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Altar Mayor Nº - 143 (04)
Monday, 19 September a las 13:49:29

Altar Mayor artículos REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 143  - septiembre / octubre de 2011

 

¿HAY QUE VOLVER A LAS VIEJAS ENCICLOPEDIAS?
Antonio Martínez Belchi*



 
 
El otro día se lo explicaba a la profesora de Economía de mi Instituto, en una conversación que surgió casualmente: si, en cualquier actividad que una persona realice, no tiene realmente claro el objetivo que persigue, tampoco sabrá qué pasos debe dar para conseguir una finalidad que, en el fondo, ni siquiera existe. Como consecuencia, terminará dando interminables palos de ciego que no conducen a nada. Es justamente lo que sucede hoy en un sistema educativo que ha perdido el norte y en el que, seamos sinceros, nadie sabe ya qué es lo que realmente hay que hacer.

Náufragos desorientados en medio de la hecatombe pedagógica, desconcertados por el desbarajuste circundante, la gran mayoría de los políticos, y también más de un profesor, se echan en los brazos, supuestamente salvadores, de las nuevas tecnologías: el último grito al respecto parecen ser las pizarras digitales, que nos librarán del polvo de las viejas tizas. Otros abogan por disponer de un ordenador para cada alumno dentro del aula; los más conservadores, apegados a los queridos hábitos de tantos años, se limitan a hacer, todo lo dignamente que pueden, lo mismo que llevan haciendo desde que empezaron a dar clase: explicar, mandar deberes, corregir, poner exámenes, aprobar y suspender. Al final, todos –modernos y antiguos– comprueban que los alumnos no saben nada, que ninguna receta funciona, que los estudiantes exhiben un anquilosamiento mental apabullante. Sin embargo, como nadie sabe de verdad qué es lo que falla, el desastre se perpetúa sin que parezca haber medio humano que lo pueda remediar.

En medio de un estado de cosas tan calamitoso, ¿qué es lo que realmente necesitamos?: ¿más tecnología tal vez? A mi modo de ver, no: bienvenidos sean todos los avances tecnológicos, si se utilizan con sentido común y prudencia; pero lo que de verdad necesitamos es, entre otras cosas… enciclopedias. Sí, ha leído usted bien: enciclopedias, buenos diccionarios enciclopédicos encuadernados y de papel, como los de toda la vida. Porque la finalidad de la enseñanza media y del bachillerato debería consistir en proporcionar a los alumnos una buena cultura general, un repertorio completo y bien seleccionado de términos que compusieran un vocabulario panorámico de los grandes conceptos del saber. Sin este humus imprescindible, cualquier estudio posterior que pretenda abordarse está destinado al fracaso, como lo estaría quien intentase cultivar en terreno árido, seco y pedregoso.

Pongamos algunos ejemplos para aclarar lo que digo. El otro día le planteé a mi compañera de Economía la siguiente pregunta: según su experiencia, ¿qué probabilidad existe hoy en día de que un alumno de 2º de Bachillerato, ya a las puertas de la Universidad, utilice en la misma frase las palabras «civilización» y «apogeo»? Me respondió que prácticamente ninguna. Primero, porque no saben ni de lejos qué significa «apogeo» (ni su acepción astronómica, ni la más general; tampoco saben nada de nada sobre su etimología griega); y segundo, porque no entienden cómo se puede relacionar léxicamente con «civilización». La cosa no es difícil, como comprenderá el lector: toda civilización tiene unos albores, un apogeo y un ocaso; pero –¿misteriosamente?– tal conexión semántica está a años luz de la capacidad lingüística de nuestros alumnos. Y entonces pregunté a mi compañera: «Y, ¿qué opinas tú, María Jesús? ¿Esto sucede a pesar de lo que hacemos en el Instituto, o más bien a causa de ello?». Ella, tras reflexionar unos instantes, me contestó: «A causa de lo que hacemos». Y, desde luego, acertaba plenamente.

El lector poco familiarizado con lo que sucede en los Institutos de Secundaria tal vez se eche las manos a la cabeza: «¿Cómo? ¿Dice usted que es casi imposible que un alumno de bachillerato hable del “apogeo de una civilización” precisamente a causa de lo que se hace en los centros de enseñanza? Pero entonces, ¿se puede saber qué es lo que ustedes hacen allí?». Se lo explico gustosamente en un par de renglones: decenas de miles de profesores, como sonámbulos, reconocen cada día que lo que hacen no funciona, que así los chicos no aprenden, pero no saben qué es lo que hay que cambiar, de modo que perpetúan a su pesar, y en muchos casos a costa de su salud, una situación absurda. Y lo que hay que cambiar (no digo que sea lo único, pero sí uno de los aspectos esenciales) es nada más y nada menos que la perspectiva desde la que se enseña.

