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Altar Mayor Nº - 142 (16)
Friday, 29 July a las 13:44:41

Altar Mayor artículos REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 142  - julio / agosto de 2011

 

LA VIRGEN MARÍA COMO ARQUETIPO DE LA CULTURA DE LA VIDA
Hugo Alberto Verdera*



 
1. Introducción: actualidad de la presencia vivificante de la Santísima Virgen

Sin duda alguna, la Anunciación del Ángel a María señala el punto culminante de la vida de la joven hebrea. Podemos decir que todo lo que la precede se halla como ordenado por ella, y todo lo que la sigue brota, como de una fuente de vida y, como tal, «vivificante», de ese memorable hecho, expresivo del más vivo amor de Dios por su creatura, el hombre. Agudamente, en pleno plano teológico, nuestro maestro querido, el Padre Leonardo Castellani, nos enseña que «el Anuncio del Ángel a Nuestra Señora nos anuncia a nosotros el misterio de la Encarnación», y añade que «decir la Encarnación del Hijo de Dios o Redención del género humano, es decir lo mismo: la Redención es el fin, la Encarnación es el medio; y ambas son una misma cosa. La Encarnación es el misterio central de nuestra Religión, en el cual se cifran todos los otros, desde el Pecado Original hasta la Segunda Venida de Cristo».

La Encarnación del Verbo en el seno purísimo de María son relatadas en el capítulo primero del Evangelio de San Lucas. Como pulcramente escribe uno de los más grandes mariólogos de la Iglesia, «es una bella descripción recogida quizás de los mismos labios de María»; «se nota en ella un perenne connubio entre lo sublime y lo sencillo. Dos prerrogativas del alma de María. Es imposible narrar un hecho tan sublime de manera más simple. Más que una narración, diríase una pintura. Puede decirse que es el hecho mismo que se cuenta con el ritmo melodioso de un canto».

S. S. Juan Pablo II, en su Carta Apostólica sobre el Rosario, expresa rotundamente que en el primer ciclo del mismo, «el de los “misterios gozosos”, se caracteriza efectivamente por el gozo que produce el acontecimiento de la encarnación. Esto es evidente desde la anunciación, cuando el saludo de Gabriel a la Virgen de Nazaret se une a la invitación a la alegría mesiánica: “Alégrate, María”. A este anuncio apunta toda la historia de la salvación, es más, en cierto modo, la historia misma del mundo. En efecto, si el designio del Padre es de recapitular en Cristo todas las cosas (cf. Ef 1, 10), el don divino con el que el Padre se acerca a María para hacerla Madre de su Hijo alcanza a todo el universo. A su vez, toda la humanidad está como implicada en el fiat con el que Ella responde prontamente a la voluntad de Dios».

Es por ello que desde siempre la Iglesia Católica ha enfatizado la importancia del fiat de María, del «He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra». Una vez conocido el designio divino, la joven virgen se entrega a la Voluntad de Dios, con obediencia pronta, plena y sin reservas. Tiene plena conciencia de la desproporción entre lo que va a ser –Madre de Dios– y lo que es –una mujer–; pero comprende que Dios lo quiere y nada es imposible para Dios, y por esto nadie es quién para poner dificultades al designio divino. Y ella, con plena conciencia, aunando humildad y obediencia, pronunciará el a la llamada de Dios con una respuesta perfecta: «He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra». El Ángel Gabriel calla y escucha en reverente silencio la respuesta de María: el libre consentimiento que le era pedido en nombre de Dios. «Este consentimiento de la Virgen –nos enseña el Padre Castellani, con su teología impecable– es una cosa tan grande como la creación del mundo: como el «Fiat» (hágase que pronunció Dios siete veces en el comienzo de todas las cosas). Ahora comienza otro mundo, invisible y sobrenatural: el mundo de la Gracia de Dios, de la cual la virgen fue proclamada la cumbre: “Oh Agraciadísima”, que nosotros decimos “Oh llena de gracia”».

Cuando leemos en San Lucas el hecho de la Anunciación, inmediatamente surge con claridad la ejemplaridad de María. Vemos en el relato del mismo, a la Virgen Santísima como ejemplo perfecto de pureza («no conozco varón»);de humildad («He aquí la esclava del Señor»); ejemplo de candor y sencillez («de qué modo se hará esto, pues no conozco varón»); ejemplo de obediencia y de fe viva («hágase en mí según tu palabra»).Josemaría Escrivá de Balaguer, magníficamente ha expresado esa ejemplaridad educadora de la Virgen, al escribir que «tratemos de aprender, siguiendo su ejemplo en la obediencia a Dios, en esa delicada combinación de esclavitud y de señorío. En María no hay nada de aquella actitud de las vírgenes necias, que obedecen, pero alocadamente. Nuestra Señora oye con atención lo que Dios quiere, pondera lo que no entiende, pregunta lo que no sabe. Luego, se entrega toda al cumplimiento de la voluntad divina:“he aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”. ¿Veis la maravilla? Santa María, maestra de toda nuestra conducta, nos enseña ahora que la obediencia a Dios no es servilismo, no sojuzga la conciencia: nos mueve íntimamente a que descubramos la libertad de los hijos de Dios (cfr. Rom 7, 21)».

