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Altar Mayor Nº - 141 (02)
Tuesday, 24 May a las 13:55:03

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Devagar e sempre...!


 

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Devagar e sempre...!


















Malo cuando al corazón le asaltan esos inconfesables deseos de parapetarse detrás de los muros de la noche. Yaya usted a saber dónde irá a terminar tanto extravío. ¿Soluciona agarrarse a las oscuras lianas de la distracción? El peligro último del hombre del final de los tiempos felices, hastiado quizás hasta la náusea de rebuscar estrellas en los estercoleros, es pretender convencerse de la inexistencia de la luz. Ésta, sin embargo, en cualquier descuido, se cuela por las rendijas del alma. El futuro desciende sin luna, y la novedad o la terqueza de sobrevivir parece llegar desvencijada. El presente, la cosa única con la que ahora se cuenta, produce muertos que simulan que viven, o ansían, y hasta les da igual, que cualquier deambulante asustado se entere de que aún respiran un poco. En los resbalones gélidos de lo oscuro consciente suceden de vez en cuando anécdotas que inmovilizan, hechos detenidos, o los relojes de antes olvidaron definitivamente la cuerda que nadie les dio. Por consiguiente, mejor no ver.

¿Qué pegajosa y como suicida atracción tiene en estos atrases de ahora la noche? Naturalmente, a pleno sol la vida es difícil de soportar. ¿Quién va a atreverse a caminar por los jardines del mediodía alborotando tanto como alborotan los pájaros y las fuentes? Pésima decisión echarse a la calle por los ires y venires de la distracción a la carta. En ocasiones se dijera advertir uno deseos impetuosos de sentir cerquita de sí alguna respiración acompañante, el roce de una mano extranjera, el trozo de un vocablo desconocido removiendo la poca lumbre conservada en el pecho.

Claro que se trata de tentaciones. Al cabo y al fin se viene de olvidos puestos a enfriar. Por consiguiente, compañero, arrímate a la soledad de la nada y no nos vengas, ahora, con sermones.

Malo, en efecto, tenerle tanto propósito al empeño de echarse al laberinto de la noche por la satisfacción, no más, de colocarse detrás de uno solo, aunque sea rodeado de esa muchedumbre de huérfanos voluntarios, o el padre y la madre ancianos arrebujados en el pasado como quien no está para la aventura de palparse el esqueleto. La claridad, por supuesto, es insufrible tal como arrecian las sombras dando vueltas dementes alrededor de las cuatro esquinas del mapamundi. Lo malo es como tarde en asomarse la amanecida allá por los bares finales del aburrimiento. Puede que no se logre ver nada de cuanto necesita verse. Ahora se dice, no se dice, que lo que importa es llevar los ojos vendados para no contemplarse uno de alma entera, aquel paréntesis.

¿Cómo no se le ocurre a los deambulantes nocturnos alzar, siquiera un momento, la mirada para saber si queda alguna luz encendida en las viviendas de alrededor? Terminarán apretujándose como una multitud de cegatos. ¿Ve, no ve, usted, señor? Sí, veo hombres, que parecen árboles, confesó aquel. Era porque se le estaba despertando la conciencia y, a la postre, estaba deprimido por no poder deletrear el relieve de los sucedidos y los acontecimientos. A los ciegos de la noche, que suelen ir con sus manos heladas tanteando bultos helados también, les da pánico, aunque lo disimulen, los faros, es un decir, repentinos y bruscos de un coche, la llamita de un fósforo, el escalofrío delatador de la luz de una linterna, y la memoria de aquella mujer que cruzaba el patio de casa, cuando niños, sujetándose el corazón, con un quinqué tan cariñoso. Hoy, qué desfortuna, bracean demasiados seres humanos en las espesas sombras del desencanto y el tedio debido a que jamás, en el exilio de sí, se han topado con nadie, que escupiendo primero en la tierra haga con ella un poco de barro y ponérselo después misericordiosamente en los ojos. Veo hombres, pero parecen árboles. Mas es el caso, seguro que lo es, que en algún lugar del poblado están, a lo suyo, hombres y mujeres con el sol de los amaneceres devotamente puesto a conservar en cajitas de recuerdos, o cofrecitos piadosos. No vale. El sol es para repartirlo encima de las conciencias mientras cantan y cantan los pájaros madrugadores. ¿Qué hace usted ahí, señor, con la pavesa de su candil exhausta, su cabito de vela consumido, el fuego de la chimenea de su cocinilla reducido a ceniza, su corazón sin gas, su colección de mecheros sin piedra? Sépalo ya, hombre, no es eso. ¿Cómo va a poder lograr el personal palpar con las yemas de sus dedos los acontecimientos y los sucedidos mientras, al fin y a Dios gracias, se le resucita la mirada? Si a la postre, mientras por la prudencia tímida o el complejo de inferioridad de la gente de la luz, han intentado, lo siguen intentando aún, destripar la claridad los inquilinos de las regiones oscuras, ello se debe a que no han encontrado a alguien que les corte a rebanadas el sol nuestro de cada día.

El resplandor no se debe esconder en el desván para uso privado.


*Valentín Arteaga es Prepósito General de la Orden de Clérigos Regulares Teatinos.


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