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Altar Mayor Nº - 141 (03)
Tuesday, 24 May a las 13:47:12

Altar Mayor artículos REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 141  - mayo / junio de 2011

 

EL 23-F, TREINTA AÑOS DESPUÉS
Joaquín Albaicín*



 
Tanto en su versión oficial como si se procede al descubrimiento más o menos controlado de sus trastiendas, lo que fue el llamado golpe de Estado del 23-F probablemente resulte, para el español hoy con veinte o veinticinco años entre pecho y espalda, un arcano casi insondable. Y le resultará poco menos que ininteligible, lo mismo en su desarrollo que en sus objetivos, porque, en primer lugar, la voladura controlada de la institución familiar y la vertiginosa velocidad con que las noticias falsas y verdaderas pasan ante sus ojos han hecho desaparecer casi por completo cualquier atisbo de memoria social que se remonte a más de dos años atrás (casi como sucede a los besugos, cuya memoria se autodestruye cada dos segundos). En segundo lugar, la percepción del 23-F por ese joven sin la más remota idea de qué clima se respiraba en la sociedad española entre 1975 y 1985, ha sido conformada por películas y series de televisión cuyo fondo histórico es en gran medida falso y en las que se eleva a la categoría de actor estelar a quien no estaba llamado más que a interpretar en ellas un papel sin duda que muy lucido, pero indefectiblemente secundario: el teniente coronel Tejero.

Hoy, las elecciones generales, municipales y autonómicas se resuelven entre tres partidos, cuyas respectivas campañas, en vísperas de la contienda en las urnas, son financiadas con cantidades astronómicas por el propio Estado. Esta es otra de las razones por las que, para el joven destinatario de esa versión Disney del 23-F, se ha tornado hasta cierto punto inimaginable la atmósfera de absoluta politización que se mascaba en bulevares y plazas a finales de la década de 1970 y principios de la de 1980, cuando las calles exhibían sus muros empapelados con afiches estéticamente deudores de los de la guerra civil, la revolución soviética o el Gran Salto Adelante de Mao Tse Tung y los VIPS –¡quién lo diría!– eran, ante todo, grandes librerías que desplegaban en sus expositores obras de Gramsci, Ledesma Ramos, Bakunin, Leon Degrelle, Lenin, Rosa Luxemburgo… devoradas con fruición por los estudiantes de entre doce y veinte años. Era raro ver una carpeta escolar que no luciera estampada una o más pegatinas de tal o cual cofradía política. Hoy, quien milita en un partido es porque cobra o espera cobrar por ello en un futuro próximo. Entonces, el militante se rascaba el bolsillo para financiar la próxima panfletada, la nueva pegada de carteles o el viaje de un dirigente local para pronunciar un mitin en una provincia. El intercambio de bofetadas con los militantes de otras formaciones, especialmente si se trataba de una escindida de la propia, era cosa de todos los días. La urbe acogía un permanente transitar de jóvenes saludándose de acera a acera con el puño cerrado o el brazo en alto, vendiendo a golpe de megáfono fanzines radicales del más diverso pelaje o enzarzándose en agarradas a garrotazo limpio en los vestíbulos de las facultades.

Obviamente, y aunque ellos lo ignoraran, había bastante gente –y no precisamente de su misma edad– moviendo, desde arriba y al amparo de múltiples bambalinas, parte de los hilos agitadores de todo aquello. Titiriteros extremadamente preocupados por que, al tiempo que UCD se descomponía, amplios sectores de la sociedad, en especial entre la juventud, no terminaran de percibir la democracia como algo definitivo ni ocultaran su apuesta por vías totalitarias o utópicas que de ningún modo podían ya contemplarse seriamente como alternativas viables en el Occidente del momento.