El «Dominus tecum», «El Señor es contigo» implica la realidad corredentora, mediadora de todas las gracias y su carácter de abogada nuestra; implica, que siempre, desde la eternidad, el Señor estuvo con María, «Jamás,comenta egregiamente San Lorenzo de Brindisi, Satanás estuvo con María: Ella fue siempre llena de gracia, como el sol está lleno de luz… Dios estuvo conMaría al principio, en el medio, en el fin; con María en la concepción, para que fuese concebida inmaculada, pura, santa, llena de gracia, como única y singular hija de Dios; con María en la vida, enriqueciéndola siempre con los inmensos tesoros de las celestiales riquezas y de los méritos de la virtud; con María en la muerte, para librarla de la muerte y de la corrupción y para llevarla al cielo coronándola de eterna gloria y exaltándola por encima de todos los coros de los Ángeles. De esta manera Dios estuvo siempre con María; cosa que de ninguna otra mujer ni de ningún otro hombre puede decirse, excepto de la Virgen Santísima y de Cristo su Hijo (Mariales, pp. 215-216)».

Es sin duda inspirado el magnífico comentario que realiza San Bernardo al «El Señor es contigo». Señala el Santo que el Ángel cuando dice: «Dios te salve, llena de gracia, el señor es contigo», es comprensivo de que «no solamente el Señor, Hijo de Dios, que tú debes vestir con tu carne, sino elSeñor Espíritu Santo, por medio del cual lo concebiste, y el Señor, Padre Celestial, que genera este fruto de tu concepción. El Padre, digo, está contigo, haciendo tuyo a su Hijo; el Hijo está contigo constituyendo el maravilloso sacramento de su amor en el secreto de tu seno; el Espíritu Santo está contigo santificando, juntamente con el Padre y con el Hijo, tu seno virginal: el señor es contigo». Por ello, Santo Tomás de Aquino califica a la Encarnación del Verbo como creación prodigiosa, aunque común a la tres divinas personas, porque es una operación ad extra, es atribuida sin embargo al Espíritu Santo, es decir a la tercera persona de la Santísima Trinidad, pues el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo por amor, y la Encarnación es la obra del más alto amor de Dios a los hombres. Y puntualiza el Doctor Angélico que «por el hecho de ser Madre de Dios, tiene una dignidad en cierto modo infinita, a causa del bien infinito que es Dios. Y en esa línea no puede imaginarse una dignidad mayor, como no puedeimaginarse cosa mayor que Dios». «Ella es la única que junto con Dios Padre puede decir al Hijo de Dios: Tú eres mi Hijo». En la misma línea, dice Cayetano: «María, al concebir, dar a luz y alimentar con su leche al Dios humanado, llegó a los confines de la divinidad con su operación propia y natural».

Dice el Padre Castellani, refiriéndose a la afirmación del Ángel Gabriel de la Virgen como «llena de gracia», que «la gracia es un don gratuito de Dios que nos pone en el camino de la vida eterna; nos hace merecedores y capaces de la vida eterna. Por ser llena de Gracia, María Santísima no heredó el pecado original, por ser llena de gracia tuvo que resucitar y subir al cielo como su hijo; por ser llena de Gracia, es ahora la intercesora de todas las gracias».

Pues bien, frente a la actual coyuntura que nos toca vivir, se hace imprescindible la presencia arquetípica de Nuestra santísima Madre. En ella está la clave de la solución, pues es la condición más digna de la mujer la que es hoy jaqueada y puesta en cuestión. La «cultura de la vida», que es expresada en su más alto rango en el hecho de la maternidad, es atacada, cuestionada, ridiculizada y, lo que es más grave, negada por los personeros de la «cultura de la muerte», que presentan como derechos la negación del ser, la negación de la vida, la muerte como opción «progresista» en este mundo moderno, que más que «postcristiano», se ha convertido en «cristofóbico», es decir, en un mundo que tiene aversión a Jesucristo, a la Iglesia Católica, Cristo prolongado en la bellísima expresión del Cardenal Journet, al Evangelio y a las indiscutibles exigencias éticas que el mismo implica.

