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Altar Mayor Nº - 143 (10)
Monday, 19 September a las 12:31:39

Altar Mayor artículos REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 143  - septiembre / octubre de 2011

 

¿UNA MILITANCIA CATÓLICA ACTIVA?
Rafael Luna



 
 
Es motivo de alta preocupación la «desmedulación» de valores que sufre España –valores de toda índole, religiosa, de comportamiento social, tradicionales, patrióticos, etc.–, producto lógico y consecuencia directa de la «praxis» impulsada por el socialismo en el poder, muy particularmente por su líder. Dentro de esa «desmedulación general» está la absurda tolerancia concedida a las ya abultadas minorías islámicas producto de la inmigración; tolerancia a despecho de nuestra Historia, de nuestra cultura nacional y del sentido mayoritario de nuestra demografía, pues decir islamismo es tanto como decir «no integración» en la correspondiente sociedad civil.Pero no es del tema islámico de lo que quiero tratar aquí aunque me apoye, en líneas siguientes, en algo de él referido a Alemania.

Con respecto a este último caso y problema, he tenido la satisfacción de leer las palabras de la Canciller de la República Federal de Alemania, Ángela Merkel, bajo el título de «Merkel y su «C» de cristiana»:

En el reciente Congreso de la CDU alemana, celebrado en Karlsruhe, en el Estado de Baden Württemberg, ha sido mucho más que agraciada una frase de Ángela Merkel, (portada en The New York Times), en la que decía que «en Alemania, no tenemos mucho Islam, sino poco cristianismo». Añadía además la actual canciller de Alemania: «seamos más abiertos para mostrar que somos cristianos». Y una de las frases que arrancó mayores aplausos fue la que –en el contexto de la defensa de los valores cristianos como referente de la sociedad alemana– hizo a modo de confesión pública de fundamentos: «la “C”, de cristiana, es la que la sostiene como Presidenta».

El valor de la anécdota reside en que no lo es, pues entra de lleno en el concepto categoría; es así pues la expuso de cara a una Nación que pese a los tremendos altibajos de su gran Historia, demuestra que sigue siendo una gran Nación fiel a la cultura que fue común de las cinco grandes naciones que configuraron el gran Occidente Cristiano Europeo, base de la expansión del Cristianismo en el mundo; ello, aunque allí, en la vieja Germania, naciese el drama luterano, y aunque la sociedad civil alemana fue desgarrada por sectores y tendencias –fruto de los dramas allí padecidos por causa del nazismo, de la derrota y de las antagónicas influencias del comunismo y de las «culturas» de sus vencedores occidentales– aún conserva esencias populares mayoritarias admirables, entre ellas su capacidad de trabajo; su organización política, su seriedad vital, su convivencia, etc.

Me he permitido este inicial y extenso «introito» a mi trabajo para compararlo con el lamentable panorama actual de la España democrática. España tuvo su desgraciado siglo XIX, el caos sangriento de la II República y en especial su periodo de Frente Popular, la durísima Guerra Civil, las dificultades tremendas de sus primeros años de postguerra y aislamiento… pero a ello siguieron sus casi 50 años de paz fecunda, su desarrollo económico admirable, su convivencia social, su paso pacífico a la democracia y su «transición» también en paz (aunque en ésta ya se vislumbrasen los iniciales orígenes de lo que ahora estamos padeciendo). Pues bien, han bastado casi veinte años de Gobiernos socialistas –casi trece de González y a punto de cumplir casi ocho de Zapatero– para que España vuelva a padecer un nuevo «Frente Popular» sui generis y sus lógicas consecuencias.

