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Altar Mayor Nº - 142 (07)
Monday, 01 August a las 10:01:50

Altar Mayor artículos REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 142  - julio / agosto de 2011

 

PERDONAR, EN EL SIGLO XXI...
Fr. Emilio Alonso de Prado



 
 
En los pasados meses del año 2010 se estrenó la película inglesa «Cinco minutos de gloria» en la cual, refiriéndose a la guerra irlandesa entre el IRA y la sociedad británica, que dura ya bastantes lustros se nos planteaba el tema del terrorismo en su vertiente humano-sentimental.

La película muestra el espectáculo de un «reality-show» promovido por una cadena televisiva inglesa en el que se unen en un enfrentamiento singular y original, el asesino de un joven católico y el hermano del asesinado. El encuentro entre estos dos personajes trata, nada más ni nada menos, de preguntarse si el paso del tiempo, la reflexión y la calma son capaces de hacer olvidar la crudeza del tal asesinato acaecido hace varios años. Aunque el encuentro resulte un tanto tosco y efectista la película entra dentro de esa serie de filmes acerca del terrorismo irlandés cuyo principal director ha sido Ken Loach.

Como ocurre que ya entre nosotros se están empezando a presentar los crímenes de la ETA vasca bajo el matiz de la relatividad que lleva consigo el tiempo que se cometieron y las circunstancias de la actualidad, todo ello lleva consigo el considerar un poco el matiz del perdón cristiano, si es un don o es una simple argucia para tratar de olvidar el pasado doloroso y lograr así tomar fuerzas para emprender una nueva aventura cada día que pasa.

En efecto, la película expone, expresa y suscita la dificultad del perdón en medio de un mundo donde la ira, el odio y el resentimiento campean como elementos del mismo. El asesino del IRA, Alistair (interpretado por el maravilloso actor Liam Neeson) viene a decirnos que dicha práctica –el asesinato ideológico como medio para conseguir rápidamente unos objetivos políticos o sociales– resulta una especie de alivio sentimental, emocional y espiritual amparado por la causa que lo viene a justificar. Al propio tiempo, Joe, el hermano del asesinado que ha sido marcado de por vida, por el hecho de haber presenciado dicho asesinato, admite ser consumido por sentimientos de venganza, aprovechando los escasos minutos que concede el guión televisivo para vengarse del asesino de su hermano.

Como todas estas circunstancias ya se empiezan a dar en nuestra sociedad española tras el paso de los años, tras las numerosas «treguas condicionadas» que ha ofrecido la organización terrorista para acabar con ese temor y ese rechazo que produce en la dicha sociedad tanto vasca como española el hecho del terrorismo, vamos a delinear algunas directrices derivadas de la vivencia cristiana del Evangelio y sobre todo, derivadas del simple hecho del vivir humano, cuyo respeto a la vida de los demás resulta un fuerte pilar que sostiene la convivencia entre las personas de nuestras sociedades.

El hecho diferencial que advertimos en nuestra sociedad con respecto al terrorismo es el de no perdonar. En esta compleja cuestión del perdón, unos son incapaces de pedirlo –los verdugos– y otros son incapaces de darlo –las víctimas...–, olvidan aquella sentencia del Pontífice actual Benedicto XVI cuando afirma que «el perdón es el más auténtico testimonio cristiano, signo pacífico de contradicción que demuestra la victoria del amor sobre el odio y sobre el mal».

La práctica del perdón cristiano no se puede llegar a concebir en medio de la falta de fe o de un clima medio carente de la misma. El ejercicio de esta misma fe implica que el perdón tiene que ser tan corriente y tan abundante cuanto mayores y frecuentes sean las ofensas. Pedro, en el evangelio al preguntarle a Jesús sobre el número de veces que ha de perdonar a su hermano, si siete o más, recibe esa respuesta categórica del Señor: «Te digo que no son sólo siete veces sino setenta veces siete las que tendrás que perdonar a tu hermano», es decir siempre ¿Por qué? Pues porque Pedro deberá saber que la caridad que Cristo viene a inaugurar con su ley nueva no es setenta veces superior a la justicia imperante entre los más cuidadosos cumplidores de la ley sino que es de otra naturaleza, de otra índole infinitamente más alta. Y es que el perdón cristiano dista de las normas postuladas por la más excelente convivencia humana cuanto dista el cielo de la tierra o dicho en otras palabras: cuanto la caridad de Dios aventaja a la más elevada generosidad de los hombres.

