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Altar Mayor Nº - 143 (15)
Monday, 19 September a las 10:40:34

Altar Mayor artículos

¡VENGO DE VOLAR EN PARAPENTE!
César Pérez de Tudela*


Para mi volar en parapente no es una afición normal y placentera, si no un hecho trascendente y lleno de significación ontológica. No soy, además, a pesar de llevar veinte años volando, un buen parapentista; tengo muchos defectos técnicos, me faltan reflejos que ya no podré corregir, no sé imprimir velocidad en los despegues, no freno bien el parapente en las salidas, no cargo el peso adecuadamente, y por si mis defectos fueran pocos, en los últimos tiempos, y siempre que me atrevo, voy solo a volar en donde no hay nadie. No me llaméis necio, pero sé que asumo una cierta dosis de imprudencia, sin querer ser un mal ejemplo para nadie.

Además, hoy he pasado miedo antes del vuelo y en el vuelo mismo.

–Oiga usted. Me pregunta mi «yo» normal y por tanto vulgar. ¿Entonces por qué lo hace?

–Trataré de responderme a mí mismo. Lo hago aceptando el riesgo. Asumo la experiencia como una experiencia del alma. Quiero saber lo que es el miedo y superarlo. Quiero sentirme bien después de haber volado. Recuperar la juventud, el optimismo y el valor...

–Quiero saber y experimentar en mí buscando la profundidad del «ser», sin cobijo, sin protección o ayuda. Quiero seguir siendo joven y decidido; y para ello tengo que vivir la aventura de la vida en los hechos que considero que son trascendentes para el espíritu, engrandeciendo mi conciencia y con ello el alma. Reflexionando en el ejercicio de la acción, esforzándome.

Hoy hacía un día climatológicamente bueno, soleado, sin vientos fuertes... y me he dicho:

–César, si quieres seguir siendo quién quieres ser, o quién has sido, y deseas fervientemente acudir a esa cita del alma de intentar la ascensión del Everest, para superar tu infarto cardiaco, y para seguir tus investigaciones fenomenológicas, tienes que estar en forma, entrenado en el esfuerzo y en el cansancio. Carga sobre tus espaldas la gran mochila del parapente (parapente, silla con protección, paracaídas de emergencia, casco, ropa de abrigo, bastones, agua y alguna cosa más) y sube a la Maliciosa por el sur, observando el viento... Y si no vuelas te bajas cansado y orgulloso de haber resistido la dureza del camino.

He aparcado mi coche en el Hotel de la Barranca y he emprendido la subida adaptando el ritmo de ascensión a mis años, porteando la pesada y enorme mochila. Al principio me ha costado, pero poco a poco me he ido internando en la realidad de mi mismo y he empezado a pensar en mi vida, en mis proyectos, en mis libros, en mis hijos, en mis afectos, y en mi próxima aventura del Everest.

¿Y si el valor me llegara y pudiera intentar bajar desde las alturas del Everest? Para ello tendría que subir un parapente aligerado, prescindir del paracaídas de emergencia y de la silla de protección y encomendarme a Dios, como casi siempre lo hago, ya que yo solo, sin esa ayuda misteriosa, y para mi cierta, no podría, creo que no lo conseguiría. Tendría que encontrar unas condiciones óptimas de viento y no estar con la mente confusa como siempre ocurre en la altitud. Era un soñar estando despierto.

Unos montañeros que bajaban me han visto tan cargado, que una chica del grupo ha dicho:

–¡Vaya moral que tienes!

–Sí, desde luego. Y no sabes bien lo que me espera.

He subido los ochocientos metros de desnivel por el camino de piedras inestables, con seguridad, observando mi maltrecho corazón después de mi última intervención. Todo estaba resultando bien, y mis endebles piernas, entrenadas por el esquí de fondo y la gimnasia resistían la ardua ascensión y el contrapeso de la pesada mochila.

El viento seguía, para mi gusto un poco fuerte, pero bien orientado.

–No te preocupes César, si al llegar al collado el viento no te gusta y no lo consideras prudente, bajas otra vez andando, no pasa nada, y así te endureces más con la carga del peso sobre tu espalda, que para eso has decidido entrenarte.

Mis reflexiones y oraciones caminando en soledad, es lo rentable de ir solo, interrogando a tú alma, pensando en tus errores, como un peregrino de la fe, me han ido entreteniendo, haciendo deporte por el sendero hacia la cima. Solo estos ejercicios son por sí mismo una buena prueba y una forma espléndida de aprovechar el tiempo que tanto valoro y que por cronología, es para mí tan escaso. Mi tiempo vale mucho porque me queda poco y he de aprovecharlo en misiones importantes como ésta.

En el fondo de mí mismo, en la hondura de mi conciencia, he ido sintiendo miedo, esa emoción confusa, ese temor del animal humano que siempre solicita el amparo de los seres del más allá, a los que a veces es bueno encomendarse, como he hecho en tantos momentos estelares de mi fascinante existencia.

–¡Éstas experiencias del espíritu son tan valiosas!

