Bienvenido a la Hermandad del Valle

    Búsqueda


    Menú
· Altar Mayor
· El Risco de la Nava
· El Brocal
· Cuestiones sobre la
Memoria

· Notas sobre el
Valle de los Caídos

Altar Mayor T
Altar Mayor Nº - 143 (17)
Monday, 19 September a las 10:29:25

Altar Mayor artículos REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 143 -  septiembre - octubre de 2011

 

LIBROS



LA TRANSICIÓN DE CRISTAL
Libros libres, 2010
Pío Moa
 
Pío Moa describe con prolijidad y detalle el batiburrillo político español de los tres años posteriores a la muerte de Franco, durante los cuales se gestó la Transición política de un Régimen autoritario a una democracia liberal, de un modo casi plácido que asombró a los observadores políticos de todo el Mundo. Los principales asombrados fueron los que, siguiendo pautas de la ignorante prensa extranjera –ignorante de casi todo en cuanto a la realidad de la sociedad española durante el Régimen de Franco– esperaban el estallido de una guerra civil continuadora de la que finalizó en el 39, como si la sociedad española no hubiera cambiado nada durante los 36 años transcurridos entre las dos fechas. Ese error fue mayoritario entre los políticos españoles del momento, en lo que pudiéramos llamar los dos bandos, reformistas y rupturistas, y condicionó su actuación durante aquellos años, originando los resultados finales. La sociedad española mantuvo la serenidad más tenazmente que los políticos, e impuso una calma que posibilitó los cambios sin grandes traumas.

En primer lugar, el Rey, tras acceder al trono cumpliendo las disposiciones sucesorias establecidas por el propio Franco –sin más modificación que la de disponer su entierro en el Valle de los Caídos, en vez de El Pardo, como había dejado dispuesto el difunto– procuró consolidar su posición transformando el sistema en otro de más libertades legales y más homologable con las democracias occidentales. Para ello se distanció de todos los que pudieran condicionarle, no ya obstruirle, en ese paso, como Arias Navarro primero y Fraga y Areilza después, eligiendo el plan diseñado por su mentor Torcuato Fernández Miranda para una reforma de las leyes vigentes, sin discontinuidad en el ordenamiento. Y no se cortó en sus propósitos, hasta el extremo de comunicarse directamente con Carrillo, entonces en el exilio, anunciándole su propósito de lograr que se legalizase cuanto antes el Partido Comunista. Torcuato diseñó el camino legal, encargando a un oportunista ambicioso, Adolfo Suárez, la realización del mismo. De la fortaleza de ánimo de este actor da cuenta el hecho de que su primer paso, tras su designación en junio del 76 como Jefe del Gobierno, fue un viaje a París para dar cuenta al Presidente francés, Giscard, de sus propósitos y pedirle ayuda política para los mismos.

Los diferentes partidos, que habían tenido una vida precaria intentando oponerse a Franco, fueron emergiendo a la luz pública sin creerse lo que estaba sucediendo y temiendo una reacción correctora de las Fuerzas Armadas, sin percatarse de que éstas, habiendo mantenido la disciplina férreamente durante cuarenta años, seguían acatando las órdenes del Rey, como Franco se había ocupado de pedir en su testamento. A la larga monarquía de Francisco Franco sucedía con naturalidad la nueva Monarquía de Juan Carlos I, y nadie temía que el nuevo monarca fuese a actuar contra los intereses nacionales esenciales. Tras oponerse a la Reforma política, por considerarla insatisfactoria para sus deseos de revancha, y diversos fracasos en intentos revolucionarios como huelgas generales, los partidos opositores transigieron con la evolución de los acontecimientos, en vista de la aprobación abrumadora de la misma, el 15 de diciembre de 1976, en Referéndum popular al que se habían opuesto e intentado boicotear. El resultado del Referéndum –75% de participación y 93% de votos aprobatorios– era difícilmente soslayable. Así, prácticamente al año de la muerte de Franco, el pueblo español daba su visto bueno a un proyecto de reforma legal que había sido aprobado un mes antes por las Cortes anteriores, que realizaban así, disciplinadamente –era lo suyo habitual– lo que se ha considerado su harakiri político.

A partir de allí, a lo largo de los años 1977 y 78, se desarrolló la actuación de Suárez promoviendo la elaboración de un proyecto constitucional que fue finalmente aprobado en referéndum el 6 de diciembre del 78. La historia de la dialéctica política en esos dos años es la del origen de la mayor parte de los males que ahora nos aquejan como nación.

