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Altar Mayor Nº - 143 (03)
Monday, 19 September a las 14:12:00

Altar Mayor artículos REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 143  - septiembre / octubre de 2011

 

MIGUEL DE UNAMUNO Y SU RES PÚBLICA (1)
José Mª García de Tuñón Aza*

 


 
Hace algún tiempo leía en un periódico un artículo, creo que lo firmaba uno de sus biógrafos, Luciano G. Eguido, que decía tener recogidas de Unamuno catorce acepciones suyas de la palabra Dios que nada tenían que ver unas con otras y que se negaban entre sí. Esto era, para el biógrafo, la contradicción perpetua que Miguel de Unamuno no mitiga sino que por el contrario pone por delante para perplejidad de todos. Fernández de la Mora, por su parte, reconoce en Unamuno multitud de intuiciones lúcidas, de observaciones perspicaces y de juicios exactos, pero «a lo largo de sus escritos y, muy frecuentemente, dentro de un mismo artículo, se encuentra la negación de lo dicho en otro lugar». Paradojas e incoherencias, veía en él un antiguo discípulo suyo, Enrique Sánchez Reyes, quien también escribió que «todo en don Miguel era abierta y polémica contradicción». El mismo Miguel de Unamuno reconocía que le acusaban, y le seguirían acusando, de ser un hombre de contradicciones, aunque añadía: «El que no se contradice es que nada dice». En otra ocasión puntualizó que llevaba «más de cuarenta años de escritor y unas veces me olvido de lo que dije y otras me contradigo y repito». Hubo también quien salió en su defensa como ha sido el caso de Luis de Araquistain que dice que no debemos negarle «este derecho a la contradicción, que es un derecho de conciencia y como tal sagrado».

En cierta ocasión escribía que cuando el escritor inglés Crawford-Flitch, estaba traduciendo a su lengua el libro Del sentimiento trágico de la vida, le preguntó: «¿Por qué le llama usted aquí a San Pablo, Pablo de Efeso? ¿No era de Tarso?». Contestándole Unamuno: «En efecto, de Tarso y no de Efeso era, y si le llamé así fue porque ni lo leí cuando lo escribía ni lo leí cuando corregí las pruebas». Estas confusiones, que también llama erratas, como cuando escribió de llevar a Australia seis mil moros, en vez de escribir Argelia. Reconoce las confusiones que no pueden hacerle sonreír y que desgarran su conciencia, ni puede, por lo tanto superarlas con la ironía, pero Unamuno nunca se da por vencido y escribe: «¡Y lo que han explotado algunos papanatas éstas mis… distracciones! ¿Distracciones? Acaso otra cosa».

Miguel de Unamuno y Jugo nace en Bilbao, reinaba en España Isabel II, el 29 de septiembre de 1864. En aquel Bilbao que él añoraba como un dulcísimo sirimiri que es el rocío de sus recuerdos sobre sus esperanzas. La de aquella noble e invicta Villa de Bilbao que él decía que se confundía y se aunaba. Aquella Villa, la del viejo puente con su escudo y la del puente colgante de la canción. Aquella Villa que todavía conservaba, en Uribitarte, el viejo y nativo curso del Nervión, junto al canal que la ingeniería flamenca había hecho en el Campo del Volantín. Aquella Villa de Bilbao que en un artículo que escribió en 1920 lo terminaba con un «¡Arriba la Villa! ¡Más arriba! ¡Siempre arriba!». Su primera novela fue Paz en la guerra (1897), una novela histórica sobre la última guerra carlista y en donde echó los cimientos de su concepción política e histórica de nuestra España. Le seguiría Amor y pedagogía (1902), Niebla (1914) que es donde inicia lo que él mismo prefería llamarlas nivolas: «Pues así con mi novela, no va a ser novela, sino… ¿cómo dije?..., navilo…, nebolu; no, no, nivola, eso es, ¡nivola!»; pero antes aparecieron sus novelas cortas que reunió bajo el título de una de ellas: El espejo de la muerte. En 1917 publicó Abel Sánchez, y en 1920 Tulio Montalbán y Julio Macedo. Este mismo año, Tres novelas ejemplares y un prólogo, una trilogía compuesta por los títulos: Dos madres, El marqués de Lumbría y Nada menos que todo un hombre. En 1921 La Tía Tula. Su mejor novela, en opinión de algunos críticos fue San Manuel Bueno, mártir, publicada en 1933. Escribió también numerosos libros de ensayo como En torno al casticismo (1902), Vida de Don Quijote y Sancho (1905), que hizo a Antonio Machado dedicarle un poema: «Este donquijotesco / don Miguel de Unamuno, fuerte vasco...», Por tierras de Portugal y España (1911), Andanzas y visiones españolas (1922), Del sentimiento trágico de la vida (1922) y, por último, uno de los ensayos capitales de Unamuno, La agonía del cristianismo, que no apareció en español hasta 1931 ya que primero se publicó en la traducción francesa de Jean Cassou durante el exilio parisino del autor que también aprovechó para seguir escribiendo: «No puedo recordar sin un escalofrío de congoja de aquellas infernales mañanas de mi soledad de París, en el invierno, en el verano de 1925, cuando en mi cuartito de la pensión de la rue Laperouse me consumía devorándome al escribir el relato que titulé: Cómo se hace una novela». Lo mismo que la anterior, también fue traducida al francés por Cassou. Tiene obras dramáticas, como Fedra (1910), El otro (1926) y El hermano Juan (1934). Escribió también poesía, incluso se ha dicho que todo en él es poesía. Y sobre la misma nos cuenta la siguiente anécdota. Dice que en cierta ocasión, una persona que aseguraba ser un buen lector suyo, le declaró: «Lo que no sabía es que ha hecho usted también poesía». A lo que Unamuno contestó: «No, señor, he hecho también todo lo demás».También en una emocionante carta dirigida a Clarín, le confiesa: «Al morir quisiera, ya que tengo alguna ambición, que dijesen de mí, ¡fue todo un poeta!». Y Julián Marías añade que «Unamuno cultivó todos los géneros: poesía, novela, teatro, libros doctrinales llenos de una filosofía rehuida y de preocupación religiosa…».


