Nación. […] Considera, león mío, que no sólo eres hoy emblema de la ciudadanía, sino del trabajo. Eres fuerza creadora de riqueza, colaborador en la grande faena creadora del bienestar universal, eres la cultura de todos, la vida fácil de los humildes, la serenidad de las conciencias».

Una enumeración de realizaciones que caracterizan, y en esta selección honran, a la Patria en que se han producido. A esas realizaciones cabría añadir el descubrimiento de América, la primera vuelta al mundo, la dignificante Guerra de la Independencia y tantas otras que, según se muestra en nuestro antes citado artículo sobre «La idea del honor en Pérez Galdós», señala éste en otros lugares. Pero, más que estas honrosas empresas particulares de España, queremos destacar ahora su condición de colaborador en otras que, por ser propias de ámbitos más amplios, han de hacerse en común y contribuyen también a esa faena u objetivo de lograr el bienestar universal, que marcamos con cursiva. Esta parece ser, junto al logro de la dignidad y bienestar internos, la gran utopía perseguida en común por Galdós y por los krausistas. Es evidente que el bienestar universal está muy lejos de lograrse, pero, si bien se mira, muchas de las actuales organizaciones e instituciones, supranacionales o plurinacionales, inexistentes entonces (CEE, ONU, OMS, UNESCO, etc., etc.), parecen marcar una tendencia hacia esa fraternal colaboración de las distintas patrias, cual si fueran individuos de esa sola familia que pronosticaba el joven Gabriel, y/o hacia esas sociedades humanas especializadas que, según el citado Ideal, habían de concertarse, como dignos miembros coordenados del pueblo humano en la Tierra, para avanzar más rápidamente en economía, paz, salud, ciencia, educación, arte, moral, etc., e ir logrando más altos niveles de bienestar y perfección en los sucesivos y diversos ámbitos de convivencia.

Hoy, cuando la Tierra se ve ya como una aldea global, cuando la difusión de ideas y las relaciones entre patrias son, más que posibles, inevitables, la faena está en lograr que tales relaciones sean justas y se orienten al perfeccionamiento humano, entendiendo que, según se reitera una y otra vez en el tan citado Ideal y parece apoyar Galdós, el destino de la vida histórica de la Humanidad y su última perfección, tiene a Dios como referencia. Hasta podría decirse que el progreso científico, el avance en el saber, va dando lugar a que la Humanidad, siempre dentro de su finitud, participe un poco más que antes de la predicada omnisciencia divina; y este saber más da lugar a un poder elegir y hacer más cosas: por ejemplo volar, curar, climatizar, ver y oír por televisión, radio o Internet, en un instante, lo que ocurre en distintos lugares lejanos de nosotros y ser vistos y oídos en ellos, lo cual no sólo se asemeja un poco más a la omnipotencia divina, sino también a su omnipresencia. Ese progreso científico hace, además, de la Tierra un ámbito necesariamente compartido en comunicaciones, en defensa ecológica y sanitaria,… y en muchos otros ejemplos de bienes naturales y artísticos que poco a poco se van declarando Patrimonio de la Humanidad. Ello conlleva una tendencia a la común defensa de estos bienes compartidos, lo cual prefigura en cierto modo, y en este campo concreto, esa común patria terrena o sola familia humana aglutinadora de las distintas patrias preexistentes.

Sólo que, como lamenta Galdós en su carta publicada el 18-V-1884 en La Prensa de Buenos Aires, «los resultados prácticos del progreso más que en el orden moral se patentizan en la cultura y en el desenvolvimiento científico». Por ello se hacía preciso, como ahora, extender el progreso a la perfección de que son imagen esos hechos virtuosos que la Historia nos muestra, según suele decir Galdós al recomendarlos imitar. Está por conseguir todavía, en la vida interior y en las relaciones de las patrias, esa convivencia fraternal, esa sugerida práctica de la virtud, ese hacer el bien por el bien, ese sentido del honor en la conciencia que Galdós valora tanto –según se muestra en nuestro ya aludido artículo sobre «La idea del honor en Pérez Galdós»; ha de procurarse, en todo orden de cosas, esa obra bien hecha por el perfeccionamiento, utilidad y belleza, que de ello resulta. Son muchas y terribles las cosas abominables que todavía deben ser corregidas y muchos los ensayos y rectificaciones que para ello cabe prever. Pero, pese a sus estancamientos, y aun retrocesos, las patrias, y la Humanidad en su conjunto, parecen hallarse en el –muy largo– camino tendente a ese bienestar universal y dignificante perfeccionamiento humano que Galdós propone como meta y propicia con su estimulante obra.


Ricardo Martínez Cañas es Doctor en Historia. Ex profesor de la Universidad Complutense de Madrid.

 
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