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Altar Mayor Nº - 142 (04)
Monday, 01 August a las 10:48:20

Altar Mayor artículos REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 142  - julio / agosto de 2011

 

EL PLURALISMO MORAL NO IMPLICA UN RELATIVISMO ÉTICO
Alberto Buela
*



 
Siempre recordaré cómo comenzó su primera lección de Ética en la Universidad de Buenos Aires, hace ya de esto cuarenta años, el entonces joven profesor Ricardo Maliandi, que venía de Alemania de sostener su tesis con Nicolai Hartamann: «Señores, morales hay muchas, ética una, que es la que vamos a estudiar nosotros acá guiados por el sano uso de la razón».

Es sabido que el mundo fue caracterizado por la modernidad como un universo cuando en realidad el mundo es un pluriverso, pues no es una, sino muchas las versiones y visiones que tenemos de él. Es que nuestro mundo está compuesto, para beneficio de los hombres, de muchas y variadas culturas. Así, se hablan alrededor de 6.900 lenguas aunque el 95% de la población se concentra en unas pocas (mandarín, castellano, inglés, hindi, árabe, portugués y otras pocas).

Está compuesto, además, por varias ecúmenes culturales: la anglosajona, la eslava, la iberoamericana, la arábiga, la europea, la oriental con sus variantes, pero al mismo tiempo infinidad de culturas conviven en ellas. Lo que muestra que el hombre, en general, no forma parte de una sola cultura como pretende el multiculturalismo, sino que es un ser intercultural. Varias culturas viven en él mismo.

Las morales tienen que ver y están vinculadas a las culturas: así la moral anglosajona va a ser diferente de la moral arábiga, y la iberoamericana de la oriental, pero además las morales están vinculadas a los credos, y así puede afirmarse, por ejemplo, que existe una moral cristiana, otra judía y otra musulmana.

Las morales son el piso axiológico donde los hombres caen cuando llegan a la existencia, nadie elige nacer donde nació. Nace aquí o allá y listo el pollo. Ellas constituyen el núcleo de la tradición cultural donde nacimos y nos criamos. Y esto viene a explicar la cierta relatividad de las morales que si las alzamos como absolutos nos transformamos de facto en totalitarios. Lo cual no invalida que nosotros para vivir prefiramos una y pospongamos el resto, dado que nadie puede vivir al margen de una tradición cultural.

Se plantea entonces el tema eterno de cómo vivir unos con otros en paz, evitando la guerra, la destrucción y la violencia de unos contra otros.

Quienes se dieron cuenta y nos hicieron dar cuenta de una vez y para siempre fueron los antiguos griegos cuando produjeron el paso del mito al logos e intentaron ordenar la vida de los hombres a través de la polis y las leyes, que ellos definieron como «la razón sin pasión». Y allí aparece la ética en tanto disciplina racional que intenta dar universalidad a sus proposiciones. Esto quiere decir que ofrece argumentos sobre problemas del obrar, dignos de ser tenidos en cuenta por cualquier persona razonable en cualquier contexto o latitud mundial.

De alguna manera la ética sobrevuela las particularidades morales de los hombres para anclarse en aquello que tiene de específico del género humano, en tanto zoon logon ejon (animal que posee razón).

El problema surge cuando los filósofos y pensadores enamorados de la razón calculadora de la racionalidad moderna confunden género humano con humanidad y pretenden escribir una «ética mundial» como intenta desde hace años Hans Küng, o una «ética mínima» como la española Adela Cortina, o una «ética de los derechos humanos» como otro ibérico Rubio Carracedo.

Es que la universalidad que busca e intenta la ética, que dicho sea de paso siempre es filosófica, no es por la universalización del hombre en «humanidad», sino por la validez universal de sus respuestas. Esta es la madre del borrego. Quien resuelva esto resuelve, a su manera se entiende, el problema ético.

Si nosotros pretendemos, como los autores citados más arriba, escribir una ética mínima para evitar chocar con las múltiples soluciones morales, o unos derechos humanos para la humanidad en lugar de para las personas que son las reales existentes, estamos poniendo el carro delante del caballo, pues estamos subordinado la ética a la ideología.

Es decir, buscamos justificar un conjunto de ideas preconcebidas (la paz perpetua, la ciudadanía mundial, etc.) en lugar de explicar los conflictos reales y existentes que plantea a diario y siempre en forma novedosa el obrar humano.

Si la tarea de la ética queda reducida a justificar la ideología del progreso o la de los derechos humanos del neoliberalismo y la socialdemocracia, entonces no hacemos ética, hacemos ideología.