Cuando, Señor, nos besas con tu beso
que nos quita el aliento, el de la muerte,
el corazón bajo el aprieto fuerte
de tu mano derecha queda opreso.
Y en tu izquierda, rendida por su peso
quedando la cabeza, a que revierte
el sueño eterno, aun lucha por cogerte
al disiparse su angustiado seso.
Al corazón sobre tu pecho pones,
y como en dulce cuna allí reposa
lejos del recio mar de las pasiones,
mientras la mente, libre de la losa
del pensamiento, fuente de ilusiones,
duerme al sol en tu mano poderosa.


Colabora en distintos medios cuyos artículos han sido recogidos, en su mayoría, en sus Obras completas. Es muy extenso también su epistolario donde, lamentablemente, no está todo publicado. Es, precisamente, a causa de una carta que escribe a Azorín en 1909, lo que nos lleva a enterarnos de un rifirrafe que tiene con José Ortega y Gasset. Unamuno había escrito a Azorín felicitándolo por un artículo que, con el título Colección de farsantes, había publicado el 12 de septiembre del mismo año en el diario ABC. El mismo periódico reproduce, a los pocos días, la carta de Unamuno donde dice que son muchos en España los papanatas que están bajo la fascinación de esos europeos. «Hora es ya de decir que en no pocas cosas valemos tanto como ellos y aún más… Indigna ver a tanto a tanto hispanista (?) que se cree que España acabó en el siglo XVII… ¡Bien, bien, muy bien! Así, así. España es víctima de una sistemática campaña de difamación… Dicen que no tenemos espíritu científico. ¡Si tenemos otro…! Inventen ellos, y lo sabremos luego y lo aplicaremos. Acaso esto es más señor. Si fuera imposible que un pueblo dé a Descartes y a San Juan de la Cruz, yo me quedaría con éste… Sí, colección de farsantes…».

Ortega y Gasset lee la carta y se da por aludido ya que le replica con un largo artículo en un diario madrileño bajo el título: Unamuno y Europa, fábula. Habla de él, de quien dice le alude, pero en la carta no lo cita ni una sola vez, y se refiere a la frase: «los papanatas que están bajo la fascinación de esos europeos». A continuación Ortega dice que él es «plenamente, íntegramente, uno de esos papanatas». Al mismo tiempo piensa que debía contestar con algún vocablo o, «como decían los griegos, rural, a D. Miguel de Unamuno, energúmeno español. Pero… esto sería muy poco divertido. Quienes rompen, las reglas artificiales de la buena educación, se quedan sin gozar la fruición delicadísima de ejercitar íntegramente sus energías dentro de ellas». Vuelve a llamarle energúmeno porque dice que «sin Descartes nos quedaríamos a oscuras y nada veríamos… ¿Quién podrá, pues, de que sabe muy bien lo que se dice cuando nos combate a los europeizantes con el claro nombre de D. Ramón Menéndez Pidal?». Y Ortega y Gasset, termina su largo artículo con estas palabras: «…puedo afirmar que en esta ocasión D. Miguel de Unamuno, energúmeno español, ha faltado a la verdad. Y no es la primera vez que hemos pensado si el matiz rojo y encendido de las torres salmantinas les vendrá de que las piedras aquellas venerables se ruborizan oyendo lo que Unamuno dice cuando a la tarde pasea entre ellas».

El ilustre vasco después de hacer sus primeros estudios en la capital bilbaína, cursó en Madrid la carrera de Filosofía y Letras entre los años 1880 al 1884; desde entonces, hasta 1891, al mismo tiempo que comienza a dar clases en el Instituto Vizcaíno, prepara las oposiciones a diversas cátedras: de Psicología, Lógica y Ética, de Instituto; de Metafísica, de Latín, de Universidad. Por último logra la cátedra de Lengua y Literatura griega en 1891, con Menéndez Pelayo de presidente del tribunal y que sería el español contemporáneo de quien más aprendió Unamuno. Ese mismo año se incorporaba a la actividad en la Universidad de Salamanca, donde llega ya casado con Concepción Lizárraga. Tenía, pues, veintisiete años cuando inicia la actividad docente en la ciudad castellana, y en donde, según él, existía el foco más activo de las luchas intestinas de la derecha antiliberal destacando la figura del catedrático Enrique Gil Robles, padre de quien más tarde sería el líder indiscutible de la CEDA, que sería quien pronunció el discurso de apertura del curso académico de aquel año y que fue, desde ese momento, el hogar espiritual de Unamuno.

En 1901 es nombrado rector de la Universidad de Salamanca por primera vez, cargo que llegó a ostentar por 3 veces y otras tantas destituido. Algunas de ellas, o todas, por razones políticas. Ese año abrió el curso y lo siguió abriendo hasta que en el año 1914 fue destituido del cargo de rector «por ardides electorales y por no rendirme –dice– a hacer declaración de fe monárquica». En 1920 es elegido por sus compañeros decano de la Facultad de Filosofía y Letras. Más tarde es condenado a dieciséis años de prisión por injurias al rey pero la sentencia no llegó a cumplirse. Sus constantes ataques al rey y al dictador Primo de Rivera hacen que éste lo destierre a Fuerteventura –«¡Inolvidable isla! ¡Para mí Fuerteventura fue todo un oasis, un oasis donde mi espíritu bebió de las aguas vivificantes y salí refrescado y formalizado para continuar mi viaje a través del desierto de la civilización!»–, en febrero de 1924 donde en la modesta capital, Puerto de Cabras, permaneció muy pocos meses y en donde, es curioso, escribió el poema del Romancero del Destierro, que llega a describir las circunstancias de su muerte:

Se acerca tu hora ya, mi corazón casero,
invierno de tu vida al amor del brasero
sentado sentirás,
y tierno derretirse el recuerdo rendido
embalsamando al alma con alma de olvido
de siempre y de jamás….

