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Altar Mayor Nº - 142 (15)
Friday, 29 July a las 14:07:59

Altar Mayor artículos REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 142  - julio / agosto de 2011

 

LOS PORQUÉS DE LAS TRAGADERAS
Juan Antonio García Amado
*



Hay en la vida universitaria de ahora mismo un enigma que debemos desentrañar, si no queremos que se nos tenga a muchos por esquizofrénicos sin remedio. Podemos enunciarlo así: cómo es posible que, si tantos y tantos estamos profundamente disconformes con la mayor parte de las reformas universitarias de los últimos tiempos, tales reformas se impongan sin resistencia real ni oposición que se conozca.

Sí, mucha indignación en las cafeterías del campus, mucha pasión crítica por los pasillos, mucho comentario entusiasta de los contados escritos que acá o allá se publican con objeciones a bolonias, planes, vías de acceso a esto o lo otro o estatutos en borrador o en escabeche, pero, a la hora de la verdad, todo va pasando como si nada y no hay barrabasada legal ni cacicada reglamentaria que no llegue al BOE y en él se mantenga como si reinara sobre ellas el más puro y razonable consenso. Misterioso, no me digan que no.

Igual que misterioso y sorprendente en grado sumo resulta que eche pestes el profesorado, o su mayor parte, sobre la filosofía con que se reforman los planes de estudios, si bien estos se aprueban luego sin más altercado que la pelea por el crédito entre las disciplinas más retozonas y los catedráticos más soberbios (en el sentido del pecado capital, no en el otro); o que nos hagamos cruces sobre los sistemas de evaluación y su omnipresencia los mismos que luego nos apuntamos para ser evaluadores de agencias nacionales, agencias autonómicas, agencias municipales (todo se andará) y hasta agencias de transporte, si hace falta; o que tantos de los mismos que despotrican contra la tiranía de la nueva pedagogía tonta pasen luego por el aro y se inscriban en esos cursitos sobre cómo motivar al estudiante sin excitarlo en demasía o cómo manejar con eficacia la gama cromática que el PowerPoint permite en los subrayados; o que cuantos se quejan desesperadamente del desmesurado exceso de comisiones, juntas, consejos, observatorios y demás manifestaciones del espíritu de rebaño impuesto por las ovejas gobernantes no dejen de asistir a tales reuniones estériles, de las que no suele salir más acuerdo tangible que el de crear una comisión nueva o dar por bueno el concurso en el que triunfó algún pariente de autoridad académica o política, o alguna persona unida a ella por relaciones de afecto análogas a las matrimoniales, como se dice en el actual Derecho de familia.

¿Por qué tamaño desajuste entre palabras y actos, entre pensamiento y acción, en suma? ¿Por qué en las tertulias nos manifestamos como los más peligrosos opositores al mangoneo pijo que nos asfixia y en la práctica nos sometemos a él con ovina disposición? ¿Estamos mal de la cabeza? ¿Padecemos algún trastorno bipolar de la personalidad? ¿Somos cobardicas sin remisión? Veamos.

Mi tesis es que el «sistema» se ha vuelto maquiavélico y sibilino, ha aprendido de sus propios errores y ha sabido, al fin, sujetarnos por donde más nos duele: el euro. ¿Que quién o qué es el sistema de marras? Dejemos para otro día su descripción detallada y limitémonos por esta vez a sostener que se trata de lo que podríamos llamar el complejo político-burocrático-pedagógico. Lo componen politicastros de medio pelo y de corto plazo que sólo quieren estadísticas resultonas y que se conforman, y hasta se entusiasman, con la falacia (casi se me escapa un término parecido y que aquí vendría igual de a cuento) del fracaso escolar. Si todos aprueban, esto marcha. Si ningún estudiante fracasa, la enseñanza triunfa. Ni comentario merece una estupidez de tal calibre, que supone o que todos los estudiantes que en una titulación se inscriben son inteligentísimos y laboriosos por designio divino, o que toda la enseñanza es una porquería e igual da cómo resulte el estudiantado. Los políticos le tienen más fe a esta segunda opción y para consumarla se esfuerzan cada día.

