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Altar Mayor Nº - 143 (09)
Monday, 19 September a las 12:37:23

Altar Mayor artículos REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 143  - septiembre / octubre de 2011

 

EL DEBATE DE LA CONQUISTA 
Pío Moa*

 


 
I

La idea expuesta por Jiménez de Quesada, de que «dejarnos entrar es gracia que nos hacen los indios», nunca había sido muy compartida en el mundo, tampoco por los indios, que entre sí solían entrarse e invadirse mutuamente sin esperar ningún permiso. La evolución de la humanidad, de las culturas más primitivas a otras más complejas, ha sido en muy gran medida una historia de invasiones, expulsiones y aculturaciones, y pocos pueblos, si alguno, vive hoy en una tierra propia desde el origen del hombre. Aparte de otros movimientos prehistóricos desconocidos, Hispania había sido invadida por íberos, celtas, cartagineses, romanos, germanos, árabes y bereberes, y vivía bajo amenaza turca. Aunque esas acciones se justificasen de un modo u otro (como las acusaciones entre romanos y cartagineses por haber roto los pactos, con que comienza esta historia), el derecho de conquista se daba por evidente. Incluso se le concedía mayor mérito que a la penetración pacífica, la cual, por lo demás, no solía consentirse, porque a ningún pueblo le gustaba ser desplazado o perder su forma de vivir, ni se consideraba inferior culturalmente a sus vecinos, por más que pareciera otra cosa comparándolos desde fuera. Aristóteles había defendido el derecho de las culturas superiores a someter a las inferiores y los romanos estimaban sus conquistas como prueba de valor y superioridad, y las justificaban como obra de pacificación e imposición de un derecho mejor y de una cultura más elevada.

A lo largo de los siglos, la Europa cristiana se había visto varias veces invadida y al borde del naufragio, pero había subsistido por medio de la predicación y la guerra, combinación eficaz frente a los paganos, inútil con los islámicos, que habían arrebatado a la cristiandad la mitad de su territorio mediante la yihad, y entre quienes apenas rendía fruto la predicación. Ramón Llull había aceptado la necesidad de combinar la lucha y la predicación, pero el equilibrio entre ambos contrarios no era fácil.

A los españoles, las luchas contra los moros durante la reconquista, y luego contra los turcos y los protestantes, no les habían planteado ningún problema moral ni intelectual. Tampoco contra la católica Francia, pues casi todas las guerras habían surgido por iniciativa francesa, cuyos reyes se habían aliado con los otomanos, la potencia que amenazaba de modo inminente a toda la cristiandad. Pero en América sí surgió la cuestión, presentada incluso como la docilidad y vida natural de los indios turbada por los viciosos y ávidos europeos. Los descubridores se asombraron al principio por el aparente espíritu acogedor de los indígenas –que, de entrada, tendían a ver a aquellos intrusos como dioses– y después por su ignorancia, por el canibalismo, los sacrificios humanos, una extendida sodomía, el uso de la mujer como objeto de cambio, y otras costumbres chocantes para ellos.

Como fuere, el asunto preocupaba. La conquista se justificaba en la expansión del Evangelio para «llevar la luz» a los aborígenes y salvar sus almas, pero había dos dificultades: ¿había derecho a conquistar a unas poblaciones antes desconocidas y con las que, por ello, no había existido conflicto? ¿Respondía al ideal de evangelización la conducta de conquistadores y «encomenderos»?

Sobre la primera cuestión teorizó el dominico alavés o burgalés Francisco de Vitoria, uno de los pensadores más destacados de su época, que había estudiado en París, y desde 1526 enseñaba en Valladolid y luego en Salamanca. Vitoria se ocupó también de la discusión sobre si los indios debían considerarse plenamente humanos. Partiendo del concepto de ley natural, defendió la plena humanidad de los indios, con los mismos derechos básicos que los españoles. Por la misma concepción negó validez al reparto de medio mundo entre Portugal y España, acordada por el papa Alejandro VI en el tratado de Tordesillas. Las relaciones entre los pueblos debían basarse en el entendimiento y la ley, no en la fuerza, y la guerra sólo sería justa en respuesta a un ataque o a una política contraria a los derechos naturales, pero no por motivos religiosos o expansivos.