La diferencia entre ambas actitudes se presenta mínima pero es sustancial, pues cuando la ética pretende hacer una ética, sea mínima, transcultural, de la liberación, del oprimido, de los negocios y tantas otras que se pueden plantear, hace ideología. Mientras que la ética cuando encara los problemas del obrar hace ética sin más. Es que a esta difícil disciplina filosófica se le aplica a ella misma su máxima deontológica: El valor moral de la acción va a las espaldas de la acción. Es decir, no hacemos ética porque nos propongamos hacer ética, sino que hacemos ética cuando hacemos ética.

Los juicios éticos llevan siempre una pretensión de universalidad que si nosotros no la tenemos no estamos haciendo filosofía sino más bien «filodoxa» o charla de café.

Hay que tener en claro que si bien las morales y la ética se mueven en el mismo dominio como lo es el del obrar humano, al mismo tiempo se manejan en diferentes planos tanto lógicos como gnoseológicos. Las morales se manejan con preceptos la ética con argumentos. Las morales como las creencias nos tienen, decía Ortega, los argumentos los tenemos y los elaboramos nosotros.

Lo que hay que rechazar de una vez y para siempre es el mito ilustrado de la inconmensurabilidad de las culturas. Mito inaugurado por Montaigne, seguido por Herder, luego Spengler y más acá el norteamericano Rorty y los antropólogos multiculturalistas según los cuales cada cultura sería un dominio autónomo de significaciones y una autoidentidad insuperable.

Por el contrario, cada cultura no es un todo clausurado como suponen los relativistas culturales voceros del multiculturalismo que no permite mensurar unas con otras, sino que cada cultura permanece abierta a las otras y en mutua influencia. Además existen criterios objetivos para mensurar una cultura como es la mayor o menor perfección de sus productos culturales. No tiene la misma jerarquía cultural tocar el bombo en una murga que hacerlo en medio de una sinfonía.

Existe, por otra parte, un criterio intrínseco de jerarquía cultural que está vinculado a la expresión de la parte más elevada del hombre como lo es la vida del espíritu, que siempre es superior a la del dominio de lo agradable o de lo útil.

Hay que tener en cuenta que una cultura no es superior a otra in totum sino sólo en aquellos aspectos en que ella florece. cuando desarrolla en plenitud los productos y características que le pertenecen.

En cuanto a la ética en sí misma, ésta plantea tres problemas fundamentales: el problema del bien y la naturaleza de lo bueno, el del deber y la naturaleza de las normas y el de las virtudes o excelencias que nos llevan al logro del bien y a la realización de lo debido. Así las virtudes van a formar el carácter del hombre que como decía Heráclito: el hombre es su carácter=ethos anthropos daimon. El ejercicio de la norma funda la autoridad, donde el hombre muestra que «sabe y puede», y el bien como aquello que todo hombre apetece de suyo y por sí mismo y entendido universalmente como felicidad.

Y acá no existe relativismo ético. Se pueden, eso sí, tener destintas opiniones al respecto, pero eso no implica ningún relativismo ético sino más bien respuestas diferentes. Es por ello que la ética se puede caracterizar como aquella disciplina filosófica que intenta resolver los problemas atingentes al obrar humano con la pretensión de universalidad pero sin proponer recetas universales.

Los argumentos de los relativistas éticos se reducen a tres: 1) que la verdad ética no es objetiva sino socio-cultural; 2) que los argumentos éticos no tienen el rigor de los lógicos-científicos; y 3) que toda ética es una ética de situación y por lo tanto no puede universalizarse.

Al primero de los argumentos respondemos que el bien como felicidad por todos apetecida no depende de las condiciones socio-culturales sino de la naturaleza misma del hombre. Sobre el segundo ya afirmó Aristóteles hace ya 2.500 años que no puede exigírsele a la ética el mismo rigor que a la matemática, pues ésta trata sobre lo necesario y aquella sobre lo verosímil. Y sobre el tercero de los argumentos respondemos, que la ética de la situación, en Iberoamérica encarnada por la filosofía de la liberación, no invalida la pretensión de universalidad de la ética sino que sólo limita su alcance. En realidad la ética situacionista esconde un gran simulacro pues disimula en la limitación de la ética a tal o cual situación, su pretensión de universalidad: que todo es relativo.

Es que la pretensión de universalidad de la ética despierta enseguida la necesidad y la mirada sobre lo local, sobre las circunstancias, que es quien presenta el problema al filósofo

En definitiva, todo este difícil planteo entre la relación de particularidad-universalidad, identidad-uniformidad, unidad y diversidad, requiere el empleo de la categoría metafísica de participación, la sola que nos permite encontrar una explicación filosófica con fundamento in re. 