En primer lugar, la Eta, animada por una amnistía otorgada por el gobierno, que excarceló a la mayoría de los terroristas, incluso de los implicados en delitos de sangre, continuó sus asesinatos, que alcanzaron cotas diez veces superiores a los cometidos en vida de Franco. Adolfo Suárez, desconcertado por ver que la vesania no cesaba, se acobardó y tomó la decisión de ceder ante los separatistas, e incluso fomentar esa tendencia. Con la colaboración de su amigo, y frecuentemente mentor, Fernando Abril Martorell, promovió un nuevo partido político, la UCD, que arrebató el electorado derechista a la AP de Fraga, admitió la discriminación entre los españoles dividiendo España en «nacionalidades y regiones», reconoció como Autonomías «históricas» a las que habían conseguido algún reconocimiento de autogobierno por parte de la II República –Cataluña, País Vasco y Galicia– fuese cual fuese la vigencia real que hubiese tenido tal autogobierno. Y fomentó el sentimiento autonomista incluso donde nunca había existido.

De esa política de dejación el resultado: 1) Una explosión de pretensiones de autogobierno –se llegó a plantear autonomías uniprovinciales en Madrid, Cantabria, Rioja, Murcia, León y Segovia, de las que llegaron a cuajar las cuatro primeras–; 2) Un recrudecimiento del terrorismo asesino –en 1979 murieron cerca de doscientas personas como consecuencia de acciones de ETA y el GRAPO–; 3) Una crisis económica sin precedentes –España cayó nueve puntos porcentuales, del 79,2 al 70,4,%, en posición relativa del PIB por persona respecto a Europa–; 6) Una degradación general de la sociedad española, con incremento masivo del consumo de drogas, separaciones matrimoniales y presidiarios; y 7) La aparición pública de grupos que proclamaban el odio a España y propugnaban la fragmentación nacional.

Esta última tendencia cuajó lentamente, pues la sociedad mostró una cierta reticencia al aprobar sus estatutos de Autonomía en elecciones. En Galicia lo hizo el 22% del censo, en Andalucía, menos del 50%. Incluso en las regiones más conflictivas, País Vasco y Cataluña, la abstención fue fuerte, con el resultado de que el sí fue votado sólo por el 53 y 54% del censo, respectivamente.

Una vez realizada su política Suárez, hoy con Alzheimer, se distanció de Torcuato Fernández Miranda, que acabó sus días sintiéndose abandonado por el Rey y por Suárez. Con ocasión de su muerte, Fraga escribió:

«Es una pena que no se publiquen sus escritos. Creo que se equivocó, primero, obstaculizando las reformas políticas en el Régimen anterior; después, ayudando a torpedear el primer gobierno de la Monarquía; más tarde, favoreciendo el acceso de Suárez, que muy pronto se negó, además, a hacerle caso. Es cierto que luego intentó rectificar, pero no pudo. Una cosa, en cambio, es indudable: Su invariable lealtad al Rey».

Una Institución que contribuyó a debilitar el Régimen de Franco fue la Iglesia, sin que haya salido favorecida por ello, pues su prestigio es muy bajo entre los españoles, según las encuestas.

Pío Moa acaba su libro con tres documentos importantes: El testamento de Franco, la Ley de la Reforma política de 1976 y el Preámbulo a la Ley de la Memoria Histórica, de 2007, sancionada por el Rey, que deslegitimaba al Régimen de Franco y, con ello, al sancionador. Parece oportuno reproducir el último comentario del autor sobre el prestigio actual de la Monarquía:

«Aún con todo ello la Monarquía permanece como la Institución más valorada por los españoles, en contraste con casi todas las demás, incluyendo la Justicia, o con los políticos en general, cuyo prestigio entre la gente es fácilmente descriptible, según las encuestas. La población suele ver la Corona como un elemento moderador y de continuidad histórica. Se ha dicho que el Rey es el único que podría acabar con la Monarquía, como también lo hizo su abuelo Alfonso XIII».

Después vino el 23F. Parece evidente que, pese a buenos análisis como el que nos ocupa, aún hay mucho que elucidar respecto a aquellos intensos años.