Estas ideas negaban en principio legitimidad a la conquista de las Indias, pero podían interpretarse al contrario: los derechos naturales incluían la difusión del cristianismo, el comercio y el mantenimiento de relaciones pacíficas con otros pueblos. Si los indios impedían esos derechos, podía hacérseles guerra. Y distinguía varios «justos títulos», para la presencia española en América: propagar el Evangelio, proteger a los naturales bautizados contra los reacios, combatir los delitos contra natura, reinar el soberano de España sobre los indios, si estos lo aceptaban, aliarse con unas u otras tribus en las guerras entre ellas, proteger a los naturales, dado su atraso.

Por entonces circulaban en medios políticos y eclesiásticos las denuncias de otro dominico, Bartolomé de las Casas, sobre crímenes espeluznantes de los encomenderos en el Nuevo Mundo. Las encomiendas no entrañaban propiedad de la tierra, pero en otros aspectos recordaban a las relaciones de servidumbre en Europa y a los repartos de las órdenes militares durante la reconquista: eran concesiones sobre grupos más o menos extensos de indios para asegurar la producción agraria o minera, los tributos, y para premiar a conquistadores, funcionarios y a veces a notables indígenas. Los nativos no eran esclavos, los encomenderos podían obligarles a trabajos no excesivos, y debían evangelizarlos, pero en la práctica, la exigencia laboral podía acercarse a la esclavitud, acompañada de maltratos, pues los indígenas no estaban habituados a trabajar al modo europeo. Es imposible saber cuántos casos había de abuso y en qué grado, y cuántos de situación más soportable; pero las crueldades bastaron para causar airadas protestas de algunos dominicos, que llevaron sus denuncias ante el rey.

Basándose en las concepciones de Vitoria y en las denuncias de Las Casas, el rey Carlos I hizo estudiar el asunto a una comisión, de la que salieron en 1542 las Leyes Nuevas de Indias, de 1542. Estas leyes reafirmaban las disposiciones del testamento de Isabel la Católica en el sentido de prohibir la esclavización, sin excepciones, de los indios, cuya calidad de súbditos y protegidos del rey volvía a especificarse; prohibían obligarles a llevar cargas al estilo prehispánico, y ese trabajo debía pagarse; prohibía las encomiendas para los funcionarios, órdenes religiosas, asociaciones comunales u hospitales, y las ya existentes debían cesar a la muerte de sus poseedores, sin derecho de herencia. Esta última disposición extinguiría las encomiendas en plazo no largo.

Los encomenderos consideraron que las Leyes Nuevas vulneraban sus derechos, ignoraban sus méritos y trabajos, y les reducían a la pobreza. Sus airadas protestas culminaron en Perú con la guerra civil dirigida por Gonzalo Pizarro, el cual fue vencido y ejecutado. No obstante, los desórdenes y las protestas llevaron al rey a pensar que la supresión de las encomiendas arruinaría el proceso de colonización del continente, por lo que se volvió en parte atrás, reconociéndoles carácter hereditario.


II

El mismo año 1542, Las Casas compendió sus denuncias en su vehemente Brevísima relación de la destrucción de las Indias, escrita con datos supuestamente conocidos o presenciados por el autor. El libro, base principal de la llamada leyenda negra, es probablemente el libro más antiespañol que se haya escrito nunca, y su influencia persiste hasta hoy. No extraña que Gombrich y tantos otros lo creyeran, con poco esfuerzo crítico. Las Casas pinta a los españoles de América, con raras excepciones, como demonios sedientos de sangre, faltos de cualquier sentimiento cristiano o meramente humano, y de una estupidez muy difícilmente igualable, pues aniquilaban por los métodos más atroces, a los indígenas de cuyo trabajo pretendían vivir, convirtiendo a Las Indias en desiertos. De ser así, no sólo habrían desaparecido los indios sino también los españoles, que habrían quedado sin medios de vida, teniendo, además, nula disposición a trabajar por sí mismos.

