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Altar Mayor Nº - 141 (05)
Tuesday, 24 May a las 13:42:51

Altar Mayor artículos REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 141  - mayo / junio de 2011

 

LUYS DE SANTAMARINA Y JOSÉ ANTONIO PRIMO DE RIVERA
José Mª García de Tuñón Aza*



 
 
Luys Santa Marina declaraba un día que era montañés y de vieja familia montañesa. Nació en Colindres (Cantabria) el 4 de enero de 1898. Comenzó Derecho en la Universidad de Oviedo, pero lo dejó porque no le gustaba. Un buen día se instala en Barcelona donde encuentra trabajo en un negocio de publicaciones que era de unos parientes suyos: los Canosa Gutiérrez. En esta ciudad pasó la mayor parte de su vida y murió en ella el día 15 de septiembre del año 1980. En 1924 publica su primera obra que llevará por título Tras el águila del César. Elegía del Tercio (1921-1922), que «vino a ser prohibido tanto por la Dictadura como por la Dictablanda, igual por la República que por el Estado nacido un 18 de Julio». Así pues, esta prohibición parece, a primera vista, una «sentencia»difícil de entender, y que, sobre todo, haya podido salir de ese Estado, pero esta medida, fuera de toda lógica, tampoco debiera sorprender a nadie porque algunos textos del mismo José Antonio Primo de Rivera ya habían sido prohibidos en 1937, incluso antes de la Unificación. Después vendrían otros títulos como Tetramorfos, y Domus, que siguen la misma línea. Labras heráldicas montañesas, que demuestra su interés por la Heráldica, y Estampas de Zurbarán, etc.Era también un buen poeta cuyos poemas están recogidos, en su mayoría, en sus dos únicos libros: Primavera en Chinchilla (año 1939) y el que tituló Halladas (año 1940). En la ciudad condal funda y dirige en 1932 la revista literaria Azor (resucitada después de la Guerra Civil), en la que colaboraría el novelista, autor teatral, crítico y poeta Max Aub, gran amigo suyo a pesar de las diferencias que podía haber entre ambos desde el punto de vista político.

Algunos amigos lo recuerdan en las tertulias nocturnas del Lyon d’Or que el propio Luys presidía y que solían tener continuación en los Caracoles, donde asistían los que más tarde fueron académicos, el citado Martín de Riquer, Guillermo Díaz Plaja y José María de Cossío, cuando iba por Barcelona. También otros como Max Aub, Samuel Ros, José Jurado, Javier de Salas –que llegó a ser director del Museo del Prado–, etc. Por otra parte, Santa Marina cuando iba por Madrid, una vez finalizada la guerra, vuelve a «La Ballena Alegre, tan llena de recuerdos» de aquellos días, no tan lejanos, que había pasado en aquel lugar cuando aún vivía José Antonio; evoca las pinturas que allí vio siempre: el banquete jovial de arponeros y mozas rubicundas, la nave alterosa de castillos, el burlón cetáceo con sus dientes de sierra. Ve que las cosas siguen cada una en su sitio, el espejo mágico para ver fantasmas, la fragata colgada del techo marcando rumbos y rumbos, las mismas mesas, los mismos divanes y, «cerca de la esquina, su sitio preferido». Santa Marina tiene la sensación, cada vez que por allí va, de que ve a José Antonio «inclinado hacia delante en aquel nordismo que tanto le placía». Inmóvil quedaba mirando al vacío, y cuando más absorto se encontraba, se acerca el camarero y le dice: «Usted venía cuando don José Antonio», y sin alzar la mirada, ni darse cuenta tan siquiera de quien le hablaba, contesta de manera distraída: «Sí…».