Después huyó a Francia en un buque holandés. Primero fue París donde sin tener que cerrar los ojos veía el Campo de San Francisco de Salamanca, en el que también «tantos porvenires he soñado. Porvenires míos y de los míos, porvenires de mi Salamanca, porvenires de mi España». París donde había estado hacía treinta y cinco años y en donde ahora quiso buscar «al mozo pálido y soñador que vino acá de Bilbao, pasando antes, por Italia y Suiza, y que a Bilbao se volvió desde aquí. No encuentro al que fui, y mucho menos al que pude haber sido. ¿Es que de veras pasé por París? ¿Es que París pasó por mí?». En la capital de Francia permaneció algo más de un año para establecer después la residencia en Hendaya «frente a mi España». En esta ciudad permanece hasta el año 1930, año en el que cae el régimen de Primo de Rivera y vuelve a Salamanca «la figura más alta de la actual política española», en opinión de Antonio Machado, y en donde en 1931 es nombrado rector por sus compañeros y bajo un nuevo régimen, «a cuyo establecimiento –dice el propio Unamuno– he contribuido más que cualquier español». Palabras sobre las que Manuel Azaña escribiría más tarde: «En el fondo, Unamuno opina que la República la ha traído él. Y ha tratado el Pacto de San Sebastián con reticencias y sobreentendidos misteriosos, dignos de ABC».

Cuando el 14 de abril de 1931 se declara la República en su «España universal y eterna», como Unamuno escribió en uno de sus poemas, ya había sido proclamado concejal con la conjunción republicano-socialista en las elecciones celebradas dos días antes. Este hombre, desde el mismo día de su proclamación,

se había llenado de aprensiones frente a la imagen que su soñada República le presentaba. Por desgracia, aquel mismo día, mientras se estaba proclamando la República, entre el fervor y el misticismo democráticos, en el Ayuntamiento por el profesor Prieto Carrasco y aquel hombre viejo, un exaltado, delante de él, arrojó dos bustos históricos contra el suelo, con un gesto de rabia y liberación, y los hizo pedazos con una terquedad complacida; aquel hombre viejo lo miró horrorizado y estalló de cólera y de sorpresa; la República no era eso, pero también era eso; un odio contenido parecía haber guiado aquel gesto iconoclasta, que intentaba romper el pasado, que aquellas esculturas representaban, destruir todas las reliquias de un modo de vida que había excluido al agresor y despreciar la historia que eternizaban las estatuas. Fue un signo que alteró el pulso intelectual de aquel hombre viejo, que adoraba el pasado, vivía en la historia de las estatuas y había aprendido mucho de la eternidad de las piedras.

Los nuevos dueños del Poder le reponen en el cargo de rector de la Universidad salmantina, y, pocos días después, con motivo de celebrarse la fiesta del Trabajo, el día primero de mayo, se desplaza a Madrid para participar en la gran manifestación que algunos historiadores la tacharon de «impresionante». La presencia en ella de Miguel de Unamuno fue especialmente celebrada con grandes aplausos por parte de la gente que le reconocía. Seguidamente, el 11, 12 y 13 de mayo tuvo lugar la quema de iglesias y conventos en buena parte de España. Era ministro de Gobernación el católico Miguel Maura, que dejó escrito: «No habíamos aún tomado asiento en torno a la mesa de Consejos cuando nos llegó la noticia de que estaba ardiendo la Residencia de los jesuitas de la calle de la Flor. Recuerdo que hubo ministro que tomó en broma la noticia, y a otro le hizo gracia que fuesen los hijos de San Ignacio los primero en pagar el tributo al pueblo soberano. La famosa justicia inmanente ensalzada por Azaña ya estaba ahí». Y fue precisamente éste quien al escuchar a Maura que iba a sacar la fuerza a la calle, en evitación de que ardieran más conventos, dijo: «Todos los conventos de Madrid no valen la vida de un republicano». Cuando Unamuno llegó a enterarse del comentario de Azaña, le contesta: «...esto daba a entender que los incendiarios eran buenosrepublicanos». Estas palabras, junto con otras como «a por el faraón de El Pardo», no cansaría de repetírselas siempre que se le presentara la ocasión. El 28 de noviembre de 1932 se las reitera en una conferencia que da en el Ateneo de Madrid y que Azaña, en su diario, tampoco pierde la ocasión de contestarle: «Ayer en el Ateneo pronunció Unamuno su anunciada conferencia. Gran golpe de gente, según cuentan. La conferencia ha sido lastimosa. Una estupidez, o una mala acción. Le gritaron. Mucha gente se indignó con Unamuno. Si todos le hubieran hecho el mismo caso que yo, desde que le hice el artículo del leonero que tanto le mortificó, se evitarían el indignarse»

El 28 de junio sale elegido diputado, como independiente, de las Cortes Constituyentes –junto con varias figuras de la intelectualidad española– con la candidatura republicano-socialista. La principal misión de estas Cortes fue elaborar la nueva Constitución. Cuando comenzaron los trabajos sobre el idioma oficial, el texto del proyecto hecho por la Comisión, decía: «El castellano es el idioma oficial de la República, sin perjuicio de los derechos que la leyes del Estado reconocen a las diferentes provincias o regiones». Leídas estas palabras, Unamuno tiene una larga intervención el 18 de septiembre de la que recogeremos la mayor parte de la misma:

Señores diputados, el texto del proyecto de Constitución hecho por la Comisión dice: «El castellano es el idioma oficial de la República, sin perjuicio de los derechos que las leyes del Estado reconocen a las diferentes provincias o regiones».

Yo debo confesar que no me di cuenta de qué perjuicio podía haber en que fuera el castellano el idioma oficial de la República (acaso esto es traducción del alemán), e hice una primitiva enmienda, que no era exactamente la que después, al acomodarme al juicio de otros, he firmado. En mi primitiva enmienda decía: «El castellano es el idioma oficial de la República. Todo ciudadano español tendrá el derecho y el deber de conocerlo, sin que se le pueda imponer ni prohibir el uso de ningún otro». Pero por una porción de razones vinimos a convenir en la redacción que últimamente se dio a la enmienda, y que es ésta: «El español es el idioma oficial de la República. Todo ciudadano español tiene el deber de saberlo y el derecho de hablarlo. En cada región se podrá declarar cooficial la Lengua de la mayoría de sus habitantes. A nadie se podrá imponer, sin embargo, el uso de ninguna Lengua regional».