2. La Anunciación, inicio de la corredención

Celebraremos el 25 marzo la Solemnidad de la Anunciación, día en que el ángel le anuncia a la Virgen María que va a ser la Madre de Dios. Por tanto es la Fiesta de la Encarnación de Jesús, es decir cuando el Hijo Eterno del Dios Eterno se hace Hombre. Este día también celebramos en la Argentina, igual que en otras partes del mundo, el día del Niño por Nacer. Y nada más adecuado, puesto que nada mejor que mirar a Jesús que se hace hombre en el seno de María Virgen para darnos cuenta que la vida humana comienza en el mismísimo instante de la concepción, y que debe ser cuidada y amada desde ese momento.

Este hecho amoroso y gratuito de la Encarnación, como hemos bosquejado, significa el necesario rol corredentor del «fiat» de María. Y si la Iglesia celebra el 25 de marzo la fiesta de la Anunciación y la de la Encarnación del Señor, en la que se conmemora el anuncio del ángel a María y la encarnación del Hijo de Dios, está celebrando el inicio de la vida humana de Dios. Y el inicio de la vida humana de Dios, significa el inicio de la Redención de la humanidad caída. Y el instrumento es la maternidad divina, que adquiere así carácter corredentor. Este día ha sido elegido por la Iglesia para celebrar el día de la Vida. Sería difícil haber encontrado un día mejor para celebrar la vida, que aquel en el que Dios se encarnó y se hizo hombre gracias a la disponibilidad de María que se fió y aceptó, desde la gratuidad, participar en el inicio de la redención, en el inicio de la vida redimida de la humanidad.

El Hijo de Dios se hizo carne de nuestra carne para caminar por nuestro mismo camino y mostrarnos, con su ejemplo, la auténtica manera de ser seres humanos, imagen y semejanza de Dios, para conducirnos hacia la plenitud en el encuentro con el Padre. Se ha señalado que «la fe católica es cristocéntrica. Cristo Jesús, Segunda Persona de la Santísima Trinidad, es principio y fin, alfa y omega, el gran pontífice que ha restablecido la unión del hombre con Dios mediante su encarnación, vida, pasión, muerte, resurrección y ascensióna los cielos. Así ha roto las cadenas que nos hacían esclavos de nuestras pasiones –desordenadas por el pecado–; del demonio, que por el pecadoejerce cierto poder sobre el pecador; y de la muerte, que es laconsecuencia más dramática de la ruptura con Dios que el pecado causa. A la vez, Jesucristo nos ha merecido una elevación (por participación) a la vida divina ‑esto es, a la vida de la Gracia, con las virtudes sobrenaturales, los dones y frutos del Espíritu Santo‑, más elevada e íntima que aquella que gozaron nuestros primeros padres en el paraíso. Jesucristo, de un modo que no hubiéramos podido soñar, nos ha hecho hijos de Dios y nos ha abierto las puertas del Cielo. La Redención pues, de hecho, no es sólo “rescate” de la esclavitud que implica el pecado, sino “justificación”, “santificación”». Pero, «de manera singular y sublime, Jesús ha querido unir a su ser y a su misión de Hombre Salvador a la Virgen María, Madre suya por obra del Espíritu Santo. En la actual economía de la Redención, ya no puede entenderse cabalmente la salvación realizada por Cristo, sin la singular presencia activa de la Virgen María, Madre de Dios y Madre nuestra, adornada por el Creador con privilegios extraordinarios. María ha sido singular y “valerosa solidaria” de la obra redentora de Cristo Jesús».

Por tanto, es necesario imitar a María y que nosotros abramos nuestros corazones de una manera especial al clamor de sufrimiento y dolor, a la gente concreta que padece y a todas las situaciones en las que la humanidad arrolla a los débiles, especialmente a los más débiles, aquellos que no pueden defenderse porque todavía no han nacido. Hay que protegerlos. Debemos ser, como María, necesariamente «corredentores».

No podemos negar un hecho tristemente evidente, aún entre los mismos católicos, que hoy en día escuchamos con dolor, como se pone en duda la vida del niño en el vientre de su madre tan sólo por haber sido concebido en determinadas circunstancias, que no son siempre ni las mejores ni las queridas para traer un niño al mundo, pero que de ninguna manera nos pueden hacer dudar sobre el derecho a vivir que esa criatura lleva consigo. Y también es una triste realidad, también entre quienes se dicen cristianos, la devaluación de los dones de la maternidad y paternidad, que han dejado de vivirse hoy con la profundidad y alegría de realizar el sueño de Dios, de procrear, es decir, ser padre o madre, es decir, de participar, como instrumentos dóciles, del acto creador del mismo Señor, donde también ahí se plasma la «imagen y semejanza» con que Él nos creó.

