Bienvenido a la Hermandad del Valle

    Búsqueda


    Menú
· Altar Mayor
· El Risco de la Nava
· El Brocal
· Cuestiones sobre la
Memoria

· Notas sobre el
Valle de los Caídos

Altar Mayor T
Altar mayor Nº - 143 (12)
Monday, 19 September a las 12:16:01

Altar Mayor artículos REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 143  - septiembre / octubre de 2011

 

JOAQUÍN COSTA, UNA ALTERNATIVA INTELIGENTE AL SISTEMA
Luis Fernando Torres Vicente
*



 
 
Frente a la insuficiente recepción de Hegel en España y de otros idealistas alemanes, estudiada entre nosotros de forma pormenorizada por el profesor José Ignacio Lacasta Zabalza, curiosamente sí que prendió la llama de la concepción del cosmos y del hombre de un filósofo considerado en Alemania como de segunda fila, me refiero a un seguidor heterodoxo del maestro de Alemania, al postkantiano K. F. Kraus, que con su panenteísmo cautivó el deseo de desprenderse de la neo escolástica predominante en el ámbito cultural y académico español que interpretaban no pocos profesores universitarios como una costra que no favorecía el libre desarrollo del Intelecto Investigador y productivo de nuevas ideas y planteamientos también sociopolíticos.

Introducido el krausismo en España por Julián Sanz del Río, en la Universidad Central de Madrid, y con mayor conocimiento y detalle con una versión más práctica y aplicativa política y jurídica por Francisco Giner de Los Ríos, llegando hasta la creación de la Institución Libre de enseñanza y del llamado krausopositivismo que impulsó, en alguna medida, la investigación científica en nuestro país, como señaló el Dr. José Luis Abellán en su Historia Crítica del Pensamiento Español, el costismo y su influencia han sido suficientemente estudiados por Elías Díaz, Eloy Fernández, G. Cheyne Alberto Jiménez Fraud, Joaquín Xirau o Juan José Gil Cremades, Lorenzo Martín Retortillo, o José Domingo Dueñas. Podemos, en un principio, insertar, en parte, el pensamiento innovador y omniabarcante, sin pretenciosidad –se decía que Costa leía once horas al día–, del inmenso intelectual aragonés, jurista, antropólogo, sociólogo, historiador, etnólogo, geógrafo, economista, historiador del Derecho consuetudinario, prehistoriador, filólogo, etnógrafo, etc., nacido en Monzón en 1846, en un liberalismo del que se había alimentado jurídicamente, pero en el que no se quedaba preso ni llegaba a depender hasta el extremo de sacralizar su sustancia intelectual y su dogmática, ya que la ineficacia política que emanaba de ese mismo sistema, valorado positivamente en alguno de sus ángulos axiales, pero a veces hundiendo el Honor del país y dejando exangüe la lucha contra todo tipo de carencias espirituales, culturales y materiales del pueblo al tratarse por lo tanto de una fórmula política insuficiente, según Costa, la iniciada por los borbones con el golpe de Estado del general Martínez Campo, en Sagunto en 1874, y justificada políticamente en el previo manifiesto del Alfonso XII de Sanhurst, texto político enjundioso redactado en Inglaterra, digno de ser analizado por los juristas y politólogos como lo debiera haber sido el olvidado Manifiesto de los Persas, al que habrá que dedicarle el suficiente tiempo de estudio en otra ocasión, cuando amparados por el general Elio en Valencia algunos diputados plantearon como petición al rey Fernando VII, a su vuelta del forzado exilio francés, una rectificación de la obra de las Cortes de Cádiz. En el caso de la Restauración Alfonsina el citado manifiesto, redactado y difundido desde su extrañamiento inglés, pretendía hacerse eco de la petición de miles de españoles de toda condición que creían que la vuelta a España de Alfonso XII como Rey era la única vía para estabilizar la acción política en el país; posteriormente la Restauración sería «legitimada» por la Constitución monárquica canovista de 1876 basada en el turno de partidos.