Pese a los avatares padecidos por España antes esbozados, siempre pudo renacer desde sí misma porque jamás se desprendió de su cultura popular inspirada en su catolicismo (en gran parte mayoritario de forma expresa, tácita o asumida con mutante convicción ésta); un catolicismo que desde la transición y aun desde antes tuvo que reformarse socialmente porque no había de ser el heredado del franquismo, tanto por lo determinado en el «Concilio Vaticano II» como por obvias razones de tener que convivir en el seno de la España democrática. Ese cambio casi copernicano operado en la Iglesia Católica en España –pasar de la peyorativa denominación de «nacional catolicismo» de la época franquista a su actitud actual– tuvo en su origen un indisimulable sentido de «penitencia» para sus «culpas de colaborar» con ese franquismo; nada de eso era pecaminoso por variadísimas razones (agradecimiento al franquismo por haberle salvado de la persecución marxista, por su ayuda en la reconstrucción de templos, etc.) aunque también es cierto que la influencia mutua Iglesia-Régimen fue mayor de la primera sobre el segundo, pues fue un poderoso freno, –no pocas veces erróneo– en aspectos jurídicos y culturales de la evolución natural y consustancial del propio Régimen, en ciertas etapas y periodos de éste.

Esa «penitencia» por tal colaboración –que debió ser no tal, como acabo de señalar– ha hecho que la Iglesia se haya recluido en sí misma mucho más de lo necesario y de lo lógico (rozando en algún aspecto lo meramente «clerical» y no lo eclesial), y ha habido etapas –como la protagonizada por Tarancón y otros que aún persisten– en las que se adoptaron talantes incomprensibles en una evolución, pues rozaron lo beligerante contra aquel pasado compartido; ahora, en la etapa actual de la Iglesia, bajo la Presidencia de Rouco Varela, la serenidad es su nota más destacable aunque no exenta de dificultades como luego se verá, pero no creo que baste tal talante de prudencia ante la dramática situación de España, la campaña satánica en pro de erradicar los grandes valores que adornaron en su historia al pueblo español –muchos de origen cristiano– y la paralela campaña en contra de la propia Iglesia Católica de Españay sus símbolos.

Bien está que haya libertad religiosa, es bueno que se busque el diálogo con los respectivos fieles, pero no se puede olvidar que la Iglesia Católica de España no es una Iglesia más; que incluso en la conflictiva Constitución que nos rige así se señala y que, por tanto, hay que pronunciarse del modo adecuado tanto para defender los valores en trance de erradicación como para hacer valer la propia primacía social de nuestra Iglesia. (No se olviden aquellas palabras de José Antonio –que cito de memoria– «de que además de ser la verdadera, la Iglesia Católica es históricamente la española»). Los católicos y la propia Jerarquía eclesial española no pueden contentarse con formularios términos de rechazo por la imposición de los contravalores que el socialismo pretendeimponer a la sociedad española, mayoritariamente católica, so pretexto de que el Estado no sea confesional; no es confesionalmente católico pero tampoco es constitucionalmente laico como falsamente dicen algunos con un laicismo dialéctico beligerante.

Ante tal panorama, valga un ejemplo: en una Nación oficialmente laica (y más que laica atea) como era la Polonia sovietizada, el que después sería Papa Juan Pablo II fue claro y rotundo proclamando la catolicidad de su amada Polonia… y de ello vino nada menos que cambio de Régimen y después la caída del «Muro de la Vergüenza» berlinés. (Por cierto, meses atrás, al anunciarse la beatificación de Juan Pablo II, la prensa católica española hizo un canto a la indiscutible espiritualidad de tan gran Papa, pero apenas resaltó su temple y su coraje en aquellos tiempos en los que hubo de enfrentarse a la dictadura marxista que gobernaba Polonia). Y es que el «ensimismamiento»de la Iglesia española le puede estar haciendo perder la batalla que le ha planteado el neo-marxismo español, que puede hacerle aparecer como falsamente definió Azaña con su frase de «España ya no es católica».

Bien está la actividad de nuestra Iglesia inculcando con acierto la espiritualidad en sectores de nuestra juventud –en contraste con el pasotismo relativista que se enseñorea sobre la masa de jóvenes–, es asimismo plausible su apoyo a las manifestaciones populares contra el aborto y contra alguno de los «contravalores» que se nos están imponiendo; hay que alabar los grandes actos públicos hechos o programados (como las visitas del Papa, entre ellas la próxima «Jornada Mundial de la Juventud», etc.) pero se echa de menos una «actividad militante» de la estructura asociativa seglar de origen eclesial ante la infinidad de desmanes que nos muestran las similares estructuras sociales, partidos e instituciones de ideología neo-marxista, laicista y atea; porque el fervor y la espiritualidad no están reñidos con el talante militante.