Esto resulta un excelso ejercicio de fe. Renuncio a un ejercicio de estricta superación de la justicia humana, renuncio a la satisfacción que implica la venganza como tal, renuncio a esa idea, estúpida y siniestra, de considerar humillado al enemigo que me ha realizado la ofensa, renuncio incluso a esa sibilina satisfacción que origina el mismo odio y que viene a parar en el profundo desprecio que ejercito hacia mi adversario. En fin, el perdón cristiano ha de fundarse en la fe y la fe me demuestra que he de perdonar y olvidar. Dándome la certeza de que aunque no logre de momento el olvido he de proceder como si ignorase todo lo perpetrado, es decir, he de avanzar hacia mi hasta ahora enemigo como si fuera mi entrañable amigo y todo esto implica la idea de que ninguno de los hombres puede ocasionarme el menor daño. En efecto, no hay más daño que el mal moral y por consiguiente yo soy sólo capaz de herirme y de destrozarme, no el otro.

Y esto es porque de hecho, renuncio a todo pensando que el hecho de la suma de oprobios que hayamos podido recibir de nuestros enemigos a lo largo de toda una vida, por muy larga y duradera que ésta sea no son nada absolutamente en relación con los oprobios e injurias que hemos cometido contra el Señor, contra el Inocente, contra el mismo cielo.

Toda esta actitud la hemos visto reflejada en la conducta maravillosa de nuestras víctimas del terrorismo que en estos últimos años de la Transición nos han llegado a sorprender con una visión del cristianismo que apenas podíamos vislumbrar en épocas anteriores. En efecto, ese ejemplo singular de Irene Villa, la adolescente que se vio privada de sus piernas, el manifiesto suplicio de esa mujer guipuzcoana que se ve obligada a tener que convivir con el asesino de su esposo en un pueblo donde todo el mundo se conoce y... en fin, el ejemplo de tantos mártires urbanos a los que ahora amenaza esa ley inexorable del olvido, de tanta miseria, de tanta venganza que contra ellos se produjo en una época todavía reciente para que ese recuerdo del ser querido se les borre automáticamente. Por supuesto que todo esto implica un nuevo modo de ver a Dios, implica considerar que los hombres, nuestros hermanos cuyos nombres nos han aparecido como unas ideales criaturas en todos los aspectos, dejan bastante que desear cuando consideramos esas vilezas que pueblan el vivir diario en esa convivencia que está sometida a tantos y tantos avatares. Y al fin y al cabo, no hemos de considerar otra cosa que los hombres no «damos la talla» en todos los momentos y que en muchas ocasiones somos bastante más distintos de lo que deberíamos ser.

Perdonar y pedir perdón. Del conflicto a la reconciliación

«Soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros si alguno tuviere queja contra otro. De la misma manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros» (Col 3:13)

En el camino que lleva a la reconciliación hay un paso fundamental: el perdón. Es el sello que rubrica el final de una disputa y constituye el ingrediente más distintivo del cristiano en cualquier conflicto. El perdón está en el corazón mismo del Evangelio. Todo el mensaje cristiano gira alrededor del perdón de Dios a través de la cruz de Cristo y nos impele a nosotros, como discípulos suyos, a ofrecer o a suplicar perdón allí donde sea necesario. Fallar u obedecer en este punto viene a ser un test básico de nuestra madurez cristiana.

¿Qué nos enseña la Palabra de Dios sobre este tema? Necesitamos entender bien qué es perdonar y sus implicaciones prácticas.

El perdón va más allá de la paz. La paz no siempre es posible. A pesar de todos los pasos y esfuerzos, a pesar de la mejor disposición que uno pueda tener, hay ocasiones en las que no se logra restaurar una relación rota. El apóstol Pablo ya lo deja entrever en su clara exhortación a la paz: «Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres» (Ro 12:18). Pablo, hombre curtido en mil conflictos, inicia el versículo con dos notas previas: «si es posible» y «en cuanto dependa de vosotros». Estas dos pequeñas cláusulas le dan un toque de realismo imprescindible y nos liberan de expectativas exageradas. La paz no siempre es posible sencillamente porque es cosa de dos, no depende de una sola parte. Nuestra responsabilidad –lo que se espera de nosotros– es intentarlo, tomar la iniciativa, hacer todo lo posible para llegar a «estar en paz con todos los hombres». Los resultados ya no están en nuestras manos.

«Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen» (Lc 23:34). El ejemplo del Señor Jesús es bien elocuente. En ningún momento él regateó esfuerzos para estar en paz con sus contemporáneos, a los que amó hasta el momento mismo de su muerte. Sin embargo, a pesar de su carácter santo, irreprochable, vivió rodeado de enemigos que, en último término, le llevaron a la cruz. ¿Cómo se explica esta paradoja? No podemos acercarnos al tema de la reconciliación olvidando la realidad del pecado. Vivimos en un mundo donde el diablo tiene como una de sus metas dividir, separar, alzar muros entre las personas. Por esta razón, habrá ocasiones en que todos nuestros esfuerzos por lograr la paz serán baldíos.

El perdón, sin embargo, no necesita de la paz. No depende de la reconciliación, va más lejos de la restauración de la relación. El ejemplo del Señor, de nuevo, nos marca la pauta. Clavado ya en la cruz, ridiculizado y torturado por los enemigos a los que había intentado amar, cerca ya de la agonía, pronuncia unas memorables palabras que contienen, en forma de síntesis luminosa, el meollo del Evangelio: «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen» (Lc 23:34)

Aunque la reconciliación no sea posible, siempre hay algo que el cristiano puede y debe hacer: perdonar.

La práctica del perdón

Transformando heridas en cicatrices. Perdonar implica eliminar todos los sentimientos y pensamientos negativos hacia la otra persona. El resentimiento, el odio, el deseo de venganza deben desaparecer con el perdón genuino. En este sentido, perdonar es un proceso similar a la curación de una herida: al principio, está abierta, sangra fácilmente y duele. Pero, una vez se ha convertido en cicatriz, ya no duele ni sangra. El perdón es como transformar heridas abiertas en cicatrices. De esta ilustración se desprenden varios aspectos importantes.

Un proceso largo y costoso. La disposición a perdonar puede –y debería– ser inmediata; ésta es la voluntad de Dios. Pero llegar a completar el proceso emocional y moral del perdón suele llevar su tiempo. Hay un camino a recorrer desde el momento en que se decide perdonar hasta que se hace efectivo. Recordemos el caso de José en el Antiguo Testamento. Perdonó a sus hermanos (ver los emotivos pasajes de Gn 45 y Gn 50), pero no antes de pasar por un dilatado proceso (seguramente meses) en el que tuvo que luchar contra sus propias reacciones. Es importante, sin embargo, afirmar desde el primer momento: «estoy decidido a perdonar, aunque la curación de mis heridas requiera más tiempo».

Puedes hacerlo tú solo. El perdón puede ser unilateral: yo puedo, y debo, perdonar aunque la otra persona se muestre reacia a perdonar o ser perdonada. Puedo perdonar en la intimidad de mi corazón, en secreto, sin que la otra parte lo sepa. Este fue el caso de Esteban cuando, a punto de morir exclamó: «Señor, no les tomes en cuenta este pecado» (Hch 7:60). Debemos estar dispuestos a perdonar aunque no se nos pida, o incluso cuando siguen ofendiéndonos.

¿Amigos de nuevo? La meta primera del perdón no es que las partes enfrentadas vuelvan a ser amigas, sino que eliminen el veneno de su corazón. Hay veces en que es imposible volver al mismo tipo de relación después de una ofensa grave. Así ocurre, por ejemplo, en algunos casos de divorcio. Dios no nos pide un ejercicio de masoquismo restaurando relaciones imposibles. La reconciliación es un resultado deseable, pero no siempre posible. Pero sí que nos pide amar al ofensor con el amor sobrenatural que es fruto del Espíritu, el ágape de Cristo. Alguien dijo que el perdón es la mejor manera de librarse de los enemigos. Esta es exactamente la idea de Ro 12:20-21.