Entre estas dos cosas puede haber en la práctica alguna contradicción. Yo confieso que no veo muy claro lo de la cooficialidad, pero hay que transigir. Cooficialidad es tan complejo como cosoberanía; hay «cos» de éstos que son muy peligrosos. Pero al decir: «A nadie se podrá imponer, sin embargo, el uso de ninguna Lengua regional», se modifica el texto oficial, porque eso quiere decir que ninguna región podrá imponer, no a los de otras regiones, sino a los mismos de ella, el uso de aquella misma Lengua. Mejor dicho, que si se encuentra un paisano mío, un gallego o un catalán que no quiera que se le imponga el uso de su propia Lengua, tiene derecho a que no se les imponga. (Un señor diputado: ¿Y a los notarios?). Dejémonos de eso. Tiene derecho a que no se le imponga. Claro que hay una cosa de convivencia –esto es natural– y de conveniencia; pero esto es distinto; una cosa de imposición. Pero como a ello hemos de ir, vamos a pasar adelante. Estamos indudablemente en el corazón de la unidad nacional y es lo que en el fondo más mueve los sentimientos: hasta aquellos a quienes se les acusa de no querer más que vender o mercar sus productos –yo digo que no es verdad–, en un momento estarían dispuestos hasta a arruinarse por defender su espíritu. No hay que achicar las cosas. No quiero decir en nombre de quién hablo; podría parecer una petulancia si dijera que hablo en nombre de España. Sé que se toca aquí en lo más sensible, a veces en la carne viva del espíritu; pero yo creo que hay que herir sentimientos y resentimientos para despenar sentido, porque toca en lo vivo. Se ha creído que hay regiones más vivas que otras y esto no suele ser verdad. Las que se dice que están dormidas, están tan despiertas como las otras; sueñan de otra manera y tienen su viveza en otro sitio. (Muy bien). […].

Y ahora me vais a permitir, los que no los entienden, que alguna vez yo traiga aquí acentos de las Lenguas de la Península. Primero tengo que ir a mi tierra vasca, a la que constantemente acudo. Allí no hay este problema tan vivo, porque hoy el vascuence en el país vasconavarro no es la Lengua de la mayoría, seguramente que no llegan a una cuarta parte los que lo hablan y los que lo han aprendido de mayores, acaso una estadística demostrara que no es su Lengua verdadera, su Lengua materna; tan no es su verdadera Lengua materna, que aquel ingenuo, aquel hombre abnegado llegó a decir en un momento: «Si un maqueto está ahogándose y te pide ayuda, contéstale: «Eztakit erderaz (no sé castellano)».

Su lengua materna, la que aprendió de joven, era el castellano

Yo vuelvo constantemente a mi nativa tierra. Cuando era un joven aprendí aquello de «Egialde guztietan toki onak badira bañan biyotzak diyo: zoaz Euskalerrira» (En todas partes hay buenos lugares, pero el corazón dice: vete al país vasco). Y hace cosa de treinta años, allí, en mi nativa tierra, pronuncié un discurso que produjo una gran conmoción, un discurso en el que les dije a mis paisanos que el vascuence estaba agonizando, que no nos quedaba más que recogerlo y enterrarlo con piedad filial, embalsamado en ciencia. Provocó aquello una gran conmoción, una mala alegría fuera de mi tierra, porque no es lo mismo hablar en la mesa a los hermanos que hablar a los otros: creyeron que puse en aquello un sentido que no puse. Hoy continúa eso, sigue esa agonía; es cosa triste, pero el hecho es un hecho, y así como me parecería una verdadera impiedad el que se pretendiera despenar a alguien que está muriendo, a la madre moribunda, me parece tan impío inocularle drogas para alargarle una vida ficticia, porque drogas son los trabajos que hoy se realizan para hacer una Lengua culta y una Lengua que, en el sentido que se da ordinariamente a esta palabra, no puede llegar a serlo.

El vascuence, hay que decirlo, como unidad no existe, es un conglomerado de dialectos en que no se entienden a las veces los unos con los otros. Mis cuatro abuelos eran, como mis padres, vascos; dos de ellos no podían entenderse entre sí en vascuence, porque eran de distintas regiones: uno de Vizcaya y el otro de Guipúzcoa. ¿Y en qué viene a parar el vascuence? En una cosa, naturalmente, tocada por completo de castellano, en aquel canto que todos los vascos no hemos oído nunca sin emoción, en el Guernica Arbola, cuando dice que tiene que extender su fruto por el mundo, claro que no en vascuence. «Eman ta zabalzazu munduan frutua adoratzen raitugu, arbola santua» (Da y extiende tu fruto por el mundo mientras te adoramos, árbol santo). Santo, sin duda; santo para todos los vascos y más santo para mí, que a su pie tomé a la madre de mis hijos. Pero así no puede ser, y recuerdo que cantando esta agonía un poeta vasco, en un último adiós a la madre Euskera, invocaba el mar, y decía: «Lurtu, ichasoa» (Conviértete en tierra, mar); pero el mar sigue siendo mar.

Y ¿qué ha ocurrido? Ha ocurrido que por querer hacer una Lengua artificial, como la que ahora están queriendo fabricar los irlandeses; por querer hacer una Lengua artificial, se ha hecho una especie de «volapuk» perfectamente incomprensible. Porque el vascuence no tiene palabras genéricas, ni abstractas, y todos los nombres espirituales son de origen latino, ya que los latinos fueron los que nos civilizaron y los que nos cristianizaron también. (Un señor diputado de la minoría vasconavarra: Y gogua ¿es latino?). Ahí voy yo. Tan es latino, que cuando han querido introducir la palabra «espíritu», que se dice «izpiritué», han introducido ese gogo, una palabra que significa como en alemán «stimmung», o como en castellano «talante» es estado de ánimo, y al mismo tiempo igual que en catalán «talent», apetito. «Eztankat gogorik» es «no tengo ganas de comer, no tengo apetito» (Un Sr. diputado interrumpe, sin que se perciban sus palabras. Varios Sres. diputados: ¡Callen, callen!).