En el mundo entero, y particularmente en nuestro país hoy, se está promoviendo una mentalidad y una conducta antivida. De esto nos damos cuenta por la cantidad de propuestas legislativas y programas que surgen desde los gobiernos para instalar la despenalización del aborto, la desvalorización de la familia, de la maternidad y paternidad, la propaganda para vivir una sexualidad despersonalizada e irresponsable.

3. La Anunciación del Ángel a María y la vida humana

Ante esta realidad trágica que vive la sociedad occidental, y nuestro país, como parte de ella, la Anunciación del Ángel a María y la vida humana adquieren una importancia vital para la auténtica vida del cristiano. Quiero señalar, dentro de las nutridas, abundantes expresiones del Magisterio de la Iglesia, la valiente y constante presencia realista de Monseñor Héctor Aguer, en defensa de la vida humana, en especial del niño por nacer. Es constante su prédica, valiente y denunciante, sobre la contextura cada vez más fuerte de la «cultura de la muerte» en nuestro país. Y ello en consonancia con el más auténtico Magisterio de la Iglesia, que es el del Sumo Pontífice, porque como todos sabemos, «Ubi Petrus, ibi Ecclesia, ibi Deus» («donde está Pedro, está la Iglesia, está Dios»). Resumo solamente tres expresiones de Monseñor Aguer, todas en relación a la celebración del Día del Niño por Nacer.

En marzo de 2006, con fuerza irrebatible expresaba «Jesucristo fue durante nueve meses un niño por nacer»; que el niño por nacer «no es un mero producto que pueda ser descartado si no gusta, de acuerdo a las nuevas maníaseugenésicas, o porqueresulta de un embarazo no deseado»; que «al que ha de nacer como fruto de la concepción humana lo llamamos niño; no simplemente feto, o embrión»; que causa admiración que la persona humana, «la obra más compleja y digna de todo el universo, se encuentra ya presente, idéntica a sí misma, en aquella única célula»; que las técnicas modernas, como la ecografía tridimensional, permiten seguir visiblemente aquel «misterioso ser formado en lo secreto» a lo largo de su evolución de nueve meses; que «se pueden observar, por ejemplo, los gestos, sonrisas y bostezos de un niño por nacer a los tres meses de su concepción. También se puede registrar la reacción de terror, de dolor, y el grito silencioso del que es asesinado en el seno de su madre». Y que todo, avalado por la ciencia moderna, nos invitan a aceptar la realidad de que el niño por nacer «no puede ser manipulado como un objeto biológico cualquiera para servir a otro fin, por más humanitario que se quiera», porque «él es un fin, término de la acción creadora y el amor de Dios».

Y recordando que el Día del Niño por Nacer coincide con la fiesta de la Encarnación del Hijo de Dios en el seno virginal de María, Monseñor subrayó que «Él, Jesucristo, fue durante nueve meses un niño por nacer. Al hacerse hombre se unió de algún modo a todo hombre, y quiso identificarse con los más pequeños de sus hermanos». Y afirmó que Jesucristo es «de nuevo crucificado en cada niño por nacer, al que se le niega el derecho a contemplar la luz del sol». Y terminó con la plena ratificación de todo católico auténtico del rechazo al aborto, utilizando la frase de Teresa de Calcuta: el aborto «es la cosa más diabólica que puede hacer la mano del hombre [...] el grito de esas criaturas llega continuamente a oídos de Dios».