Que Costa fuese un foco nuclear de amplias, diversas, divergentes y profundas influencias durante un siglo en corrientes ideológicas muy distintas nos puede dar la primera clave del caudal inmenso de saberes que se acumulaban en su espíritu y cerebro, convertido en mar de ideas, sugerencias, críticas, propuestas y datos multiformes. La influencia del costismo, activa y reactiva, lo abarca casi todo en el terreno de la discusión de ideas, atacado por J. Moneva en Zaragoza, comprendido por Francisco Elías de Tejada aunque no se identificase con él, valorado por Ortega, Unamuno, D’Ors, Ramiro Ledesma, criticado por E. Tierno Galván al considerarlo como «protofascista», influyendo en Gonzalo Fernández de la Mora, pasando por ser fuente de inspiración para algunos anarco-sindicalistas como los que redactaron la revista republicana oscense Talión (1915) tales como Salvador Goñi o el también artista y sindicalista aragonés Ramón Acín,… etc. Cabría preguntarse a qué se debió esa amplitud de capacidad de influencia a lo largo del tiempo y una de las posibles respuestas la encontraríamos en la insuficiencia y carencias jurídico-políticas y económicas de la Restauración borbónica-canovista y maurista…, y por otra parte el valor que la capacidad intelectual de Costa aportaba a la actualidad española en todo orden de valores.

Costa se entregó al estudio y a la investigación con «una pasión meditabunda», como escribiría Eugenio D’Ors, casi siempre en el marco del Ateneo de Madrid y en su «reclusión» voluntaria, fruto del desengaño de la política española de principios del s. XX y de su enfermedad neurodegenerativa, en Graus (Huesca), donde, incluso, en cierta ocasión se negó a recibir a políticos importantes en aquel momento como al radical Lerroux. Por el contrario, Ortega, en su coloquio «la pedagogía social como programa político», interpretará briosamente las propuestas costistas sobre la extensión y democratización de la enseñanza y el impulso de la investigación abriéndose necesariamente España intelectualmente a Europa para ser una vez más fecundada por ella.

Costa consideraba que en la tradición culta española había tesoros casi inéditos por redescubrir o al menos por valorar adecuadamente, tal era el caso de la concepción de la propiedad en la tradición popular española; así, en su obra Colectivismo agrario en España (1898), defenderá la tesis contraria y enfrentada al puro liberalismo anglosajón que yacía dormida e hibernada en la tradición nacional, en primer lugar costumbres de aprovechamiento de pastos y ganados, aguas y medios de transformación y almacenamiento de los productos agrarios, que junto con algunas consideraciones de no pocos teólogos de la Escuela de Salamanca o de Alcalá que aceptaban la propiedad privada pero la moderaban, modelaban y la rediseñaban buscando el bien común, siendo más abiertos a la hora de concertar el justo precio de los bienes por el mercado libre.

Costa bordea el neo historicismo romántico en su obra Tratado de política, sacado textualmente de los refraneros, romanceros y gestas de la Península (1881). Para Costa, siguiendo a Wundt o Fechner, considerará el hecho jurídico como un producto colectivo consecuencia de la visión global de la vida con su basamento neuro psíquico; aquí encontraríamos un positivismo al estilo del s. XIX bastante claro y concreto, psicología colectiva o psicología social adelantándose en esto a K. Jung con su teoría de los arquetipos mentales inconscientes colectivos como diseñadores de la cultura consciente de las culturas humanas. Las colectividades no están atadas o constreñidas o su pasado pero éste debe ser una buena fuente de inspiración permanente.