De entrada llaman la atención los datos geográficos ofrecidos por Las Casas. En La Española encuentra cinco reinos, uno con una vega de 80 leguas de sur a norte (como una legua castellana del siglo XVI equivalía a algo más de cinco kilómetros, habla de 400 kilómetros largos). La vega estaría recorrida por más de treinta mil ríos, unos veinte o veinticinco mil de ellos riquísimos en oro, y doce tan grandes como el Ebro; otro reino de La Española era él solo más grande que Portugal y «harto más felice y digno de ser poblado», también lleno de minas de oro y cobre; no detalla la extensión de los otros tres reinos, pero da a entender que eran también muy vastos. Desde «muchas leguas arriba del Darién hasta el reino e provincias de Nicaragua» calcula más de quinientas leguas y, también, grandísimas riquezas de oro. En el antiguo Imperio azteca los españoles se dedicaron a exterminar a la gente «en cuatrocientas y cincuenta leguas en torno cuasi de la ciudad de Méjico e a su alrededor, donde cabían cuatro y cinco grandes reinos, tan grandes e harto más felices que España». Guatemala tenía «más de cien leguas en cuadra». En Santa Marta fueron despobladas «más de cuatro cientas leguas». La isla de Trinidad era «mucho mayor que Sicilia», y la tierra firme descubierta tendría más de 50.000 kilómetros de litoral. El oro abundaba extraordinariamente en muchos lugares, y solo «de la isla Española se había henchido casi España de oro».

Pero estos cálculos apenas son nada comparados con los relativos a la población. Las costas de tierra firme estaban «todas llenas como una colmena de gentes [...] que parece que puso Dios en aquellas tierras todo el golpe o la mayor cantidad de todo el linaje humano»; no había región que no estuviera «pobladísima» y con extensas ciudades. En Nicaragua, con sus grandísimas riquezas, «era cosa verdaderamente de admiración ver cuán poblada de pueblos, que cuasi duraban tres y cuatro leguas en luengo», auténticas urbes mayores que cualesquiera de Europa y de las que la arqueología no ha hallado la menor traza, pese a ser tantas. La Nueva España, futuro México, había disfrutado de muchas ciudades más habitadas que «Toledo y Sevilla y Valladolid y Zaragoza juntamente con Barcelona», de modo que «para andallas en torno se han de andar más de mil e ochocientas leguas» (casi diez mil kilómetros). En Guatemala, todavía más poblada, no extrañará que los españoles exterminaran a no menos de cuatro o cinco millones de personas. El Yucatán «estaba lleno de infinitas gentes». También en Florida «había grandes poblaciones». Las Antillas, antes de la conquista, eran «las tierras más pobladas del mundo», y solo en las pequeñas islas Lucayas o Bahamas habría vivido más de medio millón de habitantes. En Centroamérica se hallaba «la mayor e más felice e más poblada tierra que se cree haber en el mundo». Y así sucesivamente.

Los datos son claramente ficticios, pues la mayor parte de las tierras y costas eran selváticas y agrestes, con agricultura muy escasa –salvo en los imperios inca y azteca– y primitiva. Fuera de dichos imperios no existían ciudades, y la mayor parte de las regiones no podía contar con una población mucho más densa que la actual Amazonía o la Patagonia. Cabría pensar que Las Casas daba oído a leyendas, por desconocer muchos de aquellos lugares, pero exagera igualmente cuando habla de lugares donde sí estuvo, como Cuba, Méjico o La Española. A esta última le atribuye más de tres millones de habitantes, y afirma que sólo en una parte de ella podrían haberse construido más de cincuenta ciudades tan grandes como Sevilla.

Los indios de Las Casas son siempre «mansísimas ovejas», «sin maldades ni dobleces, obedientísimas y fidelísimas»; las gentes «más humildes, más pacientes, más pacíficas y quietas, sin rencillas ni bullicios, no rijosos [...] sin rencores, sin odios, sin desear venganzas que hay en el mundo»; «Carecían de vicios o de pecados»; «Gentes muy bien dispuestas, cuerdas, políticas y bien ordenadas»; «No poseen ni quieren poseer bienes terrenales». «No soberbias, no ambiciosas, no codiciosas». «Limpios y desocupados, de vivo entendimiento, muy capaces y dóciles para toda buena doctrina».