Y, en rigor, muchos habían llevado ya las cosas más allá del grito, el altercado o el desplante. Se dijo que fue en una tienda emplazada en los bajos de mi colegio donde prepararon durante meses su acción los asesinos de Carrero Blanco. No lo sé, obviamente. Pero, ya adolescente, sí recuerdo la madrileña Plaza de la República Dominicana sin un solo cristal íntegro en ninguno de los edificios que la circundan, efecto de una bomba explosionada por ETA al paso de dos vehículos militares cargados de reclutas (o, quizá, números de la Guardia Civil). Recuerdo el clamor por el asesinato de Yolanda González y por la matanza de Atocha. Recuerdo el féretro, a hombros de sus camaradas, con el cuerpo aún caliente de Juan Ignacio González, secretario general del Frente de la Juventud, asesinado de un tiro disparado por mano anónima en el portal de su casa en vísperas del 23-F. Recuerdo la fotografía del capitán Martín Barrios, cobardemente asesinado por ETA en un zulo. Recuerdo la del comandante Ricardo Sáenz de Ynestrillas, acribillado a balazos en el asiento trasero de su coche. Recuerdo los rostros nerviosos y congestionados de los políticos cuando, en el funeral por un militar despedazado, la multitud estallaba de indignación y les lanzaba una lluvia de insultos, tildándolos de asesinos o cómplices de los mismos. Recuerdo las decenas y decenas de entierros de víctimas de ETA, llevados a cabo al amanecer y casi en secreto por expresa decisión de las autoridades políticas, como si hubiesen muerto por sufrir un infarto mientras conducían su taxi, o por haberse caído accidentalmente de un andamio. Recuerdo el asesinato en su despacho, ya bastante posterior, del catedrático Francisco Tomás y Valiente. El de Ernest Lluch. El del tío de mi amigo Daniel Múgica. Recuerdo a los escoltas armados que, cada día, iban a recoger a la salida del colegio a un compañero de clase, hijo de un industrial vasco amenazado por ETA, que se incorporó a nuestro curso en el segundo trimestre. Recuerdo la metralla etarra impactando contra los muros de las casas-cuartel donde vivían las familias de los guardias civiles. Recuerdo cómo en muchas manifestaciones, y no sólo en las convocadas por partidos separatistas, era corriente la quema de banderas de España ante la pasividad policial. Recuerdo a bastantes caballeros y señoritas, hoy respetados cuadros intermedios del PSOE, con treinta años menos, muy mal vestidos y con el pelo mucho más largo, reventando cristaleras y agitando pancartas en demanda de la dictadura del proletariado (sí, no se rían: podría presentarles a bastantes respetables funcionarios de hoy que, entonces, exigían la instauración en España de una «democracia popular» inspirada en los modelos chino o albanés). Recuerdo a dirigentes de la Joven Guardia Roja alardeando ante la prensa de albergar en su sede todo un arsenal para rechazar cualquier posible asalto de las bandas fascistas (y no pasaba nada). Y a un cabecilla sindicalista parapolicial informando, por su parte, de que contaba con veinte mil hombres armados hasta los dientes para tomar las calles cuando «la Patria» lo exigiera (y, por supuesto, tampoco pasaba nada). Recuerdo cómo los mismos políticos que, en la sombra, organizaron los GAL desde el poder, atribuyendo un día sí y otro no al ejército la implicación en fantasmales conjuras para volver al pasado por la fuerza de las armas, así como la responsabilidad en la puesta en marcha de esa guerra sucia planificada y activada por ellos mismos. Recuerdo, en fin, unos años en que todos teníamos abuelos vivos, que habían padecido en sus carnes la guerra civil y los desmanes de sus retaguardias y nos habían contado en detalle las tropelías y vilezas de estos, aquellos o los de más allá.

Como nadie de veinte o veinticinco años guarda remembranza de esto, hoy asistimos a la espeluznante posibilidad de que la ciudadanía acate en silencio un posible indulto por razones políticas para los asesinos de Jiménez Becerril, de su esposa y de tantísimos otros, cuyo recuerdo se va diluyendo en la ciénaga de amnésicos vapores en que está transmutándose la memoria colectiva. Y, por idéntica razón, las reflexiones e informaciones aportadas en 23-F, el Rey y su secreto, el libro de Jesús Palacios que tanto ha dado que hablar en estos días, probablemente suenen a chino –incluso a albanés– a muchísimos lectores (suponiendo, claro, que alguien de veinte o veinticinco años lo compre).