El compromiso que Santa Marina tenía con Falange, a la que consideró como la gran generadora de España, le lleva a tener contactos con falangistas que se ocupaban de cuestiones políticas como era el caso de José María Fontana con quien realiza reuniones con miembros de la CNT por orden de José Antonio Primo de Rivera. Dato éste que pocas veces quiere ser reconocido por muchos historiadores a pesar de las evidencias que existen de la corriente de simpatía que hacia los anarco-sindicalistas moderados sentían los falangistas de aquella época. Esa simpatía también era propia de Santa Marina y así lo demostró intentando salvar –consiguiéndolo en algún caso– la vida a muchos de ellos y a uno en especial –como veremos más adelante– que había sido ministro durante la República. «Defendió –nos dice Rafael García Serrano– a los viejos cenetistas, muchos de ellos amigos suyos, ante la justicia nacional». Pero también le valieron estos actos para que una vez terminada la guerra fuera combatido por la oligarquía. Sin embargo nada le importaba, él seguía impertérrito con sus hechos pensando en los falangistas de primera hora perdidos por todas las tierras de España y a los que dedicaba su lucha diaria. Estaba derrotado, pero no vencido, y seguía su caminar para que no le ahogara la suciedad y la cochambre.

José Antonio se interesó siempre por los contactos que los falangistas catalanes llevaban a cabo con estos militantes sindicalistas. En cierta ocasión, se reunieron con Ángel Pestaña, del que Luys era amigo, e incluso se reunió aquél con José Antonio después de haber insistido el jefe de Falange a tener un cambio de impresiones con el líder anarquista: «Pestaña se mostró remiso en principio a atender esos requerimientos, pero tras algunos rechazos, accedió a acudir a la cita, preparada por Sancho Dávila, primo de José Antonio, si bien a título personal». Este tipo de contactos que alguna vez tomaba José Antonio, le valieron para que la derecha zafia de siempre –a la que Santa Marina llamaba «cabecihueros»– llegara a la provocación en forma de desprecio, e incluso, «sin haberle escuchado ni leído, llamáronle bolchevique», escribe Luys Santa Marina. Se podían poner más ejemplos del acercamiento de José Antonio con otros líderes izquierdistas. Teodomiro Menéndez, socialista, uno de los cabecillas de la Revolución de Asturias, declaraba un día: «José Antonio y yo nos sentamos juntos en la Cámara y pronto nos hicimos amigos. Comentábamos los debates del día, hablábamos de cualquier cosa. Recuerdo que siempre me decía: “Teodomiro, si no fuese por sus ideas religiosas qué cerca estaríamos ustedes y yo en la política. En el fondo todos queremos lo mismo”. Y era cierto».

Por otro lado, la bibliografía sobre posibles o hipotéticas relaciones de José Antonio con líderes anarquistas o gentes de izquierdas es extensa. El que fue ministro de Justicia con Largo Caballero, Juan García Oliver, líder del movimiento obrero, ha dejado escrito: «Prieto se sentía colindante con Falange. De haber vivido José Antonio Primo de Rivera, aquel fascista (sic) sui generis (subrayado en el original) que buscó contar con Pestaña y con Prieto, seguro que hubiera tratado de asociarse con los falangistas para ir contra Franco. Pero las “camisas viejas” carecían de prestigio y de jefe».

También el líder anarquista Diego Abad de Santillán, leonés de nacimiento, regresó a España en 1976 después de un largo exilio en Argentina, encontrándose, al pisar tierra española, con casi una absoluta incomprensión en el momento en que otros más aprovechados, y que él había tenido por amigos, estaban tomando posiciones para encaramarse en el Poder que ahora veían cada vez más cerca. Falleció en la ciudad de Barcelona el 18 de octubre de 1983 y sus cenizas fueron esparcidas sobre la nieve de su pueblo natal de Reyero (León) el 5 de enero de 1984 con la escasa asistencia de sólo media docena de personas. Abad de Santillán, «uno de los más respetados intelectuales», fue muy posiblemente el anarquista que mejor ha tratado a José Antonio, no sólo desde el punto de vista político, sino también intelectual pues llegó a reconocer que la concepción sindicalista que tenía Primo de Rivera fue desvirtuada más tarde por quienes  usurparon su doctrina convirtiéndose éstos, como muy bien escribió Carmen Martín Gaite, «en inoperantes corifeos del ganador glorioso de la Guerra, que, vestidos con camisa azul y saludando brazo en alto, ostentaba el mando del viejo partido, titulado ahora con un nombre más largo».