Esa estructura asociativa seglar tiene a mano, entre otras, un arma poderosísima para proclamar su fe y para rebatir los «contravalores» que se nos están aplicando o proyectando –me refiero a Internet– obviamente organizando el conjunto de esa estructura asociativa seglar, no actuando anárquicamente, orientada por expertos dialécticos, sociólogos, politólogos y filósofos seleccionados por la Jerarquía. No bastan las homilías parroquiales para los ya adoctrinados, y no basta la brillante acción del cuadro Jerárquico de nuestra Conferencia Episcopal –verdaderos y hábiles «diplomáticos»– cuya «lucha» principal es con el Gobierno de la Nación; es la «militancia» católica (prensa católica, universidades católicas, los seglares estructurados y orientados de la forma antes esbozada) quien tiene que dar el «do de pecho» en defensa de la verdad, de lo bueno y de lo justo. Porque parafraseando a la citada Ángela Merkel, no es que haya muchos contrarios a la Iglesia, es que hay pocos católicos militantes. Y ahí tienen como objetivo a batir –y ello no sería entrar en una lucha política partidista– la «filosofía» que inspira la implantación de esos repetidos «contravalores».

Y en cuanto al islamismo que empieza a atosigar a la sociedad española –y por ende al verdadero ser de España– no es cosa de que esa militancia católica entre en pugna dialéctica directa con él (pues el mahometano no dialoga y además es irreductible en sus creencias), porque quien tiene que ponerlo en su sitio en la sociedad es el Estado, el Gobierno de la Nación porque es un problema de Estado, y es claro que contar para ello con el actual Gobierno sería, como dijo Cervantes, «pretender lo excusado».

La prueba de que una acción militante de los católicos puede corregir –al menos en parte– las campañas sectarias contra símbolos católicos la tenemos en nuestro «Valle de los Caídos»: bastaron las Misas a la intemperie (frio, lluvia, nieve y nutrida asistencia, aunque con ausencias asociativas significativas), para que el Gobierno diera marcha atrás en su acoso contra tan hermoso símbolo nacional; vaya, pues, mi emocionado aplauso a sus monjes y a su Abad.

A modo de epílogo. Terminado este trabajo, creo oportuno agregar el comentario sobre dos hechos lamentabilísimos: uno, la declaración institucional del Obispado Catalán reclamando la inventada condición de Cataluña como Nación y, por ende, la convergencia de la «Iglesia Catalana» con el nacionalismo separatista catalán; otro, los «asaltos» de los laicistas y otros a las Capillas existentes en diversas facultades de las Universidades, y en otros sitios, con actitudes y hechos sacrílegos y blasfemos. Uno y otro hecho me merecen dos apuntes diferentes.

Sobre el primero (salvo grave desconocimiento por mi parte) no conozco reacción oficial alguna de la Conferencia Episcopal, lo cual es gravísimo tanto por el hecho de la ruptura de la unidad de la Iglesia Católica de España (nacida desde el lejanísimo III Concilio de Toledo y mantenida durante 14 siglos) como por el colateral apoyo indirecto que supone tal omisión contra la unidad de España; ítem más:la ausencia de réplica por parte de los órganos de prensa de esa Conferencia Episcopal.

En cuanto a los sacrílegos asaltos a las citadas Capillas es otro motivo más para la «militancia» católica de nuestra juventud que líneas atrás reclamaba, si bien con un matiz añadible: en casos así, esa militancia debe tener aspectos de «beligerancia»; no una beligerancia agresiva pero sí de presencia física «salvaguardadora»; litúrgicamente son lógicos los actos de desagravio religioso que se hicieron, pero hay que acompañarles –anticipándose a ellos– de la presencia física de los católicos. Y no se diga que organizarse sería politizar esa presencia de católicos, pues decir tal cosa sería muestra clara de acomplejamiento, no de prudencia.

 
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