Me explico. ¿Qué necesita saber para estar «bien educado» un niño que nace en una tribu de una selva amazónica? A buen seguro, todo lo necesario para la supervivencia material y espiritual: los mitos del grupo, los cantos sagrados recitados por los ancianos, qué plantas son venenosas, cómo untar con veneno la punta de una flecha, cómo fabricar un arco, qué significan las pinturas rituales realizadas sobre el cuerpo de los miembros de la tribu, qué hacer si uno se encuentra de frente con una anaconda o con un jaguar. En definitiva, necesita conocer el vocabulario cultural de su tribu. Pues bien: también nuestros alumnos necesitan asimilar el «vocabulario cultural» de nuestra civilización. Un léxico que –contra lo que estiman los pragmáticos de nuestros días, apóstoles de la barbarie– no debe limitarse a ejercitarse desde pequeños en los usos consumistas de nuestra época y a un conocimiento práctico de las nuevas tecnologías –¡qué importante es saber colgar fotos en el Twitter!–. Ese léxico consiste básicamente, en lo que a la dimensión académica se refiere, en un repertorio de los conceptos culturales que, como herramientas de la mente, constituyen los ladrillos básicos con los que luego, paso a paso, subiendo por una gradación de escalones jerárquicos, se va construyendo el conjunto del edificio del saber.

Se me podrá objetar que, mal que bien, ese repertorio ya se contiene en los libros de texto y en los programas de las distintas asignaturas. Sin embargo, niego la mayor: sólo aparentemente nuestros programas pretenden que los alumnos adquieran ese vocabulario y ordenan lo necesario para que eso sea posible. Redactados con frecuencia por profesores universitarios que hace tiempo que perdieron la visión panorámica del saber, consisten las más de las veces en una acumulación incongruente de contenidos arbitrarios, mal organizados y –esto es lo más importante– sin alma. Luego, los libros de texto recogen esos contenidos, añadiendo también ellos mismos su correspondiente porción de caos: se pretende que los alumnos aprendan en bloques inadecuados, con conceptos vagos y confusos, lo que conduce a una pseudo-asimilación y a una memorización indigesta que llevan a desear con vehemencia la amnesia y el botellón del siguiente fin de semana. Y, al final, uno puede estar seguro por lo menos de una cosa: de que el sistema educativo, ineficaz para todo lo demás, es eficaz por lo menos para crear un cierto tipo humano. Hablo del alumno de Selectividad acostumbrado a realizar operaciones mentales puramente mecánicas y que no sabe cómo diablos asociar las palabras «apogeo» y «civilización».

Les digo con frecuencia a mis alumnos, en su descargo, que ellos no tienen la culpa de lo que les pasa: son víctimas de un sistema perverso, indiferente respecto a la belleza y a la verdad y que se dedica a propagar el caos, no sabemos muy bien si consciente o inconscientemente. Porque a ver: ¿acaso el examen de Selectividad está preocupado por que los alumnos sepan componer una frase donde aparezcan los términos «apogeo» y «civilización»? No: no es eso lo que se espera, no es eso lo que se pregunta. Se exige a los alumnos que puedan superar una serie de ejercicios para los que han sido «amaestrados» en 2º de Bachillerato. Los estudiantes, adiestrados como pobres animalillos, hacen su número en el circo educativo, como los leones que saltan por el aro, y entran en la Universidad tan ignorantes como todos sabemos. El desaguisado no termina allí, por cierto: el caos, la entropía, el desorden, la confusión, el tótum revolútum, el guirigay absurdo en el que nos movemos, son realidades ubicuas y hace tiempo que no respetan los antiguos santuarios del Alma Mater universitaria. Y también allí el pecado es básicamente el mismo: se ha perdido la claridad escolástica, la visión diáfana de los términos básicos de la cultura, de esos ladrillos sin los que el edificio del saber se convierte en una quimera.

