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Altar Mayor Nº - 141 (03)
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Altar Mayor artículos REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 141  - mayo / junio de 2011

 

AL HILO DE LAS PALABRAS DE BENEDICTO XVI EN ESPAÑA
Luis Buceta Facorro
*



 
 
Me ha llamado profundamente la atención algunas de las palabras que el Papa Benedicto XVI ha pronunciado en su última visita a España, dándome la impresión que pasan inadvertidas, sin leer más que simples referencias, ni escuchado, en las Iglesias, mención alguna de su jugoso contenido. Claro es que más gravedad representa el que enseguida salgan intérpretes, para glosarlos restrictivamente, señalando que el Papa no quiso decir lo que dijo, sino lo que ellos dicen. Hay un viejo dicho que se aplica a los españoles según el cual «somos más papistas que el Papa», lo cual efectivamente puede aplicarse, con demasiada frecuencia, a muchos de nuestros clérigos en sus diferentes estamentos. Líbreme Dios de pensar que no lo hacen de buena fe, aunque sus efectos sean contarios a lo que ellos pretenden. Todo lo dicho es para justificar mi osadía de querer traer algunas de las frases dichas y querer glosarlas, siendo como soy un simple seglar, desfalleciente, aunque me siento cristiano, quiero serlo y lo soy. A los efectos oportunos señalo que todos los textos aquí citados proceden de L´observatore Romano, edición en español, del 14 de Noviembre de 2010.

En su primera intervención ya señaló que: «En lo más íntimo de su ser, el hombre está siempre en camino, está en busca de la verdad. La Iglesia participa de ese anhelo profundo del ser humano y ella misma se pone en camino, acompañando al hombre que ansía la plenitud de su propio ser». La vida del hombre es un permanente caminar, en una búsqueda continua, soslayando o superando las dificultades que en el mismo se encuentran, para seguir hacia adelante. Pero el camino no está totalmente hecho, lo más hay indicaciones, mojones que hemos de descubrir. Como dijo nuestro poeta: «se hace camino al andar».

Lo que nos señala Benedicto XVI es que en este andar, en ésta búsqueda el hombre no está solo, que tiene a la Iglesia que participando de este anhelo, «ella misma se pone en camino, acompañando al hombre», desde su propio camino interior cual es, «a través de la fe, la esperanza y la caridad, hacerse trasparencia de Cristo para el mundo. Esta es su misión y este es su camino, ser cada vez más, en medio de los hombres, presencia de Cristo». La Iglesia tiene y propaga un foco de luz que puede servir, a cada persona, a todas las personas, para que puedan encontrar el camino de su desarrollo personal en su caminar hacia la trascendencia. Por consiguiente, parece, y así lo creo, que la Iglesia está al servicio de los hombres, de todos los hombres, no sólo de un grupo que se consideran escogidos. Esto no quiere decir que no pueda haber una comunidad de creyentes que participan, más cercanos y comprometidos, de esa finalidad de la Iglesia, pero estos cristianos, tienen que estar abiertos a todos los hombres, no pueden cerrarse en sí mismos, como elegidos frente a los demás que serán reprobados. Y nos recuerda como gran tarea de la Iglesia y de los cristianos, «mostrar a todos que Dios es Dios de paz y no de violencia, de libertad y no de coacción, de concordia y no de discordia». Precisamente, esta afirmación lleva consigo la «suprema afirmación y tutela de la dignidad de cada hombre y de todos los hombres», afianzando esta afirmación con: «¿No sabéis que sois templo de Dios? El templo de Dios es santo, ese templo sois vosotros» (ICO 3-16 -17). Es decir cada hombre y todos los hombres somos templos de Dios y como tales debemos ser tratados. En otro momento, en la misma dirección, con claridad meridiana manifestó: «Todo hombre es un verdadero santuario de Dios, que ha de ser tratado con sumo respeto y cariño, sobre todo cuando se encuentra en necesidad». Si todo hombre es un verdadero santuario de Dios, la Iglesia ha de estar abierta a todos, absolutamente a todos y los cristianos tenemos que estar con una mente abierta hacia las cosas y las personas, sin ninguna distinción ni discriminación. Pienso que de las facetas más importantes del cristianismo es estar al servicio de todos los hombres y, en este sentido, es la única religión, con vocación universal, que no se impone por la fuerza, sino que se propone y, libremente, el que considera que le es válida la acepta como orientación en su caminar.