Querido Alberto:

Al terminar los exámenes de diciembre me quedó una deuda con colegas que compartimos las mesas examinadoras de Filosofía, Teología y Ética. La cuestión es la siguiente: a una alumna se le pregunta si está de acuerdo que se lapide a una mujer por ser adúltera (caso concreto, en ese momento, en Irán), la respuesta esperada era «no» porque ello contradecía la razón natural, dicho mal y sintéticamente. Yo defendí la posición de la alumna que dijo que «sí». Y sobre esto me gustaría que me des tu opinión.

La pregunta que me hacía es la siguiente: la ejecución de una norma –tanto jurídica como moral– que se da un pueblo musulmán –religiosa y culturalmente– puede acaso ser comprendida bajo alguna otra forma que el pensamiento analógico… Pues a partir de éste, puedo reconocer el valor que está en juego: la justicia; también el principio moral de la fidelidad conyugal respecto de la mujer. Decidir si la pena está acorde con el delito, es una cuestión de análisis desde la técnica jurídica.

Respecto a lo que concibe o asquea a la «razón natural», recuerdo que Francisco de Vitoria O.P. en sus argumentos por la legitimidad española en la ocupación de América, sostenía que si ella se basaba en que los aborígenes cometían acciones que contradecían esta razón, tiemble entonces el rey de Francia. Porque si es inicuo matar una mujer por un par de cuernos, ¿qué significa matar a miles por un poco de gas o de petróleo?

Dentro de nuestra cultura, después de: aquel que esté libre de pecados que tire la primera piedra, no existe la lapidación… pero permitimos el aborto.

Es posible, como parte de la permanente transformación que las culturas hacen de sí, que los musulmanes abandonen las piedras. Lo que yo no tengo derecho es a juzgarlos, pues si así lo hiciere, no estoy haciendo otra cosa que llevar adelante una «ética totalitaria» que justifica el «choque de civilizaciones».

Saludos. Alfredo Mason
 
Apreciado Alberto Buela:

Soy Ignasi Llobera, doctorando en filosofía por la Universidad de Barcelona, confío que me recordará.

Este último artículo que ha enviado me ha parecido muy interesante. Afronta algunos de los problemas de la filosofía moral que hace tiempo que me preocupan y para los cuales no encuentro respuesta certera. Su título recoge dos de mis preocupaciones centrales: el relativismo ético y el pluralismo moral. Sencillamente apasionante. Y urgente. (
creo que no estamos acostumbrados los filósofos a tratar con problemas urgentes).

Me interesa la distinción que usted hace entre ética y moral, que sería negada por MacIntyre, quien usted cita. Me gustaría saber más en qué consiste esta diferencia y en qué se basa la ética: ¿en una racionalidad práctica universal? Parece que la experiencia nos enseña que distintas personas de distintas culturas tienen formas diferentes de racionalidad práctica. Quizás haya un común denominador, pero aún no sé cual es. Estoy seguro que Nussbaum con su Capabilities Approach nos ayudará más que MacIntyre en este punto que aún no tengo resuelto. ¿Estudiando las distintas morales podremos destilar una ética común? ¿O más bien la ética pura nos guiará en el enjuiciamiento de las distintas morales? Me encuentro en una encrucijada donde ambos caminos me parecen improcedentes.

Coincido con su planteamiento: es urgente buscar formas de convivencia entre distintas culturas o tradiciones para poder vivir juntos en un mundo cada día más pequeño y, sobretodo, en paz. La paz es el camino. La paz es la condición de posibilidad de la discusión, de la vida en común, de la felicidad. No cabe duda que parte del común denominador entre las distintas culturas o tradiciones es la voluntad de vivir en paz. Aunque no estoy seguro que éste sea un denominador común de facto. Por mala suerte. Dudo que a esto llegasen los griegos y romanos: su historia está llena de lo contrario, de luchar contra el bárbaro quien es inferior por naturaleza. No hace falta más que volver a leer los pasajes que Aristóteles tiene sobre los bárbaros y sobre los esclavos por naturaleza. Por supuesto hoy hemos de rechazar contundentemente estas partes del pensamiento aristotélico y clásico en general. Temo que eso signifique que Aristóteles –y los clásicos– nos ayuden poco con los problemas éticos actuales relacionados con el multiculturalismo.

