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Altar Mayor Nº - 142 (18)
Friday, 29 July a las 13:31:46

Altar Mayor artículos REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 142  - julio / agosto de 2011

 

EL ELEFANTE BLANCO QUE PASÓ POR LAOS UN 18 DE JULIO
Joaquín Albaicín*



 
 
Desde que tengo uso de razón, una de las supersticiones más arraigadas en mi casa ha sido, que recuerde, una asociada al elefante y, en concreto, a su trompa. Tener en casa una figura de elefante con la trompa hacia arriba, llama a la buena suerte. Si, por el contrario, la trompa apunta hacia el suelo, atraerá a la desdicha. Desconozco el origen último de la suposición. El caso es que sólo tomé distancia de ella cuando, en mi primer viaje a India, me di cuenta de que la deidad tutelar preferida por la mayoría de los comerciantes era Ganesha, el dios con cabeza de paquidermo y raramente representado con la trompa en alto, lo cual no parecía preocupar en absoluto a quienes incensaban su efigie en sus tiendas, donde en muchos casos la prosperidad era bastante más que evidente…

Hay, en realidad, no pocas leyendas relacionadas con los elefantes. Una, la de su prodigiosa memoria. Otra, la de su edad. ¿Sabe usted que, en el siglo I, los elefantes vivían como mínimo cuatrocientos años? Apolonio de Tiana vio, cerca de Taxila, un ejemplar al que los naturales del lugar ungían con mirra por tratarse de uno de los que, alrededor de trescientos setenta y cinco años antes, habían combatido contra Alejandro el Grande en los ejércitos de Poro. Por las mismas fechas, Yuba, rey de los númidas, aseguraba haberse encontrado con un elefante superviviente de un combate librado cuatro siglos atrás: lo reconoció por la torre que fuera grabada en los colmillos de los paquidermos del bando derrotado.

Hablando de elefantes y derrotas, me viene a la memoria un episodio de la historia española reciente que muchos recuerdan como poco menos que la irrupción de un elefante en una cacharrería. Merece la pena detenerse en el artículo que, tres días después del supuesto intento de golpe de Estado protagonizado de cara a la galería por el teniente coronel Tejero, publicó Rafael García Serrano en El Alcázar. Rafael, decíamos, que en sus dos anteriores dietarios –así se titulaba su sección– no había hecho la menor alusión al acontecimiento que en esos días acaparaba toda la atención de la ciudadanía y de los medios, tampoco lo hizo en este artículo. Titulado Recuerdo italiano de un elefante parisién, lo dedicó por entero a la evocación de cómo conoció en una trattoria de Via Venetto al escritor Leo Longanesi, autor del libro Parliamo dell´elefante, citando el siguiente párrafo del mismo: «Duclos, hace días, decía: Señores, hablemos del elefante (un joven elefante de cinco años que excitaba la curiosidad de los parisienses); es el único animal de cierto relieve del cual se puede hablar sin peligro en estos tiempos…».

Sobre el papel, aquello, con el país entero temblequeante como un flan y a la espera de qué diría, sobre todo, El Alcázar, no venía a cuento. Claro que, a toro pasado, uno se da cuenta de que sí venía, y mucho, por cuanto Rafael, con su fino sentido de la ironía, estaba aludiendo de modo velado a la misteriosa figura militar cuya llegada al Parlamento, supuestamente, Tejero habría estado aguardando. En efecto, aquel evanescente soldado, cerebro en la sombra del pronunciamiento, identificado por algunos como el general Armada, y por otros como el general Fernando de Santiago y Díaz de Mendívil, era conocido en las redacciones y los ambientes políticos de la época como El Elefante Blanco. Quizá debiera Rafael haber evocado su encuentro con un escritor de país distinto de Italia, donde, como en España, no barritan los elefantes salvo en los zoos: pienso, por ejemplo, en Birmania, pues allí se cree que la aparición de un elefante albino –blancos como la nieve era los cabellos de Díaz de Mendívil– ha de deparar al reino días de felicidad y prosperidad.