En referencia al mismo tema, expresaba el Arzobispo de La Plata su satisfacción por «el establecimiento del 25 de marzo como el Día del Niño por Nacer ha sido realmente una muy feliz ocurrencia porque nos permite, una vez al año por lo menos,poner atención en este hecho admirable de cómo surge un ser humano», agregando que «a nosotros nos fascina, nos asombra, nos admira ver a un bebé recién nacido pero quien conoce, a través de las imágenes que hoy día son de fácil acceso, todo el proceso de gestación desde el instante de la concepción, eso sí que es para admirarse. El salmo 138, en la Biblia, alude, precisamente, al modo maravilloso de cómo el ser humano es tejido en las entrañas de su madre». «Por eso, el Día del Niño por Nacer es una ocasión para reflexionar acerca del valor de la vida humana, del respeto que se debe al ser humano desde el instante mismo de la concepción». Luego con precisión denunció que «todos sabemos lo que significa el aborto, la crueldad del acto abortivo, porque pensamos, tal vez, en un bebé en el seno de su madre en el cuarto o quinto mes de gestación, pero como al embrión no se lo ve, porque es tan pequeño que no se lo ve puede pasar inadvertido y puede considerarse banal su eliminación» […] lo que va creando, «de hecho, en la mentalidad común, en los fenómenos culturales que se van imponiendo y que se convierten finalmente en legislación, pareciera que no existe el debido respeto al embrión humano, a pesar de todas las certezas científicas que nos demuestran que desde el instante mismo de la concepción, cuando se constituye el cigoto, allí está toda la información genética que señala la identidad de una persona y que va a desarrollarse no sólo hasta el nacimiento, sino hasta el fin natural de la vida». Por eso, nos conmina Monseñor y él mismo lo hace, a «llamar la atención sobre ciertos hechos que se van convirtiendo en habituales en la cultura actual y que significan un desprecio de la vida humana en ese estadio inicial de su desarrollo que es el embrión». Denuncia como ejemplos «los procesos de procreación artificial. Hay muchas personas que ven por ese medio cristalizada su intención de tener un hijo, su vocación paterna o materna. Se dice que un tercio de las mujeres que recurren a estos métodos de procreación artificial consiguen tener un hijo, pero no se dice qué cantidad de embriones se pierden en el camino. Son miles y miles los embriones que se pierden en esas técnicas de fecundación in vitro y, a veces, son expresamente descartados», contemplando el descarte de los denominados «embriones sobrantes, pero también a la selección de embriones», conformándose «el triunfo de la mentalidad eugenésica. Hay gente exquisita que, hoy, puede llegar a elegir el sexo de su hijo, el color de pelo o de ojos, porque existen bancos de espermas y de óvulos. Entonces se pueden buscar todas las combinaciones posibles. Esto significa un desprecio de la condición humana del embrión». Incluye en ese mismo plano el «congelamiento de embriones que parece una técnica inocente, pero que puede provocar graves daños y ha llevado a un callejón sin salida. Un hecho que no se sabe cómo resolver: millones y millones de seres humanos congelados en distintos centros, que cada tanto deben ser tirados, literalmente tirados, porque no se los puede conservar más tiempo porque hay que renovar los stocks o liberar y limpiar los depósitos. Se los trata como si fueran un objeto, una cosa».   Al finalizar; Monseñor Aguer, con el dolor de un pastor preocupado de su rebaño, enfatizó que «por todo esto tenemos que crear conciencia y difundirla acerca del valor de la vida humana desde el inicio de la concepción». A causa de lo que ocurre en estos tiempos, me parece que vamos a tener que complementar el 25de marzo con otra fecha. El 25 de marzo se eligió como Día del Niño por Nacer porque es el Día de la Encarnación, es el día de la Anunciación del Ángel a María: cuando Jesús comenzó a ser un niño por nacer, y lo fue durante nueve meses en el seno de la Virgen Santísima. Pero vamos a tener que completar esa fecha con otra del calendario cristiano; yo propondría el 28 de diciembre, que es el Día de los Santos Mártires Inocentes. Tendríamos que conmemorar, de esa manera, a estos mártires anónimos del Siglo XX y del Siglo XXI, los niños por nacer que son descartados como si no fueran, como si no existieran. Dios nos libre de que esto se imponga definitivamente en la conciencia de los hombres de hoy».

Y hace pocos días, el 20 de marzo pasado, Monseñor Aguer, con el claro título de «Supremos tribunales de injusticia discriminan al niño por nacer», expresaba su análisis del aborto con profundo dolor que se cometió en Trelew, provincia de Chubut, hace pocos días. «El Juez de primera instancia y luego la Cámara habían denegado la facultad de abortar. El Comité de Bioética del hospital donde iba a realizarse la intervención también se pronunció negativamente. Pero el Supremo Tribunal de Justicia autorizó el aborto, o mejor dicho condenó a muerte a un niño que tenía cinco meses de gestación». «La joven mamá había quedado embarazada como consecuencia de una violación. Creo que había sido el “conviviente” de la madre quien cometió esa infamia; se ha pedido el aborto, que autorizó finalmente el Supremo Tribunal de Justicia de la Provincia, a pesar de que había dos sentencias en contra». Y en forma clara y recia, como corresponde a un auténtico Pastor de almas, exclamaba: «Uno se pregunta, en casos como este, qué diferencia hay entre el aborto y el infanticidio, porque un bebé de cinco meses puede vivir ya fuera del seno de su madre. Le faltacrecer en talla y enpeso, pero muchos niños que han nacido así, prematuramente se han recuperado con normalidad; este, en cambio ha sido condenado a muerte». 