Están también en el contubernio los burócratas, y cuando digo tales no me refiero al personal de administración y servicios (PAS), al que no seríamos justos si atribuyéramos entusiasmos oficinescos, pues si por algo se caracterizan es porque no gustan de hacer muchos papeles o de hacerlos pronto, razón por la que, siempre que pueden, los endilgan al personal docente e investigador. ¿O a cuento de qué se cree usted que le voy a gestionar yo los documentos y contabilidades de ese proyecto de investigación que es suyo de usted y que habrá pedido porque a usted le conviene, eh? Eso le dicen a uno, y qué va uno a replicar, si el gerente suele estar de acuerdo porque, al fin y al cabo, él es uno más, aunque mejor pagado.

No, no aludo al muy honesto y sacrificado PAS, sino a una notable parte del profesorado, a aquellos profesores cuya repugnancia de bibliotecas, laboratorios y hasta aulas es tal, que prefieren andar todo el día reunidos con sus colegas en comisiones sin (con) cuento o rellenando encuestas, memorias, informes, aplicaciones, currículos en variadísimo formato…, y que, sobre todo, disfrutan como obsesos dirigiendo algún vicerrectorado, área del rectorado, vicedecanato, subdirección de departamento, comisión de fiestas o lo que sea que les sirva para poder pedir papeles y más papeles a los colegas, a fin de impedir que estos investiguen o preparen decentemente sus clases, si era que tal se proponían, los muy taimados.

A estos burócratas por defecto (por defecto de seso y vocación, se entiende) se los reconoce enseguida: son los que están de acuerdo con toda reforma de la universidad que suponga más comisiones, más informes y más impresos. Igual que la rata se entusiasma si aumenta la dosis de queso, estos estimados compañeros babean ante nuevas disculpas para no hacer aquello por lo que cobran y para cobrar por lo que ningún docente e investigador decente debería hacer: de oficinista cutre y rutinario.

El tercer elemento del complejo son los pedagogos. Seamos justos, habrá de todo entre los pedagogos, como en todas partes. Aquí hablo nada más de ese grupo, temo que mayoritario, que ha descubierto la rueda en pleno siglo XX y que en sus comunicaciones congresuales y en sus cursos innovadores pontifica cosas tan, tan, tan profundas, que ya estaban casi todas en el refranero popular: que al que madruga Dios le ayuda, que en boca cerrada no entran moscas, que al que a buen árbol se arrima buena sombra le cobija, que más vale estar solo que mal acompañado, que hasta el cuarenta de mayo no te quites el sayo. No me lo tome el paciente lector a broma. Invito a unos buenos vinos leoneses al que me demuestre que un día asistió a un cursito sobre nuevos métodos de enseñanza que no hubiera podido impartir su propia abuela a golpe de dichos y chascarrillos. Lo que pasa que estos citan a un par de conductistas rusos que oyeron cuando hacían la carrera, y parece otra cosa. Pero es lo mismo.

Politicastros, burócratas de baja estofa y pedagogos a la violeta se han juntado porque era natural, al fin y al cabo, que se unieran en sociedad de beneficios mutuos o en simbiosis parangonable a aquella de mutualismo que se da entre el búfalo cafre y el picabueyes, que es el pajarillo que le come las garrapatas. El pedagogo disfraza de labor docente y de didáctico empeño los papeles bobalicones del burócrata profesoral ocioso, y éste urde la trama para que el político pueda presumir de que todo el que se matricula tiene título y de que todo título es garantía de competencias, habilidades y destrezas mínimamente serias y oportunas. El golpe. Lo más notable desde aquel famoso asalto al tren de Glasgow.

Mas vayamos al fin con nuestra pregunta de fondo, la de por qué ninguno se planta, si somos tantos los que les vemos las vergüenzas al descarado montaje. Decíamos que porque el sistema ha sido listo, y, ahora que ya sabemos quién mueve los hilos del tal sistema, veamos cómo ha montado el enredo.
El secreto está en la pícara y muy cazurra combinación de estos dos elementos: por un lado, la sustitución de la sanción por la síntesis de indiferencia y chantaje, y, por otro, el sutil manejo del divide y vencerás. Vamos con ellos.

La gran ventaja que las últimas reformas ofrecen a los disconformes es que les permiten hacer mutis sin que se note y de modo que parezca que hasta se van contentos. Si se tratara de sancionar al que no se atenga a las nuevas normas y no cumpla con la letra y el espíritu de las innovaciones, seguramente más de cuatro se alborotarían y hasta podrían organizarse para protestar y defenderse. Pero no, no hay por qué, podemos seguir llevándonos bien. Todos somos de la Familia.