Se me puede pedir con justicia que concrete más: si las cosas se están haciendo mal, ¿cómo pueden hacerse bien? La respuesta es forzosamente multiforme y compleja; pero uno de sus elementos básicos, en el que insisto en el presente artículo, es el de la claridad terminológica, el del repertorio léxico universal. ¿Cómo aprende un niño, hasta dominarla soberanamente, la lengua materna? Por absorción, incorporando pequeños bloques –palabras–, escuchando frases correctas y semicorrectas –pero todas significativas, comunicativamente eficaces–, empapándose de unas reglas básicas de construcción de ideas; y todo ello sin esfuerzo por su parte, de una manera natural. Pues bien: sostengo que es posible imitar esta forma de asimilación respecto al vocabulario de la cultura, y que es esto precisamente lo que hoy no se hace y lo que se debería hacer.

No es cosa, por cierto, que diga sólo yo: entre nosotros lo explicaba hace años Julián Marías, y también lo ha repetido Umberto Eco. Occidente debe volver a la escuela, en todos los sentidos; y uno de ellos está relacionado con esa unción escolástica de los medievales, con ese amor de los amanuenses que, en las abadías, copiaban los textos de la Antigüedad. ¿Queremos dar un giro radical, y con una inversión nula, al desastre no generado, pero sí intensificado hasta el paroxismo desde la implantación de la Logse? Pues barramos los libros de texto y los manidos esquemas de las asignaturas y dediquemos una buena parte del tiempo de clase disponible –¡nada menos que seis horas al día!– a que un profesor, o un par de profesores –uno de Letras y otro de Ciencias–, se pateen con los alumnos de su clase, al derecho y al revés, un diccionario de la Lengua Española y, como complemento, un buen diccionario enciclopédico escolar, como el Espasa. Eso y un par de blocs, y nada más. Coste mínimo para un rendimiento máximo.

No digo que este trabajo terminológico con un par de diccionarios sea lo único que hace falta; pero sí que, entre lo que hace falta, está esto que digo. Esta mañana he podido comprobar con mis alumnos de Bachillerato que no sabían explicar ni lo que significa la palabra «hipótesis», ni lo que es el «conocimiento empírico», ni si el pretérito indefinido del verbo «caer» se escribe «cayó» o «calló». Y no se trata de una cultura libresca y prescindible, válida sólo para jugar al Trivial Pursuit en vacaciones y tardes lluviosas: como les he explicado, es que, cuando dentro de poco estén en la Universidad, el profesor va a mencionar en clase eso del «conocimiento empírico» y de la «hipótesis» y ellos, si nadie lo remedia antes, no se van a enterar de lo que quiere decir. Se medio enterarán tal vez, pero secretamente no entenderán del todo lo que están oyendo. Y lo verdaderamente asombroso es que, pese al trabajo de miles de profesores bienintencionados, pese a estudiar todavía Historia, Lengua, Filosofía, Matemáticas y todo lo demás, esos alumnos que aprueban la Selectividad luego llegan a las facultades sin esa terminología cultural que, intelectualmente hablando, los salvaría.

Mi reacción personal en este inicio de curso, a la que me refería en un anterior texto: prescindir ampliamente de la acostumbrada organización del curso y dedicar una gran atención, tanto en 4º de la ESO como en 1º y 2º de Bachillerato, y aprovechando tanto el repertorio de unos pocos diccionarios como las posibilidades que me ofrecen los respectivos libros de texto, a que los alumnos adquieran ese vocabulario, ese humus terminológico que resulta esencial luego para tantas cosas. De manera que, en las tres semanas de clase que llevamos, he insistido a los estudiantes en que no quiero que memoricen nada, ni que aprendan ningún bloque confuso e indigesto de datos o pseudo-ideas, sino que vayan adquiriendo una serie de nociones básicas de una gran cantidad de campos, unas «tarjetitas mentales» que luego podremos utilizar como los ladrillos básicos con los que se hace un edificio, como las piezas de un gran rompecabezas. He aquí, todo un poco revuelto, una selección de los conceptos, frases e ideas que hemos visto durante estas tres semanas:

Cosmogonía; filosofía teórica y filosofía práctica; Prometeo; aceptar afirmaciones de forma dogmática; lectura literal de la Biblia; significado alegórico de los mitos; hipótesis; conocimiento empírico; historia de la filosofía; lehendakari; país laico; LOGSE; Stephen Hawking; informe PISA; inteligencia emocional; altruismo; mito de la caverna; río de Heráclito; transmigración de las almas; oferta de empleo público; centro de investigaciones sociológicas (CIS); paro estructural; adormidera; adrenalina; Administración Pública; Ley Seca; ácrata; cero absoluto; abolición; aclimatarse; ábside; abstemio; siglo de Pericles; Guerra del Peloponeso; physis; atomismo; Hélade; Guerras Médicas; dioses antropomorfos; juegos panhelénicos; cosmología; devenir; paradoja de Aquiles y la tortuga; oratoria; retórica; sofista; relativismo; escepticismo; ex cathedra; excentricidad; exogamia; endogamia; abdicar; aberración; Abisinia; ablución; abogado del Estado; abogado del diablo; etc. etc.