La concepción sindicalista de la mayoría de los falangistas pudo haber servido para salvar la vida de un anarquista que había sido ministro con Largo Caballero durante la II República. Era Juan Peiró que lo fue de Industria y que, evadido de España al terminar la guerra civil, fue hecho prisionero, en el pueblo de Chablis (Francia), por gendarmes galos que lo entregan a la Policía alemana trasladándolo después a la localidad de Tires (Alemania) para ser cedido más tarde a las autoridades españolas que lo habían reclamado. Una vez en España, es juzgado por un tribunal Militar en la ciudad de Valencia que lo condena a muerte y es fusilado el 24 de julio de 1942. Pero este juicio merece un poco más de atención, por una serie de circunstancias en las que participa Luys Santa Marina.

Efectivamente, hubo mucho interés, por parte de los falangistas, que Juan Peiró pudiera salvar la vida. Así lo reconoce el abogado Francisco Pérez Verdú que como tal ejerció su profesión en la zona roja durante la guerra civil y que en un libro, del que es autor, refiriéndose al cántabro, dice que éste «era por aquella época uno de los jefes de la Falange de Barcelona, no puedo precisar en qué grado, y de los más representativos y ostentosos. Como escritor publicó algunas obras de aceptable dignidad literaria. Fue uno de los que intervino activamente en la defensa de Peiró». En efecto, el interés de Santa Marina por salvar la vida del anarco-sindicalista es, de igual forma, recogido en el libro que escribió el hijo del propio Juan Peiró, José, quien reproduce una carta que, desde Caracas, con fecha 12 de noviembre de 1944, le escribe el abogado Luis Serrano, defensor a su padre, donde le relata el momento de la cena que tuvo con Luys Santa Marina el día antes del juicio y en donde estaba también presente el médico Adolfo Rincón de Arellano. Esta reunión tenía por objeto preparar la actuación y ponerse de acuerdo para no fallar en las preguntas que como testigo a favor de Juan Peiró le iba a formular el abogado de la defensa, el citado Luis Serrano. Al día siguiente, durante el juicio, el presidente del Tribunal, preguntó –siguiendo con la carta de Luis Serrano– a Santa Marina: «Ha dicho Vd. a preguntas de la defensa, que fue condenado por tres veces a muerte. Puede decir a este Tribunal y a esta Presidencia, ¿por qué no fueron ejecutadas esas sentencias?». Iracundo, Santa Marina respondió: «Sí, la primera y la segunda porque me salvaron los intelectuales de Cataluña, y la tercera, porque cuando iba a ser trasladado de Valencia a Barcelona, cortaron el frente las fuerzas nacionales, al romperlo por Castellón, dejándonos incomunicados con Cataluña». Más tarde, cuando la sentencia a muerte ya era firme, Juan Peiró dirigiéndose a Santa Marina, le dijo: «Gracias por todo. Esté usted tranquilo, pues la Falange ha cumplido con su palabra».