Se alegraba de las interrupciones porque así contaba más cosas

Estaba yo en un pueblecito de mi tierra, donde un cura había sustituido –y esto es una cosa que no es cómica– el catecismo que todos habían aprendido, por uno de estos catecismos renovados, y resultaba que como toda aquella gente había aprendido a santiguarse diciendo: «Aitiaren eta semiaren eta izpirituaren izenian» (En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo), se les hacia decir: «Aitiaren eta semiaren eta Crogo dontsuaren izenian», que es: «En el nombre del Padre, del Hijo y del santo apetito» (Risas.). No; la cosa no es cómica, la cosa es muy seria, porque la Iglesia, que se ha fundado para salvar las almas, tiene que explicar al pueblo en la Lengua que el pueblo habla, sea la que fuere, esté como esté; y así como hubiera sido un atropello pretender, como en un tiempo pretendió Romero Robledo, que se predicara en castellano en pueblos donde el castellano no se hablaba, es tan absurdo predicar en esas Lenguas.

Esto me recuerda algo que no olvido nunca y que pasó en América: que una Orden religiosa dio a los indios guaraníes un catecismo queriendo traducir al guaraní los conceptos más complicados de la Teología, y, naturalmente, fueron acusados por otra Orden de que les estaban enseñando herejías; y es que no se puede poner el catecismo en guaraní ni azteca sin que inmediatamente resulte una herejía (Risas). […].

El hombre más grande que ha tenido nuestra raza ha sido Iñigo de Loyola y sus Ejercicios no se escribieron en vascuence. No hay un alto espíritu vasco, ni en España ni en Francia, que no se haya expresado o en castellano o en francés. El primero que empezó a escribir en vascuence fue un protestante, y luego los jesuitas. Es muy natural que nos halague mucho tener unos señores alemanes que andan por ahí buscando conejillos de Indias para sus estudios etnográficos y nos declaran el primer pueblo del mundo. Aquí se ha dicho eso de los vascos.

En una ocasión contaba Michelet que discutía un vasco con un montmorency, y que al decir el montmorency: «Nosotros los montmorency datamos del siglo... tal», el vasco contestó: «Pues nosotros, los vascos, no datamos» (Risas). Y os digo que nosotros, en el orden espiritual, en el orden de la conciencia universal, datamos de cuando los pueblos latinos, de cuando Castilla, sobre todo, nos civilizó. Cuando yo pronunciaba aquel discurso recibí una carta de D. Joaquín Costa lamentándose de que el vascuence desapareciese siendo una cosa tan interesante para el estudio de las antigüedades ibéricas. Yo hube de contestarle: «Está muy bien; pero no por satisfacer a un patólogo voy a estar conservando la que creo que es una enfermedad» (Risas).

Y ahora hay una cosa. El aldeano, el verdadero aldeano, el que no está perturbado por nacionalismos de señorito resentido, no tiene interés en conservar el vascuence.

El anillo en las escuelas

Se habla del anillo que en las escuelas iba pasando de un niño a otro hasta ir a parar a manos de uno que hablaba castellano, a quien se le castigaba; pero ¿es que acaso no puede llegar otro anillo? ¿Es que no he oído decir yo: «No enviéis a los niños a la escuela, que allí aprenden el castellano, y el castellano es el vehículo del liberalismo»? Eso lo he oído yo, como he oído decir: «¡Gora Euzkadi ascatuta!» («Euzkadi» es una palabra bárbara; cuando yo era joven no existía; además conocí al que la inventó). «¡Gora Euzkadi ascatuta!» Es decir: ¡Viva Vasconia libre! Acaso si un día viene otro anillo habrá de gritar más bien: «¡Gora Ezpaña ascatuta!» ¡Viva España libre! Y sabéis que España en vascuence significa labio; que viva el labio libre, pero que no nos impongan anillos de ninguna clase (Un señor Diputado: Muchas gracias, en nombre del pueblo vasco).

Pasemos a Galicia; tampoco hay aquí, en rigor, problema. Podrán decirme que no conozco Galicia y, acaso, ni Portugal, donde he pasado tantas temporadas; pero ya hemos oído que Castilla no conoce la periferia, y yo os digo que la periferia conoce mucho peor a Castilla; que hay pocos espíritus más comprensivos que el castellano (Muy bien). Pasemos, como digo, a Galicia. Tampoco allí hay problema. No creo que en una verdadera investigación resultara semejante mayoría. No me convencen de eso. Pero aquí se hablaba de la lengua universal, y el que hablaba sin duda recuerda lo que en la introducción a los Aíres da miña terra decía Manuel Curros Enríquez de la lengua universal:

Cuando todas lenguas o fin topen
que marca a todo o providente dedo,
e c'os vellos idiomas extinguidos
un solo idioma universal formemos;
esa lengua pulida, idioma úneco,
mais qu'hoxe enriquecido e mais perfeuto,
resume d'as palabras mais sonoras
qu'aquela n'os deixaran como enherdo.
Ese idioma, compendio d'os idiomas,
com'onha serenata pracenteiro,
com'onha noite de luar docísimo
será –¿que outro sinon?– será o gallego
Fala de minha nai, fala armoñosa,
en qu'o rogo d'os tristes sub'o ceo
y en que decende a prácida esperanza,
os afogados e doloridos peitos.
Falta de meus abós, fala en q'os párias,
de trevos e polvo e de sudor cubertos,
piden a terra o grau d'a cor'a sangue
qu'ha de cebar a besta d'o laudemio...
Lengua enxebre, en q'as anemas d'os mortos
n'as negras noites de silencio e medo
encomendan os vivos as obrigas,
que, ¡mal pecados!, sin cuprir morreron.
Idioma en que garula nos paxaros,
en que falan os anxeles, os nenos,
en qu'as fontes solouzan e marmullan
Entr'os follosos albores os ventos

Todo eso está bien; pero que me permita Manuel Curros y permitidme vosotros; me da pena verle siempre con ese tono de quejumbrosidad. Parias, azotada, encarnecida… amarrada contra una roda… clavado un puñal en el seno…

¿De dónde es así eso? ¿Es que se pueden tomar en serio burlas, a las veces cariñosas, de las gentes? No. Es como lo de la emigración. El mismo Manuel Curros, cuando habla de la emigración –lo sabe bien mi buen amigo Castelao–-, dice, refiriéndose al gaitero:

Tocaba..., e cando tocaba,
o vento que d'o roncón
pol-o canuto fungaba,
dixeran que se queixaba
d'a gallega emigración.
Dixeran que esmorecida
de door a Patria nosa,
azoutada, escarnecida,
chamaba, outra Nai chorosa,
os filliños d'a sus vida...
Y era verdá. ¡Mal pocada!
Contr'on peneda amarrada,
crabad'un puñas n'o seo,
n'aquella gaite sembrada
Galicia era un Prometeo.