En él viene a establecerse que, lejos de ser el fruto de la asonada de un puñado de militares cavernarios llevados por un desfasado ultramesianismo, el 23-F fue una operación de reconducción política comandada por la más alta autoridad del Estado y diseñada por el CESID con la aquiescencia de los principales partidos (en particular, el PSOE), para dar paso a la formación de un gobierno de salvación nacional presidido por el general Armada y formado por, entre otros: Felipe González (PSOE) como vicepresidente, Fraga (CD) en la cartera de Defensa, Peces barba (PSOE) en la de Justicia, Solé Tura (PCE) en la de Trabajo, Javier Solana (PSOE) en la de Transportes, Tamames (PCE) en la de Economía, Herrero de Miñón (UCD) en la de Educación y Ferrer Salat, presidente de la patronal (CEOE), en la de Comercio. La composición de esta lista habría sido lo que descolocó a Tejero, quien, siendo una simple pieza del engranaje, quiso a partir de entonces erigirse en motor del mismo e hizo, con su negativa a seguir adelante con lo convenido, fracasar el proyecto.

Días atrás, hemos escuchado que, de ser esto cierto, habría salido antes a la luz. No me hagan reír. Primero: buena parte de lo que aquí leemos ha sido ya escrito y publicado años atrás (incluso por el propio Palacios) mientras todo el mundo se fingía aquejado de sordera. Los medios de comunicación, por lo general comprometidos con tal o cual partido cuya cúpula anduvo en su día implicada en los hechos, prefirieron correr un tupido velo y no remover la marmita. No creo equivocarme si afirmo que ni un solo diario dedicó en su día una sola reseña a, por ejemplo, el libro de Martínez Inglés, del mismo modo en que nadie ha movido un dedo tras las incómodas declaraciones de Felipe González sobre los GAL (sí, se han comentado, pero todo el mundo lo ha resuelto volviendo la vista hacia otro lado, porque, en los corrales de la política, pocos hay sin algo que ocultar y, lógicamente y por si las moscas, nadie quiere ser el que mencione la palabra «tribunales»). Segundo: ahora ya sí se puede conceder atención mediática a todas estas revelaciones, antaño tratadas sólo con indiferencia o etiquetadas como las extravagancias de un militar tronado, e incluso organizarse debates televisivos en torno a ellas, porque ha transcurrido el tiempo suficiente para que nadie que no fuera juzgado en su día por estos hechos pueda ser ya sentado en el banquillo.

Distinguido el libro por una argumentación meticulosamente hilada y de muy difícil refutación, su único punto «blando» quizá sea el general Armada, que en sus «confesiones» a Palacios es un permanente «sí, pero no». En una reciente entrevista concedida al dominical de El Mundo, por un lado dice que este es el libro que más se aproxima a la verdad y, por otro, que el supuesto gobierno de concentración –eje, precisamente, de la recreación de los hechos propuesta por su autor– nunca existió (¡!). La verdad, no sé hasta qué punto se pueda tildar de meras especulaciones a las tesis de Palacios sobre el gobierno de concentración nacional, cuando el mismo Luis María Anson, frecuentemente aludido en las páginas del libro, ha refrendado su veracidad en su columna de El Cultural.

