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Altar Mayor Nº - 142 (12)
Friday, 29 July a las 14:39:17

Altar Mayor artículos REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 142  - julio / agosto de 2011

 

«…MI ÚNICA POSIBILIDAD DE INMORTALIDAD» Manuel Chaves Nogales, entre los flecos de la Santa Rusia
Joaquín Albaicín*



 
Hijo de esa generación conmocionada en sus años mozos por la guerra de Marruecos y la muerte de Joselito, Manuel Chaves Nogales (1897-1944) formó parte del nutrido reparto de perfiles literarios, políticos y bohemios cuyos actores jugaron sus cartas en el Madrid que, tras el derribo por la piqueta de la Casa del Pecado Mortal, acababa de ver nacer a la Gran Vía: el Madrid que diera la bienvenida a Miguel Hernández como redactor de fichas para el Cossío, el de los galanteos de César González Ruano en Bakanik, el de la faena de Chicuelo a Corchaíto, la tertulia de José Antonio en La Ballena Alegre, los dimes y diretes en los veladores del Suizo y el Regina, las verónicas de Cagancho, los chatos de vino de Cañabate, las conferencias del Conde Keyserling, los bailes en la Bombilla, los trincherazos de Domingo Ortega, las caricaturas de Bagaría –ejemplar de la fauna sobre cuya existencia me alumbró hace no mucho Chimo Bustamante– y los domingos en la Casa de Fieras del Retiro. Un Madrid con mucho poeta, mucho pistolero, mucha vicetiple y mucha afición a la lidia. Un Madrid muy inocente y también con mucha guasa.

El tiempo no siempre perdona. Mucho menos dejan las apuestas perdidas de cobrarse el débito. Por ambos motivos, los escritos de Manuel Chaves Nogales, un día director del diario Ahora y reportero de primerísima fila, respiran en su mayor parte, desde hace décadas, en una suerte de tierra de nadie apenas frecuentada por lectores, editores o libreros. Ello es efecto, sin duda, de su doble exilio (a nuestro hombre, que no estaba por la labor de manejar su pluma en un clima de entusiasmos obligados cuyo advenimiento presentía cercano, tampoco le apetecía, y lo creo comprensible, terminar sus días en una cheka socialista y, allá hacia finales de 1936, tomó un avión a Londres). Pero esa escasa popularidad póstuma de casi todos sus libros es imputable también al eclipse proyectado sobre ellos por su Juan Belmonte, matador de toros. Se pronuncia el nombre de Miguel de Cervantes, y nadie piensa en Los baños de Argel. Pues lo mismo sucede con Chaves Nogales: que a nadie le viene a la cabeza un título de su obra distinto de su biografía novelada de Juan.

Y sí, quizá Juan Belmonte, matador de toros fuera, durante toda la época de Franco, el título suyo más apto para medio mantener con un pie fuera de los infiernos literarios a una pluma que, si bien había renegado de la República, también había mostrado a las claras su desafecto al nuevo régimen. Para cuando llegó ese deshielo editorial del que fuera paradigmático exponente la trilogía de Gironella y del que podría haberse beneficiado, Chaves Nogales yacía desde hacía muchos años en una sepultura londinense permanentemente acariciada por la niebla. Su nombre se había olvidado y, con él, los libros reseñables en su bagaje.

Con excepción del antedicho, todos los demás salidos de su pluma flotan, ya decimos, en ese limbo, que, en su caso, quizá sea el Paraíso de los libros muertos antes de tiempo y que aguardan entre sus parterres, riachuelos y frutales el agotamiento del peso kármico de las acciones propias y ajenas antes de renacer en un mundo editorial más favorable. Recientemente, sí, hemos celebrado la reedición de sus relatos, de sus crónicas de la ocupación de Francia por la Wehrmacht, de una novela… Se asiste, pues, a un progresivo desenterramiento de su memoria y su obra, pero conducido –debe decirse– sin entusiasmo alguno, con mucha timidez, todo muy sotto voce, fundamentalmente porque la burocracia cultural andaluza no ha perdonado aún a Chaves ni su implacable crítica a los mitos de pega del socialcomunismo que la alimenta ni su declarada repugnancia por los métodos con que era administrada la «justicia del pueblo». Tan comedido es ese salvamento de su figura de las aguas del Leteo, que empezaba a creer ser la única persona viva en la Tierra que había leído o tenía noticias de la existencia de Lo que ha quedado del Imperio de los Zares, un manuscrito en el que Chaves recogió sus encuentros con los principales personajes de la Rusia blanca, es decir, de la población rusa obligada a emigrar tras la consolidación de la revolución bolchevique, y del que, para mi consternación, ninguna mención era nunca deslizada en los artículos o reseñas celebrantes de las reediciones.

Yo había llegado a saber del libro un poco por tenacidad. Llevaba ya mucho tiempo enfrascado en mi investigación sobre el misterio de la Gran Duquesa Anastasia y me preguntaba dónde diantres sería posible dar con un ejemplar de esa obra un día publicada por entregas en Ahora y en cuyas páginas, a buen seguro, ocupaban un lugar de honor bastantes personajes cuyas andanzas públicas y privadas me eran ya más que familiares. En estas, cuando empezaba ya a venerarlo como uno de esos libros misteriosos que, a decir de Nostradamus, serán descubiertos al acercarse el Fin de los Tiempos, una mañana restallante de sol, en uno de los puestos de la Cuesta de Moyano madrileña, bajo cuyos montones de papel, de cuando en cuando, solían asomar –crujientes, castigados y polvorientos– números de Ahora, me topé con un ejemplar envuelto en plástico de la primera edición. Me costó mil pesetas. Carecía de cubiertas, pero conservaba en su primera página una dedicatoria de puño y letra del autor: «A Emiliano Bonal, mi única posibilidad de inmortalidad. Chaves». Este Bonal, averigüé después, fue un reputado escultor –obviamente, amigo o asiduo de Chaves– y militante destacado del Partido Socialista, que moriría combatiendo en la guerra civil en noviembre de 1936, ignoro si cuando el firmante de la dedicatoria ya había optado por el camino del exilio o antes.