No; hay que levantar el ánimo de esas quejumbres, quejumbres además, que no son de aldeanos. Rosalía decía aquello de:

Castellanos de Castilla,
tratade ben os gallegos;
cando van, van como rosas;
cando veñen, como negros.

¿Es que les trataban mal? No. Eran ellos los que se trataban mal, para ahorrar los cuartos y luego gastarlos alegre y rumbosamente en su tierra, porque no hay nada más rumboso, ni menos avaro, ni más alegre, que un aldeano gallego. Todas esas morriñas de la gaita son cosas de los poetas (Risas).

Vuestra misma Rosalía de Castro, después de todo, cuando quiso encontrar la mujer universal, que era una alta mujer, toda una mujer, no la encontró en aquellas coplas gallegas; la encontró en sus poesías castellanas de Las orillas del Sar (Denegaciones en algunos señores diputados de la minoría gallega). ¿Y quiénes han enriquecido últimamente a la Lengua castellana, tendiendo a que sea española? Porque hay que tener en cuenta que el castellano es una Lengua hecha, y el español es una Lengua que estamos haciendo. ¿Y quiénes han contribuido más que algunos escritores galleros –y no quiero nombrarlos nominativamente, estrictamente–, que han traído a la Lengua española un acento y una nota nuevos?

Y ahora se refiere al catalán

Me parece que el problema es más vivo y habrá que estudiarlo en esta hora de compresión, de cordialidad y de veracidad. Yo conocí, traté, en vuestra tierra, a uno de los hombres que me ha dejado más profunda huella, a un cerebro cordial, a un corazón cerebral, aquel gran hombre que fue Juan Maragall. Oíd:

«Escolta, Espanya la veu d'un fill
que't parla en llengua no castellana,
parlo en la llengua – que m'ha donat
la terra aspra,
en questa llengua pocs t'han parlat;
en l'altra...,massa.

En esta Lengua pocos te han hablado, en la otra... demasiados.

Hon ets Espanya? No't veig enlloc,
no sents la meva ven atronadora?
No entens aquesta llengua que't parla entre perills?
Has desaprés d'entendre an els teus fils?
Adeu, Espanya!

Es cierto. Pero él, Maragall, el hombre que decía esto, como si no fuera bastante lo demasiado que se le había hablado en la otra Lengua, en castellano, a España, él habló siempre, en su trabajo, en su labor periodística; habló siempre, digo, en un español, por cierto lleno de enjundia, de vigor, de fuerza, en un castellano digno, creo que superior al castellano, al español, de Jaime Balmes o de Francisco Pi y Margall. No. Hay una especie de coquetería. Yo oía aquí, el otro día, al señor Torres empezar excusándose de no tener costumbre de hablar en castellano, y luego, me sorprendió que en español no es que vestía, es que desnudaba perfectamente su espíritu, y es mucho más difícil desnudarlo que vestirlo en una Lengua. (Risas.) He llegado –permitidme– a creer que no habláis el catalán mejor que el castellano. (Nuevas risas.) Aquí se nos habla siempre de uno de los mitos que ahora están más en vigor, y es el «hecho». Hay el hecho diferencial, el hecho tal, el hecho consumado. (Risas.) El catalán, que tuvo una espléndida florescencia literaria hasta el siglo XV, enmudeció entonces como Lengua de cultura, y mudo permaneció los siglos del Renacimiento, de la Reforma y la Revolución. Volvió a renacer hará cosa de un siglo –ya diré lo que son estos aparentes renacimientos–; iba a quedar reducido a lo que se llamó el «parlá munisipal». Les había dolido una comparanza –que yo hice, primero en mi tierra, y, después, en Cataluña– entre el máuser y la espingarda, diciendo: yo la espingarda, con la cual se defendieran mis antepasados, la pondré en un sitio de honor, pero para defenderme lo haré con un máuser, que es como se defienden todos, incluso los moros. (Risas.) Porque los moros no tenían espingardas, sino, quizá, mejor armamento que nosotros mismos.

Hoy, afortunadamente, está encargado de esta obra de renovación del catalán un hombre de una gran competencia y, sobre todo, de una exquisita probidad intelectual y de una honradez científica como las de Pompeyo Fahra. Pero aquí viene el punto grave, aquel a que se alude en la enmienda al decir: «no se podrá imponer a nadie».

Como no quiero amezquinar y achicar esto, que hoy no se debate, dejo, para cuando otros artículos se toquen, el hablar y el denunciar algunas cosas que pasan. Algunas las denunció Menéndez Pidal. No se puede negar que fueran ciertas.