Y puntualizaba que «la iglesia local, por boca de su obispo, intervino en el momento oportuno ofreciendo su cálida cercanía a la joven mamá, a su familia, proponiendo otras soluciones como acompañarla hasta el parto e incluso después, con la posibilidad de que alguna familia, con mucho amor, quisiera adoptar al bebé. Finalmente la sentencia la dictó el Supremo Tribunal de Justicia de la Provincia. ¿No habría que llamarlo más bien Supremo Tribunal de Injusticia? Según mis informaciones han jugado un papel decisivo para crear ambiente a favor del aborto organismos nacionales como el Consejo Nacional de la Mujer, la Secretaría de Derechos Humanos y el INADI –Instituto Nacional contra la Discriminación, la Xenofobia y el Racismo– que aquí se ha jugado bravamente discriminando a un niño por nacer, que podía haber nacido». Puntualizaba, además, que «estos casos son muy penosos ciertamente uno considera la situación dramática que vive la joven mamá, la afrenta que ha sufrido y lo difícil que le resulta aceptar las consecuencias, pero: ¿justifica esto que se pueda proceder como ha hecho, condenando a muerte a un inocente? […] La razón natural, las ciencias biológicas y el orden jurídico imponen una sola conclusión: el bebé tenía derecho a nacer, y no le fue reconocido. Yo creo queestas cosas que pasan están preparando el terreno para que la legislación acabe autorizando el “crimen abominable del aborto”».

Agregó el Arzobispo que «de hecho hay varios proyectos en el Congreso de la Nación, desde hace tiempo, que intentan legitimar el aborto en casos como éste de una violación y en otras circunstancias»; que existe en la Argentina una «fuerte tendencia, transversal a diversos sectores políticos, [que] pretende alterar la naturaleza de la familia. Son conocidos los proyectos en favor de otorgar un estatuto de derecho público a la convivencia de personas del mismo sexo. Organismos presuntamente dedicados a combatir la discriminación están preparándose para cometer una gravísima discriminación contra el matrimonio como base de la familia y de la sociedad».

Por último, Monseñor Aguer nos exhorta a comprometernos. Y ese compromiso involucra, hoy, a «hacer opinión, difundir la verdad, señalar a quienes atentan contra la familia y contra la vida. No hay que tener miedo de manifestarse públicamente en la defensa de los valores esenciales de la condición humana, que aseguran el futuro de la sociedad. ¿Por qué aceptar pasivamente que se reconozca como un derecho lo que tendría que reprobarse como contrario a la naturaleza de la persona y de la sociedad? En España, no hace mucho, ha habido manifestaciones importantes con la participación de más de un millón y medio de personas en defensa de los principios de la familia y de la vida. ¿Y en la Argentina qué pasa? ¿Seríamos nosotros capaces de convocar esa multitud?».

Pues bien, se ratifica así que la Encarnación del Verbo está en relación íntima y ontológica con la vida humana. Jesucristo, Camino, Vida y Verdad, nacido de la Virgen Santísima, nos da en Ella la mediadora ineludible para la lucha por la vida, que es la lucha por la «cultura de la vida» frente a la atroz e inhumana «cultura de la muerte», por más que se presenten como «defensores de los derechos del hombre», y paradójica y perversamente, proclaman como derecho la muerte del niño concebido por nacer.

4. Conclusión. María como arquetipo del amor de Dios a la vida humana

Como católico y como argentino, tengo la firme convicción que no podemos permanecer indiferentes. Más aún, como magníficamente ha expresado el Magisterio Auténtico, «la enseñanza social de la Iglesia se origina del encuentro del mensaje evangélico y de sus exigencias éticas con los problemas que surgen en la vida de la sociedad».

En lo personal, que resuena en mí aún el acuciante grito del gran Papa Juan Pablo II: «Nunca se puede legitimar la muerte de un inocente», cuando hablaba sobre el abominable crimen del aborto. Y también resuena en mí su exhortación a toda la Iglesia, expresando que «la evangelización no sería completa si no tuviera en cuenta la interpolación recíproca que en el curso de los tiempos se establece entre el Evangelio y la vida concreta, personal y social del hombre…». Y en el mismo documento magisterial, Juan Pablo II nos hacía un llamado que él denomina «acuciante», expresando, que el mismo es «a todos y a cada uno, en nombre de Dios: ¡respeta, defiende, ama y sirve a la vida, a toda vida humana! ¡Sólo siguiendo este camino encontrarás justicia, desarrollo, libertad verdadera, paz y felicidad!».

Es necesario que todos, sacerdotes, religiosos y laicos de nuestra Iglesia Católica, en fidelidad con la Cátedra de Pedro, proclamemos con renovado fervor el don de la vida. Elevemos nuestra mirada y nuestro corazón al Cielo pidiendo a Jesús y a su Madre que nos den la fuerza necesaria para no flaquear frente a tanta mentira y violencia. Tengamos presente que eso es lo que nos pide Nuestros Señor: anunciar cada día con más amor y fidelidad el Evangelio de la Vida, para así construir cotidianamente entre todos la «Cultura de la Vida».