Santa Marina fue, sin lugar a dudas, uno de los que comprendieron a José Antonio. Jamás se situó entre los que esperaron repartirse las ganancias. Supo interpretarlo y cuando lo recuerda dice que entró en él más por el corazón que por el cerebro, convenciéndole siempre «el primero en todo, y con aquella cordialidad tan suya, tan española, aquel compartir el peligro y el pan con su gente, y saber el nombre de todos, y tratarlos siempre como hermanos, quitándose el bocado de la boca para dársele, lo mismo que trajano hacía». El fundador de Falange estuvo siempre presente en él, en su obra, en su manera de ser y actuar, no dejando nunca de reconocer lo mucho que penetró en él:
Mucho nos enseñó. Fue lo primero
juntar los derramados por el suelo
sagrado, en escueto haz –acero y vuelo–
desdén por todo lo perecedero.
Y nuestro amargo barro y altanero
aceptó el arduo yugo, y el desvelo
de la noche estrellada, y el anhelo
de abnegación con hito de lucero.
Y pasó el tiempo eterno y breve. Un día
subió a lo alto a contemplar España
total, inmensa –solana y umbría–.
Y con su fin transustanció la huraña
y señera soberbia en temple ardiente,
a la obediencia o mando indiferente.
En alguna ocasión hemos leído que Santa Marina parecía un catedrático de griego. Parecía un soldado raso. Parecía un falangista de filas. Y era todas estas cosas y muchas más; un hombre bueno y un buen escritor. Era duro y era tierno. Era capaz de jugarse la vida por una idea y se la jugó. Fue fiel a su Falange. Lo fue también a José Antonio a quien siempre tuvo en su recuerdo de tal forma y manera que él solía llamar El tenaz recuerdo, título que puso a la siguiente poesía:
Pasa el tiempo, los días sucesivos
cenicientas oleadas son de niebla
que quieren alejarle de nosotros…
Pero es inútil, queda su palabra,
su palabra moviendo los cerebros
o los curtidos, viejos corazones.
No murió; le sentimos vigilante
en los peligros y malaventuras;
se cruza con nosotros por las calles
y le vemos tendido en las montañas
–piedras, encinas y cielos inmensos–.
Nada, es inútil, no murió… ¿qué importan
razonamientos de vuelo ratero?
Vive, está con nosotros, cada día
mira el radiante amanecer de España.
Este amanecer de España que los falangistas no llegarían a ver nunca en su totalidad, porque otras fuerzas políticas –nada progresistas, ni democráticas–, lo impidieron. Eran los pescadores de río revuelto los que obstaculizaron, con su materialismo, que el programa falangista se llevara adelante. Eran los fantasmones encaramados en el Poder –a quienes tanto temía José Antonio–, los que cerraron la mayoría de las puertas y ventanas para el desarrollo en general y que, por supuesto, dieron al traste con todo lo que pudiera significar un avance revolucionario –según la doctrina nacional-sindicalista– en el campo político-social y también cultural que llevara a España y a los españoles a las más altas cotas de progreso. Era, en definitiva, el egoísmo de la derecha que había triunfado con el franquismo.

Entonces cabría preguntarse: ¿fue efectivamente José Antonio un progresista? Naturalmente que lo fue. Como también fue un demócrata y un liberal, un liberal intelectual, porque «en lo último de su ser latían condescendencias liberales» y porque «José Antonio jamás abandonó el propósito liberal de “convencer”, lo que ya representaba una valoración de sus adversarios». Pero es evidente que la retórica de muchos siempre ha querido hacernos creer lo contrario de lo que de verdad ha sido. «En la páginas de Juventud puede comprobarse el espíritu liberal y progresivo que, junto al radicalismo social revolucionario, animaba a las organizaciones juveniles falangistas en materia cultural», escribe Manuel Camarero del Castillo que fue director de la revista que cita. Por otro lado, el antiguo seuista Eduardo Navarro Álvarez declaraba en un periódico: «Nosotros, aquellos chicos falangistas del SEU, éramos liberales en cuanto que teníamos como valor fundamental la libertad del hombre y queríamos ver su traducción legal en libertades concretas y reales y en cuanto que profesábamos un enorme respeto a la inteligencia y a la libertad de pensamiento y de opinión en cuanto deseábamos una sociedad política abierta y concurrente y pensábamos que los mejores métodos para la convivencia normal eran el diálogo, la comprensión y la tolerancia y no la violencia ni el monopolio ideológico».