El libro de Palacios contiene aportaciones sustanciales, como la identidad –que le fue desvelada por el propio interesado– de Almendros, misterioso personaje firmante en El Alcázar de tres artículos sólo unos días antes del golpe. Su reconstrucción de los prolegómenos de la conspiración se nutre de informaciones perceptiblemente bien fundadas. Únicamente echo de menos algunas líneas dedicadas al enigmático papel jugado por una figura a la que la prensa quiso tornear en su día con ribetes fabulosos: el capitán Sánchez Valiente (el Hombre del Maletín), así como cierta aproximación al misterio del asesinato de Juan Ignacio González (luctuoso suceso que algunos creen relacionado con la trama) y, también, a las extrañas circunstancias de la muerte del padre del comandante Cortina, tan intrigantes como los vericuetos que, algo antes, habían llevado a la absolución del hijo en el juicio de Campamento.

En rigor, no puede decirse que Palacios haya eludido todos estos temas, pues ya hace unos años publicó –cuando todo el mundo se hacía el sueco, sin darse por enterado– una entrevista con el capitán Sánchez Valiente. Y, como el merecido éxito del libro le obligará –o poco menos– a revisitar con su pluma los escenarios y a los actores del 23-F, no descartamos que pueda en el futuro contribuir a terminar de esclarecer en parte los puntos oscuros cuya indagación parece haber preferido reservarse.

Finalmente, sólo nos sentimos –como lectores– tentados de apuntar que los organizadores de la operación tuvieron mucha suerte de que la ruptura del guión previsto quedara reducida a un plante de Tejero. Suerte, sobre todo, de que ninguna bala perdida impactara donde no debía y de que en el Congreso entrara Tejero, y no otro. Porque, en caso de haber arrojado el episodio un saldo de víctimas, por mínimo que fuera, no habría habido más narices que manejar la salida a la crisis provocada por la «operación institucional» de muy distinto modo (para empezar, haciendo rodar más cabezas… y con más contundencia). Y, a lo mejor, no todo el mundo se habría mostrado tan parco en palabras en el juicio.

Recuérdese que el incendio del Reichstag por los nazis (imputado a los comunistas) fue también una operación de corrección del Sistema desde arriba… Como lo fue el ataque por soldados «polacos» (en realidad, alemanes con uniformes polacos) a un puesto fronterizo germano, incidente que desencadenaría la invasión de Polonia por Alemania y la URSS y, acto seguido, la II Guerra Mundial. El alumbrado de ciertos sotabancos de la política conlleva siempre el riesgo de propiciar incómodas comparaciones y abrir cajas de Pandora cuyos fantasmas cobren vida propia y, faltos de control, susciten la aparición de crisis de impredecible alcance. Ahora, al hilo de la atención brindada a las revelaciones de Palacios, empieza desde la prensa a amagarse veladamente con tirar de la lengua al comandante Cortina a fin de destapar si el asesinato de Carrero Blanco no habría sido también una operación de corrección del Sistema desde arriba… y veríamos dónde acabaría eso. En los tribunales no, desde luego. Han pasado treinta y ocho años, y los demócratas no son nazis: sus crímenes, pues, prescriben a su debido tiempo. Como debe ser, supongo.

¿O no? Pues no lo sé. Lo que sí tengo clarísimo es que los hombres de generaciones pasadas, en caso de poder decir hoy esta boca es mía, se quedarían mudos y estupefactos de asombro al constatar que, a estas alturas, a la gente, todo esto… le importa exactamente un pito.

Eso mismo: un pito. Un pito, quién estaba detrás y quién estaba delante. Otro pito, si Milans traicionó al Rey o si fue el Rey quien dejó a Armada abandonado a su suerte. Otro pito, si Tejero fue un idealista o un villano. Y un pito más gordo todavía, si Cortina anduvo en el ajo o cazando moscas. Y, que Javier Solana fuese a jurar el cargo de ministro en el gobierno Armada, pues tú verás qué cosa tan grave.

Y eso, la tan completa indiferencia del ciudadano de a pie, es lo que –a mi modesto entender– da fe, más que nada, del rotundo éxito del 23-F y de que la operación de corrección del Sistema desde arriba salió, a la postre, a pedir de boca. Como nunca hubieran imaginado los que la concibieron.


Joaquín Albaicín es escritor y articulista.

 
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