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Altar Mayor Nº - 143 (06)
Monday, 19 September a las 13:07:10

Altar Mayor artículos REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 143  - septiembre / octubre de 2011

 

ESPAÑA JUNTO AL MUNDO Y FRENTE A ÉL
Arturo Robsy*



La lucha es sencilla: entre una libertad que trasciende y una libertad mecánica, que obliga. Qué extraña paradoja la de una libertad que obliga a ser libre.

Cualquier sociedad mecánica, dictada por la costumbre, por lo gregario, por el tirón de la aldea, tiende a despertar y a reconocerse; es decir, a saberse ella, especial y única. Ese reconocerse garantiza quasi eternidad. Entre la España de San Isidoro y la de hoy vamos a encontrar muy pocas cosas comunes ni en la economía ni en la técnica ni en la lengua ni en las ciudades y campos. Ni siquiera en la forma de vivir la religión o de considerar lo justo. Pero ambas son España, porque se reconocen, se saben «eso» peculiar y único.

Cuando Pedro II, rey de Aragón, padre de Jaime I el Conquistador, se adentra con mínima guardia en Francia para acudir al desafío a muerte que había lanzado contra el rey francés, y comprueba que el gabacho no se ha presentado, da la orden de regresar a sus estados, con un comentario sencillo: «El honor de España ha quedado a salvo». No habla de Aragón ni de Cataluña sino de España, que no existía como unidad política. Pero se reconocía, se sabía.

Ese despertar primero que se vuelve vigilia permanente, saber qué somos y de donde venimos, provoca místicas: poner los ojos arriba, perseguir lo eterno, creer en la trascendencia del hombre, abrirse a Dios, o sea, a la verdad y lo permanente. Todas las generaciones españolas han dado palabras específicas para la idea de nuestra trascendencia y todas han intentado comprender su misión. Y explicarla.

Esa perseverancia en la trascendencia y en abrirse a Dios, que es voluntad de ser libres ya en lo áspero ya en lo suave, es lo común entre la España de San Isidoro y la nuestra, el hilo tenue que garantiza que somos la misma Patria. Si ese hilo se corta, la próxima España no será ya la permanente: ha resistido las transformaciones de dos mil años, pero ha guardado la esencia, aquello que nos anima. Hoy parece que se intenta que los cambios lleguen también a eso, que España no se reconozca en su espejo y se haga réplica de un mundo homologado, de un orbe normalizado, o sea, sometido a norma ajena.

Conviene resaltar que en nuestra esencia hay un afán de eternidad que contiene, además, la esperanza. A veces desgarrada esperanza. Santa Teresa expresa así el afán: «vivo sin vivir en mí, y tan alta vida espero, que muero porque no muero».

Siempre presente la idea, en la casi actualidad del Siglo XX, García Morente, Américo Castro y muchos otros hablaron del vivir desviviéndose, o sea, «en vivir la vida como si no fuera vida temporal sino eternidad». El español ha querido y creído vivir para siempre, tanto el creyente como el renegado, el héroe como el pusilánime. Dado que la vida es eterna, el español se ha desprendido de lo carnal con facilidad porque, como resume el poeta Bernardo López, «no puede esclavo ser pueblo que sabe morir».

No es el momento de indagar por qué en nuestro universo español siempre andan próximas la muerte y la libertad, aunque a ojo desnudo parece que morir es alcanzar la libertad, llámese Paraíso, llámese sueño eterno. Como también parece que libertad es cosa de honor y no ley positiva: tiene que ver con el orgullo de lo que seas y de lo que somos.

Ya los hispanos que guerreaban contra Roma y contra sí practicaban esto con la «Devotio». Unían la vida a la de su caudillo y juraban no sobrevivirle. Esa atadura que hoy parecería servidumbre (como la de los esclavos encadenados en torno a la tienda de Miramamolín en las Navas de Tolosa), era en cambio una señal de libertad y de confianza. Nada menos que la vida atada a un destino voluntariamente común. Así, ¿qué se puede temer? ¿Un instante de dolor después de tantos instantes?

Los españoles de ahora comprendemos aún estas cosas y sentimos el escalofrío de la eternidad, la seguridad de ser nosotros –cada uno y todos– y de serlo para siempre. No importa gran cosa si esto es falso, si hay eternidad o si es posible percibirse por cada cual el momento en que disfrutará el descanso perpetuo, o sea, si tendrá consciencia en la muerte como la tuvo en vida. Se elige entre ser siempre o quedar inerte. Se sabe y se siente como verdad y como impulso. Muerte como liberación; muerte como camino de la libertad buscada. ¿Es buena idea? ¿Es de sentido común? Qué más dará si, en todo caso, es de recto sentido.

Pero la normalización acelerada del universo, ese someterse a una norma para todos, avanza. Avanza desde el Siglo XVIII y desde un pensamiento torcido en que la libertad (que sabemos imposible en tanto que seres sociales) consiste en una ley igual para todos, o sea, en un proceso mecánico, en una concepción legal, en un asunto de derecho que no contiene trascendencia.

El imperio de esta normalización, el actual nombre de la libertad, no tiene nada de libertad para un español ni, seguramente, para ningún hombre. Lo que sí contiene es un ataque a lo esencial de cada Patria, a lo que la hace la misma en todas las edades y circunstancias.

Mirado así, no vale la pena discutir ni guerrear por las formas de organización de España en estado. Todas esas formas son transitorias y deben cambiarse según las necesidades. Todas las liturgias son oropel. Lo único verdaderamente urgente es mantener la esencia, es decir la inmutable unidad del ser.

Por esto y por mucho más estamos obligados a saber el espíritu frío, provechoso, que viene a substituir la mística y la metafísica de las Patrias. Un espíritu terrible que, además de impasible ante el dolor y ante la persona, se cree bendecido por Dios. Se le puede apreciar en esta cita de John D. Rockefeller Jr:

El crecimiento de un gran negocio no es más que una forma de supervivencia de los más aptos […] Sólo sacrificando a los capullos tempranos que crecen a su alrededor, se consigue la rosa llamada American Beauty, con un esplendor y una fragancia que regocija a quien la contempla. Esto no es ninguna mala tendencia dentro del mundo de los negocios. Se trata simplemente de la acción de las leyes de la naturaleza y de Dios.

Nótese la concepción del mundo como empresa y el lenguaje doble en la referencia a la rosa Belleza Americana y el sacrificio que requiere: cortar los demás capullos; un guiño hacia los que entiendan el juego. Frente a esto, en tanto vivamos, la aproximación mejor a la libertad es saber cuánto nos concierne.

Por lo demás, no es mal enemigo el que se descubre. Es fuerte. Se siente seguro. Avisa. Se le puede combatir con dignidad. La lucha es sencilla: entre una libertad que trasciende y una libertad mecánica, que obliga. Qué extraña paradoja la de una libertad que obliga a ser libre.


* Arturo Robsy es periodista y escritor.

 
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