A unos pocos que por edad y dignidad podrían decir mucho y muy alto contra los abusos de los nuevos mandarines indocumentados y zánganos (amén de jóvenes y no muy pudorosos) se les pone puente de plata en forma de jubilaciones sin perder un céntimo. El mensaje es diáfano: si usted se queda en lo que ya no le gusta, va a sufrir bastante y a lo mejor hasta tenemos algún desagradable incidente; así que váyase con Dios y con su sueldo a echar pan a los patos del parque. Muchos, algunos muy buenos, se han marchado ya; otros están recogiendo el despacho y con la cuenta atrás. Se había dicho que el objetivo de tales políticas de prejubilación era el recambio y rejuvecimiento de las plantillas, pero se están amortizando las plazas de los que se marchan o cubriéndolas con contratitos provisionales. Ya no se dice mentir como bellaco; ahora es así: eres más falso que rector en celo electoral.

¿Y para los objetores que se quedan? Pues que objeten si se lo pueden permitir, no pasa nada. ¿Que no quiere usted enseñar ni evaluar con arreglo a los sistemas boloñeses? Tranquilo, haga lo que quiera, nadie se meterá con usted. Mismamente en mi universidad hay titulaciones que ya aplican los patrones de Bolonia sobre el papel, pero en las que la mitad del profesorado ha optado por no darse por enterado y seguir como antes. Ni lo apoyo ni lo critico, simplemente constato que no les ocurre nada, y así se evita que se enfaden y armen lío. Cada vez serán menos, pues irán cayendo jubilaciones. Y todo el que aún necesite acreditarse para algo o que lo evalúen por lo que sea (y más que nos van a evaluar cuando nos pongamos horizontales con arreglo al Estatuto del PDI), ya tragará con lo que tenga que tragar. Porque sin puntos por tal mamarrachada o cual estupidez no habrá veredicto positivo. Así que al viejo lo toleramos, a cambio de impunidad para sus manías, y al joven lo vamos formando en las variadas artes de la sumisión y la disciplina. Se consigue, en suma, que, guiado cada cual por su interés, todos hagan lo que al «sistema» le interesa: no protestar los que ya van de vuelta y prestarse a las diversas sevicias los que todavía están en edad de merecer.

La segunda estrategia era la del divide y vencerás, decíamos. Significa que antes de ponernos muy críticos y hablar en consecuencia, empezamos a mirar alrededor y hasta a contemplarnos el propio ombligo. Por ejemplo, un día estás echando pestes contra los muy especiosos sistemas de evaluación de profesorado para todo tipo de acreditaciones y, de pronto… caes en la cuenta de que tú mismo eres informador (¿o se dice informante? ¿Se acuerdan de La vida de los otros?) de la ANECA y variado evaluador de media docena de anequillas autonómicas. Corcho, y que te pagan en cada uno de esos lugares. Bueno, el sistema es malo, pero algunos nos esmeramos para reconducirlo a patrones razonables y tal. Lo sé por mi propia experiencia. Te vas callando cada día un poquito más, porque lo valiente no quita lo cortés.

Y qué decir si tú mismo has sido positivamente evaluado para tal o cual. Claro, si te han pintado bastos te desquitas con la cantinela de que es todo corrupción, pero si te ha ido bien, a ver cómo…, esto, sé que hay un tanto por ciento de casos en que el sistema no funciona, pero por lo general hay que reconocer… Se empieza por la puntita y luego pasa lo que pasa.

La combinación de evaluadores y evaluados y de triunfadores y frustrados da tantas situaciones distintas (la más hermosa es la de frustrado que evalúa), que es imposible llegar a acuerdos, ni siquiera a acuerdos mínimos para protestar juntos un poco.

Y todo eso por no hablar de que el profesorado universitario en general, y muy en particular el cuerpo de catedráticos, por cien euros mata. Como la Esteban, pero en académico. Así que el «sistema» nos echa monedas como en el gallinero se tira maíz. Pitas, pitas, pitas.

Se tiene lo que se merece. Y punto.


* Juan Antonio García Amadoiembro de FANECA. es Catedrático de Filosofía del Derecho en la Universidad de León y autor del blog Dura Lex. M

 
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