Si bien coincidimos en que nadie puede vivir al margen de toda cultura, aunque no cabe totalizar la propia cultura después de lo que hemos aprendido durante el siglo XX con las dos Guerras Mundiales, es muy interesante su defensa de la persona como un ser intercultural (varias culturas viven en él mismo). Ésta sería otra buena crítica a MacIntyre, quien parece suponer que las tradiciones son estanques cerrados que se pueden relacionar sólo desde su diferenciación. La experiencia nos lleva a comprender que todo es más contínuo y más complejo. Y sí, las personas somos cada vez más interculturales. Quizás eso nos haga menos coherentes por unir distintas partes de distintas culturas, tradiciones, teorías. Pero así somos, este es el hecho. Y presumo que sería difícil poner a todo el mundo de acuerdo respecto a la valoración de este hecho.

Una cosa no me ha quedado clara: ¿cómo hacer ética sin hacer ideología? «la ética cuando encara los problemas del obrar hace ética sin más».Contra la inconmensurabilidad de las culturas, propongo la amistad, eso es la implicación personal integral. Dos amigos se dan el tiempo necesario para entenderse, para entender sus razones. Se respetan. Comparten. Aprenden juntos. Se quieren. Son felices.

Pero dudo que «Además existen criterios objetivos para mensurar una cultura como es la mayor o menor perfección de sus productos culturales. No tiene la misma jerarquía cultural tocar el bombo en una murga que hacerlo en medio de una sinfonía». Fueron los nazis alemanes los que produjeron mayor perfección en sus productos culturales. Y no calificaría yo este momento histórico como superior a tantos otros que tocan el bombo. El florecimiento de las personas y las culturas es un tema capital. Ahora bien, este florecimiento tiene una parte objetiva y otra subjetiva: la comprensión del florecimiento personal hace cambiar en qué consiste que yo florezca. Y eso hace que el terreno de la ética sea tan resbaladizo.

Gracias por su artículo que he leído repetidas veces, y le pido disculpas por avanzado por permitirme enviarle estos pensamientos en voz alta.

Quizás un día podremos hablar largo y tendido al respecto de estos temas compartiendo un café o una cerveza.


Estas dos excelentes cartas de dos muy buenos profesores de filosofía nos dan pie para intentar desarrollar un poco más nuestro trabajo El pluralismo moral no implica un relativismo ético.

La relación entre las distintas morales y la ética filosófica es comparable a la relación que existe entre valores particulares y valores universales. Este es un problema que se plantea hoy en los estudios sobre las relaciones entre diferentes culturas. Y acá se presentan dos posiciones antagónicas: 1) la de aquellos que sostienen, como los multiculturalistas, el valor relativo de todas las culturas y la inconmesurabilidad de las mismas; 2) la de quienes sostienen la primacía de una cultura universal sobre el resto (ej. la del Occidente moderno).

Nosotros sostenemos que puede existir una tercera opción sosteniendo la tesis de la interculturalidad al interior de las personas y de la transculturalidad en el interior de las culturas.

Si apoyamos el valor relativo de todas las culturas negando que pueda existir alguna pauta, principio, norma o regla universal sobre ellas se desarma la justificación de la cultura dominante, mientras que si sostenemos la dominación de una superior sobre otras inferiores se termina anulando a estas últimas.

Según el relativismo cultural, si cada sociedad sólo se rige por «sus reglas morales», no está obligada a incluir en ellas el respeto a otras reglas morales de otras sociedades o culturas. El mundo sería un perpetuo choque de culturas contra culturas. Sería invivible. El relativismo cultural implica una contradicción en sí.

Por otra parte, como sostiene adecuadamente el mejicano Luís Villoro, «La pretensión a la dominación de una cultura sobre otras se destruye, si debajo de su pretendida universalidad, se descubre una operación ideológica». Esto es achacable hoy, por ejemplo, a la implantación por todos los medios y en todo el orbe, de la democracia liberal, la sociedad de consumo, la especulación financiera y la ideología de los derechos humanos de tercera generación.

El problema filosófico consiste entonces en resolver cómo se vinculan las culturas entre sí y cómo se vincula lo particular con lo universal.

Nosotros partimos del presupuesto que las culturas no son compartimentos estancos y separados unos de otros, y que es preferible que no se toquen ni se influyan para que no se desnaturalicen unas con otras, según pretende el multiculturalismo, sino que están en relación unas con otras.