E. Hermana
 


 
LOS ESCLAVOS FELICES  DE LA LIBERTAD
Ediciones Áltera. Madrid. 2011. 306 páginas.
Javier Ruiz Portella
 
Feliz título el de esta nueva obra de Javier Ruiz Portella pues, en efecto, la sociedad actual, o al menos una gran parte de la misma, de esa masa amorfa con sus componentes aborregados, viven en tal grado de alienación que creen ser felices en esa esclavitud a la que inconscientemente se encuentran sometidos. La aseveración de Goethe: «Nadie es más esclavo que quien se tiene por libre sin saberlo», reviste plena y completa razón en el libro de Portella, filósofo y ensayista.

Una mente entre las lúcidas de la Europa actual, Dominique Venner, ha calificado esta obra como «Un libro extraordinario, lleno de auténtico talento literario. ¡Una bomba atómica filosófica sin la jerga de los filósofos! ¡Nadie ha escrito nunca nada tan fuerte y tan verdadero sobre nuestra época! –sigue diciendo Venner–, ¿por qué lo feo sustituye a lo bello?».

La paradoja –la marca de nuestro tiempo– se despliega a través de todo este ensayo: la paradoja de los hombres más libres... y más esclavizados a sus objetos y productos. ¿Por qué el emporio de la libertad se convierte en el reino del nihilismo?

A lo largo de las enjundiosas páginas del libro aparecen las contradicciones de la sociedad actual, antagónicas con el conocimiento verdadero de la posesión del bien real o de la esperanza de poseerlo, que constituyen las fuentes de la alegría. A través de los diferentes capítulos, en lenguaje sencillo, pristino, alejado de la jerga filosófica que dificultaría su lectura –libro de filosofía pero sin ese lastre– aparece el hecho lamentable de que a esta altura de los tiempos la inmensa mayoría de las acciones humanas tengan una escasa motivación racional y sean instintivas, primarias, arbitrarias y veleidosas, o en el mejor de los casos consuetudinarias.

Se pregunta Portella ¿Quien domina a quien? Nosotros a las ideas o las ideas a nosotros. Al autor, que en su juventud abrazó activamente las ideas del comunismo, viviendo su actividad política militante en los países socialistas, años después acabó arrojándolas por la borda considerándolas no sólo descabelladas, sino también las más criminales de todas, tomando una decisión libre, una decisión que califica Portella de a la vez autónoma y heterónoma. «Una decisión marcada por la única libertad que conocemos los hombres, esos seres que dejaríamos de ser libres si, como Dios, estuviéramos sumidos en lo unívoco y necesario».

Interesantísimas preguntas se plantea el autor, cual la del papel de los medios de comunicación hoy, quienes planean y deciden cambiar de cosmovisión, el aplastante dominio de la fealdad en las artes. La antítesis entre obras imperecederas como el Pórtico de la Gloria en Santiago, las torres y ojivas de la catedral de Viena, la bóveda de San Pedro en Roma, las obras de Mozart, el Cristo de Velázquez, la Madonna de Rafael... frente a la fealdad repulsiva y decadente que ofrecen tantas realizaciones actuales en todos los campos.

Anteponer la libertad al bien es la operación intelectual más subversiva que cabe imaginar en la sociedad de hoy, adquiriendo plena actualidad el razonamiento de que si la libertad fuese el valor supremo, la única norma ética sería el permisivismo, el ejercer la libertad según la voluntad de cada uno. Y es que, reflexiona el autor, el emporio de la libertad se ha convertido en el reino del nihilismo.

El no sólo dejar hacer, sino reverenciar los apetitos primarios no es que represente la antítesis de la razón, sino que alimenta los más colosales dislates, adobados además muchas veces con cierta retórica psudorrevolucionaria que someramente analizada, no hace falta profundizar más, aumenta hasta magnitudes siderales la categoría del desatino.

Los esclavos felices de la libertad es un alegato razonado, pleno de argumentaciones en las que el ensayista y filósofo Portella, lanza –expone Sánchez Dragó en el prólogo– un grito de rabia y esperanza en nuestra época desquiciada. Época, añadiríamos, de irracionalidad, de incultura y de involución histórica.

Ángel Maestro
 


 
DICCIONARIO DE FILOSOFÍA 
Editorial Eunsa, 2010
Ángel Luis González Álvarez (ed.)
 