Lo demás me parece bien. Hasta es necesario; el catalán tiene que defenderse y conviene que se defienda; conviene hasta al castellano. Por ejemplo, no hace mucho, la Generalidad, que en este caso actuaba, no de generalidad sino de panicularidad (Risas) dirigió un escrito oficial en catalán al cónsul de España en una ciudad francesa, y el cónsul, vasco por cierto, lo devolvió. Además, está recibiendo constantemente obreros catalanes que se presentan diciendo: «No sabemos castellano», y él responde: «Pues yo no sé catalán; busquen un intérprete». No es lo malo esto, es que lo saben, es que la mayoría de ellos miente, y éste no es nunca un medio de defenderse. (Rumores en la minoría de Izquierda catalana. Un Sr. diputado pronuncia palabras que no se perciben claramente) Eso es exacto. (Un Sr. diputado: Eso es inexacto. El Sr. Santaló: Sobre todo su señoría no tiene autoridad para investigar si miente o no un señor que se dirige a un cónsul. Otro Sr. diputado pronuncia palabras que no se perciben claramente. Rumores). ¿Es usted un obrero? (Rumores. Varios Sres. diputados pronuncian algunas palabras que no se perciben con claridad. Continúan los rumores, que impiden oír al orador)... que hablen en cristiano. Es verdad. Toda persecución a una Lengua es un acto impío e impatriota. (Un Sr. diputado: Y sobre todo cuando procede de un intelectual). Ved esto si es incomprensión. Yo sé lo que en una libre lucha puede suceder. En artículos de la Constitución, al establecer la forma en que se ha de dar la enseñanza, trataremos de cómo el Estado español tendrá que tener allí quien obligue a saber castellano, y sé que si mañana hay una Universidad castellana, mejor española, con superioridad, siempre prevalecerá sobre la otra; es más, ellos mismos la buscarán. Os digo aún más, y es que cuando no se persiga su Lengua, ellos empezarán a hablar y a querer conocer la otra…

y al valenciano

Y tal vez haya quien sueñe también con la conquista lingüística de Valencia. Estaba yo en Valencia cuando se anunció que iba a llegar el señor Cambó y afirmé yo, y todos me dieron la razón, que allí, en aquella ciudad, le hubieran entendido mejor en castellano que si hablara en catalán porque hay que ver lo que es hoy el valenciano en Valencia, que fue la patria del más grande poeta catalán, Ausias March, donde Ramón Muntaner escribió su maravillosa crónica, de donde salió Tirant lo Blanc.

El más grande poeta valenciano del siglo pasado, uno de los más grandes de España, fue Vicente Wenceslao Querol. Querol quiso escribir en lemosín, que era una cosa artificial y artificiosa y no era su lengua natal; el hombre en aquel lenguaje de juegos florales se dirigía a Valencia y le decía:


Fill so de la joyosa vida qu'al sol s'escampa
tot temps de fresques roses bronat son mantell d'or,
fill so de la que gusitan com dos geganta cativa
d'un cap Peñagolosa, de l'altre cap Mongó,
de la que en l'aigua juga, de la que fon por bella
dues voltes desposada, ab lo Cid de Castella
y ab Jaume d'Aragó.

Pero él, Querol, cuando tenía que sacar el alma de su Valencia no la sacaba en la Lengua de Jaime de Aragón, sino en la Lengua castellana, en la del Cid de Castilla. Para convencerse no hay más que leer sin que se le empañen los ojos de lágrimas.

El valenciano corriente es el de los donosos sainetes de Eduardo Escalante, y algunas veces el de aquellas regocijantes salacidades de Valldoví de Sueca, al pie de cuyo monumento no hace mucho me he recreado yo. Y también el de Teodoro Llorente cuando decía que la patria lemosina renace por todas partes, añadiendo aquello de...

...y en membransa dels avis, en penyora
de la gloria passada y venidora,
en fe de germandat,
com penó, com estrella que nos guía
entre llaus de victoria y alegría,
alsem lo Rat Penat.

Lo rat penat; alcemos lo rat penat, es decir, el ratón alado que, según la leyenda, se posó en el casco de Jaime el Conquistador y que corona los escudos de Valencia, de Cataluña y de Aragón; ratón alado que en Castilla se le llama murciélago o ratón ciego; en mi tierra vasca, saguzarra, ratón viejo, y en Francia, ratón calvo; y esta cabecita calva, ciega y vieja, aunque de ratón alado, no es más que cabeza de ratón. Me diréis que es mejor ser cabeza de ratón que cola de león. No; cola de león, no; cabeza de león, sí, como la que dominó el Cid…

Recuerdo de los Hechos de los Apóstoles

Y ahora, permitidme un pequeño recuerdo. Al principio del libro de los Hechos de los Apóstoles se cuenta la jornada de aquello que pudiéramos llamar las primeras Cortes Constituyentes de la primitiva Iglesia cristiana, el Pentecostés; cuando sopló como un eco el Espíritu vivo, vinieron lenguas de fuego sobre los apóstoles, se fundió todo el pueblo, hablaron en cristiano y cada uno oyó en su Lengua y en su dialecto: sulamitas, persas, medos, frigios, árabes y egipcios. Y esto es lo que he querido hacer al traer aquí un eco de todas estas lenguas; porque yo, que subí a las montañas costeras de mi tierra a secar mis huesos, los del cuerpo y los del alma, y en tierra castellana fui a enseñar castellano a los hijos de Castilla, he dedicado largas vigilias durante largos años al estudio de las Lenguas todas de la Patria, y no sólo las he estudiado, las he enseñado, fuera, naturalmente, del vascuence, porque todos mis discípulos han salido iniciados en el conocimiento del castellano, del galaico-portugués y del catalán. Y es que yo, a mi vez, paladeaba y me regodeaba en esas Lenguas, y era para hacerme la mía propia, para rehacer el castellano haciéndolo español, para rehacerlo y recrearlo en el español recreándome en él. Y esto es lo que importa. El español, lo mismo me da que se le llame castellano, yo le llamo el español de España, como recordaba el señor Ovejero, el español de América y no sólo el español de América, sino español del extremo de Asia, que allí dejo marcadas sus huellas y con sangre de mártir el imperio de la Lengua española, con sangre de Rizal, aquel hombre que en los tiempos de la Regencia de doña María Cristina de Habsburgo Lorena fue entregado a la milicia pretoriana y a la frailería mercenaria para que pagara la culpa de ser el padre de su Patria y de ser un español libre. (Aplausos) Aquel hombre noble a quien aquella España trató de tal modo, con aquellos verdugos, al despedirse, se despidió en Lengua española de sus hijos pidiendo ir allí donde la fe no mata, donde el que reina es Dios, en tanto mascullaban unos sus rezos y barbotaban otros sus órdenes, blasfemando todos ellos el nombre de Dios. Pues bien; aquí mi buen amigo Alomar se atiene a lo de castellano. El castellano es una obra de integración: han venido elementos leoneses y han venido elementos aragoneses, y estamos haciendo el español, lo estamos haciendo todos los que hacemos Lengua o los que hacemos poesía, lo está haciendo el señor Alomar, y el señor Alomar, que vive de la palabra, por la palabra y para la palabra, como yo, se preocupaba de esto, como se preocupaba de la palabra nación. Yo también, amigo Alomar, yo también en estos días de renacimiento he estado pensando en eso, y me ha venido la palabra precisa: España no es nación, es renación; renación de renacimiento y renación de renacer, allí donde se funden todas las diferencias, donde desaparece esa triste y pobre personalidad diferencial...