Relación que a lo largo de la historia del mundo ha sido a veces de dominio y sometimiento y otras de mutua influencia. En ciertos períodos una cultura ha primado sobre otras y con el paso del tiempo fue luego sometida. Pero lo cierto, el dato incontrastable que nos ofrece la historia, es que las diferentes culturas se influyen mutuamente con el primado de una sobre las otras en un contexto y durante un tiempo determinado. Pero siempre encaramos los problemas del obrar desde una teoría, si quiere usted desde una ideología.

La razón última de la influencia la explica la categoría de transculturalidad que es el vínculo común a las culturas. Esa trasnculturalidad se da en los préstamos lingüísticos y en la adopción de valores de una cultura a otra.

Ahora bien, ¿por dónde comienza esa transculturalidad, a partir de qué hecho bruto nace la comprensión entre culturas? Nace del hecho de compartir la necesidad de satisfacción de las necesidades naturales (alimento, vivienda) o los bienes básicos, aquellos que son necesarios para la realización de un plan de vida.

Hoy la ideología de los derechos humanos se ha transformado en la categoría transcultural por antonomasia, desplazando así de forma indebida a la satisfacción de las necesidades naturales y la de los bienes básicos. Que venían a representar, mutatis mutandi, a los derechos de primera y de segunda generación, logradamente fundados en la inherencia a la persona humana y no como sucede ahora, en el consenso de los diferentes lobbies o grupos de presión (ej. gays, abortistas, indigenistas).

El segundo de los vínculos transculturales básicos es la participación de todos los hombres en el «logos», por ser él un zoon logos ejon, un animal que posee logos. La existencia de condiciones de una cierta racionalidad universal hace posible el diálogo intercultural. Aun cuando, efectivamente, como afirma el profesor Ignasi Llobera: «la experiencia nos enseña que distintas personas de distintas culturas tienen formas diferentes de racionalidad práctica». Es cierto que hay racionalidades diferentes o más precisamente, que la racionalidad tiene márgenes de variación, se encarna de diferentes formas, pero hay algo común y unitario a toda racionalidad: el respeto al principio de no contradicción.

De modo tal que necesidades naturales, bienes básicos y razonabilidad coherente poseen rasgos de universalidad que permiten que este mundo en que vivimos sea no un universo con una sola cultura planetaria, sino un pluriverso, un conjunto de culturas conviviendo e influenciándose entre sí.

Claro está que siempre van a existir temas límites reñidos con la razonabilidad como la ablación genital femenina, la escarificación del rostro en las ceremonias de iniciación, los matrimonios concertados, la poligamia, los sacrificios humanos, pero es de suponer y hay que admitir su existencia como parte de la conflictividad connatural de las culturas. La sana prudencia indica que existen muchas razones para aducir en contra de estas prácticas y que se debe trabajar desde distintos ángulos y desde las diferentes culturas en su limitación.

Ahora bien, como bien sugiere el profesor Alfredo Mason: «la ejecución de una norma –tanto jurídica como moral– que se da un pueblo musulmán –religiosa y culturalmente– puede acaso ser comprendida bajo alguna otra forma que el pensamiento analógico», así para la comprensión de estas prácticas debemos recurrir a la categoría de analogía, de lo contrario se nos hacen incomprensibles a nosotros que formamos parte de la ecúmene cultural iberoamericana.

El concepto de analogía fue definido por los antiguos, con esa precisión que tenían como parte idem, parte diversa. Es decir que es un concepto que se refiere a realidades esencialmente diversas pero que sin embargo tienen entre sí cierta relación. Es un intermediario entre los conceptos de unívoco (se atribuye de manera idéntica a distintas realidades) y equívoco (se aplica de manera diferente a diversas realidades). La analogía se aplica a diversos sujetos o realidades en un sentido ni totalmente idéntico ni totalmente diferente: parte idem, parte diversa.

La analogía implica proporcionalidad y ésta implica límites que surgen de la cosa misma. Nos permite diferenciar, captar y respetar las diferencias. Nos permite saltar por sobre los dos errores más comunes: 1) el del universalismo unívoco que nos lleva a la imposición de un etnocentrismo único, y 2) el del relativismo equívoco que desemboca en una dispersión caótica de las diversas culturas.

Lo que nos permite comprender a otras culturas es lo universal, lo que tenemos en común todos los hombres, mientras lo que nos hacer respetar a los otros son las diferencias. Hay que tomar en serio las diferencias sin perder la necesaria universalidad.

Vemos, pues, cómo el patrón neutral con que se pueden valorar las culturas son dos: 1) las vivencias comunes del sistema de necesidades y bienes básicos, y 2) el logos analógico que funda el principio de equidad.


* Alberto Buela es filósofo.

 
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