¿Perdonar requiere olvidar? La mente humana es como un álbum de recuerdos que permanecen para siempre. No podemos esperar que el perdón borre estas memorias. Ello sería absurdo. Cuando hay perdón, el recuerdo de una experiencia dolorosa sigue ahí, pero ya no evoca sentimientos negativos u odio. La idea de la cicatriz nos ayuda a entenderlo: la cicatriz es el recuerdo de un trauma pasado; queda ahí para siempre, pero ya no duele ni sangra ni se infecta. La herida está cerrada. No podemos borrar los recuerdos de nuestra mente, pero sí podemos quitar el veneno de esos recuerdos. En realidad, recordar puede ser positivo porque nos evita repetir los mismos errores o faltas. Alguien dijo, refiriéndose al holocausto judío, que recordar es la mejor vacuna para no repetir.

El problema con la frase «yo perdono, pero no olvido», frecuente en labios de algunas personas, es que siguen albergando deseos de venganza y resentimiento en su corazón. No hay un simple recuerdo; es el recuerdo más su correspondiente dosis de veneno. Esta actitud sí es pecado.

Dios es el único que puede perdonar y al mismo tiempo olvidar porque él está fuera del tiempo «Yo, yo soy el que borro tus rebeliones [...] y no me acordaré de tus pecados» (Is 43:25)

Aprendiendo a perdonar

Un antiguo proverbio latino dice: «Errar es humano, perdonar es divino». Si el perdón tiene un origen divino, ¿cómo estimular esta práctica tan importante en las relaciones humanas? El aprendizaje del perdón se fundamenta en dos grandes realidades cuya ausencia va a dificultar mucho un perdón genuino.

Ser conscientes de nuestros pecados. Tomar conciencia de nuestras propias faltas es el requisito inicial para perdonar. Si no somos capaces de ver primero «la viga» en nuestro propio ojo, difícilmente llegaremos a perdonar al prójimo. Este fue el procedimiento que siguió Jesús en casa de Simón el fariseo (Lc 7:36-50). Simón veía con nitidez los pecados de aquella mujer, pero estaba ciego ante sus propias faltas. Por ello, Jesús las pone al descubierto: «no me diste agua para mis pies [...] no me diste beso [...] no ungiste mi cabeza con aceite» (Lc 7:44-46). Es interesante observar que eran pecados de omisión: Jesús no le recrimina un mal que había cometido, sino un bien que había dejado de hacer. Y es que, para Dios, tan graves son nuestros pecados de omisión como los de comisión. La reprensión del Señor a Simón apunta a un aspecto crucial: la esencia del pecado no está en el mal que le hacemos al prójimo, sino en el bien que dejamos de hacerle a Dios: dejar de darle la honra y adoración que merece (como se expresa claramente en Ro 1:21).

Por tanto, perdonar requiere, primero, arrojar luz en los oscuros rincones de nuestra conducta y descubrir la sutileza del pecado que «mora en mí»: el egoísmo en nuestras motivaciones, la soberbia, el orgullo, el laberinto de nuestras pasiones, nuestro potencial violento, la vanidad y una lista larga de «obras de la carne» se ponen al descubierto cuando nos miramos en el espejo de la Palabra de Dios. Los seres humanos tenemos la vista muy fina para ver la «paja» del ojo ajeno, pero sufrimos miopía a la hora de descubrir nuestras faltas.

La incapacidad para reconocer el pecado propio es un gran obstáculo para perdonar porque lleva a la soberbia. Y una persona soberbia trata a los demás con tanta severidad como es indulgente consigo misma. Este fue el problema de Simón en particular y de los fariseos en general. Por ello Jesús, en otra ocasión tuvo que avergonzarles con aquel reto: «el que de vosotros esté sin pecado, sea el primero en arrojar la piedra contra ella» (Jn 8:7). Por el contrario, reconocer nuestras faltas nos pone en una situación de humildad, nos hace sentir «pobres» delante de Dios y nos lleva a exclamar la petición del Padrenuestro «perdónanos nuestras deudas (ofensas) como nosotros perdonamos a nuestros deudores (ofensores)» (Mt 6:12).

Experimentar el perdón de Cristo. Simón tenía dificultades para aceptar y amar a la mujer pecadora no sólo por su orgullo, sino también porque él mismo no había experimentado el perdón: «aquel a quien se le perdona poco, poco ama» le dijo Jesús (Lc 7:47). En la medida en que yo me siento deudor de Dios –conciencia de pecado– y perdonado por él, seré capaz de perdonar al prójimo.

 
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