También conviene señalar que falangistas tan destacados «como José Luis de Arrese y Luis González Vicén trataron de institucionalizar un pluralismo democrático, dentro de la unidad del Movimiento entendida como “unidad constitucional”. En junio de 1956 González Vicén dirigió una larga carta-informe en este sentido a Arrese –ministro secretario a la sazón– y éste, a su vez, elevó una propuesta de institucionalización al Consejo Nacional, en diciembre del mismo año, en el sentido de permitir “tendencias y grupos” dentro de un Movimiento democratizado. El intento no prosperó y Arrese se quedó sin “meta institucional” y sin secretaría general».

A la muerte de Arrese en la localidad de Corella (Navarra) el 6 de abril de 1986, el periodista Ismael Medina escribió, entre otras cosas: «José Luis de Arrese empeñó su vida en la búsqueda de una nueva, válida, auténtica e hispánica democracia, superadora de los vicios leales de la democracia inorgánica y también alejada de las interpretaciones modernistas de la democracia orgánica, en la que algunos intelectuales de diverso cuño, entre ellos, liberalistas como Salvador de Madariaga, creyeron descubrir una vía de escape a la crisis inapelable de la democracia parlamentaria convencional». También Dionisio Ridruejo, en una entrevista que concede en el año 1971, manifestó que siempre distinguió lo que él llamó la Falange hipotética y la Falange real, con las siguientes palabras: «La Falange hipotética estuvo constituida por el conjunto de subjetividades de buena voluntad que creían estar participando en un movimiento de regeneración del país, tanto en el orden de su potenciación nacional como en el orden de su reforma social […] La Falange fue el instrumento concreto que sirvió a una guerra civil y fue utilizada después como base de un poder esencialmente conservador». Así, pues, fueron los aprovechados, a quienes también acusa Arrese, que llegan detrás del decreto de Unificación procedentes de distintas fuerzas conservadoras, principalmente los que había militado en las filas de la Ceda, herederos, algunos de ellos, de las tristemente apodadas «escuadras negras», capitaneadas en Granada por Ruiz Alonso que denunció al poeta Federico García Lorca, los que hicieron que lentamente se desvanecieran los sueños de muchos hombres y mujeres que habían luchado para hacer realidad las soluciones satisfactorias que ofrecía el programa de José Antonio Primo de Rivera. Era esa derecha que tanto aborrecía el fundador de Falange que le hacía estar alerta y advertir a sus propios camaradas la gran responsabilidad que tenían en el caso de que sintieran la seducción de unirse a cualquier proyecto que proviniera de esa formación, porque estaba seguro que arrastraría a Falange a su total desaparición aun en el caso de triunfo, como así ocurrió tiempo después.

Todo fue culpa de aquella lejana herencia de Torquemada, la «intolerancia», donde se encuentra la base de todos los males que España sufrió y que hace muchos años determinaron, entre otros, Fernández de Moratín y Francisco de Goya: «No hicimos ningún esfuerzo por comprendernos –escribió un comunista–. Izquierdas y derechas se mantenían ausentes, ensimismadas en su propio universo […] Hedilla, lo que se podía cualificar de izquierda falangista, en ellos había un deseo que correspondía al que nosotros, los jóvenes izquierdistas, también sentíamos, el deseo de transformación de España, de renovación, de hacer nuestro país un país moderno, de acabar con las grandes injusticias […] Todo eso permitía, si hubiéramos sido capaces de comprenderlo, un diálogo, y ese diálogo pudiera haber evitado la guerra, el enfrentamiento violento y hubiéramos logrado entendernos».