Frente al Liberalismo enconsertador y puramente voluntarioso e impositivo como un molde de escayola, Costa defenderá la libertad del individuo, de la colectividad, del municipio y de la Nación como órganos vitales de creación y amoldamiento del Derecho efectivo y práctico a la hora de resolver nuevos problemas. Frente al Liberalismo doctrinario de origen francés estudiado por Fontana, Costa echará en falta la verdadera participación de todos los ciudadanos organizados institucionalmente en el gobierno del país para romper de esta forma la costra que impide respirar a la España profunda que es claramente mayoritaria frente a las oligarquías dirigentes que representan a sectores e intereses minoritarios. Costa atacará el parlamentarismo coetáneo por ser una proyección aberrante de la ya de por sí maltrecha situación de la Nación y del Pueblo (analfabetismo mayoritario, enfermedades epidemiológicas en otros lugares ya superadas, extensión de la pobreza, un 70% de los trabajadores españoles dedicados todavía a las actividades agropecuarias, etc.). Un Parlamento incapaz de resolver problemas, de impulsar iniciativas transformadoras, de impulsar la economía y la mejor distribución de la riqueza, bienes y servicios…

El profesor José Luis Moreu ha criticado al Costa teórico del Derecho como «contradictorio y paradójico» aunque valora de forma especial «su firme defensa del intervencionismo estatal en materia de obras públicas» (Heraldo de Aragón, 19 de mayo de 2011), y destaca las críticas del gran historiador del Derecho Salvador Minguijón al enfoque de Costa sobre la evolución y aplicación del Derecho Civil. No hay gran pensador que tenga sus críticos, justamente por eso es un pensador de mérito, atrevido y con carácter, pero considero que Costa más acierta que yerra en la práctica totalidad de sus planteamientos incluso en sus estudios sobre Celtas e Iberos.

Ya dediqué algunas líneas, en su día, al gran ingeniero de minas oscense Lucas Mallada, fallecido en 1921 (Los males de la Patria y la futura revolución española. Lucas Mallada. Alianza. Madrid 1994) que modificó la visión de una España gloriosa y puramente heroica por otra de escasez agraria, de pobreza edafológica y de escasa riqueza minera; él planteó una fórmula muy similar a la de Costa para colocar a España al nivel de las Naciones más desarrolladas de su tiempo. Lo imprescindible era domeñar el carácter del derrotismo nacional y comenzar por «colonizarnos económicamente a nosotros mismos». Las estadísticas de las exportaciones que manejaba Luchas Mallada invitaban a una auténtica Revolución Nacional por construir, como cuando escribe sobre un Derecho subordinado a los aranceles en exclusiva donde el espíritu de Justicia casi siempre permanecía oculto o trastocado. Frente a la revolución destructiva, caldo de cultivo de todas las arbitrariedades y paso previo para instaurar la Injusticia perpetua, según Gil Novales, Costa cree en un derecho alimentado por la eticidad condensada en la tradición flexible de nuestros pueblos, que exorcizará la destrucción de la civilización. Elías Díaz encontrará incluso una cierta analogía, inspirada por Unamuno, a pesar de su presidencialismo y su republicanismo, entre el costismo y el carlismo (La Filosofía Social del Krausismo Español, p.169, nota 67. Elías Díaz. Editorial Debate. Madrid, 1989).

Frente a Kant, el Derecho no es un instrumento para la libertad colectiva, más bien surge como impulso de la voluntad constructiva, interna del sujeto que actúa en el ámbito jurídico; el Derecho no es parte de una arquitectura ni un equilibrio de fuerzas contrapuestas, hay una tendencia necesaria que hace que el Derecho proteja la libertad como acción creadora, por ello está sometido desde dentro al fin supremo, funcional, obvio, necesario «no fatalmente y sin conciencia» como afirmó Nicolás López Calera en su profunda obra, Joaquín Costa Filosofo del Derecho (CSIC, Zaragoza 1965, p. 100). El acto voluntario sería consciente del fin adecuado o preciso. López Calero criticará en el neo-liberalismo de Costa la falta de la auténtica libertad que implicaría un conocimiento intelectual, reflexivo y más puramente moral, frente a la visión de un fin simplemente utilitario o sensitivo que únicamente sería voluntario y cercano a la ética. Mientras que los problemas del país se mantenían o acrecentaban, la clase política discutía en el Parlamento sin aminorar la ineficacia del gobierno y sin hacer retroceder la miseria reinante en importantes sectores del pueblo.