Puesto que nunca jamás, pese a mis frecuentes y largos paseos por las mesas de los tenderetes de los libreros de lance, me había encontrado ni volví a encontrarme con otro ejemplar, ni con tapas ni sin ellas, me he preguntado a menudo si la mayor parte de la edición no desaparecería, quizá, consumida por los fuegos iracundos de la retaguardia madrileña, como sucedió con un libro de ensayos taurinos de Clarito. No era un libro, en efecto, para tener en la biblioteca de casa cuando tocara a la puerta la Brigada del Amanecer. Ese o La tournée de Dios, de Jardiel Poncela, podían resultar fatales para la continuidad vital del organismo.

El caso es que no, no soy la única persona viva en la Tierra al tanto de la existencia de Lo que ha quedado del Imperio de los Zares. También –ignoro por qué extraños vericuetos– sabía de ella María Isabel Cintas, que ha prologado el cuidado rescate de la obra por la editorial sevillana Renacimiento, en su colección Biblioteca de la Memoria (cuyos responsables –se me ocurre– bien podrían también plantearse el rescate del antedicho libro de Clarito). Ocupa la portada un retrato de Nicolás II y su familia, estampa clásica que ya figurara en la portada del libro de Kerensky sobre el regicidio y, también, en el sello de correos dedicado a la memoria del último Zar por la Rusia post-soviética.

Las páginas debidas a Chaves Nogales, ilustradas con fotografías que ya en la época eran sepia, constituyen la reactualización del mundo de la emigración rusa, es decir, de una sociedad desaparecida y asimismo autoalimentada a base de cucharadas de nostalgia por –en palabras del Príncipe Yusupov– «el esplendor perdido», esplendor a su vez sepultado por la historia y del que los bocheviques se afanaban por reducir a polvo incluso sus mismos cimientos.

A su paso por villas campestres, lúgubres cuartos de pensión alumbrados por la lamparilla ante el icono, despachos con paredes manchadas de humedad, cocinas con olor a sopa de remolacha, casinos, salones de baile, restaurantes e instituciones benéficas, Chaves nos resume sus encuentros –hoy, ya espectrales– con los más prominentes bustos de la emigración afincados en París: el Gran Duque Cirilo, el general Miller, el Metropolita Eulogio, Kerensky, estrellas de la escena como Matilde Kssessinskaya o la Balachova… Nos da cuenta, en fin, de la suerte corrida por quienes encarnaban a su modo de ver un nuevo prototipo de Judío Errante: la aristocracia, los militares, los artistas de las zapatillas o la pluma, los hombres de Estado ayer todopoderosos y, para entonces, contando los francos para el menú en un bistró… Deteniéndose en especial en el caso Anastasia, la caída del Kerensky traicionado por los ingleses, el asesinato de Rasputín y el enfrentamiento del Patriarca Tikhon con el gobierno bolchevique y recreándose en episodios como el de la «ocupación» por Isadora Duncan del palacio de la Balachova. Es, sí, esa emigración un tanto tópica retratada en Anastasia, de Anatole Litvak, o La Condesa Alexandra, de Korda: Yul Brynner entonando canciones gitanas en su restaurante, Marlene Dietrich y Robert Donat tomando con lo puesto el tren hacia la libertad, Charles Boyer y Claudette Colbert empleados como mayordomos en Tovarich… Generales y condes que conducen taxis, cargan con las maletas de los turistas o, ataviados a la usanza cosaca, abren la puerta y se inclinan ante los clientes de los cabarets… Esa con la que se encontrara Ninotchka en París.

Sería mucho pedir que la gente, que se ha olvidado ya de Litvinenko, el espía ruso envenenado hace nada en Londres con polonio, supiera quién fue el general Kutyepov, cuyo rapto por agentes soviéticos en el centro de la capital francesa llenó durante años páginas y páginas de los periódicos de todo el mundo e inspiró hace no mucho Triple agente, una película de Eric Rohmer que –sospecho– no habrá visto casi nadie. Pero creo que no lo será tanto pedir encarecidamente la lectura de este libro, tan facilísimamente escrito, y no sólo por sus valores intrínsecos, que son muchos, sino también por no hacer oídos sordos a la apelación a la posteridad formulada por su autor, que lo consideraba su «única posibilidad de inmortalidad». Estaba equivocado, por supuesto, pues sobre sus bazas en esa partida ha demostrado tener mucho que decir Juan Belmonte, matador de toros, y, de no haber sido así, nunca habría dejado de estar ahí el Altísimo para ejercer Sus exclusivos derechos. Pero leer este libro no deja de ser poco menos que encender una vela por el alma de Manuel Chaves Nogales, lo cual nunca está de más, ni siquiera creyendo –como creemos– que hace mucho que disfruta de la vida eterna.

¿No sabe lo que fue del Imperio de los Zares? Es su ocasión de llenar esa laguna.


* Joaquín Albaicín es escritor, conferenciante y cronista de la vida artística, autor de –entre otras obras– En pos del Sol: los gitanos en la historia, el mito y la leyenda (Obelisco), La serpiente terrenal (Anagrama) y Diario de un paulista (El Europeo).

 
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