Nos presenta otro de los principios básicos que con demasiada frecuencia se soslayan o interpretan subjetiva y restrictivamente: la libertad. «Es una tragedia que en Europa, sobre todo en el siglo XIX, se afirmase y divulgase la convicción de que Dios es el antagonista del hombre y el enemigo a su libertad». Pues bien, el Papa habla, salvo error u omisión, seis veces de la libertad como constitutiva de la condición humana, y con frecuencia lo hace uniendo dignidad y libertad de la persona. La libertad aparece unida de forma incuestionable a la dignidad del ser humano. Después de señalar que «entre verdad y libertad hay una relación estrecha y necesaria», vuelve a ratificar la condición de servicio de la Iglesia reiterando que «la Iglesia que desea servir con todas sus fuerzas a la persona humana y su dignidad, está al servicio de ambas, de la verdad y de la libertad. No puede renunciar a ellas, porque está en juego el ser humano, porque le mueve el amor al hombre, “que es la única criatura en la tierra a la que Dios ha amado por si misma”» (Gamdium et spes, 24). La Iglesia que desea servir con todas sus fuerzas a la persona humana, ha de ser, por consiguiente, posibilidad y nunca obstáculo, ha de acoger y no rechazar, y, desde la dignidad, está al servicio de la verdad y la libertad del hombre.

Entiendo que a la libertad no hay que ponerle adjetivos, sino que es un concepto pleno, que solamente tiene, en principio, el límite de la responsabilidad; puede tener, en orden a la convivencia, ciertas pautas y también puede ser orientada con ciertas indicaciones, pero en la intimidad del hombre, no puede tener más límites que la responsabilidad. Hoy se habla demasiado de libertad, para dejarla luego en una abstracción o mera palabrería y, permanentemente se quiere encuadrar al hombre con continuas prohibiciones y castigos, sin que exista ocupación debida en la educación en la responsabilidad. Hasta en nuestros actos más íntimos tenemos que ser responsables. En vez de ir por el camino de la responsabilidad, arduo camino de exigencias, se busca el fácil de la prohibición y el castigo. No creo que el cristianismo sea prohibiciones y castigos, sino la alegría de caminar por la vida con esperanza responsablemente. Creo que es el momento de la libertad personal con las consecuencias de responsabilidad que implica autocontrol y autoexigencia. Es el momento de apelar y desarrollar la conciencia. La persona tiene que ser plenamente protagonista de su vida, dentro de un sistema de convivencia que posibilite y, a la vez, limita nuestro ámbito personal en razón del ámbito personal de los otros. Cuando la complejidad del orden social exige regulaciones por doquier, hay que defender la intimidad y autonomía personal. La libertad real y profunda está en la vida privada, en lo íntimo del corazón, en la conciencia de cada cual que hay que respetar absolutamente. El respeto a la persona humana, implica el respeto a su libertad, a su conciencia, a la que el mismo Dios «trata con suma reverencia» (Rerum Novarum). Sobre esta cuestión el profesor Abad Buil, nos señala cómo el Concilio Vaticano II reflexiona acerca de que «hoy cada vez mayor número de persona reclaman su derecho a decidir y actuar conforme a su conciencia del deber, siguiendo su criterio, responsabilizándose con su libertad, sin que nadie las coaccione. Estas personas quieren y exigen que los poderes públicos se atengan a las leyes que no restrinjan más de lo imprescindible la justa libertad de las personas y asociaciones», por lo que desde este Concilio «el argumento de que la dignidad de la persona exige libertad de conciencia es definitivamente válido también para la libertad de expresión en conciencia, de asociación de enseñanza, de opción política» (Abad Buil, 1979; 17-18).