Este diálogo que habían alimentado a lo largo de muchos años Luys Santa Marina y Max Aub, cuya amistad siempre llevaron en el recuerdo, como ha dejado claro este último cuando el 3 de noviembre de 1954 escribiendo su Diario le viene a la mente algo que todos hemos meditado más de una vez. Era el momento en que hablaban de la muerte de un amigo suyo que había fallecido recientemente en Cuba: «Cuando muera yo o José Medina ¿quién se acordará de tantas noches? ¿Luys Santa Marina?». Este recuerdo, en un instante en que piensa en su propia muerte, nos da a entender en el gran afecto que por el cántabro sentía y que ninguna fuerza pudo romper. Por otro lado, Santa Marina nos habla del trágico juego, del juego «de las represalias que no empezamos, ni quisimos jugar nunca, pero nos vimos forzados a seguir». La quema de los conventos, a los pocos días de proclamarse la República; lo ocurrido en Casas Viejas; la persecución de los religiosos con la expulsión de los jesuitas y de los prelados Mateo Múgica y Pedro Segura; el abortado golpe del monárquico general Sanjurjo; la Revolución de Asturias; la proclamación, por parte de Companys, de la República catalana, como antes ya lo había intentado Maciá; el movimiento revolucionario en Sevilla, etc., son hechos suficientes y graves para darse cuenta de lo que estaba ocurriendo en España. Asimismo, las frases nada afortunadas de Largo Caballero –sobre todas las demás–, Indalecio Prieto, Manuel Azaña, José María Gil Robles, y, también, todo hay que decirlo, del propio José Antonio cuando pronunció aquellas de «bien está sí, la dialéctica como primer instrumento de comunicación. Pero no hay más dialéctica admisible que le dialéctica del puño y las pistolas cuando se ofende a la justicia o a la patria». La mayoría de los historiadores, cortan esta frase por donde más le conviene y silencian deliberadamente las pronunciadas por los demás políticos, intentando con ello cargar sólo sobre José Antonio todo el peso de lo que, en opinión de esos mismos historiadores, fueron frases que para nada ayudaron a la convivencia de los españoles durante la Segunda República. Sin embargo, no suelen recoger ningún párrafo de los escritos por el fundador de Falange en la Carta a un estudiante que se queja de que FE no es duro, y en la que José Antonio razona diciendo que la publicación a la que hace referencia el estudiante no debe plegarse al gusto zafio y triste que en esos momentos rodea a la sociedad porque de lo contrario «seríamos iguales a los demás».

Indudablemente José Antonio no fue aquel hombre violento que reiteradas veces nos han presentado tanto desde la derecha como de la izquierda. El escritor Francisco Ayala dice que la violencia en el fundador de Falange era más bien retórica, recordándonos al mismo tiempo, cómo vio en una ocasión a José Antonio defender a Jiménez de Asúa en una refriega cuando unos estudiantes católicos le iban a dar un testerazo con una silla muy pesada, y él la agarró al vuelo evitando que se la estrellaran en la cabeza. A su vez, el pasante de José Antonio, Rafael Garcerán, escribió:

Un día de enero de 1936, mientras despachaba con Andrés de la Cuerda y conmigo, recibió en su despacho a un chofer afiliado a Falange que iba a pedirle un arma con la que defenderse de sus compañeros de oficio, afectos todos a la Unión General de Trabajadores. Sabían que era falangista, le amenazaban con frecuencia, y si no se habían cumplido sus amenazas era por el miedo a una pistola que el muchacho aseguraba llevar siempre encima.

José Antonio no disponía de la pistola, Tenía, además, el temor de que con ella se produjeran hechos graves para el que la reclamaba. Le aconsejó por esto que se defendiera llegado el caso con alguna herramienta del automóvil y le animó con bromas para desvanecer la obsesión de peligro de que se hallaba poseído.

Al concluir la entrevista, afirmó el muchacho que la falta de la pistola significaría para él una herida grave, por lo menos. José Antonio le despidió diciéndole: «No es demasiada cosa una herida grave. Podíamos considerarnos todos muy felices si se lograra hacer nuestra revolución a costa de perder sólo un brazo o una pierna. Estoy convencido de que muy pocos sobreviviremos a esa tarea. Entre ellos no estará seguramente tu jefe Nacional».