A estas palabras le responden diputados del País Vasco, Cataluña y Galicia. En primer lugar lo hace el vasco Jesús María Leizaola, que tiene una larga intervención. A continuación hizo uso de la palabra el poeta y prosista Gabriel Alomar, nacido en Palma de Mallorca, pero desde muy joven residente en Barcelona para seguir sus estudios y en donde se quedó a vivir. Por último, para defender la Lengua gallega interviene el patriarca de las letras galaicas, el catedráticoRamón Otero.

Vuelve a intervenir el 25 de septiembre y comienza refiriéndose al Estatuto Catalán, añadiendo que no quiere empezar su discurso echando flores a los diputados catalanes, sobre todo a los de la minoría catalana, «porque aquéllas se echan a las mujeres y a los cadáveres» y él no los tiene ni por unas ni por otros. Es consciente de que lo que se está discutiendo no prejuzga nada, pero sabe que se trata de que salga el Estatuto a remolque de la Constitución o la Constitución a remolque del Estatuto. De nuevo repite el caso de un cónsul español en Francia, adonde la Generalidad dirigió un escrito en catalán, que el cónsul, vasco, rechazó. Se refiere también a los obreros catalanes que decían no saber la lengua española cuando la mayoría de ellos mentían. Recordó un discurso donde mantenía la obligatoriedad para todo ciudadano español de saber la lengua española; «llamadla si queréis castellana». Alude a la República recién nacida y de los cuidados que dicen necesita: «Yo digo que más cuidados necesita la madre, que es España, que si al fin muere la República, España puede parir otra nueva y si muere España no hay República posible». Cuando en la Cámara algunos diputados hacían sus cábalas y hablaban en voz alta, confundiendo el círculo con la conferencia: «Cataluña, España, República, República federal, República unitaria». Unamuno respondía: «¡España!». En otro momento, comenta que nadie lo había requerido para traerlo a las Cortes Constituyentes porque nunca había figurado en ningún partido, entre otras cosas, por el temor de que si entraba en un partido lo partiría más de lo que estaba partido. Decía que nunca había estado en ningún partido; «no me ha traído aquí ningún partido político; no me ha traído aquí Castilla ni Salamanca. Yo no soy un diputado de Castilla, ni siquiera en rigor creo que me ha traído aquí la República, aunque sea hoy un diputado republicano. Aquí me ha traído España; yo me considero como un diputado de España; no un diputado de un partido, no un diputado castellano, no un diputado republicano, sino un diputado español». Termina insistiendo en que no se puede ir deprisa y que no se debe sorprender a nadie. Algo con lo que al parecer no estaba de acuerdo el socialista Andrés Saborit ya que cree que «a España le urge una Constitución y un Gobierno, con la autonomía para Cataluña».

Por esas fechas sigue con sus colaboraciones en la prensa. Escribe que oye hablar de consolidar la República, ahora que hay que consolidar a España. «Porque en tanto oír hablar de República española apenas se oye hablar de España, sin adjetivos. Y piense el lector si es lo mismo República española que España republicana». Para él jugar con palabras suele ser jugar con fuego. República, ni tampoco Monarquía son sustancias, sino formas, y ni siquiera formas sustanciales, como los escolásticos la llamaban el alma, de la que decían que era la forma sustancial del cuerpo. Hace una referencia a Francisco Cambó cuando dijo: «¿Monarquía? ¿República? ¡Cataluña!». A lo que Unamuno contesta: «¿Monarquía? ¿República? ¡España!». Para él lo que hoy busca España, de la que apenas hablan sus hijos, es su religión civil española, su ciudadanía universal o divina, sobre-humana. Cuenta que en cierta ocasión le preguntaron: «¿Es España una nación?». A lo que contestó: «España es internacional, que es modo universal de ser más que nación, sobre-nación. Un conglomerado de republiquetas no es nada universal sino se eleva a imperio». En su opinión no se puede sacrificar España a la República. «¡Pobre España nuestra, la de todos los españoles universales, sobrenacionales, la de nuestro verbo imperial, la que lanzó al cielo ultramarino aquel ¡tierra! al columbrar la América que nos esperaba». Añade en otro momento, refiriéndose también a Castelar, que había soñado siempre en la España universal y una: «Y ésta es la historia de España desde que es España, y sobre todo desde los Reyes Católicos, desde que con la toma de Granada y el descubrimiento de América se anuda, por voluntad divina, por la gracia de Dios, la unidad nacional española».

Como rector que era, le toca, el día 1 de octubre, inaugurar el curso académico 1931-1932. Con este motivo, en el paraninfo de la Universidad de Salamanca, pronuncia unas palabras a los profesores y estudiantes allí congregados. Invoca el año 1901 cuando abrió, en nombre de Su Majestad el Rey, el curso aquel año. «Pasó el tiempo y vino el año 1914, en el que fui destituido de aquel cargo de rector por ardides electorales y por no rendirme a hacer declaración de monarquía». Recuerda a todos los allí presentes cuando en el año 1926 Primo de Rivera era investido doctor honoris causa, «distinción que antes se le había dado a Santa Teresa». Corre el tiempo y vuelve a ser nombrado rector por sus compañeros con la llegada de la II República. Habla de que viene a continuar la historia de España, la historia de la cultura española. «Ni las Ciencias, ni las Letras, ni las Artes son monárquicas o republicanas. La cultura está por encima y por debajo de las pequeñas diferencias contingente
 
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