El Papa en su visita a la Catedral de Santiago de Compostela, anuncia que «Somos de alguna manera abrazados por Dios, transformados por su amor. La Iglesia es ese abrazo de Dios en el que los hombres aprenden también a abrazar a sus hermanos, descubriendo en ellos la imagen y semejanza divina, que constituye la verdad más profunda de su ser y que es origen de la genuina libertad». Nuestra libertad, procede, pues, de ser hijos de Dios, imagen y semejanza divina y, consiguientemente, el único ser «portador de valores eternos». Las claras palabras de Benedicto XVI, «siervo de los siervos de Dios», sobre el papel de la Iglesia, la dignidad humana y la libertad, se complementan con una invitación dirigida a todos los hombres que, en sí, es invitación a la responsabilidad: «Quisiera invitar a España y a Europa a edificar su presente y a proyectar su futuro desde la verdad auténtica del hombre, desde la libertad que respeta esa verdad y nunca la hiere y desde la justicia para todos, comenzando por los más pobres y desvalidos. Una España y una Europa no sólo preocupadas de las necesidades materiales de los hombres, sino también las morales y sociales, de las espirituales y religiosas, porque todas ellas son exigencias genuinas del único hombre y sólo así se trabaja eficaz, integra y fecundamente por su bien».

El otro gran tema que afrontó Benedicto XVI, en su viaje a España, fue el tema de la familia y, necesariamente, del matrimonio. «La cuestión de la familia como célula fundamental de la sociedad, es el gran tema de hoy y nos indica hacia donde podemos ir tanto en la edificación de la sociedad como en la unidad entre fe y vida, entre sociedad y religión». Estas palabras que ya pronuncia en una entrevista en el avión viniendo a España, las va a ratificar con mayor amplitud en Barcelona, en la consagración de la Sagrada Familia, teniendo en cuenta que «las condiciones de la vida han cambiado mucho y con ellas se ha avanzado enormemente en ámbitos técnicos, sociales y culturales. No podemos contentarnos con esos progresos. Junto a ellos deben estar siempre los progresos morales, como la atención, protección y ayuda a la familia, ya que el amor generoso e indisoluble de un hombre y una mujer es el marco eficaz y el fundamento de la vida humana en su gestación, en su alumbramiento, en su crecimiento y en su término natural. Sólo donde existen el amor y la fidelidad nace y perdura la verdadera libertad. Por eso, la Iglesia aboga por adecuadas medidas económicas y sociales para que la mujer encuentre en el hogar y en el trabajo su plena realización: para que el hombre y la mujer que contraen matrimonio y forman una familia sean decididamente apoyados por el Estado; para que se defienda la vida de los hijos como sagrada e inviolable desde el momento de su concepción; para que la natalidad sea dignificada, valorada y apoyada jurídica, social y legislativamente. Por eso, la Iglesia se opone a todas las formas y negación de la vida humana y apoya cuanto promueva el orden natural en el ámbito de la institución familiar.

Entiendo que junto a la defensa del matrimonio y la familia cristiana aquí hay una defensa de estas instituciones que «promueven el orden natural». Claro está que el Papa ha de defender el matrimonio y la familia cristiana, pero considero que en el mundo de hoy es preciso defender estas dos instituciones, que son muy anteriores al cristianismo, precisamente porque pertenecen al orden natural. Y así lo hace cuando habla del apoyo a la mujer para «su plena realización», «para que el hombre y la mujer que contraen matrimonio y forman una familia sean debidamente apoyados por el Estado». La situación actual exige una respuesta al desafío de la laicidad, respuesta que exige la defensa de las instituciones fundamentales y básicas de esa sociedad pluralista que hoy es una realidad. Entiendo que los cristianos tenemos que defender esas dos instituciones sociales para que sigan siendo defendidas y apoyadas en toda sociedad y por todo Estado. El Papa, cuando habla al mundo entero, con frecuencia, defiende la familia basada en el matrimonio de un hombre y una mujer que dedican su atención prioritaria a cuidar tanto los hijos como los progenitores ancianos, como nos ha señalado Juan Vicente Boo corresponsal en el Vaticano, con motivo de las palabras pronunciadas en la ceremonia del bautismo de veintiún niños en la Capilla Sixtina (ABC, 10-I-2011).