Como unos años más tarde escribiría el gran sociólogo alemán Max weber (La objetividad del conocimiento en la ciencia social y en la política social. Alianza, Madrid. 2009 p. 123): «las leyes sociales no consisten en conocer la realidad social, sino solamente uno de los distintos medios auxiliares que nuestro pensamiento utiliza para este propósito; (donde todas las ciencias se convierten en auxiliares y valiosas pero no son determinantes siempre) porque no se puede pensar en un conocimiento de los fenómenos culturales que no sea sobre la base del significado que tengan para nosotros determinados aspectos concretos de la siempre individualizada realidad. Y ninguna Ley inexorable nos puede descubrir en qué sentido y en qué situación ocurre esto, pues esto se decide por los valores con los que contemplemos la cultura» en cada caso. Las observaciones de Costa están preñadas de valores que hacen significativas sus críticas y planteamientos, no piensa en el vacío ni desde la vacuidad, piensa desde la tradición tiñendo de reactivo, que realza la realidad, su visión experimentada de los problemas que fluyen en su rededor. Costa no peca de pesimismo cuando afirmó que «España se encontraba en estado de derrota permanente» y «el español vive derrotado por sí, en estado de derrota permanente, quién no puede exponerse a que le derroten los contrarios» (Crisis Política de España. J. Costa, Producciones Editoriales. Barcelona. 1980). «Pero en el pensamiento del pueblo ajeno a las grandes abstracciones que se encuentra depositado en su refranero, en sus costumbres jurídicas y hazañas, en los poemas del Cid, en los romances, en las cartas-pueblas, en los cuadernos de Cortes, en el Privilegio general, en las Observancias aragonesas, en la carta castellana de 1282, en el proyecto de Constitución de la Santa Junta…, no trae –dirá Costa–, ni en mucho origen exótico, carece de ascendencia conocida, brota directamente, ora en raudal purísimo, ora enturbiado por impurezas nacidas de los hechos, de las entrañas mismas de la sociedad» (1884.IX.6). Este planteamiento no es defectivo del intelectualismo, simplemente enfoca éste con el Genio de la estirpe y las epopeyas y sufrimientos de las masas, de sus intereses y vivencias, de una forma no muy diferente a la que hizo el canónigo Francisco Martínez Marina en su Teoría de Cortes respecto a la Constitución de Cádiz. Efectivamente Costa también abrazará, como no podía ser menos, el poder de la Razón al alabar a Mariana y a Suárez que nos volvieron a enseñar el lenguaje de Aristóteles, de Cicerón, de Polibio y de Santo Tomás, sus obras fueron el testamento político del pueblo español (op. cit. p 143). El tan criticado escepticismo de Costa sobre el parlamentarismo, perfectamente lo podemos ver reflejado en la interpretación que hará el gran sabio alemán Max Weber (el político y el Científico. Alianza. Madrid. 1992, p.146) cuando analiza la estrategia de partidos políticos alemanes tales como el Zentrum, opuesto al parlamentarismo por ser minoritario y no poder obtener grandes ventajas de la ley de la proporcionalidad representativo y de los Socialdemócratas «porque no quería mancharse pactando con el orden político burgués». No estigmaticemos por lo tanto al sabio altoaragonés simplemente por compartir con otros muchos politólogos europeos coetáneos su alergia hacia las asambleas discutidoras llenas de soflamas y ayunas de soluciones teniendo presupuestos suficientes para resolver tantos problemas lacerantes del orden social que llegaban a enquistarse y a agravarse con el tiempo.