A dos pasos de Birmania nos lleva otro artículo muy similar, y que vio la luz pocos años después que el de García Serrano. Un buen día, quedó al descubierto la trama de corrupción cuyas terminales chisporroteaban en los dedos del intocable espía Francisco Paesa y el vituperado Luis Roldán, entonces director general de la Benemérita y que, a día de hoy, ha tomado ya el autobús hacia la libertad en compañía de una novia rusa, que es lo que conviene a los delincuentes de categoría internacional, y, además, con una boina bien calada, una bufanda roja y unas megagafas negras que le dan aspecto de personaje de El Cluedo. Cuando salió a la luz que Roldán iba a ser entregado a las autoridades españolas por agentes de policía de tan remota nación como Laos, el rotativo ABC anunció la publicación, al día siguiente, de un artículo de su director, Luis María Anson, que iba a poner los puntos sobre las íes acerca de tan escabroso asunto. La sorpresa fue, para muchos lectores, mayúscula al encontrarse con un artículo estampado en la tercera página y firmado, en efecto, por Luis ºaría Anson, pero cuyo contenido no consistía más que en un repaso tan erudito como escasamente demandado a la historia milenaria del antiguo reino de Siam. A toro pasado, claro, fueron muchos los que terminaron por percibir el sentido profundo de aquellas líneas aparentemente carentes del mismo: se trataba de cachondearse acerca de un viaje del ministro Belloch a Laos que jamás había tenido lugar y de una noticia que no había oficiado más que como cortina de humo para despistar al personal. Algunos juzgaron el artículo bastante espeso, y lo era, pero debido no tanto a disfunciones que no había lugar a diagnosticar en la brillante y aguda pluma de Luis María Anson como a lo pegajoso e impenetrable de las frondosísimas junglas de laosianas (resulta evidente que los dos escritores no se midieron en igualdad de condiciones: Rafael lo tuvo más fácil y su estilo no se resintió porque en España, a fin de cuentas, no hay jungla). El de Anson sobre Siam es, en fin otro de esos artículos que, indiscutiblemente, adquieren con el tiempo su verdadera importancia.

Claro que, en el arte de hacerse periodísticamente el despistado, creo insuperable la actitud adoptada por el diario ABC de Madrid en su edición del 19 de julio de 1936, en cuyas páginas no encontrará el lector la menor alusión de peso al alzamiento militar protagonizado la víspera por el ejército de África, ni a las milicias socialistas que –armas en mano– patrullaban las calles, ni a los contingentes falangistas atrincherados en el Cuartel de la Montaña de Príncipe Pío, donde fueron masacrados por las turbas después de haberse rendido. ABC apenas reprodujo con cierto distanciamiento, como si nada de aquello fuera con los Luca de Tena, un par de escuetos comunicados oficiales que circunscribían el área afectada por el pronunciamiento a un rinconcillo perdido del Protectorado de Marruecos y certificaban que la intentona no había encontrado eco alguno en la Península. Eso sí: se cesaba en sus puestos a los generales Franco Bahamonde, González del Haro y Queipo de Llano. Pero vamos, como se podía licenciar por razones de edad, agradeciéndole los servicios prestados, al jefe de los serenos.

Las dos noticias más importantes de la jornada fueron, de creer a ABC de la fecha, dos conferencias pronunciadas el día antes en Madrid, una por don Fernando José de Larra (La inquietud de Larra, impartida en el Círculo de Bellas Artes) y, sobre todo, El baño en la historia de la humanidad, con la que el doctor García del Real deleitó a la concurrencia en el Centro de la Construcción. Gracias a ABC, el vecino del Madrid republicano pudo informarse aquel día acerca de la utilización del baño como remedio terapéutico por judíos, caldeos e indios; de cómo la costumbre del baño quedó interrumpida en Roma tras la destrucción de sus acueductos por los bárbaros; de que turcos y árabes nunca fueron «enemigos de los baños»; de que los baños desaparecieron del escenario europeo desde comienzos de la Edad Moderna, hasta el punto de que los cortesanos del Rey Sol hedían que daba asco; y de que es a principios del siglo XIX cuando «el cuarto de baño va apareciendo en el domicilio de las clases sociales elevadas». El conferenciante, leemos, «fue muy aplaudido». Nada, en fin, sobre el otro baño –de sangre y en plena ebullición– que estaba empapando la piel de la capital.

El redactor de ABC autor de tan vibrantes notas de actualidad optó por no firmarlas, así que desconocemos su identidad. Pero no cabe duda de que merece figurar en la historia de las cortinas de humo al lado de dos pesos pesados como Rafael García Serrano y Luis María Anson.


* Joaquín Albaicín es escritor, conferenciante y cronista de la vida artística.

 
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