En nuestras sociedades pluralistas, los cristianos somos una parte pero no el todo y entiendo que tenemos que estar dentro de la realidad, tal como es, y no aislarnos en nuestro grupo con una «endogamia grupal», que nos impide la acción y vida en esa realidad. En esa realidad social hay matrimonios y familias que hay que apoyar y defender como tales. No podemos estar de espaldas, o, peor, despreciar con ese «allá ellos»; nosotros somos los buenos y los que tenemos la verdad. Tenemos que estar abiertos y acoger sin reticencias esos matrimonios y esas familias, siempre partiendo, para que no quepa ninguna duda, que defendemos la familia basada en el matrimonio de un hombre y una mujer. Es la unión de un hombre y una mujer basada en el amor la base de una familia. Es el amor el elemento central, desde el punto de vista cristiano porque Dios es amor y porque «al atardecer te examinarán del amor». Este amor tan traído y llevado en palabras creo que se entiende en cuanto al encuentro y la comprensión de «los otros». Sin embargo, la convivencia ha de fundamentarse en el amor, si queremos convivir armónicamente en una sociedad pluralista que constituye la realidad actual y futura. Benedicto XVI, y antes el profesor Ratzinger, insisten en este punto, no en vano su primera encíclica como Papa ha sido Deus Caritas est.

Son millones en todo el mundo las personas rectas, de buena voluntad amantes de la familia y de los hijos e involucrados en el quehacer de cada día para su bienestar y desarrollo personal. Ejemplos de matrimonios y familias que no podemos ignorar, los cuales tenemos que aceptar como tales y apoyar sin reticencias ni discriminaciones. Cuando en la Mulieris Dignitaten se nos dice que «el hecho de que el ser humano creado como hombre y mujer, sea imagen de Dios no significa solamente que cada uno de ellos individualmente es semejante a Dios como ser racional y libre; significa, además, que el hombre y la mujer, creados como “unidad de dos” en su común humanidad están llamados a vivir una comunión de amor, y de este modo, reflejar en el mundo la comunión de amor que se da en Dios». Esta vocación radical del ser humano que la familia cristiana profetiza en toda su profundidad y belleza, es para todos los humanos y allí donde hombre y mujer viven una comunión de amor, están reflejando «en el mundo la comunión de amor que se da en Dios». Creyentes o no creyentes, lo quieran o no, reflejan con su amor el amor de Dios. Una de las cosas que siento como cristiano es que el Espíritu sopla dónde, cuándo y cómo quiere. No está sometido a normas y códigos terrenales.

Lástima que palabras tan ricas y llenas de vida y esperanza para la humanidad, sean ignoradas, tergiversadas o interpretadas restrictivamente para un solo grupo o parcela de la sociedad. Puede haber, incluso, mucha fe en su interpretación, cuando ésta se hace desde una ideología demoníaca, porque el mal existe, aunque nos cueste creerlo. Por eso el Papa Benedicto XVI sabía muy bien lo que decía cuando en el avión que lo traía a España señaló: «Pero también es verdad que en España ha nacido una laicidad, un anticlericalismo, un laicismo fuerte y agresivo, como lo vimos precisamente en los años treinta, y esta disputa, más aún, este enfrentamiento entre fe y modernidad, ambos muy vivaces, se realiza hoy nuevamente en España: por eso, para el futuro de la fe y del encuentro –no desencuentro, sino encuentro– entre fe y laicidad, tiene un foco central también en la cultura española. En este sentido, he pensado en todos los grandes países de Occidente, pero sobre todo también en España». Efectivamente esta obstrucción mental ideológica en la que prevalece la «ideología de género», que encarnan especialmente nuestras feministas radicales socialistas mostrará la diferencia abismal de interpretación entre algunos de nuestros periódicos y los del resto del mundo Occidental. Así, en España, la agencia EFE comunica: «El Papa alerta de un anticlericalismo que equipara al de la II República». Cuando se analiza el mensaje del Papa a favor de la familia se emplean verbos peyorativos: «El Papa carga contra los homosexuales» o «El Papa carga contra el aborto», incluso otra más incisiva: «El Papa arremete…».