La revolución social de la que nos habla José Antonio nada tiene que ver con la figura de conservador que de él nos muestran, porque es más fácil a sus adversarios acudir a la mentira, cuando no al insulto. Es el propio José Antonio el que se revela en contra de los que le califican como tal contestándoles un día que él, Marqués de Estella y grande de España, estaba inserto en una clase social conservadora y que nada le hubiera faltado si se «hubiese confiado en la defensa de ese orden social»; pero todo ello estaba demasiado lejos de su pensamiento y de su preocupación por los demás, por lo que prefirió el riesgo de la incomodidad que le traía lo que él mismo había creado que estar dentro de esos partidos conservadores que el asegurarían los veinticinco o treinta años de tranquilidad que necesitaba para trasladarse «al otro mundo disfrutando todas las ventajas de la organización social presente».

José Antonio tenía buena sangre y la buena sangre no puede mentir y la nobleza auténtica carece de egoísmos y pone por encima de todo la mejor de las virtudes, la justicia. «Podía burlarse de los señoritos viciosos de las milicias socialistas» porque a nadie se le puede tachar nunca de conservador cuando su programa político-social es el que esos «señoritos viciosos» de ahora llaman progresista;y mucho menos a quien «tiene perfecta conciencia de que su programa de radical reforma agraria, de redistribución de la población, de propiedad sindical, de nacionalización de la banca, es, con mucho, el más revolucionario de los que fueron propuestos a España en 1936. Está a cien codos por encima del programa del Frente Popular». Precisamente fue la derecha quien primero vio que José Antonio, en lo económico, estaba tomando un giro hacia la izquierda, cuando en las segundas Cortes de la República se discutía el proyecto de esa reforma agraria y el fundador de Falange decía en el parlamento cosas así: «Ayer he estado en la provincia de Sevilla: en la provincia de Sevilla hay un pueblo que se llama Vadolatosa; en este sitio salen a las tres de la madrugada las mujeres para recoger los garbanzos; terminan la tarea el mediodía, después de una jornada de nueve horas, que no puede prolongarse por razones técnicas, y a estas mujeres se les paga una peseta». En otro momento critica el que un pueblo de la provincia de Ávila, llamado Narros del Puerto, sea propiedad de una sola señora que, según parece, podía llegar a desahuciar a los colonos que fueran mal hablados. Hay risas en el hemiciclo cuando Primo de Rivera dice estas cosas que por lo que se ve nadie conocía; pero todo lo que estaba ocurriendo en ese pueblo no era para tomárselo a risa porque vuelve a insistir sobre lo mismo. Es decir, sigue criticando a la señora que es propietaria de cada centímetro cuadrado de esa tierra y duda que cosas así ocurrieran cuando existía un sistema señorial de la propiedad. Una vez escuchadas estas palabras, al diputado comunista José Antonio Balbontín le parecieron palabras muy radicales.

Por su parte, Claudio Sánchez Albornoz, presidente que llegó a ser del Gobierno republicano en el exilio, fue compañero de José Antonio en el parlamento y escribe sobre el momento en que atentamente escuchaba las palabras del fundador de Falange. Una vez finalizado su discurso, José Antonio vuelve a su escaño y Sánchez Albornoz que lo tenía a su lado le dice: «Si continúa por el camino que le he visto avanzar esta tarde va a desilusionar a las derechas españolas que le siguen». A lo que José Antonio replicó: «Albornoz, lo sé y hasta he podido comprobarlo. Desde que he girado hacia la izquierda me han suprimido la subvención con que me favorecían mis campañas». Parecidas palabras fueron recogidas en las nuevas Obras Completas, cuyo espléndido trabajo se debe a Rafael Ibáñez Hernández, y que anteriormente fueron publicadas en el diario Informaciones el 7 de junio de 1934: «En uno de los pasillo del Congreso se encontraron esta tarde don Miguel Maura y don José Antonio Primo de Rivera, y entre ellos se cruzó este breve diálogo: Te felicito –dijo el señor Maura al señor Primo de Rivera– por tu valiente discurso de anoche, aunque me figuro cómo te pondrán las gentes de derecha. [Y José Antonio contesta]. Yo no hice ayer más que decir la verdad según mi particular punto de vista, y la verdad la diré siempre».