–¿Esto que estoy haciendo es solo deporte? O es pura metafísica.

Ortega dijo que el deporte era esa conducta ascensional, que no buscaba el lucro, sino que consistía en la «vivencia», la gran experiencia del ser vivo buscando la esencia, añado yo en mi delirio de pensador y aspirante a poeta.

He llegado a lo alto del collado. El viento ha amainado en su fuerza y parece adecuado a mi escasa técnica de parapentista, lleno de torpe experiencia, sin el suficiente saber.

Durante la ascensión he ido recordando que tendría que frenar bien el parapente cuando sintiera que estaba en lo alto, sobre mi cabeza, cargando entonces el peso y decidiendo el momento de salir al aire.

Con calma, pero sin perder tiempo me he abrigado, he extendido el parapente cuidadosamente, he comprobado las líneas de sustentación, me he puesto el casco y los guantes, he dado unos sorbos breves de agua, me he puesto el arnés, y me he abrochado los cinturones, guardando la funda y los bastones en la bolsa de la silla, y me he erguido decidido, enfrentándome a la vida con miedo, pero sin que yo mismo notara sus consecuencias.

–César eres torpe, no tienes los reflejos, ni la destreza que quisieras, pero quieres vivir una vez más la enorme experiencia de bajar desde lo alto.

Éste será tu vuelo numero doscientos o quizás más, trescientos... pero sigues teniendo miedo al vacío, al estar a expensas del viento que nunca llegas a conocer bien.

–¡Puedes hacerlo! Las condiciones son propicias. ¡Decídete!

He esperado una racha de viento y la he sentido en mi cara.

–¡Voy! El viento me ha hecho recular, pero he aguantado correctamente el envite. He frenado el parapente sobre mi cabeza, sin mirarlo, pero lo he sentido bien situado. No he recordado que debería cargar mi peso, pero a pesar de este error, con solo dos o tres pasos hacia abajo, el parapente me ha sacado de la tierra.

Ante mi la perfilada peña que se denomina el Peñotillo, y hacia abajo, casi novecientos metros de vacío, con los pinares verdes y el destello del agua embalsada del pueblo de Navacerrada.

El viento me ha subido varias veces entre vaivenes tranquilos, pero yo he seguido sintiendo miedo, zozobra, aún sabiendo que todo estaba controlado, captando la grandiosidad de mi acción, suspendido totalmente de la tela roja y amarilla, viendo mis piernas sobre los centenares de metros abajo de la vertiente.

He gritado varias veces para neutralizar la tensión de la emoción ante la congoja, pero sabiendo lo que hacía, manejando los mandos con soltura pero atenazado por esa angustia soportable.

–¡Magnífico César! ¡Muy bien! ¡Lo estás haciendo bien!

Pero no me he llenado de «ego»...

¡Gracias Dios! por ayudarme! Por haberme concedido otra vez poder vivir estos momentos de angustia tan grandiosos.

He tratado varias veces de comprobar la dirección del viento, cuando mi parapente se movía más de lo que yo deseaba, he virado varias veces mirando el paisaje, viendo la cima de la Maliciosa y los valles que confluyen en la Barranca, y viendo el Hotel bajo mis pies y los remansos de agua que brillaban en la espléndida belleza de la tarde.

–¡Muy bien César! ¡Sigues siendo el que querías ser!

Pero yo ya querría haber llegado abajo. Estar con los pies en el suelo, no sentir los vaivenes que me llenan de inseguridad. Haber superado éstas sensaciones angustiosas, posiblemente agravadas por el recuerdo de mi último golpe, el que sufrí éste verano, cuando este mismo parapente que estoy aprendiendo a pilotar, me estrelló dramáticamente contra la ladera de la Najarra, al confundirme y volar en un peligroso «sotavento». Fue un duro golpe a mi moral de luchador, y a mi cuerpo que ha resistido ya muchos golpes, y que no debo castigar más.

Éste vuelo, el cuarto después de aquella experiencia, espero me ayude a superar las consecuencias, aunque nunca olvidarlas.

–Si tienes en ti mismo una fe que te niegan, si pierdes y te lanzas nuevamente a la lucha que ennoblece, digo en voz alta, recordando algo de lo que escribió Rudyar Kipling, mientras veo el suelo aproximarse veloz ante mí, incorporándome dispuesto a poner los pies sobre el suelo, tirando de los cordones al máximo.

Estoy abajo. He pensado y he sentido.

He sido una vez más capaz de llegar a lo alto, sin soberbia, y he ejercitado la humildad del que sabe que es sólo una criatura débil en manos del destino. ¿Es esto la felicidad? Mañana seguiré enfrentándome a la vida dispuesto a ser mejor de lo que hasta ahora he sido. ¿Es esa la sabiduría?

Así se lo diré a mis ilustres compañeros, los sabios académicos de la Real Academia de Doctores de España, en cuanto la ocasión sea oportuna.


* César Pérez de Tudela es Abogado, doctor en Ciencias de la Información  y explorador de montaña.

 
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