Y luego, claro, durante los próximos meses (las enciclopedias son oceánicas, virtualmente inagotables) podrían venir otros muchos, como:

Karma; samsara; entropía; Atenea; principio de razón suficiente; panteísmo; Giordano Bruno; pagoda; paganismo; transubstanciación; ortodoxia; heterodoxia; animismo; Carl Sagan; Konrad Adenauer; David Ben Gurion; califato; esperanto; Esperando a Godot; Mayo del 68; Woodstock; Estación Espacial Mir; Bobby Fischer; milenarismo; bandera preconstitucional; tiempo cíclico; mito de Sísifo; nanotecnología; alienación; etc. etc.

El lector, de nuevo sorprendido, podrá decirme: «Pero vamos a ver: con todo lo que suponemos que se hace en los institutos, ¿no sería natural que los alumnos ya salieran con todo este bagaje?». Recordemos la respuesta de mi compañera María Jesús: un alumno de Bachillerato sale del instituto sin saber juntar las palabras «apogeo» y «civilización» no a pesar de lo que se hace en los institutos, sino a causa de lo que se hace. Tengo sobradamente comprobado que el normal estudio de las asignaturas tal como las conocemos desemboca en que, infaliblemente, la adquisición de tal bagaje se convierta en un desiderátum irrealizable. Hace ya bastantes años, allá por 1987, cuando el autor de estas líneas estudiaba 4º de Derecho, el profesor de Derecho del Trabajo preguntó en clase de qué filósofo era la noción del eterno retorno. Tras esperar unos segundos a ver si algún otro estudiante respondía, yo contesté que de Nietzsche, y mis compañeros me miraron como si fuera un extraterrestre. Hoy me mirarían no ya como a un extraño alienígena, sino directamente como a un ser venido de un universo paralelo, de alguna ignota otra dimensión.

Estoy totalmemente convencido de que sería muy beneficioso estudiar el repertorio léxico de la cultura de un modo «anglosajón», empezando por los propios términos concretos tal como aparecen en una buena enciclopedia, igual que por aquellos pagos se estudia el Derecho basándose en la jurisprudencia, en los casos resueltos desde hace siglos por jueces y tribunales. Hay que volver a deletrear el vocabulario de la cultura more scholastico: recuperando el gusto por los nombres concretos, desmenuzando etimologías, demorándose en los matices de las palabras. Porque las palabras son las puertas por las que se accede al mundo del pensamiento. Porque sin palabras, sin nombres nítidos, rotundos y precisos, nuestra mente está condenada al confusionismo y a la divagación.

La gran tragedia del Occidente contemporáneo es que ya no sabe qué debe enseñar a sus adolescentes. «Sí, que sepan quién es Konrad Adenauer; pero, en el fondo, ¿para qué?», piensa un Vicente Verdú, gurú del desvaimiento mental de los posmodernos. Y, en efecto, si al final saber quién fue Adenauer no sirve como pequeño ladrillo de un gran edificio, como pieza mínima, pero al cabo importante, de un puzzle maravilloso, entonces uno puede pensar con justicia que es mejor tirar a la basura toda esa cultura libresca, trasnochada, anacrónica, y volar libres por las rutilantes autopistas de la información hacia un futuro sin pasado, sin tradición, sin lastres conceptuales, abiertos todos a un mundo nuevo y feliz en el que el hombre, gracias a la magia de la tecnociencia, transcenderá su mísera condición biológica y accederá al fin al rango olímpico del Superhombre. Sin embargo, podemos pensar también justamente lo contrario: que el futuro sólo puede estar en una inopinada recuperación del acervo cultural que hoy hemos perdido. Un acervo que, además de en otros lugares, se encuentra, olvidado y despreciado, en nuestras viejas enciclopedias de papel.

¿Quiere ser usted un auténtico revolucionario? Pues coja esa enciclopedia polvorienta que duerme en su biblioteca el sueño de los justos y léasela con espíritu selectivo y ánimo benedictino. Porque, haciéndolo, estará ayudando a echar los cimientos de una nueva civilización.


* Antonio Martínez Belchí es licenciado en Derecho, profesor de Filosofía en Enseñanza Secundaria y articulista.

 
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