Estas virtudes fabulosas aumentaban si cabe el horror de las atrocidades hispanas: «Y a estas ovejas mansas y de las calidades susodichas por su Hacedor y Criador así dotadas, entraron los españoles [...] como lobos y tigres y leones cruelísimos [...] Y otra cosa no han hecho de cuarenta años a esta parte [...] sino despedazarlas, matarlas, angustiarlas, afligirlas, atormentarlas y destruirlas por las extrañas y nuevas y varias y nunca otras tales vistas ni leídas ni oídas maneras de crueldad, de las cuales algunas pocas abajo se dirán». En Nueva España habrían matado «a cuchillo, y a lanzadas y quemándolos vivos, mujeres y niños y mozos y viejos, más de cuatro cuentos [millones] de ánimas [...] Y esto sin los que han muerto y matan cada día en la susodicha tiránica servidumbre». En Nicaragua, «cincuenta de a caballo alanceaban toda una provincia mayor que el condado de Rosellón, que no dejaban hombre ni mujer, ni viejo, ni niño a vida». Pero en Santa Marta los desmanes habrían superado lo anterior, nos advierte, aunque es difícil imaginar cómo. El total de indios exterminados lo estima Las Casas en hasta quince millones y más, una población seguramente mayor que el total de la existente antes de la conquista, dadas las mencionadas condiciones naturales y técnicas.

Los españoles de América se sintieron calumniados y protestaron indignados por las acusaciones del fraile. Entre otros el franciscano Toribio de Benavente, Motolinía, describió a Las Casas, como «inquieto, bullicioso, importuno y pleitista», «injuriador y perjudicial». Le tacha de «oscurecer y ennegrecer» la obra de Cortés y de que, en general, «No tiene razón en decir lo que dice y escribe e imprime, y en adelante, como será menester, yo diré sus celos y sus obras hasta donde llegan y en qué paran, y si aquí ayudó a los indios o los fatigó», culpándole de perturbar el orden y desamparar a los que dependían de su predicación. Benavente dirigió a un grupo de misioneros, aprendió náhuatl para evangelizar a los indios e instruirlos en diversos oficios, sorprendiéndole la facilidad con que aprendían: «Tienen el entendimiento vivo, recogido y sosegado». Fue uno de los predicadores más exitosos por Méjico, Nicaragua y Guatemala, envió misioneros a Yucatán, criticó los abusos contra los indígenas y se enfrentó por ello a las autoridades. Gran parte de lo que sabemos sobre la cultura azteca se lo debemos a sus investigaciones, de alto nivel y apoyadas en su conocimiento del náhuatl.

Aunque los descubridores describen a los indios como fuertes y bien proporcionados, Las Casas los presenta como «las gentes más delicadas, flacas y tiernas en complexión». Acierta más al señalar que son los «que menos pueden sufrir trabajos y que más fácilmente mueren de cualquier enfermedad», pues no tenían costumbre de trabajar a la europea, ni defensas contra algunas enfermedades no mortales para los recién llegados. La combinación de ambas cosas llevó a Las Casas a propugnar la traída de esclavos negros. El tráfico negrero ya se estaba convirtiendo en un negocio brutal, pero muy lucrativo, realizado sobre todo por comerciantes portugueses y poco después por ingleses y holandeses, que compraban los esclavos a los jefes africanos o los capturaban, y los transportaban en condiciones terribles. Al final, Las Casas se opuso también a ese comercio de negros. En su opinión, quizá acertada, la encomienda era una mala forma de colonización, y el remedio consistiría en el trasplante de campesinos de España a las Indias, proceso que también se daba, aunque lentamente.

Desde luego, el dominico no manifiesta la menor intención de ser ecuánime, sino la de impresionar al máximo a sus lectores, empezando por el rey; y uno de los principales historiadores españoles del siglo XX, Menéndez Pidal, ha creído a Las Casas próximo a la paranoia. No obstante, su libro fue explotado a fondo por protestantes y franceses, como una verdadera arma de guerra realmente eficaz.


III

Pero véase el testimonio de un inglés de pocos años después, Henry Hawks, desterrado de Méjico por la Inquisición: «Los indios son muy favorecidos por la justicia […] Si algún español les ofende o les causa perjuicio, le desposeen de alguna cosa […] y el agresor es castigado como si el ofendido fuera otro español. Cuando un español se ve lejos de México o de otro lugar donde hay justicia, piensa que puede hacer al pobre indio lo que le venga en gana […] Y así obliga al indio a hacer lo que él le mande; si el indio se niega, lo golpea o maltrata a placer. El indio disimula su resentimiento hasta que se presenta la ocasión de darlo a conocer. Entonces, tomando consigo a uno de sus vecinos, se va a México a interponer su denuncia […] La denuncia es admitida en el acto. Aunque el español sea un noble o un caballero poderoso, se le manda comparecer inmediatamente y es castigado […] como mejor parece a la justicia. Esta es la razón por la que los indios son sujetos tan dóciles: si no fueran favorecidos de este modo, los españoles terminarían rápidamente con ellos, o bien ellos mismos asesinarían a los españoles». El testimonio, por provenir de una persona imparcial y nada amiga de España, tiene algún interés.