Según José Luis Abellán, la crítica prácticamente unánime a la Restauración borbónica en los integrantes de la generación del 98 tendría su origen en la obra de Costa: Oligarquía y caciquismo como forma actual de gobierno (José Luis Abellán. Historia crítica del pensamiento español, T. V/vol. II, Espasa. Madrid. 1989, p. 308). Un capítulo de la pervivencia de Costa, no muy estudiado hasta la fecha, ha sido su influencia en el pensamiento anarquista. el profesor José Domingo Dueñas Lorente, en su obra Costismo y Anarquismo en las Letras Aragonesas (Edizions de l´Astral. Zaragoza. 2000), lo hace al adentrarse en el análisis de la revista oscense (Talión, 1909) y en el semanario zaragozano (Ideal de Aragón, 1920). Obviamente era el Republicanismo, la crítica a la ineficacia parlamentaria y la alabanza a la creatividad espontánea e inteligente del pueblo en el orden del Derecho junto con el ataque a los poderes políticos constituidos y su simpatía por el modernismo literario… lo que atraía a los anarquistas del carácter y de las propuestas del León de Graus, ya que siempre habría barreras infranqueables entre el mundo político de Costa y el propio del anarquismo como su apuesta por la Capacidad del Derecho para implantar la Justicia o su firme confianza en un Estado Civilizador. La Revolución desde abajo en Costa tendría que ser subsanada y equilibrada por la revolución desde arriba; de aquí se inspiraría probablemente Xenius cuando, en una preciosa glosa, nos hablará de la «jerarquía y el orden y la marsellesa». Costa fue crítico con la Revolución Francesa pero alabó la Revolución Inglesa, y en mayor medida la Norteamericana, donde el reconocimiento de los derechos del pueblo se hacía dentro del cuadro y del orden de las tradiciones nacionales esenciales. La Revolución francesa habría engendrado reaccionarios que previamente eran ilustrados. Costa citará a Leopoldo de Toscana, Catalina de Rusia, Carlos IV, Olavide y Floridablanca; la demagogia cruel había degenerado, como ya había enseñado Platón, en un Despotismo y en Guerra de conquista (El legado de Costa, Alberto Gil Novales, Ministerio de Cultura. Zaragoza. 1984, p. 78).

En el programa regenerador de Costa se hablará de repoblación forestal, de la extensión de los regadíos, de la difusión de la propiedad privada y colectiva,… de la higiene, la sanidad pública, de la reconstitución del alma española y de la lucha contra las enfermedades endémicas, de la sana participación política, de la erradicación del analfabetismo, no muy lejos de cómo hoy la moderna Sociología de la Educación (Sociología de la Educación. José María Quintana Cabanas. Dykinson, Madrid, 1989, p. 90), al defender la tesis de la cultura como base social de la Educación, es un planteamiento muy cercano al del propio Costa: «La cultura es un fenómeno social complejo que tiene una dimensión histórica: es supraindividual, se define por una serie de patrones, que transmite mediante la educación, y con eso configura a los individuos». Costa escribió: «Nuestra áncora de salvación, si todavía queda alguna para España, está fundamentalmente en reorganizar y crear la “escuela”, entendiendo por esto implantar a todo gasto, cueste lo que cueste, en todas sus imponentes proporciones y con positiva eficacia, que no meramente en las páginas de la Colección legislativa, el vasto sistema de instituciones docentes que han hecho a Alemania y el Japón, que son la fuerza y el orgullo de los Estados Unidos, que han restaurado a Francia» (op. cit. p. 147). Ciertamente hoy en España tenemos muchos universitarios, pero ¿cuál es la situación de la calidad cultural de nuestros estudiantes de las enseñanzas superiores, o de los bachilleres o de los jóvenes de Enseñanzas Medias? El problema señalado por Costa no ha desaparecido, simplemente se ha transmutado de cuantitativo a cualitativo. Costa sigue siendo en tantas cuestiones todavía motivo de inspiración y salutífera discusión. Aragón y España fueron sus dos grandes amores por encima de todo. Y en Costa encontraremos siempre una referencia segura para el fino y sutil pensamiento.


* Luis Fernando Torres Vicente es Profesor de Filosofía en IES.

 
    Opciones
· Versión Imprimible
· Enviar a un Amigo
    Otros enlaces
· God
· God
· Más Acerca de Altar Mayor artículos


Noticia más leída sobre Altar Mayor artículos:
Altar Mayor Nº - 132 (6)