En un claro contraste, el diario alemán Sued-deutsche Zeitung, destacaba que el Papa registró el avance del secularismo y la rápida disminución de la práctica religiosa en Occidente. Por su parte el New York Times, recogía cómo el Papa criticó el sentido agresivo anti-Iglesia, que, según dijo, está floreciendo en España y como con su presencia en el país «ha tratado de avivar la fe de esta nación católica que ahora se encuentra entre las más liberales de Europa». El periódico francés Le Monde, destacó cómo el Pontífice pidió a los Gobiernos «que defienda la vida de los hijos como sagrada e inviolable desde el momento de su concepción», y que «la natalidad sea dignificada, valorada y apoyada jurídica, social y legislativamente». También ha solicitado «medidas económicas y sociales para que la mujer encuentre en el hogar y en el trabajo su plena realización; para que el hombre y la mujer que contraen matrimonio y forman una familia sean decididamente apoyados por el Estado». Los italianos Il Corrieri della Sera y La Stampa, se centraban en la defensa papal de la familia como célula fundamental de la sociedad actual y el primero subrayaba las palabras que «Dios se hizo Hijo en una familia y nos llama a vivir en familia» y, el segundo, que Benedicto XVI «se opone a todas las formas de negación de la vida humana y apoya cuanto promueva el orden natural en el ámbito de la institución familiar».

Contrastan estas interpretaciones positivas y universalistas de la prensa internacional, con las sesgadas y sectarias de cierta prensa gubernamental española o las restrictivas de cierta prensa española «creyente». El sectarismo español se manifestó claramente en el comportamiento del Presidente del Gobierno, Rodríguez Zapatero, que ante las críticas recibidas, acusó al Partido Popular «de una excesiva sumisión a la Iglesia por criticar su ausencia en la Misa de Consagración de la Sagrada Familia» y afirmó: «Quieren que hagamos las leyes que quiere el Papa», para comprometerse a «hacer las leyes que quiere el Parlamento», pues «la mayoría quiere ser libre y que nadie les imponga una moral, ya hemos vivido décadas aceptando las leyes y códigos de conducta de la Religión» (ABC, 15-11-2010). Estas palabras después de la visita del papa hablan por sí solas y no necesitan comentario.

Desde distintos planteamientos, unos religiosos otros laicistas afrontamos interpretaciones totalitarias, cerradas que quieren imponer sus principios, siempre atentando a la libertad y dignidad de la persona humana. Esto exige a los que creemos y defendemos esos principios, base y fundamento de una sociedad pluralista, estar atentos a la realidad y afrontar las circunstancias de cada momento, para adelantarnos en propuestas e interpretaciones favorables al ser humano. Los cristianos no podemos estar simplemente a la defensiva, en permanente inicial oposición, para luego con retraso, aceptar como lógica y de razón, una realidad inicialmente rechazada. Tenemos que tener una actitud abierta a la realidad e influir en ella, racionalizando las situaciones y procurando influir en ellas, para que los grandes principios, que son pocos pero fundamentales, se mantengan, como base para el desarrollo personal y social. Hay que racionalizar las circunstancias naturales y donde caben interpretaciones varias aceptar y defender la más favorable al ser humano. Ante la mente abierta y de visión del presente y el futuro del profesor, del cardenal Ratzinger, hoy Papa Benedicto XVI, hay una tendencia muy generalizada a ser interpretado restrictivamente, tanto en su contenido como en la amplitud de la humanidad a la que se dirige, que suele ser universal y, salvo situaciones concretas, bien definidas y necesarias para mantener y desarrollar la comunidad creyente, no sólo para el grupo de los que se consideran escogidos y poseedores de una única interpretación. Una vez más reitero que el ser humano, la persona, es un ser en su vida inacabado, es un marchar continuamente hacía algo que, con frecuencia, no sabe bien lo que es. Los planteamientos que consideran que ya ha llegado y que tienen la razón, son siempre fundamentalistas y totalitarios. No hemos llegado a la meta ni individual ni socialmente. La historia de la humanidad presenta la pugna permanente entre construcción y destrucción, entre el bien y el mal, entre el odio y el amor. Como cristiano creo que la vida se irá abriendo paso sobre la muerte, la construcción sobre la destrucción y el amor sobre el odio. Pero hay que trabajar y comprometerse en esa construcción y en ese triunfo del amor.


* Luis Buceta Facorro es Doctor en Ciencias Políticas, Licenciado en Derecho, y diplomado en Psicología. y Sociología, por la Universidad Complutense de Madrid así como Catedrático de la Universidad Complutense y de la Universidad Pontificia de Salamanca.

 
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