Se ha dicho que Las Casas fundó la idea de los derechos humanos, pero no es cierto, porque admitía esclavos negros o blancos infieles; tampoco lo es con relación a los indígenas de América, pues el testamento de Isabel la Católica ya establecía esos derechos, como asimismo, de modo más teorizado, el padre Vitoria. No obstante, bajo las denuncias algo alucinadas de Las Casas había intención de proteger a los nativos de los abusos prácticos, y la búsqueda de soluciones mejores que la encomienda. Pese a las dudas y protestas en torno a sus alegatos, Las Casas siguió disfrutando de prestigio en España y en la corte. En 1547, en sus «Treinta proposiciones muy jurídicas» negaba legitimidad a la conquista de América, por lo que, para decidir cómo proceder en adelante con respecto a la conquista, Carlos I convocó en 1550, ya muerto Vitoria, un debate conocido como Controversia de Valladolid, que duraría dos años, y cuyas figuras principales, pero no únicas, fueron Las Casas y Juan Ginés de Sepúlveda.

Los dos personajes eran muy diferentes. Las Casas, sevillano, había sido conquistador y encomendero antes de entrar en religión, como habían hecho otros conquistadores; luego había renunciado a la encomienda para volverse con furia contra los españoles de América. Había sido autorizado a aplicar su plan, poco exitoso, de formar comunidades de labriegos castellanos en las Indias. En cambio Sepúlveda, también dominico, había hecho una brillante carrera intelectual y eclesiástica en Europa, donde alcanzó renombre internacional como teólogo, filósofo e historiador. Había estudiado en Alcalá de Henares y en Bolonia, alojándose en el Colegio Español creado por Gil de Albornoz, y vivido largo tiempo en Roma. Había criticado a Lutero y, contra Erasmo, defendía las tradiciones cristianas y la religiosidad exterior, no sólo interior. Carlos I lo nombró su capellán, cronista y preceptor del príncipe heredero, el futuro Felipe II. Las Casas trató de impedir la publicación de alguna de sus obras.

Sepúlveda citó de la Biblia que los judíos habían recibido la Tierra de Promisión de Dios, quien había castigado a sus anteriores pobladores por su idolatría y sacrificios humanos; y la frase del Evangelio de Lucas: «Vete por los caminos y los senderos y obliga a la gente a entrar, de modo que mi casa se llene»: obligar incluye la fuerza si fuese preciso; según San Agustín es lícito apartar a los paganos de la idolatría coaccionándolos si era preciso; San Pablo daba poder a la Iglesia para predicar, por encima de los poderes temporales, etc. Se apoyaba también en concepciones humanistas y en Aristóteles, a cuyo juicio las culturas superiores tienen derecho a someter a las inferiores: los indios no eran mejores o peores que los demás, pero sus culturas bárbaras y contrarias a la ley natural los convertían en esclavos por naturaleza, y la conquista, sin la cual no sería posible cristianizarlos, debía considerarse un acto de amor, y muy conveniente para ellos, porque les abría paso a un nivel cultural más elevado. No pensaba en una esclavitud propiamente hablando: «No digo que a estos bárbaros se les haya de despojar de sus posesiones y bienes, ni que se les haya de reducir a servidumbre, sino que se deben someter al imperio [autoridad] de los cristianos». La conversión debía hacerse de manera persuasiva, y si esta fallaba podían los españoles ocupar sus tierras, destituir a sus jefes y poner otros. Por todo ello era justa, en principio, la guerra contra ellos.

Según Las Casas, muy al contrario, los estados indios –incluía como estados a las tribus no civilizadas– eran no sólo comparables, sino mucho mejores moralmente que los europeos, pues «muchas y aun todas las repúblicas fueron muy más perversas, irracionales […] y en muchas virtudes muy menos morigeradas y ordenadas. Pero nosotros mismos, en nuestros antecesores, fuimos muy peores así en la irracionalidad y confusa policía como en vicios y costumbres brutales». Incluso si se debiera castigar al idólatra, era preciso que lo hiciese quien tuviera jurisdicción para ello, y en este caso no la tenían el rey ni el papa, pues antes eran gentes desconocidas, ni súbditos del rey ni sometidas al fuero eclesiástico, y por ello tampoco podía castigárseles como herejes. Además, no podía irse contra un pueblo entero, como si todo él fuera delincuente. Por tanto España carecía de títulos para estar allí, salvo con misioneros.