Tomando como arquetipo en su más corriente acepción, es decir «como sinónimo de modelo, de principio (arche) normativo (typos)». Así, «El Arquetipo es un modelo atractivo por su ejemplaridad y perfección, un primer molde –inmóvil y permanente– hacia el que deben tender los hombres y sus acciones, una forma o idea original y principal convertida por ellos en punto de convergencia del partir y del llegar humano».

Sin duda alguna, para todo católico, además del rol arquetípico del Verbo Encarnado, y fundamentalmente en esta lucha por la «cultura de la vida», la Santísima Virgen se presenta como arquetipo fundamental, expresivo del amor de Dios por la creatura humana. Ello explica el furor que no puede ser interpretado más que desde el punto de vista teológico, que se manifiesta hoy contra Nuestra Señora, objeto de burlas, de sarcasmos y de auténticas blasfemias por parte de la sociedad autodenominada «autónoma», que como tal se da a sí misma sus propias leyes; «autosuficiente», ya que se considera separada y no dependiente de nada externo a su propia «autoconciencia»; y totalmente «libre», entendido de toda dependencia a su propio voluntarismo, que como tal rechaza toda orientación externa a la conciencia individual, es decir, rechaza el orden moral objetivo y el orden natural, vulnerando la propia naturaleza humana.

Que todos nosotros, católicos creyentes y dispuestos, como tales, a aceptar el mandato; que todos nosotros, católicos que acudimos al encuentro de nuestra Madre del Cielo, encontremos la luz y el fundamento que encienda nuestros corazones para alentar e irradiar a toda la sociedad una renovada Catequesis que valorice la Vida humana con el mismo amor que nuestro Padre Dios quiere para todos sus hijos.

Cuando ya había terminado de preparar esta conferencia, leo el 22 de marzo, un artículo de Monseñor Giampaolo Crepaldi, Arzobispo de Trieste y Presidente del Observatorio Internacional Cardinales Van Thuán. El mismo se titula «Los antipapas y los peligros del magisterio paralelo». Creo que es, además de plena actualidad, considerar el análisis que hace Monseñor Crepaldi, y que resultan explicativos la situación actual que vivimos, internamente, los católicos. Dice el prelado precitado que «el intento de la prensa de implicar a Benedicto XVI en la cuestión de la pedofilia es solo el más reciente de los signos de aversión que muchos nutren hacia el Papa. Es necesario preguntarse cómo este Pontífice, a pesar de su mansedumbre evangélica y de su honradez, de la claridad de sus palabras unida a la profundidad de su pensamiento y de sus enseñanzas, suscite en algunas partes sentimientos de hastío y formas de anticlericalismo que se creían superadas. Y esto, hay que decirlo, suscita aún mayor asombro e incluso dolor cuando quienes no siguen al Papa y denuncian sus presuntos errores son hombres de Iglesia, sean teólogos, sacerdotes o laicos.

Luego, con firmeza doctrinal y auténtica defensa del sucesor de Pedro, señala Monseñor Crepaldi que «las inusitadas y claramente forzadas acusaciones del teólogo Hans Küng contra la persona de Joseph Ratzinger teólogo, obispo, Prefecto de la Congregación de la Fe y ahora Pontífice por haber causado, según él, la pedofilia de algunos eclesiásticos mediante su teología y su magisterio sobre el celibato nos amargan profundamente. Nunca había sucedido que la Iglesia fuese atacada de esta forma». Luego enumera con claridad prístina, las evidencias de esta resistencia a la autoridad doctrinal del Sumo Pontífice. Cito textualmente:

·         A las persecuciones contra muchos cristianos, crucificados en sentido literal en muchas partes del mundo, a las múltiples tentativas de desarraigar el cristianismo en las sociedades antes cristianas con una violencia devastadora en el plano legislativo, educativo y de las costumbres que no puede encontrar explicaciones en el buen sentido común, se añade desde hace tiempo un encarnizamiento contra este Papa, cuya grandeza providencial está ante los ojos de todos.

·         De estos ataques se hacen tristemente eco cuantos no escuchan al Papa, también entre eclesiásticos, profesores de teología en los seminarios, sacerdotes y laicos. Cuantos no acusan abiertamente al Pontífice, pero ponen sordina a sus enseñanzas, no leen los documentos de su magisterio, escriben y hablan sosteniendo exactamente lo contrario de cuanto él dice, dan vida a iniciativas pastorales y culturales, por ejemplo en el terreno de la bioética o en el del diálogo ecuménico, en cierta divergencia con cuanto él enseña. El fenómeno es muy grave por cuanto está muy difundido.