Lo primero que se me ocurre después de haber espigado más de la mitad de las voces de este magnífico Diccionario de Filosofía, que junto con el Diccionario de Teología colocan a los investigadores de la Universidad de Navarra en el primer lugar de todas las listas que se precien, es una reflexión sobre si existe la filosofía cristiana. Pero estoy seguro de que más de uno de los autores fruncirá el ceño y pensará que los derroteros por los que me he ido en nada son pertinentes para una reseña que pretende presentar una obra ejemplarmente precisa y científica. Si he pensado en la filosofía cristiana, o en la aportación del cristianismo, de la fe, a la razón, lo hago desde la pretensión de verdad que propone el cristianismo: El catolicismo no es nada si no lo es todo. La filosofía es suficiente e insuficiente.

J. García López, en su trabajo sobre elementos de filosofía y cristianismo, señalaba que la filosofía «descubre su propia imperfección y su radical insuficiencia en el orden vital y práctico, y por ello pide y exige naturalmente un complemento y plena satisfacción que ella sola no puede darse».

Una filosofía cristiana –¿por qué puede existir una filosofía analítica, o una filosofía marxista, y no una cristiana? ¿Acaso Heidegger no cerró la cuestión en falso?– lo es en cuanto que su valor viene dado por sí misma, por la fuerza de sus razones, por la coherencia que le es propia, por su capacidad de análisis y síntesis sobre, y de, lo real, por el valor intrínseco de lo que apunte como posibilidad de la acción. Por más que se empeñe la Ilustración, y los nuevos ilustrados, la fe no es un obstáculo para la razón. Ni hierro de madera, ni malentendido. El logos no está cansado ni aburrido.

Si de referirnos a diccionarios de filosofía se tratara, tendríamos que hablar de dos: el de Ferrater Mora y el Léxico de Millán-Puelles. Dos obras que están en el trasfondo de este volumen, que se presenta como conjunto de 296 voces, de más de 70 colaboradores de diversas universidades de diferentes áreas de procedencia lingüística, geográfica y de escuela. Como señala el editor de esta magna obra, «un diccionario, a primera vista, es seguramente lo más contrario a aquello en lo que consiste propiamente el filosofar. Un diccionario compartimenta el saber, incluso llegando al extremo de poner por orden alfabético los subconjuntos, los conceptos o términos del saber concreto del que trata; la filosofía, en cambio, aspira a lo contrario, a la visión global, a la sinopsis, como ya la denominaba Platón». Pero lo que no se puede negar es que en este Diccionario, y en los diccionarios como géneros de la producción intelectual, está inserto un utilitarismo que nace de la relación entre el análisis y la síntesis. Análisis y síntesis que son procedimientos básicos para un correcto ejercicio del pensamiento. Y dos breves cuestiones últimas sobre esta obra encomiable: hubiera sido útil una lista detallada de los autores, con una elemental referencia biográfica acreditativa; y, aunque sé que es discutible, se echa en falta una explícita voz Dios en el Diccionario, síntesis de las referencias a Dios en un no menor número de voces.

José Francisco Serrano Oceja
 

 
LA OTRA MEMORIA
Editorial Actas, San Sebastián de los Reyes (Madrid), 2011, 837 pág.
Alfonso Bullón de Mendoza / Luis E. Togores (coords.)
 
Entre 1936 y 1939 en España hubo una guerra civil, una guerra en la que se combatía por implantar sobre el mismo territorio modelos de estado y sociedad antagónicos e incompatibles. Una guerra que además no surgía de la nada, sino que se había ido incubando en los cinco turbulentos años de la Segunda República y, muy especialmente, a partir del fracasado golpe de estado socialista de octubre de 1934. Durante varios años los discursos de algunos líderes políticos habían hecho hincapié en la necesidad de la victoria, y no de la concordia, de la imposición de sus ideologías, y no del diálogo. Cuando en julio de 1936 se llegó finalmente a la confrontación armada el nivel de movilización política de la sociedad española era alto, y muchos fueron a la guerra con entusiasmo, con el deseo de acabar de una vez con una situación de enfrentamiento endémico y conseguir imponer sus criterios sobre el odiado enemigo.

La guerra civil fue, por tanto, una guerra cruel, una guerra donde en ocasiones se buscaba no sólo la derrota sino también el exterminio del adversario, y por ello nos hallamos ante un conflicto donde las víctimas de la represión fueron tantas o más que las caídas en los combates.

R.

 
    Opciones
· Versión Imprimible
· Enviar a un Amigo
    Otros enlaces
· God
· God
· Más Acerca de Altar Mayor artículos


Noticia más leída sobre Altar Mayor artículos:
Altar Mayor Nº - 132 (6)