Si Las Casas hubiera impuesto plenamente sus tesis, la historia de América habría sido muy diferente: en principio los imperios y tribus indias habrían seguido tal cual, pues resulta muy difícil que hubieran renunciado a sus ideas del mundo y costumbres sólo por la predicación, suponiendo que permitieran ésta. Su evolución técnica y en otros aspectos habría sido también mucho más lenta. Pero lo que con mayor realismo puede esperarse que hubiera ocurrido habría sido su conquista y colonización por otras potencias europeas, con seguridad no menos duras que España, y probablemente más.

Pero la disputa terminó sin un ganador claro. La conquista quedó frenada, pero solo pasajeramente, pues el proceso era irreversible. Vitoria había dicho que no podía abandonarse del todo la administración de Las Indias después de haber cristianizado parte de ellas, y la corona no podía obligar a los españoles a volverse de allá ni prescindir de los metales preciosos –pronto se impondría la plata sobre el oro, pese a las ideas sobre el mismo de Las Casas–. Los propios indios que habían sufrido las «guerras floridas», las matanzas de los imperios inca y azteca, podían no estar muy de acuerdo con las tesis de Las Casas, a juzgar por la rapidez y el entusiasmo con que acogieron la evangelización, pese a estar prácticamente exterminados, según aquél. El fruto político del debate fue la promulgación de leyes sucesivas, hasta 6.400, muy notables por su racionalidad y sentido humanitario, aunque se aplicasen en grados muy diversos (como suele ocurrir con casi todas las leyes).

En otro terreno, la controversia fue novedosa en el pensamiento civilizado y ha tenido consecuencias hasta el día de hoy. Dio impulso al Derecho de gentes más tarde llamado Derecho internacional, originado en España varios decenios antes de que el holandés Hugo Grocio lo desarrollara bajo influencia directa de Vitoria y otros pensadores hispanos. Este derecho intenta regular las relaciones internacionales en lugar de dejarlas al imperio de la fuerza, y se asienta sobre el concepto de ley natural… que también podía interpretarse de diversos modos, como atestigua la propia polémica de Valladolid. El peso de ésta en el pensamiento jurídico y político posterior ha sido, con todo, harto mayor que sus efectos prácticos, pues las relaciones internacionales, en Europa, América y el mundo, han continuado rigiéndose en gran medida por realidades ajenas a las exigencias teóricas y legislativas.

El debate contenía un aspecto paradójico, pues el propio Las Casas certificaba con sus puntos de vista la superioridad de la cultura hispana, capaz de plantearse un dilema ético-político que las culturas indias no estaban siquiera en condiciones de abordar, por mucho que el dominico las supusiera moralmente superiores a las europeas. Las denuncias lascasianas del supuesto genocidio español en América han suscitado verdadero fervor en España, afirmando muchos que ellas son lo único rescatable del proceso de descubrimiento y conquista. Y, he aquí una nueva paradoja, las personas que así hablan, considerando a Las Casas un precursor de sí mismos, suelen estar próximas, por acción o simpatía, a corrientes de pensamiento y política que en el siglo XX sí han realizado bien constatados y brutales genocidios. O que, en Méjico, arrebataron a los indios, después de la independencia, considerables extensiones de tierra que les había garantizado la corona española. Por poner un solo ejemplo de España, ha sido gran lascasiano Tuñón de Lara, historiador stalinista en su primera etapa y siempre pro comunista. Tampoco los protestantes, franceses o ingleses, que con tanto éxito explotaron la Brevísima relación, demostraron casi nunca una particular virtud y compasión en sus imperios.

Los términos de la disputa de Valladolid sobrepasan el puro pensamiento legal y político para asentarse en un problema filosófico general y nunca resuelto: el de la naturaleza humana reflejada en las relaciones entre los propios seres humanos.


* Pío Moa es historiador. Tomado de su blog en Libertad Digital.

 
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