·         Benedicto XVI ha dado enseñanzas sobre el Vaticano II que muchísimos católicos rebaten abiertamente, promoviendo formas de contraformación y de magisterio paralelo sistemático, guiados por muchos «antipapas»;

·         ha dado enseñanzas sobre los «valores no negociables» que muchísimos católicos minimizan o reinterpretan, y esto sucede también por parte de teólogos y comentaristas de fama huéspedes en la prensa católica además de en la laica;

·         ha dado enseñanzas sobre la primacía de la fe apostólica en la lectura sapiencial de los acontecimientos y muchísimos continúan hablando de la primacía de la situación, o de la praxis, o de los datos de las ciencias humanas;

·         ha dado enseñanzas sobre la conciencia o sobre la dictadura del relativismo pero muchísimos anteponen la democracia o la Constitución al Evangelio. Para muchos la Dominus Iesus, la Nota sobre los católicos en política de 2002, el Discurso de Regensburg de 2006, la Caritas in veritate es como si nunca hubiesen sido escritos.

·         La situación es grave, porque esta brecha entre los fieles que escuchan al Papa y quienes no le escuchan se difunde por todas partes, hasta en los semanarios diocesanos y en los Institutos de Ciencias Religiosas, y anima dos pastorales muy distintas entre sí, que ya casi no se entienden entre ellas, como si fuesen expresión de dos Iglesias diversas y provocando inseguridad y extravío en muchos fieles.

Necesitamos, pues, ante estos críticos momentos, que recalco, se manifiestan ad intra, es decir, en el interior del propio Cuerpo Místico de la Iglesia, tenemos el deber ineludible, si queremos vivir auténticamente nuestro catolicismo, expresar nuestra filial adhesión al sucesor de Pedro. Oremos por él y permanezcamos fieles a su Cátedra. Porque es indudable que, como antes señalamos, la verdadera Iglesia es la que está con la Cátedra de Pedro (Ubi Petrus, ibi Ecclesia, ibi Deus, donde está Pedro, está la Iglesia, está Dios), sobre la cual las puertas del infierno no prevalecerán y al cual dejó las llaves del Reino: Palabra de Dios. Finaliza Monseñor Crepaldi, expresando que «quienes no aman y no siguen al “dulce Cristo en la tierra” corren el peligro de seguir los cantos de sirena del demonio. Es claro que está creciendo un cisma que seráevidente con la posible larga convalecencia y muerte de Benedicto […] luego de la cual, según la profecía de San Malaquías y la Virgen en Amsterdam, vendrán catástrofes, guerras y persecuciones hasta que venga Pedro II a restaurar la tradición. En esos momentos, cuando no haya Papa, recordemos mantenernos fieles a la tradición: todo lo que escape a ese torrente doctrinal uniforme que se fue agrandando en 2.000 años, no viene de Dios. Toda innovación fuera de los márgenes del agua de Vida, no viene de Dios. Lo que no viene de Dios viene de la carne y de Satanás. Maldito el hombre que confía en el hombre. Recemos mucho por el Papa y también por sus enemigos, nuestros enemigos. ¡Ave María purísima!». Con ese ¡Ave María purísima!, debemos encarar el compromiso presente, Y quiero terminar, con unos versos del querido Padre Castellani, enunciados y proclamados como compromiso y oración:

Salud, plenagraciada
Dios es contigo, omnigraciosa. Eres
La bendita entre todas las mujeres
Por la fruta en tu vientre bienhadada
Tu intacta flor la fruta más sagrada
La sombra del Espíritu, si quieres
Hará; y el Rey ungido de los seres
Se hará criatura en ti, fuente sellada.
Madre de Dios, Santa María, a tu Hijo
Ruega por mí y los otros pecadores
Ahora y en la hora de la muerte.
Ven a matarme tú, flor de las flores,
Conforme al testamento que Él dijo:
«Ese es tu hijo», estando en trance fuerte,
Cuando sudó en la cruz mis trasudores…
Tú ven. Mis ojos se cerrarán al verte.

Permitamos que el amor de Dios llene hoy nuestras vidas; abrámosle nuestros corazones, y con María, hagamos todo por Jesús y para Jesús, en nuestros hermanos y en nuestra sociedad.


*Hugo Alberto Verdera es abogado y Doctor en Derecho y Ciencias Sociales, profesor de Filosofía del Derecho y Derecho Natural y de Ética Profesional de la Pontificia Universidad Católica Argentina Santa María de los Buenos Aires.

 
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