Así era José Antonio: lejos estaba de aquellos que solamente lo veían como un líder patriotero; y muy lejos del que ahora otros desaprensivos de la pluma y de la palabra quieren transmitir a las nuevas generaciones. Su lucha en defensa de los más necesitados era constante. El raquítico capitalismo español, tan ducho en logros y ruines tratos, nunca tuvo simpatía por José Antonio. «Su concepto de la propiedad era diáfano», dice Santa Marina refiriéndose al capitalismo. Cuando le interesó, éste actuó bajo el nombre de anónimo, esto es, para que nadie supiera quién o quiénes estaban detrás de ese capital lleno de vicios y de muy pocas virtudes. José Antonio quería de España un pueblo de trabajadores. Por esta razón quiso que fuera azul la camisa de los falangistas porque era el color de la prenda que vestía el trabajador metalúrgico y otros sectores del mundo asalariado. Este color se debe, en parte, a Santa Marina porque cuando José Antonio decidió que así fuera, Luys llevaba puesto en ese momento una de ese mismo color.

No luchaba la Falange, y con ella José Antonio a la cabeza, para conservar una distribución desigual de posiciones en la vida de aquella España injusta en lo social y por esta razón le dieron de lado muchos que pensaban que la Falange sería solamente una especie de guardia pretoriana de intereses bastardos. Y le negaron el pan y la sal combatiéndola con saña unos y otros: la derecha porque veía que José Antonio quería terminar con sus privilegios, y la izquierda porque trataba de ganarles la batalla en su propio terreno hablando un lenguaje que entendía el pueblo y que respondía a sus propias aspiraciones. Primo de Rivera dejó muy clara su doctrina, no la tergiversemos entre todos.

José Antonio fue fusilado el 20 de noviembre de 1936 y Luys Santa Marina echó un día sobre sus hombros la dolorosa carga cuando el 24 de noviembre de 1939, desde el kilómetro 187 hasta el 197, de la carretera que une Alicante con Madrid, transportó, junto con otros falangistas de Barcelona, el féretro que contenía los restos del fundador de Falange. Ese día faltaban muchos que habían dejado su vida por una España para todos, vencedores y vencidos como así decía un artículo titulado «Victoria también para los vencidos» que escribió el periodista Ismael Medina el 1 de abril de 1957 en el diario Arriba. Sí, aquella mañana soleada de otoño donde los altos picos de los montes, testigos del paso de la comitiva, eran batidos por el viento frío y desapacible «no era para todos, por eso no estaban con nosotros. Vinieron después, cuando el sol doró el agosto, cuando ya había una ancha y segura calzada que unía el pasado y el porvenir de la Patria, hecha con huesos de Caídos, de nuestros Caídos», escribió Santa Marina.

Y él, por aquellas fechas, cuando ya todo había terminado, firma este bello poema que tituló: Adiós a las armas:
Cuando esto acabe, volveré a mi vida.
Ya no sé lo que de ella quedará:
mas no podrá faltarme cielo arriba
y tierra para andar…
Cuando esto acabe, volveré a mi pluma,
marchita el alma, algunos años más,
Arts longa, vita brevis… Cae la tarde:
¡no hay tiempo de soñar!
Hice lo que debía. Terminada
mi guardia, entrego consigna y afán.
Digo adiós a las armas; melancólico,
veo nuevas Falanges avanzar
de donde nace el sol, y allí, al ocaso
–brazos en alto, impasible ademán–
severos gloriosos nuestros muertos
con quienes –vivos– partí vino y pan.

Se ha terminado, he intentado hacer un breve estudio del ejercicio de la dialéctica político-social de dos hombres que defendieron una misma idea y que ya forman parte de nuestra historia.



José Mª García de Tuñón Aza es licenciado en Ciencias Económicas y escritor.

 
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